Interrail. Viajando por Benelux día 10. II Parte Ámsterdam

Como os comentaba en la entrada anterior hace unas semanas, dejamos la tarde para hacer un crucero por el río.. aunque no soy muy amiga de los barcos, es una forma muy interesante de ver esta ciudad, entre otras cosas porque es más grande de lo que pensábamos y pateársela puede ser una paliza. Si sois buenos ciclistas, quizá lo mejor sea combinar el paseo, con la bici, un crucero y además, tranvía. Creo que con un poco de cada forma de moverse, uno se puede hacer una buena idea de la ciudad.

Es curioso que a la hora de organizar la ruta, decidiéramos dejar Ámsterdam para el final, como si fuera el plato fuerte, y que sin embargo, una vez allí, nos haya decepcionado. No me entendáis mal, la ciudad está muy bien para pasearla con sus canales, las bicis, los mercados de flores , sobre todo tulipanes, el olor a coffee shops, la Heineken Experience ya os comenté que está muy bien organizada… Pero lo cierto es que la ciudad no me aportó más que lo que habíamos visto en los últimos días. No es comparable con el encanto de Zaanse Schans o Amersfoort, con los canales de Edam o Volendam, donde también habíamos visto puentes y mercados de flores y queso. Es más, el último día en Ámsterdam me agobié. Quizá por ser fin de semana, pero me pareció una ciudad demasiado bulliciosa e intransitable. Las aceras están llenas de bicis aparcadas, por lo que te tienes que bajar a la calle para poder caminar, pero claro, invades el carril bici, y empiezan a tocarte el timbre de las narices. Cuando quieres esquivar a los ciclistas, te aparece un coche cuyo conductor te mira como si estuvieras loca por cruzarte de cualquier forma.

Pero la cosa no acaba ahí, porque un poco más adelante pasa el tranvía… Así que no es de extrañar que se muevan en barco. Y aún así, es un caos moverse por los canales… Eso sí, ellos van tan tranquilos sentados de cualquier manera…

Por no hablar de aquellos que viven en barcos… Muy práctico, sí, y más en una ciudad en la que no hay mucho para construir, pero yo no podría por mi historia con las embarcaciones.

Puede ser que se me juntara el cansancio de días sin parar, las expectativas, la pena porque se nos acababan las vacaciones, el calor, la gente, las bicis… y todo ello contribuyera a que no me gustara tanto la ciudad. Pero insisto, no la disfruté tanto como esperaba, pero merece una visita sin duda. El centro histórico, sobre todo la Plaza Dam con el Palacio Real, el Museo de Cera y la Nieuwe Kerk tenía mucha vida, lleno de tiendecitas y gente sentada en grupos.

Por otro lado, las casas vistas desde los canales con su particular arquitectura y sus inclinaciones me maravillaron. Dicen de Venecia, pero algunas casas en Ámsterdam no se han caído de milagro, porque la horizontalidad no la mantienen, y la verticalidad en muchos casos, tampoco.

Es chocante ver lo estrechas que son algunas de ellas, debido a lo caro que era el suelo cuando se construyeron. Así que, a más fachada a lo ancho, más poderosa era la familia que la habitaba.

Ámsterdam es una ciudad muy abierta, no sólo por la legalidad de las drogas blandas o la prostitución. Es algo que se nota en las calles, en la gente. Cada uno va a su ritmo, sin mirar al que se cruza porque sea diferente. Da la sensación de que a nadie le preocupa cómo sean los demás, ni lo que opinen de ellos, algo que también se puede observar en los grandes ventanales abiertos a la calle. Aunque esto parece una característica muy propia de alemanes, neerlandeses, suecos, daneses y noruegos. Así que por un lado se siente un ambiente alegre, joven, moderno, y por otro lado paseas las calles empedradas con aires del s. XVII. Aunque no todo es arquitectura histórica, también hay edificios modernistas.

Paseamos por el mercado de las flores, de donde me traje unos tulipanes para mi madre que justo acaban de abrirse, a pesar de los días frías que tenemos últimamente. Sin duda eran la atracción del mercado, es su producto estrella. Los hay de todo tipo de tamaños, colores…

Lo que no hicimos fue entrar en la famosa casa de Ana Frank. La cola era imposible, no teníamos tiempo para visitarla. Y tampoco entramos en el Rijksmuseum o en el de Van Gogh, pero desde luego, si tenéis intención de visitar la ciudad y dejaros atrapar por la cultura, la ciudad también tiene mucho que aportar.

Poco más puedo decir de Ámsterdam que no se haya dicho ya. Tiene una gran oferta para todo tipo de bolsillos y gustos. Si queréis hacer un recorrido en barco, la compañía que nosotros elegimos cumplió con nuestro objetivo, que era ver lo más céntrico desde el agua. Hicimos el crucero con Lovers Company, cuyos barcos salen justo en la estación Centraal.

 

En principio queríamos hacer el Floating Dutchman, que es un bus flotante que habíamos visto en The Amazing Race, sin embargo, estaba en el taller, así que nos decantamos por la opción 2.

Sale de la estación, pasa por las letras de Iamsterdam (una de las 3 que vimos),

pasa por NEMO, el Hortus, y después recorre los canales del Príncipe y del Señor volviendo de nuevo a la estación. Atención al parking de bicis… Impresionante

El guía hablaba en inglés, alemán y francés, e iba cambiando las bromas en función del idioma, así que mantenía a todos los clientes enganchados con sus “chascarrillos”. Bastante ameno, la verdad. Y tuvimos suerte, ya que a pesar de que estaba algo nublado, no nos llovió.

Y después del crucero, volvimos al centro, compramos algún que otro recuerdo y finalmente al hotel para preparar los macutos para el día siguiente.

Interrail. Viajando por Benelux día 10. Ámsterdam – Edam – Volendam – Marken – Ámsterdam

Y seguimos con esta obra de El Escorial, que entre sacar tiempo, seleccionar fotos, editarlas y poderme sentar a escribir, me voy a juntar con el próximo viaje.

El sábado 10 ya no teníamos interrail, pero no paramos quietos en Ámsterdam, sino que le dedicamos la mañana a Waterland, en concreto a los pueblos de Edam, Marken y Volendam.

El primero de ellos es sin duda el más conocido, ¿os suena el nombre del queso, no? A mí por lo menos me dicen Edam o Gouda y son quesos más que ciudades… Aunque al parecer no está tan claro, pues había tres españoles por el pueblo y uno de ellos les estaba leyendo una guía a los demás y de repente salta “anda, pero que este es el Edam de los quesos”… Vamos que nos vamos…

Pero empecemos por el principio, ¿cómo se llega a estos pintorescos pueblos? Pues lo recomendable es en bus de la empresa EBS, que se coge en la estación central de Ámsterdam. Hay que cruzar toda la estación y arriba al aire libre hay varias líneas que van a pueblecitos de alrededor. No tiene pérdida porque está muy bien indicado en toda la estación. Y una vez arriba, hay que buscar una caseta amarilla donde compras el ticket.

TicketPor 10€ tienes el Waterland ticket y te dan un librito con información de la zona. Tiene validez de 24 horas y puedes coger tantos buses como quieras para moverte por esa región. Eso sí, hay que pasar la tarjeta por el lector tanto al subir como al bajar.

Nosotros partimos dirección Edam por ser la más alejada de las tres, con la intención de ir después a Volendam y acabar en Marken.

Desde Ámsterdam hay varios buses que llevan a Edam: 110 (que también va a Volendam), 112, 114, 116, 118. Coincidió que según estábamos pagando cuando salía el 118, así que llegar y besar el santo. En el autobús tienes pantallas indicativas que te van indicando el recorrido (también te lo va narrando volgende halte, pero ahí depende de tu oído para el neerlandés), por lo que te puedes ir orientando.Nosotros nos bajamos en Busstation.

Edam comenzó como ciudad comercial allá por el s. XIII y se especializó en el mundo naval y de la pesca. En el XVI ya era una de las ciudades con más influencia del norte de los Países Bajos dada su cantidad de muelles. Sin embargo, al estar tan expuesta al mar, sufría inundaciones, por lo que se cerró el puerto y en el XVII comenzó su decadencia.

Paralelamente, en el s. XVI, empezó a cobrar importancia el queso, por lo que es famosa sobre todo hoy en día.

Era pronto, por lo que cuando llegamos al pueblo apenas había movimiento, estaba muy tranquilo, salvo aquellos españoles que descubrieron que Edam era el pueblo de los quesos… vamos, pero si huele a queso y hay tiendas o indicativos por doquier…

En fin, paseamos un rato por las callejuelas empedradas, cruzando puentes y oliendo a queso. Los puentes son muy peculiares, tienen un punto.

Me encantó el pueblo, es muy bonito, y tiene casas cuyas fachadas recuerdan a la arquitectura de Zaanse Schans.

Cabe destacar del pueblo el Ayuntamiento, Damplein y la Grote Kerk.

También vimos alguna que otra peculiaridad, como la customización de las bicicletas (supongo que así la encuentras a la primera cuando llegas a un mega aparcamiento como los que vimos en las diferentes ciudades en las que hicimos escala) y tienda de ¿disfraces? con trajes de faralaes.

Un pueblo con mucho encanto como nos pasó con la mayoría de los Países Bajos, los canales, la arquitectura, los centros históricos… son pueblos con encanto. Disfruté mucho paseando por sus calles empedradas, con el agua al lado, todo verde, ese olor a campo…

Volvimos a la estación, donde cogimos el bus dirección Volendam y nos bajamos en Zeerstraat. Volendam originalmente era un pueblo de Edam. En el s. XIV los habitantes de Edam construyeron un canal más corto hacia el Zuider Zee y el antiguo quedó en desuso. Los agricultores y pescadores se fueron asentando y surgió el nuevo pueblo.

De camino de la parada al centro nos encontramos con un mercado con todo tipo de puestos, desde queso (lógico) a ropa, pasando por fresas de la zona, flores o embutido.

No tiene nada que ver con Edam. Sí, tiene su encanto, la arquitectura, las casitas, los trajes típicos… pero es muuuuuuuuuucho más turístico.

El puerto está plagado de tiendas y restaurantes, hay movimiento de grupos con guías. La zona es muy bonita, con su aspecto de pueblo pesquero, los barcos, las tiendecitas, el queso, los recuerdos…

pero era la hora de comer local, sobre las 12, y se notaba. Estaba plagado de turistas.

Me llamaron la atención las casas con amplios ventanales, sin rejas ni persianas y que cuando ibas paseando podías ver hasta el patio trasero de las casas. Vamos, que no hay vieja’l visillo, porque la verían desde fuera… Eso sí, se curran mucho la decoración de las cristaleras. No es que no les importe que mires, es que además, lo decoran para que se mire, todo muy simétrico, con sus jarrones, plantas…

Desde el puerto se ve Marken, al que se puede acceder por tierra o por mar. Aunque teníamos el Waterland ticket, decidimos (pese a mi miedo a los barcos) tomar un ferry de la compañía Marken Express.

Cuesta 6.5€ por adulto y hace su recorrido en unos 15 minutos y aunque hacía algo de fresco, por lo menos el aire no hizo que el barco se moviera mucho…

Ticket MarkenAún así, el trayecto se me hizo un poco largo, pero no voy a negar que la entrada en el puerto te deja fascinado.

Hasta ahora los dos pueblos vistos nos habían gustado, tenían su encanto, pero es que Marken es pintoresco, la forma de las casitas, todo muy tradicional, con sus zuecos, las casas de madera, pintadas de colores…Creo que hicimos bien en trazar esta ruta, porque vas de menos a más, cada pueblo que visitas te parece mejor que el anterior.

Como veis, estaba plagado de bicicletas, creo que hay gente que aprovecha para recorrer la región de una forma muy típica de los Países Bajos: a dos ruedas. De hecho, el ferry, iba bastante plagado.

Es sin duda un pueblo para perderse entre los pasillos y jardines.

Es curioso cómo cuidan los jardines, las entradas a las casas, con los detalles de los zuecos, ya sean de adorno sobre la pared, en el suelo a la entrada…

También me llamó la atención como en Volendam el adorno de las ventanas. Parece que les gusta decorarlas…

Sin duda, el mejor de los tres. Me recordó en cierta manera a la paz y nivel de emoción que tenía en Stavanger, de esos paseos que disfrutas ojiplática para no perder detalle y con una sonrisa constante.

Marken es una península, aunque era en su origen una isla. Lo peculiar del pueblo es que las casas están construidas de forma elevada, porque eran frecuentes las inundaciones, y de esta forma el agua pasa por debajo sin provocar destrozos. Posteriormente, al construirse en dique y convertirse en península, se drenó el agua, y ya no hay peligro, está más controlado.

Supongo que para los habitantes el agua es su vida, es raro quién no tenga una embarcación o se dé un chapuzón en la playita, por muy gélida que esté el agua

Para finalizar nuestra excursión, pasamos a un supermercado cerca de la marquesina donde paraba nuestro bus y compramos queso Gouda en lonchas con comino (riquísimo) y unos panecillos recién hechos. No había muchas más opciones. Si vais y queréis comer antes de volver a Ámsterdam, os recomiendo que lo hagáis en Volendam. A nosotros se nos hacía muy pronto para comer, pero cuando nos dio el hambre en Marken, no teníamos muchas opciones. Aún así, no me quejo, el bocadillo me supo a gloria. Además, ¡cómo vas a estar en la zona y no comer queso!

Para volver cogimos el 111 que nos dejó de nuevo en Ámsterdam Centraal. Está cerca de este puente la parada, justo atravesando el pueblo y dejando el puerto a las espaldas.

Una vez en Ásterdam dedicamos la tarde en hacer un recorrido en barco de unas dos horas por los canales de la ciudad. ¿No querías barco? Pues toma dos tazas.

Pero esto mejor os lo cuento otro día, que este post ya me ha quedado muy intenso.