Día 2 III Parte. Seychelles. Sureste

Volvimos a Victoria para seguir recorriendo la costa hacia el sur. Sin embargo, el lugar de tomar la carretera por la que habíamos venido, atravesamos por el interior, que permite adentrarse en el otro aspecto de Mahé: la selvática.

Sorprende que en tan pocos kilómetros cuadrados podamos ver esas playas paradisíacas y una espesa selva. Pero así son las Seychelles.

Como se puede ver en el vídeo, la carretera es de doble sentido. Y no es que no tenga arcén, es que además en según qué zonas hay un buen socavón. Hay que tener cuidado con no pegarse demasiado a la izquierda, llegamos a ver incluso a una furgoneta volcada mientras recorríamos la isla. Eso sí, los dos pasajeros estaban bien y tomando una cerveza relajadamente mientras esperaban que llegaran a socorrerles.

Y es que así es el ritmo seychellois. La gente camina tranquilamente por la carretera y no se aparta ni se para cuando viene tráfico. Ya se apartarán los coches. Y ojo que no siempre hay buena visibilidad.

Como decía, volvimos hacia Victoria y desde allí continuamos la carretera de la costa. De la misma manera que habíamos hecho por la mañana, hicimos por la tarde. Fuimos parando donde veíamos un claro para asomarnos a varias playas. Incluso en algunas donde apenas había playa como tal porque la marea estaba muy alta.

Una vez pasado el aeropuerto paramos en las siguientes playas:

Pointe au Sel: Una playa bastante larga con arena muy fina y bastante compacta. A partir de esta zona ya se comienza a ver otro tipo de playas, no tiene nada que ver con el fondo coralino de las que habíamos visto por la mañana.

 

Anse Takamaka: Es una playa de arena dorada de impresionantes palmeras y árboles Takamaka que le dan nombre y proporcionan buena sombra. Hay un aparcamiento y una parada de autobús a unos 50 metros de la playa, por lo que es de fácil acceso.

No es muy profunda y, para mi gusto, una de las mejores playas de la isla.

Continuamos hacia el norte llegando hasta la mitad de la isla, pero había muchas playas inaccesibles, o al menos que parecía que solo se podía acceder a ellas si estabas alojado en alguno de los resorts, por lo que decidimos volver a Baie Lazare, donde habíamos visto un buen lugar para ver atardecer.

En esta bahía es donde atracó el buque francés del explorador Lazare Picault en 1742 a bordo de su barco Tartanne Elizabeth. De ahí su nombre. Además, la zona está llena de historia, pues es donde se encontró enterrado hace tiempo un tesoro pirata (hoy expuesto en el Museo Nacional).

Es una playa de arena blanca, reluciente y fina. Sus aguas son tranquilas y de color turquesa. A diferencia de otras en las que habíamos parado, sí que había gente bañándose. Imagino que es bastante frecuentada por los huéspedes de los hoteles de la la zona. Además, es de fácil acceso por bus y coche.

En lugar de quedarnos allí, nos movimos un poco más al sur y esperamos a ver cómo el sol desaparecía en el horizonte.

Y cuando ya se nos hizo de noche, volvimos al aeropuerto. Allí nos estaban esperando para la devolución del coche. Y tras comprobar que todo estaba correcto, nos dirigimos a la terminal. Aunque más que una terminal propia de un aeropuerto, parece de una estación de autobuses, ya que es un edificio abierto. Tan solo hay una media docena de mostradores. Detrás de ellos se encuentran los baños y los accesos a las puertas de embarque. A mano derecha de estos mostradores están las oficinas de alquiler de coches y una sala vip. Todo versión reducida, como las islas.

Teníamos el vuelo a las 21.55 y estábamos allí a eso de las 19 horas. Así que nos dio tiempo más que de sobra a pasar al baño y cambiarnos (para no ir en bañador y chanclas). Como ya llevábamos las tarjetas de embarque desde París y no íbamos a facturar, después de nuestro paso por el baño, nos dirigimos al control.

Y bueno, controlar lo que se dice controlar… ¿Cómo decirlo? NO. Normalmente cuando llegas al típico control de aeropuerto tienes que hacer un ejercicio de memoria y visualización. Memoria pues tienes que repasar dónde has colocado los líquidos y electrónica el equipaje; y visualización porque has de revisar que no lleves calzado que tape el tobillo, cinturón o monedas en los bolsillos. Bueno, pues el aeropuerto de Mahé es laxo en ese sentido. Ritmo isleño a nivel me la suda muchísimo. Pasamos las mochilas enteras por la cinta. No porque nosotros fuéramos de sobrados, sino porque al ir a abrirlas los propios empleados del control nos dijeron que no era necesario. Bueno, total, van a ver los líquidos igual por pantalla y ver que cumplen con la normativa en cuanto a medidas, pensé. Pero me da por mirar al señor que estaba delante de nosotros y antes de pasar el arco levanta una botella de agua de litro a medias y se la enseña al de seguridad que le asiente con la cabeza. Seguidamente la deja junto a la bandeja que suelen tener para que deposites monedas o llaves. Se habrá dado cuenta de que no la puede pasar y la irá a dejar ahí, pensé. Pues no. Pasó el arco, recogió su botella, y después su equipaje. Y empiezo a dudar de que el arco llegara siquiera a funcionar.

Aún alucinando, localizamos la puerta y nos sentamos en la sala a esperar el embarque.