Razones para viajar

En unos días salgo de viaje. Y ya iba tocando, pues han pasado casi seis meses desde que volvimos del último (ya llegará el momento de los posts correspondientes). Después de casi medio año es hora de que mi cerebro desconecte, de ver sitios nuevos, de vivir experiencias y crear anécdotas.

Y no es que no quiera revelar aún el destino (que también), es que realmente no es lo importante. Lo relevante es todo lo que me aporta viajar, lo que hace que cuando vuelvo de un viaje ya esté pensando en el próximo. No, corrijo: lo que hace que antes de salir por la puerta de casa ya tenga el siguiente preparado. Porque sí, para mí un viaje comienza mucho antes de la fecha en que estoy fuera. Soy de las que vivo la inmersión desde que hago la primera reserva. Barajo opciones, leo mucho, comparo información, creo mil rutas, busco trucos y consejos… No me gusta viajar como las maletas, que diría mi madre.

Viajar influye en muchos aspectos de mi vida:

Viajar es salud, pues la desconexión evita que aparezca el estrés.

Viajar es libertad. Sí, incluso con mi manía de llevarlo todo controlado, cuando recorro mundo tengo sensación de libertad, de no tener obligaciones, de que cada día es único y que lo único que importa es el presente, el lugar en el que estoy, el empaparme al máximo de todo lo que tiene para ofrecer.

Viajar es inspiración. Y es que al estar relajada, con esa sensación de libertad, la mente fluye, se llena de influjos, refresca la percepción y nos devuelve esa mirada curiosa que teníamos en nuestra infancia. La imaginación se desata y se adquiere otra perspectiva de la vida.

Viajar es aprendizaje. Pero no solo de geografía, de geopolítica, de historia o de idiomas, sino también de una misma. Conozco mis virtudes y fortalezas.

Viajar es equivocarse. Y rectificar. Y madurar. Porque no todo es bueno, también tengo mis debilidades, y aparecen en momentos de frustración en los que las cosas no salen como esperaba. Ahí exploro nuevas facetas de mi vida, mis defectos y los detalles en los que tengo que trabajar. Así que aprendo de los errores, de mis contradicciones, de mis manías… Aunque mejorar en algunos aspectos me lleve más tiempo que en otros. Todo tiene su proceso, y a veces hay que tropezar más de una vez en la misma piedra. Nunca se deja de aprender. En todos los sentidos.

Viajar es reflexionar. Me permite revisar mis prioridades y creencias. Conocer otras culturas y la distancia de casa me hacen reflexionar sobre mi propia ideosincrasia. Somos individuos en una sociedad y por tanto esta va permeabilizando en nosotros (para bien o para mal). No descubrimos hasta que viajamos la magnitud de la infinidad de culturas y de tradiciones que existen. Eso sí, ya depende de cada uno asumir estas nuevas realidades y dejar de pensar que es el centro del universo.

Viajar es educativo. Sería un error asumir que viajar nos hace mejor personas por ósmosis. Uno no se vuelve más culto, inteligente, tolerante o interesante, ni se cura de prejuicios simplemente por haber visto mundo, sino que hace falta un ejercicio de reflexión y olvidarse de los estereotipos. Para ello hay que respetar el lugar que visitamos, así como la gente y sus costumbres. La mejor forma es intentar comportarse como un local y no esperar que se adapten a las necesidades de uno que está por allí de paso (ya sea exigiendo horarios de comidas o que hablen nuestro idioma).

Viajar es una cura de humildad. Sirve para descubrir que nos queda mucho por mejorar como sociedad. Un claro ejemplo es cuando ves que en otros países no tienen tornos en el transporte público o que hay puestos de venta con el producto y una caja para depositar el dinero porque confían en que la gente hará lo correcto. O que existen las cortinas en las ventanas porque no tienen nada que ocultar y dan por hecho que nadie va a cotillear en sus vidas.

Viajar da perspectiva. Porque no toda la información que nos llega por los medios de comunicación se corresponde con la realidad, de hecho, lo más probable es que nos llegue manipulada. Así que el visitar diferentes lugares nos hace mirar con otros ojos y tener la información de primera mano dejando de lado los prejuicios.

Viajar mejora las relaciones. No solo me hace crecer como persona, sino que fortalece las relaciones con mis compañeros de viaje. Se requiere una buena comunicación y compenetración entre todos los integrantes. Si ya es duro luchar contra los propios desafíos personales, más lo es aún cuando tienes que pedir perdón o asumir que estabas equivocada.

Además, viajar con más gente supone en tener que confiar en los demás, en sus habilidades y fortalezas. Es un toma y daca a la hora de repartir responsabilidades, tareas o decisiones.

Viajar acerca al minimalismo. A mí me ha servido para darle menos importancia a lo material. Fue de lo primero que aprendí, ya que enseguida me di cuenta de que tenía que establecer prioridades a la hora de hacer el equipaje, dejar fuera lo supérfluo, los “porsiacasos” y llevarme solamente lo necesario. A partir de ahí, la perspectiva cambia.

La siguiente vez que fui a comprar ropa, me centré en sustituir y no en comprar por comprar, por modas. Mi armario es cada vez más básico con ropa versátil. Lo mismo con el calzado, tiene un propósito (deportivas, botas de senderismo, botas de agua, calzado para diario…), no sigo tendencias. No quiere decir que haya renunciado a tener pertenencias, pero sí a las compras compulsivas o a las necesidades que nos ha creado el marketing. Aprendí a valorar más las experiencias y menos las cosas.

Así que, me sobran razones para viajar. Y ganas, claro. Soy de las que en cada día de fiesta o puente ve una oportunidad. Se me van los ojos al mapa mundi. Y no hace falta que sea lejos, lo importante es la desconexión y la experiencia. Da igual que sea un crucero, un Road Trip, un interrail, una excursión a la sierra o una visita a una ciudad cercana… Quiero seguir viajando.

Quiero seguir contando viajes. Porque sí, soy de las que cuentan los años por viajes. Por ejemplo, me acuerdo de la fecha de mi boda por el viaje a Japón. Pero también asocio fechas con viajes, por ejemplo San Patricio en Nueva York, Primavera en Japón, 1 de Mayo en Dachau…

Así que ¿Razones para viajar? Son muchas, pero al final se resumen en una: Por el simple placer de viajar. Lo demás viene después.

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