Japón por libre VI: Día 2. Kioto Noroeste

Tras recargar pilas, nos despertamos el lunes sin jet lag dispuestos a descubrir Kioto.

Kioto fue fundada en 794 como Heian-kyo (capital de la paz y la tranquilidad). Limita al oeste, norte y este con montañas y está dividida por el río Kamo de norte a sur. Allí se asentó el emperador Kanmu y la ciudad evolucionó culturalmente con las influencias de la corte y la nobleza. Más tarde llegaron los samuráis con el budismo zen y las ceremonias del té. Dado que Kioto estaba habitada por gente de las altas esferas, también creció la influencia de los mercaderes. Se palpa la riqueza cultural de la ciudad en cada uno de sus barrios.

No obstante, no todo fue época dorada, puesto que la ciudad sufrió terremotos e incendios. También una guerra civil entre 1467 y 1477. Y finalmente su decadencia llegó con el período Edo (1600-1868) en el que el poder pasó a Tokio. Y a partir de ahí esta se quedó con la capitalidad. Sin embargo, a pesar de que Kioto se ha modernizado, sigue representando el Japón tradicional, y muestra de ello son los numerosos templos repartidos por toda la ciudad.

Ver todos los templos es imposible, pero nosotros intentamos ver los más importantes. Tal y como os comenté, distribuimos Kioto en 3 días: Zona Este, Zona Oeste y Centro. Y comenzamos por el Oeste, o el Noroeste, más bien. Para movernos por la ciudad, ya expliqué que el bus funciona muy bien. Partiendo de la estación central con el pase del día (que habíamos comprado el día anterior para ahorrar tiempo) tomamos el 101 ó 205. No recuerdo cuál de los dos cogimos, el primero que salía de los que iba a Kinkaku-ji.

Y desde ahí comenzamos la ruta, desde el Kinkaku-ji o Pabellón Dorado. Abre de 9 a 17h todos los días y cuesta 400Y. La entrada es muy bonita, digna de enmarcar (aunque no entienda lo que pone).

Entrada Pabellón Dorado

Fue construido en la época medieval como villa de retiro y posteriormente se convirtió en templo. Es uno de los más importantes de la ciudad y es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Se accede por un camino arbolado que se abre a un luminoso jardín en el que se encuentra el templo en medio del estanque Espejo del Agua. Aunque lo que podemos ver hoy en día es una réplica exacta del original, pues se incendió en 1950. Consta de tres plantas y está totalmente recubierto por pan de oro. En el tejado hay un fénix de bronce. No se puede visitar por dentro. La imagen es muy bonita pues con el sol brilla y se ve reflejado en el agua.

Lo recorrimos con calma, aunque un poco agobiados pues era primera hora y ya estaba plagado de gente. Había un grupo de universitarios estadounidenses bastante numeroso y escandaloso; así que intentamos evitarles para poder empaparnos del ambiente. También había escolares japoneses vestidos con los trajes típicos y acompañados por su profesor o guía.

Tampoco nos dormimos en los laureles, pues nos quedaba mucho día por delante con mucho que ver. Nos dirigimos a Ryoan-ji, también conocido como el templo del Dragón Calmado. Se puede llegar con el bus 59. Abre de 8 a 17h y cuesta 500, aunque la primera parte es gratuita, que es lo que recorrimos nosotros. Una pena que los cerezos aún no hubieran florecido, pues los jardines deben ser impresionantes en su máximo esplendor.

Alberga el jardín zen más famoso del mundo. Y es conocido por la belleza de su jardín seco. Cuenta con una composición de grava blanca y 15 piedras.

Seguimos nuestra ruta hacia Ninna-ji, también con el bus 59, uno de los santuarios más antiguos de la ciudad y de la región. Fue fundado en 888. Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1994. Su recinto exterior es gratuito, aunque para acceder al Palacio y jardines hay que pagar. Fue un gigantesco complejo de hasta 60 subtemplos antes de verse reducido a lo que es hoy a consecuencia de varios incendios. Destacan la pagoda de 5 alturas y una plataforma de cerezos enanos (también llamados cerezos Omuro). El templo cuenta con una colección de escultura, pintura, caligrafía o cerámica.

Ninna-ji

El interior del Palacio es precioso, con salas de tatami y con unos paneles que muestran unos diseños típicamente japoneses.

De los tres templos que llevábamos en el día, era sin duda el mejor. Se respiraba paz tanto en el interior como en las terrazas exteriores, donde te podías sentar a observar el paisaje y disfrutar de la naturaleza.

El jardín seco es increíble, no hay una gravilla fuera de sitio. El rastrillado es perfecto. Y es que los japoneses no dejan nada al libre albedrío, ni en el rastrillar, ni en podar los árboles, ni en la limpieza de los templos. Que por muy descalzo que vayas durante todo el recorrido y tus calcetines sean blancos, el resultado es unas suelas impolutas. Me encantó el edificio, y me gustó el recinto. De hecho, superó al famoso Pabellón Dorado.

Cuando salimos del templo, ya iba siendo hora de comer, pero como la hoja de ruta estaba tan repleta, decidimos parar en un Family Mart cercano a una parada de bus para comprar algo de sushi y comerlo mientras paseábamos camino al bosque de bambú de Sagano.

El rollo de abajo a la derecha de la imagen, es muy curioso, puesto que tienes que preparártelo. Al desenvolverlo, el alga no cubre el arroz, sino que viene separado por una lámina, imagino que para que no se quede reblandecida. Así que, has de envolver el arroz. Después, nos lo comimos a mordiscos, ya que era en ruta y no teníamos cubiertos. Estaba muy rico, era de una especie de ensalada de gambas con mayonesa y surimi. O eso nos pareció.

Abajo a la izquierda podéis ver los dos rollitos de arroz unidos y envueltos por salmón. No tenía mucho misterio. Y en la parte superior, el onigiri, unos triángulos envueltos en alga nori y rellenos de diferentes cosas. En este caso tenía una imagen en la que se veía un salmón, así que lo cogimos. Después resultó que además de tener trozos de salmón, tenía huevas. El problema es que la mayoría de las veces en el envoltorio sólo ponía la descripción en japonés, sin foto que te pueda dar una pista, así que era una lotería. Es su versión del sándwich.

Esta es la zona que rodea el Tenryuu-ji. El bosque está formado por 50 variedades de bambú, muchas de ellas superan los 20m de altura. En todo momento se sigue un camino bastante transitado. Merece la pena recorrerlo tranquilamente viendo cómo se cuela el sol entre las cañas, cómo suenan cuando son movidas por el aire.

Tenryuu-ji

Entrar al templo cuesta 500Y y además del templo tiene un amplio jardín que es uno de los más antiguos del país y que mantiene su forma original. Es una zona muy bonita para pasear y relajarse, y con calma porque lleva mucho tiempo. Es el templo más grande de la zona y fue designado como el primero de las 5 grandes montañas zen de Kioto. También ha pasado por varios incendios, hasta 8, el más reciente en 1864, por lo que la mayoría de los edificios datan del período Meiji (1868-1912)

Aquí sí que vimos algún cerezo que empezaba a florecer, una lástima que no hubiera más

Para finalizar el día nos dirigimos a Arashiyama, donde podemos encontrar el puente Tougetsukyo, o puente de la luna que atraviesa el río Kasturagawa.

Desde él se puede ver el monte Arashiyama y debe ser muy bonito con la floración del cerezo. Cuando nosotros estuvimos se comenzaba a ver cómo empezaban a salir las hojas, pero era demasiado pronto y el ambiente estaba algo desangelado. En la zona hay una avenida principal muy animada con cafeterías, tiendas de artesanía y restaurantes. El entorno es rural, con las típicas casas de planta baja.

Aprovechamos para degustar un helado del famoso sabor Sakura (flor del cerezo). Una de las cosas que empezamos a ver como denominador común eran el sakura (bien en olor, sabor, incienso, diseño en la ropa…) y el té matcha (el famoso de las ceremonias del té). El sakura como sabor es un gran descubrimiento, por una parte tiene un toque de flor, pero parece fresa, no sé cómo describirlo. Lo mejor es probarlo.

Al lado del puente se puede coger el bus que nos lleva de vuelta a la estación de Kioto, con intención de comprar cena y llevárnosla al hotel.

La estación de Kioto es enoooooooooorme. Fuera están las dársenas de los buses, y ya os comenté que tiene salidas en las que atraviesas un centro comercial. Pero es que en sí, la estación es un centro comercial en toda regla. No es que tenga alguna que otra tienda de camino a los andenes, tipo kioscos de prensa, o algún local en el que comprar unos sándwiches o algo de bebida. No, no, no, es que la estación tiene plantas inferiores que parecen Parquesur, con sus tiendas de ropa o su ala de restauración

Por supuesto, no podía faltar el sakura decorándolo. O los dulces. ¡Madre mía qué golosos son los japoneses!

Como nos habíamos metido buena tunda, optamos por ir al 7eleven y comprar algo para llevar, ducharnos y cenar tranquilamente. Elegimos unos típicos yakisoba, que se han puesto de moda también por España.

Las instrucciones parecen asustar, pero sólo hay que calentar agua (gracias a la pava de agua que teníamos en la habitación del hotel), añadir los sobrecitos con el “aliño”, dejar que absorban el agua, se hinchen, escurrir el exceso de caldo (si fuera necesario) y listo para cenar. A practicar con los palillos. Aunque la verdad es que al vernos con los ojos occidentales, en las tiendas siempre nos enseñaban un tenedor por si lo preferíamos a los hashi.

Y preparados para descansar que nos esperaba otra buena ruta al día siguiente.