El último adiós de Kate Morton

Hace unos años, me regalaron por mi cumpleaños El jardín olvidado, de Kate Morton. Desde entonces, esta escritora australiana se ha convertido en una de mis favoritas y me he leído los títulos que ha publicado después: La Casa de Riverton, Las horas distantes y El cumpleaños secreto. Recientemente vio la luz El último adiós (La casa del lago en el original), y obviamente cayó en mis manos.

Argumento:
Todas las familias tienen secretos.
Y, para algunas, basta solo un acontecimiento para cambiarlo todo.

Un niño desaparecido…

Junio de 1933: en Loanneth, la mansión en el campo de la familia Edevane, todo está limpio y reluciente, listo para la tan esperada fiesta de solsticio de verano. Alice Edevane, de dieciséis años y escritora en ciernes, está especialmente ilusionada. No solo ha encontrado el giro argumental perfecto para su novela, también se ha enamorado perdidamente de quien no debería. Pero para cuando llegue la media noche y los fuegos artificiales iluminen el cielo estival, la familia Edevane habrá sufrido una pérdida tan grande quetendrá que abandonar Loanneth para siempre…

Una casa abandonada.

Setenta años más tarde: después de un caso especialmente complicado, Sadie Sparrow, investigadora en Scotland Yard, está cumpliendo un permiso forzoso en su trabajo. Refugiada en la casa de su abuelo en Cornualles, pronto comprueba que estar ociosa le resulta complicado. Hasta que un día llega por casualidad a una vieja casa abandonada rodeada de jardines salvajes y espesos bosques y descubre la historia de un niñito desaparecido sin dejar rastro…

Mientras tanto, en el ático de una elegante casa en Hampstead, la formidable Alice Edevane, ya anciana, lleva una vida tan cuidadosamente planeada como las novelas policíacas que escribe. Hasta que una joven detective empieza a hacer preguntas sobre su pasado familiar en un intento por desenterrar la intrincada maraña de secretos de los que Alice ha pasado toda su vida tratando de escapar.

Como es habitual en las novelas de Kate Morton, la autora presenta dos hilos narrativos en sendos planos temporales distintos (en realidad tres, ya que en el presente tenemos por un lado a Sadie y por otro a Alice) para orquestar una intriga familiar plagada de secretos y misterios. A lo largo de los 35 capítulos se van alternando ambas líneas argumentales. El pasado se nos presenta de forma desordenada y es la trama del 2003 la que se sucede cronológicamente convirtiéndose en el hilo conductor de toda la novela. Así, los pasos que da Sadie nos sirven para ir desenmarañando el misterio, obteniendo con cuentagotas detalles de ese pasado relacionados con descubrimientos o acontecimientos del presente.

Esta fórmula es el sello de la autora australiana, la que la ha consagrado. Y aunque la repite en todas sus novelas, sigue funcionando, pues la maneja con destreza. Es difícil mantener este tipo de estructuras sin entrar en contradicciones o dejarse sin atar algún cabo suelto de todos los que van apareciendo a lo largo de la historia. Además, consigue que ambas líneas temporales tengan su propio misterio, aunque obviamente la que transcurre en el siglo XX gana algo más de protagonismo.

El narrador omnisciente le permite a la novelista situarse por encima de los personajes y poder relatar la información desde todas las perspectivas manteniendo la tensión narrativa. Su prosa es sencilla y asequible, en la que predomina la narración con algún diálogo puntual. Aunque en algunos momentos la acción no avanza y el relato es demasiado descriptivo. De hecho, la novela quizá es más extensa de lo que debería.

En parte esta lentitud se debe a la ambientación. Kate Morton es especialista en Literatura Inglesa y sobre todo en la época victoriana, por lo que cuida bastante la narración de los acontecimientos históricos, el ambiente, la sociedad de la época y los paisajes de Cornualles. La novela tarda en arrancar, pero una vez que Sadie queda presentada y descubre la misteriosa desaparición de Theo, la historia comienza a andar sumergiendo al lector entre sus páginas. A partir de ahí comienzan los interrogantes, las teorías, los dobleces de cada personaje…

También aquí Morton se mantiene fiel a su estilo haciendo que todo gire en torno a sus protagonistas femeninas. Los principales caracteres que sirven de nexo entre pasado y presente son Eleanor, Alice y Sadie, tres generaciones de mujeres, todas fascinantes. Las tres tienen su propia personalidad con sus matices, aunque quizás es Alice la más compleja, ya que aparece en ambas líneas temporales. La inspectora también está bien construida con su propia historia y sus secretos y preocupaciones. Su trama en principio no está relacionada con la desaparición de Theo, pero sirve en cierta manera de hilo conductor. Por su parte, Eleanor es un personaje muy interesante, con su propia evolución en función de las decisiones que va tomando a lo largo de su vida. Qué diferente es la construcción de este personaje según su narrador. No tiene nada que ver la Eleanor en primera persona que la Eleanor desde la perspectiva de Alice.

Completa el elenco una serie de secundarios que desempeñan su propio papel en el transcurrir de los acontecimientos. Entre ellos destacan principalmente dos: en el presente y acompañando a Sadie, su abuelo Bertie y en el pasado Anthony, marido de Eleanor y padre de Alice. También es relevante Ben, un empleado de la familia y primer amor de Alice. Y por supuesto, Theo, claro. Aunque los personajes masculinos están algo menos definidos que las figuras centrales, en general, Kate Morton ha construido a todos los miembros de esta familia con un perfil muy definido y sus propios rasgos. Cada uno de los personajes es una pieza que nos ayuda a completar el misterio.

Aunque El último adiós no me parece la mejor novela de la autora hasta la fecha, sí que me ha mantenido enganchada gracias a las pistas, enigmas, interrogantes y giros argumentales que plantea. Eso sí, el final me ha resultado un poco decepcionante. No sé si por haber leído ya otros libros de la autora o por ser demasiado evidente, pero cuando iba al 85% de la novela ya intuía qué había pasado con el pequeño Theo. Además, me da la sensación de que todo se precipita demasiado rápido. Sí, al final todo tiene sentido y el puzzle encaja sin fisuras, pero el capítulo final me supo a poco. Tampoco creo que sea necesario que se explique todo al milímetro, pero una vez que se cierra la historia, sí que eché en falta algún detalle en la subtrama de Sadie.

Aún así, quitando este pequeño “pero”, es una novela que me ha enganchado de principio a fin. Kate Morton no decepciona y sigue atrapando con sus sagas familiares, sus misterios, sus personajes, sus saltos temporales y sus giros argumentales. Eso sí, recomiendo sacar tiempo de desconexión, pues yo la he leído prácticamente en el transporte público y no era el lugar más propicio para afrontarla. Es una novela que invita a ser leída de forma pausada, asimilando cada uno de los datos, pues cada detalle es importante, sobre todo hacia el punto de no retorno en que se empieza a perfilar el desenlace.

Mi experiencia con Fitbit Charge HR

Hace dos años me regalaron para mi cumpleaños una pulsera de actividad Fitbit Charge HR. Llevaba un año con un reloj más sencillo, de los que has de ponerte una cinta con sensor para que recoja los datos y no era muy cómodo. Acogí la llegada de la recién llegada con ilusión y expectativa. Dos años más tarde la experiencia no es precisamente positiva.

La caja no trae mucho: pulsera, un aparatito Bluethooth Smart para sincronizar la pulsera y el cable de carga. El pincho USB supongo que es la manera de sortear que algunos móviles (o tabletas) no sean compatibles. De esta forma, se puede sincronizar mediante la ordenador. El cable, bastante corto, por cierto, solo sirve para recargar, pues la sincronización es exclusivamente inalámbrica.

La pulsera es de un material gomoso con un diseño estriado en forma de cuadrados. Esta textura hace que las manchas y los arañazos se disimulen mejor, aunque el relieve también acumula suciedad y hay que realizarle un mantenimiento diario. Al parecer este producto era una mejora con respecto a los anteriores modelos que producían irritación. También se modificó el sistema de cierre, que en la Charge HR se hace con una hebilla de acero similar al sistema de los relojes tradicionales incluyendo hasta un tope en la banda para fijar el sobrante de la correa.

Este modelo de sujeción es más preciso y la pulsera queda mejor fijada en la muñeca, algo muy útil en la práctica de ejercicios enérgicos. Pero sobre todo, es algo que requiere el sensor de pulso óptico. Este sensor es el que hace que la pulsera sea bastante ancha en su parte superior, además de ser muy rígida. Junto a él se encuentra la clavija de carga, que, por desgracia, no es microUSB. Además, la correa es fija y no se puede intercambiar si se desea cambiar de color o estilo, o sustituirla en caso de que se estropee o rompa (al menos oficialmente, ya que en internet sí que se vende incluso el destornillador para desmontarla).

La pulsera pesa menos de 30 gramos y mide 21mm de ancho. Está disponible en dos tallas en función del grosor de la muñeca: S (14 a 16 cm) y L (16 a 19 cm) y en cuatro colores (negro, ciruela, azul y mandarina). Ha de colocarse por encima del hueso de la muñeca para que así sea más precisa la lectura del sensor óptico de frecuencia cardíaca. De todas formas, no podría llevarse muy apretada, ya que el hecho de que la parte superior sea tan rígida, la vuelve incómoda. Por otra parte, con el sudor, acaba pegándose a la piel aunque se lleve algo suelta. Resiste salpicaduras, pero no es sumergible. Ni siquiera te puedes duchar con ella.

La pequeña pantalla OLED, horizontal y apagada por defecto, es discreta. Tanto, que en exteriores a veces cuesta ver la información. Muestra los datos en tiempo real al apretar el botón lateral. Con cada presión cambia de parámetro revelando la hora y fecha, los pasos, el ritmo cardíaco, la distancia recorrida, las calorías quemadas y las plantas subidas (el orden se puede configurar). También se puede ver la información con dos toques en la pantalla, aunque este sistema no es muy preciso y no siempre funciona. Tampoco está muy calibrado el gesto de mirarse la muñeca que se supone que nos debería enseñar la hora. En ocasiones se ilumina cuando no lo pretendes y, por contra, cuando lo haces adrede, te cuesta varios intentos. Supongo que la elección de esta configuración se debe a que así consume menos batería (que según Fitbit dura 5 días).

Además de ser monitor, la pulsera también se puede configurar para que notifique las llamadas entrantes por medio de una leve vibración y mostrando el contacto en la pantalla. Sin embargo, no es de mucha utilidad, pues normalmente alerta cuando el móvil ya ha dado 3 o 4 toques. En muchos casos ya había descolgado. No muestra nada relacionado con otras aplicaciones de mensajería o redes sociales.

Se sincroniza con el móvil de forma inalámbrica mediante Bluetooth 4.0 Low Energy siempre que el dispositivo se encuentre a menos de seis metros. O al menos eso es lo que dice Fitbit. En la práctica a veces me he desesperado con la sincronización, pues ni dejando la pulsera sobre el teléfono se emparejaban. Sobre todo cada vez que actualizaban la App.

La configuración inicial de la Charge HR se puede realizar desde la web, usando el pincho Bluetooth, o desde el móvil. Hay que introducir unos parámetros como peso, altura, edad… para crear el perfil. Después, comienza la vinculación de la pulsera con el dispositivo. Una vez emparejados, los datos que registre se volcarán en la aplicación, eso sí, la pulsera guarda la información hasta 7 días, por lo que si has desactivado el Bluetooth y no se ha ido salvando, se perderá.

La medición de los datos es continua gracias a los LEDs que detectan la circulación de la sangre, unas lucecitas que quedan ocultas, pero que en la oscuridad puede resultar molesta debido a su intensidad. Sobre todo si duermes boca abajo con las manos próximas a la cara. Aunque se puede configurar para que la monitorización sea automática, en cuyo caso solo se activará al notar movimiento.

La precisión de las pulsaciones es bastante acertada, aunque cuando el ejercicio es algo intenso o requiere de un amplio movimiento de brazos, a veces tiene saltos de lectura. En la aplicación se pueden consultar tanto el pulso actual como el medio en reposo del día, semana, mes o año.

Gracias a la información que aportan las pulsaciones, la Charge HR puede calcular de forma más aproximada las calorías que quemas a lo largo del día y no mediante una estimación. El sensor óptico le permite conocer la intensidad del ejercicio. Además, en la aplicación podemos hacer un seguimiento de nuestras pulsaciones en un gráfico que marca tres zonas:

  • Quema de grasas: Del 50% al 70% del ritmo cardíaco máximo.
  • Cardio: Entre el 70% y 85%.
  • Pico: por encima del 85%.

La zona de frecuencia cardíaca se establece en función de los datos que se hayan introducido en el perfil y estipula el ritmo cardíaco máximo en 220ppp menos la edad. Además, se puede configurar una zona personalizada de FCmax y FCmin.

Pero no solo mide las pulsaciones durante el día, sino que también es capaz de detectar cuando duermes. Y de una forma bastante fiable, además. No es necesario apretar ningún botón ni activar nada en la aplicación. Al medir las pulsaciones afina el tipo de actividad que estamos realizando y registra el sueño. Eso sí, marca el momento en que te duermes y te despiertas, así como zonas en la que has estado inquieto o despierto, pero no diferencia el sueño ligero del profundo y es algo complicado moverse por la gráfica para analizar los datos más detalladamente.

Además, se puede fijar una alarma despertador. Al igual que con las llamadas entrantes, comenzará a vibrar a la hora fijada. Es perceptible y muy útil para cuando compartes cama y diferentes horarios. Sin embargo, quizá si eres un poco marmota es demasiado sutil. El pero es que no cuenta con una alarma inteligente que te despierte en el momento óptimo antes de llegar la hora marcada en función de cómo detecte el sueño de ligero. Suena a la hora registrada.

Gracias a la función SmartTrack, la pulsera reconoce automáticamente las actividades deportivas y las categoriza en:

  • Caminar
  • Correr
  • Bicicleta en exteriores
  • Elíptica

Además, tiene dos categorías generales:

  • Deporte: para actividades de mucho movimiento como tenis, baloncesto, fútbol…
  • Ejercicio aeróbico: para baile o cardio.

En mi caso me ha detectado también Senderismo.

No obstante, para que estos datos queden reconocidos la actividad debe durar al menos 10 minutos.

Según mi experiencia esta detección automática no se parece mucho con la realidad. Generalmente cuando tengo algún registro de “bicicleta en exteriores” es porque he estado conduciendo. No sé si es que entiende que estoy cogiendo un manillar en vez de un volante. Y también tengo alguna estadística de “elíptica”, pero no qué hice ese día. Desde luego elíptica no, pues no he pisado una en mi vida. “Caminar” sí que lo detecta bastante bien, sin embargo, cuando me indica “correr” en realidad es que he andado rápido, pues tampoco tengo como costumbre salir a correr.

Por contra, se quedan fuera actividades algo menos enérgicas como el yoga o el pilates. O PiYo en mi caso. Así que, para esos casos tengo que recurrir al modo cronómetro. Para ello hay que mantener apretado unos segundos el botón lateral de la pulsera. En la pantalla se muestra el icono de un reloj que indica el comienzo de la medición del ejercicio.

Durante el modo entrenamiento se puede pulsar el botón o dar un par de toques a la pantalla como en el modo normal, solo que la información en cada uno de los apartados se corresponderá únicamente al tiempo transcurrido desde que se activó el registro. De nuevo, puede resultar insuficiente, ya que los datos se muestran uno a uno y desaparecen a los pocos segundos. Poco más se puede hacer con el tamaño de la pantalla, está claro, por lo que si se realiza un plan de trabajo en el que se necesita ir consultando al momento las estadísticas, esta configuración resultará un inconveniente.

Para finalizar la sesión de ejercicio hay que volver a repetir el gesto de inicio: presionar el botón unos segundos. Esta vez aparece una bandera a cuadros y dejará de registrar. Después, en la aplicación, se puede editar la actividad realizada y consultar las estadísticas.

En el caso de detección automática, el GPS no funciona. Sin embargo, sí que geolocaliza al usar el modo cronómetro.

Uno de los datos principales que recoge Fitbit son los pasos. Sin embargo, la medición no es muy fiable, ya que varía con respecto a otras pulseras de otras marcas. Supongo que se trata de un algoritmo que determina la distancia recorrida por medio de la altura y peso indicados en la configuración inicial. Así pues, si cada fabricante usa un algoritmo diferente, es lógico que no siempre se obtengan los mismos registros.

Aunque sí que es cierto que calcula bien los pasos incluso cuando los brazos no se mueven (por ejemplo cuando cargas algo, arrastras una maleta o vas mirando el móvil); por contra, también contabiliza como paso si barres, cambias de marcha mientras conduces (por ejemplo me pasó en Escocia) o mueves los brazos sentado tras un escritorio. Por tanto, he llegado a la conclusión de que la información es orientativa y no ha de tomarse como valor absoluto.

Además de los pasos, la pulsera cuenta con un barómetro que registra las plantas subidas. Para que contabilice un piso se ha de subir de manera continuada una altura de 3 metros, así que también es orientativo.

En la aplicación (y web) para obtener un dibujo más completo de la información recogida, se pueden registrar los alimentos ingeridos para llevar un control de las calorías y macronutrientes. Fitbit dispone de una base de datos y se puede añadir bien a mano, bien por escaneo de código de barras. Yo esta funcionalidad no la uso, pues no he sido nunca de contar calorías. Me resulta engorroso apuntar en cada momento qué he comido y cuánto. Supongo que será útil para aquellos que llevan un régimen de subida o bajada de peso y necesitan llevar un control más específico.

En la configuración inicial de la pulsera se añade el peso, pero además hay un apartado para seguir introduciéndolo a conveniencia para ver la evolución.

También hay un apartado para anotar la cantidad de agua bebida a lo largo del día. Otra funcionalidad que no me aporta mucho, ya que el mito de los 2 litros de agua (u 8 vasos) ya cayó. En verano puedo pasarme medio día sin beber, pero a lo mejor no he parado de comer sandía o sandía. Así que la hidratación está ahí, pero no necesariamente bebida. Puede servir como referencia si no tienes costumbre de beber, como motivación. Pero si no, no aporta mucho más.

Otra función motivadora es el apartado de amigos, donde se puede añadir a gente contra la que “competir” (o a la que motivar). Si no se tiene ningún amigo o conocido que use alguna pulsera de la marca, también se puede participar con desconocidos dentro de la comunidad. Además, se pueden conseguir insignias individuales, en las que el objetivo es mejorar tus propios registros. Los premios se basan en pasos diarios, subidas diarias, distancias absolutas o subidas absolutas. También se pueden configurar metas como el peso o los pasos a realizar cada día.

En general, la aplicación está muy bien. Dado que la pulsera no deja consultar más información allá del mismo día, sirve para consultar el desglose más a fondo y comparar con días anteriores gracias a sus vistosas gráficas. Me gusta más la versión App que el modo web porque es más visual e intuitiva mostrando el panel en su pantalla inicial con los datos más importantes. En ambos casos este panel se puede distribuir de la forma que más nos interese, añadiendo o eliminando parámetros según las propias necesidades.

La parte de comunidad sirve como complemento interesante y además podemos descargar FitStar que proporciona actividades personalizadas como si de un entrenador personal se tratara.

No obstante, quizá falta un paso más y sería interesante que agrupara la información para dar una visión general. Hay demasiadas variables segregadas que quizás por separado no ayudan a interpretar del todo la información.

La Fitbit Charge HR puede ser una buena herramienta para hacer un seguimiento del día a día, llevar un control de las pulsaciones, de las actividades realizadas, de lo que se ingiere, del peso, de la calidad del sueño… Obviamente, para una gestión más detallada y exacta habría que buscar un dispositivo más específico (y caro). Supone un gran avance con respecto a otras pulseras al incorporar la medida de la frecuencia cardíaca para optimizar la precisión de sus datos recogidos evitando tener que llevar una banda en el pecho; sin embargo, tras dos años de uso, he de decir que tiene muchos contras.

En primer lugar, su diseño deja mucho que desear. Resulta muy rígida en su parte superior y la pantalla es muy pequeña. Pero lo que se lleva la palma es la correa, que tarde o temprano acaba separándose de la pantalla y comienzan a surgir burbujas. No me extraña que no sea sumergible. ¡Si la correa se estropea solo con la humedad ambiente, ya no hablemos de la parte electrónica!

A mí los defectos me llegaron al año y tuve que ponerme en contacto con Fitbit para hacer uso de la garantía. El servicio al cliente fue muy correcto y me respondieron en seguida haciéndome llegar una nueva. No obstante, a los 10 meses, de nuevo volví a tener problemas. Esta vez no aparecieron las burbujas, pero sí que se comenzó a rajar la correa por la parte superior.

Aunque la llevo puesta a diario, no la he maltratado. Va bien colocada y no recibe golpes. Por supuesto no mojo el mecanismo y limpio con frecuencia la correa para quitar el sudor y suciedad que se pudiera acumular en el relieve. Es un problema de diseño, ya que en el foro de Fitbit hay numerosos usuarios con el mismo problema. Sobre todo con las burbujas.

De nuevo contacté con la marca y tras los trámites pertinentes, esta vez me ofrecieron dos opciones: volver a recibir una Charge HR como la deteriorada o un 50% de descuento en otro producto. Tras meditarlo con la almohada, decidí quedarme con esta segunda opción, ya que desde luego la HR me había decepcionado y no quería volver a arriesgarme a que me volviera a pasar lo mismo dentro de unos meses. Claramente tiene problemas de diseño, y en Fitbit lo saben, pues en otros modelos la pulsera tiene correas intercambiables.

También en otros modelos han ampliado el tamaño de la pantalla, que en la mía se queda algo pequeña y que no termina de tener bien calibrado el gesto de mirarla o el doble toque.

Otro de los inconvenientes de la Charge HR es su conector USB que, como ya mencioné, es original de Fitbit y requiere tener a buen recaudo el cable de carga. Hubiera sido interesante que la conexión fuera microUSB y que el cable no solo sirviera como carga, sino también como volcado de datos.

En cuanto a la batería, se supone que dura 5 días, pero yo diría que más bien son 4. Y con un consumo normal. Cuando la batería se está acabando comienza a salir una pila en pantalla a continuación de mostrar la hora. Cuando ya está muy baja, deja de mostrar la hora y aparece una pila con una exclamación. La aplicación, por su parte, avisa unas horas antes que la pulsera, lo cual sirve para tener a mano el cable si se va a salir de casa. Por suerte, en apenas una hora se ha cargado. Sería de utilidad tener un pequeño icono con el estado de la batería, como en los móviles. Pero supongo que es otro de los inconvenientes de que la pantalla sea reducida.

Dimensiones que también influyen en las actividades cronometradas, que no muestra los datos fijos durante el ejercicio; y en las notificaciones, que se ven reducidas a llamadas dejando fuera mensajes de texto, correos electrónicos o alertas de otras aplicaciones. Sin duda, una funcionalidad que se queda algo corta, como su vibración, que además llega tarde.

La alarma despertador también cojea, ya que mejoraría si tuviera la opción de vibrar en el momento del sueño más ligero próximo a la hora establecida. Además, si por lo que sea, la conexión Bluetooth falla, no sonará. Porque esa es otra, la vinculación da muchísimos fallos. Tanto que en alguna ocasión he tenido que reestablecer los valores de fábrica reseteando la pulsera.

Y con tanto pero, ¿Tiene algún punto positivo? Bueno, en cuanto a funcionalidades de salud es muy interesante. Salvo en los pasos, es bastante precisa, gracias, sobre todo, a su medición de las pulsaciones que le permite calcular las calorías, detectar el sueño o actividades concretas (aunque no termina de afinar en según qué ejercicios). Sirve para llevar un control diario y buscar la superación continua, para realizar un seguimiento y comparativa de entrenamientos a nivel básico; pero se queda corta para quien busca sesiones más serias.

Es decir, por software cumple de sobra mis necesidades, pero tiene muchos fallos de aspecto, diseño y funcionalidad que espero hayan mejorado en las siguientes pulseras. De momento tengo que rodar algo más la Fitbit Charge 2 antes de poder hacer una evaluación.

Aproximación a las Seychelles

Situado en el Océano Índico, entre África, La India y Madagascar, el archipiélago de las Seychelles abarca una superficie de 453 km². Cuenta con 115 islas, sin embargo solo unas 30 están habitadas. Y aún así, el 90% de su población se concentra en Mahé, la isla principal. Las otras dos islas que más servicios concentran son Praslin y La Digue.

El origen de las Seychelles no parece estar muy claro. Los geólogos no se ponen de acuerdo. Hay una vertiente que defiende que son la secuela de la separación de África y la India; y otra que considera que eran parte de un continente ya extinto. En cualquier caso, el resultado es una combinación única: islas de granito junto a otras de origen coralino.

Las islas graníticas, llamadas islas interiores, se agrupan en torno a Mahé, Praslin y La Digue. Destacan por su terreno abrupto con bosques frondosos y playas vírgenes.

Por otro lado, las coralinas, también conocidas como islas exteriores, son llanas y en ellas abundan playas de arena blanca y estructuras de coral, entre las que se encuentra Aldabra, el mayor atolón coralino del mundo donde habitan unos 150.000 ejemplares de tortugas gigantes. Estas islas permanecen casi inexploradas, como paraísos en miniatura.

Hasta el siglo IX las Seychelles pasaron desapercibidas para los humanos. Sus únicos habitantes eran las tortugas, los cocos de mar y los pájaros. Tan solo recibían visitas puntuales piratas o navegantes árabes medievales cuando paraban para avituallarse. Los portugueses también pasaron por sus costas de camino a la India, pero al no encontrar metales preciosos, perlas o marfil, no fundaron ningún asentamiento.

No fue hasta el siglo XVII que los franceses e ingleses comenzaron a interesarse por las Seychelles. Al contrario que los lusos, vieron que podían sacar rendimiento de la abundante pesca. Y así fue como pasaron a ser colonia francesa y fueron bautizadas con el nombre por el que las conocemos. Sin embargo, a finales de siglo quedaron bajo la influencia de los ingleses, y así siguieron hasta su independencia en 1976. Hoy en día son república independiente en la Commonwealth.

La población de las islas es el resultado del mestizaje entre africanos, europeos e indios. Incluso una pequeña parte de chinos. La religión más practicada es el cristianismo (aproximadamente el 95%), pero se pueden encontrar anglicanos, hinduistas y musulmanes como resultado de esa mezcla de orígenes.

Asimismo, hay mezcolanza en el idioma, ya que las Seychelles cuentan con tres lenguas oficiales: el inglés, el francés y el creóle. Esta última lengua es una evolución del francés de los primeros colonos con influencias de África y Madagascar. Es decir, ha ido creciendo con sus gentes. Comparte con su idioma original muchas estructuras gramaticales y vocabulario. Sin embargo, tiene una ortografía propia. Viene a ser una transcripción fonética de la pronunciación del francés. Durante muchos años el creóle se consideró un dialecto que hablaba la gente inculta. Sin embargo, con la independencia se convirtió en un símbolo de la identidad de una nación.

También la cocina refleja esa fusión cultural. Toma mucho de la gastronomía francesa, aunque incorpora toques picantes. Además, añade el marisco de sus mares así como sus verduras y frutas exóticas dándole carácter propio.

El clima en las Seychelles es tropical y sus temperaturas oscilan entre los 24 y los 32º. Son los vientos lo que diferencia las estaciones. De diciembre a marzo los vientos del noroeste propician más calor y humedad. Sin embargo, de mayo a septiembre, la temperatura es algo más fresca y la humedad baja. En los meses de marzo, abril, mayo, octubre y noviembre, como norma general, no sopla el viento.

Estas temperaturas han favorecido que prácticamente la mitad de la escasa superficie de las islas reciba el estatus de protección como reserva natural. Además, el Atolón Aldabra y el Vallée de Mai son Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.  La Isla de Cousin, una de las graníticas, está completamente protegida, incluido el coral que la rodea.

La Isla de Praslin, donde se encuentran algunas de las especies más raras del mundo, es considerada el Jardín del Edén. Le debe esta denominación al General Gordon, que argumentaba que el paraíso en la tierra debía estar allí. En parte por ser las islas oceánicas más antiguas del mundo, pero además, porque se consideraba que el coco de mar era el Árbol de la Sabiduría.

En el ya mencionado Vallée de Mai crecen de forma natural las palmeras del coco de mar, uno de los símbolos de las Seychelles ya que solo las encontramos allí (están hasta en el sello que te ponen en el pasaporte). Este fruto recibe este nombre porque durante mucho tiempo se pensaba que se trataba de un árbol submarino que arrojaba sus semillas al mar y posteriormente llegaban a las playas. Sin embargo, crece en tierra, pero durante su época de germinación puede flotar y ser arrastrado por las corrientes. No tiene nada que ver con el típico coco marrón que nos puede venir a la mente. Es de color verde y puede llegar a pesar 25 kgs. ¡Y llegar a costar 300€! Y están muy controlados. Tanto que se numeran y al comprarlo te han de entregar una acreditación para entregar en la aduana.

La palmera donde crece es un árbol de más de 200 años cuyo tronco puede alcanzar los 30 metros de altura. Tarda unos 25 años en comenzar a dar frutos, que maduran después de 7 años. Pero es que, tras caer al suelo, tarda en abrirse otro medio año. Las simientes no germinarán hasta dentro de otros 2 años. Todo un proceso.

Hay dos tipos de frutos, el masculino y el femenino, y crecen en palmeras diferentes. El famoso coco de mar tiene la forma del pubis femenino por un lado, y de nalgas por el otro, por lo que también es conocido como coco-fesse (coco-culo).

Las Seychelles albergan una fauna única ya que apenas han tenido influencia externa. Su rica biodiversidad comprende un gran número de exóticas especies de flora y fauna. En ningún otro lugar del mundo podríamos encontrar un árbol medusa (en grave peligro de extinción), el cazamoscas, la rana más diminuta del mundo, la mayor de las tortugas gigantes (también llamada elefantina por sus patas), el más grande de los peces y la única ave no voladora del Índico (el rascón de Aldabra). También poseen una de las más espectaculares colonias de aves marinas del mundo, con 13 diferentes especies y 17 subespecies; sin olvidarnos de sus increíbles fondos marinos.

Los aficionados a los deportes marítimos tienen donde elegir en las Seychelles. Ya sea para bucear, practicar snorkel o salir a navegar. Eso sí, los deportes náuticos motorizados solo pueden ser practicados en la playa de Beau Vallon en Mahé.

Aunque, como hemos visto, las islas interiores son perfectas para los amantes de los paseos por la montaña, ya que las Seychelles son un destino muy variado y con una gran extensión de bosque tropical.

Puntuales, a las 8 de la mañana del día 31 aterrizamos en el Aéroport de La Pointe Larue, en Mahé, con una diferencia horaria de +2 horas con España (3 horas en invierno). Para entrar en el país, los ciudadanos españoles no necesitamos nada especial, tan solo el pasaporte en vigor, presentar el billete de vuelta o salida a otro destino, la reserva del alojamiento y, en casos excepcionales, pueden solicitar que indiques el dinero que llevas para la estancia. Tras bajar del avión entramos en la terminal y nos dirigimos a los mostradores de inmigración. Entregamos el pasaporte y la hoja que nos habían dado en el avión y, tras comprobar nuestro billete a Bombay y la visa en regla para entrar a la India, nos concedieron un visado de 24 horas. Y como muestra, un coco de mar en nuestro pasaporte.

Una vez pasamos el mostrador, había un empleado del aeropuerto recogiendo la mitad de la hoja que nos habían dado el avión, y seguidamente salimos a la terminal. Obviamente íbamos vestidos para el clima europeo de finales de marzo, es decir, pantalones y camisetas largas, una sudadera, zapatillas, y la chaqueta en la mano. Al desembarcar lo primero que notamos fue una bofetada de humedad. Y eran las 8 de la mañana solamente. Así pues, nos dirigimos a los baños, donde nos pusimos ropa algo más veraniega.

Y una vez adaptados al clima seychellois, fuimos en busca de un cajero para sacar moneda local. En Seychelles la divisa oficial es la Rupia (SCR), sin embargo, desde el 1 de junio de 2001 hay una ley que impide a los hoteles aceptar pagos en rupias a los extranjeros. Así pues, salvo para pequeños comercios, mercados y tiendecitas, el resto se deberá pagar en Euros o Dólares. El cambio estaba aproximadamente a 1€ = 14 SCR / 1 SCR = 0.70€.

La Rupia se emite en billetes de 10, 25, 50, 100 y 500 de vivos colores y en los que aparecen aves locales; y en monedas de 1, 5, 10, 25 céntimos y 1 y 5 Rupias. Esta última lleva el famoso coco de mar.

De todas formas, no hay problema con las tarjetas de crédito. Pero, por si acaso, sacamos en un cajero algo de efectivo para los gastos de nuestras dos escalas. Nos gusta conocer siempre la moneda local.

Con las rupias en el monedero, nos hacia la oficina de alquiler a recoger nuestro coche para recorrer la isla.

Día 1: Rumbo a Seychelles

Comenzamos un nuevo viaje con una peregrinación hasta el aeropuerto de Barajas. Estaba la línea 8 de metro cortada, por lo que tuvimos que ir en tren. Pero la renfe llega a la T4 y nosotros esta vez salíamos de la T2, por lo que, una vez nos bajamos del tren, necesitamos coger un bus. Llegamos bastante pegados a la hora, pero bueno, como tampoco teníamos que facturar, nos sobraba tiempo para pasar control e irnos hacia la puerta de embarque.

El avión parecía ser bastante nuevo. El espacio entre filas era más o menos el estándar, pero la bandeja contaba con un sujetavaso en la parte de abajo, para poder usarlo cuando está plegada, y el asiento tenía un gancho en un lateral.

Durante el vuelo nos dieron un tentempié. Había donde elegir entre varios tipos de sándwiches, bocadillos y wraps. Directamente las azafatas pasaban con una cesta surtida y cada uno elegía el que quería.

Como el día estaba despejado, pudimos otear París minutos antes del aterrizaje, llegando incluso a ver la famosa Torre Eiffel o el Arco del Triunfo. Pero París tendría que esperar unos días, de momento íbamos de paso.

Llegamos a las 15:00 de la tarde y el siguiente vuelo lo teníamos a las 19:45, así que contábamos con unas horas entre medias para hacer el cambio de terminal, encontrarnos con los escoceses y hacer el embarque de nuestra siguiente escala. Tuvimos un momento de confusión cuando bajamos del avión, porque al tener un segundo vuelo, un miembro del aeropuerto que va canalizando el flujo de pasajeros nos indicó un camino que conducía a una nueva zona de control. Sin embargo, nosotros teníamos que salir a la zona de los mostradores de facturación dado que aún no teníamos las tarjetas de embarque. Y es que Air Seychelles no permite check-in online. Pero bueno, íbamos con tiempo, así que rectificamos y finalmente nos encontramos con mi hermano y su novia.

Tras pasar por el mostrador de facturación y obtener nuestras tarjetas de embarque París – Mahé y Mahé – Bombay, hicimos una parada técnica en el McDonald’s para picar algo. Después, nos dirigimos al control y tras pasarlo buscamos nuestra puerta de embarque. Nos dieron la más alejada, que se encuentra en una especie de satélite circular al final de la terminal 2A donde apenas hay una cafetería, los baños, el acceso a una de las salas VIP, zonas de sillones y, algo que nos sorprendió, una zona recreativa con pantallas planas y PS4.

Nuestro avión recibía el nombre de Vallée de Mai y tenía una disposición de 2-4-2.

Cuando mi hermano reservó los billetes, pudo elegir asientos, y optó por la primera fila después de business. Un lado para ellos, otro para nosotros. Sin embargo, a ellos los movieron un par de filas más atrás para que pudiera sentar una pareja con un bebé. Y es que en la pared que hay frente a esta fila se pueden acoplar las cunas. Nosotros tuvimos la suerte de mantener la reserva, así que teníamos bastante espacio. Lo cual es de agradecer en un vuelo de 11 horas.

En nuestros asientos nos encontramos con la almohada y manta de viaje, así como con los auriculares. En el brazo derecho teníamos el mando para controlar la televisión, y, bajo una tapa, la bandeja plegada. En nuestro brazo izquierdo podíamos encontrar la pantalla. Asimismo, en su parte inferior estaban equipados con toma de enchufe y usb. Muy útil para cargar los aparatos electrónicos durante el vuelo.

Una vez ya sentados, las azafatas repartieron una bolsita de Air Seychelles con un kit que constaba de cepillo de dientes y crema, tapones, antifaz y unos calcetines, por si te quieres descalzar para que no te ensucies los tuyos.

 

Antes del despegue, las azafatas pulverizaron en todo el avión un antiinsectos para evitar que nos llevásemos algún bicho a las islas que se pudiera cargar su ecosistema. Y nos dirigimos hacia la pista y rumbo a las Seychelles.

Aún era pronto para dormir, y como nos iban a servir la cena, empecé a enredar con el sistema multimedia. Sin embargo, aunque había bastante surtido y películas bastante recientes, no encontré nada que me interesara, ni siquiera un mapa de seguimiento del avión para ver el recorrido; así que me puse a leer.

En la cena había para elegir entre carne, pescado o pasta.

 

Para los vegetarianos ovolácteos pasta con verduras y una pequeña ensalada de zanahoria, pimientos y guisantes. De acompañamiento pan, mantequilla y queso de untar. De postre, macedonia de fruta.

La ensalada muy rica, bien aliñada. Por contra, la pasta, aunque estaba bien de sabor, las verduras estaban más bien blandas. Hubiera mejorado el plato si estuvieran un poco crujientes.

Después del servicio de cena bajaron la intensidad de las luces e intenté dormir. Nunca es fácil en un avión, y aunque teníamos espacio para estirar las piernas, yo suelo dormir boca abajo, así que no encontraba postura. Aún así, dormí unas tres horas y media según mi fitbit. Una siestecilla.

Una hora antes del aterrizaje volvieron a subir las luces y repartieron unas toallitas calientes. Algo que se agradece para espabilar un poco. Seguidamente repartieron la documentación para inmigración. No hay rellenar tantos datos como para entrar en EEUU, ni como para la visa de la India. Apenas hay que indicar los datos personales, propósito de la visita y alguna pregunta de dinero y salud (aunque no es necesaria vacuna alguna. Incluso el agua corriente de las principales islas es potable y se puede beber sin precaución adicional).

Además, hay que escribir la dirección del alojamiento. Dado que nosotros íbamos en tránsito, pusimos “Transit“.

A continuación se sirvió el desayuno, un bollo, un croasán, mantequilla, mermelada, un yogur de fresa y, por supuesto, las bebidas.

Para la versión vegetariana cambiaba el yogur por uno bio.y la mantequilla por margarina.

Y mientras desayunamos vemos cómo nos acercamos a las islas. Ya había amanecido por completo y, aunque había algunas nubes, se veía con bastante nitidez el archipiélago.

Nosotros íbamos a Mahé, donde se encuentrea el aeropuerto internacional. En el aterrizaje parecía que tal y como llegábamos a la pista, nos íbamos a salir y acabar en el mar.

Pero no, en un momento dado, el avión gira y aparca. Ni finger ni inventos. Escaleras.

Tocaba desembarcar y pisar suelo Seychellois. ¿Qué nos depararía Mahé?

Sufragistas

Soy más de series que de películas, pero tenía desde hace tiempo ganas de ver Sufragistas, tanto por las buenas críticas recibidas, como por la temática que trata.

En la actualidad se ha puesto de moda referirse de forma despectiva a las feministas como feministas radicales o feminazis cuando se hace referencia a algún acto, comentario o actitud machista. Parece que el hecho de exponer un ejemplo, recalcar el sexismo que nos rodea o denunciar el heteropatriarcado simplemente con palabras fuera un atentado contra los hombres. Ya se sabe, aquello de que las feministas de ahora se quejan de vicio, las de antes eran las de verdad, aquellas que luchaban de verdad, sin tanta agresividad.

Bueno, pues aquellas “feministas buenas” de la Primera Ola ya se encontraron con las mismas críticas cuando comenzaron la lucha por el sufragio femenino allá por 1832. Intentaron que se les equipararan sus derechos con los de los hombres con discursos, panfletos, charlas, reuniones… Con pedagogía. Todo de forma pacífica, prudente, tranquila, calmada. Y no les funcionó. Porque no estaban exigiendo sus derechos, sino pidiéndolos con mesura. Y sin molestar. A los hombres no les preocupaban, porque eran cuatro locas que no hacían ruido, que se reunían para sus cosas y ellos mientras seguían con sus privilegios. Y cuando las palabras no funcionaron, las feministas se plantaron, exigieron, llamaron la atención. Y a comienzos del siglo XX cambiaron la estrategia dejando de lado el diálogo – que no les estaba funcionando – y recurrieron a la violencia, que es lo que hacía ruido, para que así las escucharan de una vez.

La película recoge estas dificultades de las feministas que a finales del siglo XIX y principios del XX pedían el voto femenino en Gran Bretaña.

Sufragistas nos adentra en el movimiento por medio de Maud Watts, una joven que trabaja en una lavandería desde que tiene 7 años. Ella no tiene conciencia feminista, ni se ha planteado que debería tener el mismo derecho que su marido a votar, pero su perspectiva comienza a cambiar cuando un día tropieza con una manifestación callejera en la que una de sus compañeras de trabajo tira una piedra contra un escaparate. La actitud de estas mujeres le llama la atención, y decide ir a ver cómo esta compañera presta testimonio frente al gobernador para solicitar el derecho al voto. Sin embargo, un cambio de último momento hace que sea la misma Maud quien hable frente al tribunal. Y es aquí cuando se vuelve consciente de que pedir el sufragio no es un capricho, sino que es justicia. Ella misma según va exponiendo su alegato va dándose cuenta de que cobra menos por ser mujer, que son ellas quienes sufren violencia sexual desde bien pequeñas por parte de sus jefes y de que tienen los peores puestos en la lavandería. Su perspectiva cambia y se ve patente en la conversación con su marido en que este le pregunta de forma despectiva que qué haría ella con el voto y ella le responde que lo que le venga en gana, de la misma forma que hace él.

Pero Maud se integra realmente en el movimiento el día en que las autoridades comunican la decisión de no conceder el sufragio femenino por falta de motivos. Ese día las sufragistas se habían congregado frente al Parlamento para escuchar la resolución, y ante la denegación comienzan a quejarse y protestar, lo que acaba con represión policial y varias detenciones. Maud es una de las que acaba en la cárcel.

Tras la puesta en libertad las sufragistas se reagrupan y se organiza una reunión en la que hablará Emmeline Pankhurst, la fundadora de la organización Unión Social y Política de las Mujeres (WSPU). En su discurso Emmeline defiende el cambio de actitud que indicaba al principio del post y anima a la violencia con una gran frase: “Si quieres que respete la ley, haz la ley respetable”. La mesura no ha funcionado así que apela a la guerra, pues “ese es el lenguaje que los hombres entienden”. Con este giro se acuña el término suffragette para referirse (de forma despectiva, claro) a estas feministas y diferenciarlas de las moderadas. Digamos que era el feminazi de la época.

Tras más de 50 años intentándolo por las buenas sin éxito, Emmeline reivindica la rebeldía bajo el lema Deeds, not Words! (¡Hechos, no Palabras!) pues “son los hechos y no las palabras las que nos darán el voto”. Comienza así una nueva etapa mucho más bronca en la que las sufragistas se arriesgan a perderlo todo: su trabajo, su casa, sus hijos y su vida. Porque no solo tenían enfrente a los aparatos policiales y políticos de la sociedad, sino que sus familias eran también sus enemigas, con unos maridos que las tutelaban y ejercían su autoridad. Algunas, que no son partidarias de este nuevo rumbo, abandonan el movimiento. Sin embargo, Maud continúa adelante, y ve efectivamente cómo su mundo se tambalea, cómo su marido decide echarla de casa tras una segunda encarcelación, cómo pierde a su hijo y cómo es repudiada por sus vecinos. Consigue salir adelante gracias a la ayuda de sus compañeras.

Los siguientes años, tal y como refleja la película, fueron convulsos. Entre 1905 y 1913 se sucedieron los actos violentos, las agresiones policiales y los encarcelamientos. Una vez en prisión, las sufragistas hacían huelgas de hambre como acto de protesta y, aunque se las intentaba alimentar a la fuerza, finalmente el Gobierno decidió que cuando estaban demasiado débiles era preferible soltarlas y volverlas a encarcelar cuando se hubieran recuperado.

La película finaliza con la muerte de Emily Davison, quien intentó detener al caballo del rey George V mientras participaba en una carrera poniéndose en su camino. Su funeral se convirtió en un acto feminista, pero no cambió gran cosa. La lucha continuaba.

Quizá por eso Sufragistas se me ha quedado corta. Es una buena película y hacía falta, pues pocas referencias hay sobre el sufragio femenino en el cine. Se han hecho películas y películas de muchos acontecimientos históricos; pero, como siempre, aquellos en los que las protagonistas son las mujeres, quedan en el olvido.

No obstante, imagino que la idea era contar cómo surgió el movimiento de las suffragettes, cómo modificaron su postura y su forma de actuación y cómo todo ello influyó en sus vidas. Que se pretendía poner de relieve una lucha que iba más allá del voto, pues la petición del sufragio llegaba tras tomar consciencia de la inferioridad en que se encontraban (y también de conciencia de clase). Las mujeres no tenían los mismos derechos que los hombres ni en el ámbito laboral ni en el personal. Eran consideradas intelectualmente inferiores e incapaces de pensar por sí mismas. No tenían poder de decisión sobre sus hijos, no podían divorciarse ni tenían derecho a herencia.

Finalmente el Reino Unido aprobó el sufragio femenino el 2 de julio de 1928 en igualdad de condiciones que el masculino, en parte gracias a la labor de las mujeres en la Primera Guerra Mundial. Cuando los hombres marcharon al frente, fueron ellas quienes ocuparon puestos de trabajo que hasta entonces estaban reservados para ellos. Esto hizo que muchas mujeres se dieran cuenta de que estaban capacitadas para muchas más cosas de las que les habían dicho. Emmeline, que tanto luchó para que se hiciera realidad, murió un par de semanas antes de ver la ley aprobada.

Así, el Reino Unido se convirtió en el octavo país en instaurar el sufragio universal 35 años después de que lo hiciera Nueva Zelanda, que fue el primero. En Europa el primer país sería Finlandia en 1906.

Era complicado narrar un movimiento histórico con tantos matices como mujeres (y también algunos hombres) que lo integraban. Hacen falta más películas así que muestren la lucha del feminismo, que en cada país fue (y es) diferente y que luchaba (y lucha) por la equiparación real de derechos en la práctica (no solo en la teoría). Viendo Sufragistas da la sensación de que tampoco se ha avanzado tanto un siglo después cuando aún hay que demostrar que no se trata de exterminar a los hombres, solo sus privilegios.

Un viaje inesperado a Bombay

Comenzamos el 2017 con un viaje inesperado. Siempre se tienen en mente destinos deseados, esos que miras cada poco tiempo el precio de los vuelos para saber cuándo es la mejor época y sobre los que guardas información cada vez que ves una noticia, artículo, reportaje o post. Sin embargo, este no fue el caso del viaje que realizamos a finales de marzo-principios de abril. Para nada. Fue uno de esos viajes que te encuentran y que te lanzas más allá de la fecha o el destino.

Cuando mi hermano nos comentó en la segunda mitad del año 2016 que su chica y él habían visto una oferta de tarifa error a Bombay haciendo escala en las Islas Seychelles, en principio me dije uf, qué pereza la India. Hace calor, no soporto el picante, tengo en mente antes otros destinos… Pero fue solo un segundo, la vena viajera me pudo y pensé ¿Por qué no? Quizá sea la mejor oportunidad para ir, así sin pensarlo mucho, son cuatro días y además vamos los cuatro. Y es que muchas veces cuando quieres cuadrar para hacer un viaje en grupo, al final se acaban complicando las cosas por cuestión de agendas o presupuestos.

Ya hablé en su día de las Tarifa Error, aquellos casos en los que bien por fallo técnico o humano se publican precios muy inferiores a lo habitual. La oferta que cogimos era de Air Seychelles volando de París a Bombay con escala en Mahé por tan solo 162€ ida y vuelta. Únicamente teníamos que añadir un vuelo a París para completar la ruta y aún así seguiría siendo rentable. Pero dado que existe la remota posibilidad de que la compañía cancele el billete, esperamos un tiempo prudencial para la compra de este tramo. No obstante, comencé a investigar sobre las compañías que me ofrecían buen enlace. Salíamos de Charles de Gaulle, por lo que descarté Orly, para no tener que recorrer media ciudad antes de comenzar el viaje en sí. Por aeropuerto y horario (para llegar a tiempo del siguiente vuelo) al final la mejor opción era AirFrance. Dejé en google flights activado el seguimiento para ver cómo evolucionaban los precios y a esperar el momento adecuado para la compra.

También dejamos en el aire la búsqueda de alojamiento. Nuestro viaje comenzaría el 30 de marzo con un vuelo hasta París desde donde viajaríamos a Mahé, isla en la que estaríamos todo el día 31 haciendo escala. Por la noche tomaríamos el vuelo a Bombay, donde nos quedaríamos hasta la madrugada del día 5. Ese día haríamos el camino inverso hasta Seychelles, donde volveríamos a quedarnos hasta la noche, para salir después hacia París. Para finalizar, visitaríamos la capital gala del 6 al 8 de abril para después regresar a casa. Parece un poco lioso pero luego no es para tanto. En resumen, necesitaríamos alojamiento en Bombay del 31 de marzo al 5 de abril, y en París del 6 al 8 de abril. En Mahé estaríamos de 8 de la mañana a 9 de la noche, así que no haría falta.

Sin embargo, para Seychelles sí que había que tener en cuenta el tema del desplazamiento. Como contábamos con un tiempo limitado, nos olvidamos del resto de islas y decidimos quedarnos en Mahé, donde se encuentra el aeropuerto internacional. Para recorrerla teníamos básicamente dos opciones: coche de alquiler o autobuses de línea. Por movilidad y precio, no lo dudamos. Así pues, reservamos vehículo por 45€/día para cada una de nuestras escalas.

Moverse por Bombay es otra historia, y después de varias indagaciones llegamos a la conclusión de que había que dejarlo hasta estar allí y decidir si tomar taxis o trenes. Dos opciones a cada cual más caótica.

París sin embargo tiene una red de transporte bastante amplia. Aunque es una ciudad grande, parecía bastante accesible ya fuera por metro, RER (tren), tranvías o buses. Así pues, valoramos diferentes billetes, tarjetas y pases. El billete sencillo, salvo que hagas trayectos puntuales, no suele salir rentable. Los pases para turistas suelen estar en el extremo opuesto: abarcan entradas a mil museos, descuentos a atracciones y el transporte. Por lo que, o te mueves mucho y entras a todo, o no lo amortizas. El punto intermedio es moverte como un local. Puesto que íbamos a estar menos de 72 horas, teníamos claro que nuestra visita iba a ser prácticamente de ciudad, de exteriores, así que no necesitábamos el Paris Pass o similar. Además, este tipo de pases no incluyen el trayecto desde y al aeropuerto, que son 10€ cada vez. ¿Qué nos quedaba? La tarjeta Navigo Découverte en su versión semanal.

Esta tarjeta sin contacto cubre todas las zonas de la Isla de Francia y cuesta 22€. Se vende de lunes a jueves (incluido) y se puede utilizar de lunes a domingo. Es válida en todos los transportes, ya sea metro, RER, tranvía o autobuses. Consta de dos partes, la tarjeta en sí, y un cartón asociado a la numeración de dicha tarjeta con una foto de carnet y tu nombre. Cuesta 5€ sacársela, pero por 27€ nos merecía la pena de lejos. Teniendo en cuenta que ya solo los trayectos al aeropuerto serían 20€, de sobra la amortizaríamos en los tres días con pocas veces que tomáramos el transporte público. Así que, añadimos unas fotos en el equipaje y anotamos dónde se encontraba la oficina en el propio aeropuerto para sacárnoslas nada más llegar.

En París no íbamos a tener problema con la moneda, ya que compartimos el Euro. Sin embargo, necesitábamos echar cuentas para Mahé y Bombay. En Seychelles tienen la Rupia Seychellois con un cambio aproximado de 1€=14.50 SCR. Como íbamos a estar poco tiempo en la isla, pensamos que la mejor opción era sacar directamente allí en un cajero algo de efectivo para pagar la gasolina, la comida, y algún recuerdo. De hecho, a los extranjeros en hoteles, restaurantes o casas de alquiler de coche se les exige que paguen en Dólares, Euros o Libras. Así que uno de los gastos más altos que íbamos a tener no entraba dentro de esta retirada en efectivo.

Para la India, por otro lado, nos llegamos a plantear el llevar rupias ya desde casa, por si no nos funcionaba la tarjeta en Bombay. Sin embargo, resulta que es una divisa que no se cambia fuera del país, así que la opción que nos quedaba era bien probar en cajero, bien en casa de cambio en el aeropuerto.

Y para complicar aún más los preparativos a Bombay, a principios de año fuimos al Centro de Vacunación Internacional para que nos informaran sobre las vacunas que necesitábamos según nuestro viaje. Hay que pedir cita previa por la página del Ministerio de Sanidad y en la breve consulta nos dieron una serie de recomendaciones sobre la hidratación, la protección solar y antiinsectos.

Básicamente consisten en beber agua embotellada, evitar los hielos, comer alimentos recién cocinados, protegerse contra el sol (antes y después) y contra los insectos. Por supuesto, conviene llevar toallitas o algún tipo de gel higienizador para las manos.

Además, conviene llevar medicamentos de amplio espectro como pudieran ser ibuprofeno y gelocatil; protector de estómago y por si acaso, un antidiarreico.

En cuanto a las vacunas, nos teníamos que vacunar de Hepatitis A. Bueno, en realidad no era obligatoria, tan solo recomendable, pero es una vacuna que te pones una vez (en dos pinchazos) y ya no te tienes que repetir con el paso de los años siendo válida para próximos viajes a África, Sudamérica y Asia. Así que, adelante. Otra vacuna que suele ser recurrente es la del tétanos, pero me explicó la enfermera que desde el 2009 las nuevas pautas estipulan que los adultos correctamente vacunados con 6 dosis (generalmente desde 1975) solamente tendrían que ponerse una de recuerdo al llegar a los 65 años. Tan solo se pondría antes de llegar a esa edad en casos excepcionales como por ejemplo en un grave accidente de tráfico con amasijos de hierro y heridas en carne viva.

Así pues, tan solo nos pondríamos la de la hepatitis, para lo cual hay que ir al médico de cabecera que te derivará a enfermería. Y siempre contando con que haya stock. En mi caso fue la última vacuna del centro de salud. Y menos mal que no necesitaba la del tétanos, ya que no me la habrían podido poner, puesto que había un desabastecimiento total. Hasta julio no repusieron en nuestro centro de salud. Lamentable la situación en que se encuentra la Sanidad Pública Española.

Por su parte, mi hermano y su chica, residentes en Escocia, tenían otra pauta. A ellos les pusieron dos vacunas: una combinada contra la hepatitis A y antitifoidea y una segunda antidifteria, antitetánica y antipolio. Por curiosidad se lo comenté a la enfermera y me dijo que quizá se debía a que en Reino Unido no comercializan la hepatitis y el tétanos solas. Por lo que, al considerar necesarias estas dos vacunas, tuvieron que recurrir a unas combinadas. En cualquier caso, válidas eran igualmente, pero es importante llevar el control de qué vacunas nos ponemos por si las necesitáramos más adelante y no fuera necesario una nueva dosis.

Para finalizar nos quedaba contratar el seguro y sacar el visado a la India, ya que a las Seychelles no era necesario. Vaya odisea para entrar en la India, y eso que ahora es mucho más sencillo. Hasta hace unos años había que tramitarlo con una agencia oficial, después mandar el pasaporte por mensajería a la embajada y esperar a que nos lo devolvieran con la confirmación.

Ahora se puede hacer de forma electrónica, eso sí, solo entre 4 y 120 días antes del viaje y además la de información que hay que facilitar es detallada. No solo tus datos básicos como nombre, pasaporte, fecha de nacimiento o domicilio, sino que además has de indicar tu profesión, tu puesto, la empresa, la dirección de tu lugar de trabajo, el nombre de tus padres… Incluso has de subir una foto reciente con fondo blanco en formato JPEG, de como mínimo 350×350 pixels y la página del pasaporte en la que aparece la foto y datos en formato PDF en un tamaño que no supere los 300 kb.  Finalmente hay que pagar $50 (al cambio fueron unos 48€) y esperarPor suerte en apenas 24 horas nos respondieron y pudimos respirar.

En fin, muchos trámites. Pero con tanto preparativo llegó la hora de hacer las mochilas. Y es que, dado que íbamos pocos días y la mayor parte del tiempo iba a ser a clima cálido, optamos por ropa más ligera (también vieja para deshacernos de ella) y ni siquiera facturamos. Pantalones cortos, bañador y chanclas para Seychelles; pantalones frescos y largos (para evitar mosquitos) y camisetas de manga corta para Bombay; y vaqueros, camiseta de manga larga y chaqueta para París. Bolsa de aseo con botes pequeños y electrónica. Y listos en dos mochilas, una de 25l y otra de 30.

 

Listos para viajar.

Serie Terminada: Masters of Sex

Después de Imborrable tocó cambiar de registro. Dejamos de lado las series policíacas para adentrarnos en Masters of Sex,  que está basada, con ciertas libertades, en la biografía de William Masters y Virginia Johnson, investigadores pioneros a la hora de realizar estudios científicos sobre el sexo y sus efectos en el cuerpo humano.

William Masters fue un reputado ginecólogo del hospital de la Universidad de Washington en San Luis, en Misuri, que, a finales de la década de los 50, pretendía realizar una investigación sobre el comportamiento sexual humano. Después de dos años trabajando en el proyecto, contrató como asistente a Virginia Johnson, una secretaria de la universidad que había dejado a medias su carrera de psicología.

La serie parte de este punto y, durante la primera temporada, vemos cómo el prestigioso ginecólogo pasa consulta a parejas con problemas de fertilidad, y a la vez intenta llevar a cabo el nuevo proyecto. Una tarea no muy sencilla, puesto que ha de encontrar candidatos voluntarios que se presten a mantener relaciones sexuales mientras son monitorizados y observados. Además, la investigación tiene que llevarse a cabo de forma clandestina a horas tardías.

Masters se nos presenta como un señor prepotente, antipático y distante. No solo en el ámbito profesional, sino también en el personal, con una mujer a la que prácticamente ignora. Libby cumple con todos los estereotipos: rubia, guapa, delgada, alta, buena ama de casa, dulce, que no dice una palabra más alta que otra y que espera a su marido pacientemente.

Johnson, por contra, es la antítesis. Es una mujer divorciada con dos hijos a la que le da igual el qué dirán y que intenta vivir su vida como le da la gana. No le asusta llevar a cabo un estudio sobre sexualidad ni ser tachada de libertina. No se amedrenta ante su jefe y además le aporta un nuevo punto de vista a la investigación. Este choque de caracteres entre ambos protagonistas hace que su investigación fluya de la mejor manera posible. El hecho de que Virginia argumente, rebata y plantee preguntas a Bill (quien se supone que es el experto) enriquece su trabajo llevándoles a buscar nuevos mitos y retos. Se involucran tanto en el estudio que al final se vuelven partícipes llegando a monitorizarse a sí mismos.

Al final de la temporada Masters presenta su estudio ante la comunidad médica. Sin embargo, no recibe elogios precisamente, sino un fuerte rechazo hacia sus hallazgos. La sociedad conservadora de la época no está preparada para desvincular la práctica de la sexualidad con la procreación y no ve con buenos ojos que se afronte el sexo desde un punto de vista meramente placentero.

Mientras que la primera temporada es bastante buena y entretenida con unos personajes muy bien diseñados y un hilo argumental bastante coherente; la segunda es algo floja pues se centra más en el drama de los personajes que en el estudio en sí. Se acerca más a un culebrón poniendo en el foco la relación de los protagonistas. Unos protagonistas que se han distanciado y que tienen problemas personales, pero que también han de afrontar una nueva etapa profesional tras su despido en el hospital. Bill lo intentará en un nuevo hospital, queriendo incluso que contraten a Virginia para continuar con su labor; sin embargo, el puesto no le durará mucho y tendrá que buscar un nuevo centro, esta vez uno de negros, dado que su prestigio ha desaparecido desde que presentó la investigación. Allí Masters y Johnson intentarán reanudar la investigación, pero no encuentran más que trabas. La temporada se salva hacia el final, cuando por fin presentan su estudio al mundo.

La tercera temporada, también algo irregular, arranca en 1966, cuando, tras diez años de investigación, por fin su estudio sale a la luz. Y aunque “La respuesta sexual” estaba escrito con términos científicos y se pretendía dirigido a la comunidad sanitaria; recibió una gran acogida entre el público general convirtiéndose en un éxito de ventas y sentando las bases de la revolución sexual de los 60. No obstante, a pesar de la aceptación de sus teorías, siguieron enfrentándose a una sociedad llena de prejuicios, sobre todo Virginia, que está en el punto de mira por estar divorciada, con dos hijos y uno en camino. Con la publicación de su trabajo se vuelven famosos y sus vidas son diseccionadas, convirtiéndose lo privado en un asunto público.

Ya más asentados en el ámbito profesional con su prestigiosa consulta y su libro publicado, comienza la cuarta temporada, que transcurre entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta. Los protagonistas siguen inmersos en una crisis personal, ya no solo entre ellos, sino con sus relaciones con sus parejas. Virginia ha roto la relación que comenzó en la temporada anterior, pero va con una fachada de estirada mientras busca consuelo en la promiscuidad. Libby echa a Bill de casa, y este entra en una espiral de alcohol y derrotismo. Y cuando parece que la única válvula de escape que les queda a los investigadores es el trabajo, Masters es acusado de pedofilia y de incitar a la prostitución y todo parece venirse abajo.

Aunque la última temporada es algo mejor que las dos anteriores, parece que la serie no pudo remontar y finalizó con la boda de los protagonistas en 1971. Aún les quedaba mucho trabajo por hacer a los Masters y Johnson originales, que publicaron entre otros títulos “Inadaptación sexual humana”, “El vínculo del placer” y “La sexualidad humana”. Sus estudios cesaron en 1993 cuando se divorciaron.

Masters of Sex intenta reflejar estas primeras décadas de trabajo de los investigadores y cómo sus teorías modificaron las costumbres sexuales de los Estados Unidos. Aunque el sexo es el hilo conductor, la serie no busca el morbo ni la sensualidad, sino que interesa más contar el recorrido de Masters y Johnson, sus hallazgos y caída de mitos y cómo cada vez que querían compartirlo con el resto de la sociedad no se encontraban más que trabas, problemas, rechazos y zancadillas. Ellos afrontaron el sexo de una manera abierta, desde un punto de vista fisiológico, como si estuvieran realizado un tratado sobre cualquier otro tipo de reacción neuronal o física y se encontraron con la censura puritana.

Las cuatro temporadas abarcan un par de décadas en las que pasa mucho en el contexto histórico y social de Estados Unidos, así como ocurre en los protagonistas. Bill es un tipo cerrado al principio, sin embargo, a lo largo de las temporadas van saliendo a la luz sus demonios y se abre en canal. Gran parte de esta evolución se debe a Virginia, una mujer adelantada a su época que finalmente acabó terminando la carrera de psicología para estar a la par que su compañero y demostrarle al mundo que ella no era una simple ayudante, sino que era la mitad de aquella investigación. Ella es el motor de la serie, quien impulsa nuevas teorías y puntos de vista.

Pero sin duda, Masters of Sex perdería mucho sin sus secundarios. Aunque es una serie muy centrada en sus protagonistas, cuenta con unos personajes secundarios regulares que son un simple acompañamiento, sino que tienen toda una historia personal que complementa las tramas. Así, por medio de estos sujetos, se tratan temas como la homosexualidad, las relaciones abiertas, el divorcio, las madres solteras, la impotencia, la infertilidad, el conflicto racial, el puritanismo, la libertad sexual, el empoderamiento femenino, el aborto, los métodos anticonceptivos, los vibradores… Todo ello sin entrar en la vulgaridad o simpleza, sino como hilo conductor.

Libby es uno de los personajes que más evoluciona a lo largo de las cuatro temporadas. Al principio es el estereotipo de la mujer perfecta de los años 50, sin embargo, va creciendo a medida que pasan los capítulos. Poco a poco va tomando las riendas de su vida, decidiendo por sí misma hasta que acaba liberándose. Y ahí, se busca a sí misma como persona que tiene aficiones y una profesión, no como comparsa de un hombre que rija su vida. Ella representa la liberación de los 70 alejándose del conservadurismo.

Los personajes homosexuales de la serie, sin embargo, no están estereotipados como individuos chillones y extravagantes como suele ser habitual. Burton y Betty sirven para exponer las horribles terapias conductuales que se llevaban a cabo en la época para “heterosexualizar” a los homosexuales, las vidas escondidas, matrimonios de mentira para aparentar ante los demás, la maternidad en parejas del mismo sexo…

La serie tiene una fotografía muy cuidada y una buena ambientación que va cambiando con las temporadas y las épocas en que se centra, tanto en los escenarios como en los personajes, cuya ropa y peinados va evolucionando. Tiene un ritmo pausado pero los diálogos son ágiles y no se hace pesada. Cuenta con algunos capítulos flojos, claro, pero en general, es una buena serie. Una pena que no hubiera una quinta temporada en la que se abarcara la década de los 70 y cómo comenzaron a llevarse a la práctica los métodos de estos investigadores que contribuyeron a la terapia sexual y a la desinhibición de la sociedad estadounidense – y del mundo-. Aunque da la sensación de que en muchos aspectos aún seguimos anclados en los años 50 del siglo pasado y queda mucho por investigar y muchos mitos por caer.