Conclusiones de nuestra escapada a Suiza y Liechtenstein

Acabamos en Suiza de rebote, sin buscarlo como destino, simplemente dejándonos llevar por la fecha y ajustado a nuestra economía. Sin embargo, no se puede decir que erráramos en nuestra decisión, ya que tanto Basilea como Zúrich son dos ciudades que tienen mucho que ofrecer.

Suiza es un país caro y donde se mueve mucho dinero. La mayoría de su oferta turística está enfocada a un público bastante concreto y selecto. Por tanto, destacan los deportes de invierno y de montaña así como las actividades culturales. Nosotros teníamos un presupuesto más ajustado, así que nos centramos en el recorrido urbano.

Habíamos planificado una tarde y una mañana en Basilea, una ciudad pequeña que se puede recorrer cómodamente a pie. Aunque, gracias al Mobility Ticket es apta hasta para los menos acostumbrados a andar, ya que permite usar el transporte público de la ciudad durante el tiempo que vayamos a estar alojados.

Lamentablemente, debido a una incidencia en el vuelo, llegamos ya de noche a Basilea y tan solo nos quedó una mañana para ver todo lo que teníamos planeado. Si no hubiéramos tenido el billete de tren ya sacado quizá podríamos haber ajustado de otra forma y haber llegado más tarde a Zúrich, quizá directamente a la hora de la cena.

No obstante, lo solventamos madrugando y aún así fuimos paseando tranquilamente, sin ir a la carrera. Aunque quizá es porque también estamos acostumbrados, ya que en nuestros viajes raro es el día que bajamos de los 20 kilómetros recorridos.

Basilea queda dividida en dos partes. Por un lado Grossbasel, donde se encuentran los monumentos más importantes de la ciudad. Destaca entre todos la catedral, de la época románica tardía y gótica, en tonos rojizos, así como su Ayuntamiento medieval de piedra arenisca, también roja, emplazado en la Marktplatz. Es impresionante e increíblemente recargado.

Callejear por el casco antiguo supone encontrar coloridos edificios históricos intercalados entre algunos más modernos. Pero sobre todo los que le dan color son aquellos con las contraventanas de madera de diferentes gamas cromáticas.

 

En el lado opuesto se encuentra Kleinbasel, que ofrece unas estupendas vistas de Grossbasel desde su Oberer Rheinweg, un paseo que transcurre paralelo al Rin. Permite observar la catedral desde la distancia, sobresaliendo sus dos torres sobre el perfil de la ciudad.

Durante muchos siglos el único puente que unía ambas orillas era el Mittlere Brücke, de madera hasta que en 1903 se reconstruyó en piedra. Pero no solo era el único puente que conectaba Basilea, sino que era el único por el que se podía cruzar entre el lago de Constanza y el mar. Gracias a él la ciudad ganó en importancia.

Me sorprendió el contraste de la noche a la mañana. A pesar de ser un sábado a las 9 de la noche, nos encontramos con una ciudad en la que apenas había gente en la calle. Tan solo en un par de plazas. Por el día, como madrugamos, tampoco había mucho movimiento hasta quizá ya mediodía. Por un lado nos permitió caminar con calma, pudiendo observar todo a nuestro ritmo. Por otro, daba una sensación de irrealidad al verla tan vacía.

Zúrich por el contrario es una ciudad con más actividad. No en vano es la ciudad más importante del país. Aún así, su casco histórico está concentrado. Y muy bien preservado.

En Zúrich no teníamos tarjeta de transporte, pero como digo, el centro queda bastante recogido, por lo que se puede caminar tranquilamente. No obstante, la ciudad cuenta con una extensa red de tranvías. Tal y como recoge el New York Times en este artículo, en Zúrich tienen prioridad los peatones. Pero no solo eso, sino que se le hace la vida imposible a los conductores. Las medidas disuasorias son semáforos cada pocos metros que además duran poquísimo en verde (los conductores de tranvía pueden además cambiarlos a su favor para obligar a los demás vehículos a parar), se ha restringido el acceso de vehículos privados, apenas hay aparcamiento (en 1996 se congeló el número de plazas) y los límites de velocidad son muy bajos. Con este panorama no es de extrañar que se respirara tanta tranquilidad por las calles.

Pero, frente a esta desesperación de los conductores, el ciudadano tiene a su alcance 170 kilómetros de red de tranvía, además de autobuses, trenes y barcos.

En este caso habíamos estructurado la visita en 4 partes. Un primer paseo recorriendo la Banhofstrasse y las calles paralelas hasta el margen del río Limmat. En esta zona abundan las callejuelas de edificios singulares, balcones coloridos y banderas por todos lados.

Y hoy en Fun with Flags, una curiosidad sobre la bandera suiza: es cuadrada y no rectangular, como suele ser habitual. Tan solo comparte esta singularidad la del Vaticano.

Próxima se encuentra la colina Lindenhof, un oasis de paz y ocio desde la que observar los tejados del casco antiguo e incluso de los Alpes.

Sin duda, mi lugar favorito fue la Münsterhof, una plaza muy colorida con históricas casas gremiales y sillas en las que sentarse a disfrutar de un día soleado. Una idea que comparten con los parisinos, como ya observamos en diferentes jardines.

Una segunda ruta en la parte más cercana al lago, donde se encuentra el Ayuntamiento, la Ópera, la Waserkirche y la Fraumünster.

La tercera zona sería la zona de las universidades, sobre una colina a la que se puede acceder con el histórico Polybahn.

Es la zona que menos me gustó, no tiene el encanto del casco histórico, aunque al estar a mayor altura, también se puede ver la ciudad desde arriba.

Y, finalmente, un recorrido en barco por el lago. El camino circular muestra otra cara de la ciudad pasando por pequeñas aldeas que se asoman al agua.

Nos perdimos los murales de Giacometti y alguna calle o monumento, ya que aunque contábamos con más tiempo que en Basilea, Zúrich es una ciudad grande. Aún así pudimos conocer la ciudad a pie, callejeando; sobre raíles, en el Polybahn; por agua con el recorrido en barco, que además nos salió gratis; y desde las alturas, pues subimos a la catedral, que ofrece unas vistas 360º de la ciudad. Como extra nos dejamos tiempo hasta para probar una sala de escape.

Y ya que estábamos en Suiza y tan cerca de la frontera, no podíamos dejar la oportunidad de acercarnos a la capital de Liechtenstein y sumar otro país más a la lista (el 29 en mi caso).

Esta excursión fue más un capricho que necesidad, ya que hay que tomar un tren y un bus para llegar y tardamos más en el recorrido que en visitar Vaduz en sí. Y es que además de que la ciudad (o pueblo) es pequeña, apenas tiene una calle principal, varios museos (entre ellos el filatélico), y un castillo que no se puede visitar porque es la residencia de los Príncipes. Encima el tiempo no acompañó mucho y tuvimos lluvia intermitente prácticamente todo el día.

Sin el viaje al país vecino, habríamos estado dos días en Basilea y dos en Zúrich. O quizá restar medio día de cada ciudad para habernos acercado a Lucerna, uno de los destinos más visitados del país.

Pero tampoco es gran problema, volar a Europa hoy en día es más fácil que nunca con la gran variedad de compañías aéreas que hay. Y, como hemos podido comprobar, Suiza tiene unas buenas conexiones ferroviarias con trenes muy cómodos y modernos.

Sí, no es un país barato, pero si se compran con tiempo, los billetes están al 50% a determinados horarios en la web.

Ese ha sido uno de los trucos a los que hemos recurrido para ahorrar. Otro fue la comida. Dado que estábamos en un apartamento, aprovechamos para desayunar y cenar en él. Encontramos un supermercado que abría 24 horas y enfrente de nuestro alojamiento teníamos un ultramarinos que tampoco cerraba. Además, en el bajo de nuestro edificio había dos restaurantes indios. Para beber, compramos varias marcas de cervezas locales. Así que un poco de aquí, un poco de allá, y listo.

Para comer tanto domingo como lunes lo hicimos en el tren, así que lo solucionamos con unos bocadillos. El día de vuelta comimos en la sala del aeropuerto directamente.

En cuanto a la hidratación, no hace falta dejarse un dineral en botellas de agua. No he visto un país con tantas fuentes como Suiza. Desde históricas, a funcionales, pasando por las decorativas. No eran días de mucho calor, pero era verlas y tener sed. Además, el agua estaba bien fresquita.

Así pues, este fue el resumen de nuestros gastos (por persona):

Vuelos Madrid – Basilea y Zúrich – Madrid: 182.05€

– Alojamiento Basilea: 25.75€

– Tren Basilea – Zúrich: 16.23€


– Alojamiento Zúrich: 59.63€

– Tren Zúrich – Sargans y Sargans Zúrich: 31.62€

– Efectivo (comida, pase del día para el bus de Vaduz, subida a la catedral de Zúrich, algún recuerdo y tren al aeropuerto): 80€.

Total= 213.29€

Al final el viaje no nos salió mal. Aunque todavía estamos pendientes de que nos paguen la indemnización por el retraso del vuelo de ida, lo cual supondría que el balance económico sería aún mejor.

Tuvimos suerte con el clima. Salvo un día, el resto estuvieron despejados y con una temperatura agradable. Al tratarse de principios de mayo, no sabíamos qué esperar, pues Suiza es un país muy montañoso y sus condiciones meteorológicas son variadas y cambiantes según el viento se quede en los valles o se mueva hacia las zonas más mesetarias.

Suiza tiene fama de paisajes montañosos espectaculares, enormes lagos y encantadoras ciudades medievales. Y lo cierto es que tras visitar Basilea y Zúrich podemos afirmar que cumple lo que promete. Sin duda la combinación de estas dos ciudades fue una buena decisión para una escapada de cuatro días.

2 comentarios en “Conclusiones de nuestra escapada a Suiza y Liechtenstein

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