Día 5 II Parte. Bombay. Worli Fort, Mercado de las Flores y Crawford Market

Desde Mahim, nuestra siguiente parada era Worli Fort, que estaba a un trecho. Y como no queríamos volver a caminar bajo el sol tanto camino y que nos diera una lipotimia o una insolación, decidimos tomar un taxi. En este barrio sí que había, y el primero que nos miró y nos dijo que si necesitábamos transporte, ese tomamos. Craso error. Creo que cogimos el taxi más destartalado de todo Bombay. De toda la India, incluso. Las puertas no cerraban bien, las marchas entraban precariamente, le faltaba el frontal del salpicadero y llevaba un palo de incienso que a medida que se iba quemando, le iba cayendo encima a mi hermano, que fue quien se sentó de copiloto. Además, el señor no se enteró muy bien de dónde queríamos ir y nos llevó al Planetario Nehru, muy próximo a la mezquita Haji Ali Dargah en la que habíamos estado el día anterior.

Como veíamos que la comunicación no iba a ser muy fluida y el viaje había sido un poco temerario, decidimos seguir andando y parar al siguiente taxi que viéramos, pues estábamos a 7km de donde queríamos ir. Nos fuimos hasta la calle Khan Abdul Gaffar Khan, que transcurre junto al mar y que parece que se usa de tendedero por la gente que acude a los baños públicos a ducharse y lavarse la ropa.

Por fin nos montamos en un taxi que parecía que sabía adónde nos llevaba. Aunque por si acaso mi hermano con el gps del móvil le iba indicando. No fuera que acabáramos más lejos aún de lo que habíamos comenzado. Nos dejó cerca del fuerte, ya que para llegar a él hay que atravesar una barriada un tanto estrecha.

Comenzamos a callejear entre calles plagadas de casas de colores vivos y junto a escolares que volvían a casa tras su jornada.

Los dos días que llevábamos en Bombay habíamos notado que los locales nos observaban con curiosidad y nos pedían fotos, pero mientras caminábamos por este barrio notábamos miradas de extrañeza. Imagino que desentonábamos mucho. Llegar al fuerte no tiene mucha pérdida, ya que es tomar la calle SK Bhaye Marg y tirar hasta el final. Lo más complicado es el tramo final, ya que las calles se van estrechando y hay que ir esquivando enseres, motos, gatos y gallinas. llegas a sentir como que estás profanando el hogar de otras personas.

El Worli Fort está estratégicamente situado en la bahía. Desde él se observa el puente, Worli al Sur, Bandra al Norte y Mahim al este.

 

Los orígenes del fuerte no están claros, parece que lo construyeron los británicos en 1675. Lo que sí se conoce es que fue usado como torre de vigilancia para avistar barcos enemigos y piratas. No está reconstruido como el de Bandra, y se conserva bastante en pie, sin embargo, se nota la decadencia debido a la erosión y al escaso mantenimiento.

Aunque el fuerte en sí no es una maravilla, merece la pena acercarse solo por atravesar la barriada a sus pies y observar las vistas que ofrece de toda la bahía. En ese sentido es mucho más interesante que el de Bandra.

Emprendimos el regreso y nos dirigimos a la estación de Dadar, donde se encontraba un colorido y oloroso mercado de flores.

Alrededor y debajo de la estación se articulan diferentes puestos en los que se venden todo tipo de flores. Y no predominaban los ramos, sino que vendían las flores sueltas o una especie de collares en los que se combinaban diferentes tipos y colores.

Hay que tener mucha destreza para hacer esas tiras o collares y que no se rompan las flores en el proceso.

Allí tomamos el tren hasta la estación Masjid Bunder, la parada anterior a la central. De nuevo buscamos a un empleado junto a una máquina que nos sacó el billete (5 Rupias por persona) y nos dirigimos al andén.

Íbamos en dirección al Crawford Market, pero todo el barrio era un mercado. Había numerosos puestos de comida, de zumos, de fruta, verduras… Y todo con una pinta estupenda. Espectacular. Es una pena no poder probar toda la comida que vimos por las precauciones sanitarias, porque con el calor y la humedad, esos alimentos tan coloridos y refrescantes resultaban muy atrayentes.

Continuamos callejeando dirección al Crawford Market. Recibía este nombre en honor a Arthur Crawford, el primer Comisionado Municipal de la ciudad, sin embargo, tras la independencia se le renombró como Mahatma Jyotiba Phule Mandai, por el reformador. Es un gran bazar cubierto diseñado en 1869 por el arquitecto británico William Emerson y decorado por Lockwood Kipling, padre de Rudyard Kipling. Supuso un gran avance, ya que fue el primer mercado en la India que tuvo electricidad allá por 1882.

Cuenta con una superficie de 22.471 metros cuadrados y solo el edificio ocupa 5.515. Se renovó en 2014 y de ahí que su fachada de piedra de Kurla y piedra roja aún se conserve, sin embargo, fuimos a entrar y apenas había iluminación y solo se veían callejones estrechos llenos de puestos, así que tal y como hicimos el amago, salimos. En teoría está diseñado para permitir entrar los rayos de luz, pero o entramos por el lado equivocado, o luz poca. Yo me esperaba algo así como el Gran Bazar de Estambul, y no tenía nada que ver.

En 1996 se convirtió en el principal mercado al por mayor de frutas de la ciudad cuando se recolocó a los vendedores en la zona. No obstante, también se puede comprar ropa, telas, joyería, calzado… e incluso carne, sobre todo en tiendas regentadas por musulmanes.

Pero no solo hay tiendas en el interior, sino que en los aledaños del mercado hay una gran actividad tanto en tiendas al por mayor como en puestos callejeros. Es una auténtica locura, un caos que a la vez parece estar ordenado. Los vendedores, compradores y transportistas se movían en una orquestada coreografía mientras que nosotros íbamos alucinando del ruido, trasiego y ajetreo que contemplábamos a nuestro paso.

Si bien el mercado no se parecía en nada al Gran Bazar, las calles que se extienden frente a él sí que recordaban en cierta medida a Estambul pues parecían estar organizadas por gremios: telas, joyería, calzado, mercería…

Callejeamos un poco y cuando estábamos ya algo saturados de tanto pitido e ir con mil ojos para evitar coches, transportistas, puestos, motos, vendedores y compradores, emprendimos el regreso a la estación Victoria y de ahí de vuelta al hotel, que además estaba atardeciendo ya y poco más podíamos ver.

En el hotel repetimos la metodología de las dos noches anterior: ducha, cena y preparación del día siguiente. Y a dormir, que el día había sido muy duro al andar tanto tiempo bajo el sol y después el caos y ruido de los mercados.

Esta fue nuestra ruta: