Saga Millenium

Hoy para acabar el año traigo una recomendación literaria. Hace ya más de una década (que se dice pronto) que salió a la luz Los hombres que no amaban a las mujeres, el primer libro de la saga Millenium de Stieg Larsson.Este periodista comenzó a escribir una serie de novelas sin intención de publicarlas, más como entretenimiento. Sin embargo, en determinado momento cambió de opinión y envió a una editorial los tres primeros libros. Tenía pensado escribir 10, pero lamentablemente, murió de un infarto prematuramente y no pudo acabar la saga. De hecho los tres primeros se publicaron de forma póstuma.

Hoy hay toda una batalla legal por los textos que dejó inacabados Larsson. Eva Gabrielsson, su pareja durante 30 años, es quien los conserva, pero como no se casaron, legalmente no le pertenecen y no puede publicarlos. Son el hermano y el padre quienes han heredado los derechos multimillonarios y quienes han autorizado a que se continúe la saga. Así, a La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (2006) y La reina en el palacio de las corrientes de aire (2007) le siguen Lo que no mata te hace más fuerte (2015) y El hombre que perseguía su sombra (2017), escritos por David Lagercrantz, periodista sueco y escritor de la biografía del futbolista Ibrahimovic.

La saga recibe el nombre de la revista económica de la que el protagonista, Mikael Blomkvist, periodista de investigación, es co-editor. El otro personaje principal es Lisbeth Salander, una hacker veinteañera antisocial con memoria fotográfica.

En el primer libro Mikael es condenado por difamar al empresario millonario Hans-Erik Wennerström y, como consecuencia, queda apartado de la revista. Para escapar de la prensa antes de cumplir condena acepta un proyecto de escribir un libro sobre una acaudalada familia e investigar una desaparición ocurrida en los años 60. Los caminos de este trabajo harán que Mikael se cruce en el camino de Lisbeth, quien le ayudará no solo en la desaparición sino en la trama de corrupción por la que fue apartado. Y de paso conoceremos algo de esta misteriosa y fuerte joven.

A mí la novela policíaca siempre me ha gustado, pero fue con la saga Millenium cuando descubrí el género nórdico. La literatura policíaca escandinava tiene otro punto, esa oscuridad, esos relatos gélidos, esas tramas en pueblos perdidos e incomunicados… Con esa escena de fondo Larsson planteaba su narración con un estilo muy periodístico y complejo. Así, en el relato se mezclan varias historias, generalmente con un trasfondo político y económico que a veces cuesta seguir y requiere de una lectura sosegada para no perder detalle. Y cuando crees que las diferentes vías de investigación no guardan relación…¡Zas!, todo cobra sentido. Su estilo era ir dejando detalles a lo largo de la historia para hacerlos encajar hacia el final.

En La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina el periodista comienza a investigar sobre el tráfico sexual de mujeres de Europa del Este en Suecia.

Por su parte, La reina en el palacio de las corrientes de aire nos hace entender que la verdadera protagonista es Lisbeth. Mikael trabaja en la revista Millenium que da nombre a la saga y es el que busca la historia para su libro, pero en realidad, ella es el hilo conductor.

Y aunque no estaba concebido como trilogía, realmente podía haber concluido con la tercera entrega. Así pues, cuando leí que David Lagercrantz iba a continuar con la saga, tuve mis dudas sobre si continuar o no. De hecho, hasta que no salió el quinto volumen en septiembre de este año no me decidí. Y en dos semanas he devorado Lo que no mata te hace más fuerte y El hombre que perseguía su sombra.

Los temas se han actualizado y Lo que no mata te hace más fuerte se centra en temas más actuales. Por un lado la Millenium ha recibido una inyección económica de un grupo corporativo que parece que quiere dar un giro a la revista. Es la época del sensacionalismo, las noticias rápidas, del clickbait. Mikael y Erika quieren conservar el estilo de siempre, ser fieles a ese periodismo más tranquilo, que busca resquicios, fuentes, que ahonda en la noticia. Pero todo parece parado, no hay una gran historia. Hasta que aparece, y no es ni más ni menos que una trama de secretos corporativos, tráfico ilegal de información confidencial, internet profunda, inteligencia artificial y problemas matemáticos. En definitiva, un mundo más digital en el que más que nunca Mikael Blomkvist necesitará a Lisbeth Salander.

Tiene un poco de Wikileaks y del caso Snowden tratando el espionaje industrial, y cómo los servicios de inteligencia controlan nuestro día a día gracias a la huella digital. Esto unido a la inteligencia artificial da un poco de miedo, pues ocurre como con la bomba atómica, que un gran hallazgo en malas manos puede ser un desastre de magnitud mundial.

La historia engancha. Lagercrantz se encarga de crear un ambiente, las diferentes historias paralelas, de contarnos qué ha pasado con los protagonistas en este tiempo, de presentarnos a los nuevos personajes… y lo hace bien. Pero se nota la diferencia con Larsson. Mikael y Lisbeth no son los mismos y he echado en falta algo más de interacción entre ambos. Y en general más socialización entre los personajes.

En El hombre que perseguía su sombra creo que al buscar un estilo propio, sin querer seguir las primeras novelas, Lagercrantz ha recuperado aquel estilo. Es decir, cuanto más se ha querido distanciar, más se ha acercado al estilo Larsson. Y es que aquí volvemos a los orígenes, a la infancia de Lisbeth, a su compleja familia, a su tutor… Seguimos con el mundo hacker de fondo, claro, pero se entremezclan pasado y presente con varias tramas en torno al abuso de poder, al fanatismo religioso y a la experimentación con gemelos para determinar si es la herencia genética o el entorno lo que influye en lo que somos.

Creo que este último libro funciona mejor porque es Salander la protagonista desde la primera página. Como decía antes, es ella quien sirve de hilo conductor y nexo de unión de todas las ramificaciones de la novela. El personaje de Mikael no es nada novedoso. Podría ser periodista, detective o empresario, pero al final es un arquetipo muy visto: el típico héroe masculino que lucha con todo en contra. Ella sí que rompe con las reglas de la novela policíaca (y novela en general) en que la mujer es siempre esposa/hermana/hija/amiga del protagonista y/o víctima que acaba violada y/o asesinada. Mujeres que necesitaban que un hombre las protegiera. Lisbeth es lo opuesto a eso. Ella se vale por sí misma. Es un personaje que tiene su desarrollo y su pasado. Y no tiene que ser atractiva (aunque puede serlo). Supongo que influye mucho en la configuración del personaje que el autor sea sueco, ya que Suecia es uno de los países a la cabeza en igualdad.

Otro hecho que hace que este libro case mejor con los tres primeros es que ha vuelto a temas de denuncia social como la opresión de la mujer, el racismo y la intolerancia. Este era el sello de Larsson, el poner en relieve las injusticias sociales y las corrupciones políticas y económicas. De hecho al parecer antes de morir trabajaba en una trama sobre los asesinatos y desapariciones de las mujeres de Ciudad Juárez, en México.

Parece que nos queda un último libro que se publicará en 2019, pues David Lagercrantz ha dicho que con tres es suficiente y que quiere hacer otras cosas. Veremos a ver si es de verdad el último y si es conclusivo o deja la historia abierta. ¿Quizá trate sobre la crisis bursátil y la inestabilidad económica? Me da la sensación de que ha dado pinceladas en las dos entregas para que vaya por ahí la historia.

Mientras esperamos, nos quedan las películas. En versión sueca o americana, porque ya se sabe, a los estadounidenses si algo les gusta, lo rehacen. A ellos eso de doblar no les va. Yo tan solo he visto las suecas, y he de decir que me gustaron. Eso sí, si no me hubiera leído los libros, mucho más. Los personajes están muy bien conseguidos, la historia es ágil, la fotografía muy nórdica, con sus paisajes, su oscuridad, ese punto de novela negra… El problema es que al haber leído las novelas faltan cosas y otras se han modificado. Lo comprendo. Todo no cabe, son libros extensos… entiendo que se omitan detalles, personajes secundarios… pero que decidas no ahondar en una relación entre personajes como la de Mikael y Erika durante la primera película, y que luego de repente en la segunda sí le des importancia… al espectador se le queda una cara de O_O ¿esto a qué viene? Pero por lo demás, están muy bien, el personaje de Lisbeth está muy bien interpretado y caracterizado, es la imagen que yo tenía en mi cabeza. Eso sí, parece ser que para las nuevas entregas habrá cambio de actriz. Habrá que esperar.

Conclusiones sobre nuestra breve visita a las Seychelles

A 1.600 kilómetros de la costa de África, estas 115 prístinas islas en medio del Océano Índico que conforman el Archipiélago de las Seychelles son un auténtico recreo para la vista, un santuario de la naturaleza que esconde multitud de tesoros. Este aislamiento en que se encuentran las Seychelles ha favorecido la preservación de una diversidad ecológica única manteniendo a salvo la más exótica flora y fauna. El resultado es una naturaleza pura, auténtica, sin contaminar.

Apenas hemos pasado 24 horas (útiles) en la isla de Mahé, pero podemos decir que Seychelles es mucho más que un destino turístico de resort en el que no hay más que hacer que descansar en sus preciosas playas de aguas cristalinas con sol todo el año. Sí, es un lugar aislado, tranquilo que no tiene nada que ver con el frenético ritmo que podamos tener por ejemplo en Madrid; pero también es un lugar ideal para los amantes del verde y de los deportes acuáticos.

La isla de Mahé, descubierta en 1742, y bautizada como “La Isla de la Abundancia” es un paraíso verde y salvaje. En el norte se concentra la mayoría de población y del turismo, pero también es donde encontramos el Parque Natural Morne Seychellois.

Victoria, su capital, es una pequeña barriada que se recorre cómodamente a pie. Son visitas obligadas el mercado y sus calles aledañas. Es lo que más nos va a acercar a conocer el crisol de culturas Seychellois.

Victoria muestra una gran diversidad que se ve reflejada paseando por sus calles. Encontramos muy próximas una catedral católica, una anglicana, una iglesia adventista del séptimo día, una mezquita y hasta un templo hindú.

La costa este de Mahé forma la espina dorsal de la isla. En el centro se encuentra el aeropuerto, y frente a Victoria, encontramos el Parque Marino de Sainte Anne, que consta de seis islitas. Se pueden realizar excursiones para ver los arrecifes de coral, tortugas o practicar snorkel. Los mejores meses para el buceo son los que transcurren entre marzo y junio, aunque se puede realizar durante todo el año. El paisaje subacuático es rico, con más de 800 especies diferentes.

Para recorrer Mahé nosotros alquilamos un coche y nos ha permitido una gran movilidad que de otra forma no habríamos tenido en tan poco tiempo. Hay muchas compañías de alquiler, desde las multinacionales a las locales. Nosotros contratamos con Alpha, una local, y la verdad es que con buen resultado. No todas están en el aeropuerto, pero ofrecen la posibilidad de llevarte el coche a la terminal o a tu alojamiento. Casi todas ofertan el mismo tipo de coches, los más comunes son los Hyundai i10 y los Kia Picanto, que se adaptan a las condiciones de las carreteras de la isla.

Y es que solo hay un corto tramo de autopista, que es el que va del aeropuerto hasta Victoria. El resto son carreteras estrechas. Muchas veces esta estrechez viene condicionada por falta de espacio, ya que a un lado está el mar y al otro la montaña, por lo que se ha hecho lo que se ha podido. Pero también es verdad que dada la población del país y el parque automovilístico no necesitan más, así que para qué cargarse el precioso entorno. Generalmente caben dos coches, pero cuando no, viene a ser el mismo caso que nos encontramos en Escocia. Cuando se cruza un vehículo por cada sentido, uno se aparta y listo. Aunque hemos observado que en muchas ocasiones se aproximan a la línea central para así marcar su territorio y evitar invasión de carril del que viene de frente. De esta forma evitan tenerse que pegar a la izquierda para ganar espacio.

Y es que no hay apartaderos o arcén para ello (ay, aquellos passing places), así que hay que buscarse las mañas. Es más, en algunos lugares hay unas zanjas en los lados de la calzada para canalizar el agua de las lluvias, así que hay que tener mucho cuidado con no acabar con la rueda metida. Esta falta de arcenes también influye cuando los locales paran en cualquier lugar y sin previo aviso, para que suban o bajen pasajeros. Sobre todo ocurre con las pick-ups. O cuando te encuentras con peatones andando por el borde de la calzada. Y es que como no hay núcleos urbanos como tal y las casas quedan desperdigadas por la isla, pues no les queda otro remedio que andar por donde pueden desde la parada del bus hasta sus domicilios. Incluso ocurre de noche, sin prendas reflectantes, ni linternas, ni nada. Y las carreteras no están muy iluminadas que digamos.

Volviendo a las conexiones, se puede recorrer la costa de Mahé prácticamente en su totalidad y llegar a la mayoría de las playas. Para acortar se puede cruzar la parte norte lateralmente de una costa a otra, pero estas carreteras atraviesan la montaña, así pues nos encontramos con curvas (algunas muy pronunciadas), subidas y bajadas. Puede verse como un inconveniente por la precaución en la conducción; o como una ventaja, ya que atraviesas túneles de vegetación y el recorrido es impresionante.

Hay pocos tramos en los que esté permitido adelantar. Aunque al Seychellois no parece molestarle la línea continua cuando tiene algún vehículo lento delante.

Por todo ello es por lo que los límites de velocidad no son altos. Perfecto para los que estamos acostumbrados a la circulación por la derecha.

El mejor consejo es lógica pura: prudencia, tomárselo con calma y observar el entorno. Ritmo local. ¡Que además, estamos de vacaciones! Hay que disfrutar.

Al aparcar hay que tener dos precauciones. Por un lado en ciudad, es decir, en Victoria, los aparcamientos son de pago. Hay que comprar los tickets en correos o algunas tiendas y ponerlos en el salpicadero. No van por horas o minutos, sino por media jornada o completa. Y por otro, ojo con dejar el coche a la sombra bajo un cocotero. Te arriesgas a que un coco le caiga encima causando abolladuras o roturas de parabrisas. Una caída desde 30 metros de altura puede causar daños al vehículo. Bueno, también es aplicable para humanos.

Otro punto a tener en cuenta es que las gasolineras suelen cerrar al anochecer (las pocas que hay en la isla). Si has de devolver el tanque lleno en la oficina de alquiler, mejor no apurar.

Pero si no quieres alquilar coche, puedes recurrir al transporte local. Con los autobuses de la SPTC (Seychelles Public Transport Corporation) se puede llegar sin problema a las playas de la Costa Este, porque están al lado de la carretera, aunque para el Suroeste es algo más complicado.

Funcionan de 5:30 a 19:00 de la tarde entre semana y con una frecuencia de 20-30 minutos. Eso sí, dado que la mayoría de la población no tiene coche, es recomendable evitar las horas puntas de entrada y salida de los colegios/trabajos. Las paradas más importantes tienen marquesina, pero en la mayoría de los casos están simplemente pintadas en el suelo.

En Seychelles los horarios son tempraneros. Se desayuna sobre las 7 de la mañana (nosotros en el avión), se come sobre las 12:30-13:30 y se cena al anochecer, sobre las 7:30, siendo la comida fuerte del día.

Entre las comidas locales encontramos sobre todo pescado, arroz y especias.

Y entre la fruta mil variedades de lo más exótico, desde papaya, mango, fruta de la pasión hasta los típicos cocos (para comer o beber) o minibananas propias del lugar.

Las famosas bebidas locales son el bacca, hecho de ron de caña y piña; el calou, que es un licor de palma; y la piree, que tiene algo menos de alcohol. Sin embargo, el más conocido es el Coco d´Amour, una bebida a base de leche de coco.

Existe la opción de comer en un bar/restaurante en la costa, en algún local de la ciudad, o comprar en take-aways y llevarte la comida a un lugar donde saborearla tranquilamente. Por ejemplo, a una de las fantásticas y tranquilas playas.

Mahé tiene unas 65, denominadas Anses. En total habremos visitado como unas 20. Por supuesto no nos hemos bañado en todas, algunas fueron breves paradas, otras apenas podíamos acceder por las mareas. Y es que es algo que hay que tener en cuenta de lo que queramos hacer. No es lo mismo ir a sentarse en la arena a observar, que bañarse, que hacer snorkel. Si hay pleamar, en muchos casos apenas existe la playa como tal; y, en otros, la bajamar es tal, que tienes un gran paseo hasta el agua y más allá para que llegue a cubrirte.

También es importante informarse sobre los vientos dominantes, ya que nos darán una idea del estado de las aguas. Si estarán tranquilas y cristalinas; o, por el contrario, revueltas y con grandes olas. Si lo que buscamos es esto último para hacer surf, es recomendable buscar las playas del Oeste. Por supuesto, para disfrutar de un buen atardecer, también habrá que buscar la costa occidental. Y más concretamente las del suroeste. Lo único que también es la zona más desconectada y volver desde allí a la ciudad (o al aeropuerto en nuestro caso) lleva su tiempo por carreteras estrechas y oscuras.

Las Seychelles son un lugar paradisíaco donde se encuentra tranquilidad y sencillez. Donde se puede disfrutar de un ritmo reposado, dar paseos por las finas y blancas playas dejando que la arena masajee nuestros pies descalzos mientras bebemos agua de coco o saboreamos una dulce fruta tropical. A nuestro alrededor tendremos las aguas cristalinas bañadas por un sol brillante que contrastarán con las formaciones rocosas y los arrecifes de coral.

También podemos ser más activos y realizar una caminata por algún sendero, subir hasta un mirador o bucear en busca de una valiosa vida marina. Tenemos un gran abanico de posibilidades en cuanto al ocio se refiere.

Pero si hay algo que no nos podemos perder es un épico atardecer que nos muestra una paleta de colores inimaginable.

¡Orevwar, Seychelles!

Día 7 II Parte. Seychelles. Mahé: Costa Noroeste y Parque Nacional Morne Seychellois

Tras recoger las maletas y vestirnos algo más acorde al clima de las Seychelles, fuimos en busca de nuestro coche de alquiler. Esta vez no nos esperaban con un cartel con mi nombre, ya nos conocía el chico de nuestra anterior escala. Completamos de nuevo la documentación, pagamos y nos entregó el coche, que estaba rotulado con el nombre de otra empresa.

El día estaba gris y se agradecía que la temperatura fuera inferior a la de una semana antes. Aún así, como amenazaba tormenta, rápidamente nos pusimos en marcha para intentar aprovechar al máximo. Nos quedaba la costa Noroeste de la isla, y, como teníamos tiempo, tomamos la carretera de la costa dirección sur, por si nos apetecía parar de camino en algún claro que se nos hubiera escapado la vez anterior.

Continuamos más allá que la vez anterior y a medida que íbamos subiendo por la costa noroeste el paisaje cambiaba. Todo era más verde (aún), y eso es señal de que nos aproximábamos al Parque Nacional Morne Seychellois.

Este parque ocupa el 20% de la isla (unos 30 Km²) y fue declarado Parque Nacional en 1979. En él se encuentran todas las plantas y aves endémicas de Mahé, así como la mayoría de los reptiles. También destaca el pico más alto del país, el Morne Seychellois de 905 metros.

Se pueden hacer caminatas por el parque, ya que cuenta con una red de senderos de más de 15 kilómetros. Una pena que amenazara lluvia, ya que el ambiente era excepcional con una naturaleza tan verde y espesa. Parecía mentira que tuviéramos las playas paradisíacas tan cerca y a la vez esta selva. Pero si se tiene la oportunidad, no todo son playas en Seychelles, se pueden hacer rutas de distintas exigencias y duración, algunas de medio día, otras de una jornada entera.

Tomando la carretera Sans Soucis llegamos a las ruinas de The Mission/Mission Lodge.

Venn’s Town, también conocido como Mission, era un asentamiento donde el Reverendo William Chancellor fundó en 1875 un orfanato para los hijos de los esclavos liberados por la Armada Británica. Los estudios consistían en la lectura de la Biblia y cantos de los salmos. También se enseñaba a los escolares el trabajo de la madera y del tratamiento del té y café. A la edad de 16 años podían abandonar la institución.

The Mission acomodaba hasta a 50 chavales. El recinto principal consistía en una cabaña grande y espaciosa con dos dormitorios, algunos almacenes, cocinas, baños y una docena de chozas para los trabajadores que labraban los 50 acres de tierra.

The Mission cerró oficialmente en 1889 cuando los alumnos comenzaron a estudiar en los nuevos colegios de Victoria.

En la misma carretera encontramos también el Morne Blanc View Point, desde donde se puede disfrutar de unas buenas vistas de la bahía de Mahé, de las montañas y del parque. Y de las nubes que nos acompañaban.

De vuelta paramos en Tea Factory, la plantación y fábrica de té.

En esta ella se elabora té de citronela, naranja, menta y vainilla. Es una manera interesante de conocer el legado del colonialismo británico del siglo XIX y el proceso del té. Nos acerca a la historia y cultura de las Seychelles. Pasamos al pequeño museo, que tiene expuestos diferentes logos, cajas y juegos de té.

Más allá, adentrándonos en pasillos pudimos ver a las trabajadoras con la maquinaria cómo lo procesaban y envasaban.

También hay una pequeña tienda donde se pueden comprar las diferentes variedades. Por supuesto, aprovechamos para llevarnos tanto para nosotros, como para hacer algún regalo. Sobra decir que han triunfado por su sabor. Nada que ver con los tes de bolsitas que puedes comprar en el supermercado.

La lluvia era intermitente y veíamos que esta vez no íbamos a poder bañarnos, así que decidimos cruzar la isla hacia Beau Vallon y buscar allí algún sitio donde comer tranquilamente. Después de un paseo por la zona, al final acabamos de nuevo en el mismo restaurante. Habíamos comido bien, así que, ¿por qué no repetir? Eso sí, teniendo en cuenta cómo eran los platos, esta vez elegimos dos para compartir.

Por un lado, unos calamares a la romana, que venían acompañados de patatas y ensalada. Y por otro, un plato que incluía atún, gambas, mejillones, sepia y pulpo. Todo ello bañado de una salsa típica criolla y con ensalada y arroz como acompañamiento. Estaba todo riquísimo y no quedó nada en los platos.

Después de comer se puso de nuevo a llover, por lo que tomamos rumbo a Victoria a ver si por allí estaba la zona más despejada. Recorrimos de nuevo la pequeña capital, callejeando tranquilamente, pues teníamos tiempo de sobra y la temperatura era menos agobiante.

Volvimos al Slewyn-Clarke Market, pues habíamos visto un puesto en el que vendían imanes y artesanía con cocos. Pensamos que sería un buen lugar para comprar algún detalle, pero lo cierto es que no nos terminó de convencer. Yo me llegué a plantear el comprar alguna especia o canela, que eran unas barritas bien grandes, pero después de la experiencia en el aeropuerto de Bombay, no queríamos más incidentes por llevar alguna especia que pudiera resultar sospechosa.

Continuamos con nuestro paseo y al final acabamos encontrando una tiendecita que tenía ropa y también souvenirs, así que aprovechamos para hacer las últimas compras.

Puesto que aún nos quedaban unas horas para tomar el avión, volvimos a la carretera de nuevo hacia el suroeste para buscar una cala donde sentarnos un rato a disfrutar de la paz y descansar de tanto patear de los días anteriores. Acabamos en una playa sentados sobre unos troncos observando el panorama y cuando nos cansamos, volvimos al aeropuerto.

Esta visita había sido más relajada. En parte por el clima, en parte por haber visto ya parte de la isla en la primera escala. Aunque también influyó bastante el cansancio acumulado y el venir de una ciudad tan caótica como Bombay. Creo que el cuerpo nos demandaba otro ritmo y nos vino bien relajar un poco para recargar pilas para París.

Nueva serie a la lista “para ver”: Patriot

Patriot es una serie de espías. Pero no hablamos de espías tipo James Bond donde el protagonista lleva a cabo sus misiones sin fallos, sin despeinarse, sin estrés ni tensión. Por el contrario, esta serie de Amazon, se aleja del mundo de glamour, de las fiestas en yates de altos mandatarios y nos presenta el espía antihéroe.

John Tavner, agente de inteligencia y veterano de la guerra de Irak, está fuera del mundo de los espías mientras intenta superar su estrés postraumático. Para ello se ha ido a vivir a Ámsterdam, donde pasa sus días fumado y componiendo canciones folk que revelan demasiado sobre su pasado. Pero hay una nueva misión, y su padre, Tom Tavner, que además es el Director de Inteligencia del Departamento de Estado de los Estados Unidos, considera que John es la persona idónea para encargarse de ella.

El encargo es boicotear la carrera armamentística nuclear de Irán y, para ello, John debe infiltrarse en una empresa de tuberías industriales de Milwaukee que sirve como perfecta tapadera ya que tienen negocios con el país de Oriente Medio. Y aquí ya la serie rompe todos los esquemas. No tenemos un salto temporal donde el protagonista está ya en posición listo para derrotar a los malos y salir victorioso de la misión; sino que vemos cómo ha de hacerse pasar por ingeniero y conseguir superar la entrevista de trabajo para ocupar el puesto.

Todo este proceso de selección es una sucesión de excentricidades y momentos absurdos que nos dan una buena idea de lo que es Patriot. Es una serie que parece bebe del estilo de Fargo con un ritmo pausado y alternando los momentos de acción y violencia con otros de comedia negra. Además, hay que prestar mucha atención a la pantalla, pues su desarrollo no es lineal, sino que cuenta con una estructura plagada de saltos temporales que pueden descolocar si parpadeas.

John es un tipo triste, cabizbajo y parco en palabras, sin embargo, cuando las cosas se complican, no duda en tomar las medidas necesarias para cumplir su objetivo sin poner en peligro su identidad. Caiga quien caiga y con decisiones extremas e improvisadas. Así que sigue habiendo temática de espionaje, pero sin duda con una vuelca de tuerca, alejándose de Alias, Homeland, The Americans o 24Le da otra perspectiva al mundo de las agencias de inteligencia mostrando unos jefes incompetentes que a veces cometen errores que dejan al espía en una situación vulnerable y sin cobertura mientras se juegan la vida infiltrados.

Patriot es un thriller de acción en el que no falta violencia, tensión, tapaderas, chanchullos y enredos. Pero deja los clichés de lado y añade un acertado toque de humor negro. Sin duda, una serie original que supone una grata sorpresa en la parrilla televisiva.

La primera temporada cuenta con 10 capítulos y no cierra trama, sino que continúa en los 9 episodios de la segunda tanda.

Día 7. Rumbo a Seychelles

Amanecimos a una hora indecente, recogimos los pocos trastos que teníamos y bajamos a recepción a por nuestro taxi. Ya habíamos cerrado la cuenta del hotel la noche anterior, por lo que carretera y manta.

El trayecto hasta el aeropuerto fue corto, yo creo que tardamos menos que el día que llegamos. Y allí estábamos, a una hora intempestiva frente a un modernísimo aeropuerto en el que hay que pasar un control antes de entrar siquiera al vestíbulo donde se encuentran los mostradores. Y ya empezamos el día con mal pie.

Llegamos a la puerta y el militar/policía/señor de Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado Indio nos pidió nuestro billete de avión. Algo que no teníamos porque Air Seychelles no emite billetes electrónicos. Bueno, pues sin tarjeta de embarque no nos dejaba entrar en el aeropuerto en sí. Yo, que soy una maniática del orden y del control, siempre llevo los documentos de un viaje en formato papel y digital, además de tenerlo en la nube (google drive) y en el correo electrónico. Así que en medio de la estupefacción busqué entre mis papeles y le enseñé el itinerario del viaje que Air Seychelles me había mandado al correo cuando hicimos la reserva.

Después de poner caras, gesticulaciones indias, hablar con el compañero repantigado en una silla, nos miró y nos dijo que podíamos pasar, pero solo nosotros dos; mi hermano y su novia como tenían sus documentos en el correo y no tenían conexión a internet (la WiFi del aeropuerto solo funcionaba con SMS a un número de teléfono indio), no podían pasar. Además, el señor no atendía a ningún planteamiento u opción. Ni mirar el correo en otro dispositivo con conexión, ni acompañarles al mostrador de Air Seychelles, que estaba justo frente a la puerta de acceso. De hecho se quedó allí plantado y ni nos hablaba. Simplemente nos miraba altivamente de vez en cuando.

En ese momento te pueden los nervios y la indignación. Afortunadamente, dado que nosotros dos sí que podíamos pasar, cogimos sus pasaportes y nos dirigimos al mostrador. Allí le conté al azafato de Air Seychelles nuestro problema y en un momento me sacó su itinerario de viaje. Así que volvimos con ellos para que se lo enseñaran al “amable” portero, quien finalmente les permitió la entrada.

Lección aprendida: mejor lleva siempre tus documentos en varios formatos.

Pero la cosa no quedó ahí. Mientras que el azafato que me había dado los itinerarios había sido correcto, por contra el de facturación fue un tanto borde. Nos preguntó que cuántos bultos llevábamos para facturar y al decirle que ninguno, que era todo de mano, nos miró y remiró. Los que llevábamos bolso y mochila le parecimos aptos, pero quienes llevaban mochila y maleta de mano, no. Así que les pidió que las pesaran puesto que el máximo permitido eran 7Kg. Como se pasaban, tuvieron que facturar las maletas.

Sorprendidos dijimos “Uy, pues si vinimos tal cual en el vuelo de ida y no tuvimos problema” y su respuesta fue un cortante “Bueno, pues ahora lo tenéis”. Que sí, es la norma de la aerolínea y teníamos una maleta de 23Kg permitida con el billete, así que no había afán recaudatorio, pero nos sorprendió la diferencia de criterio en la ida y la vuelta. Aparte de que probablemente los de bolso y mochila llevábamos fácilmente el mismo peso. En fin, no era muy grave, pues en Mahé tampoco nos iba a retrasar mucho esperar en la cinta a la recogida, pero íbamos con los nervios a flor de piel de la tensión en la puerta y nos caldeó un poquito más el ánimo porque además tuvieron que reorganizar equipaje.

Lección aprendida 2: la combinación bolso (incluso grande) + maleta canta que menos que mochila + maleta.

En fin, con las maletas facturadas y nuestras tarjetas de embarque en mano, nos dirigimos al control de seguridad. Un control que está segregado por sexo y en el que además de escanear tus pertenencias, has de pasar por un reservado con cortinilla a que una policía te cachee y te pase un detector de metales. Y mientras esperas tienes que estar pendiente de que no se te cuelen, porque la fila en la India es otro concepto. Como dejes la distancia de seguridad y no te pegues al de delante, ya se te han colado. Después del control teníamos que darle el pasaporte a otro policía que estaba con un libro de actas donde anotaba los datos de los pasajeros y por fin éramos libres.

Bueno, eso nosotras, porque ellos tenían que esperar el triple, ya que había muchos más hombres que mujeres. Así que nos tocó esperarles. Y cuando parece que pasan el arco y van a recoger sus pertenencias, les retienen. ¿Qué más podría pasar? Pues que hay aeropuertos (todos los que habíamos frecuentado hasta la fecha) en los que te dejan pasar con un mechero, en Bombay parece que no. Y menos con tres. Y que una máquina para la apnea es un aparato electrónico con un amasijo de cables y una mascarilla y en un escáner parece llamar la atención si no la has visto nunca.

Lección aprendida 3: evita llevar mecheros.

Por fin juntos los cuatro y ya habiendo pasado más pruebas que Hércules, estábamos en la zona de embarque. Buscamos nuestra puerta y nos sentamos a esperar, que aún nos faltaba una hora para el despegue.

El vuelo fue tranquilo, nos dieron de cenar y nos echamos una siesta. Cuando quisimos darnos cuenta estábamos de nuevo en Mahé bajando la escalerilla del avión.

Una vez en la terminal fue un poco caótico, puesto que no nos habían repartido la hoja de inmigración durante el vuelo.

Se les debía haber olvidado incluirlas en el avión, porque hubo una chica alemana que las pidió antes de bajar y la tripulación avisó de que los que necesitásemos el documento esperáramos un momento sentados. Sin embargo, a los cinco minutos nos dijeron que nos las darían en tierra. Y así fue, al desembarcar había personal de tierra repartiéndolas y tuvimos que rellenarlas en un pequeño hall que hay antes de los mostradores. Pero se aproximaba otro vuelo y comenzaron a meternos prisa para que no nos juntásemos los pasajeros de dos aviones. Por suerte el proceso en inmigración fue ágil y ya con nuestro sello en el pasaporte salimos a por las maletas facturadas.

De nuevo en Seychelles y amenazaba tormenta. ¿Mejoraría el día? Porque no habíamos empezado con muy buen pie en Bombay.

Conclusiones de la visita a Bombay

Pues resultó que Bombay al final no fue para tanto. No quiero decir que no me gustara la ciudad. Sino que nos habían (habíamos) metido tanto miedo con tantas precauciones que íbamos con demasiada cautela. Que si vacunas, medicamentos, no comer esto o aquello, cuidado con el agua o los hielos, que si los bichos, los animales, la suciedad, que si lleva higienizador de manos, toallitas… Nos faltaba ir con escafandra.

Al final, aunque sí que nos protegimos con protector solar y antimosquitos, pasamos de la manga larga, porque con el calor que hacía, molestaba todo. Sí que es cierto que a menor superficie, menos posibilidad de que los bichos se monten una fiesta con tu sangre, pero creo que las recomendaciones generales quizá no eran tan válidas en Bombay como en otras partes del país. Nunca está de más ir protegido, pero tampoco fliparse tanto. Sin embargo, sí que llevamos pantalones largos y calzado cerrado.

De la misma manera, extremamos las precauciones con la comida o bebida y no probamos nada de puestos callejeros, por mucho que nos pudiera tentar, porque la verdad es que la comida tenía muy buena pinta.

Aún así a mí un día se me olvidó la regla del hielo y bebí un té helado con ellos. Además, en el hotel comía todos los días tortilla francesa, que realmente a saber las gallinas dónde se crían… Pero tampoco tuvimos ninguna incidencia. El agua lo íbamos comprando sobre la marcha. Siempre embotellada y comprobando que los tapones estuvieran sellados y que las botellas no hubieran sido rellenadas. El precio de las botellas de litro y medio rondaba las 30 rupias. Hacía tanto calor, que no apetecía comer, solo beber. Y tal y como pasaba al cuerpo, este lo expulsaba vía poros. Podíamos estar el día entero pateando y sin necesitar encontrar un baño. Insólito, nunca me había ocurrido.

Y hablando de comida, tienen mil tipos de frutas que desconozco y que me llamaban la atención en cada puesto callejero, les encanta el zumo de limón, el zumo de azúcar de caña y, cómo no, el curry. Dado que yo tengo un paladar bastante sensible al picante, me limité prácticamente al arroz salteado, generalmente con verduras. Mi gran descubrimiento: el pan naan.

Probé otros platos de mis compañeros de viaje y en el bufet del hotel, pero aunque el primer bocado tenía buen sabor, después sentía el picante y perdía toda percepción. Y aunque te digan que no pica, si lleva especias, PICA. Quizá es el picor mínimo en la escala, pero picará.

El choque cultural se palpa nada más llegar. Es complicado de describir, pero sin duda, lo primero que viene a la mente al poner el pie en Bombay es caos. Es una ciudad extenuante. No solo por la bofetada de calor que sientes al salir del aeropuerto, sino por el ruido.

Y eso que llegamos de madrugada. Pero enseguida vivimos ese código automovilístico que solo ellos entienden y que consiste en tocar el claxon para todo. Para adelantar, para girar, para recriminar, para saludar, para meter prisa, para ceder el paso… No, esto último creo que no. Bombay es una jungla feroz en la que prima la máxima “tonto el último”.

Si en Estambul nos sorprendió cómo cruzaban los peatones por en medio de la calzada ahí un poco a la aventura, en Bombay nos quedamos con cara de estupefacción. Eso sí, en apenas unas horas estábamos siguiendo aquello de “donde fueres, haz lo que vieres”. Has de visualizar el hueco, dejarte ver y cruzar. No hace falta ni correr. El coche ya te esquivará. Tienen unos reflejos increíbles y son unos auténticos kamikazes, algunos con vehículos totalmente desvencijados.

El tráfico fluye y se mezcla con los peatones en una ordenada anarquía. Supongo que en un país con tanta población no te queda otra que aprender a moverte así. Y parece que les va bien, la gente no se enfada porque se le crucen delante o porque el coche se les pegue demasiado. Eso sí, todo lo aprendido hay que desaprenderlo porque después de vuelta en Europa se me olvidaban los semáforos y en cuanto veía un espacio, allá que me lanzaba.

Tienen una capacidad increíble para moverse. Son como culebrillas. El desalojo más rápido que he visto en un avión estaba compuesto por un pasaje prácticamente indio. Y qué decir de la subida y bajada de los trenes. Los trenes apenas paran y según llega a la estación ya se está bajando gente. Al igual que con el tráfico, lo mejor es seguir a la multitud.

Por otro lado, el concepto fila no parece estar muy interiorizado en las costumbres del país. Sí, en las taquillas del tren y en algún sitio más lo vimos. Pero como norma general, hay un tumulto, unos pasan antes que otros… pero cola cola… no. Si tienes prisa te vas haciendo hueco y ya está. Tampoco es que los demás protesten. De nuevo lo de “tonto el último”. Además, noté que no tienen la misma percepción de espacio personal que yo.

Parecen estar acostumbrados al contacto físico y además no se cortan en mirar fijamente como si estuvieran haciéndote una radiografía. Sobre todo cuando se trata de extranjeros occidentales. La mayoría de los indios no han salido del país, ni de Asia, y les llamamos poderosamente la atención. Nuestra ropa, nuestro color de piel, de ojos, la forma de actuar… Al igual que a nosotros nos choca su cultura, ellos sienten interés por nosotros. Al principio es una situación rara, pero enseguida lo asumes y ni te das cuenta. Hasta que se te acercan a pedirte que te hagas fotos con ellos. O, mejor aún, cuando te das cuenta de que te las hacen disimuladamente (o eso creen). Recuerdo un día que estábamos observando la estación Victoria y uno se puso con el móvil a nuestro lado y se le veía claramente cómo tenía la cámara frontal y estaba haciéndose una foto con nosotros de fondo. No sé si luego se pondrán la foto como fondo de pantalla en el móvil, si la almacenarán para enseñársela a amigos o familia o si la colgarán en su casa…

Además de ser curiosos e invadir el espacio personal, choca también ver cómo asienten. Aunque recuerda en cierta manera a la forma en que lo hacen los búlgaros. No mueven la cabeza de arriba a abajo, sino balanceando la cabeza como si fueran a tocar los hombros con las orejas. Y claro, preguntas a un taxista si conoce tal o cual dirección y le ves gesticular así y tardas en comprender cuál es su respuesta. Aunque peor es cuando dudan. Si hay un atisbo de duda, es que no tienen ni idea, pero no te dicen que no por cortesía.

En cualquier caso, a pesar del choque cultural, en ningún momento nos sentimos incómodos o inseguros. Nos dejamos llevar por todo aquello que nos rodeaba,aceptamos que íbamos a encontrar contrastes y nos adaptamos. Habíamos oído y leído de que iba a ser una ciudad sucia y maloliente, y sí que es verdad que de vez en cuando, en ciertas zonas, sí que se percibía un olor desagradable. Sin embargo, las calles no estaban llenas de basura, de hecho, bastante limpias estaban, teniendo en cuenta la cantidad de población que hay en Bombay.

Asimismo, nos sorprendió observar lo repeinados que iban ellos. El peinado femenino era más variado, pero el masculino era bastante estándar con raya al lado y cada pelo en su sitio. Además, la gran mayoría de los hombres vestían con camisa, algo que nos sorprendió, porque además, en muchos casos eran de manga larga. No parece que el uso de camiseta esté tan extendido. No sé si quizá es que el tejido de las camisas es más duradero que el de las camisetas. O quizá es que la tela es más barata.

Eso sí, es curioso ver cómo tienden la ropa, ya que no usan cuerda y pinzas (salvo en la lavandería), sino que la extienden sobre cualquier superficie, ya sea un coche, un poyete, un banco, el suelo…

Este último “tendal” lo vimos junto a unos baños públicos, que estaban llenos de hombres lavándose. Yo pasé a uno de estos baños, que por cierto para las mujeres son gratuitos para garantizar la higiene femenina, y me recordaron a aquellas letrinas japonesas. Salvando las distancias, claro, ya que en Japón incluso los urinarios están impolutos.

Aún así, ni olían mal ni había suciedad. Eso sí, no hay cisterna ni papel, pero sí un grifo, ya que en la India es como se limpian, con la mano y el grifo. Pero bueno, nada que unos pañuelos o unas toallitas no solucionaran. Además, había un cubo para poder echar agua en la letrina. Este grifo también lo teníamos en el baño del hotel y lo vimos en los del centro comercial y en el aeropuerto.

Si hay algo que nos llamó poderosamente la atención fueron los andamios que se usan para la construcción. En algún caso vimos andamios metálicos, como los que se estilan en España. Pero como norma general se trataban de grandes troncos de bambú.

Estos andamios son más manejables y moldeables, requieren menos tiempo de montaje, son menos pesados de transportar y por supuesto, más económicos que los metálicos, pero muy seguros, no parecen. Y es que da igual que sea en una casa, un local bajo o un rascacielos. Montan unos cuantos troncos de bambú atados con cuerdas y listo. Y los trabajadores trepan descalzos por las estructuras sin más sujeción que sus propias manos. Está claro que la prevención de riesgos laborales no ha llegado a aquellos lares.

Costumbres aparte, Bombay es una ciudad que no tiene nada que ver a otra ciudad que hubiéramos visitado con anterioridad. Me gustó especialmente el barrio de Fort, con su arquitectura colonial en colores tierra.

Aunque es cierto que muchos edificios me resultaron muy similares. Sin duda el que más me impresionó fue la estación Victoria. Tanto por dentro como por fuera.

Creo que la visita a la Isla Elephanta es imprescindible. Se podrían conservar mejor las cuevas, pero me parece una excursión muy interesante y sobre todo para desconectar del caos de la ciudad. Además, es la mejor zona para llevarse algún recuerdo.

En la Isla Elephanta no vimos elefantes, pero sí monos, muchos. Y vacas. Al igual que también las vimos por la ciudad. Aunque no iban solas como esperábamos, sino que la mayoría de las veces estaban atadas o junto a quien suponíamos que era su dueña.

En muchos casos acompañaban a mujeres que vendían verduras, así que supongo que las llevarían con ellas.

Los coloridos e improvisados puestos de frutas y verduras, como digo, llamaban grandemente la atención. Pero si hay algo que nos sorprendió encontrar fue el mercado de las flores, con ese agradable olor, los colores, la rapidez con la que los vendedores creaban diferentes collares…

También muy interesante fue la improvisada visita al Museo Príncipe de Gales. Fue muy enriquecedora y nos permitió acercarnos a la historia del país a través de sus dioses, de sus leyendas, de sus objetos, pinturas y esculturas. Me alegro que le dedicáramos un rato de la tarde.

Por otro lado, me decepcionaron tanto Bandra Fort como Worli Fort. Quizá también por la paliza a andar bajo el sol que nos dimos. Lo único interesante de Bandra Fort es el recorrido que hicimos antes de llegar, paseando por un barrio con tantos cristos que resultaba desconcertante.

De la misma manera, el paseo hasta Worli Fort perdurará en nuestras memorias por los viajes en taxi y por las miradas de curiosidad que despertamos atravesando la barriada que conduce al fuerte. Aunque hay que reconocer que las vistas desde Worli son algo más interesantes que desde Brandra.

Ese día nos quedó claro que los viajes planificados no son para Bombay. La India no es un país fácil con la mentalidad occidental. El caos, el perpetuo sonido de miles de claxon, los olores, la comida, las costumbres, tantísima gente en todos los rincones, edificios mal conservados…

No es una ciudad para ir de turista, sino para ser viajero. Para observar, sentir, descubrir. Hay que llevar la mente abierta, sin prejuicios y dejarse fluir. Es un país extenuante y exigente para el viajero. Aún así, no deja indiferente. Me llevo una buena experiencia.

Nueva serie a la lista “para ver”: Modus

Cada vez llegan más series escandinavas a nuestra parrilla. Una de las últimas es Modus, del canal sueco TV4. Basada en la novela Noche cerrada en Bergen de la autora noruega Anne Holt, Modus es un thriller policíaco cuya protagonista es Inger Johanne Vik, una psicóloga y criminóloga que tras haber trabajado durante un tiempo para el FBI vuelve a Suecia. Durante la boda de su hermana su hija autista se convertirá en testigo accidental de un crimen. Por ello, y por su experiencia, la policía sueca pedirá su colaboración y tendrá que trabajar con el detective Ingvar Nymann de la Policía de Estocolmo.

Sin embargo, ya en el piloto vemos que el asesinato del que Stina, la hija de Inger, es testigo no es el único. En Nochebuena, la obispo Elisabeth Lindgren es asesinada en Uppsala. Hay un asesino en serie, que el espectador conoce desde el principio. Sin embargo, poco se sabe de él, no sabe qué le motiva. Tan solo que es un lobo solitario que sigue indicaciones de alguien que tan solo le hace llegar objetivo y lugar vía sms. Así pues, parece que la serie nos plantea un juego del gato y del ratón entre los dos inspectores y el asesino.

Es una serie sencilla con una única trama durante ocho episodios que transcurren en un desolado paisaje invernal sueco donde hay más horas de oscuridad que de luz. Esta falta de iluminación es un recurso típico de las producciones escandinavas. No es de extrañar que se les dé tan bien el thriller, ya que la oscuridad se convierte en un personaje más. Incluso esos paisajes nevados, tan luminosos, también provocan angustia, ansiedad, incertidumbre. Y si combinamos el silencio de un asesino que no sabes qué le mueve, la oscuridad/luz, la banda sonora… A mí me tienen enganchada.

La primera temporada se estrenó en 2015 en Suecia, y la segunda, basada en Crepúsculo en Oslo, este otoño de 2017. Es curioso que no sigan los libros en orden, ya que Noche Cerrada en Bergen era el cuarto de la saga y Crepúsculo en Oslo el segundo.