Japón por libre XXXVIII. Resumen Tokio

Tokio es enorme y es imposible verlo todo, por mucho que planifiques. A no ser que estés muuuuuucho tiempo allí, claro. Así que, ya desde el planteamiento sabíamos que algo tendría que quedar fuera, como lo de ir a ver la subasta de pescado.

Por lo demás, es complicado hacer una división como en Kioto, además, es diferente, porque en Kioto te organizas un poco en función de los horarios de los templos, de la proximidad entre sí de cada uno, del transporte… pero en Tokio es más patear ciudad, y además, tienes mil opciones de transporte, con lo que en parte, hay más movilidad. Eso sí, la Yamanote te la aprendes de memoria, porque es muy útil. De todas formas, hay que dividirse por barrios, ya que se necesita un punto de partida. Ya comenté que nosotros intentamos cubrir primero lo más alejado, para aprovechar el JR Pass, y dejar para el final lo más próximo al hotel.

JRPass reverso

JRPass canjeado

En general, la planificación fue bien, salvo que quizá algunos barrios yo no los visitaría. Quizá omitiría Roppongi, le habría dedicado menos tiempo (aún a Ginza) y más a Odaiba. Si no eres muy fan del mundo friki, no le dedicaría a Akihabara más de un par de horas. Y sin embargo, intentaría solucionar cuanto antes la visita al Skytree, y quizá subir a la Torre de Tokio.

Torre de Tokio

Luego, depende de cada uno, claro, si prefieres dedicar más tiempo a las compras o a irte a un parque y pasar una mañana entera bajo una rafia dedicándote a la vida contemplativa.

En cuanto a las excursiones, Kamakura y Yokohama se hacen bien en un día, como hicimos nosotros. Aunque a Kamakura se le puede dedicar tranquilamente un día para ver los templos con calma.

Mapa de Kamakura

Pero Yokohama, está bien para una tarde, no le dedicaría más teniendo tanto que ver en Tokio. Nikko creo que se nos quedó algo corto para un día, incluso madrugando. Pero es que tiene mucho para ver. Al igual que con la zona de Hakone y los cinco lagos, convendría pasar una noche en la zona para estar día y medio y verlo más a fondo. Pero insisto, con tanto por ver, y tan poco tiempo, hay que decidir, reducir y dejar mucho fuera. Al menos hicimos una aproximación y pudimos ver lo principal. En el caso de Nikko, los templos importantes, y en el de Hakone, ver el paraje, divisar el monte Fuji y comer los famosos huevos.

Fujisan

También es cierto que, dado que era primavera, teníamos menos horas de luz que en el mes de mayo, por ejemplo, o junio, así que eso también nos condicionó. Pero claro, el paisaje y la climatología también cambian, y nosotros somos más de huir de viajar en épocas de mucho calor.

Aún así, con sus más y sus menos, creo que no nos fue del todo mal. Todo es mejorable, y más a posteriori, claro, pero creo que aprovechamos bastante bien el tiempo.

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Japón por libre XXXVII. Día 21.Regreso

Nos habíamos quedado en el aeropuerto ya cenados y con una buena localización para pasar la noche. Y la verdad es que fue bastante bien hasta que a eso de las 2 de la mañana llegó un chino y se tiró hasta las 4 y pico que embarcó viendo vídeos con el altavoz (no debe conocer los auriculares el chaval) y haciendo ruiditos con la boca. Qué desagradable.

A las 5 de la mañana nos abrieron el mostrador de facturación y nos libramos de las maletas. Y ya más ligeros, aprovechamos para estirar las piernas un poco. Pasamos el control y nos quitaron del pasaporte la hoja del visado que nos habían dejado grapado al entrar por inmigración.

A las 6 y algo desayunamos en el único sitio que había abierto, ya que ni las tiendas del duty free habían subido el cierre, cambiamos los yenes que nos sobraron, vimos amanecer y embarcamos rumbo a Madrid.

Fue muy curioso que los de Air France me dejaran llevar un paraguas no plegable como objeto de mano, y luego llevas un palo de selfie y te ponen mil pegas. Nunca entenderé lo de los objetos permitidos y los prohibidos.

Tuvimos la suerte de que en nuestra fila de tres íbamos los dos solos, con lo que pudimos ir algo más cómodos que a la ida. Y eso que teníamos sólo dos asientos delante y si te sentabas en el de pasillo no tenías nadie delante y ya de por sí era algo más cómodo. Había tanto cansancio que dormitamos bastante. Al igual que en el vuelo anterior, nos dieron varias veces de comer, primero el desayuno, ya que salíamos a las 07:35 de Tokio. Primero podéis ver el ovolácteo vegetariano, y después el estándar, a tope de azúcares.

Unas horas más tarde nos dieron un helado y algo así como ocho horas después del desayuno, nos sirvieron la comida. Además, había picoteo al final del avión.

Como entretenimiento podíamos elegir entre varias películas, series y música. Aunque yo tiré más de libro electrónico y de mi música. Y de cabezadas.

Hicimos la escala en el Charles de Gaule de París y fue bastante rápido, entre pasar por el baño, por el control de la gendarmerie y buscar la puerta de embarque, se nos pasó el tiempo. Y tras dos horas y media más, llegamos a Madrid, donde oficialmente se acababa nuestra Luna de Miel.

Japón por libre XXXVI: Día 20. Palacio Imperial, Ueno y Sky Tree

Y llegó el final del viaje. Oooooooooooooooooooh. Nos levantamos y desayunamos tranquilamente; nos duchamos, recogimos bártulos y bajamos con las maletas a recepción. Nuestro vuelo salía al día siguiente a las 7:35 de la mañana, con lo que cuando reservamos noches de hotel, contamos con dejar la última noche libre. Si nos quedábamos una noche más en nuestro hotel, tendríamos que coger el metro a las 23 horas como muy tarde, así que no íbamos a poder dormir, con lo que era absurdo pagar para nada, porque en cualquier hotel se quedan las maletas en consigna. Teníamos la opción de buscar un alojamiento cercano al aeropuerto de Haneda para esa noche, pero los hoteles cápsulas se subían a la parra y segregan por sexo. Y además, lo que nos interesaba era no dormir, para llegar al avión y caer rendidos, ya que la hora de aterrizaje en Madrid serían las 5 de la tarde y habría que aguantar despiertos una tarde.

Si os preocupa pasar la noche en un aeropuerto, os recomiendo consultar la web sleepinairports, en la que viajeros de todo el mundo comentan las comodidades que puedes encontrar. Nosotros no queríamos dormir, ya digo, pero sí nos interesaba saber si podíamos cenar, si habría wifi, los baños, si los asientos eran cómodos, si había zonas con enchufes… Por suerte, Haneda es el tercero en la lista de mejores aeropuertos. Así que la idea era aprovechar el día al máximo, irnos a última hora al aeropuerto, cenar allí, pasar la noche en alguna zona con encufes y zona wifi para conectar el ordenador y hablar con la familia o ver alguna serie, esperar para facturar y embarcar.

Por lo que, con esta premisa comenzamos el día. Como dije, a la hora de distribuir Tokio, dejé para lo último, lo más próximo. Es decir, Ueno. También nos faltaba el Palacio Imperial y el Sky Tree que habíamos dejado pendiente el día anterior.

Comenzamos en el Palacio Imperial, que hoy en día es un jardín abierto al público y al que se accede por un puente.

Sin embargo, el castillo en sí estaba en obras, hacía mucho aire y chispeaba, con lo que no nos entretuvimos mucho en la zona, hicimos unas pocas fotos y nos fuimos a Ueno.

En el barrio de Ueno destaca sobre todo el parque del mismo nombre.

Es inmenso, con una superficie de más de 532.000 metros cuadrados, así que teníamos la intención de dedicarle sus buenas horas de la mañana para pasearlo tranquilamente entre cerezos (tiene más de 1000 árboles), puestos de comida, artistas ambulantes, museos y templos.

Incluso hasta nos encontramos con un concurso de trajes típicos (supusimos)

El parque abrió 1873 como el primer parque público de Japón y alberga el mejor y más antiguo zoo (1882) del país en el que destacan los famosos pandas.

Una buena zona para pasear es alrededor del estanque Shinobazu, que está formado por tres en realidad, y sirve de parada para las aves migratorias.

En el Parque destacaba el Templo Kaneiji.

Fue uno de los más grandes y ricos de la ciudad durante el Período Edo. Asimismo, provocó una explosión de actividad urbana en los alrededores. Hoy en día quedan restos del templo original, la pagoda de cinco pisos (del s. XVII) y el Santuario Toshogu (construido en 1627).

El camino al santuario está flanqueado por 95 linternas de piedra y 195 de cobre.

La puerta Karamon y los pabellones Haiden y Hondouhan han sido designados Propiedad Cultural de Importancia.

Era viernes y el parque estaba plagado de gente con sus rafias, sus cajas de cartón a modo de mesa y sus picnis sentados bajo los cerezos. Que había que tener ganas, porque con el aire que hacía, era fácil acabar comiendo hojas de cerezo en cada bocado.

Impresionante la de gente que había. Pero estaba todo muy limpio, y es que la organización ante todo, y sobre todo para la basura que pueda generar tanta gente. Había contenedores por todo el parque.

No puedo documentar mucho más, pues nos quedamos sin batería en la cámara y cuando pensábamos que teníamos cargada la de repuesto, con tanto preparativo de la noche anterior, resultó que estaba también agotada, así que paseamos entre los lugareños y sacamos alguna foto con el móvil.

En la zona hay mucho puesto callejero y olía estupendamente, pero teníamos fichado un restaurante de kaitensushi cerca del hotel, así que para allá que nos fuimos.

Era un local muy pequeño y siempre que pasábamos estaba lleno, cada plato con dos piezas de sushi salía por 150Y, y, aunque no había mucha variedad, la verdad es que estaba todo muy rico y llenamos bien la tripa. Creo que comimos 13 platos. Toda una experiencia eso de coger los platos según van pasando y sin saber muy bien qué era cada pieza.

Y como no queríamos que nos pasara como el día anterior, nos fuimos a eso de las 4 hacia la Sky Tree. Llegamos, fuimos a ponernos a la cola para comprar las entradas y… ¿dónde está la gente? Pues no había. ¿Por qué? Pues porque teníamos un aire 55 km/h y por seguridad estaba cerrado. Así que nos quedamos con las ganas de poder subir. El día se nos iba torciendo, la verdad.

Así que, con la tarde libre, el ánimo un poco decaído, tuvimos que improvisar y decidimos volver a Asakusa, para pasear entre los puestos, disfrutar del entorno del templo por última vez, merendar unos peces rellenos, ver cómo anochecía y despedirnos de Japón como nos había recibido, con un paseo entre la iluminación de templos y callejuelas.

Ya cansados, volvimos al hotel a recoger las maletas y de vuelta a la Yamanote para cambiar en Hamamatsucho al monorraíl que nos llevaría a Haneda. Una vez en el aeropuerto, buscamos la oficina donde poder entregar las PASMO. Intentamos hacerlo en máquina, pero como no era un importe redondo, fuimos a la oficina y tras un par de explicaciones, el señor entendió que nos íbamos a nuestro país y que queríamos el dinero. Comprobó qué quedaba en cada tarjeta, y nos dio el efectivo.

Así que ya sólo nos quedaba cenar. Y no hay muchas opciones en la terminal internacional. Habrá como una docena de restaurantes, y prácticamente todos son similares. Por cierto, no importa que vayas con maletas (nosotros llevábamos grande, mediana y dos mochilas), te las dejan aparcadas en la entrada y de ahí no se mueven.

No pedimos nada del otro mundo: unos rollitos de primavera, arroz con verduras y unos yakisoba. Eso sí, todo delicioso. O sería que había hambre. Después, fuimos en busca de un puesto de helados para tomar el postre. Y a eso de las 23 horas cerraron prácticamente todo, salvo algún restaurante que estaba abierto 24 horas.

Buscamos un puesto con enchufes y sillas, y ahí que nos apalancamos.

Japón por libre XXXV: Día 19. Parte II. Akihabara y Niombashi

Ya que estábamos con la compra de recuerdos y souvenirs, nos fuimos a Akihabara, que teníamos fichada alguna cosilla de la visita anterior.

Y ya aprovechamos para comer en la zona. Esta vez elegimos Mos Burger, una cadena de hamburgueserías japonesa con un menú bastante interesante. Tienen cocina creativa, por así llamarlo, y no quiero decir con dos filetes de carne, o rompiendo esquemas con un filete de pescado o una pechuga de pollo. No, tienen de gambas, vegetarianas, de arroz, de tempura de pescado…

Yo no soy muy fan de este tipo de comida rápida, no me sientan muy bien al estómago, sin embargo, todo tenía una pinta excelente y me costó decidirme. Al final nos decantamos por una de gambas y otra de soja con aguacate (me encanta y me sorprendió encontrarlo tanto en Japón). Acompañamos las hamburguesas con unas patatas y unos aros.

La calidad mucho mejor que BK o McD. Mucho más sabroso. Y el local mucho más cuidados los detalles, la atención… Además, salvo los vasos, que son reutilizables, el resto es papel, así que parece que cuidan no solo el menú con productos orgánicos, sino también el medioambiente.

Ya que estábamos en Akihabara, nos quedamos por la zona para ahondar más en el barrio. Que no todo es mundo friki. Si nos dirigimos hacia la zona de Ochanomizu (Parada M20) podemos encontrar el Santuario Kanda Myojin.

Es un antiguo templo sintoísta construido en el año 730. Según la tradición, trae suerte para los negocios, la familia y encontrar pareja. Además, protege de la mala suerte y la competencia.

Y según íbamos caminando hacia el santuario, nos sorprendió ver en la distancia una cúpula verde, así que nos acercamos a ver qué era. Y resultó ser Nicholaido, que se encuentra sobre una colina.

Es la Catedral de la Santa Resurrección, la catedral principal de la Iglesia Ortodoxa de Japón. Se terminó en 1891, pero un terremoto de 1923 la destruyó, así que se reconstruyó años después, en 1929, aunque con una cúpula más pequeña. Recibe su nombre en honor a San Nicolás, un misionero ruso responsable de expandir la religión ortodoxa por Japón. Es de estilo bizantino con planta de cruz.

Tomamos la Chuo Line y nos fuimos hasta la estación de Tokio, y de ahí nos fuimos paseando a Nihombashi. En este barrio es donde encontramos el puente del mismo nombre y que era en su día uno de los pasos más importantes en la ruta Tokaido del Período Edo que unía Tokio y Kioto. Desde ahí partían las cinco rutas con más actividad de la época. Además, es el km 0 de Japón, desde donde se miden las distancias para carreteras y ferrocarriles.

El puente original de 1603 ya no existe, pues ha sufrido terremotos y guerras. El que vemos hoy es de 1911, de estilo Art Noveau y no es muy visual, ya que lo atraviesa la autopista. Aún así, ha sido designado como de gran importancia cultural.

Teníamos intención de acabar el día subiendo a la Tokyo Sky Tree, pero nos acercamos y decidimos dejarlo para el día siguiente, ya que estaba atardeciendo y no nos iba a dar tiempo a subir y verlo de día.

Además, el “centro” de la ciudad está al oeste de la torre, por lo que nos caería el sol de lleno y no podríamos disfrutarlo de lleno. Y no sólo eso, sino que no es llegar y subir, sino que hay que hacer una cola para comprar la entrada (2000Y), y en función de la entrada, te van asignando hora, para lo cual tienes que hacer otra larga cola. Además, si quieres subir al segundo mirador (1000Y), tienes que comprar otro billete. La verdad es que está muy mal organizado para lo que son estos japoneses. Si lo comparamos con el Empire State Building, que también tiene dos miradores, subir al Sky Tree es harto complicado. Porque además, se puede comprar la entrada por internet, pero sólo con tarjetas de crédito japonesas. Para el Empire puedes decidir el día que vas a ir, comprar para un mirador o dos, y te puedes quedar el tiempo que quieras. Nosotros subimos a eso de las 4 de la tarde y esperamos a que se nos hiciera de noche para tener las vistas de día, con el atardecer y con las luces ya brillando. Y esa era la intención en Tokio, pero parece que iba a ser complicado y que nos iba a llevar tiempo. Así que decidimos dejarlo para el último día y aprovechar para ultimar compras en Ikebukuro de alguna cosilla que nos faltaba y nos volvimos al hotel a dejar las maletas finiquitadas, ya con los regalos preparados, puesto que el día siguiente haríamos el check-out en el hotel.

Japón por libre XXXIV: Día 19. Asakusa

Y llegamos casi al final del viaje, con la visita a uno de mis barrios favoritos de Tokio: Asakusa. Es uno de los pocos que aún conservan ese toque antiguo, ese recuerdo a lo tradicional que habíamos visto en Kioto.

Para llegar allí, se puede tomar bien la línea Asakusa o A (rosa) y bajarnos en la parada 18. O la línea de Ginza, la G (naranja) y bajarnos en la 19. El metro en Tokio puede parecer un caos, pero apenas hay que tener claro un par de detalles: Hay varias compañías que dan servicio en la ciudad, por lo que al hacer trasbordos, habrá que pasar los tornos y cambiar no sólo de línea, sino también de estación, pues tienen sus propias entradas (hay que fijarse en sus logotipos). Incluso dentro de la misma compañía, los trasbordos se hacen desde el vestíbulo, y no con pasillos interiores como puede pasar, por ejemplo, en el metro de Madrid.

Nosotros con la PASMO no tuvimos ningún tipo de problema y la recomiendo encarecidamente porque sirve para pagar en muchos sitios, así que se usa sí o sí. Y si no, se devuelve en el aeropuerto y te dan el dinero que tenga cargado y no hayas usado. Te evitas pelearte con las máquinas, con comprar billetes sencillos, con las colas y demás. Aunque tengas que cargarla durante la visita, perderás mucho menos tiempo en el global. El lector de los tornos calcula la tarifa (importante por ejemplo para los trasbordos) y solo tienes que ir controlando el saldo que te queda. Sin ella tendrías que calcularlo para sacar el billete sencillo en la máquina. Eso sí, tampoco hay que entrar en pánico porque no es más complejo que en el cercanías de Madrid. Al comprar el billete puedes o bien elegir la estación de destino, o si sabes el precio, indicarlo directamente. A mayor distancia, mayor precio. Pasas un torno al inicio y al final del trayecto y si te has equivocado o decidido seguir hasta una estación posterior, este no se abrirá y podrás pagar en una máquina o al revisor la diferencia. Ah, y las máquinas están en varios idiomas, incluso en español en algunos casos.

Aparte de eso, calcular el viaje es sencillo: buscar el destino, saber dónde estamos y ver cómo llegar del punto A al punto B. Las líneas van por color y las paradas numeradas… así que si te equivocas y estás en la 17 y quieres ir a la 22 pero una vez dentro ves que la siguiente en la que para es la 16, obviamente estás haciendo algo mal. Además, a diferencia de otras ciudades, los andenes son únicos, no compartidos (ojo, no ocurre lo mismo en los Shinkansen), por lo que si eliges el andén y el sentido bien, solo falta fijarse en las paradas que va haciendo el metro. Todo tiene solución.

Volviendo a Asakusa, es un barrio en el que destaca el Templo Sensoji (o Asakusa Kannon Temple), que encuadra una zona llena de tiendas, puestos de comida, locales de recuerdos y restaurantes.

Durante el día es imposible ver el templo sin gente, es una zona bulliciosa, ya que es uno de los puntos turísticos más importantes de la ciudad. Además, con los cerezos en flor, la estampa es inigualable.

Es imposible pensar en el barrio sin que nos venga a la mente una imagen del templo, y viceversa, están estrechamente unidos. El edificio principal está abierto de 6 a 17 horas y su entrada es gratuita.

Es el templo más antiguo de Tokio, construido en el siglo VII, en el año 628. Y aparte de las tiendecitas que tiene en las calles que nos llevan a él, que recibe el nombre de Nakamise, en sus alrededores tenemos locales y comercios con el toque del período Edo.

Accedemos al recinto del templo a través de la puerta Kaminarimon, la puerta de los dioses del viento y el trueno, que es la puerta exterior. Es el símbolo del templo, con su gigantesca linterna. En su lado derecho está la estatua de Fujin (viento) y en el izquierdo Raijin (trueno).

Si continuamos por la zona de Nakamise, llegamos a otra puerta, el Hozomon, que es la entrada al templo. El piso superior del portal alberga varios objetos de gran valor histórico.

El pabellón principal es una réplica, ya que el original se destruyó durante la guerra. Este data de 1958. En el centro se encuentra el altar con la diosa.

En el templo también encontramos la pagoda de cinco pisos. También se trata de una reconstrucción, esta de 1973, ya que la original ardió durante la guerra.

Paseamos por los alrededores del templo, por las tiendecillas e hicimos algunas compras y nos acercamos al puente Azumabashi sobre el río Sumida para ver la Torre de la Cerveza Asahi, también conocida como el cagarro dorado. Es la sede de la destilería Asahi y fue terminado en 1989. Se supone que la parte dorada es la espuma de la cerveza. Hay que tener un poco de imaginación, la verdad.

Y hasta aquí nuestra mañana en Tokio.

Japón por libre XXXIII: Día 18. Parte II. Ginza y Odaiba

Con el estómago lleno nos fuimos a Ginza, la zona pija de Tokio.

Es como ir por la 5ª Avenida en Nueva York o Serrano en Madrid, supongo, porque no soy de pisar esas boutiques. Están LV, Gucci o Loewe, incluso Tous y tiendas de kimonos y yukatas que son auténticas delicias.

Los que sí parece que son muy aficionados son los turistas chinos y coreanos. Llegaban buses, los soltaban y de repente se llenaban los comercios. Y veías cómo salían más turistas cargados con bolsas y esperaban para subirse a otro bus.

En la zona también podemos encontrar el edificio de Sony, en el que tenemos los últimos modelos de sus consolas, cámaras y demás aparatejos. Es como entrar en una tienda apple pero en más plantas. Puedes ver, tocar, probar, y comprar. Si te atreves con los precios (y las compatibilidades Japón-Europa).

Entramos a cotillear y cuando salimos se nos había hecho de noche.

También entramos en una jugueterías de varias plantas, donde encontramos este Scalextric, al que se podía jugar pagando unos yenes:

De ahí nos fuimos a la bahía de Tokio, a Odaiba. Es un terreno que se ganó al mar y que en principio se destinó a actividades industriales. Con el tiempo, se ha convertido en una zona de ocio. Para llegar allí cogimos el monorraíl no tripulado desde Shinbashi de la Yamanote.

Hay que intentar colocarse en cabecera, puesto que tiene una amplia cristalera y al no tener conductor, se disfruta más del recorrido.

Atraviesa el puente Rainbow y nos deja ver el puerto y el muelle. El trayecto lleva unos 15 minutos y cuesta algo más de 300Y. Nosotros pagamos con la PASMO, ya que el JR Pass no lo incluye.

Una vez en Odaiba podemos encontrar el edificio de la cadena de televisión Fuji, el famoso Rainbow Bridge, que cambia de colores, Legoland y varios centros comerciales y de ocio. Se nos puso a llover y como nos faltaban recuerdos que comprar, decidimos pasar a uno de ellos.

Además, tenemos la Ferris Wheel, una noria de 115 metros que ofrece buenas vistas de la bahía (de día, claro). Es una de las norias más grandes del mundo y cada cabina es apta para 6 personas. De noche tiene iluminación que va variando cada muy poco tiempo.

Y como curiosidad, a mí lo que más me llamó la atención fue contemplar una réplica de la estatua de la libertad y al fondo el puente. Casi como si nos hubieran hecho un montaje con el puente de Brooklyn y la estatua. Pero no, porque es una copia de la francesa, no de la que le regalaron a los estadounidenses.

Volvimos a tomar el monorraíl y la Yamanote para volver al hotel a descansar y casi para empezar a hacer las maletas, que se nos acababan los días.

Japón por libre XXXII: Día 18. Shinagawa, Mercado de pescado de Tsukiji

Empezamos abril, volvemos a Tokio y esta vez para acabar con el JR Rail Pass. Último día de validez, así que había que exprimirlo al máximo.

Comenzamos el día en Shinagawa, una zona de gran desarrollo urbanístico en torno a la estación de mismo nombre. Es una estación con muchas conexiones, entre ellas se encuentra la línea Yamanote o el Shinkansen, y también el trasbordo para ir a los aeropuertos, así que tiene mucho tránsito. Y cuando salimos al exterior, nos encontramos con multitud de rascacielos. Es donde están las sedes de Sony, Mitsubishi, Panasonic, Canon o Japan Airlines. También hay numerosos hoteles importantes.

En la zona se encuentra el Templo Sengakuji.

Se construyó en 1612 y es el emplazamiento funerario de los 47 leales samuráis. Al parecer, estos samuráis vengaron a su señor que había sido engañado para organizar una recepción desastrosa y como consecuencia, se tuvo que suicidar haciéndose el famoso Hara-kiri. La venganza según su código es curiosa, ya que mataron al traidor y después se suicidaron.

De ahí nos fuimos caminando tranquilamente a la zona donde se encuentra un muelle en el que hay barcos que se usan como residencias.

Anduvimos por los alrededores, un barrio típico con sus mercados, sus tiendas, el ritmo diario de la gente haciendo sus recados. Contrasta con los rascacielos de la zona.

Además, encontramos cerezos en flor y templos, más contraste aún con los altos edificios.

Y paseando, llegamos a la estación de Shimbashi, que es donde surgió la primera línea de ferrocarril de Japón que conectaba Tokio con Yokohama.

Callejeamos un poco y quisimos acercarnos a los jardines Hama-Rikyu, pero mi gran orientación nos llevó al Hibiya Park. Que no está mal, pero no tiene nada que ver. Fue un poco desastre, porque está algo alejado, así que además de llegar, darle un paseo, nos costó volver de nuevo y nos retrasamos sobre la idea original que era ir a comer al mercado de Tsukiji. Además, empezó a chispear y yo me quedé un poco desanimada.

No es que el parque no merezca la pena, es que no es donde quería ir. Pero bueno, tiene sus fuentes, su auditorio, incluso en algunas zonas recuerda a Central Park por lo cerca que tiene algunos rascacielos.

Desde la estación, tras un paseo de unos 10-15 minutos entre rascacielos, llegamos al mercado de pescado de Tsukiji.

Hay quien se pega el madrugón para llegar antes de las 4 de la mañana y poder obtener un peto para ver las subastas de atunes. Nosotros decidimos que no nos merecía la pena. Sólo permiten 120 visitantes al día divididos en dos grupos de 60. Es decisión personal, te puede interesar o no, y como al final el tiempo es limitado, tienes que descartar cosas. Y madrugar para luego no estar entre los 120… Eso sí, no nos podíamos perder el comer en la zona sushi de pescado recién llegado a puerto.

Tsukiji es el mayor mercado de pescado del mundo, es más, mueve 7 veces más de pescado que el segundo en la lista. Una barbaridad. Se pueden visitar dos zonas. Por un lado, donde se subastan los atunes de madrugada, y otra en la que hay peceras con peces vivos de todo tipo.

Alrededor del mercado hay restaurantes y tiendas. Nosotros paramos a comer en uno en el que nos pusimos como el Kiko. Qué rico todo. Sí que es verdad que era algo más caro que en otras zonas donde habíamos visto, pero tampoco me pareció excesivo siendo la zona que era.

Lo complicado fue a la hora de pedir, ya que te daban una hoja en la que escribías el pedido, y, salvo los números, no entendíamos nada. Pero la camarera muy amable, señalándole los productos en la carta, nos lo anotó ella. Incluso nos preguntó si queríamos wasabi en el sushi.

Pedimos un menú de sopa miso con una bandeja surtida y además, tempura y unos chopitos con su limón (y la sal al lado). Me sorprendió bastante lo de los chopitos con el limón, que parecía que estábamos en España. Pero luego ya vimos en una tele que tenían un vídeo en bucle del dueño y sus vacaciones en Los Alcáceres (Murcia) y ya me quedaron dudas de si es algo típico o lo exportó el paisano.

También nos resultó curioso cómo aprovechan el espacio. En las sillas de la barra debajo del asiento había unas cestas para dejar las chaquetas, los bolsos… No es un invento muy extraño, pero me sorprendió porque aquí en España sería impensable usar ese tipo de almacenaje, pero en Japón hay total confianza con dejar los enseres a la vista.

Luego resultó que el señor de Los Alcázares tenía varios locales, vimos varios anuncios.

Por la tarde continuamos el paseo, pero lo dejo para la próxima entrega.