Sufragistas

Soy más de series que de películas, pero tenía desde hace tiempo ganas de ver Sufragistas, tanto por las buenas críticas recibidas, como por la temática que trata.

En la actualidad se ha puesto de moda referirse de forma despectiva a las feministas como feministas radicales o feminazis cuando se hace referencia a algún acto, comentario o actitud machista. Parece que el hecho de exponer un ejemplo, recalcar el sexismo que nos rodea o denunciar el heteropatriarcado simplemente con palabras fuera un atentado contra los hombres. Ya se sabe, aquello de que las feministas de ahora se quejan de vicio, las de antes eran las de verdad, aquellas que luchaban de verdad, sin tanta agresividad.

Bueno, pues aquellas “feministas buenas” de la Primera Ola ya se encontraron con las mismas críticas cuando comenzaron la lucha por el sufragio femenino allá por 1832. Intentaron que se les equipararan sus derechos con los de los hombres con discursos, panfletos, charlas, reuniones… Con pedagogía. Todo de forma pacífica, prudente, tranquila, calmada. Y no les funcionó. Porque no estaban exigiendo sus derechos, sino pidiéndolos con mesura. Y sin molestar. A los hombres no les preocupaban, porque eran cuatro locas que no hacían ruido, que se reunían para sus cosas y ellos mientras seguían con sus privilegios. Y cuando las palabras no funcionaron, las feministas se plantaron, exigieron, llamaron la atención. Y a comienzos del siglo XX cambiaron la estrategia dejando de lado el diálogo – que no les estaba funcionando – y recurrieron a la violencia, que es lo que hacía ruido, para que así las escucharan de una vez.

La película recoge estas dificultades de las feministas que a finales del siglo XIX y principios del XX pedían el voto femenino en Gran Bretaña.

Sufragistas nos adentra en el movimiento por medio de Maud Watts, una joven que trabaja en una lavandería desde que tiene 7 años. Ella no tiene conciencia feminista, ni se ha planteado que debería tener el mismo derecho que su marido a votar, pero su perspectiva comienza a cambiar cuando un día tropieza con una manifestación callejera en la que una de sus compañeras de trabajo tira una piedra contra un escaparate. La actitud de estas mujeres le llama la atención, y decide ir a ver cómo esta compañera presta testimonio frente al gobernador para solicitar el derecho al voto. Sin embargo, un cambio de último momento hace que sea la misma Maud quien hable frente al tribunal. Y es aquí cuando se vuelve consciente de que pedir el sufragio no es un capricho, sino que es justicia. Ella misma según va exponiendo su alegato va dándose cuenta de que cobra menos por ser mujer, que son ellas quienes sufren violencia sexual desde bien pequeñas por parte de sus jefes y de que tienen los peores puestos en la lavandería. Su perspectiva cambia y se ve patente en la conversación con su marido en que este le pregunta de forma despectiva que qué haría ella con el voto y ella le responde que lo que le venga en gana, de la misma forma que hace él.

Pero Maud se integra realmente en el movimiento el día en que las autoridades comunican la decisión de no conceder el sufragio femenino por falta de motivos. Ese día las sufragistas se habían congregado frente al Parlamento para escuchar la resolución, y ante la denegación comienzan a quejarse y protestar, lo que acaba con represión policial y varias detenciones. Maud es una de las que acaba en la cárcel.

Tras la puesta en libertad las sufragistas se reagrupan y se organiza una reunión en la que hablará Emmeline Pankhurst, la fundadora de la organización Unión Social y Política de las Mujeres (WSPU). En su discurso Emmeline defiende el cambio de actitud que indicaba al principio del post y anima a la violencia con una gran frase: “Si quieres que respete la ley, haz la ley respetable”. La mesura no ha funcionado así que apela a la guerra, pues “ese es el lenguaje que los hombres entienden”. Con este giro se acuña el término suffragette para referirse (de forma despectiva, claro) a estas feministas y diferenciarlas de las moderadas. Digamos que era el feminazi de la época.

Tras más de 50 años intentándolo por las buenas sin éxito, Emmeline reivindica la rebeldía bajo el lema Deeds, not Words! (¡Hechos, no Palabras!) pues “son los hechos y no las palabras las que nos darán el voto”. Comienza así una nueva etapa mucho más bronca en la que las sufragistas se arriesgan a perderlo todo: su trabajo, su casa, sus hijos y su vida. Porque no solo tenían enfrente a los aparatos policiales y políticos de la sociedad, sino que sus familias eran también sus enemigas, con unos maridos que las tutelaban y ejercían su autoridad. Algunas, que no son partidarias de este nuevo rumbo, abandonan el movimiento. Sin embargo, Maud continúa adelante, y ve efectivamente cómo su mundo se tambalea, cómo su marido decide echarla de casa tras una segunda encarcelación, cómo pierde a su hijo y cómo es repudiada por sus vecinos. Consigue salir adelante gracias a la ayuda de sus compañeras.

Los siguientes años, tal y como refleja la película, fueron convulsos. Entre 1905 y 1913 se sucedieron los actos violentos, las agresiones policiales y los encarcelamientos. Una vez en prisión, las sufragistas hacían huelgas de hambre como acto de protesta y, aunque se las intentaba alimentar a la fuerza, finalmente el Gobierno decidió que cuando estaban demasiado débiles era preferible soltarlas y volverlas a encarcelar cuando se hubieran recuperado.

La película finaliza con la muerte de Emily Davison, quien intentó detener al caballo del rey George V mientras participaba en una carrera poniéndose en su camino. Su funeral se convirtió en un acto feminista, pero no cambió gran cosa. La lucha continuaba.

Quizá por eso Sufragistas se me ha quedado corta. Es una buena película y hacía falta, pues pocas referencias hay sobre el sufragio femenino en el cine. Se han hecho películas y películas de muchos acontecimientos históricos; pero, como siempre, aquellos en los que las protagonistas son las mujeres, quedan en el olvido.

No obstante, imagino que la idea era contar cómo surgió el movimiento de las suffragettes, cómo modificaron su postura y su forma de actuación y cómo todo ello influyó en sus vidas. Que se pretendía poner de relieve una lucha que iba más allá del voto, pues la petición del sufragio llegaba tras tomar consciencia de la inferioridad en que se encontraban (y también de conciencia de clase). Las mujeres no tenían los mismos derechos que los hombres ni en el ámbito laboral ni en el personal. Eran consideradas intelectualmente inferiores e incapaces de pensar por sí mismas. No tenían poder de decisión sobre sus hijos, no podían divorciarse ni tenían derecho a herencia.

Finalmente el Reino Unido aprobó el sufragio femenino el 2 de julio de 1928 en igualdad de condiciones que el masculino, en parte gracias a la labor de las mujeres en la Primera Guerra Mundial. Cuando los hombres marcharon al frente, fueron ellas quienes ocuparon puestos de trabajo que hasta entonces estaban reservados para ellos. Esto hizo que muchas mujeres se dieran cuenta de que estaban capacitadas para muchas más cosas de las que les habían dicho. Emmeline, que tanto luchó para que se hiciera realidad, murió un par de semanas antes de ver la ley aprobada.

Así, el Reino Unido se convirtió en el octavo país en instaurar el sufragio universal 35 años después de que lo hiciera Nueva Zelanda, que fue el primero. En Europa el primer país sería Finlandia en 1906.

Era complicado narrar un movimiento histórico con tantos matices como mujeres (y también algunos hombres) que lo integraban. Hacen falta más películas así que muestren la lucha del feminismo, que en cada país fue (y es) diferente y que luchaba (y lucha) por la equiparación real de derechos en la práctica (no solo en la teoría). Viendo Sufragistas da la sensación de que tampoco se ha avanzado tanto un siglo después cuando aún hay que demostrar que no se trata de exterminar a los hombres, solo sus privilegios.

5 comentarios en “Sufragistas

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