Estambul día 2: Ferry a Üsküdar

Tras comer y pasear cerca de la Torre Gálata, volvimos a cruzar el puente hacia Eminönü. El barrio que en su día era el centro de la antigua ciudad amurallada de Constantinopla. Era un próspero puerto con comerciantes de todo tipo, un nudo de comunicaciones de la ciudad. En la actualidad es un barrio lleno de vida gracias al transporte de ferry más importante del Bósforo que permite la comunicación entre barrios de Estambul, incluso con la parte asiática de la ciudad, que es adonde nos dirigíamos.

En el puerto se pueden contratar los tours por el Bósforo a diversos precios y con variedad de horarios y duración. Sin embargo, como teníamos poco tiempo, decidimos tomar un ferry público, algo así como el de Staten Island para ver la Estatua de la Libertad. Este no es gratuito, pero con la Istanbulkart el trayecto cuesta 2.45TL. Aquí podéis ver los horarios, hay una buena frecuencia, ya que salen cada 15-20 minutos en las horas centrales del día. Sale justo al lado del Puente Gálata, y en apenas 20 minutos cambias de continente.

Como teníamos un sorprendente día soleado para tratarse de mediados de noviembre, decidimos subir a cubierta para poder disfrutar del trayecto. Nos sentamos en la parte trasera, que creo que es el mejor lugar para apreciar las vistas. A un lado dejamos el barrio de Eminönü y las siluetas de las mezquitas y al fondo Sultanahmet. Al otro lado Beyoğlu con la Torre Gálata destacando sobre la colina.

Durante el recorrido se navega por el Bósforo alejándonos del Puente Gálata y percibiendo una Estambul diferente.

Con el aire en la cara y acompañados por las gaviotas fuimos acercándonos a Asia divisando ambas orillas y la silueta de edificios – como el Palacio Dolmabahçe y mezquitas. Era el momento de sentirse como el pirata de Espronceda.

Y por fin nos acercábamos a Üsküdar, un contraste con los barrios que habíamos visto hasta el momento.

Nada más bajarnos del ferry nos mezclamos con los lugareños, apenas había turistas. De hecho, nos mimetizamos tanto que mientras paseábamos por el muelle y observábamos a los pescadores, se nos acercó un señor y se nos puso a hablar. Cuando eres moreno, con el pelo rizado y llevas una espesa barba de un mes, parece que podrías pasar por un turco más. Y eso es lo que le pasó a mi marido, que, para no ofender al paisano, asentía a lo que le comentaba y le sonreía copiando sus expresiones faciales.

En la zona se respiraba ambiente de barrio, con gente esperando en la parada del autobús, trabajadores que acababan su jornada laboral, jóvenes haciendo picnic, familias paseando o sentados en una terraza disfrutando de una bebida caliente. Y de fondo, la llamada de las mezquitas de las 14:35. En Üsküdar se percibe la esencia de Estambul, sin locales turísticos, sino que lo que destacan son mercados de frutas, pescado, vendedores ambulantes, casetas de comida callejera…

Callejeamos por el parque próximo al muelle y nos adentramos por el barrio, por sus calles sin contaminación de masa de turistas. Y después volvimos a la costa para encontrar el ansiado punto desde el que veríamos atardecer.

Dejando la parada del ferry a mano derecha, caminamos por el paseo que discurre junto al Bósforo. A nuestro camino vamos dejando restaurantes y locales, pero había leído que había una zona con alfombras en una grada que era el punto óptimo para ver el otro continente. Este restaurante se encuentra a la altura de la Torre de Leandro, apenas a unos 10 minutos desde la terminal.

Sin embargo, nosotros no nos detuvimos en las alfombras, sino que continuamos un poco más y encontramos unas piedras desde donde teníamos unas vistas impresionantes.

A mano derecha nos quedaba la Torre de Leandro, en una isla en medio del Bósforo a unos 200 metros de la orilla. Fue construida en el siglo XVIII sobre los restos de una antigua torre bizantina. Durante los siglos ha tenido infinidad de usos. Ha sido faro, semáforo, un punto de sujeción de cadenas para cerrar el Bósforo, puesto de aduanas e incluso casa de retiro de oficiales turcos.

En la mitología griega, Leandro era un joven que mantenía un romance con Hera, sacerdotisa de Afrodita. El enamorado cruzaba todas las noches el Bósforo a nado siguiendo una antorcha que Hera colocaba en la torre. Una noche, la tormenta apagó la antorcha y Leandro murió ahogado. La sacerdotisa desesperada de dolor, se arrojó al mar.

También es conocida como La Torre de la Doncella, ya que un emperador bizantino encerró a su hija para protegerla, sin embargo una bruja introdujo una serpiente en una cesta de uvas y su picadura fue mortal.

Nos quedaba una hora para el atardecer, el sol aún lucía y nos calentaba. Mientras estábamos allí sentados contemplando las vistas, iban llegando grupos de chavales, familias y parejas para disfrutar también del paisaje. Y parece que mi hermano también podría pasar por turco, ya que se le acercaron y con un toque en el hombro, unas palabras en turco y una cámara en mano, le pidieron una foto. Parece que si llevas una barba muy espesa y morena podrías pasar por turco. Bueno, y también que por nuestra sangre debe correr ADN árabe, quizá de nuestros antepasados toledanos.

Los minutos iban pasando, el sol iba bajando y volvimos a ponernos las chaquetas. Pasaban vendedores ambulantes vendiendo pipas y obleas. El cielo poco a poco iba cambiando la paleta de colores tornándose más anaranjado a cada segundo.

Es imposible expresar con palabras la belleza del momento en que empieza a atardecer. Ni siquiera las imágenes captan la belleza de la vista. El último atardecer que nos había sorprendido había sido el de Budapest. El de Estambul lo superó. Estaría casi a la par con el del Gran Cañón, aunque ahí contamos con el factor impresión de ver la abertura de la tierra y la inmensidad del barranco.

Me sorprendió ver que apenas había gente disfrutando de las vistas. No estábamos solos, cierto es, pero poca gente para el espectáculo natural que uno puede apreciar. Supongo que la mayoría de los visitantes de Estambul se centran más en los barcos que realizan excursiones turísticas e ignoran estos lugares mágicos en los que uno sólo tiene que sentarse, relajarse y observar el panorama mientras pasan los minutos.

No sé la cantidad de fotos que hicimos de la hora que estuvimos sentados hablando y observando, viendo a la gente pasar, relajándonos y empapándonos del ritmo de la ciudad y del Bósforo. Veíamos pasar barcos de mercancías continuamente. Las aguas del Bósforo se consideran internacionales bajo control turco. Son internacionales porque el paso es vital para poder dar salida a los mares del sur a países como Rumanía Bulgaria, Ucrania y Rusia.

Cuando el sol terminó de ocultarse y con una nueva llamada a la oración, nos dirigimos de vuelta a la terminal del ferry. En el camino de vuelta, al pasar por la zona de las alfombras, paramos en un kiosco a comprar unos tés y unos cafés. La temperatura había disminuido al caer el sol, y apenas eran las 5 de la tarde, por lo que era buena hora para tomar una bebida caliente.

El café se popularizó en el país en el siglo XVI y su evolución fue meteórica, apareciendo varios locales por Estambul. En los primeros cafés se cerraban transacciones económicas y se trataban asuntos sociales. El café turco tiene una forma especial de prepararse. Se hace en un cazo de cobre de mango largo. En él se mezclan sin filtro el agua y el café molido muy fino. Una vez hervido se pasa a la taza, en la que se deja reposar. El resultado es un café muy cremoso, cercano al chocolate. Es fuerte y sabroso. Al pedirlo para llevar, lo ponen en una taza de poliestireno blanco y los posos no se quedan abajo, sino que se van pegando en las paredes del vaso. Así que mejor pedirlo para tomar y sentarse a degustarlo.

De nuevo en el ferry nos subimos a la planta superior para poder observar el Bósforo y la iluminación de los edificios de vuelta a Eminönü con el recuerdo de un bello atardecer.

4 comentarios en “Estambul día 2: Ferry a Üsküdar

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