Versión 3.4.

Mientras escribo sobre el viaje a Japón que hicimos en marzo pasan los meses. Y con la tontería nos plantamos en octubre. Bueno, casi en noviembre. Pero sigue siendo octubre, vamos a acabarlo primero, que tengo que cumplir años… Que como dice mi abuelo, lo malo sería no cumplirlos.

Así que empezamos la versión 3.4. y como siempre, echando un poco la vista atrás a los propósitos de años anteriores. Y lo cierto es que últimamente me sigo haciendo la misma lista de intenciones, sobre todo porque he ido descubriendo cosas que me sientan bien y lo que no me apetece o me desanima. Pero si hay algo que poco a poco ha ido cobrando más importancia es una tendencia hacia el minimalismo y un empeño por el anti-diógenes.

Creo que empecé por la ropa. Sigo heredando ropa de primas y amigas, y de vez en cuando me llega alguna bolsa con descartes suyos, así que estos últimos dos años he comprado menos ropa, porque no me hacía falta. De hecho, he ido dando salida a prendas que ya se habían desgastado, que no me sentaban bien o que no me valían. Y si me he comprado algo ha sido para sustituir, como el caso de unas botas, porque tiré unas que ya estaban muy viejas.

Siguiendo esta premisa, apenas he hecho compras compulsivas, ya que he intentado comprar únicamente aquello que necesitaba, que me iba a aportar algo o que iba a sustituir un elemento similar. De tal forma que he ido reduciendo objetos que tenía en armarios, como cremas, maquillaje (que apenas uso), pintauñas… Y también en productos del hogar o cacharros en general.

Acumulamos mucho más de lo que pensamos, hay productos que se estropean, prendas que se pasan de moda o que cuando nos las vamos a poner ya no nos valen. Compramos cajas y organizadores para colocar mejor todas aquellas cosas que guardamos sin ton ni son. Solo porque sí, porque se supone que cuantas más cosas tengas, mejor. Es lo que tiene el consumismo. Y además, la mayoría de las veces duplicamos objetos porque perdemos el norte, no sabemos lo que tenemos, lo que necesitamos, y acabamos repitiendo. Seguro que os ha pasado. Por ejemplo, un cable. No encuentras un cable usb, piensas que lo habrás perdido/tirado y compras otro. Y al cabo del tiempo, buscando otra cosa, aparece.

Sin embargo, por mucho que acumulemos, no nos da por hacer limpieza general y revisar qué tenemos, qué guardamos. Salvo que hagamos obra o nos mudemos, que no nos queda otra que empaquetar y ahí tomamos consciencia de todo lo que sale de muebles, estanterías, bajos de las camas, etc.

Para mí este proceso hacia el minimalismo ha ido poco a poco. Como digo, primero empecé por la ropa. No podía guardar todo lo que me daban, porque no tenía espacio. Así que, aprovechando el cambio de temporada, vacié el armario, me probé y revisé ropa. Y de ahí, hice varios montones: lo que era para tirar, lo que me quedaba y lo que era para dar (que es lo menos, porque aprovecho hasta el último resquicio de vida de las prendas).

Pero también fue un detonante una inundación en el salón a finales de mayo. A los vecinos de arriba se les estropeó una tubería de un grifo de la terraza y cuando nos levantamos el domingo teníamos el salón con dos dedos de agua, el sofá había absorbido litros de agua, la tele no encendía, los muebles se habían empezado a hinchar, caía agua por los focos de la luz… En fin, un desastre.

Una vez superado el susto inicial en el que no sabes si ponerte a achicar agua y con qué, cerrar la llave general, avisar a los vecinos, que te llame la policía porque el agua cae hasta la calle; y después de los correspondientes peritajes en los que los seguros evalúan los daños, llega el momento de hacer balance de los daños y, claro, tienes que tirar cosas. Y de esto que te pones a vaciar cajones, a tirar muebles, a cambiar estanterías de una habitación a otra y al final acabas revisando apuntes de la carrera, instrucciones de montaje de muebles, garantías, tickets, facturas… papeles en general. Pero también salen CD’s, cables, aparatos electrónicos que ya están obsoletos…

Y ahí comenzó mi siguiente paso. Y liberé bastante espacio. Pero no todo el espacio es físico, también aproveché para hacer limpia digital: correo electrónico, escritorio del ordenador, discos duros… Poco a poco me he ido sintiendo más ligera, he cortado lazos con algunos objetos que no sé ni qué hacían guardados, he tirado apuntes que tanto sudor y lágrimas me costaron, me he desprendido de un exceso de equipaje que no me aportaba nada. Y este minimalismo se ha ido extendiendo a prácticamente todos los aspectos de mi vida, simplificándomela.

Porque aparte del espacio, también es importante el tiempo. Saber qué quieres hacer con él. Cuanto menos tiempo haya que pasar limpiando u organizando, más tiempo para uno mismo. Menos tiempo de plancha, de limpieza, menos productos empleados. Y por otro lado, más tiempo para leer, para escribir, para sentarse en el sofá con una manta y una buena serie, para viajar… Más espacio para sentir más libertad. Y además, se ahorra, ya que hay menos gasto en compras innecesarias, pudiendo destinar ese ahorro en lo que realmente nos hace felices. Todo son ventajas.

El minimalismo no se trata de vivir sin nada en una habitación vacía pintada de blanco con un único mueble en la estancia; el minimalismo, al menos para mí, significa decidir qué quieres en tu vida, qué es importante y qué supérfluo. Con esta limpieza a fondo se gana espacio y tiempo para dedicarlo a lo que realmente uno valora. No acumular objetos porque sí, sino porque los usemos, porque nos sirvan, porque tengan una función (porque nos produzcan alegría, que lo llamaría Marie Kondo).

No ha sido un proceso rápido, lleva su tiempo. De hecho, no creo haber acabado, siempre hay que volver sobre lo revisado y volver a filtrar. Pero lo dejo para el cambio de temporada. Hay que tomárselo con calma y decidir la mejor forma de cada uno.

Hay quien prefiere ser radical y guardar todo en cajas quedándose con lo básico: unas pocas prendas, productos de higiene, los elementos imprescindibles en la cocina, una cama, un sofá y poco más. Incluso se desprenden de la televisión, que tantas horas nos quita. A medida que van echando me menos algo, van abriendo cajas y lo van incorporando a su vida. De esta forma saben qué es lo que realmente necesitan y lo que acumulan sin más.

Por otro lado, hay quien hace como yo y va poco a poco, estancia por estancia, revisando un armario, una estantería, una cómoda… Vacías, revisas, limpias el mueble y vuelves a organizar tras un filtro.

Sin embargo, existe el método Kondo, que consiste en ir por temáticas comenzando por lo más fácil y terminando por lo más complicado. Aunque esta valoración es subjetiva, pues sitúa como lo más fácil la ropa, pero hay gente con mucho apego emocional hacia su ropero. El segundo paso serían los libros, el tercero los papeles, después objetos varios y finalmente lo que nos traiga recuerdos como pueden ser los álbumes, recortes, entradas y demás. La diferencia con los métodos anteriores es que en este caso no es progresivo. Hay que empezar una tarea y acabarla. Si empezamos por la ropa hay que sacar tooooooda la ropa. De verano, invierno, abrigos, calzado, complementos… y colocarla en una superficie para ver toda la magnitud de lo que poseemos. A partir de ahí, clasificamos en montones y después guardamos (además tiene una forma peculiar de guardarla).

Este método parece rápido, pero es más drástico. En mi caso no me planteé de un día para otro que necesitaba deshacerme de cosas, sino que fue surgiendo. Aunque una vez que empiezas, no sabes por dónde acabar. Es un continuo revisar de las posesiones y adquisiciones. Es un cambio de actitud y creo que va a seguir conmigo mucho tiempo.

Japón por libre XXXI: Día 17. Los Cinco Lagos y Odawara

La región de los Cinco Lagos se encuentra en la zona norte de la base del Monte Fuji.  Tras las últimas erupciones, la lava embalsó los ríos y de ahí surgieron los lagos. Se considera una zona turística por la belleza de la zona y porque es la famosa vista del Fuji. Los lagos son el Kawaguchi, Motosu, Sai, Shoji y Yamanaka. El más famoso de ellos es el primero.

La idea era ir a verlos, al menos un par de ellos, aprovechando el Hakone Free Pass que era de dos días. Así que, habría que hacer como el día anterior. Es decir, el Shinkansen hasta Odawara, allí el tren hasta Yumoto y el funicular hasta Gora. Una vez allí, tomar un bus hasta Gotemba, y otro de la compañía Fujikyu. Sin embargo, cuando llegamos a Gora, el bus que nos tendría que llevar a Gotemba sólo tenía un horario por la mañana y el siguiente era a las 5 de la tarde.

Así que, pérdida de tiempo. Dimos un paseo por la zona para hacer tiempo, y cogimos de nuevo el funicular de vuelta. Aprovechamos para dar un paseo por Odawarta, por no dar por perdido el día del todo.

Odawara es una ciudad sencilla y rápido de ver, nada que ver con las ciudades turísticas. Lo mas importante es su Castillo Medieval. Data de la época Edo y forma parte de los mas de veinte castillos medievales que quedan en Japón.

Está a unos diez minutos de la estación y había bastante movimiento en la zona. En los alrededores del castillo había varios grupos de chavales haciendo representaciones teatrales disfrazados. Y cómo no, gente disfrutando del Hanami.

Me sorprendió que en el parque que rodea el castillo hubiera una jaula con monos ( o primos hermanos)

El castillo está en una colina, con lo que era un importante lugar para defenderse. Estaba rodeado por fosos, murallas y acantilados, lo que le permitió repeler ataques de sus enemigos.

Hubo guerra de clanes y pasó por diferentes familias. Fue destruido en la etapa Meiji, y reconstruido posteriormente en 1960. Hoy en día es un museo.

En los alrededores del castillo, en el parque, podemos encontrar un Santuario, el Hotoku Ninomiya. Es pequeño, pero está en una zona muy frondosa y tranquila.

Aunque no entramos en el castillo, la verdad es que hay mucho que ver en su parque, hasta había atracciones y un montón de familias con los críos disfrutando del entorno.

Pero poco más hicimos, vimos el castillo por fuera, el santuario, paseamos por el parque y compramos la comida para aprovechar en el Shinkansen.

La conclusión que saco de esta salida de dos días es que quizá merece la pena buscarse una excursión con guía, o, al menos, intentar hacer noche en Hakone y moverse de ahí al día siguiente a la zona de los Cinco Lagos. A mí me gustó la ruta en transporte para ver la zona de Hakone. La experiencia con el tren por el valle, el funicular, los teleféricos, los huevos, el barco… pero sí que es cierto que pasas más tiempo en cada uno de los transportes (o haciendo cola) que en poder sentarte a disfrutar de las vistas o hacer alguna rutilla. Desde luego, el segundo día fue un auténtico fiasco. Eso sí, el Hakone Free Pass merece la pena aunque sólo sea para un día.

Para intentar remontar, una vez en Tokio nos fuimos a ver la Torre de Tokio de noche. Subimos a la planta de souvenirs e hicimos algunas compras.

Y de vuelta al hotel.

Japón por libre XXX: Día 16. Hakone

Y volvemos a las excursiones. Hakone es un pueblo balneario situado en una colina. La zona se extiende sobre los restos de un enorme volcán, activo hasta hace entre 3.000 y 4.000 años.

Hay que intentar madrugar para aprovechar bien el día. No sólo por el hecho del trayecto hasta que se llega a Hakone, sino porque el recorrido es un cambio continuo de transportes, y cuanto más tarde, más gente y más colas para esperar. Y teniendo en cuenta que es Japón, gente va a haber, así que cuanto menos, mejor.

Comenzamos tomando la Yamanote hasta la estación de Tokyo, donde cogimos el Shinkansen Kodama, que tarda unos 35 minutos en llegar a Odawara. Hasta aquí, todo estaba cubierto con el JR Pass. Una vez en Odawara compramos el Hakone Free Pass para poder movernos por la región. Tiene validez de dos días e incluye todos los transportes de Hakone para poder hacer la ruta turística circular.

En la oficina de venta había algo de cola, pero al igual que el día que llegamos a Osaka, había una chica pasando por la fila y preguntando a la gente qué era lo que quería comprar. De esta forma, iba rellenando un formulario que después entregabas en el mostrador agilizando el trámite de la compra.

Al lado de la oficina de venta de billetes, tenemos los tornos y los andenes. Tenemos que buscar el Hakone Tozan Railway, un tren que, en 15 minutos, nos llevará hasta la estación de Hakone-Yumoto.

A partir de aquí haremos una ruta circular siguiendo el sentido contrario a las agujas del reloj. Tenemos varias etapas:

Etapa 1: Una vez en Hakone-Yumoto tomamos el Hakone Tozan Railway, la línea naranja hasta Gora. El trayecto dura unos 35 minutos y sale con una frecuencia de 10-20. El recorrido se hace a través de un arbolado valle en ascenso.

Etapa 2: En Gora tendermos que coger el Hakone Tozan Cablecar, la línea verde-marrón que tarda unos 10 minutos en recorrer unos 211 metros. También tiene una frecuencia de unos 10-20 minutos. Aquí ya encontraremos unas colas interesantes.

Conviene situarse lo más adelante posible para poder ir viendo el ascenso, ya que hay cristal que nos permite ver al conductor y lo que éste ve.

Aunque hay quien aprovecha para echarse una cabezadita.

Etapa 3: Aquí hay que tomar el teleférico que tiene salidas constantes, cada par de minutos se llena una góndola, pero que tiene colas impresionantes.

Va de Sounzan a Togendai y a lo largo del recorrido podremos ver el Monte Fuji y el parque nacional.

En Owakudani hay que hacer trasbordo.

En esta parada hay un Geomuseo, tiendas de recuerdos y algún que otro sitio para comer.

También es la mejor parada para poder fotografiar el Fujisan.

Con la actividad sísmica de este verano, este tramo se cerró por si acaso el volcán entraba en erupción. Parece que tuvimos suerte, porque nosotros no notamos ningún terremoto en los 21 días que estuvimos en el país.

En fin, ya que había que hacer cambio de teleférico, aprovechamos para hacer una parada. La zona es el área alrededor del cráter de la última erupción. Hay chimeneas sulfurosas y manantiales de agua caliente.

Y un tufo importante, sobre todo a medida que te acercas. Pero el atractivo turístico de la zona son los huevos negros. Se cuecen en el agua sulfurosa y de ahí que la cáscara coja ese color. Por dentro tienen su aspecto normal y saben bien (a pesar del olor a huevo podrido).

Se puede comprar una bolsa de 5 huevos por 500Y (a la que le añaden una bolsita de sal). Te los dan recién sacados y hay que tener cuidado para no quemarse.

Se dice que estos huevos prolongan la vida 7 años si te los comes. Como era media mañana, decidimos probarlos como tentempié. Al lado de la tienda tienen habilitadas unas mesas con papeleras en las dos cabeceras y unos cepillos, para que los peles y te los comas y dejes la mesa limpia después.

Se pueden comprar por todo el recorrido. Se ve cómo los trabajadores los meten en unas jaulas, los bajan en el agua, los van moviendo y después los sacan. Cuelgan las jaulas y las bajan abajo para que los vendan no sólo arriba, sino también abajo. Todo un negocio…

Volvimos al teleférico que nos llevaría hasta Togendai.

Etapa 4: En Togendai pasamos de los aires al mar. Tomamos el barco pirata que lleva en 30 minutos a Hakone-machi y después a Moto Hakone.

Aquí también hay cola, ya que sale cada 20 minutos, pero como el barco es más grande, la fila avanza a buen ritmo. El barco recorre el Lago Ashi, se puede disfrutar de las vistas de las montañas, incluso en determinado momento el Fuji. El lago se formó en la caldera del monte después de la erupción del volcán y es un bonito entorno.

Sin embargo, por la zona no hay mucho que ver, hay alguna tienda y un paseo entre cedros que lleva a un torii que marca la entrada por mar del Santuario de Hakone.

Para hacernos las fotos teníamos el mismo método que en el Otorii de Miyajima. Le hacías la foto a los de delante, y los de detrás te la hacían a ti.

Si nos ponemos con el torii a la espalda, tenemos una escalinata que nos lleva entre la naturaleza al santuario.

Bajamos de nuevo al puerto por un camino de farolas que nos llevan hasta otro torii.

Etapa 5: En Moto Hakone finalizamos el día tomando un bus que nos lleve de vuelta a Hakone – Yumoto. Aquí tuvimos un poco de lío, porque íbamos a tomar la línea K, pero se formó una gran cola y sin embargo otra línea no tenía tanta gente esperando.

Un empleado nos dijo que si íbamos a la última parada, que podíamos tomar cualquiera de los dos, y que la línea con menos gente, salía como 5 minutos después, pero tardaba menos en llegar al destino. Así que, nos cambiamos de fila. Mientras esperábamos, se nos puso una señora detrás y empezó a preguntarnos y soltarnos un monólogo. Yo le hacía gestos y le decía que no la entendía. Al final opté por decirle “Yumoto”. Y parece ser que era lo que quería. Me hizo gestos, se fue, y al rato volvió y se colocó de nuevo en la cola detrás de nosotros haciéndonos reverencias. Y al momento, se agacha a sus bolsas y saca dos bollitos y nos los da mientras nos hace reverencias. Fue un dejà vu de la señora del metro y los caramelos. Me sorprende lo agradecidos que son. Aunque sea algo tan cívico como ceder un asiento o guardar un sitio en una cola. Algo por lo que no esperarías más que un gracias y una sonrisa.

En fin, tomamos el bus de vuelta y de nuevo el tren hasta Odawara y después trasbordo hasta Tokyo donde cogimos la Yamanote de vuelta al hotel a descansar. Había sido un día bastante completo. Incluso sin entretenernos mucho, ya solo con todos los cambios de transporte acabas cansado.

Japón por libre XXIX: Día 15. Tokio: Yoyogi, Shinjuku y Akihabara

Y llegamos al domingo. Aprovechamos para dormir y no madrugar tanto, y llegamos a nuestro punto de partida a las 11 de la mañana. Tomamos la Yamanote hasta Harajuku. ¿Había dicho que en Tokio había gente, no? Pues uno no es consciente hasta que no llega un domingo a las 11 de la mañana a Harajuku con el resto de jóvenes domingueros. La estación tenía los tornos abiertos y habían puesto unos tornos móviles en distintas partes del vestíbulo para evitar aglomeraciones. Daba igual, los pasos eran como de cofrades llevando el Cristo. Eso sí, nadie estresado.

Una vez fuera de la estación, siguiendo a la marabunta, llegamos hasta la entrada del Parque Yoyogi. Es uno de los mayores parques de la ciudad. Fue el lugar del primer vuelo a motor de Japón, después se convirtió en terreno de desfiles militares y tras la Segunda Guerra Mundial fue un área residencial para personal militar estadounidense. En las Olimpiadas de 1964 fue parte de la Villa Olímpica.

Hoy en día es un parque de recreo, por eso estaba tan lleno de domingueros que van a hacer un picnic aprovechando la primavera. También es lugar de encuentro de los rockabillies, lolitas y otras tribus urbanas. Y no pueden faltar músicos o gente que practica diversas disciplinas deportivas.

Al lado del parque encontramos el Santuario Meiji Jingu. Nada más entrar en la zona arbolada nos da la bienvenida un torii gigante.

Y más adelante, siguiendo con el sendero, encontramos barriles de sake.

Continuando el recorrido, de nuevo otro torii que, ya sí, nos lleva a la zona en que se encuentran los edificios principales.

El santuario fue construido en 1920, para la consagración fueron donados unos 100.000 árboles que hoy forman el tranquilo bosque. Posteriormente tuvo que ser reconstruido en 1958, tras quedar dañado, cómo no, con los bombardeos de la guerra.

Abre con la salida del sol y cierra con el ocaso. Su entrada es gratuita y entre las 12 y las 14 los domingos suele haber bodas tradicionales, de hecho, nos encontramos con una.

En este caso no vimos a los novios solos con los fotógrafos como en Kioto o Himeji, aquí pudimos asistir al la entrada y salida de los novios.

La ceremonia comienza con una pequeña comitiva encabezada dos sacerdotes, dos “monaguillos”, los novios (seguidos por el de la sombrilla) y finalmente los familiares más cercanos. Todos ellos se dirigen hacia el templo donde el sacerdote lleva a cabo la unión, y de nuevo vuelven a salir muy solemnemente en fila. Nada de arroz, de tirar pétalos, de ¡Vivan los novios! o ¡Que se besen! que estamos en Japón.

La verdad es que fue todo muy rápido. Los vimos entrar, comenzamos a pasear por el recinto para ver los edificios que componen el santuario, y en cuestión de 10 minutos estaban de nuevo desfilando.

Después, se dirigieron a la parte trasera donde les tenían preparadas unas sillas para la foto de familia. Un entorno muy bucólico con el bosque detrás.

También vimos a familias con bebés. Los llevaban mujeres atados a su cuerpo con una especie de pañuelo. Estaban haciendo unas ceremonias equivalentes a bautizos. Eso sí, por lo que vimos, los asistentes eran los padres y las dos abuelas.

Aunque el recinto donde se encuentran los diferentes edificios estaba atestado de gente, y más por la boda, lo cierto es que se podía pasear tranquilamente por los senderos.

Y tras el paseo, salimos del parque y cruzamos hacia Takeshita Dori, que la habíamos visto el día que volvimos de Nikko, pero que verla de día un domingo es sobrecogedor. Bueno, que si te tropiezas no te caes, porque ahí no hay ni un hueco para estamparse. Por compararlo con algo: Cortylandia en Navidades cinco minutos antes del espectáculo. Si sois de Madrid, seguro que os hacéis una idea. Si no, pues lo más gráfico es el paso procesión.

Es una calle en bajada dedicada al fenómeno fan y tribus urbanas. Es donde surgen las tendencias de la ciudad. También hay un Daiso, una tienda de varias plantas con objetos diversos a 100Y (más la tasa). Tienen menaje, juegos, recuerdos, objetos de decoración… Es como un todo a 100 chino, pero en japonés. ¿La diferencia? Todo está ordenado, limpio y destaca el colorido. Hay que tener cuidado con las compras compulsivas y la cantidad de chorradas que puedes acabar comprando.

Tras la parada para cotillear el Daiso, nos dirigimos a la calle Omotesando. Hay quien la compara con los Campos Elíseos de París. Como no tengo el gusto, no sabría que decir. Es una gran avenida llena de tiendas, cafeterías y restaurantes. Había ambiente, supongo que al ser domingo, la gente salía a comer fuera después del paseo.

También te encuentras con personajes curiosos que llevan una cabeza de animal… O lo que sea

Volvimos de nuevo a la estación de Harajuku donde nos encontramos con este personaje amenizando la espera del semáforo. Nunca sabes cuándo te van a sorprender estos japoneses.

Tomamos de nuevo la Yamanote y nos bajamos en Shinjuku para visitar el Shinjuku Gyoen. Fue construido como jardín para la Casa Imperial en 1906 y fue abierto al público en 1949. Tiene casi unas 60 hectáreas de superficie y en él conviven jardines de estilo francés, británico y japonés. Además, el parque cuenta con un invernadero, una galería de arte y un restaurante. Es todo un oasis en la ciudad.

Podemos acceder a él desde diferentes entradas: la puerta Shinjuku, la puerta Okido y la puerta Sendagaya. Abre de 9 a 16:30 y su acceso cuesta 200Y.

No se puede entrar con bebidas alcohólicas. Eso sí, la gente se montaba unos picnics de nivel a lo largo de todo el recinto. Llevan sus rafias, su comida y se pasan las horas muertas observando los árboles florecer. En serio, el Hanami les da muy fuerte. Es todo un acontecimiento.

Hay árboles muy curiosos a lo largo del recorrido, como por ejemplo estos que tienen las raíces que suben para arriba en vez de enterrarse más y más.

Es una visita interesante, incluso si no eres muy aficionado a la botánica.

El jardín japonés se caracteriza por sus estanques, montículos, puentes de piedra e islas.

El jardín inglés destaca por grandes explanadas de césped. El espacio ideal para hacer picnics y disfrutar del Hanami. En el recinto hay unos 1.500 cerezos, así que es un buen lugar para contemplarlos.

Y por su parte el jardín francés sigue más el estilo de rosaledas y parterres.

Se puso a llover, así que nos fuimos a Akihabara, que lo que hay que ver es todo interior.

La zona surgió tras la Segunda Guerra Mundial como un mercado negro de componentes de radio y otros repuestos eléctricos. Poco a poco se fue perfilando como el barrio electrónico, pero va más allá. Hoy en día puedes encontrar todo tipo de accesorios, de gadgets, sí, pero también manga, anime, videojuegos o incluso souvenirs. Ya que hay algunas tiendas Duty Free.

También abundan los Maid Café, esos restaurantes en los que te sirve una mujer vestida de sirvienta. A mí todo esto de los disfraces, las mujeres que juegan a ser niñas, la cosificación de la mujer en general que tienen en Japón, me toca un poco (por no decir bastante) la moral. No concibo cómo ellas mismas se caracterizan como muñequitas, cómo ponen esas voces y se comportan como crías.

Hay un punto extraño en cómo los japoneses tratan la sexualidad en general. No el sexo en sí como acto, sino que parece que no saben relacionarse entre sexos, quizá por esa cosificación de los dibujos, de los manga, de las películas… Viven tan en su mundo paralelo del que son tan fanáticos a muerte, que luego en las relaciones sociales que requieren de más interacción que una compra-venta o un saludo tienen limitaciones. Pero bueno, esto daría para una disertación muy amplia.

Hablaba de Akihabara, o Akiba, como se lo conoce popularmente, el barrio en el que tienes una gran variedad de tiendas y que cada una es en sí un mundo. Plantas y plantas. Entrar en una tienda de merchandising o figuritas es la muerte. Sabes cuándo entras, pero no cuándo sales. Me supera el horror vacui, no sé dónde mirar. Y como encima desconozco los personajes, no sé qué miro. Me parece muy complicado comprar en estas tiendas de tantos objetos como tienen. Como no vayas a lo concreto, te puedes dispersar. De hecho, solo pasar a echar un ojo ya te puede llevar una hora.

Nosotros fuimos sin ninguna intención. Vaya, estaba lloviendo, qué mejor que ir a un sitio resguardado. Así que, entrábamos en una tienda, salíamos a la hora, volvíamos a entrar en una 3 metros más allá porque nos llamaba la atención un letrero o un escaparate. Y aprovechamos para ir mirando souvenirs para ver qué nos traímos a casa. Aunque no mucho, que no teníamos mucho espacio en la maleta.

Se pueden comprar muchas cosas, pero ojo con la electrónica. Hay que recordar que en Japón tienen otro tipo de enchufe y voltaje, por lo que no nos sirven aquí, salvo con adaptador. Si te compras un ordenador… tienes el problema del teclado. Bueno, y en general, el problema del idioma… Las cámaras de fotos pueden parecer una buena opción, pero ojo con las garantías, los idiomas y la configuración. Y de hecho, no vi realmente precios que merecieran la pena. Más o menos como en España. Supongo que si queremos cambiar de cámara, habrá que volver a EEUU y visitar a los judíos de BH, con un buen cambio de $-€, claro.

Es un barrio que si no apasiona mucho este mundo manga o electrónico, puedes pasar un rato, paseando, echando un ojo, pero con todo lo que hay que hacer y ver en Tokio, no le dedicaría más de una mañana o una tarde.

Nosotros con esto dimos por finiquitado el día, que el lunes había que madrugar.

Japón por libre XXVIII: Día 14. Tokio: Shibuya, Roppongi y Asakasa

Sábado en Tokio. Tomamos la línea Yamanote que iba hasta arriba. Eso sí, los asientos reservados, libres. Como tiene que ser. Entró una señora y la hicimos hueco para que se sentara y empezó a sonreír y taparse la cara como el mono de Whatsapp (o Nikko) y a decir que no y señalarnos el sitio. Tras negar varias veces, sonrisitas y gestos, finalmente se sentó.

Seguíamos nosotros hablando de nuestras cosas, cuando la señora me toca el brazo y nos da un caramelo a cada uno. No entendimos muy bien el motivo, supongo que como agradecimiento, aunque no había nada que agradecer. Igual que coger el metro en Madrid, oye.

En fin, inauguramos la segunda semana en tierras niponas en Shibuya, la famosa estación donde se encuentra el perro Hachiko y el famoso cruce de peatones.

Es uno de los distritos más bulliciosos, favorito entre los jóvenes, plagado de neones y luces, lleno de lugares de entretenimiento y centros comerciales con tiendas de ropa que marcan las tendencias. Es una zona muy animada con numerosas tiendas, bares y restaurantes. Y cerezos.

Hachiko es el punto de encuentro, algo así como el Oso y el madroño de Madrid. Es la estatua de un perro que esperaba a su amo a la salida de la estación cada día a que volviera de trabajar. Un día murió y el perro se quedó once años esperando.

Lo del cruce, ya veníamos con el chip de Shinjuku, así que, mirada al frente y paso ligero. Y que los demás vayan esquivándote.

Como decía, la zona está llena de comercios, y a nosotros no nos interesaba mucho ir de compras, y menos un sábado, que había gente por todos sitios, así que callejeamos un poco para ver el entorno sin más intención que disfrutar de un paseo.

Y tras el breve paseo, tomamos Roppongi Dori y nos dirigimos hacia el barrio del mismo nombre.

Roppongi es una zona de gran actividad nocturna, por el día destacan los museos. Quizá su mayor atractivo sea la Torre Mori,  un complejo comercial con observatorio. Cuesta 1500Y, aunque nosotros no subimos.

La verdad es que nos canteamos un poco con la caminata. Las distancias engañan y pensábamos que estaba más cerca un barrio de otro. Sin embargo, tras andar bastante entre edificios insulsos, se nos hizo la hora de la comida y sólo veíamos restaurantes caros. No había pequeños locales donde comer Ramen o de sushi. Ni siquiera supermercados o cadenas de comida rápida. Así que no nos gustó mucho el barrio. Poco que ver y hambre. Mala combinación.

Continuamos caminando por la zona en la que se encuentran la mayoría de las embajadas hasta llegar a Akasaka. En el barrio (aunque nos adentramos en Shiodome) se encuentra una de las grandes atracciones de Tokio: el templo Zojoji y la Torre de Tokio.

El Templo Zojoji está dedicado al fundador del Gobierno de Edo. Fue construido en 1393, aunque ocupa esta ubicación desde 1598. Ha sufrido incendios, terremotos y bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial, así que ha sido reconstruido en su gran mayoría, a excepción de la puerta principal Sangedatsumon.

Mide 21 metros de alto, 28,7 metros de ancho y 17,6 metros de profundidady es Patrimonio Cultural de Japón.

Una vez que entramos en el recinto, a mano derecha encontramos la campana Daibonsho, que fue construida en 1673 y es una de las tres grandes campanas del período Edo.

El atractivo del templo no son sólo sus edificios, la puerta o la gran campana, sino que los cerezos comenzaban a estar en flor y le daban cierto encanto.

El Hanami es todo un acontecimiento para los japoneses y se pueden pasar mil horas haciendo fotos a los cerezos. Comprobado, imposible hacer una foto despejada, siempre hay alguien con cámara, móvil o tableta inmortalizando los pétalos. Me incluyo, claro.

Además, de los cerezos, es peculiar cómo contrasta lo antiguo con la modernidad de la Torre de Tokio al fondo o los rascacielos.

Se puede llegar a ella bordeando por el camino lleno de estatuas Jizo y un paseo entre árboles, cerezos en su mayoría.

La Torre de Tokio es una copia de la Torre Eiffel de París (que no tengo el gusto), aunque es más alta que ésta. De hecho, es la torre más alta del mundo de acero autosoportada. Mide 333 metros y está pintada de rojo y blanco por normativa aeronaútica.

Construida en 1958, es una torre de transmisión de radio y televisión. Y por supuesto, atracción turística. Abre de 9 a 22 horas y cuesta 900Y. Pero hay dos miradores, uno a 150 metros y otro a 250. Si quieres subir al más alto has de pagar un extra de 700Y. Y se forman unas colas tremendas, por lo que mejor ir con tiempo.

En la planta segunda se puede acceder de forma gratuita y está llena de tiendecitas donde se pueden comprar recuerdos. Camisetas, imanes, figuras, palillos, pañuelos y todo tipo de cachivaches. Y no tienen mal precio.

Y en los pisos inferiores hay un museo de cera, un acuario y varias atracciones.

Para finalizar el día, nos dirigimos hacia la estación de Hamamatsucho. Y por fin nos sentamos a comer algo en un Subway cercano. Habíamos subsistido con unos sándwiches de un Family Mart, pero eran las 5 de la tarde y teníamos hambre, así que en el primer sitio que vimos pasamos. Además, los subways nos gustan. Eso sí, varía el menú. Tienen opciones interesantes, como el bocadillo de gambas y aguacate. Y como curiosidad, sólo hay un tamaño.Y yo que estaba que me comía los codos ya.

En Japón les preocupa la salud y tienen control de las porciones y equilibrio en la alimentación. Ya os comenté que ponen la sal y el azúcar aparte. Si engordas, en tu empresa pueden darte un toque de atención, incluso despedirte, pues consideran que eres un riesgo andante, puedes tener alguna enfermedad cardiovascular que te lleve a necesitar una baja o intervenciones quirúrgicas.

Aunque era pronto, tomamos la línea Yamanote hasta Okachimachi y al hotel a cenar y descansar, que el día había sido realmente agotador.

Japón por libre XXVII: Día 13. Tokio: Ikebukuro y Shinjuku

Llegamos al decimotercer día de viaje. Y tocaba quedarse en Tokio para captar algo de la esencia de esta gran metrópolis. Tal y como estaba planteado, comenzamos por Ikebukuro, un gran distrito comercial y de entretenimiento.

La verdad es que la zona a nivel turístico no tiene mucho misterio, pero sí como toma de contacto, para alucinar un poco con el nivel de frikismo y las tiendas.

Eso sí, nos cruzamos con unos escolares que iban de excursión. Muy organizados ellos, claro.

Nada más salir de la estación (enooooooooorme en sí) ya nos encontramos con enormes telas publicitarias, con grandes almacenes Seibu y Tobu, con Sunshine 60 o la cadena Bic Camera, que está en todos sitios. De hecho, la propia estación es un centro comercial, con plantas superiores e inferiores, laberintos de tiendas entre los que te puedes perder.

Lo más “interesante” de la zona está por la salida este. Anduvimos un rato por la zona, entramos en alguna tienda, observamos con curiosidad los locales de pachinckos y nos adentramos en el universo de los recreativos.

Está todo por plantas, para que te dirijas a la que más te atraiga. Incluso encontramos una planta en la que si eres hombre, no puedes entrar solo. Es todo rosa y está plagado de máquinas en las que te haces una foto y te pruebas modelitos… muy raro todo.

Sin palabras. Te puedes pasar las horas muertas perdido entre máquinas. Me sentí un poco como en Las Vegas, en un espacio cerrado, enmoquetado, con aire acondicionado, en el que pierdes la noción del tiempo. Era pronto y no estaba plagado de gente, pero ya había muchos jóvenes dándole caña a las máquinas. De todo tipo: tiros, peleas, estrategia, tipo magic, incluso había unos chavales jugando al FIFA (o al Pro) con la Selección Española. Pero el momento alucine fue cuando vi a la chica de los guantes. Qué reflejos, qué dominio…

Pero lo que triunfa a pie de calle es este juego: el tsum tsum. Más que el candy crash, de hecho en el metro iban como locos jugando al móvil. En silencio, claro.

No nos entretuvimos mucho en la zona, porque sabíamos que en Akihabara ya tendríamos frikismo para dar y tomar, así que continuamos nuestro recorrido hacia Shinjuku (cogiendo de nuevo la Yamanote, que no está muy cerca un punto de otro).

La estación de Shinjuku es la mayor en tránsito de todo el mundo, así que, hay que ir con cuidado de no perderse. Los japoneses van con prisa, recorriendo los pasillos centrados en su destino y se cruzan unos con otros sin chocarse. Has de seguir las rutas para no darte de bruces con nadie o dejarte llevar por la marabunta y acabar en la otra punta.

Para no variar, la estación en sí ya es centro comercial, alberga un montón de tiendas, cafés y restaurantes. Y por supuesto, en los aledaños hay más tiendas y centros comerciales.

Y si dentro es un caos, fuera más, porque además, nos encontramos con los famosos pasos de peatones japoneses en los que puedes ir hacia todos los lados de la intersección.

Me declaro muy fan de estos cruces. Al principio es un poco caos, porque, al igual que en la estación, debes saber cuál es tu camino, visualizarlo, situarte y no desorientarte, no pararte e intentar no chocar con los que vienen en sentido contrario (o de cualquier otro). Pero, una vez que tienes esto controlado, es un ahorro de tiempo increíble. Si es que lo tienen todo pensado. ¿Para qué hacer un cruce en L y que tengas que esperar dos turnos de semáforo? Están a otro nivel. No me canso de repetirlo.

Y tras recorrer los alrededores de la estación, nos dirigimos a la parte oeste, donde está el distrito de los rascacielos de Tokio. La mayoría son oficinas, aunque también hay hoteles.

Y destaca el Ayuntamiento, o Tocho, como lo llaman coloquialmente, cuyos miradores están abiertos al público de forma gratuita.

Es un edificio que cuenta con dos torres gemelas de 243 metros. Cada una de ellas cuenta con un mirador en la planta 45 a 202 metros. La vista es prácticamente igual desde ambas, aunque no tienen el mismo horario, ya que la torre norte abre desde las 9:30 hasta las 23:00 y la sur sólo hasta las de 17:30. Abren solo de lunes a viernes.

Merece la pena subir, y como es gratis, se puede subir todas las veces que quieras. Eso sí, al ser un edificio gubernamental, hay que pasar control de metales y hay unos guardias que te piden que abras bolsos y mochilas. Aunque he de decir que no son muy minuciosos, echan un ojo y ya está.

En el vestíbulo del edificio hay una oficina de información y turismo y en los miradores hay tiendas de recuerdos. Incluso hay zonas para comer. En la torre norte hay un bar para por la noche disfrutar de las vistas.

Se pueden divisar los edificios aledaños, la torre de Tokio y el Skytree. Pero, además, si te pilla un buen día, puedes alcanzar a ver a lo lejos el Fuji.

Puede costar verlo, porque está muy a lo lejos, y además, nevado. Pero en el mirador tienes indicaciones de qué se supone que estás viendo en cada parte, así que con el zoom de la cámara se puede encontrar. Eso sí, aunque las vistas son espectaculares, para las fotrografías creo que no es un buen lugar, ya que la iluminación interior hace que se vea bastante el reflejo (como habéis podido apreciar).

Bajamos del Ayuntamiento y nos fuimos en busca de comida. Ya se nos había hecho algo tarde, y no nos entretuvimos mucho en buscar un sitio, vimos un McDonald’s en la zona y allá que entramos.

Encima del mostrador, como en todos los de la cadena, tienen expuestos los menús, pero claro, todo en japonés. Pero muy amable, una empleada nos llamó a lo lejos y nos sacó una carta plastificada con el menú en inglés para que supiéramos qué elegir. Y nos decantamos por un menú de hamburguesa de pescado y una Loco Moco. ¿Qué? Sí, teníamos curiosidad por saber qué llevaba. Pues bien, aquí está:

Era edición limitada, y es una hamburguesa con huevo. Y es que esta gente come mucho huevo, o eso, o a mí me dio la sensación. No podía faltar en los bento o en las bandejas de sushi. Si hasta los vendían cocidos en los 7Eleven y Family Marts…

Eso sí, la anécdota de la comida fue el refresco. A mí no me sienta bien el gas, así que suelo pedir refresco de té. Bien, pues nos sentamos, soltamos la bandeja, foto de rigor y “ay, qué sed”, lingotazo al té y mi cara fue un poema. Amargo, amargo, amargo. Pero ¿esto qué es? Porque era Lipton Ice, vamos, que no era marca rara. Casi planteándome ir a pedir una botella de agua, nos fijamos en que en la bandeja tenía dos recipientes cerrados similares a cuando te dan el aliño de las ensaladas. Uno de ellos era limón líquido, y otro una especie de sirope pegajoso. Pues bien, al parecer, en Japón, la sal y el azúcar te lo sirven aparte para que tú te lo añadas al gusto. Así que, avisados quedáis. Ah, y no te ponen ketchup (pero esto ya me lo he encontrado en Europa, que has de pagarlo aparte).

Este McDonald’s, al ser grande, tenía el estilo del resto del mundo, es decir, mesas para dos, para cuatro… Pero vimos otros en los que había barras y taburetes y la gente se sentaba sola frente a la pared a engullir. Modo japonés, muy solitario todo. Eso sí, lo que no podía faltar era una siesta.

Aquí la amiga, durante toda nuestra comida, se apoyó en la pared y descansó un poco. Con el móvil y sus enseres personales encima de la mesa tan tranquilamente.

En fin, dejamos la hamburguesería y nos dirigimos a la estación para coger de nuevo la Yamanote y bajarnos en Shin-Okubo, o lo que es lo mismo, Koreatown.

Lo cierto es que no nos entretuvimos mucho, apenas paseamos por la calle principal, que es básicamente en lo que consiste el barrio coreano, con sus tiendas, sus restaurantes y mercados; nos comimos un helado, compré un par de botes (o más) de crema de la tienda Skin79, que aquí es difícil encontrar (es coreana) y nos volvimos a la estación porque teníamos una mancha en la lente de la cámara y queríamos limpiarla.

Así que, volvimos a Shinjuku y pasamos a la famosa tienda Bic Camera. Tenemos una cámara compacta y no es la primera vez que se ensucia. Las veces anteriores mi Mcgyver marido consiguió desmontarla y limpiarla en casa con un destornillador, unas pinzas de depilar y un pañito de limpiar las gafas. El problema es que no teníamos destornilladores en la maleta, así que la intención era comprar unos, o, en su defecto, un set de limpieza de objetivos, que incluyen una especie de pera para soplar. No encontramos lo que buscábamos y le pregunté a uno de los empleados. Le enseñé la cámara, le señalé el tornillo y le expliqué que necesitaba un destornillador para limpiar por dentro. Me miró raro, se fue a preguntar a un compañero, me volvió a mirar, se quedó desorientado y finalmente me dijo “It’s broken” y me negaba con la cabeza. Creímos entender que lo que nos quería decir es que si la abríamos, la romperíamos. Así que, intentamos otra opción.

Buscamos por la zona por si encontrábamos algún Tokyu Hands o similar donde comprar unos destornilladores. Y de paso, vimos la zona de noche, que cambia totalmente con los neones. Mucho más apabullante. Ahí seguían los pasos de peatones, las mismas calles, pero yo era incapaz de asociarlo con lo conocido.

Al final acabamos en Don Quijote, una tienda con lo menos 10 plantas en la que puedes encontrar de todo. Y cuando digo de todo, es de todo. Desde supermercado con comida hasta cosas de casa, pasando por ropa, recuerdos, figuras, y por supuesto, destornilladores.

Ya que estábamos por la zona, aunque no entraba dentro del plan del día, aprovechamos para volver a subir al Ayuntamiento y ver si variaba mucho la vista nocturna.

De bajada me hice una foto en la estatua con la palabra LOVE a los pies del edificio I-Land Tower. Hay otra en Nueva York, pero estaba bajo unos andamios cuando estuvimos en 2011.

Después paseamos por Kabukicho, el barrio rojo. Recibe este nombre por un teatro de kabuki. Hoy en día tiene la fama de barrio peligroso, pero no nos lo pareció. Es una zona llena de tiendas de electrónica, pachinkos, restaurantes, hoteles del amor y locales dedicados al sexo.

También recorrimos el distrito de Golden Gai, que es la zona de ocio nocturno dentro de Kabuchiko. Surgió tras la guerra. Son callejones con locales estrechos que iban llenándose con los trabajadores de la zona que acababan la jornada laboral. Apenas serían las 7 u 8 de la tarde y ya había algunos con una tajada importante.

Nosotros compramos la cena y nos dirigimos al hotel, que llevábamos todo el día en pie y había cansancio. Como el que tenía esta chica, la pobre.

Soy incapaz de dormir así. Aunque he de reconocerles que es mucho más práctico que como se ve aquí en el transporte público a diario, que vamos dando cabezazos y con la boca abierta. De esta manera no quedas en evidencia.

Japón por libre XXVI: Distribuir Tokio

Si distribuir Kioto fue un quebradero de cabeza con tantos templos, el transporte, la falta de JRPass… lo de Tokio ya fue otro nivel. Aunque luego una vez allí, funcionamos más con la improvisación y sobre la marcha, porque íbamos rellenando las tardes cuando volvíamos de excursión o porque según se levantaba el día climatológicamente hablando, decidíamos ir a una zona u otra.

Recopilé información y me monté un mapa virtual en el salón para situarme en los barrios. Que si unos mejor entre diario, otros en fin de semana (como Yoyogi para ver a las tribus urbanas), otros mejor por la tarde noche para ver el ambiente, otros de día para subir a miradores… En fin, un caos, una misión imposible porque hay mil sitios que ver y mil cosas que ver. Y es que Tokio es inmenso, inconmesurable, alucinante.

Tokio tiene una superficie de 2.188 km² y una población de más de 13 millones de habitantes (en la ciudad, ya que llega a más de 36 en el área metropolitana, casi como España entera, vaya). El centro de Tokio se subdivide en 23 barrios. Por supuesto, no veríamos todos, solo nos moveríamos por los más céntricos.

Tokio nació en 1457 con la construcción del Castillo Edo, que daría nombre a la ciudad. Posteriormente, en 1603 se estableció el Gobierno dando lugar al Período Edo. Sin embargo, la nobleza y el Emperador seguían viviendo en Kioto, que tenía el estatus de capital, aunque sólo fuera de nombre.

En 1868 el Emperador se mudó al Castillo convirtiéndolo en el Palacio Imperial y la ciudad pasó de llamarse Edo a Tokio. A partir de ahí empezó su expansión y se comenzó a construir el ferrocarril y en 1885 la Línea Yamanote.

Es una ciudad que ha pasado por mucho. A lo largo de su historia sufrió incendios, la erupción del Fuji en 1707 tifones y varios terremotos. Y por supuesto se vio fue azotada por los bombardeos en la II Guerra Mundial.

A partir de 1950 comenzó a recomponerse, se reestructuraron los barrios y se siguió con la construcción de las líneas de metro. Ya en 1964 se inauguró la primera línea de Shinkansen, imprescindibles hoy en día. En 1978 se construyó el Aeropuerto de Narita y poco a poco la ciudad y el país fueron creciendo a pasos agigantados.

Hoy en día es una gran metrópolis, Tokio se ha convertido en el principal centro financiero de Asia. La mayoría de las instituciones financieras del país, y multinacionales, tienen su sede en la capital nipona.

Para distribuir Tokio lo importante es madrugar. Bueno, en general para aprovechar bien el día en cualquier sitio. Pero es que en Tokio hay taaaaaaaaaaaanta gente, que como te pongas en movimiento tarde, ya va todo más lento. El transporte irá más lleno y tendrás que esperar al siguiente tren (que irá también hasta arriba), habrá mayor tránsito por la calle, habrá cola para entrar en los sitios… Que está muy bien ver el movimiento de una ciudad, porque forma parte de su carácter, de su propio día a día. Pero en el caso de Tokio, si puedes aprovechar horas en las que hay algo menos de movimiento, también se agradece.

Otro dato que tuve en cuenta fue destinar los primeros días para los barrios más alejados con respecto al hotel, y dejar para el final los más próximos. Veníamos con el JR Pass, que nos duraría unos días más, y dado que la Yamanote, que es circular, es muy práctica para llegar a casi todos los sitios de interés, pues lo suyo era aprovecharla al máximo. Y lo que quedara fuera de esta línea, pues también para el final, puesto que ya que había que pagar… mejor cuando no quedara más remedio. Y esos días sin el pase, tiramos de la PASMO.

PASMO

Así pues, conjuntando estas dos opciones, me tracé una hoja de ruta en la que comenzaríamos desde una parada alejada de la Yamanote y nos iríamos moviendo hacia el interior, volviendo al final del día hacia el exterior localizando otra estación de dicha línea que nos llevaría a Ueno (luego en realidad acabábamos en Okachimachi).

Por ejemplo, quedó algo así:

Descartamos el madrugar a las 3 de la mañana para estar a eso de las 5 en la Lonja de pescado de Tsukiji. Todo no puede ser, y había que priorizar. Eso sí, sí que queríamos comer allí un día.

En fin, todo esto sobre el papel está muy bien, pero como digo, al final sobre la marcha fuimos improvisando. Bien porque volvíamos de excursión y nos quedaba tiempo que aprovechar, bien porque se nos levantó el día lluvioso y pensamos que lo mejor era ir a Akihabara que teníamos sitios donde resguardarnos, o porque el barrio en cuestión no nos atraía mucho y cambiábamos la ruta hacia un destino más interesante.

Pero habrá que ir desgranarlo día a día.