Unión Obrera, Flora Tristán

Tras leer a Virginia Woolf y Una habitación propia, cayó en mis manos Unión Obrera de Flora Tristán, una mujer que ya en 1840 hablaba de socialismo y de la lucha de los proletarios. De hecho, su publicación es anterior al Manifiesto Comunista de Marx y ya expone muchas de las ideas que este recogerían en su obra en 1848. Pero como tantas otras mujeres importantes en la historia, no tiene el mismo reconocimiento que sus coetáneos varones.

Tristán fue hija ilegítima y tuvo una vida complicada llena de penurias económicas. Con 17 se casó por conveniencia y tras años de malos tratos y con un par de hijos, se separó de su marido. Aunque este no cejó en su empeño de acabar con ella llegando incluso a dispararla en la calle.

Ella se definía a sí misma como una paria. Por un lado por ser hija ilegítima, y por otro por un matrimonio que casi le lleva a la muerte. Pero sobre todo, por ser mujer, ya que a pesar del reconocimiento de la Revolución Francesa de que todos los ciudadanos eran iguales ante la ley, esta afirmación no era real para las ciudadanas. Las mujeres aún no habían alcanzado la jerarquía de persona.

En Unión Obrera habla de socialismo, de la importancia de las sociedades de socorro, de la agrupación del obrero, de la unidad. Se basa en dos principios: en el Derecho al Trabajo y el Derecho a la Organización del Trabajo. En todo momento el trabajo es sagrado, es alrededor de lo que gira todo. Pero además, y aquí es donde se sale de los esquemas de sus compañeros, dedica un capítulo a las mujeres obreras, que suponen la mitad de la humanidad, pero que viven oprimidas y discriminadas.

Clama a la necesidad de que las mujeres sean instruidas, de que puedan estudiar y formarse, porque no solo así serán ellas mejores, sino también sus compañeros varones y, en definitiva, toda la clase obrera. Porque no es que la mujer sea incapaz, sino que no tiene posibilidad de deslumbrar porque el patriarcado lo impide. La misma idea que exponía Woolf con el ejemplo de los hermanos Shakespeare. Apela a la educación como elemento liberalizador.

Ella misma fue autodidacta, y hace hincapié en que las mujeres viven explotadas económicamente, ya que cuando son niñas, en lugar de ser mandadas al colegio, se quedan en casa para ayudar con las tareas, y, después, sobre los doce años se las coloca de aprendizas, donde seguirán siendo explotadas. La mujer se encuentra en un estado de servidumbre y dependencia, siempre ha soportado un trato diferenciado estando supeditada a los intereses y necesidades del hombre. El ejemplo que ponía Wolff de que las mujeres son el espejo con visión ampliada en el que se miran los hombres, siempre encumbrándolos mientras ellas son empequeñecidas. La mujer siempre definida en relación al hombre, no por sí misma.

Así pues, Tristán pone de relieve el doble sometimiento de la mujer. Por un lado en el trabajo, y por otro en la familia. Ella misma lo ha vivido con su matrimonio, aludiendo a él como “el único infierno que reconozco”. Habla del matrimonio como medio de opresión contra las mujeres. Un contrato que no sirve sino para establecer la sumisión de la esposa a la voluntad del marido. No es un acuerdo entre iguales, sino una forma de dominio patriarcal en toda regla. Por tanto, no es de extrañar que una de sus luchas fuera el restablecimiento del divorcio abolido en ese momento del Código Civil francés.

Para el establecimiento de una sociedad más justa en la que las mujeres aporten más fuerza y capacidad a la lucha obrera apela a los hombres, ya que son ellos quienes tienen los privilegios y están ejerciendo la opresión. Pero a la vez les señala que ellos mismos son víctimas del sistema patriarcal. Desarrolla su idea haciéndoles ver que si en vez de una esposa inferior, ignorante y oprimida, tuvieran en casa una compañera, todos serían más felices. Tendrían una lucha común, podrían conversar, ella criaría mejor a los hijos y habría armonía en el hogar.

Aquí es donde chirría un poco su argumentario, ya que a pesar de que aspira a que la mujer sea tratada como un ser libre, no deja de lado los roles de madre, esposa, hija o ama de casa. Parece olvidarse de que el hecho de que las tareas de casa y los cuidados recaigan exclusivamente sobre la mujer también son una forma más de opresión y servidumbre. Aunque hay que dar un paso atrás y mirar con perspectiva. Hay que entender el contexto de Flora Tristán, la época en la que vivía.

En la misma línea, su discurso está cargado de espiritualismo, y es que era una mujer muy creyente. Aunque también criticaba a la Iglesia como institución cuando decía que la ciencia, la religión y la sociedad eran artífices de esta situación en que se encontraba la mujer como raza inferior, ignorante y oprimida.

Unión Obrera supone una especie de discurso transcrito más que un ensayo ordenado. Sin embargo, hay que reconocer la importancia de lo que intenta plasmar, tanto en la idea de la asociación de los trabajadores para luchar por un bien común, como en señalar que aunque el obrero sigue oprimido, aún hay alguien más sometido aún, y esa es su esposa. Aspiraba a que quedara reflejado en la ley la igualdad de las mujeres con respecto a los hombres, que estas fueran educadas para que así se libraran de la ignorancia y, como consecuencia, de la miseria.

Poco se conoce a Flora Tristán para lo que significan sus ideas.

Conducir en Escocia

Para poder perderse por Escocia parece no quedar más remedio que alquilar un coche. Sí, se puede viajar en tren, incluso hay unos bonos para el bus que funcionan de forma similar al Interrail; sin embargo, ninguna de las dos opciones da la movilidad y autonomía de un vehículo propio (aunque sea por unos días). Es la mejor forma de conocer la esencia del país y descubrir los parajes más recónditos.

Obviamente se puede hacer mediante agencia, pero esa opción estaba descartada ya antes de pensar en el viaje incluso. No sólo por la comodidad de viajar por libre en general, sino porque además Escocia ofrece tantos lugares interesantes que más de una vez querrás parar, estirar las piernas, respirar aire puro, observar los paisajes y disfrutar sin más. Eso no te lo da ni un viaje organizado, ni cuando dependes de horarios de trenes y buses.

Así que alquilamos coche. Muy bien. Pero, ¿qué tal lo de conducir por la izquierda?

Pues está lleno de anécdotas. Para empezar el ir a entrar por la puerta que no es. Ir a abrir la del conductor y que te pregunten ¿conduces tú? O al revés, que el otro se vaya para el sitio del copiloto y le digas ¿lo llevo yo? ¿me das las llaves?

Ya en el asiento de piloto te preparas espejos, las distancias, altura del volante, cinturón… y te giras para la izquierda, y claro, no está. Risita tonta. Para el otro lado. Click. Venga, allá vamos, pies en posición. Por los pedales no hay que preocuparse, afortunadamente, ya que conservan el mismo orden. En este sentido es peor un automático, ya que se te va el pie al embrague y como no hay, toma frenazo. Pero nos queda meter marchas. Un par de ensayos cerca del local de recogida del vehículo y todo controlado, porque vas con el chip de prestarle a todo mucha atención. Eso sí, cuando te confías y llevas unos días, no te libras de algún que otro manotazo a la puerta para cambiar de marcha.

Nos ponemos en movimiento y nos incorporamos a la circulación. Bueno, aquí hay dos cuestiones. Una ventaja y un inconveniente. Cuando te mueves por una ciudad con bastante tráfico, como Edimburgo, Inverness, Stirling o Glasgow, lo bueno es que tienes otros coches a los que seguir como referencia a la hora de hacer una glorieta, incorporarte tras un ceda o un stop, o simplemente seguir al de delante para ver a qué carril se incorpora. El inconveniente es que hay más tráfico, es todo más rápido y has de tener buenos reflejos y no atorarte. Recuerda que el carril lento es el de la izquierda, el de más a la izquierda de todos.

Lo de adelantar también se hace complicado porque no estás acostumbrado a tomar las referencias desde el otro asiento. Y lo de aparcar tiene también su problemática. Mil maniobras hasta que calculas no sólo las dimensiones del coche sino la perspectiva. Puedes llegar a darte cuenta de que tienes menos giro de cuello mirando hacia la izquierda que hacia la derecha.

Desde el lado del copiloto también es un punto, porque en los giros te da la sensación de que el que viene en el otro sentido se te va a empotrar. Es un tanto inquietante, sobre todo cuando bajas la cabeza un momento para mirar un mapa y luego vuelves a mirar al frente. Son unos milisegundos, hasta que caes en que no estás en España, pero están ahí. Al menos los primeros días. Como copiloto tienes una misión: en cada cruce, incorporación, giro o glorieta, recordar continuamente a su piloto izquierda, izquierda, izquierda. Te falta el puño en alto y cantar la Internacional.

Por otro lado, cuando te adentras en las Highlands, más allá de autopistas, la ventaja es que se va más lento, con una velocidad media de 60 km/h; y el inconveniente es que hay menos tráfico, en algunos sitios ni siquiera hay, salvo que consideremos al ganado como tráfico. Así pues, no hay mucha referencia y quizá tiendas hacia la derecha, o a ir por el centro, y cuando te cruzas con alguien tienes que reaccionar rápidamente. Así que ojo con eso.

Por cierto, como peatón, recuerda: Look right.

Aunque el verdadero peligro está en las carreteras de un único carril y sin arcén. Pero por suerte existen los famosos passing places. No encontrarás una señal de peligro con una flecha negra y otra roja indicando quién tiene preferencia, sino que quien tiene una cuneta asfaltada a su izquierda, es el que ha de apartarse y dejar pasar al que viene en el otro sentido. Las carreteras son estrechas, muy estrechas. A veces con acantilados. Y eso también es un peligro añadido, el paisaje es tan bello, que mejor parar cada poco y disfrutarlo, porque despista.

Además de los apartaderos, en la mayoría de las carreteras hay aparcamientos donde parar. En azul simplemente los de descanso, y en marrón los que tienen interés turístico, como unas buenas vistas o el comienzo de alguna ruta. Y lo bueno que tienen los aparcamientos donde hay un punto turístico es que cuando vas a volver a la marcha te recuerda el sentido de la conducción.

Como ya he comentado en otras ocasiones, llevábamos GPS y mapa. El GPS está bien, te lo da mascado, pero eso también es un inconveniente, ya que calcula en base al recorrido óptimo, que suele ser el más corto y no necesariamente el más interesante paisajísticamente hablando. Así que viene bien tener un mapa para ir marcándole la ruta indicándole lugares de paso. También con el mapa ves si las carreteras son autopistas, carreteras comarcales, locales o un camino de cabras (o vacas con flequillo).

Por cierto, mucho ojo con los radares, que Escocia está plagada. Y sin olvidar que la tasa de alcoholemia es 0.0, por lo que nada de conducir tras una cata de whisky. Y cuidado con el cuentakilómetros que a veces despista. Que ves un 120 y piensas que es km/h y en millas es una pasada. En algunos coches sólo cuenta eso, kilómetros y no millas como figura en las señales de tráfico. En la mayoría de los de alquiler figura en ambas unidades, como ya nos encontráramos en EEUU.

Otro dato a tener en cuenta es que los límites permitidos no son exactamente los mismos que en España. Para consultar algunas normas básicas de la conducción, podéis echar un ojo a la página de turismo de Escocia. Aquí se detallan algunos puntos significativos. Si queréis consultar el código completo, podéis hacerlo en esta otra.

Recuerdo que con un carnet de conducir de la UE no es necesario tramitar el Permiso de Conducir Internacional.

En cuanto a la gasolina, no es que sea Death Valley, pero en algunas zonas puede ser complicado encontrar gasolineras. Y cuidado porque los domingos no abren, así que conviene repostar en la primera con la que te cruzas por la mañana. Nosotros cogimos la rutina de completar el depósito a la que parábamos a comprar en alguna tienda para llevar provisiones para el día. Combustible para nuestro estómago y para el coche. No todos los días era necesario, pero conviene saber cómo llevas el depósito. En general son todas autoservicio y previo paso por caja a pagar.

En total hicimos unas 1430 millas, aproximadamente unos 2300 kilómetros en 11 días.

El coche se comportó bien en ciudad, aunque una vez en carretera o en subida se veía que no daba de más ya que tenía muy poca potencia. Pero bueno, te quedas en tu carril, dejas que te adelanten y te lo tomas con calma. Por lo demás, teníamos espacio de sobra, y afortunadamente no tuvimos ningún problema de chinas en el camino o pinchazos. Algo que parece ser común. Aunque sobre todo vimos coches dañados por la humedad con los bajos oxidados o la pintura comida.

La única incidencia que tuvimos en carretera fue un par de cortes por tala preventiva de árboles. Pero no está nada mal señalizado. Al contrario, nada de señor operario con chaleco y casco sosteniendo una señal de stop. Te plantan un semáforo, unos paneles, la velocidad máxima y unos conos. Y el tráfico se va abriendo en uno y otro sentido. Muy fluido todo. Solo estuvimos parados más de la cuenta una vez y fue porque se les cayó una rama bien grande a la calzada y tardaron en moverla.

En general las carreteras que recorrimos son de doble sentido y en buen estado, salvo cuando empiezas a subir hacia el norte. En la zona de las Tierras Altas son más estrechas, salvo alguna parte que de repente tiene una calidad superior, con mejor asfaltado. Y ahí ves el cartel de los fondos de la Comunidad Europea. Otro motivo para no querer el Brexit.

En cualquier caso, pese a lo diferente que puede ser, os animo a probarlo. En el fondo parece más complejo en nuestras cabezas que luego sentados ante el volante. Si no te terminas de atrever, siempre puedes elegir un coche automático para que te facilite un poco la tarea (aunque son un poco más caros). Lo bueno de la experiencia es que ya has cogido práctica para Seychelles, Chipre, Malta, Sudáfrica, Irlanda, la India, Japón, Australia o Nueva Zelanda. 😉

Os animo a conocer Escocia en coche, pues tras cada curva, cada pueblo, cada cambio de rasante, cada passing place, cada milla hay algo que os sorprenderá y encandilará.

Alojarse en Escocia

Para vivir la auténtica experiencia escocesa hay que alojarse en un típico Bed & Breakfast. Ya comenté cuando hablé de los preparativos que era un tipo de alojamiento que no habíamos experimentado hasta la fecha y que en un principio no habíamos valorado. Sin embargo, tras navegar un poco por internet y valorar diversas opciones, resultaba lo más apropiado para nuestro bolsillo y para nuestro tipo de viaje.

Los B&B están hasta en los lugares más remotos, algo que no ocurre con los hoteles, que además de ser escasos, suelen ser más antiguos y caros. El problema de estas casas particulares es que ofrecen pocas habitaciones, con lo que hay que reservar con tiempo antes de que vuelen. Pero, la relación calidad/precio suele ser excelente. Y los más alejados y rurales son los que tienen más encanto. Para reservar, tan simple como cruzar un par de correos electrónicos con los propietarios. Rara vez nos pidieron señal o tarjeta de crédito.

Para buscar calidad, es recomendable buscar el sello:

Certificado

Como su propio nombre indica, ofrecen cama y desayuno. Pero además, generalmente tienes a disposición una tetera y unos dulces.

La atención es mucho más personalizada y ya en la llegada, aparte de enseñarte la casa, el anfitrión te recomendará puntos de interés de la ciudad, pueblo o alrededores, así como restaurantes de la zona donde poder cenar. Son auténticos guías locales. Sarah en Durness nos dejó hasta un mapa y nos indicó lugares recónditos que solo los lugareños conocen.

En esta charla de bienvenida te explicarán también la oferta de desayuno.

Menú desayuno

En algunos encontramos opción vegetariana, en otros tenían pescado local en vez de el típico salmón como Jenny en Mallaig, donde es común el arenque. Pero en cualquier caso, el desayuno te lo preparan al momento. Todo casero. Con pactar la hora el día anterior y especificar qué vas a tomar, para cuando vayas al comedor ya tendrás el café o té recién preparado.

Ya dependerá de cada uno si se atreve con un Full Scottish Breakfast o la versión reducida.

El desayuno, que suele ser en un pequeño comedor, sirve para entablar conversación con otros huéspedes o con el mismo anfitrión entre idas y venidas a la cocina, lo que permite practicar el nivel de inglés y profundizar en la cultura escocesa, las rutas que hacen otros viajeros, recomendaciones y consejos.

Por cierto, el horario del desayuno suele ser de 7 a 9. Sí, hay que madrugar, pero es que en Escocia amanece muy pronto, sobre todo en verano. A las 7 ya es día abierto (si es que luce el sol) y si eres como yo, que acostumbra a dormir en un búnker, esas cortinas sin persianas no servirán de mucho a partir de las 6 de la mañana. Además, si quieres aprovechar el día, lo más normal es que quieras estar en la carretera. No es de extrañar pues, que el horario de salida suela ser las 10 (11 de la mañana como muy tarde).

Estos fueron nuestros alojamientos:

  • Edimburgo: Richmond Place Apartments. Estaban en un paseo al centro y muy bien equipados. Se ve que eran nuevos. El tener un espacio cocina-comedor, nos permitía desayunar tranquilamente, o volvernos a cenar tras un día pateando la ciudad. No cocinamos, y quizá ahí estaría el fallo, porque a no ser que la campana extractora funcione muy bien, los olores subirán al dormitorio. Pero bueno, para un par de días fue una buena elección. El edificio es una residencia universitaria y se accede a las puertas con una especie de tarjeta/imán. Pagamos £182.64 por las dos noches.

  • Aberdeen: Skene House Whitehall. Este hotel estaba también a un paseo del centro, aunque Aberdeen no es una gran ciudad, por lo que ninguna pega al respecto. También teníamos una zona cocina-comedor, que daba para lo justo. Perfecto para nuestra estancia, aunque como teníamos el desayuno incluido, apenas la usamos, tan solo la nevera y algún vaso y cubiertos para la cena. Las velux sobre la cama pueden ser un problema si quieres dormir hasta tarde o si necesitas silencio para dormir, ya que la lluvia repiqueteaba en los cristales. Nos costó £77.22.

  • Inverness: The Gatehouse.  Este B&B se encuentra bastante alejado del centro. Pero es que me resultó complicado encontrar algo más céntrico. Y como además no teníamos intención de ver la ciudad, sino simplemente como parada nocturna, nos era suficiente. Pensábamos que íbamos a tener el baño ensuite, y aunque había uno únicamente a nuestra disposición, había que salir de la habitación. Pagamos £75.

  • Thurso: The Holborn Hotel. Este hotel es algo antiguo y se encuentra sobre un bar. Aunque no lo encontramos especialmente ruidoso. La habitación era lo justo con lo que se ve. La butaca incluso nos estorbaba con la maleta y las mochilas dentro. Este salió por £84.50 con alojamiento y desayuno.

  • Durness: Churchend Cottage. Este Bed & Breakfast se encuentra en las afueras del pueblo. Por decir algo, ya que es un pueblo un tanto esparcido. Pero hay un paseo a la zona donde hay más movimiento. Sin embargo, tanto su anfitriona como el lugar son encantadores. Es un alojamiento que recuerda a una cabaña, pero está a la última. Es todo bastante moderno, desde la ducha eléctrica, hasta la televisión por satélite, pasando por los enchufes usb. Nos costó £70 la noche.

  • Ullapool: Fonaiven. En este pequeño pueblo pesquero nos alojamos en un B&B a un corto paseo de la playa tras atravesar una ruta por el bosque. Esta vez sí que teníamos el baño en la habitación, y bastante moderno también. De nuevo con ducha eléctrica, muy común por lo que vimos en nuestro viaje. Tienen un botón de encendido, regulas la temperatura y listo. Supongo que es más cómodo que tener un termo para toda la casa cuando alquilas varias habitaciones. Esta fue una de las más baratas, tan solo £65.

  • Inverness: Silverstrands Guest House. Algo más próximo del centro que nuestra anterior parada en la ciudad, este B&B regentado por Kenny también tenía sus detalles y nos resultó muy cómodo. Sin embargo, tampoco tenía baño incluido en la habitación. Eso sí, de nuevo, aunque había que salir al pasillo, el baño solo lo usábamos nosotros, ya que la gente de la planta de arriba sí que lo tenía dentro. Muy cuidado el desayuno, la presentación y la atención de Kenny. Calidad por £77.50.

  • Portree: Lochview. Como su nombre indica, este B&B tenía unas impresionantes vistas al lago. Eso sí, para ir a los pueblos próximos había que coger el coche. No encontré nada interesante en Portree y decidí alejarme en mi búsqueda. El resultado fue una buena elección. Tanto la habitación como el baño eran amplios y modernos. Teníamos hasta una ducha de grifos. Elaine cuidaba cada detalle, como los yogures con su original presentación. Nos costó £80.

  • Mallaig: Ashdale Bed and Breakfast. En el pequeño pueblo de Mallaig nos alojamos en casa de Jenny, una anciana encantadora que nos ofreció una habitación triple con vistas al mar. El baño, aunque pequeño, estaba dentro de la habitación y era también bastante moderno. De nuevo con la ducha eléctrica. Dado que el otro huésped alojado no desayunó, Jenny solo cocinó para nosotros y quizá fue el B&B en el que menos variedad tuvimos. De precio, en la media: £70.

  • Oban: Lochnell Arms. En realidad no se encontraba en Oban, sino en Connell, me fue imposible encontrar nada en Oban y solo encontré habitación en este hotel. Al igual que nos ocurrió en Thurso, es algo antiguo, y también tenía un bar debajo. El hotel es algo viejo, y así lo muestran la habitación y el baño. Lo justo para una parada, poco más. También es verdad, que fue de los más baratos: £65.

  • Stirling: Rawenswood Guest House. La casa de Stuart está en la carretera que lleva a Stirling y está muy bien preparada. La habitación era algo justa, pero el baño era amplio y moderno. Sí, también con la ducha eléctrica. La clave de la wifi era diferente para cada habitación e iba bastante rápida la conexión. El desayuno ofertaba también una opción vegetariana y sus proveedores eran agricultores y ganaderos locales. Nos costó £85.

  • Edimburgo: Easyhotel Princes Street. Para el último día era complicado encontrar alojamiento, puesto que al día siguiente comenzaba el Fringe, así que la ocupación estaba bastante completa en la ciudad. Como ya era nuestro último día y no íbamos a necesitar mucho más que dormir y ducha, nos decantamos por esta cadena que es básica. Muy básica. Pero también barata: £60.95.

En total gastamos £992.81, unos 1200-1300€. Es algo más de lo que solemos invertir habitualmente, ya que nuestro presupuesto por noche suele ser 50-60€, pero en este caso, en Escocia, hay que subir un poco porque lo normal son las £70 por noche. También es verdad que estamos incluyendo el desayuno – un señor desayuno – y la atención personalizada. Alternamos hoteles y B&B, y sin duda, me quedaría con la experiencia de alojarse en casas particulares, ya que se vive el viaje de una forma más auténtica.

Conclusiones del Itinerario por Escocia

Escocia ofrece todo tipo de puntos de interés; desde interesantes ciudades con históricas fortificaciones hasta escarpados acantilados, interminables playas, colosales montañas y misteriosos lagos. Por supuesto, no hay que olvidar los campos de batallas o los restos prehistóricos. Hay mucho que ver, y la elección dependerá de cada viajero y sus preferencias. En nuestro caso, queríamos un poco de todo: algo de ciudad, mucho de verde, un poco de historia, retazos de cultura… Quizá lo único que se quedaba fuera era el golf.

Con esta premisa, configurar un itinerario en el que intentar aunar todo, no es tarea fácil. Había que concentrar mucho en un par de semanas. Como ya comenté al inicio del relato, escribí a VisitScotland para saber por dónde empezar. Tras leer la información, lo primero que descartamos fueron las islas. Era imposible abarcar tanto. Nos quedábamos con la parte peninsular. Después, una vez elegido aeropuerto de entrada y salida, todo apuntó a la parte norte, dejando las Tierras Bajas para otro momento.

Partiendo de Edimburgo, con una ruta circular y contando con 13/14 días, empezamos marcando en el mapa puntos para ver y salen demasiados para verlos todos. Imposible por la climatología y las carreteras. Y aún así, in situ hubo que saltarse algunas paradas por ausencia de tiempo o reconfigurar el día por los horarios de visitas o la falta de luz. Aunque lo cierto es que en general cumplimos con la planificación inicial.

En Edimburgo no cambiamos mucho la planificación, sí que intentamos concentrar más cosas en el primer día por la previsión de lluvia para el segundo. Pero pese a los pequeños ajustes, conseguimos ver tanto la ciudad nueva como la vieja, así como el Castillo y ambas colinas.

En nuestro primer día de ruta (tercero de viaje) teníamos previsto Edimburgo – Aberdeen parando en Saint Andrews, Dundee, Glamis Castle y Dunnottar Castle. Tuvimos que dejar fuera Dundee, pues según íbamos cruzando el puente, y valorando los horarios de los castillos, decidimos que había que sacrificar algo. Y aún así llegamos a Stonehaven casi a la hora de cierre y no entramos al castillo. Sin embargo, sí que dimos un paseo por Aberdeen, aligerando así el siguiente día.

Aunque Glamis Castle resulta interesante, lo ideal habría sido: Edimburgo – Saint Andrews – Stonehaven – Dunnotar Castle – Aberdeen.

Pero bueno, como mi hermano se fue a vivir a Aberdeen, quizá nos espere una visita pronto y podamos resarcirnos. Así quedaría con la modificación:

El cuarto día teníamos previsto Aberdeen – Inverness con paradas en Huntly Castle, Destilería, Keith, Elgin, Cawdor Castle, Fort George y Culloden Battlefield. Demasiado para un mismo día, y eso que fuimos descartando. Comenzamos paseando por Old Aberdeen y visitamos el castillo por la mañana. Dedicamos la tarde a la destilería, pero para cuando quisimos llegar a Elgin y Fort George ya estaban cerrados. Keith fue una pérdida de tiempo, Cawdor Castle hubo que descartarlo y Culloden Battlefield directamente lo pospusimos porque no íbamos a ver nada ya casi al atardecer.

Así que, simplificaría el día de la siguiente manera:

El quinto día dejábamos Inverness para subir al norte, hasta Thurso. Las paradas del día eran Rogie Falls, Dornoch, Dunrobin Castle y los acantilados John O’Groats. Este día estaba bien ajustado, pues nos dio tiempo a todo. Eso sí quitando de la ecuación el Dunrobin Castle. A mi parecer, mucho más interesantes fueron las paradas en los acantilados que en un castillo que destacaba por sus jardines. Prefiero ver naturaleza abierta.

El sexto día seguimos en el norte y creo que no requiere de más ajustes que los que hicimos en ruta. Fuimos de Thurso a Durness parando en Melvich Bay, Fiordo de Eriboll y Smoo Cave. Seguimos la planificación del día salvo al final, que como no pudimos visitar la cueva, nos fuimos a descubrir rincones de Durness. Y de hecho, al tratarse de lugares al aire libre, aunque hubiéramos visitado la cueva, nos habría dado tiempo a darnos el paseo por la bahía y el pueblo.

Nuestro séptimo día vino en parte condicionado por los Highland Games en Durness, a partir de ahí, solo nos quedaba la tarde para llegar a nuestro destino en Ullapool. Sin embargo, era algo imprescindible, ya que era el único lugar en el que podríamos conocer este acontecimiento que se celebra en diferentes fechas por todo el país en verano. Como comenzaba a media mañana, aprovechamos a primera hora para probar suerte con Smoo Cave y a buscar la secret beach.

En principio teníamos previsto Balnakeil Bay, Ardvreck Castle y el Parque Natural de Knockan Crag. Pero Balnakeil quedó visto el día anterior, así que algo habíamos aligerado. El parque lo atravesamos sin más, no hubo que desviarse y Ullapool es un pueblecito pesquero pequeño por el que dimos un paseo pero que no nos llevó mucho tiempo. Así que la ruta quedaría así:

El octavo día volvíamos a Inverness con un día completito. Teníamos prevista la ruta circular por el Lago Ness, visitando Urquhart Castle y Fort Augustus. Sin embargo, dado que el cuarto día habíamos tenido que ajustar y se quedaron fuera Fort George y Culloden Battlefield, los incorporamos a esta jornada. Nos fuimos directos a Fort George desde Ullapool, después visitamos el campo de batalla, añadimos Clava Cairns y finalmente retomamos la planificación con el lago, el castillo y Fort Augustus, para finalizar en Inverness dando un corto paseo ya al atardecer bajo la lluvia intermitente.

Resultó ser un día agotador. Sin embargo, si lo volviera a hacer, dejaría fuera Fort George porque por muy importante que fuera en su momento, ni siquiera cumplió su función. Quizá hasta Culloden Battlefield, aunque es es un lugar muy señalado para la historia de Escocia. Ninguna de las dos paradas me resultó tan interesante como las Clava Cairns.

Eliminando una de estas dos visitas (o las dos), habría más tiempo para la naturaleza que nos ofrece el entorno del Lago Ness, así como un tranquilo paseo entre las ruinas del Urquhart Castle.

En nuestro noveno día de viaje, nos dirigimos hacia Skye. Si bien es cierto que habíamos dejado fuera las islas, parece que el acceso a esta región de las Hébridas Interiores parecía posible, así que ahí quedó en la planificación. Las paradas serían Dornie, Portree y Old Man of Storr. Ninguna pega a esta ruta, ya que tanto Dornie como Portree son pueblos pequeños, lo que realmente lleva su tiempo es la subida al Old Man of Storr. Sin duda uno de mis días favoritos. Fue exigente, pero si te gusta la naturaleza, es una caminata indispensable.

Además, como cuando terminamos la ruta nos quedaban horas de luz, adelantamos parte de lo previsto para el día siguiente subiendo hasta Uig y bajando por la costa parando en la cascada de Kilt Rock. Quedó rematado el día.

El décimo día era complicado, porque teníamos que estar en el ferry a última hora de la tarde. No es lo mismo la hora de llegada de un hotel que la de un transporte. Aunque si hubiéramos perdido el barco podríamos haber salido por el puente, tal y como entramos, sin embargo, nos habría supuesto muchos más kilómetros y tiempo. Tenía solución, pero mejor intentar cumplir con la previsión.

En principio la idea era Fairy Glen, Uig, Coral Beach, Dunvegan Castle, Neist Point Lighthouse y llegar a Armadale para coger el ferry a Mallaig. Con Uig ya visto, decidimos descartar también Fairy Glen. Seguro que es un paraje estupendo y totalmente místico, pero no daba tiempo. Y ya a las puertas del Dunvegan Castle también lo suprimimos porque preferíamos ver naturaleza, paisajes y acantilados antes que los restos de una bandera, con mucha historia, sí, pero hay que seleccionar y algo se tiene que quedar fuera.

Con estas exclusiones, quedó un día mucho más despejado, tranquilo y para disfrutar con calma. Incluso nos dio para descubrir en el camino Dun Beag Brog y entrar al castillo del Clan Donald.

El decimoprimer día sí que lo cambiamos totalmente porque no estaba bien organizado. La ruta era Mallaig – Oban pasando por Glenfinnan, Kinlochleven, Glencoe, Castle Stalker y Ardchattan Priory. Sin embargo, la noche anterior revisando la planificación, optamos por salir de Mallaig con tiempo de llegar a Glenfinnan a la hora del tren de vapor, después paseo por Fort William, recorrido de ida y vuelta por Glencoe, Dunstaffnage Castle y para finalizar Castle Stalker.

Quedaba un poco con idas y venidas, pero había que cuadrar horarios. En primer lugar por el tren, y después porque el Dunstaffnage Castle cerraba pronto. El Castle Stalker quedaba de camino, pero como está en una isla y solo lo íbamos a ver de lejos, pues pensamos que era mejor volver después del cierre del primer castillo y parar tranquilamente. Aunque lo cierto es que después no estuvimos mucho tiempo, porque empezó a chispear, así que lo justo para cuatro fotos.

En resumen, no estuvo mal del todo, pero creo que nos sobró Fort William, y ese tiempo ahorrado lo podríamos haber empleado en recorrer más tranquilamente, o más trecho, el Glencoe.

Oban quedó fuera porque cuando pasamos con el coche dirección a Dunstaffnage no nos pareció lo suficientemente interesante y ya llevábamos un día bastante cargado. Y lo que nos esperaba la jornada siguiente, más aún.

Esta es la ruta que recomiendo:

El decimosegundo día no tenía muchas paradas, pero sí que nos iban a llevar tiempo. Saldríamos del hotel, visitaríamos Balquidder, Loch Lommond, Doune Castle y Wallace Monument. Oban quedó totalmente obviado, como decía más arriba. Por lo demás, solo hicimos una variación, que fue no parar en el parque, sino simplemente atravesarlo, y completar la ruta con Stirling, tanto paseando por la ciudad, como visitando el castillo. De esta forma despejaríamos el penúltimo día.

Para ello, hay que madrugar, de forma que lleguemos con tiempo suficiente de recorrer todo el castillo antes de su cierre. Para la ciudad hay más tiempo dado que anochecía horas más tarde.

El decimotercer y último día de coche se vio condicionado por la entrega del coche. En principio estaba programado parar por el Campo de Batalla de Bannockburn y Falkirk Wheel, después visitar Glasgow y estar antes de las 18h en Edimburgo para devolver el Golf. Imposible, así que saltamos directamente a Falkrirk Wheel, que parecía más interesante que el Campo de Batalla. Aún así, vimos lo más céntrico de Glasgow limitados por la hora de regreso.

 

Quizá deberíamos haber elegido entre Stirling y Glasgow para haber podido dedicar más tiempo a una de las dos. O incluso haber devuelto el coche la mañana siguiente a primera hora y haber salido directamente para el aeropuerto. En cualquier caso, Stirling, Falkirk, Glasgow y Edimburgo están bastante próximas y bien comunicadas.

En definitiva, que hubo que ajustar y descartar algunas paradas previstas, pero en general, cumplimos bastante bien con el plan previsto. Dejamos fuera algún castillo que no estaba incluido en el Explorer Pass por falta de tiempo o interés y aprovechamos ese tiempo para disfrutar de los parajes escoceses.

Serie Terminada: Serie Terminada: CSI Cyber

Hace ya tiempo que hablé de CSI Cyber, la última de las entregas de la franquicia CSI. Pues bien, como teníamos unas semanas entre viajes y no era el momento de comenzar una serie de largo recorrido, aprovechamos para verla.

CSI Cyber cuenta con una primera temporada de 13 capítulos y una segunda de 18. Parece ser que tras cancelar CSI Miami y CSI Nueva York, decidieron que era hora de renovarse, olvidarse de las secuelas en otras ciudades y centrarse en los delitos cibernéticos. Sin embargo, aunque me gusta el ritmo y el estilo de la franquicia, he de reconocer que la serie hace aguas por muchos lados.

En primer lugar la jefa, Avery Ryan. Era psicóloga y fue víctima de un hackeo que terminó con su carrera cuando se hicieron de dominio público los expedientes de sus pacientes. Ahora es la líder de la División Cibernética del FBI, pero ella no es una experta en tecnología, sino que está especializada en psicología conductual. No obstante, en el desarrollo de los capítulos parece saber mucho más de tecnología. Y eso chirría. También la historia de un drama familiar que se va descubriendo poco a poco pero en el que tampoco se ahonda mucho.

En su equipo cuenta con el típico Ken. Elijah Mundo es un rubio musculado que sirvió en el ejército y que representa el hombre de acción, el que tiene que correr en cada capítulo tras el malo para cubrir con la cuota de persecución y así amortizar el gimnasio. Además está divorciado pero es un padre amoroso de su adorable niñita rubia. Todo muy típico.

Pero ahí no acaban los clichés. Realizando el trabajo duro tenemos al informático obeso con gafapasta y camisa de cuadros sobre camiseta con leyenda y la chica rebelde reinsertada. A ellos se les une el hacker negro recién detenido para que pase de ser un sombrero negro a un sombrero blanco. Eso sí, bien trajeado con chaleco y todo (aunque en la segunda temporada pasó a vestir mucho más informal, no sé cuál es el criterio).

En los trece primeros capítulos acompañaba al equipo Peter MacNicol, que sí que hacía preguntas más propias de alguien que no tiene amplios conocimientos de la tecnología. Sin embargo, su personaje desapareció sin más en la segunda temporada y se le sustituyó por Ted Danson. Supongo que al acabar CSI Las Vegas hubo que recolocarle. De hecho, con él CSI Cyber volvió a los orígenes de los CSI, con análisis en laboratorio, alguna teoría disparatada, cálculos físicos o matemáticos y no solo código en consolas, algoritmos o red profunda.

Si ya entramos en el tema tecnológico, pues es todo muy espectacular. Sí, se basan en elementos reales, en dispositivos o aplicaciones que existen y que utilizamos en nuestra vida cotidiana, pero hay un buen toque de ficción y muchas licencias. No hay que olvidar que se trata de una serie, ya, pero es poco verosímil en muchos casos, como esas autopsias con hologramas… Muy visual, muy gráfico, muy llamativo… Tanto que a veces parece una serie de ciencia ficción.

También juega con el tiempo. Los capítulos son autoconclusivos, así que en 40 minutos se ha solucionado el problema. Y eso que en este spin-off los protagonistas se pasan el día cambiando de estado. Esta vez es FBI, su sede está en Washington y se desplazan al lugar del crimen por todo el país, eso sí, hacen vídeollamadas con una calidad impresionante. Son fluidas, no se les corta, ni se les descompasa la voz de la imagen… Una maravilla. Pero volviendo al ritmo, resulta poco creíble que casos de tal magnitud como los que se plantean se resuelvan tan rápido. Por muy buenos que sean los expertos de la división, digo yo que necesitarán su tiempo para analizar el código.

Pero claro, supongo que ese análisis resulta aburrido en pantalla, es más visual una persecución, una cuenta atrás o cómo se desmonta un equipo informático para encontrar el microchip malicioso, un código encubierto o una huella del delincuente al que se le sigue la pista.

No es una serie para quien entiende de informática, ya que se llevará las manos a la cabeza en cada plano y probablemente a los dos minutos tenga ganas de cargarse a los guionistas. Y para el ciudadano de a pie a veces hay demasiadas explicaciones técnicas en las que se puede perder con tanta verborrea. Es más, es una serie para tecnófobos, ya que tiene cierto punto alarmista: coches que se conducen a distancia, monitores de bebés que sirven para espiar, aplicaciones que se usan para obtener datos personales, ciberacoso, hospitales que colapsan por un malware en su maquinaria, aviones manipulados por pasajeros, etc.

En general no sale muy bien parada, es entretenimiento sin más, sin entrar en analizar la veracidad y obviando la tecnofobia que campa en cada capítulo.

Road Trip por Escocia. Día 14: Regreso a Madrid

Y llegó el día del regreso. Todo tiene su fin. Teníamos el vuelo a las 12:05 de vuelta a Madrid, con lo que teníamos que levantarnos pronto, porque necesitábamos una hora para tomar el bus al aeropuerto, y un par de horas antes que has de estar allí…

La noche antes ya habíamos dejado la maleta hecha, nos faltaba finiquitar los últimos detalles antes de partir. Como no teníamos desayuno en el Easyhotel, salimos a un costa café que teníamos cerca y nos tomamos un café / té chai, un zumo y una magdalena tranquilamente.

Después volvimos al hotel, nos cercioramos de que llevábamos todo, recogimos, y nos fuimos hasta Waverley Bridge para coger el bus. Como ya habíamos comprado el billete de ida y vuelta, tan solo tuvimos que enseñarlo al subir.

Bus aeropuerto

Facturamos la maleta y nos dimos un paseo por la pequeña terminal buscando algo que comprar para comer ya que en el vuelo si queríamos comer algo, tendríamos que pagar igualmente y las opciones son menos variadas. Aunque tampoco es que tuviéramos mucho dónde elegir.

Y nos despedimos de Escocia con un nuevo viaje ya en mente, pues mientras hacíamos cola para embarcar en nuestro avión mi hermano nos escribió comentando que estaba hablando con un amigo para hacer una escapada en diciembre… Y como estábamos un poco nostálgicos, nos unimos a la aventura.

Pero para ese nuevo periplo habrá que esperar aún.

Llegó el fin del Roaming en Europa

Desde hoy 15 de junio podemos viajar a la Unión Europea y seguir utilizando nuestra tarifa de teléfono móvil como si estuviéramos en territorio nacional. Un gran paso que ha llevado mucho tiempo y ha tenido que superar muchas trabas.

Nelie Kroes, la política neerlandesa que fue comisaria de Agenda Digital entre 2010 y 2014 comenzó con esta batalla contra el roaming. Y es que en una Europa en la que se derribaron fronteras y se instauró moneda única, no tenía sentido que siguiéramos con esa limitación en las comunicaciones. Pero es que las empresas telefónicas no lo ponían fácil, de ahí el largo camino.

Con el roaming las operadoras cobraban un sobrecoste al usuario al hacer uso de su contrato fuera del país donde lo tenía contratado. Se escudaban en que las telefónicas del resto de países les cobraban a ellas un recargo por ese tráfico. En un primer lugar cedieron en las llamadas, que al fin y al cabo es lo que menos se usa. Sin embargo, en cuestión de datos de navegación, que es lo que realmente genera movimiento hoy en día, subieron los precios.

A partir de hoy todo cambia. Eso sí, hay limitaciones. Si un operador detecta que en un período de cuatro meses un usuario está haciendo más uso de la tarifa en el extranjero que en el país en que se ha contratado, podrá aplicar un recargo. aunque antes deberá solicitar explicaciones al cliente, quien tendrá 14 días para clarificar la situación. Si da explicaciones, no se le aplicará penalización alguna. Sin embargo, en caso de no justificar este gasto, se le podrá aplicar un recargo de hasta 3,2 céntimos/min en las llamadas, 1 céntimo por SMS y 7,7€ por GB. En el caso de los datos los precios irán bajando progresivamente en los años sucesivos. En 2018 el máximo se fijará en 6€; en 2019, en 4,5€; en 2020 en 5€; en 2021 en 3€; y, finalmente en 2022 en 2,5€. Todos los precios sin impuestos añadidos.

Este límite se fija, en teoría, para evitar que los usuarios se acojan a una tarifa de un país en el que no residen, solo por ser más barata. Lo cual, teniendo en cuenta los precios de España, no sería difícil. En casos como un traslado por motivos de trabajo o estudios que se pasaran de esos 4 meses, se podría acreditar a la compañía y, en principio, no debería poner trabas, ya que se trata de una estancia puntual.

Los que viven en poblaciones fronterizas y que sus móviles alternen entre varias redes móviles de diferentes países parece que no tendrán problemas siempre que al menos una vez al día se conecten a la red donde contrató la tarifa. En ese caso, ese día ya no contará como en itinerancia.

Sin embargo, algo curioso que ocurrirá con el fin del roaming en Europa es que si por ejemplo un residente en Salamanca se conectase a la red de Portugal y llamase al país luso, pagaría la llamada como local. Por contra, si ese mismo usuario se conectase a la red de España e hiciera la misma llamada a Portugal, tendría que abonarla como conexión internacional. Algo similar a lo que ocurre con los SMS, cuyo precio entre países de la UE es inferior (0,11€ + IVA) a uno en la red nacional (0,15€ + IVA).

Este cambio en la normativa afecta a los países de la Unión Europea y algunos asociados: Alemania, Austria, Bélgica, Bulgaria, Chipre, Croacia, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Finlandia, Francia (incluyendo territorios de ultramar como las Islas Aland, Martinica, Guadalupe, San Martín, Guyana francesa, Reunión y Mayotte), Grecia, Holanda, Hungría, Irlanda, Islandia, Italia, Letonia, Liechtenstein, Lituania, Luxemburgo, Malta, Mónaco, Noruega, Polonia, Portugal, República Checa, Reino Unido (incluido Gibraltar), Rumanía, San Marino y Suecia.

Reino Unido de momento estará en la lista hasta que se acuerde su salida de la UE. Por otro lado, quedan fuera Andorra y Suiza.

Para el resto de países el Roaming seguirá activo, aunque cada vez más son las operadoras que ofrecen planes para el extranjero. Por ejemplo, Vodafone ya lo tiene para países como EEUU, Suiza, Albania y Turquía.

Pese a las limitaciones, en general, es una buena noticia para los usuarios, ya que ahora no habrá que pagar más, ni contratar plan adicional para viajar a los países de la lista. Será como usar el teléfono en casa, con el mismo servicio y condiciones. Se acabaron los infartos al ver una factura desorbitada por haber dejado marcada la casilla de itinerancia de datos por error. También evitará tener que echar cálculos para comprar una SIM local o buscar WiFi en cada rincón.

Aún así, habrá que ver cómo funciona en realidad, pues mucho me temo que este cambio puede suponer una subida de tarifas para recuperar de alguna manera ese importe que van a dejar de cobrar. Habrá que probarlo en el próximo viaje para confirmar si es tal y como lo pintan.

Road Trip por Escocia. Día 13 II Parte: Glasgow y llegada a Edimburgo

Y llegamos al final del viaje con nuestra última parada: Glasgow. A orillas del río Clyde, es la ciudad más grande de Escocia y el mayor centro comercial de la región. En cuanto a importancia, ocupa el segundo lugar por detrás de Edimburgo, en continua rivalidad. Glasgow ya existía en época de los romanos, aunque su esplendor es gracias a la época industrial.

La historia de la ciudad y su estilo arquitectónico deben su esplendor a la época victoriana y a los lords que se hicieron de oro con el tabaco en países transoceánicos. Tiene fama de ser sucia y fea, pero en los últimos años ha sufrido un proceso de modernización. Las fábricas y astilleros que había a lo largo de la ribera han desaparecido dejando su lugar a parques y avenidas. No en vano, su nombre significa “querido lugar verde” y hoy en día cuenta con casi una centena de parques y espacios naturales. Ha crecido la oferta cultural y los barrios han adquirido un carácter bohemio.

Acostumbrados a aparcar en cualquier sitio, llegar a Glasgow fue un golpe de realidad. Imposible encontrar un hueco, y los pocos que veíamos eran de pago y carísimos. Al final, aparcamos cerca de la catedral y del National Piping Centre (el centro para el aprendizaje del arte de la gaita) porque íbamos a perder mucho tiempo que no teníamos buscando un hueco que fuera gratuito y no quedara lejos del centro.

Muy cerca teníamos la Barony Church, una iglesia de piedra rojiza de estilo gótico victoriano.

La Old Barony Church fue construida como parte de la Barony Parish en la ciudad. La primera iglesia que hubo en el solar aparece en Rob Roy, la novela de Sir Walter Scott, descrita como un lugar oscuro y siniestro. Y con el tiempo se fue deteriorando. Tanto, que en 1798 se reconstruyó con un diseño de James Adam que recibió tanto elogios como críticas (como por ejemplo la del pastor Norman McLeod que le dijo a la Reina Victoria que era la “iglesia más fea de toda Europa”).

A pesar de su reconstrucción, no solventaba los problemas de la antigua iglesia, ya que seguía siendo oscura y apenas podía albergar a suficiente gente de la congregación. Por lo que hubo que levantar un nuevo edificio. Este se erigió en 1889, incorporando elementos arquitectónicos y reliquias de la vieja iglesia. Sin embargo, este sí tenía espacio suficiente para la congregación.

Lamentablemente, la congregación se dividió en cuatro secciones. Y aunque siguió en uso durante un siglo, en 1986 la iglesia fue adquirida por la Universidad de Strathclyde. Tras su adquisición fue restaurada en 1989 y hoy en día se utiliza como espacio de la universidad para ceremonias como pueden ser las graduaciones, exámenes importantes, exhibiciones, congresos, seminarios o conciertos.

Dejando atrás la iglesia nos dirigimos al cementerio. También data de la época victoriana y con unas 15 hectáreas de extensión sigue el esquema de los cementerios parisinos de la época. Este diseño se debe a que un chambelán de la Casa de los Comerciantes de Glasgow visitó París y le encantó el de Père Lachaise por su concepto de cementerio-jardín.

El terreno donde hoy se encuentra la necrópolis era un parque (Fir Park) que pertenecía a los comerciantes desde 1650. El chambelán vio el negocio de vender el terreno. Las clases altas le compraron la idea y en menos de dos años se convirtió en cementerio.

Creado en 1831 y abierto oficialmente en 1833, este cementerio multi-religioso cuenta con más de 50.000 sepulcros y nada menos que 3.500 estatuas. Dado que se promocionó entre las personalidades adineradas, en él están enterrados numerosos personajes ilustres de Glasgow. Hay zonas que parece que están vacías, sin embargo lo que ocurre es que son sepulcros no marcados, no hay lápida que indique quién está enterrado.

En 1851 se cerró porque ya estaba completo. Hoy en día pertenece a la ciudad.

Se puede pasear libremente por él observando con curiosidad mausoleos, estatuas, lápidas y cruces. Pero lo más interesante son las vistas que ofrece de la High Kirk de Glasgow, la catedral.

Es de estilo gótico pre-reformista con sus piedras negras y vidrieras multicolores.

Comenzó a construirse en 1136 y es una de las pocas iglesias medievales que se conservan gracias a que adoptó el rito protestante, por lo que se salvó de las revueltas religiosas. Fue renovada en 1197 y sufrió diversas remodelaciones en el siglo XIII.

Se levanta sobre el lugar donde se encontraba una capilla del siglo VI y está dedicada a San Mungo, un misionero cristiano que es el patrón de la ciudad. El monje se estableció en Glasgow y fundó la iglesia. En 1115 la ciudad se convirtió en sede episcopal lo que aumentó su importancia.

Tiene dos niveles. La cripta está formada por tres naves divididas por columnas y arcos. En el centro se encuentra la tumba del santo, lo que convierte a la catedral en lugar de peregrinaje.

Nos llamó la atención la vidriera con Santiago y su cantimplora.

Podemos encontrar una antigua bandera de 1801. O lo que queda de ella.

La entrada es gratuita.

Conocida como East End, la zona alrededor de la catedral es la zona más antigua de la ciudad. Está delimitada por High y Castle Street. Este barrio representa el centro obrero de Glasgow.

Nosotros nos dirigimos hacia el centro de la ciudad tomando la George Street. En esta zona con diseño en cuadrícula abundan las calles peatonales. En ellas se mezclan edificios victorianos con los más fríos de estética modernista. Es la parte de la ciudad en que se hallan las principales estaciones de tren y numerosos comercios.

Se articula en torno a George Square, la plaza principal del siglo XVIII que fue remodelada en la época victoriana.

En ella podemos encontrar estatuas de personajes históricos escoceses, como la Reina Victoria, Robert Burns, el inventor James Watt o Walter Scott.

Y en mármol blanco destaca el Cenotafio de los Caídos.

La plaza está rodeada por varios edificios victorianos como el Ayuntamiento que fue inaugurado por la Reina Victoria en el 1888. El palacio del ayuntamiento ocupa todo un lateral de la plaza y sus frisos representan los estados de Reino Unido: Inglaterra, Irlanda, Escocia y Gales, que se rinden a los pies de la reina.

Tomando la peatonal Buchanan Street y sus aledañas nos adentramos en la Milla del Estilo, donde abundan los edificios georgianos. La calle cruza de norte a sur gran parte de la ciudad y está plagada de comercios y artistas callejeros.

Cerca se encuentra la Gallery of Modern Art, en un edificio neoclásico de 1829 que era la antigua sede de la Bolsa de Glasgow. Es una de las más controvertidas y provocadoras galerías de arte contemporáneo del Reino Unido.

Al final de la II Guerra Mundial se convirtió en biblioteca, y no fue hasta 1996 que pasó a ser galería de arte. Frente a su portada destaca la estatua ecuestre del primer duque Wellington, decorada con los famosos conos que ya habíamos visto en Edimburgo.

Esta estatua de 5 metros de altura se erigió en 1844 y desde los años 80 suele aparecer por las mañanas con esta decoración tras las noches de fiesta de los jóvenes locales. Aunque el ayuntamiento emplea anualmente más de 12.000€ en mantenimiento del monumento y retirada de los conos e incluso se planteó doblar la altura del pedestal para impedir el vandalismo, los ciudadanos de Glasgow lo consideran ya un símbolo. Es una seña de identidad que se ha extendido hasta otros lugares del país. Incluso tiene página de Facebook.

Adyacente a la galería está la Royal Exchange Square, una plaza que también es accesible desde Buchanan Street.

El acceso se realiza a través de unas arcadas y los lados de las plazas albergan diferentes cafeterías y restaurantes. En los meses de invierno, como parte de las decoraciones navideñas, la plaza se ilumina de una forma excepcional con redes de bombillas de un extremo a otro de los edificios, dando la sensación de estar bajo un manto de estrellas.

Volviendo a la calle Buchanan y tomando la bocacalle Mitchell, encontramos The Lighthouse. Es una de las galerías de la ciudad donde se pueden encontrar las mejores obras locales, nacionales e internacionales de arquitectura y diseño. Nosotros subimos esperando encontrar unas buenas vistas, pero lo cierto es que se ven cuatro tejados y cinco chimeneas. Quizá no lo que esperábamos atisbar.

Continuamos hasta Merchant City, un barrio que en el siglo XVIII se desarrolló para albergar a los ricos comerciantes de la ciudad conocidos como los Señores del Tabaco. Esta opulencia se dejó ver en las espléndidas casas, apartamentos y almacenes que surgieron.

Sin embargo, también cuenta con su lado oscuro, puesto que antes de la llegada de estos acaudalados comerciantes en la zona del Cementerio de la Iglesia Ramshorn había robos de cadáveres para estudiar la anatomía humana en la Universidad. Algo que ya habíamos visto que ocurría también en Edimburgo.

En la calle Trongate encontramos The Tron Steeple, el campanario de una iglesia construida en 1484 y que en 1540 fue convertida en la Collegiate Church of St Mary and St Anne. Tras la Reforma quedó abandonada, pero en 1592 fue restaurada después de que John Bell se convirtiera en su primer Ministro Prtestante.

En 1637 se añadió el campanario, que incluso consiguió quedar en pie tras un incendio provocado por unos borrachos que se refugiaron en una noche fría de febrero de 1793. La iglesia tuvo que ser reconstruida, pero se hizo como un edificio independiente. Aunque hoy pertenece al Tron Theatre, al igual que la torre tras su remodelación en los años 80 del siglo pasado.

Si seguimos la calle, llegamos a Glasgow Cross, donde se encuentra el cruce de las calles High en el norte, Gallowgate y London Road al este, Saltmarket al sur y Trongate al oeste. Su punto más reconocible es el Tolbooth Steeple, que data del siglo XVII.

Se construyó entre 1625 y 1626 en lo que era el cruce de las principales calles de Glasgow en la época. El campanario es lo único que queda de la construcción, pues el resto fue demolido en 1921. El Tolbooth fue la sede del Ayuntamiento hasta 1814, cuando el ayuntamiento vendió el edificio y se trasladó a Jail Square y posteriormente a George Square.

El campanario se restauró en 2008 después de que se descubrieran grietas en la estructura. En él era donde tenían lugar las ejecuciones públicas. Se les colgaba desde el campanario. Junto con el Tron Theatre, es uno de los edificios más antiguos de la ciudad.

A medida que Glasgow se fue expandiendo en el siglo XIX llegándose a convertir en la segunda ciudad del Reino Unido y del Imperio Británico, el área se convirtió en un distrito lleno de almacenes y casa de los comerciantes de fruta, vegetales y queseros. Sin embargo, a partir de 1960 la zona cayó en declive, muchos edificios se demolieron, se trasladaron los mercados fuera de la ciudad según las nuevas costumbres. Y aunque había planes de construir una carretera alrededor de la ciudad, al final nunca se llevó a cabo, y en los años 80 se tomó la decisión de revitalizar el área y sus edificios históricos.

Así pues, pasó de llamarse Trongate, Glasgow Cross o “the town” a Merchant City. Se desarrolló una zona residencial, de compras y ocio al estilo de Covent Garden en Londres. Y hoy en día ha ido tomando un carácter más elegante donde abundan las cafeterías y locales de moda. Desde las casas restauradas hasta los lofts convertidos y apartamentos vanguardistas de estilo contemporáneo, el barrio cultural de Glasgow está realmente lleno de vitalidad.

Abandonamos Merchant City y seguimos paseando por la zona peatonal volviendo a pasar por George Square y continuando hasta el barrio conocido como el West End. En esta parte de Glasgow abundan los edificios de piedra de color rojizo del XIX. Es donde se asentó la clase mercantil rica y donde hay bullicio estudiantil ya que es donde se encuentra una de las tres universidades de la ciudad.

Y más adelante encontramos la Universidad, rodeada de extensas zonas verdes por donde se puede pasear tranquilamente. Hay facultades decoradas con murales que representan sus áreas de estudio.

Es una de las más importantes de Reino Unido. De ella han salido varios premios Nobel.

Antes de marcharnos, cogimos el coche e hicimos una parada en la Kelvingrove Art Gallery, construida para la exposición universal de 1888. Es un castillo de ladrillos rojos que hoy es un museo. Se puede acceder de forma gratuita y hay exposiciones sobre la vida local y exposiciones de arte.

A lo lejos, entre los árboles, se ve el edificio de la Universidad y su torre.

En el parque hay un monumento a los caídos en las dos guerras mundiales.

Para finalizar, también con el coche, paramos en la zona del Clydeside. En los aledaños del puerto creció el bullicio de la ciudad. Era donde se construían los grandes transatlánticos. Nos la encontramos en obra y en plena remodelación. Se están recuperando los viejos almacenes y está creciendo con un aspecto más modernista.

Como ejemplo el SECC, un espacio dedicado a conciertos y ferias. El auditorio con forma de caparazón es conocido coloquialmente como el Armadillo.

También en el área se encuentra el Glasgow Science Centre, un centro de exposiciones dedicado a la ciencia.

Nos hubiera gustado dedicarle algo más de tiempo a Glasgow, quizá haber hecho noche y haber conocido algo de su vida nocturna, pero con tanto por ver en tan pocos días, algo había que sacrificar. Eso sí, pudimos vivir algo del ambiente de la ciudad con los puestos callejeros que había, donde incluso podías degustar paella…

Comimos y abandonamos la ciudad industrial rumbo a Edimburgo. Un recorrido de apenas una hora en una carretera plagada de coches. No estábamos acostumbrados a tanto tráfico. Finalmente llegamos a la oficina de alquiler un poco antes de las 5 de la tarde y con 1430 millas a nuestras espaldas.

La devolución del coche fue rápida, aunque nos costó entender a la chica. ¡Vaya acento tienen en esa oficina! Comprobó que no tuviera ningún daño, que el depósito estuviera lleno, firmamos la entrega y nos marchamos dirección al tren cargados con nuestra maleta y mochilas dirección al Easyhotel donde haríamos noche.

El hotel está bastante céntrico, en Princes Street y cumple con los parámetros de la compañía: un dormitorio tipo camarote con un baño justito y una cama empotrada entre cuatro paredes. Pero sabíamos a lo que íbamos, así que no nos sorprendió.

Aprovechamos las horas que nos quedaban en la ciudad para dar un paseo (ya estaba todo preparado para el Fringe), hacer compras de última hora, cenar fuera tranquilamente y volver a hacer el equipaje. Se acababa el viaje.

Road Trip por Escocia. Día 13: Falkirk Wheel

El viaje se acababa y volvíamos a Edimburgo. Teníamos un día completo, pues queríamos parar en Glasgow y el coche había que entregarlo antes de las 6. Así pues, madrugamos y cargamos bien las pilas.

Como siempre, había un aparador con cereales, yogures, zumos, fruta fresca, mantequilla, mermelada, pan y tostadora. Y lo caliente, recién hecho de la cocina.

En algunos B&B teníamos la opción del Scottish Breakfast en su versión vegetariana con unas salchicas de tofu y un black pudding que imagino que en vez de llevar sangre, tendrá algún tipo de condimento que se le asimile.

Nos despedimos de nuestro anfitrión y de Stirling y tomamos la A9 dirección Falkirk.

En un desvío en la ruta hacia Glasgow está este pueblo donde se encuentra la Falkirk Wheel, un impresionante ascensor giratorio para barcos que conecta el canal Forth y Clyde con el canal Unión.

Hace tiempo los dos canales estaban unidos por 11 esclusas, pero en 1930 cayeron en desuso y se rellenaron de tierra. A finales del pasado siglo hubo un plan para reconstruir los canales de Escocia y conectar Glasgow con Edimburgo promovido por British Waterways y la financiación de Scottish Enterprise, el Fondo Europeo de Desarrollo Regional y la Comisión del Milenio. La idea era crear una obra de ingeniería digna del siglo XXI, así pues, se convocó un concurso. El arquitecto principal fue Tony Kettle y fue inaugurado por la reina Isabel II el 24 de mayo de 2002 como parte de la celebración de las Bodas de Oro con la Corona.

La rueda es el único ascensor rotacional de barcos en el mundo con un diseño original. Se considera como el mayor logro de ingeniería de Escocia y desde 2007 aparece en el anverso de los billetes de £50 del Banco de Escocia.

El diámetro de la rueda es de 35 metros y cuenta con dos brazos que se extienden hacia lados opuestos con una longitud de 15 metros desde el eje. Dos cajones, que pueden soportar 600 toneladas, están localizados en el centro y funcionan como esclusas en los que se mete la embarcación. Los cajones, con capacidad de 300 metros cúbicos cada uno, cambian sus posiciones en el transcurso de 15 minutos y así se salva el desnivel de 24 metros que hay entre los canales. Un gran avance frente al medio día que se necesitaba antiguamente con las esclusas.

El reto es que los cajones han de girar a la misma velocidad que la rueda, pero en dirección opuesta y a la vez procurando que el agua o los barcos se mantengan firmes durante el giro.

Se ve mucho más claro en este vídeo cómo funciona.

El uso de la rueda es meramente recreativo y cuesta £12.50 para los adultos. Ya no tiene la función logística de las esclusas siglos atrás. Ni las condiciones laborales. Los trabajadores del canal tenían unas duras condiciones (17 horas incluso a oscuras y con niebla en invierno) y cobraban poco. Además, la tasa de accidentes era una o dos muertes cada milla. Entre estos trabajadores se encontraban Burke y Hare, que se convirtieron en asesinos en serie llegando a matar 16 personas de Edimburgo en un año.

En los alrededores hay un centro de interpretación, tienda, cafetería y salón de exposiciones. Es un parque de ocio para familias, con un lago y una especie de columpios interactivos, como un tornillo que sirve de molino.

Asimismo, hay una gran vida animal. Las aguas de los canales de las Tierras Bajas son únicas en Escocia. Cruzan de costa a costa y tienen una fauna que normalmente se ve al sur de Inglatrerra.

Abandonamos esta obra de ingeniería y pusimos rumbo a Glasgow.

Nueva serie a la lista “para ver”: Cardinal

Cardinal es una miniserie basada en la novela Cuarenta maneras de decir dolor de Giles Blunt. En principio cuenta con una primera temporada de 6 capítulos, pero ha tenido tanto éxito que ha sido renovada para dos más. En la segunda se adaptará la novela Blackfly Season y en la tercera By the Time You Read This y Crime Machine.

Han visto el filón como en la adaptación de las novelas de Varg Veum o de la Los crímenes de Fjällbacka de Camilla Läckberg. De hecho guarda mucha similitud con este tipo de novelas y series. De hecho, viendo el piloto pensé que era nórdica, tiene una fotografía muy similar a Fortitude o a Okkupert. Nos encontramos ante un paisaje rural nevado, con grandes bosques y casas disperdigadas. Pero no, la acción se sitúa en una ciudad ficticia de Ontario, Canadá, donde el descubrimiento del cadáver de una adolescente desaparecida hace tiempo, lleva a reabrir el caso.

John Cardinal en realidad nunca había cesado de investigar la desaparición de Katie Pine, es el típico expediente que se queda en el cajón y que revisa de vez en cuando. Además, se ha involucrado con la familia de la chica, así que se convierte en algo personal. Con la aparición del cuerpo en una mina abandonada, Cardinal comienza a darle vueltas a las pruebas y relaciona el asesinato con otros anteriores que estaban archivados. Así pues, se complica más de lo que parece con la sospecha de que se trata de un asesino en serie.

En la investigación le acompañará su nueva compañera Lisa Delorme, nueva en el cuerpo y sobre quien Cardinal guarda cierto recelo. Y quizá no deba, puesto que ha sido contratada para encontrar pruebas de que es corrupto y de que habría aceptado sobornos de un narcotraficante. De todas formas, el protagonista es un tipo solitario, rudo, basto y distante. Tanto como el clima de la región canadiense en la que se desarrolla la serie.

Cardinal pinta bien con una trama de intrigas y sopechas más propia de un thriller que de una serie policiaca clásica. Pero claro, ¿qué voy a decir yo que soy amante del género noir?