Japón por libre XXI: Día 10. Nagoya

Después de descansar la noche en el futón, que oye, yo que soy de colchón duro, firme, de dormir boca abajo, tenía mis dudas de si iba a descansar, pero sí, dormí a pierna suelta. Supongo que el trote que llevábamos también influyó. Cuando abrimos las cortinas (sí, en Japón, al igual que de los Pirineos para arriba, no hay persianas) vimos todo nevado. Y buena rasca hacía a las 7 de la mañana.

Dejamos el ryokan, recogiendo previamente nuestro calzado que llevaba desde el día anterior en la entrada.

Nos dirigimos a la estación de Takayama para coger el tren. Si alguna vez cogéis el Hida, pedid el primer vagón. Es una maravilla, tiene unos amplios ventanales y la puerta que separa al conductor es también de cristal, por lo que ves el frente. Así que tuvimos un trayecto de una 1h 33 minutos hasta Nagoya disfrutando del paisaje, viendo cómo se desvanecía la nieve a medida que íbamos dejando los Alpes.

Como teníamos el tren muy pronto, decidimos desayunar tranquilamente en el tren: zumo de naranja, café en lata y bollería variada. Probamos los famosos Dorayakis rellenos (cómo no) de judía roja.

En realidad nuestro destino era Tokio, pero hay que hacer trasbordo en Nagoya (la cuarta ciudad más grande de Japón), así que ya que estábamos, decidimos dedicarle unas horas a la ciudad. No teníamos mucha información al respecto, así que nos pasamos por la oficina de información y turismo de la estación para que nos asesoraran. La chica nos marcó alguna zona donde poder ver cerezos en flor, un par de templos y santuarios y nos recomendó pasear por la zona centro que está llena de comercios, locales de videojuegos y restaurantes; así como el castillo.

Como disponíamos de pocas horas, obviamos las zonas de los cerezos en flor (que nos comentó que no estarían en su máximo esplendor) y el castillo, porque quedaban alejados de la estación. Además, el castillo, al parecer fue quemado por completo debido a los bombardeos de la II Guerra Mundial, por lo que en realidad lo que se puede visitar hoy en día es una reconstrucción de hormigón.

En fin, que nos fuimos dando un paseo por la avenida principal, la Sakura-dori, hasta llegar a la torre de la televisión y vuelta.

La torre de la televisión es importante porque fue la primera de todo el país. Tiene 180 metros de altura y se puede subir a sus dos miradores (uno a 30 metros y otro a 100).

La zona de Sakae es la zona centro y está lleno de tiendas de marca como Gucci, adidas, Mango, Zara, Bershka, DKNY o Stradivarius. Sí, sé que hay algunas que aquí encontraríamos en cualquier centro comercial y otras que tendríamos que dirigirnos a zonas más específicas, como Serrano en Madrid. Pero allí es todo importación, así que se ve como ropa cara. Aunque siempre hay niveles, claro…

También pasamos por centros comerciales al aire libre. Es decir, esas típicas calles que son tienda tras tienda (ocasionalmente un restaurante o pachinko) y que están techadas. Por supuesto, podemos comprar los típicos peces rellenos. E incluso nos encontramos con un pequeño templo entre varios locales.

Mucho más grande es el Osu Kannon:

Me recordó mucho a Osaka. Es una ciudad moderna, industrializada, no en vano, es la capital japonesa de la industria automovilística, pues Toyota tiene allí su sede.

Es una ciudad con mucha vida, se ve gente más peculiar que en Kioto, más tribus urbanas, si se les puede llamar así. Lo cierto es que no sé si son tribus como tal como ocurre en Europa, o es simplemente a otro nivel. Les gusta mucho customizarse su estilismo, la verdad. Supongo que para salir de su vida encorsetada con tanto uniforme. Aunque vimos a una pareja supermona que iban vestidos igual. ¡Y no fueron los únicos en todo el viaje! ¿Sería una moda el vestir a la par?

¿Y llevar gorros de animales?

Como curiosidad nos cruzamos con un equipo femenino, creo que de fútbol, e iban como unas 20 chicas adolescentes uniformadas. Hasta ahí todo normal, van con su equipación, desplazándose por la calle…

Ahora bien, pensemos en 20 chicas paseando por la Gran Vía. Me las imagino hablando a voces, ocupando toda la acera, mezclándose con la gente, en varios grupitos que van variando según sus integrantes se paran para hablar con las de detrás, o se adelantan para decirle algo a las de delante. Pues las japonesas no son así. Van en fila de a dos, perfectamente alineadas y en silencio. Lo habíamos visto en escolares de 5 ó 6 años y nos sorprendió lo tranquilitos que iban, pero ver a adolescentes manteniendo el mismo orden, nos dejó alucinados. Supongo que son tantos habitantes, que han de ser organizados y no molestar al resto de viandantes.

También en el suelo empezamos a ver señales sobre la prohibición de fumar en la calle (salvo en lugares habilitados) o tirar basura.

De nuevo el respeto. Con tantos habitantes, es un riesgo ir fumando, porque puedes quemar a los demás. Y lo de la basura es curioso, pues no abundan las papeleras. Pero no es problema, se guardan los desperdicios hasta que llegan a la estación, al tren, a casa o al trabajo y puedan tirarlos.

En fin, volvimos a la estación a por algo para comer en el tren de camino a Tokio, que el trayecto en el Hikari son casi dos horas.

Por cierto, la estación de Nagoya es enooooooooorme. No solo es la estación, sino que es un complejo de 410.000 m2 de superficie que cuenta además con dos torres, las JR Towers. Una de ellas es un hotel y la otra alberga oficinas.

Hay un centro comercial y más de 40 restaurantes. Es fácil perderse. Yo sólo pensaba que si me parecía inmensa, cómo sería llegar a Tokio. Pronto lo descubriríamos.

3 comentarios en “Japón por libre XXI: Día 10. Nagoya

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