Día 6. Bombay. Visita a la Isla Elephanta

Para concluir nuestra visita a Bombay, el último día íbamos a visitar la Isla Elephanta, que se encuentra a pocos kilómetros de la ciudad, más o menos a una hora en barco. Los ferris salen cada hora de la Puerta de la India, aunque para comprar los billetes hay que ir a las taquillas que se encuentran antes de entrar en la plaza, en el lateral derecho. Cuando llegamos quedaban 10 minutos para que saliera uno, así que fue llegar, comprar y embarcar. El precio por persona (ida y vuelta) era de 180 Rupias.

El trayecto hasta llegar a la isla no es muy interesante salvo por los primeros minutos en que ves la puerta, el hotel Taj Mahal y un poco de la costa. A medida que se va alejando solo se ve agua (bastante sucia) y la polución. Eso sí, nos alejamos del mundanal ruido, de los pitidos constantes.

La Isla Elephanta era la sede de un ancestral templo hindú. Fue bautizada con este nombre por los portugueses, que hallaron en su puerto un elefante esculpido, animal que hoy en día está en el Museo Príncipe de Gales. Nada más llegar, al desembarcar, se nos acercaron varios hombres que aseguraban haber nacido allí y que se ofrecían a enseñarnos la isla, pero nosotros preferíamos ir por nuestra cuenta.

 

En la pasarela de acceso a la isla encontramos varios puestos de fruta y verduras así como de gorros, gorras y sombreros. Un poco más adelante ya encontramos también imanes, figuritas, cuencos y otro tipo de símbolos.

Pero antes de adentrarnos más en la isla tenemos que pagar un impuesto turístico, 5 Rupias por persona. Después seguimos encontrando más puestos, un restaurante y los baños.

También empezamos a ver animales, en concreto vacas y monos que esperan a la comida que dejan los turistas. Bueno, al menos las vacas, porque los monos se las saben todas y como huelan comida no se cortan en acercarse a por ella. Por eso recomiendan no acudir con alimento alguno.

A continuación hay que subir un camino de escaleras cuyos laterales están repletos de puestos con todo tipo de objetos para turistas, sobre todo elefantes tallados en piedra o madera, pero también cuencos, tapices, pareos, pantalones, faldas, fulares, collares, pulseras, anillos, dibujos. Sin duda, si quieres llevarte algún recuerdo, es tu sitio. Eso sí, hay que regatear.

Hay un buen trecho de escaleras, pero está cubierto, por lo que no va pegando el sol de continuo, y además, con los puestos, se hace cómodo porque te vas parando a observar. De todas formas, para los que no quieran subir andando, se puede pagar a unos porteadores para que te suban en silla. Aunque no vimos a nadie que lo usara.

Al final de las escaleras encontramos las taquillas, donde hay que volver a pagar. En este caso 500 rupias por ser extranjeros. Los indios pagan 30. Y ya por fin podemos pasar al yacimiento arqueológico, un complejo de templos que ocupan un área de 5.600 m² dividido en dos grupos de cuevas: cinco hindúes y dos budistas. Aunque tan solo se pueden visitar las primeras.

No se sabe a ciencia cierta cuándo se construyeron, pero parece ser que fue entre los siglos V y VIII. El deterioro se debe en parte a los portugueses, quienes causaron grandes destrozos antes de abandonar las cuevas en 1661. Además, la situación empeoró con las inclemencias del tiempo. En su día se cree que las piedras estaban pintadas, sin embargo, hoy no se ven restos de tal ornamentación.

La cueva principal, y mayor de todas con sus 27m2, también es conocida como cueva de Shiva, pues está dedicada a tal deidad y en las rocas basálticas podemos apreciar escenas de su vida.

El grupo escultórico que más destaca es la escultura de más de 6 metros de un Shiva tricéfalo que representa su trinidad: el creador, el conservador y el destructor.

Las tallas son impresionantes, y, aunque muchas están mutiladas, debían ser espectaculares antes del destrozo portugués.

Las cuevas 2, 3, 4 y 5, más pequeñas que la primera, se encuentran a mano derecha tras pasar una especie de cenador que estaba llena de monos y un vigilante que controlaba que no atacaran a la gente o se metieran dentro de las cuevas.

 

Desde 1959 el gobierno indio les comenzó a prestar algo de atención y se comenzaron labores de conservación en las décadas siguientes. Hoy forman parte del patrimonio de la ciudad, han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y están protegidas. Además, el Indian National Trust for Art and Cultural Heritage (INTACH) sigue investigando sobre su historia y publica información detallada periódicamente sobre sus hallazgos.

Además de las cuevas, también se puede tomar un camino que nos lleva por la colina hasta unas ruinas y unos cañones.

Durante la subida hay claros desde donde se puede observar el paisaje, aunque ni la colina, ni el camino, ni las vistas, merecen realmente la pena.

Emprendimos el regreso rumbo al ferry para volver de vuelta a Bombay. Habíamos llegado sobre las 11 y un par de horas después estábamos regresando. La visita a las cuevas está calificada como uno de los sitios turísticos y culturales más importantes de la ciudad, y aunque no se conservan todo lo bien que se esperaría, me resultaron interesantes por lo peculiar de la construcción, pues no se parecía a nada que hubiera visto hasta la fecha. Sin embargo, si se disponen de pocos días en la ciudad, quizá no compense las dos horas de trayecto en barco. Fácilmente echas la mañana en la visita a la isla.

Hicimos alguna compra durante la bajada (y casi me arrebata la bolsa un mono) y nos embarcamos de vuelta. En el regreso en el barco iba una familia india bastante extensa que estaba de visita en Bombay pues habían ido a visitar a un familiar que trabajaba en la armada. Aprovechando que estaban en la ciudad, pues eran del interior, hicieron la excursión a la isla. ¿Y cómo lo sé? Pues porque en primer lugar me pidieron si me podía hacer una foto con la niña, y luego porque empezaron a preguntarnos sobre nosotros, nuestro viaje, dónde vivíamos, de dónde éramos… No todos hablaban inglés, de hecho creo que tan solo uno de ellos y un poco su hermana, pero estaban todos atentos a la conversación y esperando traducción. Además, nos ofrecieron frutos secos típicos (picantes, claro). Fue un poco abrumador pues nos sentíamos muy observados. Para un occidental choca este carácter indio. Y es que si sienten curiosidad no van a dudarlo y se van a aproximar, ya sea para pedir una foto como para entablar conversación y descubrir algo más sobre tu procedencia, tu cultura, tu país. Al final, después de una hora de viaje llegamos a la Puerta de la India, donde nos pidieron que nos hiciéramos algunas fotos con toda la familia. Así que allí que nos plantamos para hacernos fotos con cada uno de los móviles e incluso con uno de los cámaras que trabajan por la plaza.

Nos despedimos de ellos y continuamos con nuestro camino.

4 comentarios en “Día 6. Bombay. Visita a la Isla Elephanta

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