Crucero Capitales Bálticas. Etapa IV: Estocolmo

Recuperando una hora, llegamos a Estocolmo, Suecia. Bueno, realmente no llegamos a Estocolmo, sino a Nynäshamn, que debe ser más barato para atracar el barco. Y de hecho, no atraca, sino que fondea y después hay que coger una de las lanchitas de las narices (se nota que no me gustan, ¿no?). Estocolmo está a una hora en tren de Nynäshamn y la escala era larga, de 9 de la mañana a 19. A priori parece suficiente, pero Estocolmo tiene mucho para ver y se me quedó algo corta.

Nada más bajar de la lancha y pisar tierra, nos encontramos con la oficina de información, donde nos indican los horarios de los trenes a Estocolmo. Para llegar a la estación no hay pérdida, pues la acera está marcada por una línea azul. Sólo hay que seguirla durante unos 15 minutos. Los trenes salen cada media hora (a y 20 y a 50) y la vuelta con la misma frecuencia (a y 04 y a 34). Teniendo en cuenta que dura una hora y seis minutos el trayecto, teníamos como hora tope el de las 17:04 para estar a las 18:10 en Nynäshamn y llegar a tiempo para volver a puerto y tomar una de las lanchas que no fuera la última. Cogimos el tren de las 09:20, que llegaba a las 10:26, así que en realidad teníamos de 10:30 a 17:00 para ver Estocolmo, es decir unas seis horas y media. Ya digo que parece mucho tiempo, pero Estocolmo tiene mucho, mucho que ver.

Estocolmo

El billete, en realidad una tarjeta, se compra en un kiosco al lado del andén. Se trata de una tarjeta de 24 horas y que incluye el transporte de Estocolmo y Nynäshamn, así que nos servirá para ir y volver, y para movernos por Estocolmo. Se puede pagar con tarjeta (no llevábamos coronas suecas) y costaba en su momento al cambio unos 14€.

Estocolmo es la ciudad más grande del país. La moneda es la corona sueca y el idioma es el sueco, aunque dominan a la perfección el inglés, incluso la gente mayor. La ciudad tiene mucho que ver , consta de unas 14 islas unidas entre sí por más de 50 puentes. Nosotros nos centramos en pasear por la ciudad y no entramos a torres, museos o palacios. Sólo había dos museos que nos interesaban a priori: el Museo Vasa y el Skansen.

Museo Vasa. En él se encuentra el buque real Vasa, que se hundió en 1628 nada más salir de tierra. Cuando se deslizaba hacia la bocana del puerto, una repentina ráfaga de viento comenzó a soplar, se escoró y consiguió recuperarse, pero una segunda ráfaga golpeó el costado del barco, lo cual causó que el agua comenzara a entrar por las cañoneras y que el barco se fuera a pique. Fue sacado a flote y restaurado en 1961.

En la estación central de Estocolmo pedimos un mapa y que nos asesoraran sobre la ruta a seguir en el tiempo del que disponíamos, y la seca sueca (chica, si estás en información, sonríe un poco y da algo de información, no sólo un círculo al casco histórico…) nos dijo que tendríamos que priorizar y dejar algo fuera. Ya habíamos visto el de los barcos vikingos que sí navegaron en Oslo, así que decidimos visitar el Skansen en su lugar que parecía más interesante y era más grande.

Es un museo al aire libre bastante peculiar. Se fundó en 1891 y es un pedazo de historia sueca en miniatura. Contiene más de 150 edificaciones histórico-culturales de los siglos XVIII, XIX y XX llevadas desde todos los puntos de Suecia.

Se parece al de Oslo, tiene casas temáticas para ver cómo trabajaban los herreros, panaderos, lecheros, profesores…

Las típicas construcciones, desde iglesias a casas con los tejados de paja o musgo

Y además incorpora un zoo con animales salvajes y domesticados, linces, alces, renos, lobos…

Pero no sólo eso, sino que también tiene atracciones y restaurantes. Es una delicia para familias, de hecho estaba lleno de críos, parejas muy jóvenes con dos o tres críos en unos carros modo profesional. Ser padre en Suecia debe ser otro mundo.

Antes de marchar, es imprescindible asomarse a las vistas

Su entrada cuesta 20€. De nuevo pagamos con tarjeta sin problema.Está muy bien comunicado por tranvía (el 7), no tiene pérdida. Se encuentra en la isla de Djugarden en un entorno muy bucólico y verde.

Tras visitar el museo, de camino a la parada del tranvía, comimos unos bocadillos que nos habíamos hecho en el barco. Nos dirigimos al casco histórico, el Gamla Stan pasando por un par de museos.

Gamla Stan es la ciudad medieval llena de callejuelas y tiendas.

Gamla Stan

Las calles principales son Österlanggatan y Västerlanggatan, peatonales ambas y donde se encuentran la mayoría de las tiendas de recuerdos.

Recorrimos la Plaza Stortoget, donde se decapitaron a más de 80 nobles suecos en 1520. Fue una masacre que siguió a la invasión de Suecia por las fuerzas danesas.

Es el centro neurálgico, una plaza rodeada de casas aristocráticas desde donde salen callejuelas estrechas en todas direcciones. En ella se encuentra el viejo edificio de la Bolsa y la sede de la Academia Sueca.

De ahí fuimos a la plaza del Palacio Real. Se construyó sobre un antiguo castillo medieval del siglo XIII que había sido destrozado por el fuego. Es la residencia oficial del rey de Suecia, aunque una parte está abierta al público y se puede visitar. Hay cambio de guardia a las 12:15, aunque nos llegamos a tiempo. Hay unos cañones de tamaño importante.

Y de ahí, se puede ver el Parlamento.

Esta es una zona de las que más me gustó de la ciudad. Por sus edificios, por lo viva que se veía la ciudad, por las vistas…

De vuelta, tras pasar el Palacio Real se encuentra Storkyrkan,  la catedral donde se han coronado muchos reyes suecos. Dentro de la iglesia se encuentran las famosas estatuas de San Jorge y el Dragón. Es la iglesia más antigua de Estocolmo y la sede de la diócesis. Está construida de ladrillo y sus muros están pintados de amarillo con detalles en blanco. Su estilo original es del gótico del siglo XIII, pero el exterior se remodeló en estilo barroco.

Para finalizar, nos dirigimos hacia el Ayuntamiento. Es uno de los lugares más conocidos y representativos de la parte administrativa de la ciudad.

El banquete del Premio Nobel se celebra en uno de sus salones.  Está dominado por su torre que ofrece una vista panorámica de la ciudad.

Es un buen lugar para sentarse y disfrutar de las vistas.

Y de ahí, volvimos a la estación para volver a Nynäshmn. Una vez en el pueblo quisimos dar un paseo, pero las tiendas habían cerrado a las 6 y no había mucho que ver. Parecía una ciudad de vacaciones. Así que volvimos a la lancha y al barco.

Teníamos por delante un día de navegación y descanso antes de pisar noch einmal tierras alemanas.