Conclusiones de la visita a Bombay

Pues resultó que Bombay al final no fue para tanto. No quiero decir que no me gustara la ciudad. Sino que nos habían (habíamos) metido tanto miedo con tantas precauciones que íbamos con demasiada cautela. Que si vacunas, medicamentos, no comer esto o aquello, cuidado con el agua o los hielos, que si los bichos, los animales, la suciedad, que si lleva higienizador de manos, toallitas… Nos faltaba ir con escafandra.

Al final, aunque sí que nos protegimos con protector solar y antimosquitos, pasamos de la manga larga, porque con el calor que hacía, molestaba todo. Sí que es cierto que a menor superficie, menos posibilidad de que los bichos se monten una fiesta con tu sangre, pero creo que las recomendaciones generales quizá no eran tan válidas en Bombay como en otras partes del país. Nunca está de más ir protegido, pero tampoco fliparse tanto. Sin embargo, sí que llevamos pantalones largos y calzado cerrado.

De la misma manera, extremamos las precauciones con la comida o bebida y no probamos nada de puestos callejeros, por mucho que nos pudiera tentar, porque la verdad es que la comida tenía muy buena pinta.

Aún así a mí un día se me olvidó la regla del hielo y bebí un té helado con ellos. Además, en el hotel comía todos los días tortilla francesa, que realmente a saber las gallinas dónde se crían… Pero tampoco tuvimos ninguna incidencia. El agua lo íbamos comprando sobre la marcha. Siempre embotellada y comprobando que los tapones estuvieran sellados y que las botellas no hubieran sido rellenadas. El precio de las botellas de litro y medio rondaba las 30 rupias. Hacía tanto calor, que no apetecía comer, solo beber. Y tal y como pasaba al cuerpo, este lo expulsaba vía poros. Podíamos estar el día entero pateando y sin necesitar encontrar un baño. Insólito, nunca me había ocurrido.

Y hablando de comida, tienen mil tipos de frutas que desconozco y que me llamaban la atención en cada puesto callejero, les encanta el zumo de limón, el zumo de azúcar de caña y, cómo no, el curry. Dado que yo tengo un paladar bastante sensible al picante, me limité prácticamente al arroz salteado, generalmente con verduras. Mi gran descubrimiento: el pan naan.

Probé otros platos de mis compañeros de viaje y en el bufet del hotel, pero aunque el primer bocado tenía buen sabor, después sentía el picante y perdía toda percepción. Y aunque te digan que no pica, si lleva especias, PICA. Quizá es el picor mínimo en la escala, pero picará.

El choque cultural se palpa nada más llegar. Es complicado de describir, pero sin duda, lo primero que viene a la mente al poner el pie en Bombay es caos. Es una ciudad extenuante. No solo por la bofetada de calor que sientes al salir del aeropuerto, sino por el ruido.

Y eso que llegamos de madrugada. Pero enseguida vivimos ese código automovilístico que solo ellos entienden y que consiste en tocar el claxon para todo. Para adelantar, para girar, para recriminar, para saludar, para meter prisa, para ceder el paso… No, esto último creo que no. Bombay es una jungla feroz en la que prima la máxima “tonto el último”.

Si en Estambul nos sorprendió cómo cruzaban los peatones por en medio de la calzada ahí un poco a la aventura, en Bombay nos quedamos con cara de estupefacción. Eso sí, en apenas unas horas estábamos siguiendo aquello de “donde fueres, haz lo que vieres”. Has de visualizar el hueco, dejarte ver y cruzar. No hace falta ni correr. El coche ya te esquivará. Tienen unos reflejos increíbles y son unos auténticos kamikazes, algunos con vehículos totalmente desvencijados.

El tráfico fluye y se mezcla con los peatones en una ordenada anarquía. Supongo que en un país con tanta población no te queda otra que aprender a moverte así. Y parece que les va bien, la gente no se enfada porque se le crucen delante o porque el coche se les pegue demasiado. Eso sí, todo lo aprendido hay que desaprenderlo porque después de vuelta en Europa se me olvidaban los semáforos y en cuanto veía un espacio, allá que me lanzaba.

Tienen una capacidad increíble para moverse. Son como culebrillas. El desalojo más rápido que he visto en un avión estaba compuesto por un pasaje prácticamente indio. Y qué decir de la subida y bajada de los trenes. Los trenes apenas paran y según llega a la estación ya se está bajando gente. Al igual que con el tráfico, lo mejor es seguir a la multitud.

Por otro lado, el concepto fila no parece estar muy interiorizado en las costumbres del país. Sí, en las taquillas del tren y en algún sitio más lo vimos. Pero como norma general, hay un tumulto, unos pasan antes que otros… pero cola cola… no. Si tienes prisa te vas haciendo hueco y ya está. Tampoco es que los demás protesten. De nuevo lo de “tonto el último”. Además, noté que no tienen la misma percepción de espacio personal que yo.

Parecen estar acostumbrados al contacto físico y además no se cortan en mirar fijamente como si estuvieran haciéndote una radiografía. Sobre todo cuando se trata de extranjeros occidentales. La mayoría de los indios no han salido del país, ni de Asia, y les llamamos poderosamente la atención. Nuestra ropa, nuestro color de piel, de ojos, la forma de actuar… Al igual que a nosotros nos choca su cultura, ellos sienten interés por nosotros. Al principio es una situación rara, pero enseguida lo asumes y ni te das cuenta. Hasta que se te acercan a pedirte que te hagas fotos con ellos. O, mejor aún, cuando te das cuenta de que te las hacen disimuladamente (o eso creen). Recuerdo un día que estábamos observando la estación Victoria y uno se puso con el móvil a nuestro lado y se le veía claramente cómo tenía la cámara frontal y estaba haciéndose una foto con nosotros de fondo. No sé si luego se pondrán la foto como fondo de pantalla en el móvil, si la almacenarán para enseñársela a amigos o familia o si la colgarán en su casa…

Además de ser curiosos e invadir el espacio personal, choca también ver cómo asienten. Aunque recuerda en cierta manera a la forma en que lo hacen los búlgaros. No mueven la cabeza de arriba a abajo, sino balanceando la cabeza como si fueran a tocar los hombros con las orejas. Y claro, preguntas a un taxista si conoce tal o cual dirección y le ves gesticular así y tardas en comprender cuál es su respuesta. Aunque peor es cuando dudan. Si hay un atisbo de duda, es que no tienen ni idea, pero no te dicen que no por cortesía.

En cualquier caso, a pesar del choque cultural, en ningún momento nos sentimos incómodos o inseguros. Nos dejamos llevar por todo aquello que nos rodeaba,aceptamos que íbamos a encontrar contrastes y nos adaptamos. Habíamos oído y leído de que iba a ser una ciudad sucia y maloliente, y sí que es verdad que de vez en cuando, en ciertas zonas, sí que se percibía un olor desagradable. Sin embargo, las calles no estaban llenas de basura, de hecho, bastante limpias estaban, teniendo en cuenta la cantidad de población que hay en Bombay.

Asimismo, nos sorprendió observar lo repeinados que iban ellos. El peinado femenino era más variado, pero el masculino era bastante estándar con raya al lado y cada pelo en su sitio. Además, la gran mayoría de los hombres vestían con camisa, algo que nos sorprendió, porque además, en muchos casos eran de manga larga. No parece que el uso de camiseta esté tan extendido. No sé si quizá es que el tejido de las camisas es más duradero que el de las camisetas. O quizá es que la tela es más barata.

Eso sí, es curioso ver cómo tienden la ropa, ya que no usan cuerda y pinzas (salvo en la lavandería), sino que la extienden sobre cualquier superficie, ya sea un coche, un poyete, un banco, el suelo…

Este último “tendal” lo vimos junto a unos baños públicos, que estaban llenos de hombres lavándose. Yo pasé a uno de estos baños, que por cierto para las mujeres son gratuitos para garantizar la higiene femenina, y me recordaron a aquellas letrinas japonesas. Salvando las distancias, claro, ya que en Japón incluso los urinarios están impolutos.

Aún así, ni olían mal ni había suciedad. Eso sí, no hay cisterna ni papel, pero sí un grifo, ya que en la India es como se limpian, con la mano y el grifo. Pero bueno, nada que unos pañuelos o unas toallitas no solucionaran. Además, había un cubo para poder echar agua en la letrina. Este grifo también lo teníamos en el baño del hotel y lo vimos en los del centro comercial y en el aeropuerto.

Si hay algo que nos llamó poderosamente la atención fueron los andamios que se usan para la construcción. En algún caso vimos andamios metálicos, como los que se estilan en España. Pero como norma general se trataban de grandes troncos de bambú.

Estos andamios son más manejables y moldeables, requieren menos tiempo de montaje, son menos pesados de transportar y por supuesto, más económicos que los metálicos, pero muy seguros, no parecen. Y es que da igual que sea en una casa, un local bajo o un rascacielos. Montan unos cuantos troncos de bambú atados con cuerdas y listo. Y los trabajadores trepan descalzos por las estructuras sin más sujeción que sus propias manos. Está claro que la prevención de riesgos laborales no ha llegado a aquellos lares.

Costumbres aparte, Bombay es una ciudad que no tiene nada que ver a otra ciudad que hubiéramos visitado con anterioridad. Me gustó especialmente el barrio de Fort, con su arquitectura colonial en colores tierra.

Aunque es cierto que muchos edificios me resultaron muy similares. Sin duda el que más me impresionó fue la estación Victoria. Tanto por dentro como por fuera.

Creo que la visita a la Isla Elephanta es imprescindible. Se podrían conservar mejor las cuevas, pero me parece una excursión muy interesante y sobre todo para desconectar del caos de la ciudad. Además, es la mejor zona para llevarse algún recuerdo.

En la Isla Elephanta no vimos elefantes, pero sí monos, muchos. Y vacas. Al igual que también las vimos por la ciudad. Aunque no iban solas como esperábamos, sino que la mayoría de las veces estaban atadas o junto a quien suponíamos que era su dueña.

En muchos casos acompañaban a mujeres que vendían verduras, así que supongo que las llevarían con ellas.

Los coloridos e improvisados puestos de frutas y verduras, como digo, llamaban grandemente la atención. Pero si hay algo que nos sorprendió encontrar fue el mercado de las flores, con ese agradable olor, los colores, la rapidez con la que los vendedores creaban diferentes collares…

También muy interesante fue la improvisada visita al Museo Príncipe de Gales. Fue muy enriquecedora y nos permitió acercarnos a la historia del país a través de sus dioses, de sus leyendas, de sus objetos, pinturas y esculturas. Me alegro que le dedicáramos un rato de la tarde.

Por otro lado, me decepcionaron tanto Bandra Fort como Worli Fort. Quizá también por la paliza a andar bajo el sol que nos dimos. Lo único interesante de Bandra Fort es el recorrido que hicimos antes de llegar, paseando por un barrio con tantos cristos que resultaba desconcertante.

De la misma manera, el paseo hasta Worli Fort perdurará en nuestras memorias por los viajes en taxi y por las miradas de curiosidad que despertamos atravesando la barriada que conduce al fuerte. Aunque hay que reconocer que las vistas desde Worli son algo más interesantes que desde Brandra.

Ese día nos quedó claro que los viajes planificados no son para Bombay. La India no es un país fácil con la mentalidad occidental. El caos, el perpetuo sonido de miles de claxon, los olores, la comida, las costumbres, tantísima gente en todos los rincones, edificios mal conservados…

No es una ciudad para ir de turista, sino para ser viajero. Para observar, sentir, descubrir. Hay que llevar la mente abierta, sin prejuicios y dejarse fluir. Es un país extenuante y exigente para el viajero. Aún así, no deja indiferente. Me llevo una buena experiencia.

3 comentarios en “Conclusiones de la visita a Bombay

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