Paseando por Sofía IV

Teníamos el vuelo de vuelta a Madrid a las 16:45, así que contábamos con toda la mañana para despedirnos de Sofía. En nuestra planificación original habíamos reservado este día para el Museo de Arte Soviético, y poco más la verdad. Sin embargo, como el primer día nos quedamos sin luz y no nos dio tiempo a visitar todo lo que teníamos pensado, hubo que reorganizar la mañana.

Aún así, aprovechamos para levantarnos un poco más tarde que los días anteriores, ya que no teníamos tanta prisa. Después de dejar el hotel y con las mochilas a cuestas, paramos en una panadería a comprar unos croasanes y hojaldres del estilo de los que habíamos probado el día anterior en Plovdiv. Grandes, contundentes y baratos. Y nos dirigimos al metro, donde compramos el pase del día.

Después fuimos a una parada de la calle Dimitar Petkov.

Allí cogimos el tranvía número 10 hasta el Bulevar Vasil Levski. Desde la parada caminamos hasta los Jardines Knyazheska. En ellos encontramos una escultura que me recordó a otra de Wismar.

Pero si algo destaca en estos jardines es el Monumento del Ejército Soviético.

Fue construido en 1954 como símbolo de gratitud al Ejército Rojo que había vencido a los nazis en la II Guerra Mundial.

Si miramos de frente al monumento tenemos a ambos lados dos grupos de esculturas sobre pedestales que representan a mujeres, niños y campesinos dándoles las gracias a los soldados.

La pieza principal es una columna sobre la que se representa a un soldado soviético al lado de un trabajador y una campesina búlgaros. En la base también hay grupos de esculturas. Siempre con los mismos elementos: soldados y campesinos.

Desde 1989 este monumento viene provocando controversia y ha habido varias iniciativas para demolerlo, incluso en 1993 el ayuntamiento confirmó su eliminación. Sin embargo, nunca se llevó a cabo. Rusia ya ha avisado de que si se lleva a cabo su retirada sería delito.

Por un lado hay quienes defienden su desaparición porque no quieren tener un monumento en honor a un ejército extranjero. Por otro, sus defensores consideran que ha de quedarse donde está porque conmemora la victoria sobre el nazismo. Y porque les deben mucho al país que en primer lugar les ayudó a liberarse de la dominación otomana y en segunda estancia de la dictadura fascista.

El monumento ha sufrido varias pintadas en los últimos años:

  • En junio de 2011 los soldados fueron caracterizados como superhéroes.
  • En febrero de 2012 fue pintado con los colores de la bandera búlgara en honor a las víctimas del comunismo en el país.
  • En agosto de 2012 fue el lugar elegido para protestar contra por la detención de las Pussy Riot.
  • En agosto de 2013 se pintó de rosa para conmemorar el aniversario de la Primavera de Praga y apareció una inscripción en búlgaro y checo en la que se pedía disculpas. Bulgaria colaboró para intentar contener la sublevación contra el Régimen Comunista.
  • En febrero de 2014 amaneció de amarillo y azul en apoyo a la Revolución Ucraniana. Además, figuraba en ucraniano  la consigna “¡Gloria a Ucrania!

Rusia, indignada con el trato que recibe el memorial, ya ha pedido a las autoridades que se tomen medidas para evitar más incidentes. Sin embargo, nosotros nos lo encontramos totalmente desprotegido y con grafitis. Esta vez no parecían muy reivindicativos sin embargo. Simplemente pintadas.

Saliendo del jardín, en la acera de enfrente tenemos el Mausoleo del Príncipe Alejandro de Battenberg, una tumba que alberga los restos mortales del primer jefe de Estado de la Bulgaria moderna.

Con la liberación del Imperio Otomano, los nuevos líderes decidieron que el país fuera una monarquía y el zar de Rusia propuso a Alejandro. Sin embargo, tuvo que acabar abdicando pues no siempre siguió los mandatos rusos. No obstante, a pesar de ello, parece ser que fue querido por el país, y por eso a su muerto se trasladó su cuerpo a Sofía y se le construyó este mausoleo.

Tomamos el metro en la universidad y nos bajamos en la estación G.M. Dimitrov, desde donde nos dirigimos al Museo de Arte Socialista.

Abrió sus puertas en septiembre de 2011 como una rama de la Galería de Arte Nacional de Sofía. Se trata de un recinto de 6.300 metros cuadrados en el que hay un jardín donde se exponen esculturas de las décadas de los 50 a los 80 del siglo pasado. Sobre todo podemos encontrar de líderes socialistas, además de otras propias de regímenes comunistas como son obreros, soldados, agricultores e intelectuales.

Nada más entrar nos encontramos con la estrella de cinco puntas que estaba colocada en el edificio del partido.

Y según entramos por la puerta, el primer busto que tenemos a mano izquierda es el del Ché.

Además, el recinto cuenta con un edificio en el que se exponen 60 cuadros de la época socialista.

Del mismo modo que en las esculturas, las obras pertenecen al Realismo Socialista, un movimiento en el que destacaban tres elementos: el partido, el combatiente y el proletariado. Por supuesto, no podía faltar la figura del líder. En este caso destacaban Lenin, Stalin, Mao, Dimitrov…

En el centro de la sala están los cuatro bustos de Marx, Engels, Lenin y Stalin.

En total, entre el jardín y el museo hay unas 150 obras pictóricas y escultóricas creadas en la época socialista, entre 1944 y 1989.

También hay una pequeña tienda en la que venden carteles, libros, tazas y camisetas. Pasamos a ver qué tenían y la encargada nos puso un vídeo en la sala anexa. En realidad el reproductor llevaba ya un rato, pero la mujer nos lo puso al inicio. Por no hacer un feo, por curiosidad, por tener tiempo de sobra y por la temperatura interior, nos sentamos a verlo. En realidad fueron dos o tres vídeos propagandísticos. Una especie de No-Do enalteciendo las labores del partido, lo que se había construido, las juventudes desfilando y bailando en actos por el país…

Cuando terminaron los vídeos, nos fuimos y ya era la una de la tarde. Aunque nos quedaba algo de tiempo antes de irnos al aeropuerto, decidimos que era hora de comer. Sin embargo en la zona no parecía haber mucho donde elegir. Pasamos a un edificio que está justo al lado que era una especie de centro comercial. En una de las plantas superiores había diversos sitios donde parece que iba a comer la gente que trabaja por la zona.

Hicimos un allá donde fueres, haz lo que vieres. Elegimos una de las cantinas, nos pusimos a la cola con nuestra bandeja, elegimos un menú y nos sentamos tranquilamente a comer. A las dos volvimos al metro dirección aeropuerto dando por finalizada nuestra ruta.

Y entramos en la terminal a la que habíamos llegado de Atenas, buscamos nuestro vuelo y ¡no está! No puede ser, íbamos con tiempo, en la pantalla figuraban vuelos que salían incluso después. Revisamos nuestros billetes y resulta que WizzAir no salía de la terminal internacional, sino de la 1. Salimos al exterior y vimos un bus que conectaba las dos terminales, así que lo tomamos y en apenas cinco minutos solucionamos el problema. Pero hubo unos segundos de estupefacción.

La T2 no es que sea muy grande, sí que es más moderna, eso está claro. Más luminosa y diáfana. La T1 es soviet y diminuta. Según entras te encuentras con los mostradores y seguidamente el control. Sobre los mostradores de facturación hay un bar y… ya. Bueno, se pueden ver un par de murales de Bulgaria y Europa muy curiosos. Sobre todo porque en Europa nos sorprendió Estambul, que figuraba como Tsarigrad, un nombre que desconocíamos hasta la fecha. Viene a significar “la ciudad del emperador”. En realidad tiene sentido, pero ya ha quedado en desuso.

Sacamos nuestros billetes en las máquinas y pasamos el control contando con encontrar algo más de movimiento en la parte interior. Tampoco fue así. Un par de bares, una tienda de duty free y poco más. Así que nos compramos unos kitkat y nos fuimos al bar. Compramos unas botellas de agua para el vuelo, pedimos unas cervezas y nos sentamos tranquilamente a esperar que saliera nuestro avión.

Era nuestra primera vez con WizzAir y el embarque fue un poco caótico. En la fila nos iban revisando los billetes y pasaportes, pasamos por los tornos donde escaneaban el billete y después había que coger un bus para llegar al avión.

El avión era pequeño y con unos asientos bastante finitos. Es una compañía de bajo coste, así que sabíamos a lo que íbamos. Espacio limitado, asientos finos y estrechos, nada de comida o bebida… Pero bueno, llevábamos nuestro agua y kitkat por si teníamos algo de hambre o sed durante el vuelo.

La duración del trayecto eran 4 horas y 5 minutos, sin embargo, llegamos una media hora antes a Madrid. Podíamos dar por concluida nuestra escapada.

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Pride (Orgullo)

A finales de julio escribí sobre Captain Fantastic, la maravillosa película que descubrí gracias al cineforum de La Cafetera. Pues bien, hoy hago un parón entre el relato del viaje a Grecia y Bulgaria para retomar el cine.

Pride es una película británica de 2014 que podríamos clasificar de drama, aunque con muchos toques cómicos. O una comedia dramática, como se prefiera. Está basada en hechos reales y nos remonta al verano de 1984, en la época de Margaret Thatcher cuando un grupo de gays y lesbianas recaudaron fondos para apoyar a los mineros que estaban en huelga.

En este contexto la película arranca en Londres, en la manifestación del Orgullo Gay, donde vamos conociendo a cada uno de los integrantes del grupo que decidirá apoyar al Sindicato Nacional de Mineros (NUM). Tras recaudar algo de dinero, los homosexuales se ponen en contacto con el sindicato para hacérselo llegar, pero no obtienen más que rechazo. Así pues, el grupo decide seleccionar una población y entregar la recaudación directamente. Después de mucho debatir, eligen un pueblo minero del sur de Gales y se reúnen con un portavoz en Londres. A partir de ahí, comenzarán la campaña Lesbians and Gays Support the Miners (Lesbianas y gays apoyan a los mineros) para seguir consiguiendo más dinero que enviarles a los mineros y sus familias mientras estos sigan en huelga.

Para un segundo encuentro deciden ir ellos a Gales, así que cargan la furgoneta y se echan a la carretera. Una vez allí se encuentran con un pueblo algo reticente a recibir su apoyo por sus prejuicios. La mayoría no quiere que se les asocie con un colectivo abiertamente homosexual. Aunque también es cierto que en muchos de sus habitantes los urbanitas homosexuales provocan curiosidad y los reciben con los brazos abiertos alojándolos en sus casas. Este choque cultural entre ambos mundos es el que provoca el mayor toque cómico de la película mientras se abordan los prejuicios, el miedo, el odio y la ignorancia.

El mayor rechazo proviene de parte de los hombres, quienes parecen tener miedo de perder su hombría si se relacionan con homosexuales. En la aceptación de Lesbians and Gays Support the Miners parece tener mucha relevancia el papel de las mujeres de la comunidad. Hablamos de los años 80 y de un pueblo del Gales profundo en el que las mujeres son esposas y amas de casa, no hay representación femenina en la industria minera. Ellas intervienen en la huelga como consortes. Son organizadoras de actos de recaudación, de los comités de resistencia y realizan el reparto de las donaciones entre las familias. Sin embargo, cuando llegan los homosexuales con la recaudación, toman las riendas y deciden que no hay nada de malo en dejarse ayudar por este colectivo, que la ignorancia se cura acercándose a ellos y conociéndoles.

Ante esta actitud, los mineros van replanteándose su postura y se abren a conocer a los homosexuales. Y, a medida que se van conociendo, descubren que la alianza entre las dos comunidades será beneficiosa para la lucha porque serán más fuertes. Un año más tarde, serán los mineros quienes se unan a la Marcha del Orgullo de 1985 como muestra de solidaridad hacia sus nuevos amigos.

La unión de ambos colectivos supuso un punto de inflexión en la lucha por los derechos LGTB en el Reino Unido. Los mineros laboristas comenzaron a apoyar a los homosexuales y participar junto a ellos en actos y manifestaciones. Gracias a este hermanamiento, se consiguió por ejemplo que el Partido Laborista incorporase en su manifiesto una resolución que comprometía el apoyo del partido a la igualdad de derechos para personas LGBT.

Pride muestra un pueblo minero gris frente al Londres colorido y extravagante; lo tradicional frente a lo alternativo; lo recatado frente a lo liberal. Y con ese contexto nos lleva a reflexionar sobre la solidaridad y la alianza entre colectivos contra el enemigo común. También sobre los derechos que deberíamos tener todos como ciudadanos independientemente de nuestra orientación sexual. De paso afronta temas como los prejuicios, el SIDA o la feminidad impuesta por la sociedad heteropatriarcal.

A pesar de tratar temas serios, es una película que me ha divertido mucho. Me ha enganchado desde el primer momento, y mucho tiene que ver la música ochentera y la ambientación, pero sobre todo el reparto coral tan bien cohesionado a pesar de ser personajes tan diferentes.

Excursión a la Fortaleza de Asen, Bulgaria

A unos 22 kilómetros de Plovdiv se encuentra la Fortaleza de Asen, o Асенова крепост como se la conoce en búlgaro. El viaje hasta allí lo hicimos en coche, y el trayecto nos sirvió para descubrir las peculiaridades de la conducción en Bulgaria.

La carretera secundaria que va de Plovdiv a Asenovgrad no era mala, pero cuando ves cómo se lanzan a adelantar, se te abren los ojos como en los dibujos japoneses. Pongámonos en situación: carretera de dos carriles (uno por sentido), con arcén estrecho y línea continua. El que llevas delante va un poco más despacio de lo que te gustaría ir, así que quieres adelantarle. Pero claro, en el sentido contrario siguen viniendo coches. No hay problema, los búlgaros se lanzan a adelantar dejando la línea continua en el centro de su coche, de forma que ocupan parte de ambos sentidos. Incluso el que está siendo sobrepasado se aparta un poco al escaso arcén para favorecer la tarea. Y no lo vimos una ni dos veces, sino constantemente. Así que le preguntamos al amigo de mi hermano que nos dijo que estaba permitido. No me queda muy claro a mí que sea muy legal, la verdad, pero parece que es de uso extendido y que nadie se asusta. Y llegamos sanos y salvos a la fortaleza.

Porque íbamos con un local, pero lo cierto es que si hubiéramos ido solos, habríamos visto la puerta de la valla y habríamos entrado sin más. En ningún sitio veíamos que se pidiera entrada. Pero el amigo de mi hermano aparcó y se dirigió directamente a una casa que había enfrente y nosotros le seguimos. Resulta que ahí es donde vendían los billetes.

Una vez que cruzamos la valla, comenzamos un descenso en el que vemos el valle y el río Asenitsa.

En nuestro lado izquierdo nos queda la pared rocosa y restos de la fortaleza. También instrumentos usados hace siglos como una catapulta o una balista.

El área de la fortaleza estuvo habitada en época tracia, romana y bizantina como indican los hallazgos arqueológicos. Sin embargo, fue ya en la Edad Media cuando adquirió importancia. Es increíble pensar de lo que eran capaces de construir las civilizaciones hace siglos con menos medios que en el presente.

Fue renovada en 1231 para frenar las incursiones latinas e incluía un muro exterior de 2.9 metros de espesor y 12 metros de altura. Dentro del recinto había un castillo feudal y depósitos de agua. Pero lo que llama la atención y que mejor se conserva hoy en día es la Iglesia de la Santa Virgen de Petrich, que data del siglo XII-XIII. Eso sí, está restaurada a finales del siglo pasado.

Es una construcción de dos plantas con una sola nave con cúpula de cruz y una torre rectangular en cuyo interior se pueden apreciar los restos de pinturas del siglo XIV.

A partir de aquel siglo perdió importancia con la conquista otomana. Sin embargo, seguía siendo usada  por los cristianos locales. Hoy pertenece a la Iglesia Ortodoxa.

La fortaleza quedó destruida por los otomanos, y es imposible imaginar todo lo que abarcaba. Eso sí, el paraje es impresionante, el recinto debía quedar como suspendido sobre el valle.

Se nos iban las horas de luz y el cielo iba tornando a colores anaranjados, por lo que hicimos algunas fotos más y nos marchamos, porque la iluminación es escasa. Eso sí, sorprendentemente, en el recinto no falta una antena de WiFi, por lo que aprovechamos para mandar instantáneas a la familia y amigos de este peculiar lugar.

El amigo de mi hermano quería llevarnos a un monasterio próximo, pero como digo, ya era tarde y no lo íbamos a encontrar abierto, así que emprendimos el regreso a Sofía. Aunque hicimos una última parada en un restaurante a probar gastronomía local.

Imposible recordar el nombre de los platos. Por un lado una típica ensalada de pepino, tomate, pimiento, cebolla y queso sírene; por otro una especie de empanada de hojaldre aunque en cierto modo parecida a un pie inglés. Además, carne envuelta en col con una cobertura un tanto dulce:

Y por último patatas fritas con queso por encima (Parzheni kartofi).

Y es que en Bulgaria se come mucho queso sírene. Y lácteos en general. No en vano la bacteria de los yogures se llama lactobacillus bulgaricus, así que no es de extrañar que reclamen el origen de este alimento como suyo y no de los griegos. Aseguran que llevan elaborando el yogur desde hace más de 6000 años, ya en época de los tracios. Y no tiene nada que ver con el postre dulce que se comercializa aquí, sino que ellos lo toman en una versión salada que sirve como base de sus salsas, sopas, masas, pasteles, helados…

Aunque lo cierto es que la cocina búlgara es una representación de esa mezcla de culturas que tiene el país. El ser un cruce de caminos ha favorecido las influencias de otras culturas, de otros pueblos en su gastronomía y tiene toques turcos, griegos, árabes o serbios.

Y parece que triunfan los frutos secos, pues vimos muchas casetas en las que los vendían a granel.

Tras la parada para reponer fuerzas, emprendimos el regreso a Sofía, que teníamos un par de horas por delante. Cuando llegamos, quisimos hacer como el día anterior y llevarnos la cena del mercado, pero ya era tarde y estaba cerrado. Lo único que encontramos abierto fue un McDonald’s, así que compramos unas hamburguesas y regresamos al hotel para dar por terminado el día.

De paseo por Plovdiv

Madrugamos bastante, aunque no tanto como el día anterior, para estar en la estación de autobuses y coger el bus de las 8 de la mañana que nos llevaría a Plovdiv. También se puede llegar en tren, pero el amigo de mi hermano nos dijo que eran menos cómodos, que no siempre se cumplían los horarios y que lo mismo ni tenían calefacción, así que al bus de cabeza.

Llegamos a la estación y empezamos a buscar la taquilla, cuando nos dimos cuenta de que no estábamos en la correcta. Y es que el metro nos había dejado más cerca de la de tren que la de bus. Ya en la que nos correspondía, buscamos la caseta 13 que es la que vendía nuestros billetes.

La compañía es Vitosha Express y tiene un bus que sale a cada hora en punto y que por 14 levas en dos horas se ha plantado en Plovdiv. En el autobús se indica el recorrido (en búlgaro, eso sí) y la hora de salida.

Pero como teníamos aún tiempo para embarcar, aprovechamos para tomarnos un café y un croasán en una de las cafeterías de la estación. Fuera estábamos a -2º y había que entrar en calor.

Con el estómago lleno y aún con cara de sueño, entregamos el ticket al conductor y buscamos nuestro asiento. En principio están numerados, pero no iba completo ni mucho menos.

El autobús parecía haber sido comprado de segunda mano a Alemania, pues tenía rótulos en alemán. Cuando pillaba un bache, traqueteaba un poco, pero en general es bastante aceptable. Junto a la puerta de salida había una tele de tubo y una fuente. Aunque no descubrimos si funcionaban.

En las dos horas que duró el trayecto apenas realizó paradas. Unas pocas hasta que salimos de Sofía y alguna otra cuando llegábamos a Plovdiv. Tampoco había mucho tráfico, así que fue rodado. Alguna cabezada cayó.

La última parada es la estación central de Plovdiv, donde nos esperaba el amigo de mi hermano y los 0º. Antes de comenzar el recorrido, nos llevó a un puesto callejero a por el desayuno. Al igual que los panecillos turcos y griegos, en Bulgaria parece que son típicos estos bollos rellenos con embutido y/o queso sírene.

Por algo más de una leva tienes donde elegir:

Los de abajo de la imagen son la banitsa, un típico postre búlgaro. Está hecho de masa de hojaldre, huevos, yogur y queso.

Son un poco grasientos, pero te lo dan con un papel de estraza y una bolsa para que no te pringues. Están muy ricos, eso sí, llenan bastante.

Y con nuestro segundo desayuno en el estómago, nos dirigimos al centro de Plovdiv con nuestro guía local. Por primera vez en mucho tiempo iba a ver una ciudad sin haberme informado previamente sobre ella.

Plovdiv, la ciudad de las 7 colinas y a orillas de río Maritsa, es la segunda ciudad más grande de Bulgaria. En una época en la que no existía Atenas, Roma ni Constantinopla, suponía un cruce de caminos entre Asia y Europa. De ahí que tenga una mezcla de culturas como la tracia, la romana, la búlgara o la otomana.

La ciudad fue fundada por los tracios en el siglo V a. C. bautizándola como Evmolpia. Estos se asentaron en la colina de Nebet Tepe, donde construyeron una fortificación. Sin embargo, en el 342 a. C. fue conquistada por los macedonios por el padre de Alejandro Magno que le cambiaron el nombre por Philippopolis. Durante la época macedonia se reforzaron las murallas, aunque eso no impidió que los tracios la recuperaran de nuevo y con una tercera denominación: Pulpudeva.

En el siglo I pasó a manos de los romanos, interesados en la Via Diagonalis, que cruzaba la región balcánica. Como no podían ser menos, también buscaron un nuevo nombre. La llamaron Trimontium. Durante este período, la ciudad creció bastante y se expandió más allá de las murallas bajando por las faldas de las colinas.

Cinco siglos más tarde fue tomada por los eslavos que la renombraron como Puldin y en el 815 fue conquistada por los búlgaros. Los otomanos llegaron en 1365 y la bautizaron como Filibe. En esta época de dominación otomana se destruyó gran parte de la ciudad y de su arquitectura bizantina. En 1878 cuando Rusia venció a Turquía y los otomanos abandonaron el territorio, la ciudad pasó a llamarse Plovdiv, nombre que ha llegado hasta el presente y convirtiéndose en capital de la región semi-independiente de Rumelia del Este hasta su unión con Bulgaria en 1885.

Así pues, con este pasado, no es de extrañar que sea una mezcla de la cultura occidental con la oriental y que ofrezca al visitante un rico patrimonio arquitectónico. Podemos encontrar huellas de todas las etapas y pueblos que se asentaron en Plovdiv.

Comenzamos nuestro recorrido por los Jardines del Zar Simeón, creados en 1892 con el propósito de albergar una exposición internacional de arquitectura. En nuestra visita los encontramos algo deslucidos.

Sobre todo porque las fuentes están apagadas. Lo cual no es de extrañar dada la temperatura ambiente. La poca agua que tienen, fruto de las lluvias, está congelada.

Incluso el lago está desangelado. Por contra, en verano se puede remar en él.

Los jardines nos conducen a la zona principal de la ciudad, con sus calles peatonales llenas de tiendas, locales y restaurantes. A pesar de que era un día de diario, había mucho trasiego, supongo que por las compras navideñas.

La calle principal de la zona nueva es la Aleksandrovska, una arteria muy animada con tiendas, cines, galerías, cafés. Sin embargo, esta modernidad nos lleva a unas ruinas del Estadio Romano. Se trata de una pista de unos 180 metros que fue construida en el siglo II d. C en el período del empreador Marco Aurelio siguiendo el diseño del Estadio de Delos.

Para apreciarlas hay que bajar. El estadio se construyó aprovechando el desnivel entre las colinas de Taksim y Sahat. Solo se conserva una de las partes, el resto está oculto bajo la calle principal. El estadio era el lugar donde se celebraban los Juegos Alejandrinos y contaba con una capacidad para 30.000 espectadores. Formaba parte de un complejo que albergaba también las Termas y el Tesoro.

En 2012 se inauguró el Antiguo Stadium de Philippopolis, por lo que es posible visitar las ruinas descendiendo por unas escaleras laterales. También se puede visitar la exposición audiovisual que nos acerca a una reconstrucción de cómo eran en su día.

Volviendo a subir, nos encontramos la Mezquita Dzhumaya, que da nombre a la plaza. Data de mediados del siglo XV y es una de las mezquitas más antiguas de los Balcanes. Se levantó donde se emplazaba la antigua catedral de la ciudad. En su día fue una de las más grandes de Plovdiv, una ciudad que en época otomana llegó a contar con más de 50 mezquitas.

Cuenta con un minarete de 23 metros de altura y 9 cúpulas de plomo, aunque la principal es la central, que abarca una sala rectangular de 33 por 27 metros.

En uno de sus laterales hay un restaurante y tiendas.

Siguiendo la calle del Zar Boris III nos acercamos hasta el río Maritsa.

Y de nuevo volvimos sobre nuestros pasos, y callejeamos por el distrito de Kapana en el que destacan las estrellas calles y coloridas fachadas.

Esta zona peatonal entre las colinas de Taksim y Nebet tiene una atmósfera diferente. En ella podemos encontrar tiendas alternativas, locales de comida biológica, artesanía o galerías. También, cómo no, bares, cafeterías y restaurantes.

Durante siglos era donde se concentraban los artesanos y mercaderes para vender sus productos. Hoy es más que eso, rezuma creatividad. Llaman la atención la decoración con sus banderitas como si hubiera un festival continuo, los coloridos murales, los grafitis… Además, al ser época navideña había abetos en medio de la calle y casetas de madera con artesanía, juguetes y joyas.

Aprovechamos que era media mañana para tomarnos unas cervezas. Aunque no eran locales, sino artesanas de diferentes lugares del mundo.

Abandonamos la parte nueva de la ciudad para subir al casco histórico, conocido como Staria Grad. Subiendo por las calles empedradas llegamos al Anfiteatro Romano.

Fundado en el siglo II. d.C por el emperador Trajano se asentó en la pendiente de las colinas de Taksim y Dzambaz. Contaba con una capacidad para 6.000 espectadores distribuidos en 14 gradas. Estas se dividían por barrios, así cada habitante sabía dónde se tenía que sentar.

En el siglo IV quedó oculto a 15 metros de profundidad como resultado de un terremoto. No salió a la luz hasta 1978 tras obras de remodelación de la colina Dzambaz.

Gran parte del anfiteatro ha sido reconstruido. Se conservan bastantes de filas de mármol que funcionaban como asientos para los espectadores. También se mantiene bastante bien el escenario, que consta de dos pisos.

El teatro simboliza la importancia cultural de la civilización romana. Hoy se está usando de nuevo para conciertos y espectáculos. Cuando no hay ningún acto programado, se puede visitar libremente por 5 levas y trasladarse a otra época.

Continuamos el ascenso hasta la colina Nebet Tepe. Como decía al principio, Plovdiv está construida alrededor de 7 colinas. Tres de ellas forman la Ciudad Antigua, la Trimontium romana: Dzambaz Tepe (del acróbata), Taksim Tepe (del tanque) y Nebet Tepe (colina del mirador o de guardia). Al este de la calle Aleksandrovska se encuentras las otras tres: Sahat Tepe (del reloj), Bunardjik Tepe y Djendem Tepe.

Pero, ¿dónde se encuentra la séptima? Pues no queda nada ya de Markovo Tepe, puesto que se dinamitó en la época comunista con motivo de la expansión urbanística. Tan solo queda una placa en recuerdo y hay que buscarla, es fácil que nos pase desapercibida.

En Nebet es donde nació la ciudad con el asentamiento de los tracios. Hoy sin embargo queda poco de la fortificación que estos levantaron. Lo poco que se conserva son ruinas de la muralla romana que delimitaba un perímetro de 2630 metros. También resiste la torre cuadrangular que servía de vigía.

Desde el descampado donde están los restos de la muralla podemos otear toda la ciudad.

Mientras estábamos observando la ciudad a nuestros pies e intercambiábamos impresiones llegó un señor, que, al oírnos en español, nos preguntó que de dónde éramos. Él era tejano, pero llevaba décadas viviendo en Plovdiv. Llegó como casco azul al país y se quedó. Era un apasionado de las aves y le gustaba subir al mirador con sus prismáticos. Todo un personaje que parecía haber salido de un anuncio de Coronel Tapioca.

Pero nosotros dejamos al señor y nos adentramos por el casco antiguo. Si el anfiteatro me había sorprendido, pues no esperaba encontrar ruinas romanas; las callejuelas empedradas con casas de colores me dejó impactada. No lo esperaba para nada. Fue una grata sorpresa.

Está muy bien conservado gracias a una campaña de recuperación de las viviendas para mantener su estética de mediados del siglo XIX. Muchos edificios que estaban abandonados se reconvirtieron en museos, restaurantes y hoteles. En total se mantienen en pie más de 150 edificios que datan de la etapa del Renacimiento Búlgaro, una época de esplendor para la ciudad. Destacan por sus fachadas de intensos colores, cubreventanas de madera y detalles artesanos que sirven de ornamento.

Pero el casco histórico no solo cuenta con coloridos edificios que recuerdan a las bávaras, sino que también cuenta con varias iglesias. Una de las más importante es la Iglesia de San Constantino y Elena.

Construida en 1832, es la iglesia más antigua de Plovdiv. Se erige en el terreno donde se ubicaba un santuario cristiano de principios del siglo IV. También fue donde se decapitó a los mártires Memnos y Severiano, de ahí que se piense que el antiguo templo llevara su nombre. La denominación actual se debe a la canonización del emperador Constantino. Al pasar a ser reconocido como santo, se le cambió el nombre a la iglesia por el suyo y el de su madre.

Ha sido reconstruida varias veces a lo largo de los años. En una de las excavaciones en 1950 se descubrió un osario con restos de habitantes de Plovdiv. Los restos se movieron a una fosa en el patio. El recinto se encuentra acotado por un muro de piedra de unos 8 metros de altura, lo que crea un espacio privado, como si fuera un monasterio.

Nada más atravesar el muro nos encontramos con unos interesantes frescos en el pórtico.

En el interior, de tres naves con techo abovedado, destaca el iconostasio tallado en madera.

El amigo de mi hermano tenía que irse a unas gestiones, así que nos quedamos dando un paseo tranquilamente por la zona antigua perdiéndonos entre las callejuelas.

No entramos en más iglesias o en museos, simplemente paseamos descubriendo las peculiares construcciones.

Y cuando se acercó la hora de comer, bajamos a la zona nueva para comer. El amigo de mi hermano nos había recomendado una cadena llamada Happy, porque tenían distintos tipos de comida para elegir (mejicana, italiana, japonesa…) y no nos complicamos mucho y allí acabamos. La comida tampoco fue nada especial, pero bueno, había hambre. Elegimos una ensalada césar para compartir y después cada uno un plato: pasta, arroz, hamburguesa y carne. Como acompañamiento, la cerveza local Kamenitza.

Tras comer, volvimos a quedar con nuestro guía local que nos iba a llevar de excursión a las afueras. Así que aquí acabó nuestra visita a Plovdiv, una ciudad que se postula como candidata a Ciudad Europea de la Cultura 2019 y que lo mismo te sorprende con un rico legado mezcla de pueblos y períodos históricos que con una Ciudad Vieja con mucho encanto.

Este fue nuestro recorrido aproximado:

Nueva serie a la lista “para ver”: Stranger Things

Stranger Things fue una de las series más comentadas durante el año pasado. Me había resistido a verla porque no me va mucho la ciencia ficción y el argumento no me terminaba de convencer, pero al final este verano le hemos dado una oportunidad.

Cualquier análisis o descripción que se haga sobre la serie es quedarse corto. Tras el visionado del piloto quedan muchas puertas abiertas, muchos misterios por descubrir, muchas preguntas por responder.

La serie transcurre en los años 80, en la ciudad de Hawkins, Indiana, y la acción arranca cuando Will Byers, un chaval de 12 años, desaparece misteriosamente al volver a casa tras haber estado jugando con sus amigos a Dragones y Mazmorras.

Al día siguiente, su madre, interpretada por Wynona Rider, al descubrir que no ha dormido en casa, acudirá a la policía. Amigos, familia y policía comenzarán una exhaustiva búsqueda para descubrir qué ha ocurrido. En el desarrollo de la investigación se toparán con misteriosos sucesos, experimentos gubernamentales y fuerzas paranormales. Además, paralelamente, aparecerá en el bosque una niña con un camisón de hospital y la cabeza rapada que apenas habla y que resultará tener poderes telequinéticos.

Así, leyendo el argumento, da la sensación de ser un típico thriller sobrenatural, pero también hay drama. Aunque parece que va a tocar más palos. Por un lado el terrorífico con ese misterioso monstruo y por otro algo de comedia y aventuras gracias a esta pandilla de protagonistas.

Una pandilla de cazadores de aventuras que ya ha sido bautizada como “los nuevos Goonies”, que se mueven en bici como en E.T., que juegan a Dragones y Mazmorras, que hablan entre ellos con walkie-talkies… Todo huele a los 80. No sé si hay un vacío de creatividad o una nostalgia por el pasado, pero no dejan de aparecer remakes o historias que beben de muchas otras series y películas de hace años. Stranger Things ha combinado las películas de Steven Spielberg con las novelas de Stephen King (y muchas otras referencias que se me escapan) para llevar a cabo un homenaje a aquella época.

Solo con el piloto ya nos podemos hacer una idea de lo bien construida que está la serie. Cuenta con una buena historia, unos personajes creíbles, un magnífico reparto (incluso a pesar de tanto joven protagonista desconocido), una estupenda ambientación, una cuidada fotografía, una tenebrosa atmósfera y una cuidada banda sonora. Todo ello aderezado con la añoranza de los años 80. Y es que supongo que no habría funcionado igual la desaparición de un niño en una época tan tecnológica como la actual, sería una serie totalmente diferente. Aún así, con todo lo positivo que tiene Stranger Things, a mí no me ha terminado de enganchar. Imagino que por muy de los ochenta que una sea, al final te tiene que atraer el género.

Aún así, seguramente siga la historia de esta pandilla aventurera pues sus cortas temporadas la convierten en candidata para un maratón en esos días de sofá, mantita y serie. La primera temporada cuenta con tan solo 8 capítulos, y la segunda con 9. El 27 de octubre volverá la tercera y parece ser que finalizará en la cuarta, según sus creadores. Y me parece acertado, ya que, como sabemos, los niños tienden a crecer. Y ya no sería lo mismo.

Paseando por Sofía III

De nuevo en Serdika, aunque esta vez de noche, nos dirigimos al mercado. En nuestra visita matutina habíamos comido bien, se estaba calentito, teníamos wifi… Y como era pronto para volver al hotel, pero a la vez era tarde para estar en la calle porque no había mucha iluminación y además la temperatura estaba en grados negativos, decidimos que era el mejor sitio donde resguardarse, tomar algo y comprar la cena.

Lo que no nos esperábamos es que hubiera además actuaciones en vivo. Nos sentamos en la terraza del bar de la planta baja a tomarnos unas cervezas locales y de repente apareció un señor con gorro de Papá Noel y fular rojo que nos deleitó con canción melódica.

Después le siguieron un dúo. Él tocaba un timbal y ella bailaba la danza del vientre.

Por último tuvimos un cuerpo de danzas folclórica búlgara.

Resultó interesante conocer un poco más de la cultura a través del baile, de la música, de las vestimentas. Una pena que el escenario fuera tan limitado.

Antes de que cerraran los puestos del mercado nos dimos una vuelta para ver qué nos podíamos llevar para cenar al hotel. La mejor opción que encontramos fue uno en el que vendían comida preparada tipo casera. Además, al ser última hora del día estaban de liquidación con precios rebajados. Aunque de por sí tenía precios bastante asequibles.

El precio lo marcaba el tamaño de la tartera elegida o la cantidad de piezas, como en el caso de las brochetas de pollo. Además de la carne, cogimos unas patatas gajo y dos tipos de arroz. Ambos con verduras, solo que uno era más suave con zanahoria y guisantes; mientras que el otro estaba más especiado y llevaba pimientos. Para completar el menú compramos una barra de pan.

Cerca de la estación de metro del hotel había una especie de ultramarinos, así que allí compramos la bebida. Lo curioso es que las máquinas refrigeradoras estaban en la calle programadas a 5ºC cuando la temperatura ambiente marcaba -4º en las marquesinas.

Otra cosa que me llamó la atención fue la divertida ilustración que tienen los contenedores.

Ya en el hotel preparamos una mesa improvisada en el suelo de la habitación y nos comimos las provisiones que, aunque estaban ya frías, nos supieron a gloria después de la tralla de todo el día.

Mientras cenamos, ultimamos detalles sobre los planes del día siguiente, que nos íbamos a Plovdiv y teníamos que comprobar los horarios de salida del bus.

Para finalizar el día, una ducha y a dormir.

Paseando por Sofía II

Nos habíamos quedado en el trayecto hacia el hotel. No fue difícil de encontrar el Easyhotel, pues está a unos cinco minutos de la parada de metro Konstantin Velichkov. Tan solo hay que tomar el Bulevar Todor Alexandrov y es la cuarta calle a la derecha.

Sí, el hotel no estaba céntrico, pero lo elegimos por varios motivos. Uno de ellos la experiencia en los Easyhotel. Hasta ahora nos ha funcionado muy bien para escapadas en las que apenas vas a ducharte y dormir, no necesitas más que una cama y un baño. Otro motivo es el precio, que está bastante bien. Y finalmente por su ubicación, que se encuentra a tan solo dos paradas de Serdika. Había que coger transporte, pero tampoco te vas muy lejos de la zona en donde se encuentran los puntos de interés.

Es bastante nuevo y todas las habitaciones cuentan con ventana. Algo nuevo para nosotros que siempre las habíamos cogido tipo zulo. Como diferencia al de La Haya, Londres o Edimburgo, este sí que llevaba incluido en el precio la televisión e internet.

Nos dieron dos habitaciones consecutivas, así que estábamos pared con pared. Una de las habitaciones estaba al final del pasillo, por lo que tenía un poco más de espacio en la zona de entrada. Por lo demás, en la parte de habitación contábamos con ganchos para colgar la ropa, la cama con sus huecos para el equipaje y la ventana sobre el cabecero, una especie de tocador y la televisión. También teníamos el control del aire acondicionado.

Estilo minimalista, pero muy bien aprovechado.

Por otro lado, el baño sigue el estilo de esta cadena con su habitáculo tipo camarote. Es difícil hacer una foto sin un ojo de pez.

La única pega que le pondría al hotel sería el jabón, cuyo olor es algo peculiar; y el colchón, que para mi gusto era algo fino. La ventana con estor no fue mucho problema dado que era diciembre y los días son cortos en esa época del año. Sin embargo, si hubiéramos ido en verano no habría servido de mucho para evitar la luz exterior. Pero bueno, esto es un tema mío y mi gusto por dormir en modo búnker. Por eso suelo elegir habitaciones (o camarotes) sin ventanas.

Después de acomodar nuestras escasas pertenencias, nos volvimos para el centro para continuar con nuestro recorrido por la capital búlgara.

Retomamos nuestro paseo en el Palacio de Justicia.

Se trata del monumento arquitectónico civil nacional más grande. Conserva su majestuosidad y apenas ha sufrido modificaciones con respecto a su construcción entre 1929 y 1940. Surgió de la necesidad de unir bajo un mismo techo todas las cortes de la ciudad que con anterioridad a la fecha se encontraban dispersas en distintos edificios privados.

Desde allí tomamos el Bulevar Vitosha, la calle comercial de Sofía. Es la arteria en que podemos encontrar las típicas cadenas y franquicias internacionales, las tiendas de lujo, bares, cafeterías, restaurantes. Es el ejemplo de la apertura de Bulgaria al capitalismo, no destacaría mucho de esta avenida, es una típica calle comercial peatonal como la de cualquier ciudad europea.

Esta calle que discurre desde la plaza de Sveta Nedelya hasta el Palacio de Cultura recibe su nombre en honor a la montaña Vitosha. En 1883 cuando se construyó estaba delimitada por casas bajas, pero en el período de entreguerras se convirtió en calle comercial cuando se construyeron grandes edificios públicos.

Si nos metemos por calles aledañas no encontramos, sin embargo, tanto escaparate.

Callejeando llegamos a la Plaza Petko Slaveykov, donde se hay un mercadillo de libros nuevos y usados de todo tipo de géneros y en diferentes idiomas. Esta plaza recibe su nombre de un poeta búlgaro.

Y como habían pasado unas horas desde que nos comimos los trozos de pizza en el mercado, decidimos comer en una cadena búlgara al estilo KFC. No recuerdo el nombre, pero la verdad es que no fue una cosa del otro mundo, aparte de pollo frito, y tampoco especialmente barato. Extrañamente tenían de hilo musical un disco de Marc Anthony. En español. Muy raro todo.

Con el estómago lleno, continuamos dirección al Teatro Nacional Ivan Vazov.

Este edificio de principios de siglo XX recibe su nombre en homenaje al novelista, dramaturgo y poeta búlgaro. Su estilo recuerda a otros teatros decimonónicos de Europa, no en vano sus diseñadores eran vieneses. Destaca su fachada neoclásica perfectamente simétrica en la que sus capiteles soportan seis columnas con frisos decorados con alegorías mitológicas. Por ejemplo en el frontón tenemos a Apolo rodeado de musas. En las torres se erigen dos esculturas de unas Niké, la diosa alada.

Es el teatro más antiguo e importante del país. Quedó dañado en 1923 por un incendio y tuvo que ser reconstruido en 1929. Más tarde, durante la II Guerra Mundial, el edificio fue bombardeado, por lo que pasó por otra remodelación en 1945. En 2006 se volvieron a llevar a cabo tareas de restauración.

Dispone de tres escenarios que pueden albergar hasta 1.000 personas. Cuenta con un aforo de 750 butacas en el patio, una planta con 120 y 70 más en la cuarta planta.

El teatro mira hacia el Jardín de la Ciudad, en el que nos adentramos. A pesar de que comenzaba a atardecer, había gente en los bancos, paseando, o en el mercadillo navideño.

Me resultó curioso que se tratara del típico Weihnachtsmarkt germano con su Glühwein, sus casetas de artesanía y villancicos en alemán.

Había un escenario para representaciones y un árbol frente a la Galería Nacional de Arte. El museo se encuentra en lo que en el siglo XIX fue sede de la antigua Oficina Real de Imprenta. Con la llegada de la República se le buscó otro uso. Tuvo que ser reconstruido tras los bombardeos de la II Guerra Mundial.

La exposición cuenta con obras nacionales e internacionales entre las que podemos encontrar trabajos de artistas holandeses y flamencos. También de los españoles Picasso, Goya, Miró y Dalí.

Tomando la calle de la galería hacia la derecha llegamos a la Iglesia Rusa.

Esta pequeña iglesia de tejados verdes también es conocida como Sveti Nikolai. Fue construida entre 1912 y 1914 por trabajadores rusos emigrados a Bulgaria en el lugar donde hubo una mezquita hasta 1882. Permaneció abierta en el período comunista en Bulgaria. Está inspirada en el estilo de las iglesias rusas del siglo XVII, con cinco cúpulas doradas con forma de cebolla que relucen con el sol y azulejos multicolores.

Sus campanas fueron donadas por el Zar Nicolás II, a quien está consagrada.

En su interior se encuentra la cripta del Arzobispo Serafín Sobolev, que falleció en 1950 y es considerado santo por muchos cristianos ortodoxos.

Cabe remarcar que aunque rusos y búlgaros profesan la fe ortodoxa, pertenecen a iglesias distintas.

Girando por la calle Georgi Rakovski llegamos a la Ópera.

La primera compañía de ópera en Bulgaria se fundó en 1890. Un año más tarde, las dos secciones (Compañía de Drama y Ópera) se dividieron en 1891 para formar la compañía teatral Salza i Smyah y la Ópera Búlgara. No obstante, no duró mucho, ya que en 1892 tuvo que ser disuelta por falta de fondos.

En 1908 se creó la Sociedad de la Ópera de Bulgaria, pero la institución no se convirtió en nacional hasta 1922, cuando cambió su nombre por el de Ópera Nacional y se formó una compañía de ballet. Sin embargo, no se vería una representación suya hasta el año 1928.

Tras los bombardeos de la II Guerra Mundial estuvo un tiempo en el que no se llevó a cabo ninguna actividad ya que tuvo que ser restaurado. Su reapertura fue ya en 1953.

Este edificio está un poco escondido para ser uno de los más importantes de la ciudad. En sus bajos tiene su sede el partido Ataka. Buen nombre para una coalición de agrupaciones xenófobas y antisemita.

Frente al local de Ataka paradógicamente se erige la estatua de Aleksandar Strambolyiski, un político de izquierdas que fue primer ministro de Bulgaria entre el 6 de octubre de 1919 y el 9 de junio de 1923.

En 1915 se había opuesto a que Bulgaria entrara en la I Guerra Mundial y criticó la política del zar, lo que le llevó a perder su escaño en las Cortes Búlgaras y a ser condenado a muerte por traición. Sin embargo, acabó en la cárcel con cadena perpetua. No obstante, conseguiría la amnistía del zar en 1918.

En sus años de gobierno comenzó un acercamiento a Yugoslavia que desencadenó un Golpe de Estado de la extrema derecha mientras Strambolyiski se encontraba de vacaciones. Este se ocultó, pero su escondite fue descubierto y él torturado y decapitado.

Tomando la calle París pasamos por la Iglesia de Santa Sofía, o Hagia Sofia.

Esta iglesia bizantina de ladrillo rojo y tres naves data del siglo VI y es la más antigua de la ciudad. Además es la que le da nombre a la capital en el siglo XIV. Al igual que la de Estambul, significa Santa Sabiduría.

Se levanta donde se encontraba la necrópolis de Serdika y anteriormente iglesias del siglo IV. Entre los siglos XII y XIV fue la sede del obispado. Más tarde, durante la ocupación otomana se convirtió en mezquita. Para ello se construyeron dos minaretes y se destruyeron algunos murales que decoraban el interior. Así continuó hasta el siglo XIX cuando un terremoto derribó una de las dos torres y se abandonó como templo islámico. A partir de 1900 comenzó a restaurarse como iglesia de rito ortodoxo.

Junto a la iglesia se encuentra el Monumento al soldado desconocido y cerca la tumba del poeta nacional búlgaro Ivan Vazov, el del teatro.

El monumento conmemora los cientos de miles de soldados búlgaros muertos en la I Guerra Mundial. Se inauguró en septiembre de 1981 y como suele ocurrir en este tipo de memoriales no puede fallar la llama eterna. Además, cuenta con símbolos búlgaros significativos. Por un lado turba de Stara Zagora y el Paso de Shipka (donde se celebraron dos batallas de la Guerra Ruso-Turca), por otro la escultura de un léon, que es el símbolo nacional del país; y finalmente un fragmento de un poema de Ivan Vazov.

Frente a la iglesia se encuentra el Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa, esto es, el lugar en el que se reúnen los obispos.

Es una construcción peculiar, en un principio yo pensé que se trataba de un edificio judío por sus rayas horizontales, o islámico por su pórtico con cúpulas. Sin embargo, cuando te fijas, encuentras que arriba del todo hay una imagen donde se representa a los patriarcas ortodoxos con su vestimenta típica y sus barbas.

Sin embargo, ni la iglesia (a izquierda) ni el sínodo (a derecha) llaman la atención tanto como lo hace la majestuosa Catedral de Alejandro Nevski.

Al estar en una amplia plaza se puede observar completa desde la distancia mientras la bordeamos, por lo que se puede apreciar más aún lo impresionante que es con su exterior blanco salpicado de cúpulas verdes y doradas de diferentes tamaños y a diversas alturas.

Se construyó entre 1882 y 1912 en honor a los 20.000 soldados rusos que cayeron durante la Guerra de Liberación de Bulgaria frente al Imperio Turco de 1877-1878. Recibe el nombre del Zar Alejandro II de Rusia, clave en la defensa del Cristianismo Ortodoxo frente a los ataques de los católicos, teutones y tártaros.

Esta catedral de estilo bizantino es uno de los edificios más emblemáticos de Sofía y también el principal centro religioso de la capital y del país, ya que es la sede del Patriarcado de Bulgaria. Fue proclamada monumento de la cultura en 1924.

Es una de las catedrales ortodoxas más grandes del mundo con 72 metros de largo, 42 metros de ancho y 52 metros de alto. Estas medidas de excepción conforman una superficie de 3170 m² que son capaces de albergar hasta 5.000 personas. Su campanario de 53 metros cuenta con 12 campanas.

Como muchos edificios de la ciudad, quedó prácticamente destruida durante las dos guerras mundiales, por lo que tuvo que ser reconstruida.

El acceso es gratuito, aunque hay que pagar para hacer fotos. Guardamos la cámara compacta para no llevarla en la mano, pero la reflex colgada del cuello llamaba la atención y, aunque no íbamos a hacer fotos, al vernos con ella, se nos acercaron un par de religiosos a cobrarnos. En cualquier caso, con decirles que no íbamos a fotografiar nada, pudimos seguir con nuestra visita.

El interior es muy sobrio teniendo en cuenta lo impresionante que es por fuera. Está ricamente decorada con frescos, iconostasios, lámparas, murales. Incluso los suelos de mármol tienen ornamentos. Además, como el espacio queda abierto, diáfano, sin bancos, se puede pasear descubriendo los detalles. Sin embargo, la escasa luz da esta sensación de sobriedad, creando una atmósfera muy particular. Aunque habría agradecido un poco más de potencia para poder observar mejor cada rincón.

En la cripta se encuentra una colección de arte antiguo búlgaro que va desde los siglos IV al XIX. Además, posee una galería con una de las mayores (y mejores) colecciones de iconos ortodoxos.

La catedral tiene la particularidad de contar con dos tronos. Normalmente suele haber uno destinado al patriarca, sin embargo aquí se colocó un segundo para el zar que está ricamente ornamentado. Aunque nunca se llegó a sentar ningún monarca.

Volvimos al exterior y la bordeamos para admirar toda su silueta, sus arcos, ventanas y cúpulas.

Nos acercamos al variopinto Mercado de Antigüedades donde había puestos con todo tipo de piezas de segunda mano que nos acercaban a la historia y costumbres búlgaras como placas de calles soviéticas, medallas e insignias, objetos de uso cotidiano, juguetes, cromos, carteles, discos de vinilo, libros… Merece la pena dar un paseo y hablar con los vendedores. Aunque se estaba haciendo de noche y ya estaban prácticamente recogiendo.

Intentamos aprovechar la poca luz que quedaba y nos dirigimos hacia el Monumento al Zar Libertador.

Esta estatua ecuestre de bronce de 14 metros de alto está erigida en honor al Zar ruso Alejandro II, el mismo al que honra la catedral.

El emperador porta en su mano una declaración de guerra en contra del Imperio Otomano. A sus pies, en el pedestal, se puede ver la representación de varias escenas bélicas.

Desde la estatua tenemos frente a nosotros la Asamblea Nacional. Este edificio construido en tres fases entre 1884 y 1928 es el Parlamento de Bulgaria. De estilo neo-renacentista, no tiene nada que ver con el diseño soviético en el que destacaban grandes moles.

Bulgaria es uno de los pocos países que cuenta con cámara única junto con Dinamarca, Portugal, Grecia, Croacia o Nueva Zelanda. Está integrada por 240 diputados elegidos por sufragio universal cada cuatro años.

Sobre la entrada queda grabado el lema “la unión hace la fuerza”.

Tomando el Bulevar Zar Osvoboditel llegamos al magnífico edificio de la Universidad, la institución de educación superior más antigua e importante de Bulgaria.

La Universidad se fundó el 1 de octubre de 1888, pero surgió como institución primaria, no se convertiría en universidad hasta 1904. En sus primeros años de andadura contaba tan solo con tres facultades: Historia y de Filología; Matemáticas y de Física; y una tercera de Ley. Pero los años siguientes se fueron abriendo nuevas. En 1917 fue la de Medicina, en 1921 Veterinaria y en 1923 la de Teología.

El edificio que vemos hoy en día se comenzó a construir el 30 de junio de 1924 en estilo neo-barroco siguiendo el diseño de un arquitecto francés que había ganado un concurso. La apertura oficial tardaría en llegar diez años, el 16 de diciembre de 1934.

En 1944 con la República Búlgara se produjeron cambios en el sistema universitario. Llegaron profesores comunistas para sustituir a otros próximos a las ideas de la monarquía, se cambiaron los planes de estudio siguiendo el esquema soviético y aumentaron en un 1.000% las matrículas. En 1947 se abrieron tres facultades más: Silvicultura, Zoología y Economía.

Hoy en día la universidad alberga 15 facultades y unos 14.000 estudiantes. En su campus de 18.624 m² podemos encontrar una biblioteca, salas de informática, una imprenta o gimnasios.

Para finalizar la tarde, ya apenas sin luz, llegamos a la Biblioteca de San Cirilo y San Metodio.

La institución se creó en 1878, sin embargo no se mudó a su actual ubicación hasta 1953. En 1882 recibió el estatus de Biblioteca Nacional de Bulgaria y en 1924 absorbió el Archivo Nacional. Alberga manuscritos, libros centenarios, atlas, mapas, retratos, fotografías y una gran colección de partituras, discos de vinilo y cintas antiguas. Todo ello se encuentra repartido y expuesto en diferentes salas como si de un museo se tratara.

Esta biblioteca fue la primera institución que surgió en el país. Nació con el anhelo de cimentar la cultura búlgara tras su independencia del Imperio Otomano. Hoy constituye un importante organismo que contiene gran parte del patrimonio cultural búlgaro.

El edificio neo-clásico construido entre 1940 y 1953 lleva el nombre de Cirilio y Metodio, los creadores del alfabeto cirílico.

Ya se nos había acabado la luz y, aunque nos acercamos a los Jardines Knyazheska, poco pudimos ver del Monumento del Ejército Soviético, así que tomamos el metro y nos fuimos a Serdika.

Este fue el recorrido de nuestra segunda parte del día: