Conclusiones del viaje a Mahé, Bombay y París

Cuando surgió el viaje, tuve un breve momento de duda, como ya comenté. Por suerte, duró poco y nos lanzamos. Fue un viaje un poco agotador, con mucho por ver y hacer en algo más de una semana. Sin embargo, creo que el contraste entre los tres países fue bueno para desconectar y vivir cada uno de una forma totalmente diferente.

Comenzamos por las Islas Seychelles, unas islas paradisíacas que desde luego no entraban en mis planes más próximos (ni lejanos, en realidad). Y es que con tanto globo terráqueo por descubrir, los destinos de playa quedan muy abajo en muy lista. Además, África para nosotros de momento era terreno inexplorado. Si hubiéramos ido más días, quizá habríamos aprovechado para hacer alguna excursión a Praslin o La Digue, sin embargo, al tratarse de una escala diurna, nos centramos en Mahé, que es la isla principal y donde llegaba nuestro avión.

Mahé no es muy grande, pero para poder aprovechar el tiempo al máximo, alquilamos un coche para poder movernos a nuestro ritmo y no depender de los autobuses locales. Seguimos la carretera principal y fuimos parando en playas y calitas que nos iba apeteciendo. Incluso nos bañamos en Beau Vallon, donde nos quedamos también para comer en ambas escalas aprovechando los restaurantes a pie de playa y el pescado fresco.

Por supuesto, también estuvimos en Victoria, la capital. Un pueblecito, más que una ciudad, donde se concentra la mayor parte de la población. Turísticamente tiene poco que visitar, es de esos destinos en que hay que seguir a nuestros pies y perderse entre el ir y venir de los lugareños. Mahé no es un destino de monumentos, fueron mucho más interesantes las visitas al mercado y a la plantación de té.

Aunque sin duda, uno de los mejores sitios es el Parque Natural Morne Seychellois, un auténtico paraíso verde y salvaje para los amantes de la naturaleza. En su mirador se respira tranquilidad, se ve cómo se mueven las nubes que tapan y descubren los montes. Y abajo, las prístinas aguas.

Lo que menos me gustó fue el clima. Nada más bajar del avión nos encontramos con una bofetada de humedad, sobre todo en la primera escala, ya que en la segunda había lluvias intermitentes y la temperatura había descendido unos grados.

Nuestros gastos en las dos escalas a la isla se redujeron al alquiler de coche, que dividido entre cuatro fueron 22.50€; y la gasolina y comida, que fueron otros 70.95€.

Los precios de Mahé eran elevados, un menú costaba más o menos como en Reino Unido. En total gastamos en las Seychelles 93.45€ por cabeza (menos de 50€ por día).

Bombay fue nuestra estancia más larga. Y es que, en teoría, era el destino originario del viaje. Tampoco estaba en la lista. Sí que habíamos pisado Asia cuando visitamos Japón (y Estambul), pero claro, el país nipón no tiene nada que ver. Sí, tanto la India como Japón son países muy poblados, pero no son comparables ni en clima, ni precauciones sanitarias, ni infraestructuras, ni cultura, ni costumbres…

Bombay fue un choque cultural. Tuvimos que despojarnos de nuestros prejuicios y dejarnos llevar por el caos. Fue un gran contraste viniendo del ritmo pausado de Mahé. Llevábamos una ruta más o menos establecida, por aquello de querer aprovechar al máximo nuestra visita. Sin embargo, pronto descubrimos que no hay organización que valga y que hay que dejarse fluir.

Aún así, intentamos recorrer los puntos más o menos significativos de la ciudad como Fort, el actual distrito comercial y administrativo pero que era donde en el siglo XVII se erigía la antigua fortaleza. Es en ese barrio donde se encuentra el mayor número de edificios victorianos de finales de siglo XIX cuando Bombay era la joya de la corona del Imperio Británico. De aquella época datan la Central Telegraph Office, el Tribunal Supremo, la Universidad, la Biblioteca David Sassoon, el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya o la Puerta de la India, ya en Colaba.

Esta zona está más o menos delimitada y se puede recorrer siguiendo una ruta. Por lo demás, el resto de Bombay es llegar a un barrio y perderse en él, callejear y descubrir su singularidad, la confesión de sus habitantes. Si Mahé no era un lugar para hacer turismo de monumentos, Bombay fuera de Fort, tampoco lo es. Sí, quedan restos como los fuertes de Bandra o Worli, alguna iglesia o templo… pero no se conservan en un muy buen estado. Como ya dije, Bombay no es para ir de turista, sino de viajero. Asumir el calor, el caos, los contrastes e intentar disfrutar la experiencia de salir de la zona de confort.

Aún así, es quizá la más europea de las ciudades indias con sus edificios coloniales y sus modernos rascacielos. Imagino que no tiene nada que ver con Nueva Delhi, Calcuta, Agra o Bangalore.

Aunque íbamos predispuestos a dejarnos llevar por la India, sus costumbres, su clima, su comida… hay algo a lo que no pensábamos renunciar y era el poder dormir con aire acondicionado, sin bichos y disponer de un baño decente. Así que buscamos un hotel de estilo occidental. Nuestra estancia con desayuno incluido nos salió por 127.98€ por persona (o 255.95€ por habitación). El buffet no disponía de una gran variedad de comida, pero estaba bastante bien con opciones dulces y saladas, calientes y frías, occidental e india. Una buena combinación. También cenamos allí y los platos eran abundantes, a buen precio y con un personal muy atento y simpático.

Por lo demás, el resto de gastos en Bombay (comidas, desplazamientos, excursión a la Isla Elephanta y alguna compra) fueron 369.69€, que son 92.42€ por cabeza.

A esto hay que sumarle el visado que hubo que sacar antes del viaje, que al cambio fueron 47.86€ cada uno. Es decir, en total, en Bombay gastamos 268.26€ por persona.

Para finalizar, llegamos a París, donde nos sentimos casi como en casa. El clima, la comida, la arquitectura, el transporte público ya no suponían un contraste como habían sido nuestras dos paradas anteriores. Aún así, París supuso un reto: el de conseguir ver lo máximo posible en dos días y medio. Algo imposible, por supuesto, ya que por mucho transporte público al que puedas recurrir, es una ciudad inmensa con siglos de historia, muchos monumentos, parques, museos, palacios, iglesias, catedrales, hoteles y cafeterías de renombre con parisinos sentados frente a la calle para ver a la gente pasar y dejarse ver…

Pero bueno, intentamos quedarnos con un primer acercamiento, pateando la ciudad, ya que el clima acompañaba a estar en el exterior. Paseamos por Montmartre y sus bohemias callejuelas, por la selecta Isla de San Luis, por el origen de la ciudad en la Isla de la Ciudad, por Le Marais, por los jardines de Luxemburgo y de las Tullerías; admiramos los palacios, el Louvre, la Catedral de Notre Dame, el Sacre Cœur; subimos a la Torre Eiffel y la vimos iluminada de noche; recorrimos los Campos Elíseos y llegamos hasta el Arco del Triunfo; callejeamos por el Barrio Latino; visitamos la Plaza de la Concordia, la des Vosges y la Vendôme y seguimos el curso del Sena descubriendo sus numerosos puentes.

Siempre había sido escéptica con respecto a París. No sé si por los franceses o por su fama como ciudad de los enamorados. Quizá por ambos motivos. En cualquier caso, me sorprendió gratamente. Encontré un París que me hubiera gustado recorrer con más calma para descubrir más rincones; para entrar a museos, a los diferentes monumentos; para sentarme en una de las sillas verdes típicas de los parques; para comer más crepes; para visitar las catacumbas; para subir a la Torre Montparnasse o para perderme entre las lápidas de los cementerios. Supongo que habrá que volver.

Los gastos en París no se nos dispararon mucho, a pesar de que es una ciudad cara. Siempre hay opciones para todos los bolsillos, aunque haya que buscar mucho. El primer reto fue el alojamiento. Al ser cuatro, nos era más rentable un apartamento por Airbnb, que un hotel. Nos costó 36.63€ por persona para los dos días.

Por otro lado, para movernos, era imprescindible sacarse algún pase o abono, y lo hicimos con los locales, con la Navigo, que fueron 27.50€ por persona, con el gasto de expedición de tarjeta incluido.

Además, sacamos las entradas de la Torre Eiffel por internet. No es que nos ahorráramos dinero, pero sí tiempo. Otros 17€.

Por lo demás, el único gasto fue comer, y prácticamente lo solucionamos con el supermercado que teníamos frente al apartamento. En total fueron 42.20€ en este aspecto.

Así, la suma de nuestros gastos en la capital francesa fue 123.32€.

A veces lo barato sale caro. Coges una oferta, pero a medida que vas añadiendo extras, la cuenta va subiendo y al final resulta que no era tan ventajosa como parecía. Sin embargo, este no fue el caso, ya que los gastos por persona de todo el viaje no llegaron a los 800€. En situaciones normales, con ese dinero apenas nos habría dado para cubrir los vuelos.

Con la tarifa error y los vuelos Madrid – París ida y vuelta, nos gastamos 273.76€ por persona. Para el resto seguimos la misma rutina de siempre, y es que, aunque establecemos un presupuesto estimado para más o menos saber cuánto nos vamos a gastar, lo cierto es que siempre transcurre natural y no acabamos derrochando. Tiene que ver con la educación y hábitos adquiridos.

Así pues: 268.26€ de Bombay + 93.45€ de Mahé + 123.32€ de París = 485.03€. Que sumado a los vuelos (485.03€ + 273.76€) nos dan el total de 758.79€.

No nos salió nada mal la aventura.

Un comentario en “Conclusiones del viaje a Mahé, Bombay y París

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