Japón por libre XI: Día 6. Miyajima

Comenzamos el día 6 con una nueva excursión fuera de Kioto. Este día activábamos nuestro JR Pass ya que es un viaje largo y sale caro hacerlo por billete sencillo. Se tardan unas tres horas y hay que hacer varios trasbordos.

Nosotros habíamos reservado asiento el día anterior para el tren bala Hikari de las 8 de la mañana, y llegaba a Hiroshima a las 9:58. Sí, son dos horas en tren, pero son muuuuuuuuuuuuy cómodos.

Puedes llevarte el desayuno y comer tranquilamente. O comprárselo a la señorita que pasa con el carrito. Tienes tu bandeja, tu reposapiés, papelera, gancho para colgar la chaqueta, baño… hasta enchufe para cargar tus dispositivos. Los asientos tienen mucho espacio delante, más que en un avión, y te puedes reclinar. Yo me eché varias cabezaditas en los viajes. Porque además, como todo el mundo va en silencio, si le sumamos el movimiento del tren y el madrugón, el resultado es K.O. Allá donde fueres, haz lo que vieres. Ellos hasta se descalzan. Está todo impoluto, claro.

Una vez en Hiroshima cambiamos a la JR Sanyo Line hasta Miyajimaguchi, un trayecto de unos 25 minutos. Y en Miyajimaguchi cogimos el ferri (también incluido en el JR Pass), que son otros 15 minutos. Los ferris salen cuatro a la hora, así que hay buena frecuencia. Claro, que a partir de las 5 de la tarde hay menos y hay que estar al loro para no quedarse en tierra.

Miyajima (En realidad su nombre oficial es Itsukushima) es una isla sagrada, en la que no se permiten los nacimientos, las defunciones o la tala de árboles. Ya cuando nos vamos aproximando, se ve el imponente Otorii, que nos indica la presencia de un santuario. Se puede caminar hasta él cuando la marea está baja, por lo que es importante consultar cuándo está alta y cuándo baja para decidir cuándo queremos visitarlo. El Otorii es una de las tres visitas más emblemáticas del país y yo lo llevaba muy idealizado, quizá por eso, me defraudó un poco.

Aún así, es el símbolo de la isla. Data de 1168, aunque el que se conserva hoy en día es una reconstrucción de 1875, pues los siete anteriores sufrieron diversos daños a lo largo de los años. Mide 16,6 metros de alto y pesa 60 toneladas. Está hecho de madera de alcanforero, cedro y ciprés y se sostiene sobre seis pilares sujetos por siete toneladas de piedras.

El Otorii es la puerta de acceso al recinto del Santuario Itsukushima, un santuario que es uno de los grandes atractivos turísticos de la isla. Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1996 y está elevado sobre pilares, no a ras del suelo, sino que tiene forma de embarcadero. Con la marea alta se ven los edificios reflejados en el agua y es una imagen muy bonita. Con la marea baja se puede caminar hasta el torii.

La entrada cuesta 300Y (500Y si incluye también el salón del tesoro) y está abierto de 6:30 de la mañana a 18:00. Consta de 3 salas: el Salón Santo, una parte interior reservada a los sacerdotes (de hecho, los vimos salir en fila y en silencio) y el área exterior que es el que está lleno de visitantes.

Los principales edificios del santuario quedaron destruidos en un incendio en 1207. Ocho años más tarde se reconstruyeron, pero sufrieron el mismo destino en 1223. Tras una nueva reconstrucción en 1241 se han conservado hasta nuestros días. Aunque, por supuesto, han tenido que acometerse reconstrucciones y mejoras porque al estar en el mar, el salitre y la humedad deterioran los edificios. Con el tiempo se han añadido la pagoda de cinco alturas y la de dos.

Estos japoneses son tan organizados que para sacar una foto del torii desde el santuario, se ponen en cola, respetando a los demás y no estropeándoles la foto. Allá donde fueres, haz lo que vieres. Así que nos pusimos a la fila. Y mientras esperábamos me di cuenta de que todos hacían lo mismo: le daban la cámara al que tenían detrás, y se ponían la pareja, el grupo o familia para salir todos. El que había hecho la foto, le pasaba su cámara al de atrás y así sucesivamente. Y si le hacían una y no le convencía, se colocaban de nuevo y había segundo intento. Y el resto esperando tranquilamente dándoles su tiempo. A mí me tocó fotografiar a una familia de cinco y la mujer me dio la cámara, me señaló el botón de hacer la foto, me señaló el torii y me enfatizó “Otorii” y se colocaron. No le terminó de convencer la primera instantánea y me hizo gestos de que quería otra porque el padre tapaba un poco la puerta. Nuevo disparo, reverencia, sonrisa y nuestro turno. Ya podíamos aprender un poco de la educación japonesa. Sobre todo en respeto y cortesía.

Si se tiene oportunidad, puede ser muy bonito pasar la noche en la isla, aunque no es barato porque no hay mucho alojamiento. De esta forma, se puede ver la marea alta y la baja, así como el santuario y el torii al atardecer. Ambos se iluminan desde que cae la noche hasta las 23:00 horas.

Pero eso no es todo en la isla, sino que también podemos subir al Monte Misen a una altura de 530 metros sobre el nivel del mar. Hay tres rutas de senderismo: la Momijidani, la Omoto y la Daisho-in, que es la que elegimos nosotros. Aunque no la hicimos entera, sólo subimos hasta el templo Daisho-in, porque no disponíamos de mucho tiempo, teníamos una agenda completa y muchas conexiones de transportes. Si no se quiere subir andando, hay un funicular hasta la cima, desde donde se puede ver toda la isla, incluso Hiroshima al fondo si el día está despejado.

En el Daisho-in comenzó el budismo en la isla. Conserva varios edificios, estatuas y objetos religiosos. Resulta curioso su emplazamiento, ya que los edificios y estructuras están a diferentes alturas en la ladera de la montaña, lo cual da una perspectiva diferente.

El acceso al templo comienza en un puente, y seguidamente pasamos por la puerta Niomon, vigilada por dos reyes Nio, como suele ser habitual en templos budistas. Nos encontramos con unas jóvenes ataviadas con unas vestimentas peculiares. Iban vestidas con algo similar a los kimonos, pero encima llevaban una especie de mosquitera.

A partir de ahí nos encontramos con unas escaleras con unas series de ruedas inscritas con los seiscientos volúmenes de las escrituras Dai-hannyakyo que se dice que si las giras, te darán suerte.

Las escaleras también nos encaminan a la sala de los tesoros y el campanario. Si continuamos, pasamos la puerta Onarimon, entrando en una explanada donde se encuentran los edificios más importantes del templo: el  Kannon-do y el Chokugan-do.

En el primero de ellos hay un gigantesco mandala de arena de colores mostrando la diosa de la piedad. También hay una estatua de esta diosa con once cabezas cuya finalidad es vigilar a los seres vivos del planeta para salvarlos.

En el Chokigan-do hay una figura del Rey Inamovible que tiene una cara agresiva para demostrar su intención de destruir el mal. En la zona también hay muchas más estatuas y lugares de culto. No hay que perder ojo, pues en cualquier rincón podemos encontrar algo que nos sorprenderá. A mí me llamaban mucho la atención estas estatuas. Pero no conocía su significado hasta que después, una vez en el hotel, aproveché para consultar en internet.

Reciben el nombre de estatuas Jizo, que es una deidad compasiva que sigue los caminos de Buda. Se cree que protege a los niños muertos (o no natos) y a las embarazadas. El que estén abrigadas con coloridas capas y gorritos de lana responde a que los padres de esos niños los abrigan y protegen como si fueran el alma de esos niños. Asimismo, se colocan piedras para pedir compasión y que los niños puedan atravesar al más allá. Si hiciéramos un paralelismo podríamos hablar de una ayuda para que no se queden en el limbo.

¿Y qué me decís de estos tres? ¿Os recuerdan a algo?

A los pies de la escalera encontramos este narigudo, que se cree que fue un judío que llegó a Japón. Aunque también pudiera ser una especie de demonio, no he encontrado unanimidad al respecto.

Aunque no son las vistas de la cima, lo cierto es que no está nada mal.

En uno de los edificios había ni más ni menos que 1200 figuritas en bronce de Buda. No los conté, es que tienen una plaquita.

Para terminar con la isla, emprendimos el descenso. Es interesante salirse del circuito y perderse por las callejuelas y ver las residencias típicas. Paseamos por la orilla despidiéndonos de las linternas, los ciervos y el torii.

Pero antes de marchar, no nos olvidamos de pasear por la calle principal, por Omotesando, llena de tiendas de recuerdos, de locales de comer y beber, restaurantes y como curiosidad la pala de arroz más grande del mundo. Está hecha con la madera de un olmo de 270 años de antigüedad, mide 7,7 metros de largo y pesa 2,5 toneladas. Una barbaridad.

Entre los alimentos típicos de la zona destacan los pastelitos Momiji Manju, con forma de arce y rellenos de pasta de judía roja. Que como ya comenté, no nos atrae en demasía, así que no probamos. Se podía ver hasta cómo se fabricaban.

Eso sí, de camino al ferri nos comimos unas brochetas de pulpo con hierbas y cebolleta al estilo de las que comimos de cangrejo el primer día en Kioto.

Y continuamos nuestro recorrido camino a Hiroshima dejando atrás el santuario, el otorii y los ciervos (también dicen que hay monos, pero supongo que estarán más arriba en el monte). Pero tendrá que esperar, que esta entrada ya es demasiado larga.

5 comentarios en “Japón por libre XI: Día 6. Miyajima

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