Vuelo y llegada a Basilea

Nuestro viaje comenzó el 29 de abril, sábado, dirigiéndonos hacia el aeropuerto. Esta vez no teníamos a nadie que nos pudiera acercar, pero en lugar de tomar el transporte público como otras veces, contratamos un servicio de recogida y aparcamiento. El día de regreso llegaríamos a las 9 de la noche y al día siguiente habría que trabajar, por lo que para evitar que se nos hiciera muy tarde, nos fuimos desde casa con el coche, que recogería en el aeropuerto la empresa contratada y nos lo devolvería a la vuelta.

Antes de entregar el vehículo, el empleado le da una vuelta como si se tratase de un alquiler y marca posibles desperfectos en un parte o incluso hace fotos. A la vuelta, de nuevo una comprobación para ver que se encuentra en el mismo estado que lo dejaste.

Hay diversas empresas que ofrecen este servicio y el precio varía en función del aparcamiento en que guarden el coche, ya que algunas lo llevan a un espacio abierto, mientras que otras lo guardan bajo techo. Además, en algunos casos, para no hacer kilometraje, mueven en coche con una grúa. Ojo porque no todas ofrecen la recogida y entrega en el aeropuerto, sino que has de llevarlo a donde tengan su sede.

Nosotros no habíamos usado el servicio hasta la fecha, pero nos pareció una buena opción. Salía más barato que dejar el coche aparcado en el aeropuerto o que coger un taxi y nos ahorraba tiempo. Avisamos antes de salir de casa de que íbamos para allá, y cuando llegamos a la terminal, allí nos estaban esperando. Como digo, el chico revisó el coche, anotó algún detalle, firmamos, entregamos las llaves, y listos para volar.

Llevábamos ya la facturación hecha y viajábamos con mochila, sin equipaje a facturar, así que nos fuimos a comer. A mis padres les habían dado en el banco unas tarjetas para poder entrar en la sala VIP de AENA con las que podían invitar cada uno a una persona, así que allí que nos fuimos los cuatro a hacer tiempo hasta que llegara la hora del vuelo y de paso comer.

Salimos puntuales, lo cual estaba bien, porque nos encontraríamos con mi hermano en el aeropuerto de Basilea y nuestros vuelos llegaban con cinco minutos de diferencia. Sin embargo, cuando íbamos sobrevolando Francia a la altura de Limoges, el piloto nos habló por megafonía para comentarnos que volvíamos a Madrid porque se les había roto uno de los cristales interiores de la cabina. Al parecer no era peligroso y no impedía que siguiéramos volando con seguridad, sino que se trataba más de un tema logístico. Imagino que podría haber llegado a Basilea, pero una vez allí, ese avión no podría haber vuelto a despegar por normativa aérea y arreglarlo en un hangar en Suiza era más caro que volver a Madrid cuya T4 es completamente de Iberia.

En el pasaje se palpaba la tensión. Incluso había una mujer a la que le daba miedo volar que se dirigió a sus amigos aterrada diciendo que ella ya se quedaba en Madrid, que no la volvían a meter en otro avión. Por otra parte, muchos veíamos peligrar nuestras vacaciones. Otros, que volvían a casa, ya estaban pensando en cómo avisar a la familia o incluso al trabajo.

Durante el tiempo que duró el trayecto de vuelta la tripulación fue dando información con cuentagotas asegurando que ese mismo día estaríamos en Basilea ya que en Barajas estaban avisados y nos iban a reubicar.

Llegamos a Barajas a la hora en que teníamos que haber aterrizado en nuestro destino y según desembarcábamos nos indicaron que en la puerta contigua tendríamos que tomar un nuevo vuelo. No obstante esa fue la única información que recibimos, ni se nos informó de nuestros derechos ni se cumplió el Reglamento (CE) 261/2004. Según dicha normativa la compañía debe ofrecer información y asistencia a los pasajeros. Además, comida y bebida suficientes en función del tiempo de espera, así como dos llamadas telefónicas o mensajes de fax o correo electrónico. Creo que fui la única que se acercó al mostrador de Iberia a pedir la hoja de reclamaciones.

Nada de esto ocurrió. Embarcamos en el nuevo vuelo e hicieron el agosto con la venta de comida y bebida, porque además, ya eran más de las 7 de la tarde y además había muchas familias con niños pequeños. Finalmente pisamos suelo suizo pasadas las 9 de la noche.

Mi hermano, que había llegado a las 6 de la tarde, estaba avisado de la incidencia, pues le había mandado varios mensajes cuando aterrizamos en Barajas. En ese lapso de tiempo en que nosotros tomábamos el segundo vuelo, él aprovechó para ir al hotel y recoger las llaves de nuestras habitaciones. También las tarjetas de transporte. Y es que todo viajero que se aloje en Basilea, recibe el Mobility Ticket, una tarjeta que permite utilizar de forma gratuita el transporte de la ciudad y alrededores durante su estancia. Tras acomodar sus cosas, se dio un paseo por las cercanías de la estación y volvió al aeropuerto a recogernos.

El aeropuerto de Basilea es peculiar, ya que es compartido entre tres países: Suiza, Francia y Alemania. En realidad se llama Aeropuerto de Basilea-Mulhouse-Friburgo. Es bastante pequeño y antes de salir nos encontramos con carteles que nos señalan hacia dónde hemos de dirigirnos según al país que queremos llegar. Francia y Alemania para un lado, Suiza para otro.

Ya fuera nos encontramos con mi hermano y tomamos el autobús número 50 que nos dejaba en la estación central, en Basel Bahnhof en apenas 15 minutos. Al tener el Mobility Ticket, era gratuito. Y aunque no lo hubiésemos tenido, con haber enseñado la reserva del hotel, también lo habría sido.

Después anduvimos un cuarto de hora hasta nuestro hotel, el Ibis Budget Basel City. Se trataba de un hotel bastante moderno y juvenil con un diseño muy colorido. Las habitaciones eran sencillas, aunque bien equipadas. Disponíamos de una cama doble sobre la que se encontraba una litera. Además, un perchero, un escritorio y la televisión.

El baño se dividía en dos partes, por un lado un espacio cerrado con el inodoro, y otro abierto con la ducha y el lavabo. Muy práctico.

Pedimos una doble y una triple, aunque nos dieron dos triples.

Tras dejar nuestras mochilas en el hotel, y aunque era tarde, salimos a dar un paseo para estirar las piernas y ventilarnos un poco después del accidentado día. A pesar de ser un sábado noche, estaban las calles prácticamente desiertas y cuando nos cansamos de andar, tomamos un tranvía y volvimos al hotel. Al día siguiente teníamos que aprovechar al máximo las horas, ya que con el retraso habíamos perdido toda la tarde y la planificación que teníamos prevista de la visita a la ciudad.