Japón por libre XXV: Día 12 Nikko

De nuevo otro día de madrugón, ya que a las 8:14 teníamos el tren desde Ueno hasta Utsonomiya, donde tendríamos que hacer el trasbordo hasta Nikko en la línea JR del mismo nombre.

Cada uno de los trayectos lleva 45 minutos, y una vez en Nikko hay que tomar un bus, por lo que mínimo tienes que contar con unas dos horas y media hasta que llegas al meollo de la cuestión.

Y eso con buena combinación de transporte. Puede ser una excursión de un día como hicimos nosotros, pero si quieres verlo más a fondo, mejor hacer noche, porque tiene mucho que ver.

Nikko es un pueblo con mucho interés turístico, ya que está plagado de santuarios y recintos sagrados, pero es que además, abundan los balnearios. Es una zona montañosa aislada que nada tiene que ver con Tokio.

En la propia estación compramos unos pases para el bus que lleva a la zona de los templos. Va por zonas, dependiendo de si quieres que te incluya más o menos áreas. Nosotros cogimos el amarillo y nos bajamos en la parada Shinkyo, que está muy cerca del Templo Rinnoji.

Tiene muy buena pinta, pero claro, es una lona, ya que estaba en obras. Por lo que poco más pudimos ver.

Seguimos por la calle Omotesando llena de cedros hasta el Santuario Togoshu.

Un gran torii de granito nos da la bienvenida al recinto.

Es un mausoleo todo rodeado de bosque. También tiene zonas en obras, pero se puede visitar algo más. Su entrada cuesta 1300Y.

Destacan la pagoda de cinco alturas que fue reconstruida en 1818 tras sufrir un incendio. Sus cinco niveles representan, de manera ascendente, a la tierra, el agua, el fuego, el viento y al cielo. También encontramos el campanario y la famosa puerta de entrada Yomeimon.

Cada edificio cuenta con grandes detalles, dibujos y colores.

Hay que ir mirando con lupa, pues no te puedes ir sin encontrar la escultura del famoso gato durmiente (pobre aquella señora que, después de subir un buen trecho de las escaleras, nos preguntó si sabíamos dónde estaba, y tuvo que bajar), los elefantes, y los tres monos sabios.

¿Recuerdan a algo, verdad? A mí a los del whatsAppp. El significado de los monos es “no ver el Mal, no escuchar el Mal y no decir el Mal”. Se hace un juego de palabras con la palabra mono (saru) y el adverbio de negación (zaru) que se pronuncian igual. Se llaman Mizaru, Kakazaru e Iwazaru.

Nuestra siguiente parada fue el Santuario Futurasan. En él destaca la Puerta de Bronce. Es el más antiguo de Nikko.

Y por último, visitamos el Templo Taiyuin-byo. En realidad, también es un mausoleo, como Toshogu, y compite con él en esplendor y detallismo.

Está rodeado por un jardín de cedros y el entorno es precioso. Las deidades que nos esperan en la entrada tienen una mano alzada para recibir a los de corazón puro, y otra bajada para dar la bienvenida a los impuros. Todo el mundo tiene permitido el acceso. Se entra por la puerta Niomon, flanqueda por dos guerreros Nio.

Más adelante, se encuentra la Puerta Nitenmon, con cuatro estatuas guardianas. En verde el dios del viento, y en rojo, el del trueno.

Tras ascender varios tramos de escaleras llegamos al patio donde se encuentran el campanario y el torreón, que juegan con la dualidad (respectivamente) positivo-negativo, nacimiento-muerte. Y a continuación la Puerta Karamon, decorada con unas grullas y que nos conduce al oratorio y al santuario interior.

Hay una última puerta, la Kokamon, que da acceso al recinto donde se encuentran las cenizas del shogun. Esta permanece cerrada al público. A lo largo de todo el recorrido predominan los faroles de piedra que fueron donados por los señores feudales.

Podríamos haberle dedicado más tiempo a visitar más templos o santuarios, o ir a ver unas cascadas, pero la hora del atardecer y el transporte nos llevaron a tomar la decisión de dejarlo ahí y volver a la estación. Y es que para llegar a las cascadas hay que tomar un bus que se adentra en la montaña y que no tiene mucha frecuencia de paso. Por eso decía que para ver Nikko más a fondo, quizá sea planteable el pasar noche en un onsen y verlo todo tranquilamente disfrutando del paisaje y la tranquilidad. Algo así como hicimos en los Alpes.

Bajamos dando un paseo, en lugar de esperar el bus, hasta el Puente Shinkyo. Yo he de decir que me esperaba otra cosa, no sé, algo más espléndido, pero es un puente de 28 metros de largo reconstruido en 1907 (en 1902 se destruyó el original en una inundación), al que sólo se puede acceder pagando. Es más la importancia histórica que su belleza.

Fue construido para poder entrar al mausoleo del primer shogun cruzando el río.

Para dar por concluida nuestra excursión, volvimos a la avenida principal donde tomamos el bus de regreso a la estación, y de ahí de nuevo la línea JR Nikko hasta Utsonomiya y ahí trasbordo hasta Ueno.

Una vez en Tokio nos acercamos a Takeshita Dori y nos compramos un crepe de helado riquísimo. Y que fue complicado de elegir, no porque no supiera de qué eran (estaba en inglés también la carta), sino porque tenían todos una pinta estupenda. Y es que si algo se les da bien a los japoneses es el hacer muestras de la comida, sampuru, que le llaman ellos (del inglés sample).

Y de paso, fuimos echando un ojo a las rarezas de la zona y fichando sitios donde poder comprar recuerdos. Y había mucho jaleo, pensaba que influía el hecho de ser viernes.

Nosotros nos fuimos a descansar, que llevábamos bastantes horas encima.

Japón por libre XXIV: Día 11. Yokohama

Yokohama es la segunda ciudad más grande de Japón y es uno de los primeros puertos japoneses que se abrieron al comercio exterior. Así pues pasó de ser un pequeño puerto pesquero a un centro portuario y mercantil con bastante importancia. Por tanto, destaca sobre todo la zona del puerto o Minato Mirai. Así que allí directamente que nos fuimos.

Desde la estación de Yokohama cogimos la línea JR Negishi hasta Sakuragicho. Justo nada más salir de la estación podemos ver el Nippon Maru, un barco de vela de 1930 atracado en el puerto y abierto al público.

Realmente a mí me dio la sensación de estar como en la zona de Wall Street, todo lleno de rascacielos. Y es que es una zona muy modernista con grandes edificios, centros comerciales, hoteles… Eso sí, preparados para aguantar terremotos, cómo no. Que en Japón es algo del día a día.

Uno de los edificios más famosos es la Landmark Tower (Landumarku, que la llaman ellos), que mide casi 300 metros y es uno de los edificios más altos del país. Se puede subir al piso 69 en el ascensor más rápido del mundo – recorre 750 metros por minuto-.

Justo al lado del puerto se encuentra el parque de atracciones Cosmo World, que es adonde nos dirigimos a dar un paseo tranquilamente. Nos pareció más interesante que ver edificios. No es un mega parque, pero tiene montañas rusas (una de agua que no sabes por dónde desaparece), una noria de las más altas del mundo, atracciones infantiles, recreativos, zonas para comer…

Tomamos de nuevo la línea JR hasta Ishikawacho, y de ahí paseamos hasta el Chinatown más grande de todo Japón. Este barrio se desarrolló rápidamente desde la apertura al exterior del puerto. Propició que muchos comerciantes chinos se asentaran en la zona.

Es un barrio lleno de tiendas y restaurantes, se nota la diferencia de nacionalidades nada más entrar en el barrio. Por mucho que confundamos a los asiáticos en general, se puede apreciar más caos, menos limpieza, más jaleo, la gente más ruidosa…

Chinatown está delimitado por cuatro puertas principales: Enpe, Seiyo, Zenrin y Choyo, pero en total son diez puertas que siguen los principios del feng shui. Son muy coloridas con detalles brillantes. Cada puerta tiene un significado: la azul (Este), la prosperidad; la blanca (Oeste), la paz; la roja (Sur), la felicidad y por último, la negra (Norte), también la prosperidad.

Destaca el Templo Kanteibyo, aunque me sigo quedando con los templos japoneses, este está mucho más recargado. Está dedicado al dios chino del comercio.

Para finalizar la visita, nos acercamos a hacer una foto al Estadio Internacional de Yokohama, que se inauguró en 1997 y fue sede del Mundial de Corea y Japón (sí, el de Gamal Al-Ghandour) de 2002.

Tras la foto de rigor, volvimos a la estación y tomamos rumbo a Tokio, que teníamos quehaceres domésticos. Y es que después de 11 días de viaje, nos quedábamos sin ropa limpia, así que bajamos al sótano del hotel donde estaban la lavadora y la secadora. Y empezamos a jugar a los jeroglíficos.

La lavadora costaba 200Y y a pesar de no tener indicaciones en inglés y de algún intento fallido con google translator y su escaneo, al final nos lanzamos a la aventura. Pero todas funcionan igual:

  1. Carga la ropa
  2. Añade detergente y suavizante (que habíamos comprado en un Family Mart de camino al hotel)
  3. Cierra la tapa y echa las monedas.
  4. Vuelve 40 minutos después y saca la ropa

La secadora era algo más compleja. En el primer lavado pusimos la opción de 200Y porque no había mucha ropa, pero no quedó seca del todo. Así que, con la segunda tanda (separamos el montón de ropa entre clara y oscura para evitar desteñidos) elegimos un programa de mayor importe para que saliera bien seca.

Y poco más de sí nos dio el día. A cenar y descansar para madrugar el día siguiente que nos íbamos de nuevo a excursión. Esta vez a Nikko.

Japón por libre XXIII: Día 11. Kamakura

Aunque el día anterior acabábamos de llegar a Tokio, no le íbamos a dedicar este día. Al cuadrar el itinerario vi que era mejor opción hacer las excursiones en días entre semana, así que, antes de descubrir más zonas de Tokio, ese miércoles partimos a Kamakura con la JR Yokosuka Line, que se puede coger en la estación de Tokio, en Shimbashi o en Shinagawa, todas ellas de la Yamanote. Y todo incluido en el JR Pass. En apenas una hora llegamos al destino.

Kamakura es una ciudad que se encuentra rodeada por montañas en tres de sus lados y por la Bahía de Sagami. Así pues, está algo aislada, lo que la dota de cierto encanto y contrasta con el bullicio y ajetreo de la gran ciudad.

Predominan los templos y santuarios, me recordó un poco a Nara, en ese sentido. Destacan cinco templos del siglo XII, período en que el Gobierno se asentó en la ciudad, dotándola de importancia. Se puede recorrer cómodamente a pie desde la estación, lo único que queda algo más alejado es el Templo Kotokuin, la joya de la corona. Para llegar a él, hay que tomar el bus 1 ó 6 desde la estación de Kamakura.

Estábamos en la marquesina confirmando las paradas que hacía el bus, hablando entre nosotros, cuando se nos acerca un señor y nos dice “qué bien hablan ustedes español” y se paró un rato a hablar con nosotros, ver si necesitábamos ayuda y preguntarnos de dónde éramos, el motivo de nuestro viaje y demás. Hablaba muy bien español, la verdad, había estado viviendo en Sudamérica y había viajado a España también.

En fin, tomamos el bus y nos dirigimos al templo. No sé lo que cuesta el billete, sé que había unos pases para todo un día del estilo de los de Kioto, pero vimos a gente que subía y pasaba su PASMO por el lector, y como nosotros llevábamos las nuestras desde España, pues allá donde fueres, haz lo que vieres. Y un problema menos.

El Kotokuin es célebre por su Daibutsu o Gran Buda.

Y tanto que es grande, mide unos 13 metros de altura y pesa unas 100 toneladas. Fue construido para competir con el de Nara. Estaba dentro del templo, pero en el siglo XV un tsunami destruyó el edificio dejando, sin embargo, la estatua a la intemperie.

Y desde entonces ahí sigue. Y ha aguantado terremotos y demás inclemencias, lo que lo hace más impresionante aún. Aunque ahora se ha reforzado para que ante un terremoto no se caiga. Pero igualmente te deja con la boca abierta. La entrada al recinto cuesta 200Y y si quieres pasar por debajo del Buda has de pagar otros 20.

 

En el recinto podemos encontrar incluso unas sandalias de esparto del Buda. De tremendas dimensiones, claro.

El entorno de todo el templo también es muy bonito con la zona arbolada.

Continuamos una senda unos diez minutos hasta que llegamos al Templo Hase Dera.

Comparte protagonismo como atracción de la ciudad con el Gran Buda. Este templo es famoso no solo por el edificio principal, sino también por sus jardines y por su mirador, desde el que se puede ver la costa.

Tiene una zona un tanto sobrecogedora por su simbología y es que está dedicada a los niños muertos, lleno de estatuas Jizo.

Y en sus proximidades hay una pequeña cueva dedicada a la diosa Benzaiten, considerada la diosa de todo lo que fluye, como el agua, la música, las palabras… El pasadizo es bastante pequeño y hay tramos en los que yo, que mido poco más de 1.50, me tenía que agachar. Es bastante peculiar verlo lleno de estatuas de la diosa en cualquier rincón, en cualquier hueco de la pared de la cueva.

En el complejo principal destaca una de las estatuas de la diosa Kannon más grandes de todo el país. Es de madera y está cubierta de oro. Lamentablemente había zonas en obras, pero de cualquier forma, merece la pena.

Tomamos de nuevo el bus hasta la estación de Kamakura y desde ahí enfilamos la avenida principal, Komachidori, que se abre desde un gran Torii. Esta calle está llena de comercios y desde ella surgen diferentes templos y santuarios. No paramos en todos, lógicamente.

Nuestra primera parada fue en el Santuario Tsurugaoka Hachiman, el santuario más importante de la ciudad fundado por  Minamoto Yoriyoshi en 1063. Aunque su actual enclave se debe a Minamoto Yoritomo, que decidió moverlo en 1180 cuando el gobierno se asentó en Kamakura.

Su entrada es gratuita, aunque si se quiere visitar el museo hay que pagar 200Y.

Estaba llenísimo de gente, y mientras estábamos intentando sacar la portada de la entrada, se nos acercaron unos chavales y nos preguntaron en inglés si podían acompañarnos en nuestra visita. Yo me quedé algo extrañada, no entendía muy bien a qué se referían, si querían hacernos de guía o qué, pero la chica que llevaba la voz cantante me comentó que eran estudiantes de universidad que estaban en sus vacaciones de primavera y que los que no salían al extranjero, o estaban ocupados haciendo cursos, se paseaban por la ciudad intentando hablar con turistas para conocer otras culturas y practicar idiomas. Había algunos que estudiaban algo relacionado con Economía, otra que cursaba Bellas Artes o Historia del Arte y otra Francés. Los otros, no tenían muy claro a qué equivalía en inglés sus carreras.

Así que nos dirigimos al interior del recinto mientras charlábamos. Aprovechamos para preguntarles por cosas que nos habían resultado curiosas a lo largo del viaje, ellos se sorprendieron de que fuéramos a estar tantos días en su país, solos y viendo tantas ciudades. Nos preguntaron por España y por la ¡siesta! EN SERIO. Nos envidian porque piensan que nos echamos la siesta en el trabajo. Cosa que, por cierto, algunas empresas japonesas sí que han instaurado. Hablamos sobre comida, sobre hábitos, horarios, costumbres… Comparamos opiniones, paseamos por el santuario y nos hicimos unos selfies con ellos ¡cómo no! Antes de despedirnos le empezaron a pedir a gente que pasaba que si nos podían hacer una foto, así que sacamos nuestro palo e hicimos foto con varios móviles para tener un recuerdo. ¡Más majetes!

Y dejando atrás a nuestros amigos, continuamos nuestro camino, aprovechamos un súper que había en el recorrido para comprar algo rápido y seguimos hasta el Templo Kenchoji, de inspiración china y construido en 1253.

Es de la rama budista zen y fue el primer templo construido en Kamakura. Detrás del edificio principal hay un bonito jardín zen.

Su entrada cuesta 300Y y hoy en día funciona como monasterio. Se encuentra en una colina rodeada de bosques. Nada más entrar ya destaca la puerta principal (Sanmon) y la gran campana (Bonsho) que está declarada como Tesoro Nacional. De hecho el templo en sí es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Siguiendo el camino, se llega al Hansobo, un santuario para la protección de Kenchoji. Desde allí, si hay suerte, se puede ver el Monte Fuji.

Nuestra siguiente parada fue el Templo Engakuji construido en 1282 para conmemorar la muerte de los soldados japoneses y mongoles que perecieron durante la invasión de los mongoles de Japón. Alberga una famosa estatua de madera de Buda, y su campana está declarada Tesoro Nacional. El acceso al templo es muy espectacular, con su escalinata flanqueada por cedros de gran tamaño.

Y ya en la estación de Kita Kamakura, cogimos el tren dirección Yokohama.

La verdad es que a Kamakura se le puede dedicar el día entero, hay muchísimo que ver, pero creímos que ya habíamos tenido una gran dosis de templos y santuarios (y más viniendo de Kioto) así que nos centramos en 5 y pasamos a la siguiente ciudad. Como siempre, en gustos.

Japón por libre XXII: Día 10. Llegada a Tokio

Tras el paseo por Nagoya, volvimos a la estación a tomar de nuevo el Shinkansen, esta vez, dirección a Tokio. Comimos y dimos unas cabezaditas en el trayecto. Y es que los trenes son tan cómodos y hay tanta tranquilidad, que a mí me dejaban K.O.

Llegamos a Tokio a las 16:10 de la tarde a la estación de Tokio de Shinkansen. Y para ir a nuestro hotel, teníamos que coger la Yamanote Line (línea circular de la compañía JR y que es básica para moverse con el JR Pass, pues llega a los principales puntos de interés). Así que, salimos de la zona de los trenes bala y llegamos a un vestíbulo enooooooooorme, con millones de gente moviéndose rápida y coordinadamente sin tropezarse unos con otros. Tuve un pequeño momento de pánico sin saber adónde ir. Y eso que llevábamos 10 días en Japón, no quiero imaginar la impresión que debe ser llegar directamente a Tokio.

En fin, tras respirar y relajarme, finalmente nos dirigimos en busca de la señal de JR Lines volvimos a pasar el control y enseñar los pases y posteriormente fijamos nuestra vista en encontrar la Yamanote. Al ser circular hay que ver el sentido en el que va, pero está indicado en los letreros, de dónde viene, y adónde va. Además, lo pone en el tren, en el andén el listado de paradas, e incluso en los luminosos con el tiempo que le falta por llegar (e incluso en qué parada está el tren que hará su entrada próximamente en la estación). Vamos, que no tiene pérdida. Y si una vez dentro del vagón, te das cuenta de que te has equivocado, bajas en la siguiente y cambias de dirección. Es fácil, porque dentro del vagón hay unas pantallas que indican la estación, el número de vagón en que te encuentras, por dónde se abren las puertas, las próximas paradas… Y también lo dice por megafonía. Ambos avisos, escrito y hablado, tanto en japonés como en inglés.

Teníamos el hotel en el barrio de Ueno, así que eran cuatro paradas hasta la parada del mismo nombre. Sin embargo, al día siguiente descubrimos que teníamos más cerca la de Okachimachi (mucho más divertido, la verdad. Acabamos con la cancioncita en la cabeza de la repetición de la megafonía.), que es una estación más pequeña y algo menos transitada. La de Ueno era algo más caótica porque había otras líneas aparte de la JR y claro, gente por todos lados en sus conexiones y trasbordos.

Sin embargo, lo bueno que tuvo el salir en Ueno, es que, para llegar al hotel, atravesamos la calle-mercado de Ameyoko, así que fuimos echando un ojo a las tiendas, restaurantes y puestos para saber qué nos esperaba en los aledaños del hotel. Ya se respiraba otro ambiente, más algarabía, más frikismo.

El alojamiento elegido para nuestra etapa final del viaje fue el Ueno First City Hotel. Como digo, a 5-10 minutos de Okachimachi y 10-15 de Ueno. Por supuesto, allí estaban nuestras maletas esperándonos. ¡Buena decisión sin duda!

Así que hicimos el chek-in, cogimos nuestras maletas, y subimos a la habitación.

La habitación era estándar. Más o menos lo que nos habíamos encontrado hasta la fecha. Aunque este como novedad, tenía armario. Bueno, miniarmario, pero es que en el de Kioto y en el de Kanazawa sólo había un hueco para una maleta y una barra para colgar 3 perchas.

Por supuesto, no pueden faltar el albornoz con las zapatillas de rizo, aparte de las chanelas para la moqueta. Como detalle, tenían un ambientador de agua con olor a té verde y una nota que decía que te sintieras libre de usarlo tanto como quisieras. Alguno se volvió adicto, y lo echó de menos a la vuelta, jejeje. Como novedad, teníamos un planchador. No lo usamos, claro está.

Aquí teníamos la cama doble, la tele, un escritorio, la nevera, una pava de agua (que nos venía estupendamente para los fideos instantáneos) y té. Y el baño, pues lo habitual: bañera, amenities que reponían todos los días y el WC típico japonés.

Algo que también encontramos tanto en Kioto, como en Kanazawa como aquí fue el reloj despertador en la cama. Muy práctico. Si es que estos japoneses están en todo.

En fin, con el visto bueno al hotel y ya anochecido, salimos a conocer un poco la zona, ver dónde estábamos situados y buscar algo de cena para finiquitar el día.

Japón por libre XXI: Día 10. Nagoya

Después de descansar la noche en el futón, que oye, yo que soy de colchón duro, firme, de dormir boca abajo, tenía mis dudas de si iba a descansar, pero sí, dormí a pierna suelta. Supongo que el trote que llevábamos también influyó. Cuando abrimos las cortinas (sí, en Japón, al igual que de los Pirineos para arriba, no hay persianas) vimos todo nevado. Y buena rasca hacía a las 7 de la mañana.

Dejamos el ryokan, recogiendo previamente nuestro calzado que llevaba desde el día anterior en la entrada.

Nos dirigimos a la estación de Takayama para coger el tren. Si alguna vez cogéis el Hida, pedid el primer vagón. Es una maravilla, tiene unos amplios ventanales y la puerta que separa al conductor es también de cristal, por lo que ves el frente. Así que tuvimos un trayecto de una 1h 33 minutos hasta Nagoya disfrutando del paisaje, viendo cómo se desvanecía la nieve a medida que íbamos dejando los Alpes.

Como teníamos el tren muy pronto, decidimos desayunar tranquilamente en el tren: zumo de naranja, café en lata y bollería variada. Probamos los famosos Dorayakis rellenos (cómo no) de judía roja.

En realidad nuestro destino era Tokio, pero hay que hacer trasbordo en Nagoya (la cuarta ciudad más grande de Japón), así que ya que estábamos, decidimos dedicarle unas horas a la ciudad. No teníamos mucha información al respecto, así que nos pasamos por la oficina de información y turismo de la estación para que nos asesoraran. La chica nos marcó alguna zona donde poder ver cerezos en flor, un par de templos y santuarios y nos recomendó pasear por la zona centro que está llena de comercios, locales de videojuegos y restaurantes; así como el castillo.

Como disponíamos de pocas horas, obviamos las zonas de los cerezos en flor (que nos comentó que no estarían en su máximo esplendor) y el castillo, porque quedaban alejados de la estación. Además, el castillo, al parecer fue quemado por completo debido a los bombardeos de la II Guerra Mundial, por lo que en realidad lo que se puede visitar hoy en día es una reconstrucción de hormigón.

En fin, que nos fuimos dando un paseo por la avenida principal, la Sakura-dori, hasta llegar a la torre de la televisión y vuelta.

La torre de la televisión es importante porque fue la primera de todo el país. Tiene 180 metros de altura y se puede subir a sus dos miradores (uno a 30 metros y otro a 100).

La zona de Sakae es la zona centro y está lleno de tiendas de marca como Gucci, adidas, Mango, Zara, Bershka, DKNY o Stradivarius. Sí, sé que hay algunas que aquí encontraríamos en cualquier centro comercial y otras que tendríamos que dirigirnos a zonas más específicas, como Serrano en Madrid. Pero allí es todo importación, así que se ve como ropa cara. Aunque siempre hay niveles, claro…

También pasamos por centros comerciales al aire libre. Es decir, esas típicas calles que son tienda tras tienda (ocasionalmente un restaurante o pachinko) y que están techadas. Por supuesto, podemos comprar los típicos peces rellenos. E incluso nos encontramos con un pequeño templo entre varios locales.

Mucho más grande es el Osu Kannon:

Me recordó mucho a Osaka. Es una ciudad moderna, industrializada, no en vano, es la capital japonesa de la industria automovilística, pues Toyota tiene allí su sede.

Es una ciudad con mucha vida, se ve gente más peculiar que en Kioto, más tribus urbanas, si se les puede llamar así. Lo cierto es que no sé si son tribus como tal como ocurre en Europa, o es simplemente a otro nivel. Les gusta mucho customizarse su estilismo, la verdad. Supongo que para salir de su vida encorsetada con tanto uniforme. Aunque vimos a una pareja supermona que iban vestidos igual. ¡Y no fueron los únicos en todo el viaje! ¿Sería una moda el vestir a la par?

¿Y llevar gorros de animales?

Como curiosidad nos cruzamos con un equipo femenino, creo que de fútbol, e iban como unas 20 chicas adolescentes uniformadas. Hasta ahí todo normal, van con su equipación, desplazándose por la calle…

Ahora bien, pensemos en 20 chicas paseando por la Gran Vía. Me las imagino hablando a voces, ocupando toda la acera, mezclándose con la gente, en varios grupitos que van variando según sus integrantes se paran para hablar con las de detrás, o se adelantan para decirle algo a las de delante. Pues las japonesas no son así. Van en fila de a dos, perfectamente alineadas y en silencio. Lo habíamos visto en escolares de 5 ó 6 años y nos sorprendió lo tranquilitos que iban, pero ver a adolescentes manteniendo el mismo orden, nos dejó alucinados. Supongo que son tantos habitantes, que han de ser organizados y no molestar al resto de viandantes.

También en el suelo empezamos a ver señales sobre la prohibición de fumar en la calle (salvo en lugares habilitados) o tirar basura.

De nuevo el respeto. Con tantos habitantes, es un riesgo ir fumando, porque puedes quemar a los demás. Y lo de la basura es curioso, pues no abundan las papeleras. Pero no es problema, se guardan los desperdicios hasta que llegan a la estación, al tren, a casa o al trabajo y puedan tirarlos.

En fin, volvimos a la estación a por algo para comer en el tren de camino a Tokio, que el trayecto en el Hikari son casi dos horas.

Por cierto, la estación de Nagoya es enooooooooorme. No solo es la estación, sino que es un complejo de 410.000 m2 de superficie que cuenta además con dos torres, las JR Towers. Una de ellas es un hotel y la otra alberga oficinas.

Hay un centro comercial y más de 40 restaurantes. Es fácil perderse. Yo sólo pensaba que si me parecía inmensa, cómo sería llegar a Tokio. Pronto lo descubriríamos.

Japón por libre XX: Día 9. Takayama

Y seguimos para bingo que el día 9 aún no había acabado. Amanecimos en Kanazawa, donde visitamos los Jardines Kenrouken; continuamos en la aldea Shirakawa-go y a eso de las 14:40 nos sentamos en el bus con unos sándwiches rumbo a Takayama.

Takayama se encuentra entre montañas, los conocidos como Alpes Japoneses, y es una zona pobre en agricultura, sin embargo, rica en madera. También destaca por sus fábricas de sake debido a la pureza de su agua. Es una ciudad relativamente pequeña que se puede recorrer tranquilamente a pie descubriendo su famoso casco antiguo que nos traslada al Japón de la época Edo.

Hay muchas casas que hoy en día se pueden visitar, pues se han convertido en museos o tiendas de artesanía. También podemos encontrarnos con templos y santuarios en cada esquina. Japón en estado puro.

Nada más llegar a la estación hay una caseta de información y turismo donde pedimos unos mapas, y en el lado opuesto de la carretera hay un 7 Eleven, con lo que lo fichamos para comprar la cena y comerla tranquilamente en el hotel.

En la ciudad abundan los ryokan, alojamientros tradicionales que en su origen hospedaban visitantes itinerantes. Y como eso es lo que éramos en nuestro camino entre Kioto y Tokio, no podíamos irnos de tierras niponas sin probar uno. Así que para acabar con el día redondo con el Japón tradicional habíamos elegido este tipo de hotel. En concreto el Hodakaso Yamano Iori.

Un ryokan suele tener la estructura típica de una casa japonesa, es decir, el suelo será de tatami, por lo que te habrás de descalzar a la entrada. Pero no te preocupes, porque te reciben con unas chanelas por si no quieres andar descalzo. Además, a nosotros nos esperaban con el nombre de la reserva en una estantería para dejar nuestro calzado en la entrada del establecimiento.

Normalmente el ryokan se estructura gracias a las típicas puertas correderas de papel, aunque a nosotros nos tocó una habitación con puerta de madera. Nada más entrar teníamos un lavabo con un espejo y a continuación otra puerta. Ahí había que dejar las chanclas y entrar en la zona de tatami. Olía todo a madera, crujía a nuestro paso. Un cambio de estilo totalmente.

Al fondo los dos futones con sus edredones, y en la parte delantera, una mesa baja con dos sillas-cojines y como detalle un termo con té y unos pastelitos rellenos. Adivinad de qué. Sí, judías dulces.

También teníamos televisión y caja fuerte. Pero no hicimos uso de ellas.

En recepción nos atendió una señora de fácil 70 años que nos recitó en inglés las normas, los horarios, dónde se encontraban las instalaciones y demás. Y posteriormente, nos acompañó a la habitación otra señora más mayor aún que no tenía ni idea de inglés y nos iba hablando en japonés a medida que nos iba adentrando en el alojamiento. Más maja ella… Nuestra habitación no tenía baño, pero justo en la puerta de al lado estaban los comunitarios, con lo que sin problema. Una vez dentro de la estancia nos enseñó las toallas, unos cepillos de dientes y los yukatas (esa especie de kimono pero de algodón en lugar de seda y que se usa para los baños termales o para estar cómodo y relajado. Constaba de una bata que se cruza, y un chaleco largo sobrepuesto. La verdad es que en cada hotel era diferente, no sé si por la zona). Uno era de hombre y otro de mujer, nos señaló la etiqueta y luego a nosotros para saber cuál era de quién. Aunque uno era más pequeño que otro, así que en nuestro caso, quedaba claro.

En el Hodakaso tampoco podía faltar un onsen (baño termal) para descansar tras un largo día. Aunque lo de los onsen es algo común en todo Japón, en todos los hoteles en que nos alojamos, disponíamos de uno. Una pena no poder acceder con tatuajes.

Una vez que nos acomodamos y dejamos las mochilas, nos dispusimos a dar un paseo por la ciudad. Para ser pequeña no le faltan cosas por ver o hacer, pero nosotros llevábamos una semana de tanto ajetreo, el día estaba siendo tan peculiar allí perdidos en medio de las montañas, sin cruzarnos con occidentales, la nieve, el frío, el encanto de las calles, la bienvenida en el ryokan; que al final nos decidimos a darle un paseo por la ciudad y ver lo que nos diese tiempo en las horas de luz que quedaban.

Por cierto, que aunque la ciudad está perdida en medio de los Alpes, las calles principales tienen WiFi. No me lo imagino en España. Bueno, de hecho hay pueblos no muy perdidos a los que no les llega ni la cobertura para poder hacer llamadas, cuanto menos 3G. Y ya que haya WiFi municipal… Impensable. Están a otro nivel tecnológico.

La zona histórica está marcada en el mapa en naranja y quedaba en la otra parte del río.

En la parte superior del mapa podemos ver la zona de Higashiyama plagada de templos, pero no llegamos hasta ahí. Comenzamos por el puente Miyamae-bashi, que tiene un gran torii que nos indica el camino hacia el santuario Sakurayama Hachimangu, uno de los más importantes de la ciudad, porque en otoño se celebra un festival.

Después callejeamos tranquilamente descubriendo la ciudad, y de camino al hotel visitamos el templo Hida Kokubun-ji, el más antiguo de la ciudad, construido en el s.VIII. De él destaca la pagoda de tres pisos, aunque en su origen era de siete. La que vemos hoy en día es una reconstrucción de 1821. Además del edificio principal, podemos encontrar la torre campanario y un gran árbol de 38 m de alto y unos 1.200 años de antigüedad. Ahí es nada.

Takayama es conocida también porque en las afueras se construyó la aldea típica de Hida, pero, como os decía en el post anterior, me parece mejor visitar Shirakawa-go, que es lo auténtico y no lo recopilado. Pero sobre gustos…

Y no os podéis ir de la zona sin haberos hecho con un saru-bobo (bebé mono). Todo un símbolo de Takayama en particular y de los Alpes en general, de hecho en Shirakawa-go estaban por todos lados, fue donde los desbubrimos.

Se trata de un amuleto tradicionalmente rojo (como las crías de los monos), con forma humana, sin rostro y que en origen los hacían las abuelas para sus nietos como muñecas y para sus hijas como deseo para un buen matrimonio y familia.

Hoy en día han derivado en varios colores, cada uno de ellos asociado a un deseo:

  • Azul: Trabajo y estudios
  • Rosa: Amor
  • Verde: Salud
  • Amarillo: Dinero
  • Negro: Alejar la mala suerte
  • Naranja: Viajes (si alguien se encuentra uno por las calles de Praga, que le mande un saludo, snif)

Y por supuesto, no puede faltar Hello Kitty sarubobizada (esa muñeca está por todos lados repartiéndose el protagonismo con Doraemon).

Desde luego, merece la pena salirse de las ciudades grandes y perderse un poco por el Japón profundo y tradicional. No decepciona.

Japón por libre XIX: Día 9. Shirakawa-go

En la última entrada nos habíamos quedado en Kanazawa, en la dársena de la terminal de autobuses para partir rumbo a Shirakawa-go. Con nuestro billete en la mano nos pusimos a la cola. Y cinco minutos antes de la hora llegó el conductor, abrió el maletero para que la gente fuera cargando sus bultos y con una tablilla parecía que iba a pasar lista. El hombre pedía el billete, comprobaba su tablilla donde tenía un plano del bus, y con un tampón sellaba tanto el billete como el asiento en su hoja. Lo devolvía y podías subir. Por cierto, creo que el trayecto fueron 1850Y por persona.

En la oficina del bus también encontramos panfletos sobre rutas turísticas que se podían contratar.

El bus era bastante moderno, la verdad, espacioso y cómodo. Aunque también es verdad que el recorrido no era tan largo como para acabar agarrotado. Además, al haber madrugado, sentaba bien echarse unas cabezaditas. Sin embargo, no muchas, porque el trayecto se hace por carretera de montaña y a medida que nos íbamos adentrando hacia el Japón profundo veíamos cómo había restos de nieve. Hasta que unos diez minutos antes de llegar nos encontramos en medio de una nevada.

Si en Kanazawa notamos el descenso de las temperaturas con respecto a Kioto, el llegar a la aldea montañosa en medio de una nevada fue una sensación surrealista. Días antes había mirado la previsión meteorológica, y cuando planifiqué la ruta contaba con que para esos días había que llevar ropa de abrigo, más de invierno que de primavera, pero no pensé que nos encontraríamos con ese viento gélido y esos copos que nos daban de lleno en la cara.

Como digo, íbamos preparados. Bueno, me faltaban los guantes, la verdad, pero el gorrito de lana, la North Face y las botas de montaña fueron todo un acierto. Había como un metro de nieve. Eso sí, estábamos en Japón y se notaba. Como siempre, todo cuidado para que no hubiera desprendimientos y los caminos despejados.

El bus llega a un aparcamiento, y al rato vuelve a salir dirección Takayama. Nosotros habíamos reservado para las 14:40, así que a la que le entregaba el billete al conductor (hay que devolverlo cuando se acaba tu validez) le enseñé el de Takayama para ver si paraba en el mismo sitio o en otro hueco. Nos confirmó que sí, que era ahí mismo, y salimos dirección a la aldea para aprovechar al máximo las 4 horas que teníamos.

Menos mal que las maletas salieron dirección Tokio, vimos a gente que iba cargada con ellas y era un sufrimiento verlos acarrearlas entre la nieve, los charcos, con las manos heladas… Creo que las dejaron en las consignas de la oficina de información que hay al lado del aparcamiento. Nosotros íbamos tan tranquilos con nuestras mochilas.

En la oficina de información también se pueden coger planos de Shirakawa-go, para poder seguir la ruta. Había incluso en español. Al lado de la oficina y del aparcamiento está el Museo al Aire Libre, pero lo dejamos para el final y nos dirigimos hacia la aldea cruzando un puente colgante sobre el río.

Madre mía cómo atizaba el viento y los copos. Es de estas situaciones que te parecen tan increíbles, que acabas partiéndote de la risa. Igual que nos pasó en Copenhague con la inundación. Estábamos encantados. Son estas pequeñas anécdotas las que te descolocan el día y le dan vidilla al viaje. Aunque al rato paró de nevar y estuvo intermitente el resto de la mañana.

El pueblo no es demasiado grande, se recorre en una hora y pico. Aunque quizá con la nieve y el frío fuimos a buen paso. También depende en cuántas casas entres, claro, ya que estas visitas te pueden entretener más. Nosotros entramos a un par nada más. Están muy bien mantenidas, con sus tatamis, los objetos típicos de una casa japonesa…

Son casas originales, es decir, el pueblo es lo que es, no como Hida no sato, que es un museo al aire libre que recoge unas 30 casas de granjeros y otras construcciones tradicionales de la región. Algo así como el Museo Folclórico de Oslo, o como Zaanse Sachs, que conserva molinos de los Países Bajos en un recinto. En Shirakawa-go, por el contrario, ves las construcciones en su ambiente original. Y las tiendas en las que compran los habitantes, o sus restaurantes (aparte de las dedicadas a los turistas, claro).

Y es que la peculiaridad reside en que los tejados están muy inclinados para poder soportar las abundantes nevadas de la zona. La pendiente hace que la nieve caiga rápidamente y la paja no se pudra. Este estilo arquitectónico se llama gassho-zukuri (con las palmas de las manos juntas). Y como curiosidad, todas las casas tienen la misma orientación, ya que el viento en la zona sopla siempre de norte a sur, así pues, se aprovechan estas corrientes para ventilar la casa de delante a atrás abriendo las ventanas de cada parte. El pueblo está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Se puede divisar desde un mirador al que se llega tras una subida de una media hora. Bueno, como todo, depende del paso que lleves. Al hacer fresquete se agradecía el movimiento. Y por supuesto, queda recompensada la subida con las vistas. Impresionante. De postal. Aunque empezó a nevarnos de nuevo, y por momentos apenas se veía. Todo alrededor estaba nevado.

De bajada paramos en las tiendecitas para comprar algún recuerdo y pasamos a visitar un par de casas, en las que pudimos comprobar cómo vivía – y vive – la gente de la zona, los enseres que usan, o cómo están construidos los edificios por dentro. Increíble cómo son capaces de mantener en pie estructuras con unos maderos y unas cuerdas. Vaya maestría a la hora de hacer nudos. Ni los marineros, oye.

Como íbamos bien de tiempo, una vez abajo, decidimos entrar en el Museo al Aire Libre que comentaba al principio.

Cuesta 300Y y es un poco más de lo mismo que el pueblo, pero encontramos más variedad de edificios, según a qué se dedicaran, como molinos, templos, algo equivalente a nuestros hórreos para secar el arroz…

En fin, no hace falta parar en Hida no sato, ya que estás en Shirakawa-go, qué mejor que aprovecharlo al máximo. Aunque lo cierto es que en el museo apenas había gente. También puede ser que estuvieran comiendo, pues era la una de la tarde. Nosotros habíamos comprado unos sándwiches en previsión cuando compramos la cena el día anterior para comérnoslos en el bus de camino a Takayama. Como siempre, aprovechando las horas al máximo.

En fin, volvimos al aparcamiento, localizamos el bus que tenía el letrero Takayama 14:40, enseñamos los billetes, de nuevo el señor con la tablilla nos selló, subimos y emprendimos rumbo a la ciudad donde pasaríamos la noche.