Nuevas series a la lista “para ver”: The Defenders y The Punisher

Hace ya un par de años que vimos el piloto de Jessica Jones. Sin embargo, cuando leí un poco sobre la serie para saber si tenía continuidad o es de estas que cancelan tras una primera temporada, me encontré con que, a pesar de ser independiente, se ve ligada a otras cuatro series y esta no era la primera de ellas.

Para que las tramas guarden cierto sentido, este sería el orden correcto:

  • Temporada 1 de Daredevil
  • Temporada 1 de Jessica Jones
  • Temporada 2 de Daredevil
  • Temporada 1 de Luke Cage
  • Temporada 1 de Iron Fist
  • Temporada 1 de The Defenders
  • Temporada 1 de The Punisher
  • Temporada 2 de Jessica Jones
  • Temporada 3 de Daredevil

De hecho, incluso recomiendan ver la película Los Vengadores, ya que sienta las bases del inicio de Daredevil. Al parecer, hay una batalla apoteósica entre los héroes más famosos y unos extraterrestres que tiene terribles consecuencias en Nueva York. Todo el mundo se refiere a este acontecimiento como “El Incidente”. A partir de ahí, entramos en el mundo seriéfilo de esta unión de Marvel Studios con Netflix.

El protagonista de la primera serie es Matt Murdock, quien con nueve años quedó ciego al ser rociado por unas sustancias químicas. Como consecuencia de este suceso, desarrolla el resto de sus sentidos. Hoy, de adulto, ejerce como abogado de los débiles junto con su compañero Foggy Nelson, con quien monta un buffete.

Sin embargo, por las noches ejerce de vigilante justiciero de su barrio, Hell’s Kitchen, uno de los que más dañado ha quedado por el famoso Incidente. En Daredevil el mal no está representado en un villano con superpoderes, sino que viene bajo un formato más cotidiano: delincuencia, corrupción (política, policial económica e inmobiliaria), mafias, tráfico de drogas y personas, secuestros… Gracias a ese sentido del radar hiperdesarrollado, así como a su agilidad y reflejos es capaz de moverse y pelear como si pudiera ver.

Daredevil me hizo pensar en Arrow, quizá influenciada porque antes del piloto había visto las cinco primeras temporadas del arquero. Aún así, salvando las distancias, guardan cierta similitud. Y es que ambos deciden salvar sus vecindarios sin poder específico, solamente con sus habilidades. Además, aunque cruentos, ambos tienen una línea roja propia que juran no traspasarán nunca.

En ambas series se juega con la oscuridad. Lógico, teniendo en cuenta que el protagonista es ciego. Pero también por el escenario en que se mueve: la parte más sombría de la ciudad.

También tiene en común con la serie de DC la violencia y peleas. Casi toda la acción se desarrolla en peleas cuerpo a cuerpo a pie en callejones oscuros, muelles o edificios en ruinas. Daredevil es violenta, cruda y brutal, aunque, por lo visto en el primer episodio, no parece que explícita y sangrienta rozando lo gore. Pero de alguna forma tiene que representar esa crueldad de las mafias que campan a sus anchas por el barrio.

La primera temporada a lo largo de sus 13 episodios nos cuenta la génesis del personaje. El cómo Matt evoluciona desde ese niño que sufre un accidente que le deja ciego hasta que se convierte en Daredevil. Habrá que ver la temporada completa para conocer la historia de este peculiar héroe, porque el primer capítulo me ha dejado con ganas de más, aunque también por momentos se me hizo algo largo. Puede ser porque dura algo más de los 40 minutos a los que estoy acostumbrada, o simplemente por tratarse de la presentación de la historia y personajes.

Después de visionar las temporadas iniciales de Daredevil y de Jessica Jones y la segunda de Daredevil, correspondería continuar con Luke Cage,  ya que sigue la trama de Jessica Jones. Dado que vimos el capítulo sin ver la temporada completa de la detective, había muchos detalles que se me escaparon.

Luke, que era camarero en la serie anterior, ahora se ha mudado a Harlem, como no podía ser menos. Este barrio neoyorquino está habitado en su mayoría por ciudadanos negros o latinos, así que, cuando tienes un superhéroe negro, no puedes situarlo en otro lugar.

Harlem se convierte en un personaje más, ya que no es solo un barrio, sino que refleja una realidad social. No creo que la serie pretenda llamar a la denuncia sobre el racismo, pero está ahí, de trasfondo. Y muy ligada al barrio está la música. Luke Cage cuenta con una potente banda sonora que mezcla el blus, el soul, el hip-hop, el rap y el R&B.

Harlem también configura en cierta medida el día a día del protagonista. Es el ambiente en el que se mueve intentando sobrevivir sin llamar mucho la atención. Sin embargo, todo cambia cuando aparece el crimen organizado. Es entonces cuando interviene para salvar al barrio y a sus habitantes. Porque no es un superhéroe que quiere salvar a toda la humanidad, él se centra en algo más mundano, en su entorno.

Para ello empleará su fuerza y resistencia sobrehumanas, consecuencia de un experimento con productos químicos que conducían la electricidad. Ya antes era un buen luchador, pero, desde que su tejido muscular se hizo más denso, soporta muy bien las peleas, ya que no sufre daño físico. A la vez, es capaz de demoler una pared. Además, su piel puede resistir balas, heridas, productos corrosivos o temperaturas extremas sin apenas inmutarse. También tiene una gran rapidez de recuperación tras una lesión, así que es prácticamente invencible.

Es un héroe diferente. Dejando los poderes aparte, es un personaje que vela por la seguridad de su barrio y de sus vecinos. Y a cara descubierta. En el primer episodio me han faltado muchos datos (culpa mía por no seguir el orden), pero aún así, me ha enganchado con ese toque pasota y calmado del protagonista.

El último de los cuatro integrantes de The Defenders es Iron Fist, el más descafeinado de todos. Danny Rand llega a Nueva York tras 15 años desaparecido. Su regreso no se parece nada al de Oliver Queen en Arrow.  Es cierto que todos le daban por muerto, ya que el avión en el que volaba con sus padres sufrió un accidente en la cordillera del Himalaya; sin embargo, han pasado tantos años, que nadie le reconoce. Ni siquiera sus dos amigos de la infancia (la chica que le gustaba y el abusón).

Danny se crió con unos monjes que le rescataron. Gracias a ellos es un experto en artes marciales, sin embargo, no conoce nada el mundo occidental y está fuera de sitio. De hecho, llega a la Gran Manzana descalzo, con pinta de indigente.  Y en eso se basa el primer episodio: en Danny llegando a Nueva York donde no encaja, y donde, además, Ward y Joey, sus antiguos amigos y actuales dirigentes de la empresa familiar, desconfían de su identidad e intentan quitárselo de en medio.

De su pericia en el arte de pelear, poco sabemos. No hay mucho combate épico, la verdad. Se nos presenta a Collen Wing, una profesora de artes marciales de Chinatown que rechaza cualquier tipo de proposición de Danny, aunque por el tráiler imagino que acabará uniéndose a él para luchar contra el mal. Por lo demás, poco más. Nada de peleas bien coreografiadas como en Daredevil o la rotundidad de Luke Cage. Y eso que puede convocar el poder del Puño de Hierro…

No sé si evolucionará a buen paso en el resto de la temporada, pero desde luego comienza lenta e insulsa. Abusa de los tópicos y apenas hay originalidad. Es una historia muy trillada. Por un lado tenemos el clásico protagonista heredero de una familia millonaria que reaparece tras años sin saberse nada de él. Por otro lado, el personaje que se encuentra fuera de lugar y es torpe en las relaciones sociales. Sin embargo, a pesar de esta ineptitud, tiene una habilidad sorprendente, en este caso en el Kung-Fu (que incluso se permite dar lecciones a Collen Wing). Muy manidas son también las personalidades de Ward y Joey, sus amigos. Ella la chica mona y manipulable, él el guaperas sociópata.

Cada una de las series anteriores tenía un estilo (y quizá un público): Daredevil es oscura y violenta, muy acorde con el personaje; Jessica Jones es un homenaje al género noir desde el punto de vista feminista; y Luke Cage representa la cultura negra. Sin embargo, no termino de entender qué es Iron Fist. ¿Busca la espiritualidad? ¿Llegar a los Millenials?

Con los cuatro personajes presentados, llegamos a The Defenders, que los agrupa a todos para salvar la ciudad de Nueva York (cómo no). Todos y cada uno de ellos son héroes solitarios, sin embargo, por una vez, deciden seguir la máxima de “la unión hace la fuerza”. La villana suprema -Alexandra-  está interpretada por Sigourney Weaver. No pinta mal.

El problema que encontré en el piloto es que estaba totalmente perdida, tanto con los personajes, como por las alusiones. Otra vez culpa mía por no seguir el orden.

Esta miniserie de ocho capítulos podría tratarse de una película larga del estilo de Los Vengadores. Conecta a los cuatro personajes, cada uno con sus complejidades y sus conflictos, en la lucha contra unos enemigos comunes. Lo que no entiendo es que Iron Fist parece ser el líder. Quizá porque así su serie sirve como antesala de esta nueva.

Cabe destacar la elección de la iluminación y de los colores en general. Al tratarse de una serie coral, cada héroe cuenta con un color. Así, Daredevil es rojo, Jessica Jones es azul, Luke Cage es amarillo y Iron Fist es verde. Por tanto, cuando la acción se centra en uno de ellos (incluso estando todos juntos en un mismo espacio), su color adquiere relevancia en pantalla. Ya sea por la ropa, por una pared tras el personaje, el color de una puerta o simplemente la iluminación por medio de neones, lámparas o luz natural.

Habrá que ver, sin embargo, cómo consiguen encajar a los cuatro y sus tramas en esta miniserie. Con el tono y las características de cada serie no parece fácil entretejerlo todo sin que nadie gane más protagonismo que el resto, o Iron Fist no desentone con respecto a sus compañeros de batalla.

Y por último lanzaron The Punisher, a quien ya habían presentado en la segunda de Daredevil (de nuevo me faltaban datos al visualizar el piloto) y que rompe con las series anteriores. Y es que Frank Castle no es un superhéroe. Y tampoco intenta serlo.

Castle es un personaje herido: unos sicarios asesinaron a su familia. Pero él se vengó, y una vez consumada la venganza, se retira y se refugia en una vida anodina trabajando en una obra, estando en segundo plano y sin llamar la atención. De hecho, todo el mundo le da por muerto. Sin embargo, aunque él la rehuya, pronto se verá envuelto de nuevo en una espiral de violencia.

Y aquí The Punisher se diferencia de las series anteriores. Además de no ser ningún superhéroe, The Punisher tampoco tiene líneas rojas, y si tiene que matar, lo hace. Y se nos muestra de una forma sangrienta y explícita ya desde el primer episodio. Que va a ser una serie de acción y violencia queda patente desde el enorme y sangriento tiroteo inicial.

Pero además de la historia de Castle, con su presente en la obra y sus flashbacks, hay una historia paralela, la de Dinah Madani. Esta agente del Departamento de Seguridad Nacional acaba de volver de Afganistán y comienza una investigación para esclarecer la muerte de su compañero. Cuando empieza a tirar de la manta el camino la conduce a Frank Castle.

Se entrevé una trama de conspiración política, policial y militar poniendo en tela de juicio la política exterior de Estados Unidos en lugares a los que se supone que fue para llevar la paz y donde, sin embargo, sembraron el caos.

Pero todo esto se aprecia muy de fondo, ya que el piloto apenas sirve para presentar a los personajes y sus intenciones. Habrá que ver cómo compagina las dos historias y si el ritmo es más ágil.

Por cierto, el actor protagonista lo borda, y más con esa cara de boxeador y su nariz más que rota. Ya solo con él, te crees el personaje.

Razones para viajar

En unos días salgo de viaje. Y ya iba tocando, pues han pasado casi seis meses desde que volvimos del último (ya llegará el momento de los posts correspondientes). Después de casi medio año es hora de que mi cerebro desconecte, de ver sitios nuevos, de vivir experiencias y crear anécdotas.

Y no es que no quiera revelar aún el destino (que también), es que realmente no es lo importante. Lo relevante es todo lo que me aporta viajar, lo que hace que cuando vuelvo de un viaje ya esté pensando en el próximo. No, corrijo: lo que hace que antes de salir por la puerta de casa ya tenga el siguiente preparado. Porque sí, para mí un viaje comienza mucho antes de la fecha en que estoy fuera. Soy de las que vivo la inmersión desde que hago la primera reserva. Barajo opciones, leo mucho, comparo información, creo mil rutas, busco trucos y consejos… No me gusta viajar como las maletas, que diría mi madre.

Viajar influye en muchos aspectos de mi vida:

Viajar es salud, pues la desconexión evita que aparezca el estrés.

Viajar es libertad. Sí, incluso con mi manía de llevarlo todo controlado, cuando recorro mundo tengo sensación de libertad, de no tener obligaciones, de que cada día es único y que lo único que importa es el presente, el lugar en el que estoy, el empaparme al máximo de todo lo que tiene para ofrecer.

Viajar es inspiración. Y es que al estar relajada, con esa sensación de libertad, la mente fluye, se llena de influjos, refresca la percepción y nos devuelve esa mirada curiosa que teníamos en nuestra infancia. La imaginación se desata y se adquiere otra perspectiva de la vida.

Viajar es aprendizaje. Pero no solo de geografía, de geopolítica, de historia o de idiomas, sino también de una misma. Conozco mis virtudes y fortalezas.

Viajar es equivocarse. Y rectificar. Y madurar. Porque no todo es bueno, también tengo mis debilidades, y aparecen en momentos de frustración en los que las cosas no salen como esperaba. Ahí exploro nuevas facetas de mi vida, mis defectos y los detalles en los que tengo que trabajar. Así que aprendo de los errores, de mis contradicciones, de mis manías… Aunque mejorar en algunos aspectos me lleve más tiempo que en otros. Todo tiene su proceso, y a veces hay que tropezar más de una vez en la misma piedra. Nunca se deja de aprender. En todos los sentidos.

Viajar es reflexionar. Me permite revisar mis prioridades y creencias. Conocer otras culturas y la distancia de casa me hacen reflexionar sobre mi propia ideosincrasia. Somos individuos en una sociedad y por tanto esta va permeabilizando en nosotros (para bien o para mal). No descubrimos hasta que viajamos la magnitud de la infinidad de culturas y de tradiciones que existen. Eso sí, ya depende de cada uno asumir estas nuevas realidades y dejar de pensar que es el centro del universo.

Viajar es educativo. Sería un error asumir que viajar nos hace mejor personas por ósmosis. Uno no se vuelve más culto, inteligente, tolerante o interesante, ni se cura de prejuicios simplemente por haber visto mundo, sino que hace falta un ejercicio de reflexión y olvidarse de los estereotipos. Para ello hay que respetar el lugar que visitamos, así como la gente y sus costumbres. La mejor forma es intentar comportarse como un local y no esperar que se adapten a las necesidades de uno que está por allí de paso (ya sea exigiendo horarios de comidas o que hablen nuestro idioma).

Viajar es una cura de humildad. Sirve para descubrir que nos queda mucho por mejorar como sociedad. Un claro ejemplo es cuando ves que en otros países no tienen tornos en el transporte público o que hay puestos de venta con el producto y una caja para depositar el dinero porque confían en que la gente hará lo correcto. O que existen las cortinas en las ventanas porque no tienen nada que ocultar y dan por hecho que nadie va a cotillear en sus vidas.

Viajar da perspectiva. Porque no toda la información que nos llega por los medios de comunicación se corresponde con la realidad, de hecho, lo más probable es que nos llegue manipulada. Así que el visitar diferentes lugares nos hace mirar con otros ojos y tener la información de primera mano dejando de lado los prejuicios.

Viajar mejora las relaciones. No solo me hace crecer como persona, sino que fortalece las relaciones con mis compañeros de viaje. Se requiere una buena comunicación y compenetración entre todos los integrantes. Si ya es duro luchar contra los propios desafíos personales, más lo es aún cuando tienes que pedir perdón o asumir que estabas equivocada.

Además, viajar con más gente supone en tener que confiar en los demás, en sus habilidades y fortalezas. Es un toma y daca a la hora de repartir responsabilidades, tareas o decisiones.

Viajar acerca al minimalismo. A mí me ha servido para darle menos importancia a lo material. Fue de lo primero que aprendí, ya que enseguida me di cuenta de que tenía que establecer prioridades a la hora de hacer el equipaje, dejar fuera lo supérfluo, los “porsiacasos” y llevarme solamente lo necesario. A partir de ahí, la perspectiva cambia.

La siguiente vez que fui a comprar ropa, me centré en sustituir y no en comprar por comprar, por modas. Mi armario es cada vez más básico con ropa versátil. Lo mismo con el calzado, tiene un propósito (deportivas, botas de senderismo, botas de agua, calzado para diario…), no sigo tendencias. No quiere decir que haya renunciado a tener pertenencias, pero sí a las compras compulsivas o a las necesidades que nos ha creado el marketing. Aprendí a valorar más las experiencias y menos las cosas.

Así que, me sobran razones para viajar. Y ganas, claro. Soy de las que en cada día de fiesta o puente ve una oportunidad. Se me van los ojos al mapa mundi. Y no hace falta que sea lejos, lo importante es la desconexión y la experiencia. Da igual que sea un crucero, un Road Trip, un interrail, una excursión a la sierra o una visita a una ciudad cercana… Quiero seguir viajando.

Quiero seguir contando viajes. Porque sí, soy de las que cuentan los años por viajes. Por ejemplo, me acuerdo de la fecha de mi boda por el viaje a Japón. Pero también asocio fechas con viajes, por ejemplo San Patricio en Nueva York, Primavera en Japón, 1 de Mayo en Dachau…

Así que ¿Razones para viajar? Son muchas, pero al final se resumen en una: Por el simple placer de viajar. Lo demás viene después.

The Handmaid’s Tale – El cuento de la criada

Mucho se habló en 2017 de The Handmaid’s Tale (El cuento de la criada), una serie que ha ganado ocho premios Emmy y que está basada en la novela homónima de Margaret Atwood, autora que fue condecorada con el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2008.

La novela fue publicada en 1985, cuando estaba reciente la victoria del régimen de los ayatolás en Irán y a la vez en varios estados de EEUU aprobaron leyes contra el aborto. Y ahora, cuando parece que estamos retrocediendo en lo que a libertades de las mujeres se trata, es más actual que nunca.

La novela ya fue adaptada para el cine en 1990, sin embargo, pasó sin pena ni gloria. Quizás porque tuvo que concentrar en apenas hora y media todo el relato. Aunque parece que también influyó el hecho de que el director y el guionista decidieran presentarla como un triángulo amoroso y se olvidaran del trasfondo. También ha sido ópera y obra de teatro. Pero parece que lo que realmente ha encajado ha sido el carácter episódico de una serie de televisión y en el lenguaje audiovisivo de este siglo. O quizás es que este es el momento adecuado.

The Handmaid’s Tale es una distopía que transcurre en un futuro no muy lejano de los Estados Unidos en el que tras una amenaza terrorista islámica se comienzan a recortar libertades de la sociedad. Después de un golpe de Estado nace la República de Gilead, con un gobierno fundamentalista y puritano. En un contexto en el que la contaminación ambiental ha provocado un alarmante descenso de la natalidad (y niños nacidos con deformidades o discapacidades) se establece una nueva jerarquía en la que las mujeres son despojadas de sus derechos (como trabajar o tener independencia económica) y pasan a ser meras vasijas incubadoras a disposición del Estado. Es decir, ni siquiera son poseedoras de su propio cuerpo.

En esta sociedad totalitaria y teocrática, son clasificadas en función de su capacidad reproductiva, ya que la fertilidad es el único valor de la mujer. Las lesbianas son consideradas traidoras a su género y son “reconvertidas”. Queda así una sociedad estratificada en Esposas, Criadas, Marthas, Tías, Jezabel, Hijas, mujeres de clase baja y mujeres no válidas.

Las esposas visten de azul y son amas de casa. Se encargan de su marido, de llevar la casa, de controlar a la criada, y de criar a los hijos (si los consiguen). Su vida social consiste en acompañar a su marido a actos públicos o en relacionarse con las otras esposas en reuniones para tomar el té o celebrar algún nacimiento. Como entretenimiento pueden dedicarse a las manualidades como el jardín, pintar o tejer.

Las criadas (o doncellas) son las mujeres fértiles. Son detenidas y reeducadas para pasar a servir a la élite como incubadoras. Son violadas una vez al mes (en su ovulación) en una ceremonia pseudo-religiosa en el lecho conyugal mientras la esposa la apoya en su vientre y le sostiene los brazos. Solo pueden relacionarse entre ellas, siempre de dos en dos (para vigilarse una a la otra), y apenas pueden hablar salvo frases establecidas, casi como un guion. Visten de rojo – el color de la sangre – con una especie de toca blanca en la cabeza que les impide ver su alrededor y pierden hasta su nombre. Asumen el de su Comandante, el señor de la casa. Cada dos años cambian de casa y cuentan con tres oportunidades para engendrar una criatura. Si no se quedan embarazadas son enviadas a las colonias a limpiar residuos radiactivos, o directamente ejecutadas.

Las Marthas van de verde y se encargan de cocinar y limpiar la casa. Son mujeres que ya pasaron su etapa fértil.

Las Tías van de marrón y son las educadoras. Son las encargadas de someter a las criadas. Con su curso de formación las vuelven sumisas a base de rezos, entrenamientos y severos castigos. Portan una varilla eléctrica como la que se usa con el ganado para “enderezar” a las que se resisten.

Las hijas van de blanco hasta que se convierten en Esposas. Se espera que las nuevas generaciones ya sean fértiles.

Las llamadas Jezabel son las trasladadas a los prostíbulos, generalmente por su rebeldía.

Las mujeres de clase baja visten de rayas y se ocupan de la función de esposa, criada y Martha.

Y por último, las que no sirven para ningún grupo anterior, son enviadas a las colonias.

Cada Comandante puede tener en su casa a una esposa, una criada y una Martha.

En Gilead además están los Ojos, una especie de vigilantes de paisano camuflados en la cotidianidad, y los Ángeles, que controlan los desplazamientos de los ciudadanos de una forma similar a un ejército.

Esta nueva sociedad están prohibidos los periódicos y la divulgación de la ciencia así como los vicios o el alcohol. Se han cerrado las universidades, el dinero ya no existe y el café queda relegado a la élite.

Normalmente suelo leer el libro y después ver la adaptación televisiva o cinematográfica. Sin embargo, en este caso tras ver los tres primeros episodios decidí comenzar el libro. No era necesario, pero era una forma de vivir la experiencia completa y completar el relato, de no perder detalle. Sin embargo por primera vez en mi vida, me quedo con la adaptación. No sé si iba con las expetativas demasiado altas o que se le notan los 30 años que han pasado, pero me da la sensación de que le falta algo a la narración. Y comparada con la serie, esta gana de calle.

Y eso que me costó arrancar. El piloto me resultó muy lento, y no terminaba de entrar en la historia. Sin embargo, me ganó su fotografía, esos planos con todas las criadas de rojo y blanco en grandes espacios abiertos que se adueñan de la pantalla. Y como contraste, unos espacios cerrados minimalistas en los que apenas entra un rayo de luz y crea un ambiente claustrofóbico.

La protagonista es Offred (Defred en la versión española), una de estas mujeres que se han convertido en esclavas del sistema. En una vida anterior ella era June, una mujer independiente, que trabajaba, que estaba casada y tenía una hija. Sin embargo, con el nuevo gobierno todo eso le fue arrebatado. Intentó escapar, pero fue capturada, y no sabe nada de su familia desde entonces. Su motivación para seguir adelante en este calvario es el recuperar un día a su hija.

A medida que avanzan los capítulos vemos la rutina de Offred en la República de Gilead. Su existencia reducida a su habitación y al mercado. Ella misma nos guía con su voz en off, por lo que conocemos sus miedos, sus preguntas, sus desconfianzas, sus esperanzas, su sarcasmo… Esta narración permite también explicar el organigrama de la sociedad y sus ritos.

A la vez, esta historia se entrelaza con los flashbacks de los personajes principales, lo que nos da a conocer cómo han llegado hasta ahí. Hay una tercera línea temporal, que es el presente de Luke, el marido de June, y cómo consiguió escapar y lucha por encontrarla. Poco a poco, vamos uniendo los retazos hasta componer un puzle.

La historia atrapa por su dureza y porque en el fondo no parece tan distópica como se presenta de inicio. Elisabeth Moss está brillante en el personaje y sus primeros planos lo dicen todo. Expresa sensibilidad, fuerza, asco y odio con tan solo una mirada. Y es que con esa vestimenta, su cara es lo único que le queda visible.

En The Handmaid’s Tale los personajes están muy bien trazados, hasta el último secundario. Las criadas, Tía Lidia, pero sobre todo Serena Joy, una mujer sobria que despierta odio y lástima en igual medida. Ella fue una de las ideólogas de esta República, cuando aún era una mujer trabajadora e independiente. Junto con su marido, sentó las bases de esta nueva sociedad, sin embargo, a medida que fue tomando forma, la dejaron de lado. Ahora ha quedado relegada a su posición de esposa y, aunque no puede evitar recurrir a una criada, en la realidad parece verla como una rival y tener celos de ella. Yvonne Strahovski, a quien ya conocía de Chuck y Dexter, tiene un físico que le permite mostrarse tanto dulce como fría y las escenas que comparte con Moss son brutales.

En una entrevista el showrunner comentaba que había decidido cambiar el personaje de Serena por una mujer más joven para que la confrontación de ambas mujeres fuera más real. Mientras que en el libro la esposa es mayor y tiene una pequeña cojera, aquí es de la misma edad que la criada. Esto permite que sea más visual su enfrentamiento. Que incluso se pueda pensar que en un mundo pre-Gilead, podrían haber sido amigas.

Además se han introducido cambios en otros personajes. Por ejemplo, conocemos el destino de Deglen, la compañera de Defred. También el de Moira o Luke, que en la serie se reencuentran mientras que en el libro no sabemos qué ocurre con ninguno de los dos, ya que solo tenemos el punto de vista de Defred. Por otro lado, la serie nos permite adentrarnos más en el pasado de Nick y de los Waterfords mediante los flashbacks, conformando unos personajes más completos.

Sin embargo, la madre de June ha sido borrada de un plumazo. Aunque en la novela reflexiona varias veces sobre la relación que tenían y sobre el activismo feminista de su madre, en la serie ni se menciona.

No es el único cambio con respecto a la novela. También se han modificado algunas escenas, reordenado las tramas y actualizado algunos aspectos (como incluir redes sociales o referencias a la tecnología). Todo esto, unido al aspecto visual, hace que la serie quede más redonda que el libro, con una estructura más coherente.

El soliloquio en la novela resulta a veces frío y muy cansino. En la serie, por contra, al añadir las imágenes y la música, los pasajes reflexivos ganan otro cáriz más efectivo. Tenemos en una misma escena la fachada de cara a la galería, esas normas que tiene que cumplir la criada, y por otro lado, su frustración, angustia y desesperación.

El epílogo del libro nos aporta algún dato que hace entender el relato desordenado de la criada. Simula una conferencia del año 2195 en el contexto del Duodécimo Simposio de Estudios Gileadianos. En él, diferentes ponentes exponen sus teorías sobre el Régimen de Gilead, que parece que ha quedado superado. Se aborda el nacimiento, el desarrollo y el funcionamiento de aquella sociedad y completa la narración. Estas notas explicativas se han incorporado a la serie desde el principio y permiten un acercamiento diferente.

The Handmaid’s Tale trata muchos temas: los Derechos Humanos, el control de la sociedad mediante la opresión, el poder y la censura, la pérdida de derechos, el medioambiente, el fanatismo religioso. Mucho se ha hablado de que es una serie feminista, pero yo no la veo tanto como una crítica al machismo, sino al totalitarismo y abuso de poder. Lo que ocurre es que siempre que una sociedad es desigual, la mujer es la que más lo sufre.

Sin embargo, no me parece feminista por muchas razones. Para empezar porque las mujeres siguen siendo retratadas como malvadas. Las mujeres siguen siendo enemigas de las mujeres. En este caso las criadas fértiles frente a las esposas estériles (aunque también lo son sus maridos pese a que ellos eso no lo digan). Esta vez no se enfrentan unas a otras por un hombre o por ver quién es más guapa; pero al final está esa lucha, esos celos, esa competitividad. El mejor ejemplo es el de Serena vs Defred y el hecho de que el showrunner haya decidido que sean dos mujeres jóvenes las que estén frente a frente, luchando como dos leonas.

Las esposas son víctimas de su propio sistema. Está muy claro en Serena, que fue una de las ideólogas y que incluso escribió un libro en su época pre-Gilead. Como decía Simone de Beauvoir: “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”. Las víctimas están de su lado, contra su propio beneficio. Para crear a Serena, Atwood se inspiró en Phyllis Schlafly, una congresista que se oponía a la Ley de Igualdad bajo el pretexto de que “le robaría a las mujeres el maravilloso derecho de ser esposa y madre a tiempo completo en su casa a cuenta de su marido”.

Pero si las esposas son unas auténticas villanas, las Tías son directamente unas sádicas. Se supone que tienen poder, pero no dejan de estar al servicio del sistema heteropatriarcal.

No es feminista que cuando la protagonista está privada de libertad lo que le recuerde al pasado y le dé un momento de desconexión sean las revistas “femeninas”, esas que te imponen otro tipo de dictadura, la de la estética. Maquíllate así, haz esta dieta, copia este look, así conquistarás al hombre… y todo ese tipo de patrañas. No sé, a lo mejor estando en un despacho lleno de libros, el Comandante le podría haber ofrecido uno. Las criadas también tienen prohibido leer, por lo que se habría mostrado esa transgresión igualmente sin necesidad de caer en banalidades.

Tampoco es feminista por el modo en que se afronta el amor. Defred y el Comandante tienen una conversación en que él le pregunta que qué es más importante que los hijos y ella responde que el amor. Y a mí esa conversación me recordó Kate Millet, quien afirmó que “El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban”. Y es que se habla mucho de que El cuento de la Criada trata sobre el drama de las mujeres que son forzadas a entregar su cuerpo a familias más adineradas, pero luego la autora pone en boca de esa protagonista que no es dueña de sí misma que lo importante es el amor. Pues no sé, yo habría pensado en mi libertad antes que en el amor…

Por eso quizá me chirría un poco la trama con Nick. No entiendo esa necesidad de meter una relación con el chófer más allá de que le sirve como aliado para escapar. Tampoco me convence la relación con Luke, ese marido que cuando June ha sido despedida y se ha dado cuenta de que le han congelado su cuenta le dice “no te preocupes, yo cuidaré de ti”. Ah, pues muy bien, ella ha perdido toda su independencia, pero no importa, ahí está el príncipe azul al rescate.

Para mí tampoco es feminista el abordaje que se hace de los niños y la maternidad. Sí, es cierto que hablamos de un contexto en el que no hay nacimientos y que por tanto, cada vez que nace un niño, todas se alegran. Pero esa criatura representa el sistema opresor, no sé si corresponde mucho representarlo como una festividad, sonrisas y enhorabuenas.

Es verdad que el libro y la serie invitan a la reflexión. Que remueven las tripas porque lo que cuentan no parece tan distópico, sino que muchas de las cosas que se exponen están pasando en algún lugar del mundo (y no lejos, sino también en nuestro entorno). A saber: cosificación y mercantilización del cuerpo de las mujeres; violencia machista; gestación subrogada; violación; matrimonio infantil; mutilación sexual; persecución de los homosexuales o cualquier identidad sexual que “traicione” a lo heteronormativo; recorte de las libertades; diferencias de clases; o control del gobierno de nuestra privacidad. Todos estos detalles nos llevan a repensar sobre la moral, la religión, la ideología, la política y el poder.

Quizá a priori pensamos que sería una sociedad impensable hoy en día, pero me recuerda a la teoría del puente en que no se cambia un puente de un día para otro. Sino que un día se cambian los tornillos, otro la pasarela, otro las barandillas… y cuando te quieres dar cuenta, tienes puente nuevo. Defred lo dice en sus reflexiones: no sabe realmente cómo empezó todo, pero fue poco a poco. Primero el recorte de libertades porque había habido un atentado, después ejército en las calles, después no dejan a las mujeres trabajar ni tener independencia económica… y de repente, te ves en un curso de formación para ser un útero andante.

Da un poco de miedo ver cómo Atwood fue una visionaria. Porque el recorte de libertades desde el 11S es un claro ejemplo de lo que expone en su obra, también la Ley Mordaza… y poco a poco, los ciudadanos vamos teniendo menos derechos, hasta que somos totalmente sumisos y estamos controlados.

La primera temporada agotó prácticamente toda la versión literaria, por lo que hay expectación por descubrir cómo se va a afrontar una segunda, de 13 episodios. Todo apunta a que se va a recurrir a aspectos de la novela que no habían sido abordados por falta de metraje y que va a introducir una nueva trama tras el encuentro de Luke y Moira.

Para la segunda temporada Atwood ha colaborado con el Bruce Miller para construir esta nueva etapa de Defred una vez que ha dejado la casa de los Waterford y mantener cierta fidelidad a la obra. Y parece que el showrunner de la serie tiene intención de hacer 10 temporadas, que muchas me parecen. De momento, veremos si esta nueva entrega que se estrena en unas horas cumple con la expectativa.

Escape Room: La fuga de AlcatraX

Seguimos con la dinámica de hacer una sala de escape al mes. Esta vez fue en enero. Al hermano de dos de las integrantes de nuestro equipo de Explosión Inminente le dio envidia y quiso también probar este entretenimiento del que tan bien le habíamos hablado.

Normalmente solemos ir desde 3 a 5 personas, dependiendo de la disponibilidad de la gente. Sin embargo, aquí nos juntábamos 7, por lo que era difícil encontrar una sala para tantas personas. Para equilibrar, decidimos llamar a más gente y así hacer dos grupos más grandes para probar algo nuevo: el Roombate.

¿En qué consiste? Pues en hacer la misma sala dos equipos simultáneamente en dos estancias iguales. Es decir, no solo luchas contra los 60 minutos para escapar, sino que se le añade un punto más de adrenalina al competir con otro equipo. Bueno, adrenalina y de pique constante hasta que llega la fecha. Que si os vamos a dar una paliza, que si seguro que vosotros no salís… En fin, que nos teníamos ganas. Eso sí, todo muy sano y desde el buen rollo.

Hasta la fecha, en todos los juegos de escape que hemos hecho, nos habían recibido, dado información general y después ya puestos en situación sobre nuestra misión. Sin embargo, en La Fuga de Alcatrax, desde el minuto 0 te metes en el papel. No hay más que ver la puerta: ya nos dice las reglas.

Puntuales, llamamos al timbre, y nos recibieron nuestros guardias. No quiero revelar mucho, porque perdería encanto, pero he de decir que todo el proceso previo al juego está muy muy bien ambientado. Nos lo pasamos muy bien y nuestros Game Masters estuvieron muy metidos en sus papeles. Aunque he de decir que se lo pusimos fácil, sobre todo los cabecillas de nuestras bandas. Por cierto, nos habíamos puesto nombre y todo: Los bocaditos de nata (5 integrantes) vs Arroz con Leche de Mr. Muffin (4 integrantes porque uno no pudo llegar en el último momento).

Dado que se llama La Fuga de AlcatraX, no parece muy difícil adivinar dónde nos encontramos y cuál es nuestra misión. No obstante, antes de comenzar, hay un visionado de un vídeo. Y esto es quizá la única pega que le pongo, pues se me hizo un poco largo. Quizá porque está diseñado para todos los públicos, sobre todo para que un principiante tenga muy clara la dinámica; pero creo que se podría haber acortado un poco, ya que se repetían varias imágenes (de Alcatraz, claro) y el discurso quedó algo redundante.

El caso es que hemos robado un chupachups a un niño de 3 años, y tenemos que cumplir cadena perpetua en esta prisión de máxima seguridad. Por supuesto, somos expertos en fugas y ya estamos planeando el escape. Pero pronto se nos anuncia que el Doctor Luna, el médico de la prisión, ha descubierto una vacuna que inhibe el deseo de escaparse de los prisioneros y en tan solo 60 minutos nos trasladarán a la enfermería para inyectárnosla. Así pues, tenemos que actuar YA.

Los arroz con leche de Mr. Muffin, como decía más arriba, éramos 4, pero 3 ya habíamos jugado juntos en el Búnker, en La Pirámide, en el Monasterio y en The Museum Box, así que, aunque nuestra cuarta integrante era novata, teníamos confianza en nuestro equipo (o banda). Y efectivamente, no se nos dio nada mal.

Como suele ocurrir, empezamos algo fríos. Y es que aunque revisamos la estancia (nuestra celda), cometimos un par de errores y nos faltó encontrar dos llaves. Aunque también hay que decir en nuestro honor que estaban muy muy bien escondidas. El caso es que cuando llevábamos unos 15 minutos tuvimos que pedir la primera pista (que por cierto penalizan 30 segundos). A partir de ahí, encarrilamos algo mejor y seguimos hilando.

Unos 15-20 minutos más tarde volvimos a atascarnos y pedimos la segunda pista. Y ya con la segunda llave localizada nos dirigimos hacia los minutos finales.

La comunicación con el Game Master es continua, ya que, aunque se hacer por walkie, no hay que andar pulsándolo, sino que es un mero altavoz, ya que él nos veía y oía en todo momento. De hecho, en algún momento nos ayudó de forma sutil. Por ejemplo, hacia el final teníamos un código correcto, pero por lo que sea el candado no se abría y cuando nuestro cabecilla fue a darlo por malo, el Game Master se dirigió a él diciéndole que iba bien encaminado. Por lo demás, estaba ahí observador y supo bien cuándo intervenir. En nuestro último candado a mí me puso algo nerviosa porque nos hizo algún comentario como que casi lo teníamos, pero que no nos podía decir más porque íbamos muy igualados. Le dio un toque de presión.

Y parece que fue un empujón, porque en apenas tres minutos después estábamos fuera. Con una de nuestras mejores marcas además (si no contamos las salas que hemos hecho en Suiza y Polonia): 48:40.

Nuestros contrincantes, los Bocaditos de Nata, consiguieron salir en el 57:13 cuando ya pensábamos que no lo conseguirían. Al parecer, se bloquearon al final. De hecho, tuvimos unas últimas risas cuando vimos cómo intentaban escapar sin haber leído bien las pistas. Ni la salida de este escape es convencional. La ambientación es redonda de principio a fin, incluso con las fotos de rigor y el detalle que nos entregaron al final. Están todos los detalles muy bien cuidados. Como lo de que los Game Masters se refirieran a nosotros por nuestros nombres en todo momento.

Sí que es cierto que luego la sala en sí es muy convencional y que le da mucha importancia a la observación. Aunque hay alguna prueba de ingenio, lo cierto es que priman los candados, por lo que es muy recomendable para principiantes. Eso sí, al parecer solo el 50% de los presos consiguen escapar, con lo que quizá no sea tan fácil para un novato. Dejémoslo en nivel intermedio. La ambientación es correcta y el espacio siendo cuatro estuvo perfecto. No nos estorbamos en ningún momento.

Si no fuera por toda la representación desde principio a fin y la intervención de los Game Masters, sería una sala bastante normalita, la verdad. Pero la introducción al juego sirve de inmersión y de puesta en situación, por lo que la primera impresión es tan positiva que ya entras con las pilas cargadas.

Nos lo pasamos muy bien, tanto en el desarrollo del juego en nuestra sala, como por el añadido de competir con otro grupo. Nada más salir ya estábamos hablando de buscar otro Roombate. Los novatos entendieron que estemos enganchados a hacer una sala de escape al mes y pidieron hueco para próximas quedadas.

Nos comentó nuestro Game Master que en breve abrirán Desvalija al alcaide Jonnson, así que tomamos nota, porque desde luego La Fuga de AlcatraX está muy bien montada.

Reclamación por Vuelo Retrasado

Como ya comenté al inicio del relato del viaje a Suiza, tuvimos una incidencia con el vuelo a Basilea. Todo comenzó normal: check-in online, embarque, despegue… pero cuando íbamos sobrevolando Francia a la altura de Limoges, el piloto nos comunicó por megafonía que volvíamos a Madrid porque se les había roto uno de los cristales interiores de la cabina. Al parecer no era peligroso y no impedía que siguiéramos volando con seguridad, sino que se trataba más de un tema logístico, pero que aún así, había que volver. Y así lo hicimos, como muestra la imagen de flightradar24.

Durante el tiempo que duró el trayecto de vuelta la tripulación fue dando información con cuentagotas asegurando que ese mismo día estaríamos en Basilea ya que en Barajas estaban avisados y nos iban a reubicar. Y fue así, llegamos a Baraja y nada más desembarcar nos indicaron que en la puerta contigua tendríamos que tomar un nuevo vuelo.

Hasta ahí todo correcto, pues fueron céleres en solucionar el problema. No obstante esa fue la única información que recibimos, ya que ni se nos informó de nuestros derechos ni se cumplió el Reglamento (CE) 261/2004 que establece que la compañía debe ofrecer información y asistencia a los pasajeros. Además, deberían habernos suministrado comida y bebida suficientes en función del tiempo de espera, así como dos llamadas telefónicas o mensajes de fax o correo electrónico. Nada de esto ocurrió.

Como conocía mis derechos, pues además no hacía mucho que había escrito un post sobre ello, me acerqué al mostrador de Iberia a pedir la hoja de reclamaciones. De forma educada y sin montar numerito.

Volvimos a embarcar y claro, ya se había hecho casi hora de cenar. Nosotros llevábamos unos sándwiches de la sala VIP, pero vimos cómo la mayoría de los pasajeros compró comida y bebida. Y es que había muchas familias con niños pequeños a las que no les quedó otra opción una vez dentro del avión. Así pues, la aerolínea hizo el agosto al pasar con el carrito. Finalmente pisamos suelo suizo pasadas las 9 de la noche, es decir, más de tres horas tarde.

En el alojamiento tranquilamente rellené la hoja de reclamaciones y pasamos nuestro puente intentando olvidarnos de que habíamos pedido media tarde. Sin embargo, nada más desembarcar, me dirigí a un mostrador de Iberia para entregar la hoja de reclamación por el vuelo de ida.

Pasados unos días entré a su web para ver en qué estado estaba mi reclamación, pero extrañamente no existía, así que puse otra vía formulario web. De nuevo, unos días más tarde, volví a consultar, pero me salía una alerta indicando que o bien mi expediente no existía o su antigüedad era superior a un año. Muy mal. Empezamos ya a sospechar que Iberia no iba a hacer mucho por su parte, y nos lo confirmó cuando días más tarde recibí un correo tipo en el que se disculpaban por las molestias ocasionadas y poco más.

Así pues, dado que parecía que esta vía no funcionaba, rellené el formulario de AESA. En él expuse de nuevo la incidencia y aporté la documentación que lo acreditaba, así como la respuesta de la compañía aérea. Y tras un par de meses, AESA me contestó:

3.- Compensación: El Reglamento CE 261/2004 prevé compensaciones para los supuestos de cancelación y denegación de embarque en vuelos. Asimismo, en caso de retraso de vuelos el pasajero también tiene derecho a compensación de acuerdo con lo establecido en la sentencia de fecha 23 de Octubre de 2012, del Tribunal de Justicia de la Unión Europea C-581/10 y C-629/10), cuando lleguen al destino final tres horas o más después de la hora de llegada inicialmente prevista por el transportista aéreo, salvo que concurran circunstancias extraordinarias que escapan al control efectivo del transportista aéreo.

Teniendo en cuenta lo anterior, así como las pruebas aportadas por las partes, entiende AESA que la compañía no ha acreditado fehacientemente la concurrencia de circunstancias extraordinarias por lo que la compañía debe abonarle una compensación. Considerando que la distancia de su vuelo es inferior a 1,500 kilómetros y teniendo en cuenta el Artículo 7 del Reglamento (CE) 261/2004, la compensación debe ser de 250 euros por pasajero.

Tras la recepción de este oficio, y solo en caso de que proceda compensación y/o algún tipo de reembolso, le informamos que la compañía deberá contactar con usted para hacer efectivo el contenido de este oficio. No obstante, usted también puede dirigirse a la compañía aérea para interesarse.

Si transcurrido un plazo prudencial (1 mes) la compañía no contacta con usted, o no hace efectiva la resolución, podrá dirigirse a AESA para que intervenga nuevamente. Debe saber que el informe emitido por AESA no es vinculante para las partes, por lo que AESA no puede obligar a las compañías aéreas a que den cumplimiento al informe emitido.

Si a pesar de la intervención de AESA en la tramitación de la reclamación, la solución ofrecida por la compañía no le satisface plenamente o la compañía no atiende nuestro informe, usted deberá a acudir a los tribunales de justicia para que se restituyan sus derechos y solicitar una indemnización por daños y perjuicios, si lo cree conveniente.

Me daba la razón, sí; pero había letra pequeña, y es que su informe no es vinculante y por tanto no obliga a la compañía a que pague. Es decir, tenemos un organismo oficial que se dedica a revisar este tipo de reclamaciones, pero que solo sugiere. Deja el cumplimiento en manos de la buena fe de las aerolíneas. Todo bien. NO.

Escribí de nuevo a Iberia, haciéndoles llegar este documento de AESA para ver si se daban por aludidos, pero hicieron oídos sordos. Lo intenté por twitter, me vinieron a decir algo así como “ya contactaremos contigo”. Y tras siete meses mareando la perdiz, en diciembre decidí enviar el caso a ElReclamador.es, a ver si ellos tenían más suerte por la vía judicial. Les hice llegar toda la documentación y a esperar.

En febrero contactaron de nuevo conmigo para indicarme que Iberia también les había ignorado, por lo que habían preparado el borrador de la demanda. Sin embargo, los Juzgados Mercantiles están algo desbordados y parece que la admisión de demanda está en torno a los cuatro y seis meses, por lo que aquí estamos, en abril, esperando aún noticias. Imagino que hasta después del verano no tendremos novedades.

En cualquier caso, quería escribir al respecto porque aunque haya que armarse de paciencia, estamos en nuestro derecho como consumidores de ser indemnizados tal y como establece la ley. El no ya lo vamos a tener, porque parece que es el modus operandi habitual. De hecho, hace unos días el Juzgado de lo Mercantil Número 1 de Palma decretó el embargo de las cuentas de Iberia al no haber hecho efectivo el pago de la indemnización por el retraso de un vuelo tal y como establecía la sentencia de octubre de 2017. Así que, parece ser que no podremos cantar victoria cuando el juzgado dicte sentencia, sino que aún así nos quedará esperar a que la acate y pague.

En fin, no queda otra que paciencia. Quizá para finales de año tengamos noticias…

Transición de cámara compacta a Reflex

Llevábamos ya tiempo con problemas en nuestra cámara compacta. La Panasonic Lumix DMC-ZS7/TZ10 ha viajado mucho con nosotros desde que la trajimos de Nueva York en 2011, y claro, de tanto uso, los aparatos se van desgastando o estropeando.

En determinado momento comenzamos a notar unas manchas en las fotos, y lo achacamos a que el objetivo estaba sucio en el instante en que se hicieron. Sin embargo, luego lo vimos en directo, y, aunque limpiábamos la lente, la mancha seguía ahí, quedando más patente al fotografiar cielos o al hacer zoom.

Así pues, nos descargamos el manual de internet y el manitas que tengo en casa se aventuró a desmontarla para limpiarla. Es un trabajo para gente paciente y minuciosa, porque lleva unos tornillos minúsculos. El caso es que funcionó. Limpiando las lentes con cuidado con un pañito de las gafas se fueron las manchas. La volvió a montar y nos volvimos a ir de viaje.

Y nos fue bien durante un tiempo, en varios viajes. Hasta que fuimos a Japón. Íbamos recorriendo el barrio coreano de Tokio cuando las manchas volvieron. La cámara se debía haber quedado con alguna fisura o ranura por la que le entraba polvo y de ahí las motitas en el objetivo.

La solución era volver a abrirla, claro, pero no contábamos con el material, ya que los destornilladores se habían quedado en casa. Así pues, nos acercamos a una gran superficie de electrónica y le pregunté a un empleado cámara en mano si tenían algún destornillador para abrirla y limpiarla. La cara de espanto fue un poema. Abrió los ojos cual muñeco japonés y solo me sabía decir “no, no, broken, broken” mientras negaba con la cabeza. Creo que lo que quería decir es que si desmontábamos la cámara se rompería, pero vete a saber.

Tuvimos que valorar otras opciones, y al final acabamos en el Don Quixote, una tienda que tiene de todo (DE TODO) y compramos un juego de destornilladores. Ya en el hotel, pasamos por la segunda operación a lente abierta.

Y así aguantamos 2015 y 2016, llevando en cada viaje el juego de destornilladores por si volvía a pasarnos. Hubo que abrirla una tercera vez, de hecho.

Por tanto, parecía evidente que había que cambiar de cámara, porque poca solución tenía. La duda era, ¿y ahora qué cámara buscamos? Porque claro, esta Lumix vino a sustituir a la DMC-LZ2 que teníamos antes y que también nos había durado otros 6 años. Miramos los modelos siguientes a la nuestra para ver cuál se adaptaba mejor en relación necesidades-calidad-precio y descubrimos que ya no tenían GPS. Y es que es algo que diferenciaba nuestra Lumix DMC-ZS7/TZ10  de la mayoría de cámaras del mercado.

No es algo imprescindible para hacer fotos, claro, pero resulta de utilidad cuando echas la vista atrás y consultas el archivo. Cada foto aparece en el mapa en su localización (al menos allí donde geolocalizó el GPS).

Así que, había que abrir la búsqueda y valorar otras opciones. Pero, ¿por dónde empezar? ¿En qué punto nos encontramos? ¿Qué necesitamos? Cuando compramos la TZ10 no viajábamos tanto, pero ahora, la situación había cambiado y quizá habría que plantearse ir un poco más allá. Dejar atrás las compactas y pasar al siguiente segmento. Pero, si en compactas el GPS había desaparecido, en las cámaras más “profesionales” tampoco es que hiciera acto de presencia. Sobre todo porque suele consumir bastante batería.

Estuvimos comparando las bridge, las mirrorless y las reflex y surgieron las dudas de marcas, características, dimensiones, peso… El inconveniente de las bridge es su peso. Al final tienes el cuerpo de una reflex con un objetivo voluminoso, pero que no se puede cambiar. Por lo que quedaban descartadas.

Las mirrorless por su lado están a medio camino de las compactas y de las reflex con un cuerpo cercano a las primeras y unos objetivos desmontables como las segundas. Aunque no todas las marcas tienen tanta variedad de lentes para este segmento como para las reflex. Otro inconveniente es que al tirar más de la pantalla digital, gastan más batería.

Al menos dentro de la gama media-baja, pues si nos vamos ya a la más alta de la gama podemos tener una buena cámara con un cuerpo no tan fino, pero más manejable que una reflex y objetivos intercambiables con estas (dentro de la misma marca). Pero claro, es otro tipo de presupuesto y más teniendo en cuenta nuestro desconocimiento hacia la fotografía.

Así, aunque no era mala opción, a mí no me terminaba de convencer porque las de un precio más asequible parecían muy alejadas de nuestra intención. Además, no vimos ninguna con GPS.

Con lo que volvíamos a las reflex, pero con el runrún del peso y espacio, ya que o la llevas al cuello, o bien una bolsa/mochila. Y súmale el objetivo, que cuanto más grande sea, mayor el peso y sus dimensiones. Aún así, cuando parecíamos decidirnos por un modelo u otro… Tampoco tenía GPS. Hasta que descubrí la Nikon D5300. La dejamos fichada y el tema se quedó aparcado. Sin embargo, pocas semanas después vimos una oferta de LA cámara a un precio que se ajustaba a nuestro presupuesto y decidimos movernos rápido.

La Nikon D5300 cuenta con un sensor CMOS APS-C (23.5 x 15.6 mm) de 24.2 megapíxeles reales. Lo bueno es que esto permite una resolución de 6000×4000 píxeles . Lo malo, es que hace unas fotos que pesan mucho y por tanto será necesaria una tarjeta con una buena capacidad y buena velocidad de escritura. En nuestro caso nos hicimos con un par de tarjetas de 64Gb SDXC Clase 10 UHS-3 (este último número indica que la velocidad mínima de escritura son 30 MB/s). También exigirá un ordenador con cierta potencia para el posterior procesado.

De todas formas, el sensor no lo es todo, ya que la calidad de la imagen dependerá en gran medida del objetivo. El que viene en el kit es uno muy básico que de momento viene bien a nivel principiante, pero entiendo que más adelante lo tendremos que sustituir si queremos aprovechar al máximo las funcionalidades de la cámara. Aún así, esta pérdida de calidad se apreciará en revelados de gran formato tipo cuadros o lienzos, pero no tanto en una fotografía de 10×15 o 13×18. Así que puede esperar.

La D5300 trae una pantalla LCD de 3.2” completamente articulada y giratoria. Se puede llevar extendida o plegada. Desde ella se puede acceder al menú y configurar los diferentes ajustes, además de poder revisar las fotografías o tomarlas en directo con el Live View. El hecho de que se pueda girar permite controlar los parámetros desde el otro lado de la pantalla, bien para un selfie, instantáneas con ángulo raro o para vídeos. Eso sí, la pantalla no es táctil, aunque para nosotros no era relevante.

Sí lo era que llevara GPS, como comentaba al principio. Esta es la primera cámara de la marca que lo lleva incorporado de serie. También tiene integrado el WiFi, gracias al que se puede acceder al menú y disparar de forma remota. Además, Nikon cuenta con la aplicación Wireless Mobile Utility que conecta el móvil o tableta (con Android 5.0 o posterior) con la cámara y permite tanto tomar fotos como descargarlas en los dispositivos y compartirlas vía correo electrónico o redes sociales. Eso sí, solo vale para imágenes, no para grabar vídeo. Aunque sí permite descargarlos (que no reproducirlos). Esta funcionalidad es útil para disparos con trípode, de forma que no hace falta fijar un temporizador o tener un mando que active el disparo. También para fotos nocturnas en las que no queremos añadir movimiento al presionar el propio botón de la cámara.

El procesador es un Expeed 4 que permite hasta 5 fotografías por segundo y una buena calidad de vídeo en Full HD 1920×1080 a 60p manteniendo el autofocus durante toda la grabación.

Nuestra cámara tiene un enfoque automático AF con 39 puntos, 9 de ellos en forma de cruz situados en la zona central, una sensibilidad ISO mínima de 100 y máxima de 25.600 en modo boost (H2) lo que hace que se pueda trabajar bien con escasa iluminación. Por su parte, la velocidad mínima de obturación es 1/4000.

Trae incluidos los modos Time Lapse y HDR. El primer modo sirve para realizar vídeos uniendo una serie de fotografías tomadas con un cierto tiempo de separación entre una y otra. El modo HDR toma tres instantáneas de la misma manera aunque con diferente exposición (sin exposición, sobreexpuesta y una mezcla de ambas) para al final unirlas y conseguir una única imagen.

Si se quiere grabar vídeo, la cámara trae incorporado micrófono estéreo, pero además cuenta con un conector para uno externo.

Pero ninguna de todas las características expuestas serían de utilidad si la D5300 no contara con una batería apropiada. Según Nikon, su batería permite hacer 600 disparos. Eso sí, todo depende de lo que se abuse del GPS o del WiFi. En cualquier caso, nunca está de más llevar una de repuesto. Es básico.

Uno de los peros que le poníamos a las reflex era su peso y tamaño. La compacta te la guardas en un bolsillo y no molesta, pero con este cambio ya estamos hablando de otras dimensiones. Sin embargo, pesa menos de medio kilo y mide 125 x 98 x 76 mm. No es precisamente pequeña, claro, pero comparada con otras cámaras del mercado de la misma gama, desde luego es un punto a su favor.

De momento aún nos estamos haciendo a ella, y nos queda mucho camino por recorrer y muchas prestaciones por conocer. La Nikon D5300 es una cámara de gama media bastante completa pensada para un fotógrafo principiante pero que desea seguir creciendo sin tener que cambiar de cuerpo cada poco tiempo. Justo lo que andaba buscando.

Conclusiones de nuestra escapada a Suiza y Liechtenstein

Acabamos en Suiza de rebote, sin buscarlo como destino, simplemente dejándonos llevar por la fecha y ajustado a nuestra economía. Sin embargo, no se puede decir que erráramos en nuestra decisión, ya que tanto Basilea como Zúrich son dos ciudades que tienen mucho que ofrecer.

Suiza es un país caro y donde se mueve mucho dinero. La mayoría de su oferta turística está enfocada a un público bastante concreto y selecto. Por tanto, destacan los deportes de invierno y de montaña así como las actividades culturales. Nosotros teníamos un presupuesto más ajustado, así que nos centramos en el recorrido urbano.

Habíamos planificado una tarde y una mañana en Basilea, una ciudad pequeña que se puede recorrer cómodamente a pie. Aunque, gracias al Mobility Ticket es apta hasta para los menos acostumbrados a andar, ya que permite usar el transporte público de la ciudad durante el tiempo que vayamos a estar alojados.

Lamentablemente, debido a una incidencia en el vuelo, llegamos ya de noche a Basilea y tan solo nos quedó una mañana para ver todo lo que teníamos planeado. Si no hubiéramos tenido el billete de tren ya sacado quizá podríamos haber ajustado de otra forma y haber llegado más tarde a Zúrich, quizá directamente a la hora de la cena.

No obstante, lo solventamos madrugando y aún así fuimos paseando tranquilamente, sin ir a la carrera. Aunque quizá es porque también estamos acostumbrados, ya que en nuestros viajes raro es el día que bajamos de los 20 kilómetros recorridos.

Basilea queda dividida en dos partes. Por un lado Grossbasel, donde se encuentran los monumentos más importantes de la ciudad. Destaca entre todos la catedral, de la época románica tardía y gótica, en tonos rojizos, así como su Ayuntamiento medieval de piedra arenisca, también roja, emplazado en la Marktplatz. Es impresionante e increíblemente recargado.

Callejear por el casco antiguo supone encontrar coloridos edificios históricos intercalados entre algunos más modernos. Pero sobre todo los que le dan color son aquellos con las contraventanas de madera de diferentes gamas cromáticas.

 

En el lado opuesto se encuentra Kleinbasel, que ofrece unas estupendas vistas de Grossbasel desde su Oberer Rheinweg, un paseo que transcurre paralelo al Rin. Permite observar la catedral desde la distancia, sobresaliendo sus dos torres sobre el perfil de la ciudad.

Durante muchos siglos el único puente que unía ambas orillas era el Mittlere Brücke, de madera hasta que en 1903 se reconstruyó en piedra. Pero no solo era el único puente que conectaba Basilea, sino que era el único por el que se podía cruzar entre el lago de Constanza y el mar. Gracias a él la ciudad ganó en importancia.

Me sorprendió el contraste de la noche a la mañana. A pesar de ser un sábado a las 9 de la noche, nos encontramos con una ciudad en la que apenas había gente en la calle. Tan solo en un par de plazas. Por el día, como madrugamos, tampoco había mucho movimiento hasta quizá ya mediodía. Por un lado nos permitió caminar con calma, pudiendo observar todo a nuestro ritmo. Por otro, daba una sensación de irrealidad al verla tan vacía.

Zúrich por el contrario es una ciudad con más actividad. No en vano es la ciudad más importante del país. Aún así, su casco histórico está concentrado. Y muy bien preservado.

En Zúrich no teníamos tarjeta de transporte, pero como digo, el centro queda bastante recogido, por lo que se puede caminar tranquilamente. No obstante, la ciudad cuenta con una extensa red de tranvías. Tal y como recoge el New York Times en este artículo, en Zúrich tienen prioridad los peatones. Pero no solo eso, sino que se le hace la vida imposible a los conductores. Las medidas disuasorias son semáforos cada pocos metros que además duran poquísimo en verde (los conductores de tranvía pueden además cambiarlos a su favor para obligar a los demás vehículos a parar), se ha restringido el acceso de vehículos privados, apenas hay aparcamiento (en 1996 se congeló el número de plazas) y los límites de velocidad son muy bajos. Con este panorama no es de extrañar que se respirara tanta tranquilidad por las calles.

Pero, frente a esta desesperación de los conductores, el ciudadano tiene a su alcance 170 kilómetros de red de tranvía, además de autobuses, trenes y barcos.

En este caso habíamos estructurado la visita en 4 partes. Un primer paseo recorriendo la Banhofstrasse y las calles paralelas hasta el margen del río Limmat. En esta zona abundan las callejuelas de edificios singulares, balcones coloridos y banderas por todos lados.

Y hoy en Fun with Flags, una curiosidad sobre la bandera suiza: es cuadrada y no rectangular, como suele ser habitual. Tan solo comparte esta singularidad la del Vaticano.

Próxima se encuentra la colina Lindenhof, un oasis de paz y ocio desde la que observar los tejados del casco antiguo e incluso de los Alpes.

Sin duda, mi lugar favorito fue la Münsterhof, una plaza muy colorida con históricas casas gremiales y sillas en las que sentarse a disfrutar de un día soleado. Una idea que comparten con los parisinos, como ya observamos en diferentes jardines.

Una segunda ruta en la parte más cercana al lago, donde se encuentra el Ayuntamiento, la Ópera, la Waserkirche y la Fraumünster.

La tercera zona sería la zona de las universidades, sobre una colina a la que se puede acceder con el histórico Polybahn.

Es la zona que menos me gustó, no tiene el encanto del casco histórico, aunque al estar a mayor altura, también se puede ver la ciudad desde arriba.

Y, finalmente, un recorrido en barco por el lago. El camino circular muestra otra cara de la ciudad pasando por pequeñas aldeas que se asoman al agua.

Nos perdimos los murales de Giacometti y alguna calle o monumento, ya que aunque contábamos con más tiempo que en Basilea, Zúrich es una ciudad grande. Aún así pudimos conocer la ciudad a pie, callejeando; sobre raíles, en el Polybahn; por agua con el recorrido en barco, que además nos salió gratis; y desde las alturas, pues subimos a la catedral, que ofrece unas vistas 360º de la ciudad. Como extra nos dejamos tiempo hasta para probar una sala de escape.

Y ya que estábamos en Suiza y tan cerca de la frontera, no podíamos dejar la oportunidad de acercarnos a la capital de Liechtenstein y sumar otro país más a la lista (el 29 en mi caso).

Esta excursión fue más un capricho que necesidad, ya que hay que tomar un tren y un bus para llegar y tardamos más en el recorrido que en visitar Vaduz en sí. Y es que además de que la ciudad (o pueblo) es pequeña, apenas tiene una calle principal, varios museos (entre ellos el filatélico), y un castillo que no se puede visitar porque es la residencia de los Príncipes. Encima el tiempo no acompañó mucho y tuvimos lluvia intermitente prácticamente todo el día.

Sin el viaje al país vecino, habríamos estado dos días en Basilea y dos en Zúrich. O quizá restar medio día de cada ciudad para habernos acercado a Lucerna, uno de los destinos más visitados del país.

Pero tampoco es gran problema, volar a Europa hoy en día es más fácil que nunca con la gran variedad de compañías aéreas que hay. Y, como hemos podido comprobar, Suiza tiene unas buenas conexiones ferroviarias con trenes muy cómodos y modernos.

Sí, no es un país barato, pero si se compran con tiempo, los billetes están al 50% a determinados horarios en la web.

Ese ha sido uno de los trucos a los que hemos recurrido para ahorrar. Otro fue la comida. Dado que estábamos en un apartamento, aprovechamos para desayunar y cenar en él. Encontramos un supermercado que abría 24 horas y enfrente de nuestro alojamiento teníamos un ultramarinos que tampoco cerraba. Además, en el bajo de nuestro edificio había dos restaurantes indios. Para beber, compramos varias marcas de cervezas locales. Así que un poco de aquí, un poco de allá, y listo.

Para comer tanto domingo como lunes lo hicimos en el tren, así que lo solucionamos con unos bocadillos. El día de vuelta comimos en la sala del aeropuerto directamente.

En cuanto a la hidratación, no hace falta dejarse un dineral en botellas de agua. No he visto un país con tantas fuentes como Suiza. Desde históricas, a funcionales, pasando por las decorativas. No eran días de mucho calor, pero era verlas y tener sed. Además, el agua estaba bien fresquita.

Así pues, este fue el resumen de nuestros gastos (por persona):

Vuelos Madrid – Basilea y Zúrich – Madrid: 182.05€

– Alojamiento Basilea: 25.75€

– Tren Basilea – Zúrich: 16.23€


– Alojamiento Zúrich: 59.63€

– Tren Zúrich – Sargans y Sargans Zúrich: 31.62€

– Efectivo (comida, pase del día para el bus de Vaduz, subida a la catedral de Zúrich, algún recuerdo y tren al aeropuerto): 80€.

Total= 213.29€

Al final el viaje no nos salió mal. Aunque todavía estamos pendientes de que nos paguen la indemnización por el retraso del vuelo de ida, lo cual supondría que el balance económico sería aún mejor.

Tuvimos suerte con el clima. Salvo un día, el resto estuvieron despejados y con una temperatura agradable. Al tratarse de principios de mayo, no sabíamos qué esperar, pues Suiza es un país muy montañoso y sus condiciones meteorológicas son variadas y cambiantes según el viento se quede en los valles o se mueva hacia las zonas más mesetarias.

Suiza tiene fama de paisajes montañosos espectaculares, enormes lagos y encantadoras ciudades medievales. Y lo cierto es que tras visitar Basilea y Zúrich podemos afirmar que cumple lo que promete. Sin duda la combinación de estas dos ciudades fue una buena decisión para una escapada de cuatro días.