Japón por libre XVI: Día 8. Himeji

Tras el resumen de Kioto, continuamos con el día 8. Ya sin maletas, puesto que se quedaron en recepción camino de Tokio y solo con una mochila cada uno, cogimos el Shinkansen Haruka de las 6:22 hasta Shin Osaka donde hicimos trasbordo al Shinkansen Kodama que llegaría a Himeji a las 7:36.

El motivo de parar en Himeji de camino a los Alpes fue aprovechar para ver su famoso castillo – lamentablemente sólo por fuera, ya que hasta el 28 no lo reabrirían tras las obras de remodelación – y subir al Monte Sosha.

Dado que el castillo está a unos 15-20 minutos andando desde la estación, decidimos ir primero a lo más alejado, es decir, subir al Monte Sosha. Para llegar al monte hay que tomar el bus 8 desde la estación. Pero la terminal de autobuses estaba en obras, así que tuvimos que preguntar en información a un señor muy amable, que nos indicó qué pase teníamos que comprar, dónde y que nos dio un mapa y un horario del transporte.

Tarda unos 20 minutos en llegar hasta donde hay que tomar un funicular y hay un pase combinado que cuesta 1300Y y merece la pena. Tiene 4 números y te los van recortando según subes al bus o al funicular. Además tiene dibujitos, por lo que queda muy claro.

En el Monte Sosha se encuentra el Templo Engyoji, un complejo de templos de más de 1000 años donde se rodó El último samurái.

La verdad es que es un entorno muy bonito, para emplear fácilmente un día, llevarse la comida, hacer un picnic, pasear y disfrutar de las vistas.

Lamentablemente, no teníamos tanto tiempo, así que dimos un paseo por la ruta principal. La poca gente con la que nos cruzamos (porque era muy pronto) iba muy bien preparada con calzado, bastones y protección contra el sol. Y también había grupillos cargados con elementos para poder observar las aves del entorno.

El Templo Engyoji fue fundado en 966. Hay ocho edificios y siete estatuas budistas que están consideradas como Propiedades de Importancia Cultural.

Aunque lo cierto es que daba la impresión de que ya no es muy visitado y que la mayoría estaban como un poco dejados y solitarios. Lo que no quiere decir que estuvieran descuidados, al menos los templos, ya que sí que había algún edificio que parecía que se caía.

Una pena no poder decicarle mucho tiempo, el entorno es muy tranquilo y me quedé con ganas de poder disfrutarlo tranquilamente, de ver los edificios con más calma, de perdernos por los senderos y oír los pájaros. Si vais con tiempo, no lo dudéis, merece la pena subir. En fin, emprendimos la bajada y nos dirigimos al castillo.

El Castillo, junto con el de Matsumoto, es uno de los dos mejores de Japón. Es uno de los pocos que quedan originales, aunque su interior está vacío. En contraste con el de Matsumoto que es también conocido como el cuervo negro, este recibe el apodo de la garza blanca. Es el más majestuoso de los doce castillos feudales que se conservan en todo el país. Fue construido a mediados del siglo XIV, reconstruido en 1577 y restaurado en 1609 y 1964.

Es un ejemplo de castillo en una colina rodeado de llanuras. Está considerado como el más bonito y es Tesoro Nacional Japonés y parte de la herencia mundial de la UNESCO. Es famoso, además de por su torre principal, por su complicadísimo diseño defensivo lleno de puertas, pasadizos, cuartos secretos, muros y murallas que pretendían confundir a los invasores a su entrada al castillo para poder atacarlos más rápidamente. Está en lo alto de un muro de piedra para protegerlo de los ataques de armas de fuego.

Desde el exterior la torre parece tener cinco alturas, pero en realidad tiene seis y una base. La segunda y tercera parecen ser una sola. Nunca fue destruido ni en guerras, terremotos o incendios, así pues, conserva su forma original. Dado que la ciudad se estaba preparando para la reapertura del castillo, la zona estaba llena de carteles, incluso de un muñeco que se paseaba disfrazado de castillo o figurantes con los que te podías hacer una foto de forma gratuita

Y además, nos encontramos unos novios haciéndose las fotos frente al castillo. Iban vestidos de forma similar a como iban los que nos encontramos en el Santuario Shimogamo. Aunque ella no llevaba el gorro, sino un tocado.

Y como tiene una gran esplanada alrededor, había gente haciendo picnic y aprovechando el fin de semana. Y lo cierto es que van más que preparados.

Tras el paseo por el monte y la visita relámpago al castillo, volvimos a la estación para tomar el Shinkansen que nos llevaría a Kanazawa, nuestra próxima parada y donde pasaríamos la noche.

Esta vez no cogimos el bus, dado que ya habíamos gastado los cuatro billetes, así que, fuimos caminando y encontrándonos con varias estatuas a lo largo del paseo.

Japón por libre XV: Resumen Kioto

Antes de pasar a la siguiente etapa del viaje, quería hacer un parón para recopilar impresiones de Kioto. A la hora de distribuir Kioto, partimos de una estructura en 3 días: Norte y Oeste, Este y Centro, y he de decir que funciona bastante bien esta división, puesto que cada día nos centraremos en un área en la que todo nos quede más o menos cerca. Optimizaremos las horas de las que disponemos, evitaremos perder tiempo en el transporte y nos cundirá más el día. Aunque, bueno, en realidad no fueron tres días, porque hay que añadir el paseo del primer día nada más llegar, y la visita al Templo Toji del día 21. Pero si restamos el tiempo de Fushimi y los lugares que repetimos, como el Santuario Yasaka, podríamos dejarlo en tres.

Mapa Kioto

En cualquier caso, no le dedicaría menos de tres días a la ciudad, quizá si se quiere ir con más calma o entrar en todos los templos, santuarios y puntos de interés, entonces, sin duda, cuatro. Incluyendo Fushimi Inari, Uji y Tofukiji, que al fin y al cabo están a un par de paradas en tren. Nara contaría como día completo.

No obstante, hay que tener en cuenta la época en la que se va. En nuestro caso, en primavera, los templos cerraban sobre las 16:30 ó 17. Quitando excepciones de algunos que cerraban más tarde como Kiyomizudera. Sin embargo, si se visita con el horario de verano, hay más amplitud de horario y más horas de luz, así que el día cunde más. Eso sí, el calor también puede jugar en contra, dado que agota más. Quizá el término medio sea finales de abril, principios de mayo, que ya tenemos más luz, y el nuevo horario de visita.

Eso sí, tenemos más horas para patear la ciudad, pero también tenemos que tener ganas de movernos. Que el cuerpo también tiene un límite. Creo que salvo un par de detalles, no cambiaría gran cosa. Si comparamos el previo al viaje, con los conocimientos tras la vuelta, la verdad es que apenas variaría la planificación de la ruta.

Por ejemplo, de la zona Noroeste me quedaría con Kinkaku-ji o Pabellón Dorado, Ryoan-ji o templo del Dragón Calmado y Tenryuu-ji con sus vistas y sus alrededores, imprescindible el bosque de bambú, claro. Sin embargo, obviaría la zona de Arashiyama. No es que la zona estuviera mal, pero en la época en que fuimos, el entorno estaba algo desangelado. Así que, quizá aprovecharía la tarde para hacer una excursión a cualquiera de los templos de las afueras y rematar la tarde. Por ejemplo, Tofukuji y después ver atardecer en Fushimi Inari.

De la zona Este variaría poco. Es imprescindible el santuario sintoísta Shimogamo. Lo visitaría a primerísima hora, y pasearía tranquilamente por su zona. Continuaría con Ginkaku-ji, el Templo de Plata. También uno de los básicos. De la zona del Paseo de la Filosofía, me quedaría con tres: Honen-in, Eikan-do, Nanzen-ji. Y terminaría en Heian Jingu para rematar el atardecer en Kiyomizudera.

En la zona Centro visitaría el castillo Nijo, el Santuario Yasaka, el Templo Toji y el Templo Sanjusagendo. Me acercaría a Uji, y para finalizar el día, un paseo al atardecer por la zona de Gion y Pontocho. Obviaría, como hicimos, la subida a la torre.

En general, creo que lo hicimos bastante bien. Y combinado con Nara, Miyajima e Hiroshima y Osaka. Tenemos un tercio del viaje.

Japón por libre XIV: Día 7. Osaka

Despúes de pasar la mañana en Kioto, nos fuimos a Osaka, la tercera ciudad más grande de Japón y uno de los grandes centros culinarios de Japón. Destacan, por ejemplo, el osizushi, el udon suki y el okonomiyaki. Y en busca de uno que nos fuimos, que ya había hambre.

El okonomiyaki es un plato de los más conocidos de la gastronomía japonesa (junto con el takoyaki), y es típico del área de Kansai e Hiroshima y que viene a significar “cocinado a la plancha al gusto”. Es decir, que se hace a la plancha y que le puedes añadir los ingredientes que te apetezcan. Consiste en una masa a base de harina, patata rallada, col, agua y huevo. A partir de ahí, se le puede añadir cebolleta, carne, calamar, gambas, vegetales, queso… Y para rematar, se cubre con salsa okonomi en círculo, mayonesa en zigzag, y si quieres, mostaza.

Nos costó decidirnos por un restaurante, pues había miles… pero finalmente elegimos uno en el que estábamos sentados en una mesa que su gran mayoría es una plancha. Así que, cuando pides la comida, te la preparan delante. Pedimos unos yakisoba (fideos fritos) y el okonomiyaki.

La camarera llegó con un cuenco en el que tenía los ingredientes base, más calamar y gamba, que es la opción que pedimos. Mientras se calentaba la plancha, mezcló bien todos los ingredientes y después vertió el contenido del bol en la plancha. Ayudándose de una espátula, formó un área circular y ahí nos dejó diciéndonos por señas que esperáramos. Al rato volvió, le dio la vuelta, y se volvió marchar. Finalmente, volvió, lo cubrió por la salsa y nos dejó para degustarlo.

Para servirnos teníamos una espátula para poder partirlo, y los palillos. Hay quien lo llama la pizza japonesa, pero a mí se me asimilaría más a un tipo de tortilla, quizá por el huevo. Me encantó. Y acabo de encontrar la salsa para poder hacerlo en casa, ya que los ingredientes los tenemos al alcance de la mano. A ver qué sale.

Os dejo un vídeo con una demostración de cómo se hacen

Tras comer, nos dirigimos a la zona sur de la ciudad, y de camino, empezamos a ver a gente disfrazada. Pero no de cualquier forma, no, nivel experto. Con sus trajes muy currados, pelucas, maquillaje… De repente entramos en una calle en la que apenas se podía transitar y con muchíiiiiiiiiiiiiiiisima más gente caracterizada. No sabíamos dónde mirar. Conocíamos algunos personajes de videojuegos, dibujos que han llegado a nuestro país, pero hay una oferta de anime tan amplia, que era imposible saber a quién intentaban simular.

Nos cruzamos con gente que llevaba bolsas de publicidad y llegamos a la conclusión de que se trataba de algún tipo de encuentro, de feria o similar. Es para verlo. Alucinante. Lo de esta gente con los videojuegos es un mundo aparte.

Finalmente, conseguimos llegar al Barrio Shinsekai, una zona plagada de restaurantes donde son típicas las brochetas empanadas kushikatsu y locales de ocio.

Es el barrio de Blade Runner, y podemos encontrar la Torre Tsutenkaku, de 103 metros y que es copia de la Torre Eiffel, o eso dicen. Es el símbolo de la zona.

Una zona que recuerda a esos barrios en los muelles de Estados Unidos como Coney Island en Nueva York o Santa Mónica en Los Ángeles.

Aunque también tenía un punto de Camden. Pero sobre todo, es Japón, un entramado de calles, de carteles, de emblemas luminosos, de gente… de caos, en definitiva.

De ahí nos dirigimos al barrio de Tennoji, al sur, donde se encuentran los templos de Shi-Tennoji e Isshinji Tennoji. A este último se le conoce como el templo de las estatuas de Buda hecha con restos de fallecidos (es algo gore el tema).

Nosotros visitamos Shi-Tennoji, considerado como el primer templo budista de Japón. Fue construido en 593, aunque sus edificios se han reconstruido a lo largo del paso del tiempo. La mayoría de las estructuras actuales datan de la reconstrucción de 1963. Los Shitenno son los cuatro reyes celestiales y el templo está construido para honrarles. En sus inmediaciones destacan:

Ishinotorii, de piedra situado en la entrada occidental del templo. Desde tiempos antiguos se consideraba que era la entrada Este al paraíso, así pues, durante años se celebraba una ceremonia en la que los fieles rezaban al ocaso en el punto medio entre los equinoccios de primavera y otoño.

Nada más llegar vimos que había mucha gente, y era casi el atardecer y hora de cierre del recinto. Supongo que se debía a que estaban recogiendo el mercado como el que nos habíamos encontrado por la mañana en Kioto y la gente comenzaba a abandonar la zona.

– Garan o recinto interior. Consta de la pagoda de cinco pisos, el salón principal y la sala de lectura y reunión. Para entrar en esta zona hay que pagar 300Y.

Kondo es el templo principal y en su interior encontramos la estatua del Príncipe Shotoku en su encarnación como Buda del Perdón Infinito, rodeado por los Cuatro Reyes Guardianes. Este Príncipe  fue quien encargó la construcción del templo.

Rokujido, situado delante de un estanque con tortugas, contiene la estatua del Buda de la Curación.

Honbo Teien es un jardín basado en el concepto de Jardín del Paraíso y contiene plantas que florecen en las diversas estaciones del año, desde los cerezos hasta flores de loto.

Asimismo, el templo contiene una colección con una variedad de objetos de gran relevancia artística o histórica de Japón. Sin embargo, no entramos dentro, porque no teníamos mucho tiempo.

Tras el cierre del templo nos marchamos a ver el castillo. El castillo de Osaka se trata de una reconstrucción de 1997.

La entrada al parque es gratuita, al castillo son 600Y, aunque en el interior no hay gran cosa salvo exposiciones de fotos. Fue construido como uno de los símbolos de poder de la época y se dice que trabajaron 100.000 hombres durante tres años. Tuvo que ser reconstruido varias veces a lo largo de los años por los numerosos conflictos que hubo en la zona. Nosotros lo visitamos por fuera y accedimos a los jardines, desde donde vimos atardecer y nos comimos un helado.

Aunque la ciudad es grande, lo cierto es que se puede recorrer bien con la JR Loop Line, la línea circular, y que como su nombre indica, es de JR por lo que se puede usar el JR Pass. Tiene paradas convenientes como Tennoji, Shinimamiya o Umeda. Aunque para una visita más exhaustiva, sería recomendable algún pase de metro para la que queda en el interior del área de la línea.

El centro de la ciudad está dividido en dos distritos:

  • Kita-ku en el norte, la zona de hoteles, restaurantes y centros comerciales;
  • y Nimabi en el sur, que es el corazón de la antigua ciudad mercantil y que podemos subdividir en varios barrios.
    • Por un lado Dotonbori, llena de karaokes, locales de pachinko, bares, restaurantes…
    • Por otro lado tenemos Amerikamura y Europe-dori, donde se pueden encontrar productos de importación estadounidenses o europeos respectivamente.
    • También podemos visitar el típico barrio tecnológico en Den Den Town donde se encuentra el – al parecer famoso – cartel de Glico. El neón de Glico Man se instaló en 1935 es la imagen de una empresa de dulces del mismo nombre. Muestra a un atleta en una pista de atletismo azul con el skyline de Osaka detrás.
    • o el histórico en Chuo-ku, donde se encuentra el castillo.

Nos quedó mucho por descubrir, como por ejemplo el Umeda Sky Building, un edificio de 173 metros y 40 plantas con un observatorio en la planta 39. Tampoco nos dio tiempo a ver la autopista que atraviesa los pisos 5, 6 y 7 de un edificio de Umeda. Se nos hizo de noche y ya no tenía sentido ir en su busca, pues además, teníamos que hacer las maletas. Y muy lejos nos quedaba la Bahía, donde hay un centro comercial, una noria, un acuario, una copia de la estatua de la Sirenita de Copenhague o los Universal Studios.

Eso sí, aunque hicimos un Osaka exprés fue productivo: descubrimos un atisbo del mundo “friki” de Japón, comimos un okonomiyaki, dimos un paseo, visitamos un templo y un castillo. No se puede decir que echáramos a perder el día. Pero sí recomiendo que si queréis visitar la ciudad más a fondo, le dediquéis al menos un par de días. Tiene parte cultural como templos y el castillo, pero también tiene parte de ocio y de nuevas construcciones como gran ciudad que es. De hecho, nada más salir de la estación nos encontramos con un estilo muy modernista. Incluso en la propia estación nos sorprendieron estas escaleras continuadas.

Impresionaba el cruce de caminos, la autopista, las señales, el bullicio comparado con Kioto.

Nosotros volvimos al hotel, donde hicimos las maletas y las mochilas. Nuestras maletas irían directas a Tokio, mientras que nosotros estaríamos un par de días por los Alpes. Y dado que íbamos a coger un bus de línea en algunas conexiones, ir con maleta no nos resultaba práctico para nada.

En Japón se puede contratar en casi cualquier sitio el servicio Ta-Q-Bin. Puedes realizar un envío como si fuera Seur, no tiene mucho misterio. Se encarga la empresa Yamato Transport, cuyo símbolo es un gato negro en un fondo amarillo. Pero nada de supersticiones, porque funcionan muy bien. Eficiencia japonesa.

En la habitación del hotel teníamos unos formularios que yo ya había visto en mi búsqueda de información previa al viaje.

Pero claro, si el concepto de realizar un envío por medio de una empresa de mensajería o transporte no tiene ningún misterio, lo de rellenar el papelito rosa, eso ya son palabras mayores. Bueno, qué digo, era tarea hercúlea. Pero cuando estás en un hotel, tienes a los recepcionistas para algo. Así que bajamos con las maletas, la reserva de hotel de Tokio, y los formularios. Y aunque el día del aire acondicionado no tuvimos mucha suerte para entendernos, este día no hubo problema. El chico nos rellenó los papeles con los datos del hotel de Kioto, con los del de Tokio según la reserva, rellené mis datos personales donde me pidió, guardó las maletas, y nos cobró la tarifa. Listo. A dormir.

Japón por libre XIII: Día 7. Kioto y Templo Tofuku-ji

Llegamos a la semana de viaje y a nuestro último día en Kioto. Cuando planifiqué la ruta, para este día tan solo anoté dos visitas en Kioto: el Templo Toji, que los días 21 de cada mes tiene un mercadillo, y subir a la Torre de Kioto. Daba por hecho de que era muy probable que nos quedaría algo por ver de los días anteriores, así que no estaría de mal tener unas horas libres por la mañana por si había que ajustar. Por la mañana se tiene más energía, hay más horas de luz, y las rutas cunden más. Para por la tarde iríamos a Osaka. Y para la noche, hacer la maleta. En fin, que al final, el día tampoco iba a ser tan ligero.

El Templo Toji, también conocido como el Templo del Este, abre de 9 a 16:30 horas y cuesta 500Y. Está bastante cerca de la estación central, aunque hay que callejear un poco para llegar y el diseño del barrio puede resultar lioso. Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y tiene una pagoda de 54,8 metros de altura que es la más alta de Japón. Al lado está el pabellón central, donde se encuentra el buda Yakushi.

Pero sin duda, su atractivo es el mercado Kobo-san, un gran mercadillo lleno de puestos de comida, de palillos, de ropa, de utensilios para casa, de libros, de telas, de kimonos, de objetos de segunda mano…

Había palillos de mil estilos, formas, diseños y tamaños. Nosotros decidimos esperarnos a Tokio para comprarnos unos, aunque quizá habría sido mejor opción escogerlos aquí, puesto que estaban mejor de precio. Y había de diferentes calidades.

Se puede encontrar de todo, muy al estilo del rastro de Madrid. Aunque no tan grande, claro. Era muy pronto para comer, pero había diversidad donde elegir, desde puestos de okonomiyaki, de takoyakis, de fideos fritos, hasta de patata dulce… todo olía muy bien.

Nos conformamos con un pez de crema como tentempié de media mañana.

La verdad es que con tanto puesto y tanta gente recorriéndolo, al final lo que menos vimos fue el templo y sus edificios. No entramos en el Pabellón, pues además parecía haber algún tipo de ceremonia.

Es curioso, pero en los aledaños del templo, la gente montaba sus propios mercadillos en las puertas de sus casas. Una buena forma de deshacerse de aquello que ya no quieren y hacer espacio en esas casas tan pequeñas como tienen.

Y aunque, como comentaba al principio, tenía pensado que subiéramos a la Torre de Kioto, al final decidimos obviarlo, puesto que no creímos que las vistas pudieran ser extraordinarias. En su lugar, cogimos el tren una parada en la línea de Nara y nos fuimos a ver el Templo Tofuku-ji. Fue una de las paradas que se nos habían quedado descolgadas de días anteriores. Si bien habíamos cogido la línea para ir a Fushimi y a Nara, el primer día no paramos porque a la ida íbamos mal de tiempo y no queríamos que se nos hiciera de noche antes de llegar, y a la vuelta ya se nos había ido la luz, y ya habían cerrado. El día de Nara a la vuelta paramos en Uji, así que tampoco pudimos visitarlo.

El Templo Tofuku-ji se encuentra a unos diez minutos de la estación de mismo nombre en una zona de casas unifamiliares. Está rodeado de bosque, y debe ser espectacular en otoño, todo en tonos rojos, como se ve en la entrada y el folleto.

Esta parte es gratuita. Para entrar al edificio principal sí hay que pagar entrada. Al contrario que otros templos, este mantiene intacta su estructura zen desde el siglo XIV. Se fundó en 1236 y es uno de los principales budistas zen del país. Aunque también tiene un pequeño santuario en la zona.

Está formado por varios pabellones unidos entre sí por una pasarela que sirve también para visualizar todo el entorno.

Los jardines tienen entradas separadas, así que depende de lo que quieras ver. En nuestro caso, al ser primavera, no era la mejor época para la visita. Quizá por eso apenas había gente. Aún así, era un entorno bonito.

Y con la mañana prácticamente echada, volvimos a la estación, donde tomamos de nuevo la línea de Nara hasta Kioto. Y una vez allí, un Shinkansen hasta Shin-Osaka. Hay más maneras de llegar, puesto que también se puede llegar con alguna línea local, como hicimos el primer día. Pero ahora teníamos activado el JR Pass, y había que amortizarlo.

Japón por libre XII: Día 6. Hiroshima

Tras coger el ferri y la JR Sanyo Line, llegamos a Hiroshima, una ciudad que podríamos decir que está en los circuitos turísticos por su castillo, pero la realidad es mucho más triste. Justo ahora en estas fechas “celebramos” el aniversario del lamentable suceso. Hiroshima es conocida porque hace 70 años, el 6 de agosto de 1945, a las 8:15 horas, los Estados Unidos escudándose en el “Proyecto Manhattan” lanzaron el arma nuclear Little Boy causando la muerte de alrededor de unos 120.000 japoneses y dejando unos 360.000 heridos que con posterioridad fueron desarrollando cánceres y mutaciones genéticas por la radiación a la que se vieron expuestos. La bomba redujo el 90% de los edificios a cenizas. El 9 de agosto el ataque fue en Nagasaki y el día 15 Japón se rindió frente a los aliados, lo que llevó al final de la Segunda Guerra Mundial.

La bomba explotó a 600 metros del suelo y se notaron en un radio de 10 km. El epicentro fue el Domo, que se usaba como Sala de Promoción Industrial. Fue la única estructura que quedó en pie, por así decirlo, ya que sólo quedó su esqueleto. Al ser el impacto en vertical, los cimientos de la sección bajo la cúpula y el soporte del edificio se mantuvieron y se produjo una onda expansiva que arrasó el resto del edificio. Lo que se conserva es lo que mismo que quedó aquel 6 de agosto, salvo alguna que otra intervención para apuntalarlo. De hecho, nos lo encontramos con andamios, supongo que preparándolo para este 70 aniversario.

En un principio, al planificar la reconstrucción de la ciudad, se iba a demoler, pero se decidió mantenerlo como recuerdo a las víctimas. Desde entonces se lo conoce como la Cúpula de la Bomba Atómica y se intedra dentro del Parque Conmemorativo de la Paz.

Este Parque se construyó en lo que antes de la bomba era el centro financiero y político de la ciudad. Allí se encontraban la Oficina Prefectural o el Ayuntamiento. Hoy en día está limpio y cuidado, claro, que es Japón, no se puede esperar otra cosa. Dentro del parque tenemos varios puntos en los que pararnos a reflexionar:

– Monumento Conmemorativo de la Paz de los Niños: Este pedestal de tres patas con una niña que sostiene una grulla de origami está dedicado a todos los niños que perecieron como consecuencia de la bomba, pero en especial a Sadako Sasaki, una niña de dos años que sobrevivió a la explosión, pero que diez años más tarde murió de leucemia. Cuando estaba enferma intentó hacer mil grullas de papel, porque según la tradición japonesa, de esa forma los dioses le concederían un deseo. Sin embargo, se quedó en los 600, falleció antes de completar su tarea. En su recuerdo, este monumento está lleno de grullas de origami de todo el mundo.

Los niños en los lados opuestos del pedestal simbolizan un futuro brillante y esperanza. Y bajo el pedestal podemos leer la siguiente inscripción: Esta es nuestra oración. Para construir la paz en el mundo.

Debajo de la estructura, hay una grulla de origami de bronce a modo de campanilla. Alrededor encontramos unas estructuras llenas de miles de grullas de colores que se reciben a lo largo de los años, sobre todo en esta época cerca del aniversario de la bomba.

También hay una grulla de origami al lado del monumento para que el visitante deje su mensaje de paz.

Museo Coreano Conmemorativo de la Bomba Atómica: Está dedicado a aquellos coreanos que tuvieron que trabajar como esclavos en las fábricas de armamento de Hiroshima. Los muertos de dicha nacionalidad ascendían al 10%.

Museo Conmemorativo de la Paz: Explica el motivo por el que fue atacada la ciudad y no otra. Era el objetivo perfecto porque prácticamente toda la ciudad se dedicaba al armamento. Pero el museo no ensalza a Japón, ellos saben que hicieron cosas mal también. Se centra en condenar la fabricación de armamento nuclear.

Cenotafio: Es uno de los primeros monumentos que se construyó en el parque y conmemora a las víctimas de la bomba. Se trata de una piedra con los nombres de los fallecidos a causa de little boy. La lista de nombres se sigue completando con los años cuando algún familiar de algún muerto lo solicita. Así que no están todos los que son, ya que si nadie del entorno lo pide, no aparecerá. Encima tiene una estructura de cemento con forma de arco que simula a un manto que cobija las almas de las víctimas.Tiene una inscripción tallada que dice “Descansad en paz, pues el error jamás se repetirá”.

Al situarnos frente al cenotafio, el arco enmarca el Estanque de la Paz, la Llama de Paz y la Cúpula de la Bomba, una imagen que engloba la destrucción que causó.

La Llama de la Paz: arde sin cesar desde el 1 de agosto de 1964 que se encendió, y no se apagará hasta que no se destruyan todas las armas nucleares.

Puertas de la Paz: Son 5 puertas de 5 metros de alto con la palabra “paz” en diversos idiomas.

Torre Conmemorativa a los Estudiantes Movilizados: en memoria de aquellos que tuvieron que trabajar forzados en la industria de la guerra dado que no había mano de obra, y acabaron muriendo.Así pues, más que una visita turística, se trata de una visita de recapacitación, como visitar un campo de concentración nazi, para reflexionar sobre la maldad del ser humano y de lo cerca que estamos de repetir nuestros errores si no echamos la vista atrás y analizamos nuestros actos a lo largo de la historia.

Pero no todo es desolación y tristeza, en Hiroshima también podemos visitar su castillo, conocido coloquialmente como “La Carpa”. Fue construido en 1589 en madera de pino y se considera Tesoro Nacional desde 1931 siendo un ejemplo de castillo en una llanura.

Lamentablemente, lo que vemos hoy en día es una reconstrucción de la torre puesto que la estructura original quedó devastada por la bomba. En el interior se puede visitar un museo sobre la historia de los castillos japoneses.Abre de 9 a 18 horas (17 en invierno) y cuesta 400Y.

Está muy cerca del Parque de la Paz.

Pero no podemos irnos de Hiroshima sin visitar la calle Hon-dori, una calle peatonal llena de tiendas, bares, locales de videojuegos (sobre todo pachinkos), perfumerías, etc. Era la primera vez que nos encontramos este tipo de calle – peatonal y con una especie de tejado –  y yo me sentí abrumada. Demasiadas cosas para ver, no sabía dónde mirar, todo me sorprendía, me llamaba la atención.

Japón moderno en estado puro. Y es que al final, Hiroshima se ha tenido que reinventar y reconstruir, por lo que todo tiene apenas 60-70 años.

Japón por libre XI: Día 6. Miyajima

Comenzamos el día 6 con una nueva excursión fuera de Kioto. Este día activábamos nuestro JR Pass ya que es un viaje largo y sale caro hacerlo por billete sencillo. Se tardan unas tres horas y hay que hacer varios trasbordos.

Nosotros habíamos reservado asiento el día anterior para el tren bala Hikari de las 8 de la mañana, y llegaba a Hiroshima a las 9:58. Sí, son dos horas en tren, pero son muuuuuuuuuuuuy cómodos.

Puedes llevarte el desayuno y comer tranquilamente. O comprárselo a la señorita que pasa con el carrito. Tienes tu bandeja, tu reposapiés, papelera, gancho para colgar la chaqueta, baño… hasta enchufe para cargar tus dispositivos. Los asientos tienen mucho espacio delante, más que en un avión, y te puedes reclinar. Yo me eché varias cabezaditas en los viajes. Porque además, como todo el mundo va en silencio, si le sumamos el movimiento del tren y el madrugón, el resultado es K.O. Allá donde fueres, haz lo que vieres. Ellos hasta se descalzan. Está todo impoluto, claro.

Una vez en Hiroshima cambiamos a la JR Sanyo Line hasta Miyajimaguchi, un trayecto de unos 25 minutos. Y en Miyajimaguchi cogimos el ferri (también incluido en el JR Pass), que son otros 15 minutos. Los ferris salen cuatro a la hora, así que hay buena frecuencia. Claro, que a partir de las 5 de la tarde hay menos y hay que estar al loro para no quedarse en tierra.

Miyajima (En realidad su nombre oficial es Itsukushima) es una isla sagrada, en la que no se permiten los nacimientos, las defunciones o la tala de árboles. Ya cuando nos vamos aproximando, se ve el imponente Otorii, que nos indica la presencia de un santuario. Se puede caminar hasta él cuando la marea está baja, por lo que es importante consultar cuándo está alta y cuándo baja para decidir cuándo queremos visitarlo. El Otorii es una de las tres visitas más emblemáticas del país y yo lo llevaba muy idealizado, quizá por eso, me defraudó un poco.

Aún así, es el símbolo de la isla. Data de 1168, aunque el que se conserva hoy en día es una reconstrucción de 1875, pues los siete anteriores sufrieron diversos daños a lo largo de los años. Mide 16,6 metros de alto y pesa 60 toneladas. Está hecho de madera de alcanforero, cedro y ciprés y se sostiene sobre seis pilares sujetos por siete toneladas de piedras.

El Otorii es la puerta de acceso al recinto del Santuario Itsukushima, un santuario que es uno de los grandes atractivos turísticos de la isla. Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1996 y está elevado sobre pilares, no a ras del suelo, sino que tiene forma de embarcadero. Con la marea alta se ven los edificios reflejados en el agua y es una imagen muy bonita. Con la marea baja se puede caminar hasta el torii.

La entrada cuesta 300Y (500Y si incluye también el salón del tesoro) y está abierto de 6:30 de la mañana a 18:00. Consta de 3 salas: el Salón Santo, una parte interior reservada a los sacerdotes (de hecho, los vimos salir en fila y en silencio) y el área exterior que es el que está lleno de visitantes.

Los principales edificios del santuario quedaron destruidos en un incendio en 1207. Ocho años más tarde se reconstruyeron, pero sufrieron el mismo destino en 1223. Tras una nueva reconstrucción en 1241 se han conservado hasta nuestros días. Aunque, por supuesto, han tenido que acometerse reconstrucciones y mejoras porque al estar en el mar, el salitre y la humedad deterioran los edificios. Con el tiempo se han añadido la pagoda de cinco alturas y la de dos.

Estos japoneses son tan organizados que para sacar una foto del torii desde el santuario, se ponen en cola, respetando a los demás y no estropeándoles la foto. Allá donde fueres, haz lo que vieres. Así que nos pusimos a la fila. Y mientras esperábamos me di cuenta de que todos hacían lo mismo: le daban la cámara al que tenían detrás, y se ponían la pareja, el grupo o familia para salir todos. El que había hecho la foto, le pasaba su cámara al de atrás y así sucesivamente. Y si le hacían una y no le convencía, se colocaban de nuevo y había segundo intento. Y el resto esperando tranquilamente dándoles su tiempo. A mí me tocó fotografiar a una familia de cinco y la mujer me dio la cámara, me señaló el botón de hacer la foto, me señaló el torii y me enfatizó “Otorii” y se colocaron. No le terminó de convencer la primera instantánea y me hizo gestos de que quería otra porque el padre tapaba un poco la puerta. Nuevo disparo, reverencia, sonrisa y nuestro turno. Ya podíamos aprender un poco de la educación japonesa. Sobre todo en respeto y cortesía.

Si se tiene oportunidad, puede ser muy bonito pasar la noche en la isla, aunque no es barato porque no hay mucho alojamiento. De esta forma, se puede ver la marea alta y la baja, así como el santuario y el torii al atardecer. Ambos se iluminan desde que cae la noche hasta las 23:00 horas.

Pero eso no es todo en la isla, sino que también podemos subir al Monte Misen a una altura de 530 metros sobre el nivel del mar. Hay tres rutas de senderismo: la Momijidani, la Omoto y la Daisho-in, que es la que elegimos nosotros. Aunque no la hicimos entera, sólo subimos hasta el templo Daisho-in, porque no disponíamos de mucho tiempo, teníamos una agenda completa y muchas conexiones de transportes. Si no se quiere subir andando, hay un funicular hasta la cima, desde donde se puede ver toda la isla, incluso Hiroshima al fondo si el día está despejado.

En el Daisho-in comenzó el budismo en la isla. Conserva varios edificios, estatuas y objetos religiosos. Resulta curioso su emplazamiento, ya que los edificios y estructuras están a diferentes alturas en la ladera de la montaña, lo cual da una perspectiva diferente.

El acceso al templo comienza en un puente, y seguidamente pasamos por la puerta Niomon, vigilada por dos reyes Nio, como suele ser habitual en templos budistas. Nos encontramos con unas jóvenes ataviadas con unas vestimentas peculiares. Iban vestidas con algo similar a los kimonos, pero encima llevaban una especie de mosquitera.

A partir de ahí nos encontramos con unas escaleras con unas series de ruedas inscritas con los seiscientos volúmenes de las escrituras Dai-hannyakyo que se dice que si las giras, te darán suerte.

Las escaleras también nos encaminan a la sala de los tesoros y el campanario. Si continuamos, pasamos la puerta Onarimon, entrando en una explanada donde se encuentran los edificios más importantes del templo: el  Kannon-do y el Chokugan-do.

En el primero de ellos hay un gigantesco mandala de arena de colores mostrando la diosa de la piedad. También hay una estatua de esta diosa con once cabezas cuya finalidad es vigilar a los seres vivos del planeta para salvarlos.

En el Chokigan-do hay una figura del Rey Inamovible que tiene una cara agresiva para demostrar su intención de destruir el mal. En la zona también hay muchas más estatuas y lugares de culto. No hay que perder ojo, pues en cualquier rincón podemos encontrar algo que nos sorprenderá. A mí me llamaban mucho la atención estas estatuas. Pero no conocía su significado hasta que después, una vez en el hotel, aproveché para consultar en internet.

Reciben el nombre de estatuas Jizo, que es una deidad compasiva que sigue los caminos de Buda. Se cree que protege a los niños muertos (o no natos) y a las embarazadas. El que estén abrigadas con coloridas capas y gorritos de lana responde a que los padres de esos niños los abrigan y protegen como si fueran el alma de esos niños. Asimismo, se colocan piedras para pedir compasión y que los niños puedan atravesar al más allá. Si hiciéramos un paralelismo podríamos hablar de una ayuda para que no se queden en el limbo.

¿Y qué me decís de estos tres? ¿Os recuerdan a algo?

A los pies de la escalera encontramos este narigudo, que se cree que fue un judío que llegó a Japón. Aunque también pudiera ser una especie de demonio, no he encontrado unanimidad al respecto.

Aunque no son las vistas de la cima, lo cierto es que no está nada mal.

En uno de los edificios había ni más ni menos que 1200 figuritas en bronce de Buda. No los conté, es que tienen una plaquita.

Para terminar con la isla, emprendimos el descenso. Es interesante salirse del circuito y perderse por las callejuelas y ver las residencias típicas. Paseamos por la orilla despidiéndonos de las linternas, los ciervos y el torii.

Pero antes de marchar, no nos olvidamos de pasear por la calle principal, por Omotesando, llena de tiendas de recuerdos, de locales de comer y beber, restaurantes y como curiosidad la pala de arroz más grande del mundo. Está hecha con la madera de un olmo de 270 años de antigüedad, mide 7,7 metros de largo y pesa 2,5 toneladas. Una barbaridad.

Entre los alimentos típicos de la zona destacan los pastelitos Momiji Manju, con forma de arce y rellenos de pasta de judía roja. Que como ya comenté, no nos atrae en demasía, así que no probamos. Se podía ver hasta cómo se fabricaban.

Eso sí, de camino al ferri nos comimos unas brochetas de pulpo con hierbas y cebolleta al estilo de las que comimos de cangrejo el primer día en Kioto.

Y continuamos nuestro recorrido camino a Hiroshima dejando atrás el santuario, el otorii y los ciervos (también dicen que hay monos, pero supongo que estarán más arriba en el monte). Pero tendrá que esperar, que esta entrada ya es demasiado larga.

Japón por libre X: Día 5. Nara y Uji

Día 5 del viaje. Amanece temprano en Kioto porque queríamos ir a Nara y aprovechar bien el día. Vaya novedad, ¿eh? Como desayuno tocó probar gofre de chocolate. En realidad es un gofre redondo doblado a la mitad y relleno de chocolate. Esponjoso y subidón de azúcar.

Tras desayunar, nos fuimos pronto para la estación. A Nara se llega en la misma línea que habíamos cogido el día anterior para ir a Fushimi Inari, así que teníamos controlado el andén. Aún así, perdimos el tren, porque tienen puntualidad japonesa y nos tocó esperar media hora. Una pena de madrugón.

Hay que tomar la JR Nara Line, que entra dentro del JR Pass, pero el trayecto cuesta 710Y y no nos compensaba activar de momento el pase, así que lo compramos en las máquinas. Se tardan unos 60-70 minutos, dependiendo de la versión de tren que cojas, puesto que hay algunos express y otros que hacen más paradas.

Una vez en la estación, hay una oficina de turismo donde te dan mapas en español. Aún así, nuestra primera parada fue pasar a una tienda a comprar un par de paraguas, porque la llovizna del día anterior de Fushimi Inari, ese día ya no era tan leve. Y parecía que iba a estar todo el día así. Por lo que nos compramos por 100Y cada uno (eran infantiles y ocupaban poco), un par de paraguas transparentes, que es lo que triunfa allí, que a mí me encantan y que en España son tan difíciles de encontrar. Supongo que son tan comunes porque los puedes llevar bajos y ver a través, por lo que no te comes a la gente que viene en sentido contrario. Algo muy común en las calles transitadas de Japón. Eché de menos mis botas de agua :'(.

En la oficina de información nos indicaron que el recorrido era muy sencillo, hay que tomar la calle principal y una vez que llegamos al parque, recorrer en círculo viendo los puntos principales: Templo Kofukuji, el Santuario de Kasuga Taisha, los Atrios y el Templo Todaiji. Aparte de disfrutar del propio parque, claro. El recorrido son unos 6 km, así que fácilmente te lleva una mañana con la entrada a los templos y santuarios. No obstante, es sencillo moverse por Nara, ya que todo queda muy recogido, el parque ocupa gran parte de la ciudad. Hay que andar, sí, pero no se hace pesado.

Nara fue la primera capital de Japón y conservó ese estado durante 74 años, de ahí que conserve templos y santuarios de gran valor. Tiene ocho atractivos turísticos que están declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Ya en la calle principal, la Sanjodori, se van viendo templos además de los locales comerciales. Es curioso cómo combinan edificios tradicionales con los más modernos.

Antes de llegar al parque pasamos por el Sarusawa Ike, un lago junto al que encontramos el Templo Kofukuji, que data del siglo VII, y una Pagoda de cinco pisos y 50 metros que es la segunda más alta del país y que está declarada como Tesoro Nacional. También tienen tal denominación la Sala Octogonal Norte, la Sala Dorada del Este y la Pagoda de tres pisos.

La entrada a los terrenos del templo es gratuita, pasar a ver la sala del tesoro, que exhibe parte de la colección de arte del templo, son 500Y. Era el templo de la familia del más poderoso clan familiar de los períodos Nara y Heian. Fue fundado a la vez que la capital.

Ya en la zona del templo, empezamos a sentirnos acosados por un grupo de ciervos. Según la guía que nos dieron en información, los ciervos están en el parque porque cuando la familia Fujiwara construyó Kasuga Taisha, llegó de visita un dios procedente del Santuario de Kashima Jingu de Chiva cabalgando a los lomos de un ciervo blanco. Y de ahí que se consideren mensajeros de los dioses y, por tanto, sagrados. Deambulan por todo el parque y en principio son pacíficos y sociables. Claro, que si llevas comida, la cosa cambia, pues te perseguirán olisqueándote. Como es uno de los reclamos de la ciudad, hay varios puestos en los que venden unas galletas por 150Y. De ahí que estén más que acostumbrados a los humanos.

Siguiendo el recorrido que nos habían marcado en el mapa, entramos en el parque atravesando el torii Ichino. Una pena la lluvia, pues no pudimos recorrerlo tranquilamente, había que ir mirando continuamente al suelo para no pisar un charco o acabar embarrados. Aún así, es un entorno bucólico entre los ciervos, la vegetación, las linternas que marcan el camino, los toriis…

Continuamos el recorrido hasta el Santuario Kasuga Taisha, que se encuentra al pie de las montañas sagradas de Kasugayama y Mikasayama y es Patrimonio de la Humanidad. Es uno de los santuarios sintoístas más importantes de Japón y  destaca por las linternas de su interior y por el entorno que lo rodea. Es famoso de hecho por estas linternas. En el exterior son de piedra y hay alrededor de unas 20000, y en el interior hay unas 1000 de bronce.

En primavera y en verano hay unas festividades y se encienden todas las lámparas al anochecer un día en concreto. Debe ser espectacular. Nosotros pasamos a un recorrido interior que hay con un montón de farolillos iluminados y es precioso. Así que en el exterior, de noche y con el paisaje, debe ser sobrecogedor.

Fijaos en la cantidad de farolillos que hay por todos lados:

Nuestra siguiente parada fue el Templo Todai-ji cuya entrada al recinto la marca la puerta Nandaimon con sus dos guerreros Nió.

Se puede acceder de forma gratuita. Sin embargo, la entrada al pabellón principal, cuesta 500Y. Y hay que entrar sí o sí. Es un templo impresionante, no en vano es la estrella de Nara (con permiso de los ciervos, claro). Tiene el récord mundial por ser la construcción de madera más grande del mundo. Pero es que ¡era más grande! Lo que se conserva hoy en día es un 33% más pequeño que lo que era en origen, ya que sufrió varios incendios y no se reconstruyó su totalidad.

Data del año 752 y alberga en el interior del edificio principal (Daibutsuden) la estatua de Buda (Daibutsu) más grande del país. Mide 16m de altura y para hacerlo se emplearon 437 toneladas de bronce y 130 kilos de oro. Ahí es nada. Los datos son impresionantes, pero verlo desde abajo, más.

Al igual que el edificio, el Buda ha sufrido también lo suyo, ya que por culpa de la cantidad de terremotos que asolan Japón y las guerras ha perdido su cabeza varias veces. Se le puede rodear y observar la trasera.

Hay una exposición en la que se puede ver cómo era en realidad el recinto del templo cuando se fundó, con todos sus edificios, con sus dimensiones originales.

Además, se pueden ver partes del propio Buda y dos reyes protectores que custodian al Daibutsu.

Aunque sin duda, una de las atracciones que más gusta a los visitantes es intentar pasar por un agujero que hay en uno de los pilares del edificio. Se supone que tiene las dimensiones que los orificios de la nariz de Buda y que si consigues pasar estarás bendecido. Si es que lo tienen muy bien montado para atraer a sus fieles… La Iglesia Católica debería aprender del márketing que hacen los budistas y sintoístas.

No faltan tampoco los monjes vendiendo inscripciones, pulseras o amuletos. Así como los mensajes de la fortuna. Luego fuera, en el patio principal, hay varias casetas con souvenirs. Triunfan los budas con cuernos. Mezclando así los dos símbolos de Nara: el Daibutsu y los ciervos.

En el recinto se pueden observar más edificios y estructuras, entre los que se encuentra la Torre de la campana. La más grande de Japón con 3,87m de altura y 3,71m de diámetro. Solo suena una vez al día, a las 8 de la tarde y en Año Nuevo.

La verdad es que aunque nos llovió y nos impidió pasear tranquilamente, lo cierto es que fue una visita que mereció la pena. Por el santuario, por el templo, por el Buda, por los ciervos que se te acercan cuando menos te lo esperas y por el parque en sí.

Ya fuera del recinto, nos dirigimos de vuelta a la estación. Pero en lugar de volver por la calle principal, callejeamos un poco y fuimos por Naramachi, el antiguo distrito del comercio. Aún se conservan algunos almacenes tradicionales y es curioso pasear por la zona residencial y ver los típicos edificios que parecen sacados de los dibujos.

Como curiosidad, vimos aparcado un Moco, un Nissan Moco, que nos hizo gracia, así que le hicimos una foto, y como tienen el volante a la derecha, me arrimé mucho al coche, pero no me di cuenta de que estaba el señor dentro hasta que no estuve a su altura. Y estaba mirándonos con cara rara. Lógico, claro, pero es que el nombre del coche parece poco afortunado. Aunque es de esos tan tan pequeños que se parecen a los que se pueden conducir sin carnet. Así que, bueno, en parte tiene sentido que sea un moco…

Ya en la estación decidimos buscar algo para comer, pero aparte del sitio donde habíamos comprado los paraguas, solo había una pastelería. Aunque es del estilo alemán, con dulces, pero también salados. Elegimos un surtido de salados: una especie de pizza, una especie de perrito y otro bollo con calabacín y pimiento. En fin, no es comida de sibaritas, pero nos llenó el estómago. No teníamos mucho donde elegir. Realmente los sitios de comer están en la calle principal, pero como habíamos vuelto dando un rodeo, se nos había hecho tarde y había hambre.

De postre cogimos unos bollos fritos rellenos. ¿De qué? Pues lo típico: sakura y judías rojas. Y algo menos exótico: chocolate.

Las judías rojas son muy típicas en los dulces japoneses. Teníamos que tener cuidado al comprar porque de primeras pensábamos que era chocolate. No es que estén malas, es que para nosotros eran excesivamente empalagosas. Así que después de probarlas, intentábamos no caer… pero era difícil porque estaban por todos lados. De hecho, es la segunda legumbre más consumida después de la soja en todo Japón. Ojo, la azuki no es como las judías rojas que podamos ver en España, o las del típico desayuno inglés, sino que son dulces ya de por sí, por eso se usan en repostería. Y contrasta con el té matcha, que es amargo.

Ah, también tenían churros. O eso ponía en el letrero.

De vuelta en el tren, no nos fuimos directos a Kioto, sino que aún hicimos una parada en Uji para ver el templo Byodo-in. Uji es un pueblo al sur de Kioto y que es famoso por los cultivos del té. No es difícil llegar, puesto que en la propia estación, en el vestíbulo, hay unas fotocopias en japonés y otras en inglés con un mapa de la zona. Si es que lo tienen todo pensado.

El templo Byodo-in es el que aparece en las monedas de 10Y y en el billete de 10.000Y y es muy bonito.

Fue una casa de campo reconvertida en templo. Es uno de los pocos edificios del período Heian que se conservan. Llegamos casi a la hora del cierre, entramos primero al museo, que tiene fotos y vídeos del templo. Así como partes del templo que han sido sustituidas.

La estructura más importante es el Salón del Fénix, construido para representar un palacio de la Tierra de la Felicidad. Es la única estructura original que queda en pie, ya que el resto fueron destruidas tras un incendio provocado por la guerra civil en 1336. No pasamos porque ya no nos daba tiempo entrar, y lo habíamos visto en el vídeo del museo. Lo cierto es que tampoco nos llamaba tanto la atención. Si queréis entrar a verlo, hay que pagar 300Y adicionales al precio de la entrada (600Y).

El templo sigue la línea arquitectónica china. Se compone de un salón central, en el que se encuentra una estatua de Amida Buda sentado en un trono de loto. Además, tenemos dos corredores en cada lado y uno en la parte de atrás. El nombre de Pabellón del Fénix le viene de la forma de su planta, que parece ese ave desplegando sus alas. De hecho, en el tejado podemos encontrar varios.

El jardín que rodea el templo ha sido designado como Emplazamiento Histórico y Sitio de Especial Belleza Escénica. Completan el recinto la playa de arena, el puente, el puente arqueado y una pequeña isla.

Aunque era casi la hora de cierre y chispeaba, y tuvimos que verlo un poco a la carrera, lo cierto es que también influyó en que apenas hubiera visitantes, así que pudimos hacer fotos del edificio sin gente de por medio. Algo bien difícil en Japón.

Y tras la visita al Byodo-in, volvimos a Kioto. En la estación central aprovechamos para reservar los asientos del Shinkansen del día siguiente, que recuerdo que con el JR Pass es gratuito. Ya habíamos mirado en la web de Hyperdia los horarios, así que fuimos con ello apuntado para que fuera mucho más rápido y no hubiera problemas idiomáticos.

Como anécdota del día, pusimos la tele mientras cenábamos y descubrimos un programa en el que enseñaban español. O algo así, porque los diálogos eran un poco forzados. Aunque es lo que suele pasar con los métodos de idiomas, que son muy encorsetados.