De paseo por Plovdiv

Madrugamos bastante, aunque no tanto como el día anterior, para estar en la estación de autobuses y coger el bus de las 8 de la mañana que nos llevaría a Plovdiv. También se puede llegar en tren, pero el amigo de mi hermano nos dijo que eran menos cómodos, que no siempre se cumplían los horarios y que lo mismo ni tenían calefacción, así que al bus de cabeza.

Llegamos a la estación y empezamos a buscar la taquilla, cuando nos dimos cuenta de que no estábamos en la correcta. Y es que el metro nos había dejado más cerca de la de tren que la de bus. Ya en la que nos correspondía, buscamos la caseta 13 que es la que vendía nuestros billetes.

La compañía es Vitosha Express y tiene un bus que sale a cada hora en punto y que por 14 levas en dos horas se ha plantado en Plovdiv. En el autobús se indica el recorrido (en búlgaro, eso sí) y la hora de salida.

Pero como teníamos aún tiempo para embarcar, aprovechamos para tomarnos un café y un croasán en una de las cafeterías de la estación. Fuera estábamos a -2º y había que entrar en calor.

Con el estómago lleno y aún con cara de sueño, entregamos el ticket al conductor y buscamos nuestro asiento. En principio están numerados, pero no iba completo ni mucho menos.

El autobús parecía haber sido comprado de segunda mano a Alemania, pues tenía rótulos en alemán. Cuando pillaba un bache, traqueteaba un poco, pero en general es bastante aceptable. Junto a la puerta de salida había una tele de tubo y una fuente. Aunque no descubrimos si funcionaban.

En las dos horas que duró el trayecto apenas realizó paradas. Unas pocas hasta que salimos de Sofía y alguna otra cuando llegábamos a Plovdiv. Tampoco había mucho tráfico, así que fue rodado. Alguna cabezada cayó.

La última parada es la estación central de Plovdiv, donde nos esperaba el amigo de mi hermano y los 0º. Antes de comenzar el recorrido, nos llevó a un puesto callejero a por el desayuno. Al igual que los panecillos turcos y griegos, en Bulgaria parece que son típicos estos bollos rellenos con embutido y/o queso sírene.

Por algo más de una leva tienes donde elegir:

Los de abajo de la imagen son la banitsa, un típico postre búlgaro. Está hecho de masa de hojaldre, huevos, yogur y queso.

Son un poco grasientos, pero te lo dan con un papel de estraza y una bolsa para que no te pringues. Están muy ricos, eso sí, llenan bastante.

Y con nuestro segundo desayuno en el estómago, nos dirigimos al centro de Plovdiv con nuestro guía local. Por primera vez en mucho tiempo iba a ver una ciudad sin haberme informado previamente sobre ella.

Plovdiv, la ciudad de las 7 colinas y a orillas de río Maritsa, es la segunda ciudad más grande de Bulgaria. En una época en la que no existía Atenas, Roma ni Constantinopla, suponía un cruce de caminos entre Asia y Europa. De ahí que tenga una mezcla de culturas como la tracia, la romana, la búlgara o la otomana.

La ciudad fue fundada por los tracios en el siglo V a. C. bautizándola como Evmolpia. Estos se asentaron en la colina de Nebet Tepe, donde construyeron una fortificación. Sin embargo, en el 342 a. C. fue conquistada por los macedonios por el padre de Alejandro Magno que le cambiaron el nombre por Philippopolis. Durante la época macedonia se reforzaron las murallas, aunque eso no impidió que los tracios la recuperaran de nuevo y con una tercera denominación: Pulpudeva.

En el siglo I pasó a manos de los romanos, interesados en la Via Diagonalis, que cruzaba la región balcánica. Como no podían ser menos, también buscaron un nuevo nombre. La llamaron Trimontium. Durante este período, la ciudad creció bastante y se expandió más allá de las murallas bajando por las faldas de las colinas.

Cinco siglos más tarde fue tomada por los eslavos que la renombraron como Puldin y en el 815 fue conquistada por los búlgaros. Los otomanos llegaron en 1365 y la bautizaron como Filibe. En esta época de dominación otomana se destruyó gran parte de la ciudad y de su arquitectura bizantina. En 1878 cuando Rusia venció a Turquía y los otomanos abandonaron el territorio, la ciudad pasó a llamarse Plovdiv, nombre que ha llegado hasta el presente y convirtiéndose en capital de la región semi-independiente de Rumelia del Este hasta su unión con Bulgaria en 1885.

Así pues, con este pasado, no es de extrañar que sea una mezcla de la cultura occidental con la oriental y que ofrezca al visitante un rico patrimonio arquitectónico. Podemos encontrar huellas de todas las etapas y pueblos que se asentaron en Plovdiv.

Comenzamos nuestro recorrido por los Jardines del Zar Simeón, creados en 1892 con el propósito de albergar una exposición internacional de arquitectura. En nuestra visita los encontramos algo deslucidos.

Sobre todo porque las fuentes están apagadas. Lo cual no es de extrañar dada la temperatura ambiente. La poca agua que tienen, fruto de las lluvias, está congelada.

Incluso el lago está desangelado. Por contra, en verano se puede remar en él.

Los jardines nos conducen a la zona principal de la ciudad, con sus calles peatonales llenas de tiendas, locales y restaurantes. A pesar de que era un día de diario, había mucho trasiego, supongo que por las compras navideñas.

La calle principal de la zona nueva es la Aleksandrovska, una arteria muy animada con tiendas, cines, galerías, cafés. Sin embargo, esta modernidad nos lleva a unas ruinas del Estadio Romano. Se trata de una pista de unos 180 metros que fue construida en el siglo II d. C en el período del empreador Marco Aurelio siguiendo el diseño del Estadio de Delos.

Para apreciarlas hay que bajar. El estadio se construyó aprovechando el desnivel entre las colinas de Taksim y Sahat. Solo se conserva una de las partes, el resto está oculto bajo la calle principal. El estadio era el lugar donde se celebraban los Juegos Alejandrinos y contaba con una capacidad para 30.000 espectadores. Formaba parte de un complejo que albergaba también las Termas y el Tesoro.

En 2012 se inauguró el Antiguo Stadium de Philippopolis, por lo que es posible visitar las ruinas descendiendo por unas escaleras laterales. También se puede visitar la exposición audiovisual que nos acerca a una reconstrucción de cómo eran en su día.

Volviendo a subir, nos encontramos la Mezquita Dzhumaya, que da nombre a la plaza. Data de mediados del siglo XV y es una de las mezquitas más antiguas de los Balcanes. Se levantó donde se emplazaba la antigua catedral de la ciudad. En su día fue una de las más grandes de Plovdiv, una ciudad que en época otomana llegó a contar con más de 50 mezquitas.

Cuenta con un minarete de 23 metros de altura y 9 cúpulas de plomo, aunque la principal es la central, que abarca una sala rectangular de 33 por 27 metros.

En uno de sus laterales hay un restaurante y tiendas.

Siguiendo la calle del Zar Boris III nos acercamos hasta el río Maritsa.

Y de nuevo volvimos sobre nuestros pasos, y callejeamos por el distrito de Kapana en el que destacan las estrellas calles y coloridas fachadas.

Esta zona peatonal entre las colinas de Taksim y Nebet tiene una atmósfera diferente. En ella podemos encontrar tiendas alternativas, locales de comida biológica, artesanía o galerías. También, cómo no, bares, cafeterías y restaurantes.

Durante siglos era donde se concentraban los artesanos y mercaderes para vender sus productos. Hoy es más que eso, rezuma creatividad. Llaman la atención la decoración con sus banderitas como si hubiera un festival continuo, los coloridos murales, los grafitis… Además, al ser época navideña había abetos en medio de la calle y casetas de madera con artesanía, juguetes y joyas.

Aprovechamos que era media mañana para tomarnos unas cervezas. Aunque no eran locales, sino artesanas de diferentes lugares del mundo.

Abandonamos la parte nueva de la ciudad para subir al casco histórico, conocido como Staria Grad. Subiendo por las calles empedradas llegamos al Anfiteatro Romano.

Fundado en el siglo II. d.C por el emperador Trajano se asentó en la pendiente de las colinas de Taksim y Dzambaz. Contaba con una capacidad para 6.000 espectadores distribuidos en 14 gradas. Estas se dividían por barrios, así cada habitante sabía dónde se tenía que sentar.

En el siglo IV quedó oculto a 15 metros de profundidad como resultado de un terremoto. No salió a la luz hasta 1978 tras obras de remodelación de la colina Dzambaz.

Gran parte del anfiteatro ha sido reconstruido. Se conservan bastantes de filas de mármol que funcionaban como asientos para los espectadores. También se mantiene bastante bien el escenario, que consta de dos pisos.

El teatro simboliza la importancia cultural de la civilización romana. Hoy se está usando de nuevo para conciertos y espectáculos. Cuando no hay ningún acto programado, se puede visitar libremente por 5 levas y trasladarse a otra época.

Continuamos el ascenso hasta la colina Nebet Tepe. Como decía al principio, Plovdiv está construida alrededor de 7 colinas. Tres de ellas forman la Ciudad Antigua, la Trimontium romana: Dzambaz Tepe (del acróbata), Taksim Tepe (del tanque) y Nebet Tepe (colina del mirador o de guardia). Al este de la calle Aleksandrovska se encuentras las otras tres: Sahat Tepe (del reloj), Bunardjik Tepe y Djendem Tepe.

Pero, ¿dónde se encuentra la séptima? Pues no queda nada ya de Markovo Tepe, puesto que se dinamitó en la época comunista con motivo de la expansión urbanística. Tan solo queda una placa en recuerdo y hay que buscarla, es fácil que nos pase desapercibida.

En Nebet es donde nació la ciudad con el asentamiento de los tracios. Hoy sin embargo queda poco de la fortificación que estos levantaron. Lo poco que se conserva son ruinas de la muralla romana que delimitaba un perímetro de 2630 metros. También resiste la torre cuadrangular que servía de vigía.

Desde el descampado donde están los restos de la muralla podemos otear toda la ciudad.

Mientras estábamos observando la ciudad a nuestros pies e intercambiábamos impresiones llegó un señor, que, al oírnos en español, nos preguntó que de dónde éramos. Él era tejano, pero llevaba décadas viviendo en Plovdiv. Llegó como casco azul al país y se quedó. Era un apasionado de las aves y le gustaba subir al mirador con sus prismáticos. Todo un personaje que parecía haber salido de un anuncio de Coronel Tapioca.

Pero nosotros dejamos al señor y nos adentramos por el casco antiguo. Si el anfiteatro me había sorprendido, pues no esperaba encontrar ruinas romanas; las callejuelas empedradas con casas de colores me dejó impactada. No lo esperaba para nada. Fue una grata sorpresa.

Está muy bien conservado gracias a una campaña de recuperación de las viviendas para mantener su estética de mediados del siglo XIX. Muchos edificios que estaban abandonados se reconvirtieron en museos, restaurantes y hoteles. En total se mantienen en pie más de 150 edificios que datan de la etapa del Renacimiento Búlgaro, una época de esplendor para la ciudad. Destacan por sus fachadas de intensos colores, cubreventanas de madera y detalles artesanos que sirven de ornamento.

Pero el casco histórico no solo cuenta con coloridos edificios que recuerdan a las bávaras, sino que también cuenta con varias iglesias. Una de las más importante es la Iglesia de San Constantino y Elena.

Construida en 1832, es la iglesia más antigua de Plovdiv. Se erige en el terreno donde se ubicaba un santuario cristiano de principios del siglo IV. También fue donde se decapitó a los mártires Memnos y Severiano, de ahí que se piense que el antiguo templo llevara su nombre. La denominación actual se debe a la canonización del emperador Constantino. Al pasar a ser reconocido como santo, se le cambió el nombre a la iglesia por el suyo y el de su madre.

Ha sido reconstruida varias veces a lo largo de los años. En una de las excavaciones en 1950 se descubrió un osario con restos de habitantes de Plovdiv. Los restos se movieron a una fosa en el patio. El recinto se encuentra acotado por un muro de piedra de unos 8 metros de altura, lo que crea un espacio privado, como si fuera un monasterio.

Nada más atravesar el muro nos encontramos con unos interesantes frescos en el pórtico.

En el interior, de tres naves con techo abovedado, destaca el iconostasio tallado en madera.

El amigo de mi hermano tenía que irse a unas gestiones, así que nos quedamos dando un paseo tranquilamente por la zona antigua perdiéndonos entre las callejuelas.

No entramos en más iglesias o en museos, simplemente paseamos descubriendo las peculiares construcciones.

Y cuando se acercó la hora de comer, bajamos a la zona nueva para comer. El amigo de mi hermano nos había recomendado una cadena llamada Happy, porque tenían distintos tipos de comida para elegir (mejicana, italiana, japonesa…) y no nos complicamos mucho y allí acabamos. La comida tampoco fue nada especial, pero bueno, había hambre. Elegimos una ensalada césar para compartir y después cada uno un plato: pasta, arroz, hamburguesa y carne. Como acompañamiento, la cerveza local Kamenitza.

Tras comer, volvimos a quedar con nuestro guía local que nos iba a llevar de excursión a las afueras. Así que aquí acabó nuestra visita a Plovdiv, una ciudad que se postula como candidata a Ciudad Europea de la Cultura 2019 y que lo mismo te sorprende con un rico legado mezcla de pueblos y períodos históricos que con una Ciudad Vieja con mucho encanto.

Este fue nuestro recorrido aproximado: