Escape Room: Tras el Espejo, The Rombo Code

Apenas unos días después de conseguir salir de Almacén Muelle 14, probamos suerte con un nuevo juego de escape. Esta vez tan solo éramos 3 integrantes, y es que parece que todo el mundo estaba de vacaciones.

A nuestro capitán de equipo le habían hablado muy bien de Tras el espejo, de The Rombo Code, que, según decían, era muy original y diferente a las que habíamos jugado. Eso sí, con una dificultad elevada. Tan solo conseguían salir un 26% de los participantes. Así que, aceptamos el reto, buscamos fecha y reservamos.

He de decir que The Rombo Code se curra mucho todo el proceso. Desde el momento de la reserva te meten en el papel y luego, una vez en el local, el previo es muy distendido. Nos recibió Sophie, nuestra Game Master, y una compañera que comenzaba aquel día. Y tras una charla en la que compartimos experiencias en otras salas de escape y cómo habíamos acabado allí, nos habló un poco sobre Tras el espejo.

Obviamente, no nos reventó el juego ni nos dio pistas, pero sí que nos dio unas pautas para que nos divirtiéramos y consiguiéramos salir victoriosos. Nos recalcó que la sala era de alta dificultad (sin presiones) y que tendría que haber buena comunicación entre nosotros y trabajo en equipo (hasta la fecha nos habíamos compenetrado muy bien). Y que además en algunas pruebas deberíamos tirar de memoria, ya que a la sala no se puede entrar con pizarra o papel. ¿Quéeee? Como colofón final, nos remarca que no hay ningún candado y que la mayoría de las pruebas son de carácter tecnológico.

Yo iba bastante expectante con respecto a la sala por aquello de la dificultad, pero con todo lo que nos había comentado Sophie, ahora sí que ya no sabía qué podíamos esperar. Pero pronto lo íbamos a descubrir.

Antes de entrar nos puso un vídeo con nuestra misión: The White Cube es un grupo similar y rival a The Rombo Code. Las misiones y objetivos de ambas organizaciones suelen ser comunes y están inmersos en una carrera de competición directa. Tanto es así que The White Cube os ha secuestrado para sacaros información de nuestra organización. Habéis despertado y estáis sufriendo el interrogatorio y la tortura psicológica en un lugar secreto. Tenéis 60 minutos para escapar antes de que consigan sacaros información importante.

Así pues, hemos sido secuestrados y nos espera un interrogatorio y tortura psicológica. Pinta bien. Y más aún cuando nuestra Game Master nos da una última sorpresa antes de entrar en la sala. Buen giro de guion, sí señor.

Y por fin nos enfrentamos a la habitación. Algo minimalista, pero con muchos elementos que ya te dan qué intuir sobre dónde puede haber enigmas. Efectivamente la ambientación era diferente a lo visto hasta la fecha y no había ni un solo candado. La primera impresión fue buena y creo que no empezamos tan fríos como en otras ocasiones. La comunicación fluyó y resolvimos bastante bien la primera parte del juego.

Sin embargo, en el segundo tramo nos atoramos los tres en algún momento y tuvimos que pedir más pistas que en todas las salas que habíamos hecho hasta la fecha. Juntas. Habíamos estado en juegos de escape lineales que resultan demasiado mecánicos y simples (encuentra una llave, que abre un candado, que abre una caja, que tiene una pieza que te lleva a un código…); también en otros en los que vas resolviendo las pruebas de forma desordenada pero que al final te van llevando hacia algún punto. No obstante, en este caso no había un patrón. Y podríamos decir que ese aspecto le da un punto positivo; pero, por el contrario, creo que más que hacer la sala más interesante, me hizo salirme de la dinámica. Yo sentí que no había una ambientación apropiada y los enigmas no tenían relación alguna con el tema que nos habían propuesto (que era un interrogatorio y torturas psicológicas). Tampoco creo que se pueda hablar de una sala especialmente tecnológica. Sí, se usa la tecnología más que en otros juegos de escape, pero no es el modus operandi.

Aunque conseguimos reengancharnos y encauzar un poco el camino, lo cierto es que habíamos perdido el ritmo y terminábamos un enigma y nos quedábamos muy bien sin saber qué hacer después. No entendíamos el sentido de lo que acabábamos de hacer. Para cuando llegamos a la recta final yo prácticamente daba por hecho que no conseguiríamos salir y casi me había dado por rendida, sobre todo con las sorpresas de último minuto. Sin embargo, conseguimos salir gracias al tiempo extra que nos dio Sophie sobrándonos tan solo un minuto.

Después nuestra Game Master nos explicó algunas pruebas en las que nos había visto perdidos o en las que nos habíamos atascados. Comentamos las jugadas, los diferentes aspectos de la sala y nos dio otra perspectiva del juego.

Aún así, de las 7 de salas de escape en las que había participado hasta la fecha, Tras el espejo fue sin duda la que menos me gustó y en la que menos me divertí. Quizá porque éramos tres y habría sido diferente con un integrante más; tal vez porque la ambientación no me metió de lleno en el juego; puede ser porque la mecánica del juego me hizo participar de forma intermitente; o a lo mejor es que simplemente no soy lo suficientemente inteligente para este tipo de salas (y con poco oído).

Lo ideal es tener algo de experiencia antes de lanzarse a ella, aunque quizá el ir de nuevas sin ninguna dinámica previa pueda ayudar. El no llevar una idea preconcebida quizá lleve a mirar la sala con otra mirada más abierta.

En cualquier caso, he de reconocer que es innovadora, todo en la sala se puede y debe tocar, cuenta con enigmas diferentes y mecanismos nada convencionales, así como sorpresas y giros que te hacen que cambies tu manera habitual de jugar. Sin embargo, el nivel de dificultad creo que tiene más que ver con la ambientación y relación de las pruebas más que por los enigmas en sí.

¿Lo positivo? Que conseguimos salir y seguimos invictos.

Día 2 II Parte. Seychelles. Norte de Mahé

Para seguir nuestra visita a la isla, abandonamos Victoria y emprendimos la ruta por la costa norte. No llevábamos una planificación muy clara. Contábamos con el mapa que nos habían dado en la oficina de información  y unas notas que llevaba desde casa con las mejores playas o los miradores más interesantes. Pero luego una vez en la carretera es difícil de saber dónde te encuentras, ya que no hay poblaciones muy definidas y, aunque vas por la costa y ves el mar a tu lado, no siempre se puede aparcar el coche y bajar a la arena.

Nuestra primera parada fue una larga y solitaria playa de arena blanca que parecía harina y agua cristalina.

Sin embargo es muy rocosa y para poder adentrarse es necesario llevar calzado para no cortarse.

Yo me metí para comprobar la temperatura del agua y, como esperaba, demasiado caliente. Nada que ver con las aguas del cantábrico que te activan la circulación con meter el meñique.

Paramos en varias playitas más, cada una con un tipo de arena diferente. Las había con arena más blanca, otras más amarillentas; unas más finas tipo harina, otras más compactas… Todas ellas con aguas cristalinas  que permitían ver los pececillos en la orilla y con el fondo rocoso. Y por mucho que se tratara del norte de la isla, el agua seguía estando caliente.

A media mañana llegamos a Beau Vallon, la zona en que se localiza el turismo. En ella se veía mucha más actividad, tanto dentro como fuera del agua. Gente tomando el sol, algunos bañándose y diversas embarcaciones no muy lejos de la orilla. Con una gran extensión de arena y con los corales en el fondo, es la playa más popular de la isla. El mar estaba en calma y el agua era transparente, aunque había unas pocas algas.

Y como no era aún hora de comer y teníamos muchísimo calor, decidimos darnos un chapuzón. Y, si bien es cierto que al entrar el agua estaba caliente, una vez que cubría algo más de un metro, se notaban corrientes más frescas. Así pues, la sensación general era agradable.

Dado que, junto con Victoria, es una de las zonas más pobladas, optamos por buscar un sitio donde comer. En los alrededores de la playa abundan alojamientos de diversos estilos. Y también restaurantes. Nos dimos un paseo para ver qué nos ofrecía el pequeño paseo marítimo y vimos que uno de los restaurantes, The Boat House, tenía menú del día y platos combinados, así que allí que nos sentamos.

Elegimos una ensalada para compartir, dos platos de Red Snapper, el pescado típico de la zona color naranja que habíamos visto en el mercado, y otro plato combinado de atún. Los platos de pescado iban acompañados de arroz, guarnición de frutas y verduras a modo de ensalada y una salsa. Los platos eran abundantes y estaban muy ricos, se notaba que el pescado era fresco. El atún sabía al bonito con tomate que hace mi padre. Acabamos bien llenos, pues los platos eran de gran tamaño. No era especialmente barato, pero es que Mahé no lo era.

Después de comer dimos otro paseo por el pequeño paseo marítimo donde hay diversos puestos de frutas y zumos.

Como nos sobraba tiempo hasta la hora en que tendríamos que estar en el aeropuerto, volvimos a la carretera rumbo sur. En teoría la parte sur de la isla y la costa Oeste la teníamos pensada recorrer en nuestra segunda escala, pero parecía que nos iba a llover. Así que, dado que íbamos bien de tiempo, pensamos que era buena idea seguir viendo lo que pudiéramos por si acaso no teníamos oportunidad a la vuelta por las condiciones atmosféricas.

Día 2. Seychelles. Victoria

Mahé es la isla más grande y alta del archipiélago con sus 27 km de lago y sus 8 de ancho. En ella residen el 90% de la población total del país, y es la puerta de entrada a las Seychelles, ya que en ella se encuentra el pequeño aeropuerto internacional al que llegamos (inaugurado en 1972 por la Reina Isabel II).

Sin embargo, a pesar de esta “urbanización”, sigue habiendo naturaleza y paisajes salvajes. Mahé ofrece más de 65 playas paradisíacas, verdes bosques, el Parque Nacional Morne Seychellois con su montaña de 905 metros, plantaciones de té, selvas tropicales y una rica diversidad de flora y fauna.

Es una isla de contrastes. En el sur destacan sus playas idílicas y pueblos tradicionales. Predominan una sucesión de paradisíacas ensenadas: Anse Takamaka, Anse Corail, Anse Cachée, Anse Forbans y Anse Parnel. 

Por el contrario, el norte es más abrupto gracias a su Parque Nacional y cuenta con unas vistas panorámicas desde lo alto de varios glaciares. También es la parte más animada de Mahé gracias a que es en la zona de la Bahía de Beau Vallon donde se da la mayor concentración de población.

Victoria, la capital, a 7.810 km de Madrid, es la única ciudad como tal de todo el país. Es la capital más pequeña del mundo, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta las dimensiones del país. En 1838, el día en que se coronaba a la Reina Victoria, se decidió cambiar el nombre de la ciudad en su honor. Aunque se ha convertido en el centro cultural y económico de las Seychelles, ha conseguido conservar su encanto original con diversos ejemplos de la arquitectura tradicional de este país multicultural.

Y hacia allí que nos íbamos a dirigir. Pero primero teníamos que recoger el coche. En el mes de febrero solicité presupuestos vía correo electrónico a varias compañías de alquiler. Sin embargo, ya iba tarde. Tienen una flota límite, ya que se trata de una isla, y muchas empresas ya tenían todos reservados. Finalmente, la que mejor precio nos dio fue Alpha, que por 45€ nos incluía kilometraje ilimitado (en esa superficie, lógico), varios conductores y seguro a terceros. No redujimos franquicia porque no se quedaba a 0 sino a 700€.

Aunque la isla cuenta con un servicio de autobuses que operan de 5:30 de la mañana a 19:30 de la tarde, su frecuencia es de 20-30 minutos y para una escala tan breve no podíamos perder mucho tiempo. El taxi del aeropuerto a Victoria tiene un precio de unos 15-20€, por lo que con la ida y vuelta, casi teníamos amortizado el coche, que además, nos daba más movilidad.

La mayoría de las compañías te ofrecen un Hyundai i10 o un Kia Picanto. Coches bastante pequeños que dan para lo justo: llevar del punto A al B. Eso sí, algunas te dan a elegir entre manual o automático porque no nos olvidemos de que conducen por la izquierda. Nosotros en principio lo reservamos manual, pues en los correos que intercambiamos me dijeron que no les quedaban automáticos. Total, ya llevábamos el Road Trip por Escocia a nuestras espaldas. Sin embargo, al formalizar la documentación antes de la entrega, el chico nos comentó que finalmente era automático. El límite de velocidad es de 65 km/h (40 mph) en carretera y de 40 km/h (25 mph) en zonas residenciales, así que no hay que estresarse. La red de carreteras abarca unos 160 km, así que con calma y a disfrutar del paisaje.

Tras los pertinentes trámites y explicaciones sobre cómo funcionaba nuestro vehículo, cargamos nuestros bártulos (como pudimos, porque el maletero es bastante limitado), cruzamos a la gasolinera que hay frente al aeropuerto para echar gasolina) y tomamos la carretera rumbo a Victoria.

Aparcamos junto al puerto y comenzamos nuestro paseo por la glorieta en la que se levanta el Monumento al Bicentenario. Fue inaugurado el 4 de junio de 1979 para conmemorar el 200 aniversario de la ciudad desde que fue fundada en 1778.

Tiene un importante valor patriótico. Cada una de sus tres alas representa el origen étnico de la población de Seychelles: África, Europa y Asia. Recordemos que en las Seychelles no había aborígenes, sino que estaban deshabitadas hasta que llegaron los colonos.

Continuando por la Avenida de la Independencia nos topamos con una oficina de Información y Turismo, así que pasamos a por un mapa y a que nos indicaran puntos de interés en la isla. Un poquito más adelante, en la acera contraria se encuentra el Museo Nacional de Historia Natural, donde se puede conocer mejor la flora, fauna y geología de las islas, así como los retos a los que se enfrenta el archipiélago en materia medioambiental.

Y frente al museo, un poco escondida está la Fontaine Jubilee, un pequeño monumento en honor a la Reina Victoria. Mucha gente confunde esta pequeña estatua de 30cm con la de la virgen, incluso algunos locales se santiguan cuando pasan. Pero la inscripción lo deja claro.

Está hecha de porcelana y la fuente, que además es potable, es un símbolo histórico de las Seychelles y de su veneración a su Majestad recordando incluso hoy en día que hace tiempo fueron parte de la Monarquía Británica.

Y desde la fuente vemos otro símbolo de la admiración por el Reino Unido, el Clock Tower.

Situado en una rotonda es una copia del Big Ben en miniatura. Se colocó en 1903 por orden del gobernador de Seychelles, Sir Ernest Bickham Sweet-Escott. Este había viajado a Londres y había quedado impresionado por la torre, así que un par de años después de la muerte de la Reina Victoria, decidió honrarla con esta réplica de hierro fundido.

Se realizó en Londres y se envió en nueve partes a las Seychelles. Siete de ellas llegaron el 11 de Febrero de 1903, pero dos de ellas misteriosamente desembarcaron en las Mauricio. Afortunadamente, llegaron un mes después a Victoria y se pudo armar. Fue oficialmente colocado el 1 de abril.

Originalmente era negro, pero se pintó en color plateado en 1935 para conmemorar el aniversario del Rey Jorge V. Se mantiene como un monumento simbólico al aprecio hacia la Reina Victoria y para expresar la buena relación que tiene Seychelles con el Reino Unido.

Muy cerca se encuentra la Saint Paul’s Cathedral, Obviamente está dedicada al apóstol San Pablo, y se uguró el 14 de mayo de 1859 por el primer obispo de Mauricio. En 1910 se amplió con la construcción de una nueva torre y décadas más tarde, en 1978 con un santuario. Fue consagrada Catedral en abril de 1961.

Dado que el edificio comenzó a deteriorarse, se decidió reconstruir en su totalidad y levantar una nueva catedral en el mismo lugar con un aforo de 800 personas. El 15 de abril de 2004 se inauguró y volvió a consagrar.

La nueva iglesia simboliza la historia e importancia de la antigua y lo significativa que fue para la población. En octubre de 1862 una gran avalancha devastó Victoria y muchos habitantes se refugiaron en la iglesia. Así pues, tiene mucha importancia para la ciudad, casi como un santuario.

Tomando Revolution Avenue nos adentramos en la zona con más vida de la ciudad, y es que en las inmediaciones se encuentra el Slewyn-Clarke Market. También llamado bazar, es el mercado que sirve como centro neurálgico de la ciudad. Fue construido en 1840 y renovado en 1999, al igual que el Clock Tower. Ofrece al visitante todo tipo de productos tropicales, desde fruta y verduras, a especias, té local, recuerdos y souvenirs, pasando por pescado típico de las Seychelles.

Es interesante pasear por sus pasillos y observar los productos, muchos de ellos totalmente desconocidos para mis ojos.

Otros son conocidos, como las bananas, sandías o berenjenas, pero sorprende su tamaño, ya que eran una versión mucho más pequeña de la que estamos acostumbrados en España. Por contra, las zanahorias eran bastante hermosas.

Los precios eran bastante elevados, y las condiciones de exposición no parecían las más salubres, sobre todo cuando ves el pescado o los huevos a temperatura ambiente con el sol, el calor y la humedad.

Frente al mercado, al otro lado del aparcamiento, vemos un chocante templo hindú. El Arul Mihu Navasakthi Vinayagar, construido en 1992, es el único templo de esta confesión en las islas. Recibe su nombre en honor al dios hinduista de la prosperidad y seguridad.

Es muy colorido y además del jardín delantero, tiene de fondo la elevación rocosa de la isla.

Callejeamos por la Market Street donde había varios puestos y tiendas, y tras comprar unas botellas de agua, regresamos al coche. Este fue nuestro breve paseo por Victoria: