Estambul Día 1: Vuelo y Gran Bazar

Y llegó el día del viaje.

Madrugamos como si fuéramos a trabajar, ya que teníamos el vuelo a las 10:25. Tuvimos un viaje tranquilo y a medida que nos acercábamos a Estambul yo iba alucinando de lo grande que es la ciudad. Es inmensa su extensión. El cielo quedaba perfilado por los rascacielos y mezquitas, cuyos minaretes sobresalen cada pocos kilómetros.

Una vez en el aeropuerto tuvimos que pasar por el control de pasaportes. Como ya llevábamos el visado, es solamente enseñarlo junto con el pasaporte para que te lo sellen. Había una cola importante, pero lo bueno es que cuando llegamos a la cinta, la maleta ya había llegado. Como íbamos pocos días, llevábamos mochilas, pero facturamos una maleta pequeña con los productos de higiene y algunos objetos que no se pueden llevar en cabina, como el palo de selfie o trípodes. Sacamos dinero en un cajero y nos dirigimos al metro.

100TL

20TL

10TL

5TL

Monedas

Nuestra intención era comprar las Istanbulkarts, unas tarjetas monedero que se puede usar en los medios de transporte de la ciudad. Cuesta 10 liras (más una fianza por la tarjeta) y supone cierto ahorro, ya que puedes hacer hasta 5 trasbordos en diferentes medios más baratos que si los pagases como viaje sencillo. Además, te da la comodidad de no tener que andar sacando billetes sencillos, buscando monedas… Y más siendo cinco personas, que nos habría hecho entretenernos mucho. De esta forma sólo tienes que saber el destino del trayecto, leer la banda magnética y pasar.

Hay máquinas expendedoras de las tarjetas, y también recargan, pero el cajero nos había dado billetes grandes y la máquina no los aceptaba, así que tuvimos que ir a un kiosco. La mujer nos vendió las tarjetas ya con la carga que nosotros le dijimos.

Istanbulkart

Con las Istanbulkarts en nuestro poder, nos dirigimos al metro a coger la línea M1. Después, cambiamos al tranvía T1 hasta Çemberlitas, que era la estación más próxima a nuestro alojamiento. El tranvía es bastante moderno y cubre el casco antiguo con una buena frecuencia. Aunque todo queda bastante próximo a pie, pero en caso de tener que recurrir al transporte, funciona muy bien. Al menos a nosotros nos dio buen servicio.

Apenas eran las cinco de la tarde, pero en el trayecto se nos había hecho de noche. Es lo que tiene noviembre, que los días son más cortos. Sin embargo, íbamos observando con detenimiento la ciudad a la que habíamos llegado. El barrio donde se encontraba el hotel estaba repleto de locales de zapaterías. Bien artesanos que trabajan el cuero, tiendas que vendían zapatos, o cualquier tipo de material para fabricarlos o repararlo. Callejuelas empedradas y empinadas que nos recordaban al Madrid de Lavapiés con sus calles estrechas plagadas de comercios al por mayor. También fuimos echando el ojo a los restaurantes y comercios que nos íbamos encontrando por el trayecto para saber qué opciones teníamos de cena.

Cuando llegamos al apartahotel no había nadie en recepción. Una recepción que era una habitación plagada de sofás, con un par de escritorios y unos enchufes un tanto precarios. Practicamente un par de cables metidos en el enchufe. En las escaleras exteriores un vaso vacío de té y un móvil. Fue una llegada un tanto curiosa, no sabíamos muy bien dónde habíamos llegado, si realmente teníamos reserva. Sin embargo, al par de minutos llegó un chico que venía del bar con su té hirviendo (luego descubriríamos que el té es muy importante para ellos). Muy amable y agradable nos hizo el check in y nos explicó cómo llegar a nuestras habitaciones. Nos facilitó la clave de la wifi (gratuita) y nos explicó que como no tenían habitación de 2 disponible, nos habían asignado por el mismo precio una de 3.

Las habitaciones estaban muy bien equipadas con su cama, sofá cama, un baño sencillo y una cocina con hervidor y vajilla a disposición. Además de una mesa camilla con sus sillas y un aparador con una tele que ni encendimos.

Dejamos las mochilas en las habitaciones, nos refrescamos y salimos de nuevo a la calle con intención de aprovechar lo poco de tarde que nos quedaba.

Volviendo a Çemberlitas y siguiendo un poco más adelante, con el sonido de la llamada al rezo nos adentramos en la zona del Gran Bazar.

Desde sus orígenes, Estambul ha tenido un rol importante en el aspecto comercial y durante el Imperio Otomano, el Gran Bazar era el centro económico. Se llama Gran Bazar por algo, y es que es el mayor de la ciudad con unos 45.000 m2 y uno de los más grandes del mundo. Se trata de un recinto techado que consta de 22 puertas que dan acceso a 64 calles y cerca de 3.600 tiendas. De todos los accesos, destacan 4 principales, las más conocidas son la de la Mezquita de Nuru Osmaniye y la de Beyazit, que es por la que entramos nosotros.

El interior está organizado de manera gremial y las calles llevan el nombre del gremio en cuestión: joyas, orfebrería, especias, espejos, toallas, cuero, zapatos, piel, seda, alfombras… Así que como verlo todo requiere de mucho tiempo y cerraba a las 19:30, obviamos pasillos que nos interesaban menos, como por ejemplo las alfombras (no íbamos a volver con una alfombra en el avión). Y anduvimos sin rumbo, simplemente observando la maraña de calles, de puestos y objetos que te puedes encontrar.

A pesar de lo que había oído y leído, los vendedores estaban bastante tranquilos y no nos agobiaron. Quizá porque era última hora de la tarde, o quizá porque no se nos veía con mucha intención de comprar. Sí que nos saludaban o intentaban adivinar la nacionalidad para soltar algún chascarrillo en nuestro idioma. Nos invitaban a pasar a las tiendas a ver los productos, pero con sonreír y decir que sólo estás mirando, nos dejaban continuar tranquilamente. De hecho, me he sentido más abrumada en el mercadillo de mi ciudad que en el Gran Bazar.

Es increíble lo bien que se conserva y a pesar de que a lo largo de su historia ha pasado por incencios y terremotos. Destacan los incendios del de 20 de noviembre de 1651 y el del 26 de noviembre de 1954. La estructura que tiene hoy en día se debe a las obras de mejora tras el terremoto de 1894, tras su renovación hubo calles aledañas que quedaron fuera del bazar. Así pues, no hay que quedarse sólo con el recinto, sino que conviene pasear por los alrededores. De hecho, es frecuente encontrar mejores precios.

A nosotros nos dio la hora del cierre, por lo que salimos al exterior y descubrimos más callejuelas con más comercios. Aunque también estaban cerrando, pero estuvo interesante poder observar el bullicio de la zona, cómo recogían los productos, sacaban cartones y basura a la calle; en definitiva, el trasiego de un día normal.

Como ya era de noche y estaban cerrando todo pero aún era pronto para dar por finiquitado el día, decidimos acercarnos al puerto de Eminönü para pasear a orillas del Bósforo. Merece la pena observar la ciudad de noche, con las mezquitas y edificios importantes iluminados.

De esta zona es de donde salen los barcos que hacen cruceros por el río, pero también hay unos barcos restaurantes donde se puede comer pescado fresco a precios populares, más barato que adentrándonos en la ciudad. Mi madre y yo quisimos probarlo, así que en uno de los puestos nos acercamos al muelle y le pedí dos Balik Ekmek, los famosos bocadillos de caballa. Y me dice ¡self service! Subes al barco, coges el pan, tomas el pescado de la plancha, añades lechuga, cebolla y pagas. Me parece perfecto, te sirves a tu gusto. El problema es que los barcos y yo no nos llevamos bien, y menos de esas dimensiones, ya que aquello se balanceaba que ni una mecedora. Pero el señor muy amable al ver mi cara de espanto le dijo al compañero que nos preparara dos bocatas y nos los sirvió sin problema. Por cinco liras teníamos la cena. La caballa era fresca y se deshacía al morderla, no necesita salsa adicional ya que estaba muy rica. Por cierto, para que después te limpies, puedes coger unas toallitas húmedas. No son como las de Japón, pero muy bien por el detalle. Nos los comimos en ruta, aunque también hay unas mesas con taburetes para poder degustarlos en el muelle.

El resto habían echado el ojo a algún local camino del hotel, así que para allá que nos volvimos. Tras dudar entre varias opciones se decantaron por un par de platos combinados que constaban de carne, arroz y ensalada.

Lo primero que descubrimos es que al contrario de los Kebab que se comen por aquí en España (en Europa en general), en Estambul no le echaban salsas a los platos, sino que la salsa va ya condimentada y no necesita añadido adicional.

Quedamos todos satisfechos con nuestras elecciones y tras revisar y ponernos de acuerdo en el plan del día siguiente, nos fuimos a descansar.

8 comentarios en “Estambul Día 1: Vuelo y Gran Bazar

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