Japón por libre IX: Día 4. Fushimi Inari

Y seguimos con el 4º día. Para el final teníamos Fushimi Inari, porque había leído que era mejor visitarlo hacia el atardecer, para ver cómo cambian los colores y además porque no cierra, así que hacia allí que nos dirigimos. Está a cinco minutos en tren desde la estación central de Kioto con la línea JR Nara, así que no es un gran desplazamiento. Una vez en Inari no tiene pérdida, tan solo hay que salir de la estación y cruzar una carretera.

Fushimi Inari es el principal santuario dedicado a la diosa Inari, que era la diosa del arroz. Como el arroz era con lo que comerciaban, hoy en día es venerada como diosa de los negocios. De ahí que las empresas donen toriis para que la diosa les dé prosperidad. Cada torii tiene una inscripción con los datos de esas empresas y cuanto más grande sea la “puerta”, más habrá pagado la empresa por él.

Como curiosidad, nos encontramos con varios operarios que estaban limpiando y pintando algunos toriis. No sé si eran del santuario o enviados por las propias empresas. Es decir, que tú mismo eres el encargado de mantener cuidado tu torii. Pero como siempre en Japón, todo detalle cuidado al milímetro.

Justo al cruzar desde la estación se ve un gran torii que marca el camino hacia la entrada y unos zorros. Estos animales que se pueden encontrar en el recinto representan al zorro Kitsune, mensajero de la diosa. Suelen tener una llave en las fauces, la llave que abre el lugar donde se guarda el arroz.

Una vez dentro del recinto encontraremos diferentes edificios, como la puerta de acceso, salones, o el santuario principal.

Para recorrer Fushimi Inari hay que dirigirse hacia el camino de toriis hacia la cima de la montaña. Hay varios tramos, de hecho, en determinado momento el camino se bifurca y más arriba, de nuevo otra hilera de toriis que hará un círculo alrededor de la montaña.

El recorrido puede llevar aproximadamente un par de horas. Hay tramos en los que la subida puede cansar, las escaleras no son cómodas, pero lo que realmente entretiene es ir descubriendo cada tramo, en algunos se mezclan los toriis de piedra con los de color bermellón.

Si queremos descansar un poco, hay un punto en el que podemos sentarnos a observar la ciudad. Aunque nosotros no nos paramos mucho porque el tiempo no acompañaba.

También lleva su tiempo hacerse fotos, claro… porque al ser uno de los santuarios más populares de Japón, siempre está lleno de visitantes, así que es complicado sacar fotos sin gente. Además, a nosotros se nos complicó algo más cuando empezó una llovizna suave a medio camino. Pero mereció la pena. Sin duda.

 

¿Cansados de toriis? Pues hay más.

Pero no es lo único. A lo largo la colina hay varios santuarios y arriba del todo el principal. Por supuesto, no pueden faltar los zorros, lugares de veneración y restaurantes. Por no hablar de las máquinas de bebidas. ¡Están en todos sitios!

Y continuamos la bajada. Se puede seguir el sendero marcado por los toriis, o por un un bosque de bambú. Con la lluvia nos decidimos por el camino de puertas.

Sé que son muchas imágenes de toriis, pero es que hay muuuuuuuuchos y me encantó el entorno: los toriis, la vegetación… además, la lluvia potenciaba el olor a campo, a bosque. Es una visita imprescindible. Si se tienen pocos días, es preferible evitar algún que otro templo, pero ir a Kioto y no pasar una tarde en Fushimi Inari sería lamentable.

Por cierto, si habéis visto Memorias de una Geisha, hay una escena rodada entre los toriis.

Cuando atardeció tomamos de nuevo el tren de vuelta a Kioto. Es fácil seguir las indicaciones y saber si estamos en el andén correcto, puesto que en los paneles informativos se indica la parada anterior y la posterior así como el sentido de la marcha. Aquí vemos que el tren va dirección Tofukuji.

Una vez en Kioto compramos unos makis, unos fideos instantáneos, el desayuno del día siguiente y volvimos al hotel a descansar, hablar con la familia y preparar el día siguiente. Pero hacía calor en la habitación, y aunque teníamos un panel de control del climatizador, aquello parecía expulsar solo aire caliente. Y claro, las letras encima de los botones estaban en japonés, así que hice una foto con el móvil y me bajé a recepción para que me explicaran qué botón tenía que pulsar para conseguir una temperatura más fresca.

Después de una conversación en inglés indio, porque el recepcionista, aunque muy solícito, hablaba lo justo, volví a la habitación. El chico me había explicado que ya lo había regularizado desde su control general. Así que pensé que me había bajado la temperatura un par de grados. Pero llego y el panel marcaba 24º y seguía haciendo calor. Toqué de nuevo las flechas para que bajaran los números, pero nada… como el que tiene un tío en Alcalá.

Bajé de nuevo. Venga, otro recepcionista, a ver si hay más suerte. Sí, hola, mira, tengo calor, quiero frío. Enseño foto, qué botón pulso. Y me mira con cara de W. A ver, yo calor (gesto de abanicar), quiero frío (me restriego los brazos), qué botón. Me dice que espere, entra dentro, sale y me dice lo que el anterior, que ya ha tocado él. Vale, gracias. Subo, entro, miro panel y DE NUEVO LOS 24º. Qué poca paciencia tengo para estas cosas, que me pongo muy nerviosa yo con el calor, me agobio enseguida, y tanto subir y bajar…

Tercer intento. El segundo recepcionista. Oye, que mira, que tengo calor y me has subido la temperatura, no bajado… Me pregunta que si puede subir. Sí, hombre, sube, con tal de que no me asfixie… Subimos, se descalza en la puerta, hace reverencia, entra, mira el panel, toca, vuelve a tocar, dice que ahora viene. Y se va. Vuelve al par de minutos. El contador a 24º otra vez. Se descalza, de nuevo reverencia y me dice que en primavera el hotel tiene 24º controlados desde la general. ¿Y si tengo frío? Pues abres la ventana. ¿Y el ruido? Es temperatura de primavera. Reverencia y se va.

Y ahí nos quedamos con los 24º y la ventana abierta para que ventilara aquello un poco.

Hasta ese momento no habíamos tenido problemas de comunicación, porque en las tiendas pones la mercancía, te señalan el horno si llevas algo caliente y como mucho si quieres unos tenedores (te los enseñan también) para los fideos en vez de los palillos. Pero ves el importe en la pantalla y pagas sin más. Reverencia, sonrisa, y has apañado el momento. Al llegar al hotel, aunque hablaban poco inglés, entregas la reserva, te piden pasaporte, rellenas un par de hojas, te explican cómo funciona el onsen (los baños japoneses), y poco más… Ah, bueno, sí, al hacer el check in nos dieron un par de botes de café. Y es que parece que es frecuente el café frío en lata, se puede comprar en las máquinas que hay en cualquier calle (incluso en templos o santuarios en medio del monte como comprobamos en Fushimi Inari). Y no estaba nada mal, la verdad.

En fin, que nos llevamos la anécdota del día. Y con la ventana abierta, nos fuimos a dormir. Y como llevábamos buen tute, pues la verdad es que el ruido, que no es que fuera mucho, no nos impidió descansar.

Japón por libre VIII: Día 4. Kioto Centro

El cuarto día en Kioto fue largo. Como venía siendo habitual, cargado con una ruta completita para intentar exprimir al máximo la ciudad. Finalmente nos quedaba por descubrir la zona centro de Kioto, aunque habíamos ido viendo cosas en nuestros paseos de un lado para otro, bien andando, bien en bus.

Así pues, cargamos pilas en el hotel desayunando unos bollos que habíamos comprado en un Family Mart.

Una especie de croasán relleno de chocolate, una empanada rellena de mermelada y una megamagdalena. La verdad es que les encanta el dulce, lo hay por todos lados. Sentíamos curiosidad por lo que nos encontrábamos en los lineales de los supermercados. Aunque yo reconozco que primero voy a lo seguro, a lo que se ve lo que es, y luego ya termino lanzándome. Aunque prefiero que se vea lo que es.

Comenzamos por el Castillo Nijo, que abre bien temprano, a las 8:45 de la mañana. Se puede llegar en los buses 9, 12, 50 ó 101. Su acceso cuesta 600Y.

El castillo fue construido en 1603 como la residencia oficial. Es uno de los ejemplos de la arquitectura del período Edo temprano. En 1867 se convirtió en propiedad de la Familia Imperial, aunque un siglo más tarde se donó a la ciudad y se abrió a los visitantes. Es Patrimonio de la Humanidad desde 1994.

Al entrar en el recinto nos encontramos con la puerta Karamon, que nos llevará hasta la entrada del palacio Ninomaru, que es donde residía el shogun.

Es curioso observar las diferentes salas, cada una con una función, recubiertas de tatami, o con suelos de ruiseñor que se caracterizan por chirriar cuando pasamos por ellos como motivo de seguridad para avisar de visitas inesperadas. Por supuesto no faltan las típicas puertas correderas y diseños en las paredes. En el interior no se puede hacer fotos, así que a disfrutar de la visita.

Tiene un gran jardín con lagos y tiene una zona plagada de cerezos, que empezaban a florecer, aunque tímidamente.

Muy tímidamente.

La verdad es que merece la pena emplear su tiempo recorrerlo. A nosotros nos llevó casi la mañana.

Así pues, de camino a Sanjusangen-do paramos en el Santuario Yasaka (sí, otra vez) que está a medio camino y nos sentamos a comer en una de las mesas frente a los puestos que hay junto al lago. Elegimos unos calamares y patatas fritas, y como plato típico japonés, los takoyaki, que me los habían recomendado como una exquisitez. Son unas bolas estilo buñuelo hechas a base de pasta de harina de trigo y rellenas de pulpo. Se hacen en unos moldes especiales que les dan esa forma redondeada, y hay que ver cómo los cocinan y los van girando con gran maestría.

Además de la harina y del pulpo, se aderezan con jengibre en vinagre y cebolla verde. Después, se le echa por encima una salsa del mismo nombre y mayonesa. Como remate, se le espolvorean unas virutas de bonito y algas verdes. Esta especialidad es típica de la zona de Kioto, Kobe y Osaka y se pueden encontrar en mil puestos callejeros.

La idea no suena mal, algo similar a la masa de un crepe, de una tortita, relleno de trozos de pulpo adherezado, pero a mí no me terminó de convencer. No sé si por el hecho de que no me gusta el jengibre, o que los alimentos rebozados, con masas o bechamel (croquetas, empanadillas fritas y similar) no me sientan muy bien y no los como, así pues no estoy muy acostumbrada con esa palatalización. O quizá que la salsa es algo fuerte para mi gusto. No lo sé, el caso es que tuve la sensación de “se me hace bola” como los niños cuando no terminan su comida porque ya no les pasa y lo pasan de carrillo a carrillo. Puede que fuera que no eligiéramos un buen sitio. En fin, el caso es que no me convencieron mucho, bueno, a ninguno de los dos nos causó especial impresión y no los volvimos a comer en el viaje.

De postre nos comimos un helado de té matcha.

Ya habíamos probado el de sakura en Arashiyama y nos quedaba por probar este otro sabor tan típico japonés. Está rico, no tan amargo como el té de la máquina del día anterior. Al hacer el helado supongo que le añaden algo de azúcar y suaviza algo el amargor. Aunque tiene su punto. Eso sí, me quedo con el de sakura.

También había peces rellenos parecidos a los que habíamos visto en Londres.

Antes de irnos del recinto, pasé al baño. Sí, qué fina contándolo aquí, pero es que quiero explicar el mundo urinario en Japón. Para empezar, deberíamos aprender de ellos. Hay baños en cualquier sitio, un templo, un santuario, un museo, la calle, las estaciones, los trenes. Y no solo eso, están limpios. Qué digo limpios. Están impolutos. Y hay papel. Siempre. Y de repuesto. Porque nadie se los lleva, están ahí para que cuando se acaben, se coja el siguiente. Y suele haber también un dispensador de jabón por si acaso está sucia la tapa, para que la puedas desinfectar.

Cuando entras en unos baños, suele haber varios tipos de urinarios, y así se suele indicar en las puertas. Está el western style, es decir, tipo como los nuestros: una taza en la que te sientas. Aunque claro, ya quisiéramos tener esos inodoros que están calentitos, que te echa el chorro para dejarte la zona limpia y fresca. Y que si eres tímido, puedes pulsar el botón de agua, que tapará tu ruido, o incluso te ayudará a que te den ganas.

Eso sí, parece que no todos saben usarlo, porque tienen cartel explicativo.

Y después, está el eastern style, que es el que usan ellos. A mí me recuerda a las letrinas. Y es lo que es, te agachas, apuntas, y listo. Puede parecer incómodo, pero la verdad es que es cómodo de usar. Y también están limpios.

Es curioso ver cómo en ambos tipos de baños suele haber viñetas en las que se describe cómo se han de usar. Muy gráfico todo. Si no sabes japonés, no es excusa, está más que clarito.

Con el estómago lleno y la vejiga vacía seguimos el camino a Sanjusangen-do. Se puede llegar con los buses 100, 206 y 208. La entrada cuesta 600Y y abre de 9 a 16:30.

Este templo está considerado como Tesoro Nacional. Se construyó en 1164, sin embargo, el edificio original se quemó en un incendio. Posteriormente, en 1266 se reconstruyó. Es el edificio de madera más largo de Japón con 120 m y hecho siguiendo el estilo de la arquitectura Wayo. La traducción de su nombre vendría a significar “el espacio con 33 espacios entre columnas”, que es como está construido.

Es imprescindible su visita. Es impresionante. Aunque lo que realmente llama la atención es su interior. En serio. Indescriptible. Dentro se encuentra una gran estatua de la diosa Kannon de los mil brazos, declarada Tesoro Nacional de Japón. Pero es que a esta gran estatua la rodean 1001 de otras más pequeñas distribuidas en 10 filas con 50 columnas. Impresionante la sala. Lo sé, me repito, pero es que es para verlo. Y no, no puedo poner foto porque no dejan usar la cámara en el recinto. Aunque podéis ver algunas imágenes en su página web. No es lo mismo, ni mucho menos. Y si vais a visitarlo, mejor no os reventéis el momento.

Delante de este grupo de Kannons, en primera fila, hay otras 28 de deidades guardianas (al estilo de las que se encuentran en las puertas de los templos o santuarios). La mayoría de las deidades tienen su origen en la India. Entre ellas, destacan el Dios del Trueno y el del Aire, del período Kamakura. Marcan el inicio y el fin de la hilera.

La verdad es que como atea no le suelo prestar mucha atención a las imágenes religiosas. Me gusta ver iglesias o catedrales, pero porque las valoro desde un punto arquitectónico. Así ocurre también con los templos o santuarios. Sin embargo, quizá por ser menos conocido (para mí), sí que percibí que le prestaba más atención a los budas y deidades. Aunque hay que reconocer que sus imágenes o estatuas tienen más connotaciones positivas, Representan los elementos, la naturaleza, alegría… Ahora, si pensamos en un Cristo o una Virgen, o en general en la Religión Católica, sólo veo castigo, penitencia, tristeza y lamentaciones. Quizá deberían hacérselo mirar…

El día podía haber acabado ahí, porque quedas tan impresionado que es un gran broche final. Pero aún nos quedaban horas de luz, media tarde, y un as en la manga. Fushimi Inari. Pero lo dejo para otro día porque es tan bonito, que merece capítulo aparte.

Japón por libre VII: Día 3. Kioto Este

Después de un parón, retomo el relato del viaje a Japón, que hay mucha tela que cortar.

Para el tercer día teníamos también una ruta completita. Comenzamos en el norte, en el santuario sintoísta Shimogamo, también conocido como Kamo Mioya Jinja. Es uno de los santuarios sintoístas más antiguos de Japón y es uno de los 17 Monumentos Históricos de la Antigua Kioto. Hoy en día es Patrimonio de la Humanidad y se puede acceder de forma gratuita. Para llegar hay que tomar el bus 4 ó el 205.

Cuando me documenté para el viaje, consulté blogs, páginas webs, guías de viaje, vi programas de televisión en los que españoles expatriados nos muestran sus ciudades en el extranjero, y así como casi todos los medios coincidían en monumentos como el Pabellón Dorado, el Templo de Plata o Kiyomizu, el santuario Shimogamo apenas aparecía como reseñable. Quizá por que queda algo más alejado. Sin embargo, desde aquí os digo que para mí fue una de las mejores visitas de Kioto. Me parece imprescindible. Si ya el primer día me encantó el ambiente del Yasaka con la iluminación, los puestos, las tonalidades rojo anaranjadas; aquí lo corroboré con el Shimogamo: me gustan más los santuarios que los templos.

Y es que no es lo mismo un templo que un santuario. Los templos son budistas, y los santuarios sintoístas. Vamos, como una iglesia o una mezquita, son lugares de culto, pero cada uno de una religión. En los templos se rinde culto a Buda, mientras que en los santuarios se veneran los Kami, dioses que se encuentran en la naturaleza, cielo y tierra. Delante de la habitación donde se está Buda se sitúa un quemador de incienso enooooooorme, sin embargo en los santuarios los fieles se purifican en una fuente lavándose las manos y la boca.

Lógicamente sus recintos y construcciones son diferentes. En el caso de los templos, sus construcciones son más austeras, de madera, marrones; mientras que los santuarios tienen ese color rojo anaranjado y con un gran torii a su entrada que nos indica que entramos en una zona sagrada. Aunque algunos santuarios tienen miles de toriis, como Fushimi Inari. Pero ya llegaremos a él. Como curiosidad, los santuarios suelen ser gratuitos y abiertos al público.

Volviendo a Shimogamo, es un santuario dedicado a la deidad del trueno. Y se accede por un sendero tras dejar la parada del bus. Tras cinco minutos nos encontramos con el típico torii grande y rojo indicando que accedemos a un lugar sagrado.

Una vez dentro del recinto se alternan estructuras de madera noble y edificios anaranjados mucho más coloridos.

Además cuenta con un puente y un lago rodeado de cerezos que nos da unas preciosas vistas de todo el complejo. Precioso.

Como era primera hora de la mañana estábamos prácticamente solos, pudimos pasear tranquilamente por todo el santuario.

Una pena que los cerezos aún no estuvieran en su máximo esplendor, pero aún así el entorno era muy bonito y apacible. Nos dio una inyección de ánimo de buena mañana.

Además, como anécdota, os encontramos unos novios haciéndose fotos con sus trajes típicos. Pobrecilla, que no se podía ni mover para andar.

Los trajes de los novios son muy tradicionales. Ellas llevan un kimono de seda blanca y ese gorro circular que se supone que para tapar los celos de la suegra. Ellos, un kimono negro. Aunque es frecuente que ambos se cambien posteriormente para el banquete por una vestimenta más occidental. Lo más seguro es que estos que nos encontramos no estuvieran en el día de su boda, sino que era una sesión fotográfica. Lo que no sé es si pre o postboda. No obstante, a lo largo del viaje, como visitamos varios templos y santuarios, vimos varias bodas. Y choca la diferencia cultural. Es curioso de ver. Aunque las bodas en España también son para escribir un libro con toda la parafernalia que entrañan.

En fin, que habíamos empezado el día fuerte, con una de los mejores atractivos turísticos de la ciudad.

Continuamos el recorrido dirigiéndonos a Ginkaku-ji, el Templo de Plata. Se puede llegar con el bus 5, el 17 ó el 100, que es de los más turísticos. Cuesta 500Y y su horario es de 9 a 17:30. Es recomendable visitarlo pronto porque siempre suele estar lleno de gente.

Se encuentra encima de un lago. Se construyó en el siglo XV como lugar de retiro e iba a ser la contrapuesta al Templo Dorado, pero se quedaron sin dinero y al final no pudieron recubrirlo de plata.

El edificio principal es un pabellón de dos pisos de diferentes estilos que ha sobrevivido a incendios y terremotos. No está abierto al público, por lo que sólo se puede visitar su recinto exterior.

Aunque el templo no es tan llamativo como el Kinkaku, sus alrededores le dotan de mucho atractivo. A mí el recinto en sí me gustó mucho más, quizá porque en global, es mucho más completo, el atractivo del Pabellón Dorado es ese, el edificio principal y su reflejo en el lago.

Durante la visita al Templo de Plata podemos recorrer varios jardines japoneses con arena blanca perfectamente rastrillada (ahí estaba el señor minuciosamente entregado a ello), un lago y una subida desde donde se puede divisar la ciudad y el propio templo.

Si además coincide con la primavera, debe ser mucho más bonito el paisaje. Aunque ya digo que a mí me encantó el entorno del templo. Sí que es verdad que el templo en sí es más bien sencillo, pero con el lago y la arboleda, la imagen global cambia.

Están cuidados todos los detalles: el lago, los jardines, la arena rastrillada, los caminos, incluso las alcantarillas con el bambú.

Seguimos la ruta dirigiéndonos al Camino de la Filosofía (o Paseo del Filósofo). Un camino de 2km lleno de cerezos, aunque, lamentablemente, como comentaba, a mediados de marzo aún no habían florecido y la zona estaba algo desangelada.

Aunque nos encontramos con cosas curiosas, como unos peluches pescando.

Durante el recorrido podemos encontrar tiendas, cafeterías y restaurantes. No tiene pérdida, sólo hay que seguir el canal. Recibe este nombre porque era una caminata que solía hacer el filósofo Kitaro Nishida, supongo que para pensar.

Es un paseo de una hora hasta llegar al santuario de Heian por el margen derecho. Es una zona donde podemos encontrar muchos templos, algunos más grandes, otros menos, y algunos de pago y otros gratuitos.

Honen-in. Se llega a él tras pasar un bosque de bambú. Es un templo pequeño, tranquilo, destaca más su entorno que el templo en sí.

Tiene una puerta techada de paja y montículos de arena rastrillada que va cambiando su diseño cada pocos días.

En su origen el templo era una cabaña del sacerdote Honen, que fundó su propia secta dentro del budismo. Sin embargo, la cabaña original fue destruida y el sacerdote tuvo que exiliarse porque se le consideraba un demonio por el sector más conservador del budismo. Con posterioridad, en el siglo XIX se construyeron los edificios que hoy lo componen y en 1953 el templo se independizó de la secta.

Eikan-do. También se conoce como Zenrin-ji, el templo del bosque zen.

Su horario es de 9 a 17 y cuesta 600Y. Es un complejo de edificios y jardines muy tranquilo. No sé si por el ambiente zen.

Invita a sentarse en el porche de los edificios y observar los jardines, tomarse un té verde y relajarse. Por supuesto, el suelo está impoluto, no te preocupes por mancharte.

El té es gratuito, eso sí, hay que ser respetuoso y dejar la taza limpia después, que para eso hay un fregadero. Es un té matcha que toman a todas horas y que les encanta. A mí me gusta mucho el té, y fuerte. Pero no pude con él, es muy amargo. Quizá me faltó algún pastelito de estos empalagosos que toman para acompañar.

Alberga en su interior un Buda Amida que mira para un lateral en vez de para el frente. Y además tiene una pagoda de dos plantas desde la que se puede una buena panorámica de Kioto. Es uno de los templos imprescindibles solo por las vistas, aunque hay que preparar las piernas para la subidita.

Nanzen-ji.  Es un templo que se concibió como una villa de retiro del Emperador. A su muerte fue cuando se convirtió en templo zen. La entrada cuesta 500Y; 1000Y si además se quiere visitar los jardines. Su horario es de 8:40 a 17.

Nada más entrar sorprende la imponente puerta San-mon, de dos pisos.

La zona es muy bonita, cuenta con estructuras de madera, estatuas, fuentes, un jardín zen y, algo que me sorprendió bastante, un acueducto.

 

Se construyó en el siglo XIX inspirado en los romanos. Hoy en día sigue en funcionamiento y los canales unen la ciudad con un lago.

Tiene subtemplos y cada uno tiene su propia entrada. Los edificios son muy bonitos, la madera está tallada y tiene elementos decorativos que le restan austeridad (para ver las imágenes con más detalle sólo hay que pinchar en ellas).

A lo largo del recorrido por el Camino de la Filosofía también encontramos un cementerio.

Sé que no es una visita que a priori suene turística, pero me gusta ver las costumbres del lugar, cómo vive y se entierra a la gente. Las tumbas tienen estatuas a las que les ponen gorritos y delantales, además de alimentos y agua. También hay tablillas con inscripciones.

Y también encontramos algún tímido cerezo empezando a dar flores (o creo que eran cerezos).

Con tanto templo y paseo se nos había hecho más que tarde para comer. Al final acabamos comprando unos enrollados y unos sándwiches y nos los comimos frente al torii del Heian Jingu. Cuando compras en una tienda de conveniencia (7 eleven, Family Mart o similar) y el producto es susceptible de ser calentado, como unos fideos, carne o unos enrollados, los dependientes te preguntarán señalando un horno o microondas, así que aunque no sepas japonés, con asentir o negar, todo solucionado. El lenguaje de signos es casi universal.

El Heian Jingu es el 2º santuario más importante. Fue diseñado para imitar al Palacio Imperial. Cuesta 600Y visitar el jardín. Se puede llegar con el bus 100. Es fácil localizarlo, puesto que para llegar a su recinto hay un torii gigante bien colorido.

En sus alrededores podemos encontrar también la Biblioteca y el Museo Municipal de Arte de la ciudad.

En 1976 se incendiaron 9 edificios, pero pudo reconstruirse tres años más tarde gracias a una colecta. Aparte del enoooooooooorme torii, sorprende que los edificios no son de madera noble sin más, sino que los tejados son verdes, mientras que su estructura y paredes están pintadas en sus tonos típicos anaranjados.

Me recordó en cierta manera al primer santuario del día, al Shimogamo. Por el entorno, por los edificios, aunque el recinto es mucho mayor e impresiona más. Lamentablemente no pudimos quedarnos mucho tiempo, pues nos habíamos ido entreteniendo tanto por la mañana, que ya era casi hora del cierre. Así que paseamos el recinto y nos fuimos.

Seguimos nuestro recorrido de santuarios y templos visitando de nuevo el Santuario Yasaka.

Ya lo habíamos visitado de noche el domingo y nos gustó mucho, pero merece la pena pasearlo también de día. Además, para ir desde Heian hasta Kiyomizudera, el próximo destino, tuvimos que hacer trasbordo y coger dos buses porque el que iba directo iba llenísimo y tuvimos que dejar pasar un par. Casualmente la conexión entre las dos líneas era justo en la puerta del Yasaka, así que aprovechamos para darle una vuelta.

El ambiente es completamente diferente, además, hacía un día de calor y había mucha gente en el césped aprovechando el sol. Por supuesto, no podía faltar gente vestida con los trajes típicos.

También nos sorprendió encontrarnos con las típicas escolares que parece que se han escapado de los dibujos animados.

Y para finalizar el día: Kiyomizudera. Se puede llegar a él con el bus 100, el 205 y el 206. Es de visita obligatoria y preferiblemente al atardecer, porque la luz al ocaso dotará al paisaje de un toque rojizo que embellecerá aún más la zona. Al encontrarse en una colina arbolada, ofrece una buena panorámica de la ciudad. Cierra tarde, a las 18 (normalmente los templos y santuarios cierran a las 16:30 ó 17:00), así que es mejor dejarlo para el final y cerrar el día de una forma espectacular. Nosotros aprovechamos hasta el cierre que comenzaron a echarnos por megafonía.

La entrada cuesta 300Y y es un conjunto de templos y recintos que también es Patrimonio de la Humanidad, cómo no. Pero no sólo hay que disfrutar del recinto del templo, sino que ya desde que nos bajamos del bus y hasta que llegamos a la colina en la que se encuentra, tenemos una subidita muy propia del Japón tradicional en la que podemos encontrar mil tiendecitas de ropa, de recuerdos, de dulces, restaurantes, tiendas de artesanía. Toda una delicia para el visitante. Además, estará tan plagado de gente que tendrás que ir despacio, por lo que se puede ir echando un ojo a los comercios. De hecho, si vais al atardecer, visitad primero las tiendas, ya que de bajada, en cuanto cierre el templo, echarán el cierre y os quedareis sin poder comprar, como nos pasó a nosotros.

El templo tenía alguno de los edificios en obras, cubiertos por lonas, por lo que no pudimos verlo todo. La parte principal del recinto es la terraza sostenida por un gran número de columnas de madera. y destaca en la colina.

De nuevo, una pena no encontrar los cerezos en flor. Yo me empecé a desanimar un poco, porque pensé que habíamos errado con la elección de fechas. Pero teníamos muchos días por delante.

Justo debajo de la terraza, se encuentra la cascada Otowa-no-taki, que da nombre al templo (del agua pura). La cascada cuenta con 3 chorros, cada uno de ellos con un tipo de deseo diferente: salud, longevidad y éxitos. Ojo, que beber de los tres chorros se puede considerar como de avariciosos. Se supone que el agua tiene propiedades terapéuticas. La verdad es que había una gran cola.

Al comienzo del recinto atravesamos la puerta Niomon, o de los Reyes Deva en español. Aunque también se la conoce como la puerta Akamon, la puerta roja. En ella encontramos las estatuas de dos reyes Deva junto a dos leones-perros que protegen el recinto de los malos espíritus.

La pagoda Sanjunodo, de tres pisos, es la más alta de todo Japón. Tiene 31 metros de alto y destaca por encima del resto de edificios.

La torre de la campana Shoro es el típico campanario budista y está decorada. La campana es una bestialidad de 2.03 toneladas.

Además de la gran pagoda Sanjunodo, dejando atrás la cascada y caminando un par de minutos, podemos encontrar la Koyasu, también de tres pisos, pero más pequeña y a la que acuden mujeres embarazadas para pedirle a la diosa Senjuu Kannon que las ayude a tener un buen parto.

Justo desde esa pagoda se ve el conjunto del resto de edificios. Sin duda una buena panorámica.

Como decía más arriba, empezaron a cerrar los salones, edificios y a solicitar por megafonía que abandonáramos el recinto pues era la hora de cierre. Así que nos dirigimos a la salida. Eso sí, no sin antes fotografiar un bonito atardecer.

El problema de salir en el cierre, es que toooooodo el mundo sale a la vez y si intentas coger un bus con dirección a la estación central, puede ser imposible. Así que tuvimos que andar un tramo del recorrido hacia atrás para poder subirnos en uno.

Para finalizar un completísimo día, volvimos al hotel previa parada en una tienda de conveniencia para comprar la cena y el desayuno. Y a descansar que nos metimos buen tute. No hay más que ver lo extenso que me ha quedado el post. Pero es que vimos tantas cosas y taaaaaaaaaan bonitas.

Y llegó el verano

Llevo un mes sin escribir, lo sé, pero se han juntado varias cosas. Por un lado un percance en casa en modo de cascada en el salón, por otro las vacaciones, y además este horrible calor que parece que llegó para quedarse. Lo llaman ola de calor, pero seguimos en la cresta y no bajamos de los 35 por el día y los 23 por la noche. Insoportable. Imposible descansar en condiciones. Apenas hay hambre, sólo sed. Si por mí fuera, estaría todo el día dentro de una bañera con un bol de sandía.

En fin, que así no se puede sacar ni tiempo ni ganas para escribir. Pero se intentará, que ya me ha vuelto a pasar, se me han juntado dos viajes. Así que, habrá que ponerse las pilas. Y el aire acondicionado.