Interrail. Viajando por Benelux día 8. Eindhoven – Zaanse Schans- Utrecht – Ámsterdam

Y aquí llega mi parte favorita del viaje, junto con el inicio y las visitas a Brujas, Gante y Amberes. ¿Se ve que lo que más me gustó fue la parte neerlandesa, no?

De Eindhoven no nos quedaba mucho por ver, teníamos cerca el hotel de la estación, así que no nos entretuvimos mucho porque además estaba nublado y chispeaba.

Atravesamos la zona comercial peatonal, nos hicimos alguna foto en lo que parece la salida del metro de Sol, en un banco como los que ya habíamos visto en Leiden, y partimos rumbo a Ámsterdam con nuestro desayuno, un clásico, jeje, creo que nos tendrían que dar acciones los de Albert Heijn.

En la foto ya veis un mapa de nuestro destino. Ya os dije que habíamos modificado la ruta original. En principio tendríamos que estar recorriendo Eindhoven y llegaríamos a la ciudad de los canales por la tarde, justo para dejar las mochilas, dar un paseo y cenar. Y ya de viernes a domingo en Ámsterdam, dedicando el sábado, sin billete de interrail para ir a ver Waterland (Edam, Marken y Volendam). Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Como veis en el título, las paradas del día fueron Eindhoven (punto de partida), Zaanse Schans (una gran elección), Utrecht (sí, otra vez) y Ámsterdam (donde teníamos el hotel).

Nuestro destino final era Ámsterdam, que para eso teníamos allí el alojamiento, pero al tener aún billete de interrail, lo suyo era amortizarlo. En la documentación que llevaba sobre sitios que merecían la pena cerca de la gran ciudad destacaban Waterland, que se llega en bus, y Zaanse Schans, en tren. Así que, ganó este último.

El viaje no es muy largo, son un par de horas, hay trenes que van directos, otros que tienes que dar más vueltas haciendo algún trasbordo como nos pasó a nosotros. Salimos de Eindhoven dirección a Ámsterdam parando en Utrecht y un par de pueblos más, y después dos trasbordos: Ámsterdam Centraal –  Koog Zaandijk (unos 15 minutos) y Koog Zaandijk – Zaandam (otros 10, si llega).

Ya en Koog Zaandijk puedes ver la arquitectura típica en las casas desde el mismo andén. Es muy peculiar el diseño de estas casas, predominando sobre todo el color verde, con grandes ventanales.

Una vez en Zaandam no hay pérdida (casi nos pasamos de parada por estar embelesados mirando por la ventana las casitas verdes)

Nada más bajar del tren ya hay indicaciones de cómo llegar a Zaanse Schans, incluso un señor repartiendo planos, y todo el mundo que se baja en la parada va al mismo sitio, así que…

Ah y también inunda tus fosas nasales un profundo olor a chocolate, y es que en el pueblo hay una fábrica y muchas tiendecitas dedicadas a este dulce manjar.

Caminando siguiendo las indicaciones del mapa que nos dio el señor, cruzamos un puente, desde donde ya se pueden ver molinos por todos lados, mires desde donde mires, y ninguno es igual.

Después de cruzar el puente sobre el río Zaan nos encontramos ya en el barrio de Zaanse Schans, cuya entrada, por cierto, es gratuita. Es un museo al aire libre que permanece habitado. Su protagonismo recae sobre los molinos, la mayoría de más de 200 años y que siguen funcionando para hacer mostaza, aceites o madera. Algunos se pueden visitar por 3 ó 4€.

Es curioso ver cómo mires donde mires siempre hay zuecos, los he visto colgados en la pared con los nombres de los habitantes en la casa, como maceta y, como en este caso, como picaporte.

No le falta nada de encanto a la zona, pese a ser muy turísitico se respira paz, tranquilidad, la gente va paseando tranquilamente, observando el verde de los campos, el agua, los molinos coloridos y majestuosos…

También hay tiendas de recuerdos, una quesería, zuecos por todos lados (no pude resistirme a las fotos típicas), centros de visitantes, una taberna, zona de juegos para adentrarse más en la historia neerlandesa y sus costumbres.

El día estaba nublado, un poco de bochorno, quizá, pero la verdad es que merecieron la pena las casi dos horas que estuvimos paseando entre molinos, mochila a la espalda. No cambiaría esta parada por haber seguido con el plan original. Sin duda, un lugar con mucho encanto, y me maravilló el hecho de que estando abierto, con acceso libre esté tan bien conservado, mantenido, en España no tengo tan claro que no nos hubiéramos encontrado con abandono, destrozos, restos de botellones, pintadas… pero supongo que depende mucho de la ideosincrasia neerlandesa, un pueblo tranquilo y afable.

Y tras el agradable paseo, algún que otro recuerdo en nuestro macuto, volvimos a Ámsterdam para dejar las mochilas en nuestro hotel, comer, y hacer un primer acercamiento a la ciudad de los canales.

Teníamos habitación en el hotel Casa 400, que es bastante nuevo, pero está algo alejado del centro. Algo que no calculamos muy bien, puesto que llegamos a Ámsterdam Centraal y en vez de hacer trasbordo y dirigirnos a Ámsterdam Amstel, que está a 5 minutos del hotel, nos pusimos a andar, y estuvimos como hora y media atravesando el este en busca de nuestro alojamiento, y nos percatamos demasiado tarde de que se nos había ido de las manos. Si bien el paraje merece la pena, no se disfruta igual del paisaje, calles y canales.

Se notaba la humedad, el calor de las horas centrales del día, los kilómetros en nuestras piernas, el hambre, y a mí se me hizo algo eterno. Pero por fin llegamos, y la verdad es que el hotel está muy bien. Os lo recomiendo si no os importa estar algo alejados del bullicio del centro, ya que no se tarda nada de Amstel a Centraal.

En fin, dejamos las mochilas en la habitación, descansamos un poco, nos refrescamos y volvimos de nuevo al centro para recorrer rincones de la ciudad. Por el camino aprovechamos para una parada en un Albert Heijn y reponer fuerzas. ¿Os acordáis de la coca cola cherry?

Partimos desde Ámsterdam Central, que es una estación enorme y nos adentramos entre canales, entre bicis, gente en las terrazas tomando el sol, viandantes, turistas…

Con Ámsterdam me pasó algo muy curioso, llevaba las espectativas tan altas, que en parte me defraudó. No me entendais mal, me gustó la ciudad, la peculiaridad de sus casas coloridas, estrechas, inclinadas, que se sostienen unas a las otras, con grandes ventanales, las bicis por doquier, los canales y cómo se integran en la vida de los lugareños, pero sí que es cierto que al ser una capital, se aprecia el trajín, movimiento, calles plagadas de gente… aunque viniendo de Madrid no debería sorprenderme, pero acostumbrada a unos días por pueblos más pequeños, más relajados me sentí un poco estresada y abrumada. Es una ciudad más grande de lo que me parecía en el mapa, con mucho que ver y que hacer.

Por cierto, entre cosas raras que te vas encontrando en cada ciudad, aquí me quedo con gente demasiado abrigada para un día nublado pero de bochorno y con humedad. ¿A cuento de qué ese abrigo de cuero de la amiga o polar de su compañero?

Y otra cosa curiosa, al menos a mí me llamó mucho la atención, una moto adornada con cromos de futbolistas, todo un punto. Ya eran dos motos las que me llamaron la atención, en Maastricht nos encontramos con una a lo LV.

Y tras el recorrido por Ámsterdam, como un primer acercamiento y toma de conciencia para ver cómo organizábamos el resto de días hasta el domingo, emprendimos el regreso al hotel para ducharnos y cenar. Esta vez tocó pasta de una cadena que recomiendo y que ya podía llegar aquí: Julia’s. Le eché el ojo nada más llegar a Ámsterdam Centraal y tenía ganas de probarlo después de tantos días entre bocadillos.

La opción de comidas no es muy amplia, tienes ensaladas, bocadillos y pasta. Nosotros nos decantamos por la pasta, eliges el tipo, la salsa con la que lo quieres acompañar y te lo hacen en el momento. En apenas 5 minutos te lo llevas, ya que la pasta está precocida, le dan un hervor, y mientras te van preparando la salsa. Nos decantamos por unos macarrones con salmón y por unos ravioli con tomate. Puedes añadirle queso, orégano… a tu gusto. Y la presentación está muy cuidada, en uno de esos recipientes de comida china en las series americanas y con unos tenedores que hasta que no los coges no te das cuenta de que son de plástico.

Y tras disfrutar de nuestra cena, ya de noche, tomamos de nuevo el tren dirección a Utrecht. Y es que queríamos hacer el Trajectum Lumen, una ruta nocturna por las calles de la ciudad siguiendo un recorrido marcado con luces. No es lo que me esperaba (las luces no son tan llamativas), pero merece la pena darle el paseo, y más, teniendo en cuenta que la habíamos recorrido con lluvia, así que teníamos la oportunidad de ver rincones que se nos hubieran pasado por alto como un punto de sellado de El Camino de Santiago y una estatua de Anne Frank

El itinerario consta de trece puntos. El inicio es frente al Hotel Apollo, pasando por iglesias, puentes, canales

para terminar en Mariaplaats donde la iluminación conecta la plaza con la antigua iglesia por donde iría una antigua muralla.

Hay que ir atentos porque las calles no están muy iluminadas y es fácil perder las guías, o que encuentres alguna fundida. Este ojo marca que en su proximidad hay una de las 13 paradas:

Y esta flecha te indica el recorrido a seguir, pero que ya os digo que hay que ir ojo avizor para no perderse.

Me pareció muy currada esta serie de imágenes proyectadas en una parte de una iglesia que hacía que se viera poco a poco el interior de la iglesia reflejada en los muros desnudos.

Sin embargo no me gustó el cambio de colores en un pasadizo, puesto que estaba lleno de pintadas y publicidad, parecía el urinario público y le quitaba encanto. Llamadme quisquillosa.

En fin, una manera más de descubrir la ciudad, que por cierto, estaba desierta (salvo alguna placita con terraza de algún local). Inconcebible en España un jueves de agosto a las 9-10 de la noche.

Volvimos al hotel para descansar y reponer pilas para el viernes 9, que también teníamos la agenda a tope. Se nos acababan los días, se iba notando el cansancio, pero había que aprovechar al máximo.

9 comentarios en “Interrail. Viajando por Benelux día 8. Eindhoven – Zaanse Schans- Utrecht – Ámsterdam

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