Dejamos Atenas y ponemos rumbo a Sofía

El lunes 19 nos levantamos de madrugada. Teníamos el vuelo a las 8:40 de la mañana y, aunque no llevábamos equipaje, mínimo una hora antes tienes que estar en el aeropuerto para poder pasar los controles con tiempo y embarcar en hora. Además, necesitábamos una hora más para el trayecto en metro. Con lo cual, nos implicaba salir del apartamento sobre las 5:45.

Si a esa hora le quitamos el tiempo necesario para despertarnos, duchas, desayuno, recoger el apartamento… Pues eso, noche cerrada. Pero es que además, si pensabas en la hora española te daba un infarto, porque hay una hora de diferencia.

En fin, que orquestamos un baile de duchas, desayunos, mochilas y limpieza del apartamento; cogimos la basura y nos fuimos al metro medio dormidos.

El vuelo esta vez era más corto, apenas una hora y veinte minutos.

Además, nos dieron un bocadillo, café y un baklavá. No estaba a la altura de la pasta del vuelo anterior, pero bueno, había hambre.

Yo conseguí dar alguna cabezada, pero sobre todo al final estuve mirando por la ventanilla y sorprendiéndome por los montes nevados. Ya habíamos mirado los días anteriores la previsión metereológica y sabíamos que íbamos a rozar los 0º, pero a medida que nos acercábamos, iba siendo más consciente de que nos encontraríamos con unas temperaturas invernales en toda regla.

¿Qué nos esperaría en el desembarque? Lo veremos en otra entrada.