Japón por libre XIX: Día 9. Shirakawa-go

En la última entrada nos habíamos quedado en Kanazawa, en la dársena de la terminal de autobuses para partir rumbo a Shirakawa-go. Con nuestro billete en la mano nos pusimos a la cola. Y cinco minutos antes de la hora llegó el conductor, abrió el maletero para que la gente fuera cargando sus bultos y con una tablilla parecía que iba a pasar lista. El hombre pedía el billete, comprobaba su tablilla donde tenía un plano del bus, y con un tampón sellaba tanto el billete como el asiento en su hoja. Lo devolvía y podías subir. Por cierto, creo que el trayecto fueron 1850Y por persona.

En la oficina del bus también encontramos panfletos sobre rutas turísticas que se podían contratar.

Panfleto turístico

Panfleto turístico

El bus era bastante moderno, la verdad, espacioso y cómodo. Aunque también es verdad que el recorrido no era tan largo como para acabar agarrotado. Además, al haber madrugado, sentaba bien echarse unas cabezaditas. Sin embargo, no muchas, porque el trayecto se hace por carretera de montaña y a medida que nos íbamos adentrando hacia el Japón profundo veíamos cómo había restos de nieve. Hasta que unos diez minutos antes de llegar nos encontramos en medio de una nevada.

Camino a Shirakawa-go

Si en Kanazawa notamos el descenso de las temperaturas con respecto a Kioto, el llegar a la aldea montañosa en medio de una nevada fue una sensación surrealista. Días antes había mirado la previsión meteorológica, y cuando planifiqué la ruta contaba con que para esos días había que llevar ropa de abrigo, más de invierno que de primavera, pero no pensé que nos encontraríamos con ese viento gélido y esos copos que nos daban de lleno en la cara.

Como digo, íbamos preparados. Bueno, me faltaban los guantes, la verdad, pero el gorrito de lana, la North Face y las botas de montaña fueron todo un acierto. Había como un metro de nieve. Eso sí, estábamos en Japón y se notaba. Como siempre, todo cuidado para que no hubiera desprendimientos y los caminos despejados.

El bus llega a un aparcamiento, y al rato vuelve a salir dirección Takayama. Nosotros habíamos reservado para las 14:40, así que a la que le entregaba el billete al conductor (hay que devolverlo cuando se acaba tu validez) le enseñé el de Takayama para ver si paraba en el mismo sitio o en otro hueco. Nos confirmó que sí, que era ahí mismo, y salimos dirección a la aldea para aprovechar al máximo las 4 horas que teníamos.

Menos mal que las maletas salieron dirección Tokio, vimos a gente que iba cargada con ellas y era un sufrimiento verlos acarrearlas entre la nieve, los charcos, con las manos heladas… Creo que las dejaron en las consignas de la oficina de información que hay al lado del aparcamiento. Nosotros íbamos tan tranquilos con nuestras mochilas.

En la oficina de información también se pueden coger planos de Shirakawa-go, para poder seguir la ruta. Había incluso en español. Al lado de la oficina y del aparcamiento está el Museo al Aire Libre, pero lo dejamos para el final y nos dirigimos hacia la aldea cruzando un puente colgante sobre el río.

Puente Shirakawa-go

Shirakawa-go

Madre mía cómo atizaba el viento y los copos. Es de estas situaciones que te parecen tan increíbles, que acabas partiéndote de la risa. Igual que nos pasó en Copenhague con la inundación. Estábamos encantados. Son estas pequeñas anécdotas las que te descolocan el día y le dan vidilla al viaje. Aunque al rato paró de nevar y estuvo intermitente el resto de la mañana.

Shirakawa-go

El pueblo no es demasiado grande, se recorre en una hora y pico. Aunque quizá con la nieve y el frío fuimos a buen paso. También depende en cuántas casas entres, claro, ya que estas visitas te pueden entretener más. Nosotros entramos a un par nada más. Están muy bien mantenidas, con sus tatamis, los objetos típicos de una casa japonesa…

Shirakawa-go

Shirakawa-go

Shirakawa-go

Shirakawa-go

Son casas originales, es decir, el pueblo es lo que es, no como Hida no sato, que es un museo al aire libre que recoge unas 30 casas de granjeros y otras construcciones tradicionales de la región. Algo así como el Museo Folclórico de Oslo, o como Zaanse Sachs, que conserva molinos de los Países Bajos en un recinto. En Shirakawa-go, por el contrario, ves las construcciones en su ambiente original. Y las tiendas en las que compran los habitantes, o sus restaurantes (aparte de las dedicadas a los turistas, claro).

Shirakawa-go. Museo al Aire libre

Tienda Shirakawa-go

Tiendas Shirakawa-go

Y es que la peculiaridad reside en que los tejados están muy inclinados para poder soportar las abundantes nevadas de la zona. La pendiente hace que la nieve caiga rápidamente y la paja no se pudra. Este estilo arquitectónico se llama gassho-zukuri (con las palmas de las manos juntas). Y como curiosidad, todas las casas tienen la misma orientación, ya que el viento en la zona sopla siempre de norte a sur, así pues, se aprovechan estas corrientes para ventilar la casa de delante a atrás abriendo las ventanas de cada parte. El pueblo está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Shirakawa-go

Shirakawa-go

Shirakawa-go

Shirakawa-go

Shirakawa-go

Se puede divisar desde un mirador al que se llega tras una subida de una media hora. Bueno, como todo, depende del paso que lleves. Al hacer fresquete se agradecía el movimiento. Y por supuesto, queda recompensada la subida con las vistas. Impresionante. De postal. Aunque empezó a nevarnos de nuevo, y por momentos apenas se veía. Todo alrededor estaba nevado.

Shirakawa-go

Shirakawa-go

Shirakawa-go

Shirakawa-go

De bajada paramos en las tiendecitas para comprar algún recuerdo y pasamos a visitar un par de casas, en las que pudimos comprobar cómo vivía – y vive – la gente de la zona, los enseres que usan, o cómo están construidos los edificios por dentro. Increíble cómo son capaces de mantener en pie estructuras con unos maderos y unas cuerdas. Vaya maestría a la hora de hacer nudos. Ni los marineros, oye.

Shirakawa-go

Como íbamos bien de tiempo, una vez abajo, decidimos entrar en el Museo al Aire Libre que comentaba al principio.

Shirakawa-go. Museo al Aire libre

Shirakawa-go. Museo al Aire libre

Cuesta 300Y y es un poco más de lo mismo que el pueblo, pero encontramos más variedad de edificios, según a qué se dedicaran, como molinos, templos, algo equivalente a nuestros hórreos para secar el arroz…

Shirakawa-go. Museo al Aire libre

En fin, no hace falta parar en Hida no sato, ya que estás en Shirakawa-go, qué mejor que aprovecharlo al máximo. Aunque lo cierto es que en el museo apenas había gente. También puede ser que estuvieran comiendo, pues era la una de la tarde. Nosotros habíamos comprado unos sándwiches en previsión cuando compramos la cena el día anterior para comérnoslos en el bus de camino a Takayama. Como siempre, aprovechando las horas al máximo.

Shirakawa-go. Museo al Aire libre

Shirakawa-go. Museo al Aire libre

Shirakawa-go. Museo al Aire libre

Shirakawa-go. Museo al Aire libre

Shirakawa-go. Museo al Aire libre

Shirakawa-go. Museo al Aire libre

Shirakawa-go. Museo al Aire libre

Shirakawa-go. Museo al Aire libre

En fin, volvimos al aparcamiento, localizamos el bus que tenía el letrero Takayama 14:40, enseñamos los billetes, de nuevo el señor con la tablilla nos selló, subimos y emprendimos rumbo a la ciudad donde pasaríamos la noche.

Arroyo Shirakawa-go

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4 comentarios en “Japón por libre XIX: Día 9. Shirakawa-go

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