Recorriendo Vilna – De Gedimino Prospektas a la colina de las Tres Cruces

Comenzamos un nuevo día. Si bien el hotel era minimalista, en la reserva teníamos incluido el desayuno, y bastante completo, de hecho. Había surtido de comida caliente (revueltos, setas, huevos cocinados de diferentes formas, salchichas, bacon…), comida fría (ensaladas, embutido, quesos…) y algo de galletas y bollería. Por supuesto también había cafés, tés, leche, zumos y cacao.

Tras desayunar seguimos el mismo planteamiento que en Riga y dejamos las mochilas en la consigna del hotel para poder pasear tranquilamente por la capital lituana.

Vilna es la capital y ciudad más poblada de Lituania, situada a unos 30 kilómetros de la frontera con Bielorrusia en el sureste de Lituania, prácticamente en el centro del continente. Aunque las tres repúblicas exsoviéticas son consideradas muchas veces como parte de Europa del Este, lo cierto es que en 1989 el Instituto Nacional de Geografía Francés publicó que el centro geográfico de Europa se encuentra en el pueblo Purnuškės (54°54′ de latitud norte y 25°19′ de longitud este 54°54′N 25°19′E), a 26 km de Vilna.

La hoy capital lituana tiene sus orígenes en las invasiones bálticas, eslavas, germanas y judías. Recibió el estatus de ciudad en 1387 cuando apenas era un fuerte sobre la cima de la colina.

Se mantuvo fortificada entre 1503 y 1522 con nueve puertas y tres torres. En 1544 Segismundo II de Polonia estableció su corte en la ciudad y fomentó la prosperidad en la ciudad. Esta expansión siguió creciendo en los siglos posteriores bajo la pertenencia la República de las Dos Naciones. Gracias a este desarrollo, Vilna adquirió un auge cultural y Esteban I de Polonia y jesuitas españoles promovieron la fundación en 1579 de una de las universidades más prestigiosas del momento.

Vilna continuó su crecimiento y prosperaron las artesanías, el comercio y la ciencia. Dada su relevancia, llegaron comunidades de polacos, bielorrusos, judíos, rusos, alemanes y ucranianos contribuyendo a la vida multicultural de la ciudad. No obstante, el crecimiento se frenó en 1655 cuando los rusos conquistaron y saquearon Vilna. Esto provocó que mucha población huyese al campo.

Más tarde, en 1812, la ciudad sufriría la invasión de Napoleón cuando este avanzaba hasta Moscú. Y un siglo después serían los alemanes quienes la ocuparan hasta que Lituania proclamara su independencia en 1918. Sin embargo, no duraría mucho el autogobierno, ya que enseguida pasarían a controlarla los bolcheviques en una pugna constante con los polacos.

El siglo XX fue convulso. El 20 de julio de 1920 Vilna fue reconocida como la capital de la República de Lituania, sin embargo, en octubre el ejército polaco ocupó de nuevo la ciudad proclamando el estado Lituania Central. No obstante, las autoridades lituanas no reconocieron esta distribución territorial y surgió un conflicto que acabó con las relaciones entre Lituania y Polonia, quedando Vilna en esta última (bajo el nombre de Wilno) y Kaunas como nueva capital lituana.

Durante la época polaca, la ciudad recuperó su esplendor gracias a las inversiones de polacos y judíos. Se reabrió la universidad, se mejoraron las calles e infraestructuras y se construyeron nuevos edificios. En 1931 Wilno era la quinta ciudad más importante del país. Por contra, en Lituania, que se había centrado en la agricultura, la economía no había crecido de la misma manera.

En 1938 Vilna fue ocupada por el Ejército Rojo y entregada a Lituania, aunque en principio pensaban convertirla en la capital de la República Socialista Soviética de Bielorrusia. Poco a poco se volvieron a transferir competencias de Kaunas a Vilna, aunque no se llegó a completar porque la Unión Soviética la invadió y convirtió en la capital de la República Socialista Soviética de Lituania.

Los alemanes en 1941 fueron recibidos con esperanza en Lituania. La llegada de los nazis acabó con gitanos, polacos, rusos, vagabundos y sobre todo judíos. Vilna, que era conocida como la Jerusalén del norte por la extensa población judía, vio cómo fueron perseguidos y trasladados a dos guetos en el casco antiguo. En ambos acabaron asesinados. En uno de ellos en 1941, y en otro dos años más tarde tras una revuelta. Esta aniquilación contó con el apoyo de la mayoría de la población lituana, ya que veían a la comunidad judía como la culpable de la deriva económica del país.

En 1944 se restauró la República Socialista Soviética de Lituania tras la llegada del ejército Krajowa y el Ejército Rojo  y Vilna volvió a ser la capital. La población disminuyó aún más tras la II Guerra Mundial, pues el gobierno soviético repatrió a todos aquellos ciudadanos que tenían origen polaco.

El 11 de marzo de 1990 Lituania proclamó su independencia y desde entonces la ciudad se ha ido modernizando. Se han restaurado palacios, edificios, se han construido carreteras, ferrocarriles y aeropuertos. Aunque por casos de corrupción algunos proyectos se han quedado inacabados.

Vilna cuenta con el 15% de la población del país (el 35% del PIB de Lituania), lo que la convierte en el principal centro económico, administrativo, social y cultural de la nación. Sin embargo, el turismo no es un sector tan potente como en las otras dos repúblicas bálticas. Vilna no es tan conocida, quizá por ser más interior, o por no tener el encanto medieval de Tallín o la arquitectura Art Nouveau de Riga. Sin embargo, en su casco histórico, bien conservado y reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994, se pueden encontrar edificios históricos barrocos, góticos, neoclásicos, renacentistas o incluso neobizantinos.

Es una ciudad pequeña que se puede recorrer cómodamente a pie. Aunque hay algún barrio un poco más alejado, lo importante queda bastante concentrado. Podríamos dividir Vilna en tres: Casco antiguo, La República Independiente de Užupis y Barrio Judío.

Nosotros comenzamos la visita dirigiéndonos hacia la arteria principal. Teníamos un buen tramo hasta allí, pero el clima acompañaba, así que fuimos caminando. El barrio en que se encontraba el hotel era de corte soviético, y se veía claramente en sus edificios.

A medida que nos íbamos alejando, sin embargo, la arquitectura iba variando, aunque no por ello quiere decir que los edificios estuvieran bien conservados. De hecho, había que tener cuidado con las terrazas, pues muchas tenían unas redes debajo para evitar que los cascotes cayeran a los viandantes.

Íbamos camino al centro cuando nos desviamos para acercarnos a ver la Iglesia Ortodoxa de San Constantino y San Miguel (Šv. Konstantino ir Michailo cerkvė). No la teníamos en la ruta, pero nos sorprendieron sus cúpulas.

También se la conoce como la Iglesia Romanov, ya que fue construida en 1913 con motivo del 300 aniversario de esta dinastía. El interior estaba pintado en estilo ruso, sin embargo, no se conserva. Tiene 13 campanas provenientes de Moscú.

Tras bordearla, retomamos nuestro rumbo. Nuestra siguiente parada, un poco antes de llegar a la Gedimino Prospektas, fue el Museo de las víctimas del Genocidio. El edificio tiene en su parte inferior tallados los nombres de muchas de las víctimas.

En su perímetro encontramos una exposición de dibujos infantiles que representaban la patria, la paz y la guerra.

El museo está dedicado a los lituanos que fueron deportados, asesinados o encarcelados por los soviéticos desde la II Guerra Mundial hasta la década de los 60. Este museo se localiza en la antigua sede del KGB y la GESTAPO en la ciudad, lo que permite que el propio edificio sirva de exposición pudiendo visitar el sótano y sus celdas o la sala de ejecución.

Bordeando el museo salimos a la Gedimino Prospektas, una avenida de casi dos kilómetros que une la Iglesia ortodoxa de la Aparición de la Santísima Virgen con la Catedral. En su recorrido se pueden observar elegantes edificios históricos.

También se encuentra el Teatro Nacional de Lituania, en cuya fachada se erigen las Tres Musas.

Al final de la avenida llegamos a la Catedral.

Se levanta en el lugar en que se construyó una en 1251 cuando el rey Mindaugas se convirtió al cristianismo. Sin embargo, tan solo 10 años después la iglesia se convirtió en lugar de celebración de ritos paganos. Un siglo después, cuando Lituania aceptó la fe cristiana (siendo el último país europeo en hacerlo) se volvió a levantar una nueva catedral que se convirtió en emblema nacional. En la época soviética se usó como galería fotográfica, pero recuperó su uso religioso en 1989.

Destaca su exterior de color blanco y el campanario separado en una antigua torre de las murallas de la ciudad. De estilo neoclásico, recuerda a La Madeleine de París, aunque mucho menos impresionante que la de la capital francesa.

En el interior están expuestas diversas obras de arte y una copia del Santo Sudario de Turín. La catedral cuenta con capillas laterales, entre la que sobresale la de San Casimiro, el patrón del país. Por lo demás, el interior es muy sobrio. Recuerda en cierta medida a la de Helsinki, también con un exterior neoclásico y un interior blanco, aunque aquella tenía menos decoración aún.

Bordeando la catedral se llega al Palacio Real, reconstruido recientemente tras haber quedado destruido a finales del siglo XVIII por los rusos. En él se pueden visitar exposiciones sobre la historia del país desde el siglo XII hasta la II Guerra Mundial. En su entrada se pueden divisar también los restos de unas ruinas.

Frente a él se encuentra la estatua ecuestre del ya mencionado Mindaugas, el único rey que ha tenido Lituania.

Detrás, se ve en lo alto de la colina la Torre Gediminas y hacia ella nos dirigimos.

En teoría se puede subir en funicular y por dos caminos: uno de ellos más empinado y corto, y otro que bordea más y por tanto es más largo. Sin embargo, solo tuvimos la última opción, ya que el funicular parecía estar cerrado y el camino corto estaba cortado por obras. Parece que estaban reacondicionando la falda de la colina. Aún así, la subida es cómoda y se hace en apenas 10 minutos atravesando un parque y siguiendo el margen del río.

La torre es lo único que se conserva del antiguo castillo del siglo XIII y es un icono de la ciudad y del país. Esperaba unas vistas espectaculares de Vilna, sin embargo, desde las alturas no parecía llamar mucho la atención. No destacaba ningún edificio en particular. Siempre hay una iglesia, una catedral, la plaza del ayuntamiento… pero en este caso la capital lituana no parecía ofrecer gran cosa. Me desilusionó un poco, la verdad. Acabábamos de empezar a recorrerla y no me estaba cautivando.

También se puede entrar a la torre. Es museo y mirador a la vez. Pero ya que las vistas no nos habían llamado mucho la atención, no pensamos que fuera a haber mucha diferencia.

Así pues, continuamos con nuestro recorrido. De colina a colina. Emprendimos la bajada y cruzamos el canal hacia el Parque Kalnų, donde se alzan tres cruces.

Aquí la subida es algo más cansada porque hay un tramo de escaleras de madera, después la subida es por un camino a través del bosque (porque eso ya no es un simple parque). Afortunadamente corría algo de aire y la temperatura no era muy alta, con lo que el ascenso fue llevadero.

Antes de llegar a las tres cruces, encontramos las originales tiradas en el suelo, tal y como quedaron cuando el gobierno soviético las destruyó en 1950. Estas cruces se habían colocado en 1916 para honrar a tres monjes que habían sido crucificados en aquel lugar.

En 1989, se volvieron a colocar unas nuevas, las que vemos hoy en día, que son mucho más grandes. Se han convertido en un símbolo patriótico, aunque, como muchos monumentos y edificios en Vilna, tenía desconchones y daba la sensación de dejadez.

A sus pies se observa la ciudad, pero como nos pasó en la torre, Vilna no tiene una panorámica majestuosa. No es que sea fea, pero no impresiona especialmente.

Pero aún nos quedaba mucho por recorrer, quizá aún nos sorprendiera.

Serie Terminada: The Good Wife

Cuando vi el piloto de The Good Wife pensé que iba a ser una serie de abogados más, a lo Boston Legal o Ally MacBeal. Sin embargo, a pesar de tener un trasfondo legal, es mucho más que una serie episódica centrada en un bufete, tiene mucha más miga.

La historia comienza con un escándalo político y sexual. Peter Florrick, fiscal del condado, es condenado por corrupción a la vez que salen a la luz varios vídeos en los que mantiene relaciones sexuales con prostitutas. Alicia, su mujer, no le perdona las infidelidades, pero se comporta como una “buena esposa” y comparece junto a él en una rueda de prensa aguantando el tipo y dándole la mano. Esa mano es todo simbología para la serie.

Imposible de mantener el estilo de vida que llevaban antes de la encarcelación de Peter en su lujoso vecindario a las afueras, Alicia se muda e intenta retomar su profesión de abogada tras 13 años sin ejercer (desde que tuvo a su primer hijo) para así sacar adelante a su familia. Algo nada fácil, no solo por su falta de experiencia, sino porque su reputación va asociada a la de su marido y tendrá que superar no pocos escollos.

Así de primeras el piloto parecía interesante con la trama política de trasfondo y la historia de una mujer que tiene que comenzar desde cero dejando atrás una vida acomodada. Sin embargo, los pilotos a veces prometen mucho y luego se quedan en nada, así que faltaba por ver si The good Wife apuntaría alto o se quedaría en un quiero y no puedo. Pero no falló. Muy al contrario, se convirtió en una de las mejores ficciones de los últimos años combinando a la perfección el género legal y el político (que no están tan alejados, la verdad).

Sus guiones están bien construidos. En sus siete temporadas tocan prácticamente todos los temas. Se suceden un buen número de casos individuales y autoconclusivos, pero siempre suelen ir muy pegados a la actualidad. Por ejemplo podemos ver referencias a Bitcoin, a Occupy Wall Street, al espionaje de la NSA y a Snowden o Anonymus, a los límites de la propiedad intelectual, al uso de las redes sociales, al mundo de internet, de Google (aunque lo camuflen como Chumhum), al feminismo, al aborto, a la tenencia de armas… También se tratan los tejemanejes de las campañas electorales, así como los codazos y zancadillas que hay en el mundo de la política. Ríete tú de House of Cards.

También hay casos que duran más de un capítulo (bien contiguos, o bien apareciendo y desapareciendo como el Guadiana a lo largo de las temporadas), pero lo que realmente conforman las tandas de 22-24 episodios son las tramas de fondo: la carrera política de Peter Florrick, los problemas en el bufete, las relaciones familiares, los romances, las traiciones… Y todo está muy bien hilado, tanto la trama de la temporada como el caso semanal, aunque la temática no tenga nada que ver.

Y es que The Good Wife consigue encajar todas las piezas gracias a su ritmo. Destaca por sus diálogos ágiles, ácidos y cargados de sarcasmo e ironía. Pero aunque la dialéctica es importante (pues no hay que olvidar que es una serie de abogados y políticos y es en lo que se basan para la argumentación y los discursos), más relevantes son aún los silencios, las miradas, el lenguaje no verbal. La serie recurre mucho la sutileza. Quizá también porque se emitía en la CBS, pero el caso es que es un recurso que le sienta muy bien.

Sin embargo, los guiones no son todo. Para conseguir llegar a los 157 capítulos necesitas un buen elenco, y The Good Wife lo tiene. Julianna Margulies está inmensa como Alicia Florrick. Ha sabido interpretar todas las facetas de este personaje: madre, esposa, esposa de político, abogada, empleada, jefa, compañera, mujer, amante, hija, hermana, nuera…  Ha sabido sacar a la luz todas las Alicias: la dolida, la reflexiva, la enfadada, la inteligente, la fuerte, la triste, la seria, la enamorada, la agotada, la desencantada, la cómica, la manipuladora, la decidida… No hay que olvidar que aunque lo que da inicio a la serie es el escándalo de Peter, en realidad la historia que se nos cuenta es la de Alicia, el proceso en el que se encuentra a sí misma.

Acompañan a Margulies en la primera fila Christine Baranski en el papel de Diane Lockhart y Josh Charles como Will Gardner. Ellos son los dueños del bufete en el que Alicia consigue trabajo (Gardner y ella fueron pareja en sus años de universidad).  El personaje de Diane Lockhart parece estar hecho a medida de Baranski. Es una mujer con carácter, decidida, elegante y estilosa. Es demócrata y feminista y acepta los casos en base a sus principios. Contrasta con su socio, un abogado mucho más impulsivo y con menos escrúpulos. Juntos consiguen una armonía, no solo en el despacho, sino también como acompañantes de Alicia, a quien ayudan a crecer como persona y como profesional.

Pero en The Good Wife no solo son importantes los personajes principales, sino que también los secundarios tienen su papel. Así, no hay que olvidar a otros compañeros del bufete, como a la investigadora Kalinda Sharma, una mujer con grandes recursos y un pasado oculto; al joven Cary Agos que también pasa por su propia evolución desde el inicio de la serie como joven asociado; o David Lee, el cínico y sarcástico abogado matrimonialista que no da puntada sin hilo.

También son relevantes los hijos adolescentes, la madre del propio Peter o la madre y el hermano de Alicia. Aunque sin duda, para mí, hay dos secundarios que brillan con luz propia. La primera es Elsbeth Tascioni, una excéntrica abogada que a pesar de parecer un poco despistada, es muy inteligente. Su mente sigue otro proceso a la hora de argumentar y siempre que aparece en escena aporta frescura y comicidad. No trabaja en el mismo bufete que Alicia, pero se convierte en una gran aliada.

Mi otro favorito es Eli Gold , un personaje que llegó como jefe de campaña de Peter. Es decir, como secundario de un secundario. Sin embargo, poco a poco se hizo con su sitio y ganó más protagonismo que el propio candidato. No es de extrañar, ya que tiene mucho carisma y su posición entre el matrimonio Florrick da mucho juego. Representa a la perfección el mundo de la política, ya que es un tipo sin escrúpulos, manipulador y ambicioso, que sabe muy bien cómo hacer su trabajo y gestiona muy bien la información, los contactos y los tempos. La única persona que es capaz de hacerle frente es Alicia, que para algo es la protagonista.

Podría pasarme horas y horas hablando de los personajes, ya que The Good Wife es una serie coral en la que cada uno de ellos sirve como pieza de un engranaje. Y no solo los principales o secundarios, sino que es una ficción que cuenta con un gran número de invitados de renombre como Lisa Edelstein, Amanda Peet, Jennifer Carpenter, Matthew Perry o el mismísimo Michael J. Fox. Muchos llegan como “special guest star”, pero acaban repitiendo a lo largo de la serie.

En definitiva, The Good Wife me ha sorprendido gratamente. Me esperaba un drama más lineal, más sencillo, pero está muy bien tejido y tiene también su punto de comedia, sobre todo gracias al sarcasmo y al toque de determinados personajes. Además, no se enreda demasiado en los casos legales y sabe cuándo adelantar la trama y cuándo ha de detenerse en explicar los detalles. Y a pesar de que flojeó un poco en la cuarta temporada, en general ha mantenido un buen nivel y han sabido cerrarla de la forma adecuada y en el momento preciso.

El final generó controversia porque no está mascado, pero creo que es acertado. Hay que quedarse con el camino que ha recorrido Alicia, pasando de ser esa “buena esposa”, esa “santa Alicia”, a ser una mujer empoderada que se hace un hueco en el mundo de la abogacía y toma las riendas de su vida.

A camino entre Letonia y Lituania

Viajar de Riga a Vilna en tren no parecía factible, por lo que busqué otra alternativa que resultó ser el bus. La compañía LuxExpress une ambas capitales en apenas 4 horas y por 19€. Ofrece la posibilidad de sacar los tickets por internet, así que ya los llevábamos de casa.

En la página web parecía que el autocar era moderno y bien equipado, así que íbamos con altas expectativas. Antes de subir, entregamos nuestra mochila al conductor, que le puso una pegatina y nos dio un resguardo. Empezábamos bien.

Teníamos asientos de segunda fila por detrás del asiento del piloto y contábamos con mucho espacio, más que en el tren y muuuucho más que en un avión.

Los asientos estaban equipados con cinturón, bandeja, reposapiés y enchufes. Delante teníamos una tableta con contenido multimedia, juegos, música y un mapa que mostraba nuestra ruta.

El autocar tenía WiFi, que funcionaba perfectamente, baño y una zona con bebidas calientes y agua. Así que íbamos bien equipados para las cuatro horas que teníamos por delante.

Yo aproveché para copiar las fotos del día al ordenador, así pues, no iba prestando atención a la carretera, pero cuando guardé el ordenador, de repente vi cómo el conductor de nuestro autobús realizaba adelantamientos a otros vehículos pesados ocupando la calzada contraria incluso cuando venían coches en el otro sentido. El primer momento fue de “pero que viene uno de frente, ¿no lo ve?”, pero cuando este se apartó al arcén quitándose de nuestro camino como si nada, tuve una especie de dejà vú. ¡Esto ya lo había vivido en Bulgaria! ¿Tendrá algo que ver con el sistema de circulación soviético? ¿Conducirían así en la época comunista y se les ha quedado la costumbre?

Por lo demás, el trayecto fue tranquilo. Algo de lluvia en algunos tramos y cada vez más verde todo. Llegamos a nuestro destino a la hora estipulada, las 21:30, ya de noche, y como teníamos unos 15-20 minutos de paseo al hotel, aprovechamos para comprar la cena en una tienda de la estación.

De camino al hotel atravesamos una zona residencial con edificios claramente de la época soviética cuyos balcones amenazaban con desprenderse, grandes avenidas y poco tránsito.

El Corner Hotel es muy minimalista. Se ve que las zonas comunes están actualizadas, sin embargo, el edificio se ve que es antiguo nada más te adentras en los pasillos y en las habitaciones. Pero bueno, sabíamos a lo que íbamos. No encontré muchas opciones a la hora de la reserva y me pareció el mejor hotel en relación calidad, precio y ubicación. Además, tenía incluido el desayuno.

La habitación era bastante amplia, equipada con dos camas, un par de mesitas, un escritorio, una nevera, un armario y un banco. El baño era pequeño, pero justo para una noche.

Tras acomodarnos en la habitación y refrescarnos, nos sentamos a cenar mientras repasábamos la planificación del día siguiente en la capital de Lituania.

Tampoco sabíamos mucho del país antes del viaje, aparte de que son buenos en baloncesto, así que hubo que leer un poco sobre la más grande y poblada de las tres repúblicas bálticas. Además de tener frontera con Letonia, limita al sureste con Bielorrusia, al sur con Polonia, al suroeste con Kaliningrado y al oeste con el mar Báltico (tan solo 40km). Su capital y ciudad más poblada es Vilna y su principal puerto es Klaipėda.

El territorio que hoy ocupa Lituania tiene sus orígenes al siglo XIII, cuando era un ducado independiente (aunque ya hay referencias a Lituania como nación en los anales de un monasterio de 1009). Durante todo ese siglo fue invadida en diferentes ocasiones por los mongoles, hasta que fueron derrotados en 1377. Poco después, en 1385 Lituania se unió a Polonia, aunque esta alianza solo estuvo vigente hasta 1401. Sin embargo, siglo y medio más tarde, en 1569 se formó la República de las Dos Naciones o Mancomunidad de Polonia-Lituania, una unión en la que Lituania mantuvo su autogobierno.

En 1795 Lituania fue incorporada a Rusia y perteneció al Imperio Ruso hasta el comienzo de la I Guerra Mundial. No obstante, el pueblo lituano se alzó un par de veces en sendas revueltas en 1836 y 1863. Tras la última se prohibió toda transmisión del lituano (libros, prensa, educación…). Durante la I Guerra Mundial Lituania estuvo ocupada por Alemania. Finalmente consiguió su independencia en 1918, aunque no tuvo un período tranquilo, pues entró en guerra contra Polonia, que intentaba anexionarse su territorio. Al finalizar la guerra Lituania perdió el 20%, incluida Vilna, por lo que la capitalidad se trasladó a Kaunas.

En 1940 llegaron a Lituania las tropas de la URSS ocupando y anexionándose el país. Aunque permanecieron poco, pues un año después los nazis expulsaron al Ejército Rojo. Muchos lituanos vieron a los alemanes como sus libertadores y se unieron como combatientes de las SS y, tras la guerra, cuando en 1945 Lituania pasó a formar parte de la URSS, seguían existiendo diversos grupos fascistas que lucharon contra la soberanía soviética.

En 1988 surgió un movimiento que buscaba la independencia de Lituania, algo que finalmente llegó el 11 de marzo de 1990. Y reconocida por Moscú en 1991. Desde entonces, Lituania ha luchado por recomponer el país después de tantas contiendas bélicas a lo largo de los siglos. Ha hecho grandes reformas económicas y se ha esforzado en recuperar su cultura mediante la reconstrucción de bibliotecas, museos y otros edificios históricos.

Hoy en día parece haberse recuperado bastante bien y es el país con mayor renta per cápita de los países bálticos y de todos los que formaron parte de la URSS además de tener una baja deuda pública (casi nula). Cuenta además con una tasa de crecimiento de las más altas de Europa. Veríamos bastantes lexus y coches de lujo en nuestra corta estancia.

Su economía se basa en actividades agropecuarias, explotación forestal (como la madera para muebles de IKEA) y textil. Además, desde su entrada en la Unión Europea en 2004 (a la zona Euro en 2015) el turismo ha ido creciendo, igual que en su vecina Letonia. También con la entrada en la UE ha subido la industrialización y se ha hecho hincapié en campos como la biotecnología y el desarrollo de las tecnologías láser.

En el ámbito educativo Lituania está a la vanguardia pues el 93% de la población tiene bachillerato o estudios universitarios y habla al menos dos idiomas extranjeros. Además, sus estudiantes ocupan el primer lugar a nivel de la UE en Matemáticas, Tecnología y Ciencias.

Ya sabemos algo del pasado de este país balcánico. Conozcamos cuánto hay de su historia en la capital.

Recorriendo Riga IV – Barrio de Moscú y Mercado Central

Detrás de la Casa de los Cabezas Negras se encuentra la Iglesia de San Pedro (Rigas Sv Pētera baznīca), dedicada al patrón de la ciudad. Resulta curioso el reloj que solo marca las horas, pues solo tiene una manecilla.

Hay constancia de la existencia de esta gran iglesia ya en 1209, aunque la primera fue de madera y no de ladrillo (y algunos fragmentos de los muros se conservan). Tiene mezcla de tres estilos arquitectónicos: románico, gótico y barroco temprano, en función de la época en que se fue construyendo. Del siglo XV son el ábside semicircular y las cinco capillas. De finales del siglo XVII datan los tres pórticos. Pero sobre todo es gótica.

Tuvo que ser reconstruida en 1721 como consecuencia de un rayo y de nuevo en 1941 tras los bombardeos de la II Guerra Mundial. Una de las bombas destrozó su aguja de madera, que era la más alta de Europa. Hoy en día en su lugar se alza una réplica de acero de 122 metros, colocada en 1973 y que permite obtener unas magníficas vistas de la ciudad.

Íbamos a entrar, pero había un horario limitado. Al parecer había una boda, así que recorrimos su exterior mientras hacíamos tiempo. Y en la parte posterior encontramos una estatua de los músicos de Bremen (Brēmenes muzikanti), regalo de la ciudad alemana en 1990.

Riga y Bremen están hermanadas ya que Albrecht von Buxthoeven, el obispo que fundó la capital letona en 1201, era originario de la ciudad alemana.

Se dice que si se frota el hocico del burro y se pide un deseo, se cumplirá. Pero además, los letones tienen el dicho “tres es bueno, pero cuatro son mejor”, así que no es de extrañar que el resto de animales también tengan la marca. Aunque a los más altos no es tan fácil llegar, de ahí que el degradado sea menor.

Alrededor de la iglesia había varios puestos de ámbar y artesanía, y en la acera contraria un pasaje que lleva a la Plaza del Convento, que alberga tiendas, galerías y el Museo de la Porcelana.

Terminamos de rodear la iglesia y nos pusimos a la cola para entrar, pues aún faltaban unos minutos para poder subir. Una vez pagada la entrada, hay que subir un tramo de escaleras hasta el ascensor. Este está continuamente en movimiento: se llena, sube, se vacía, se vuelve a llenar y baja. Todo ello controlado por una señora que aprieta el botón de subida o bajada entre sudoku y sudoku.

El espacio para moverse no es muy amplio, obliga a moverse en función de cómo lo hagan los de delante, y cuando alguien se para a hacer fotos o para esperar al ascensor, se crea tapón. Sin embargo, merece la pena la panorámica que ofrece. Se ven los márgenes del río Dauvaga y sus puentes, la Torre de la Televisión, el Mercado Central, el casco histórico y barrios en los que se alzan modernos rascacielos.

Aunque es un poco cara la entrada, merece la pena sin ninguna duda.

El interior es bastante sobrio y parecía más un museo que una iglesia, ya que había objetos y estatuas expuestos, como la de Roland.

En sus muros y columnas de ladrillo apenas hay decoración, salvo varios escudos.

Una vez abandonamos la iglesia, continuamos nuestra visita dirigiéndonos al Barrio de Moscú (Maskavas Forštate), que se extiende alrededor de Maskavas iela, al sur de la ciudad vieja de Riga. En este barrio al este del Mercado Central surgió en el siglo XIV, cuando los rusos no tenían permitido vivir en el interior de las murallas. Así pues, los comerciantes que venían de Rusia comenzaron a asentarse en torno a la carretera que unía Riga con Moscú, de ahí el nombre.

Así pues, es la zona más antigua de la ciudad por detrás del casco histórico. En sus calles aún se pueden encontrar edificios antiguos, como las típicas casas de madera.

Tiene un aire decadente y no ha perdido el aspecto soviético de las calles, y además, es aquí donde se erige el edificio más soviet de toda la ciudad: la Torre Stalin.

Fue construido entre 1953 y 1957 y se convirtió en el primer rascacielos de la capital letona. Hoy es la sede de la Academia de las Ciencias de Letonia (Latvijas Zinātņu akadēmija).

Este imponente edificio de hormigón aún luce los símbolos comunistas. Al contrario de lo que habíamos visto en Sofía, aquí aún se podía ver la hoz y el martillo decorando las fachadas del edificio.

Se puede subir a su mirador en el número 17, desde donde se obtiene una buena panorámica del casco histórico, del río y de los barrios menos turísticos con sus bloques de viviendas de la época soviética. Nosotros no teníamos mucho tiempo y como ya habíamos subido a San Pedro, decidimos continuar paseando por el barrio.

Destacan en la zona varias iglesias: la ruso ortodoxa de la Anunciación (Tserkva blagoveshtenya), la Grebenshchikov (Grebenščikova baznīca) y la luterana de Jesús (Jēzus luterāņu baznīca), de madera y con forma octogonal.

Además, quedan los restos de la Sinagoga Coral, que fue incendiada por los alemanes después de meter a cientos de familias judías dentro.

Durante la II Guerra Mundial el ejército alemán había establecido un gueto judío delimitado por las calles Kalna, Lauvas, Ebreju, Jersikas y Daugavpils. Allí vivieron 30.000 judíos, que más tarde serían asesinados.

Donde se encontraba la sinagoga se inauguró un monumento en 2007 en el que se hace honor a los 270 letones que rescataron a judíos durante la guerra.

Es el típico barrio auténtico en el que nos gusta perdernos, fuera de los lugares más conocidos. Y, aunque había leído que no es un barrio muy seguro, lo cierto es que apenas encontramos gente por la calle salvo algún lugareño que volvía de hacer sus recados.

De vuelta hacia el centro paramos antes en el Mercado Central de Riga (Rīgas Centrāltirgūs) cuyos locales están dispuestos en cinco antiguos hangares para zepelines que usaba el ejército alemán durante la I Guerra Mundial. Estos hangares se trasladaron en 1920 a Riga desde Kurzeme, donde habían sido abandonados.

La verdad es que es una gran idea aprovechar estos gigantescos pabellones en lugar de construir un nuevo edificio. Aunque el interior es algo oscuro, lo cierto es que da sensación de amplitud gracias a la altura de la construcción.

Es uno de los más grandes de Europa y está incluido en el conjunto protegido por la UNESCO debido a su importancia histórica y a la relevancia arquitectónica.

Cada uno de los hangares está especializado en un producto: carne, pescado, frutas, verduras y lácteos.

Además, en el exterior y en las calles colindantes hay un gran número de puestos de ropa, electrónica, alimentación, flores, artículos de cocina, etc.

Se acercaba la hora de tomar el bus, y dado que teníamos la estación al lado, decidimos echar un ojo para localizar la dársena de la que íbamos a partir y así no dar luego vueltas cargados.

Volvimos al hotel a recoger las mochilas y de nuevo a la estación, donde compramos la cena y nos sentamos a esperar que llegara el bus que nos llevaría a Vilna.

Esta fue nuestra última parte de la ruta:

Nueva serie a la lista “para ver”: Mindhunter

Series sobre crímenes hay muchas, y sobre asesinos también, pero Mindhunter propone un enfoque distinto. Basada en el libro Mind Hunter: Inside FBI’s Elite Serial Crime Unit de Mark Olshaker y John E. Douglas nos traslada a finales de la década de los años 70 cuando dos agentes del FBI comenzaron a estudiar la psique de los asesinos en serie y violadores.

Está dirigida por David Fincher, Asif Kapadia, Tobias Lindholm y Andrew Douglas y los protagonistas están basados en los primeros agentes que trabajaron en este campo. En este sentido me recuerda a Masters of Sex. En ambos casos se parte de unos personajes reales (aunque en Mindhunter se han cambiado los nombres de los agentes) que rompieron con la dinámica de la época. Johnson y Masters estudiaron la sexualidad humana, pero también acabaron descubriendo que la mente era importante. Así, se adentraron en la psicología para determinar cómo esta influía en el sexo y en el comportamiento de las personas. Sus conclusiones no fueron bien recibidas inicialmente por una sociedad demasiado pacata y cerrada.

El momento histórico de Mindhunter refleja también eso. En una época en la que había varios psicópatas asesinos entre rejas o en busca y captura la sociedad americana hablaba de ellos como tarados, gente con una crueldad innata… Sin embargo, estos dos agentes se plantearon que quizá si analizaban su mente, se podrían anticipar a detectar otros criminales. Nace así el desarrollo de los perfiles psicológicos para entender qué paso en el caso en cuestión, pero también para poder resolver otros casos abiertos y evitar que haya más víctimas. La sociedad puritana y conservadora estadounidense no aceptaba esta hipótesis de que el criminal se hace en función de su pasado (abusos, barrio pobre, ingreso en instituciones). Y es que dar por válida esta premisa suponía aceptar que el sistema estaba fallando y era inestable.

El primer capítulo sirve para sentar esas bases. El joven Holden Ford trabaja en Quantico, la sede central del FBI, dando jornadas de formación y tras conocer a Deborah ‘Debbie’ Mitford, estudiante de posgrado, considera la opción de volver a la universidad y abrir su mente a nuevas técnicas. Se une a Bill Tench para recorrer la geografía americana y tener charlas con otros policías y así retroalimentarse unos a otros. Es un episodio en el que se sientan las bases de la serie. Hay sobre todo diálogo entre ambos protagonistas y no parece que vaya a ser una serie de acción y de persecución de criminales sino más bien con un enfoque intelectual. Lo más importante son los personajes intercambiando información u opiniones, debatiendo sobre la psicología y sociología. Ford con su ímpetu innovador y Tench con su toque de veterano poniéndole los pies sobre la tierra de vez en cuando.

Tras este capítulo inicial que sirve como carta de presentación de los personajes, los investigadores (a los que se les sumará la psicóloga Wendy) se centrarán en hacer entrevistas a estos asesinos en serie encarcelados para intentar obtener toda la información posible para comenzar a trazar perfiles. Y todo ello desde el thriller. Lo importante radica en esas conversaciones, en el juego mental, en la caza del gato y el ratón. Crea atmósfera y deja lugar para la imaginación. El horror queda reflejado en los relatos de los criminales sin entrar demasiado en imágenes escabrosas. Se retratan así algunos de los criminales históricos más relevantes de Estados Unidos.

Durante los 10 episodios de la temporada nos adentra en un viaje por el país en una época en la que se sabía muy poco de la mente de los asesinos y en la que dos agentes del FBI y una psicóloga decidieron aproximarse a lo más oscuro del ser humano con nuevas metodologías de investigación.

La segunda temporada se centrará en los años comprendidos entre 1979 y 1981 y en los crímenes de Atlanta, en los que al menos fueron asesinados 28 afroamericanos. Pero parece que hay cuerda para rato, ya que en total los creadores tienen planeadas 5 temporadas.

Recorriendo Riga III – Vecrīga

Dejando el parque atrás, volvemos de nuevo al casco histórico. En el cruce de Kaļķu iela con Vaļņu iela encontramos en el pavimento la una placa de unos pies que hace referencia a la Cadena Báltica de 1989. La inscripción reza: Baltijas ceļš 23 08 1989 Tallín Riga Vilna.

El 23 de agosto de 1989 a las siete de la tarde más de un millón y medio de personas se tomaron de la mano y formaron una cadena humana uniendo las tres capitales de las repúblicas bálticas. En esta manifestación de más de 600 kilómetros pretendían llamar la atención internacional y exigir la “retirada de las fuerzas de ocupación” soviéticas para así conseguir una mayor autonomía. Dos años después de esta protesta, tanto Estonia, como Letonia y Lituania eran países independientes y habían sido reconocidos por muchos países occidentales.

Esta manifestación pacífica se encuentra recogida en el Libro Guinness de los Récords como la cadena humana más larga que se ha organizado nunca y ha servido de inspiración en otros países de Europa del Este, en Taiwan en 2004 y en Cataluña en la Diada de 2013.

De nuevo volvimos a pasar por la Torre de la Pólvora, parándonos esta vez frente a la Casa de los Gatos (Kaķu māja). Esta casa amarilla de estilo art nouveau fue construida por Friedrich Scheffel a principios del siglo XX y le debe su nombre a los gatos que se asoman en el tejado.

Según la leyenda, un mercader letón quería ingresar en el Gran Gremio, algo imprescindible en la época si se quería hacer negocios. Sin embargo, los miembros de la sociedad le denegaron la petición por no ser alemán. Enfadado, compró el edificio situado enfrente y mandó poner dos esculturas de gatos negros con el lomo arqueado y las colas apuntando hacia la sede para expresar su desprecio hacia los miembros que le habían rechazado. De esta forma, los gatos apuntaban con sus traseros directamente hacia el enemigo, un hecho que se consideró una gran ofensa.

Después de embarcarse en una batalla legal, el letón finalmente consiguió entrar en el Gran Gremio y entonces cambió los gatos de posición. El gato se ha convertido en el símbolo de Riga y recuerda que hay que ser perseverante.

Nos adentramos en la Plaza Līvu, una plaza muy fotogénica con edificios singulares de diferentes etapas, ya que durante la II Guerra Mundial muchos quedaron destrozados y no se reconstruyeron. Nos la encontramos animada, puesto que era medio día y los restaurantes y terrazas tenían bastante gente acomodándose para comer.

En esta plaza se encuentra el edificio del Gran Gremio (Lielā Ģilde), construido entre 1853 y 1860. El Gran Gremio se creó en el siglo XIII y controló durante siglos el comercio de la ciudad. Este edificio era su sede central, hoy sirve como sala de conciertos de la Orquesta Filarmónica.

Por su parte, el Pequeño Gremio (Mazā Ģilde), que también se usa para conciertos y otros eventos, nació para promover los intereses de los artesanos alemanes. Se comenzó a construir entre 1864 y se terminó un par de décadas después. Es mucho más bonito que el anterior gracias a su estilo palaciego con su fachada blanca y su torre.

En la plaza también destaca el Teatro Ruso Mikhail Chekhov de Riga (Mihaila Čehova Rīgas Krievu teātris), el teatro más antiguo en lengua rusa fuera de Rusia. Fue fundado en 1883 y su elenco original contaba con 16 actores. Durante el siglo XIX fue creciendo alcanzando su época dorada bajo los mandatos de K.N. Nezlobin.

Tras la independencia de Letonia en 1918 el teatro siguió funcionando y también durante la época soviética, aunque las obras tenían que pasar previamente la censura. En la II Guerra Mundial pararon las representaciones y se volvió a abrir al público tras la nueva independencia a finales del siglo pasado.

En el empedrado de la plaza encontramos una placa conmemorativa de la primera proyección cinematográfica en el país. Tuvo lugar el 28 de Mayo de 1896 en el número 11 de la calle Kaļķu.

Seguimos callejeando hasta llegar a la plaza Doma Laukums, una plaza cuyo diseño actual data de los años 30 del siglo pasado. En un lateral se encuentra la Catedral de Riga (Rīgas Doms), la iglesia luterana más importante del país y sede del arzobispado de la ciudad.

Se comenzó a construir en el día de San Jacobo, en 1211 por el obispo Albert von Buxhoevden en un principio bajo el nombre de Santa María. Pronto se convirtió en una de las tres sedes del poder de Riga junto con el Castillo y el Ayuntamiento.

Ha pasado por varias reformas a lo largo de la historia, de ahí que presente una mezcla de diversos estilos como el románico tardío y el gótico temprano. También barroco, como el frontón oriental y el chapitel, que datan del siglo XVIII. En el XIX se añadió el pórtico y en el siglo pasado el vestíbulo art nouveau.

La Reforma acabó con gran parte de la decoración interior, por lo que se han perdido muchos detalles. En su interior destaca un célebre órgano construido en Alemania en 1884 y que cuenta con casi siete mil tubos de varios materiales (madera, estaño, plomo) y tamaños (oscilan entre los 13 milímetros y los 10 metros). En el momento de su construcción fue el más grande del mundo. Desde los inicios la catedral ha estado ligada a la música y, hoy en día, se celebran en ella conciertos durante todo el año.

La Plaza de la Catedral es uno de los puntos importantes de la ciudad. En ella desembocan hasta siete calles del centro histórico y en su entorno se encuentran varios edificios relevantes como hoteles, museos o la radio.

Bordeando la catedral se encuentra el Monumento a los acontecimientos que ocurrieron el 20 de enero de 1991.

También se localiza el Museo de Historia y Navegación de Riga (Rīgas vēstures un kuģniecības muzejs), el más antiguo de la ciudad. Fue fundado en 1773 y se encuentra en un antiguo edificio perteneciente a la catedral, aunque fue renovado en 1779.

En él se hace un recorrido por la vida marítima de Riga hasta la I Guerra Mundial. Por otro lado, también hay salas dedicadas a la historia de la ciudad desde la prehistoria hasta la independencia.

Nuestra siguiente parada fue la Plaza del Ayuntamiento (Rātslaukums), la más famosa de Riga y donde se han celebrado tanto mercados como fiestas y ejecuciones. En ella destacan varios edificios y monumentos importantes. Por supuesto, el Ayuntamiento, un edificio de tres plantas construido en 1334 que tiene una fachada neoclásica aunque oculta un edificio moderno. El campanario fue añadido en 1756.

Frente a él se encuentra el edificio más bonito de todo Riga sin lugar a dudas: la Casa de las Cabezas Negras (Melngalvju nams). Fue construida en 1334 en estilo gótico como sede de uno de los gremios de la ciudad, pero lo que vemos hoy en día es una reconstrucción de 1999, ya que fue destruida durante la II Guerra Mundial.

Se construyó como lugar de reuniones y festividades de diversas organizaciones públicas de la ciudad. Después, en el siglo XVII, pasó a manos de la Hermandad de los Cabezas Negras, una asociación integrada por comerciantes solteros locales y extranjeros, principalmente alemanes. Esta agrupación llevó a cabo algunas modificaciones a finales del siglo XVIII que le dieron el aspecto actual.

Su fachada escalonada está ricamente ornamentada. En su parte superior tiene un reloj astronómico de 1622 así como los emblemas hanseáticos de ciudades y gremios.

En la parte media destacan las cuatro figuras incorporadas en 1896 que representan a Neptuno, Mercurio, Unidad y Paz.

Anexo al edificio se levantó en 1891 la casa Schwab, que hoy alberga la Oficina de Turismo. Juntos forman un espectacular complejo. Todo un icono de Riga.

Las Cabezas Negras se disolvieron cuando Hitler pidió a los balto-alemanes que regresaran a territorio germano a principios de la II Guerra Mundial.

Presidiendo la plaza se encuentra la estatua de Roland, quien se apoya en el escudo de la ciudad.

Roland era un caballero de Carlomagno, y se erigía una estatua suya en cada ciudad perteneciente a la Liga Hanseática. Simbolizaba la paz, la justicia y la libertad. La estatua original del siglo XIV era de madera. Esta fue sustituida por una nueva de piedra en 1897, que, al igual que la plaza, quedó afectada en la II Guerra Mundial, por lo que se llevó a la Iglesia de San Pedro. En su lugar, se colocó una nueva en el 2001 cuando se llevaron a cabo las tareas de reconstrucción de todo el conjunto con motivo del 800 aniversario de Riga.

Durante años se consideró como el kilómetro 0 de Riga.

En esta plaza es donde se coloca el árbol de Navidad. Es un punto simbólico, ya que se cree que la tradición de decorar un árbol en fechas tan señaladas nació aquí. Al parecer, había un miembro de los Cabezas Negras allá por 1510 que había bebido más de la cuenta y se dedicó a adornar un árbol con flores. Otros compañeros le ayudaron y colocaron una vela en lo alto. A partir de ahí, surgió una nueva costumbre que se exportaría al resto del mundo.

En un lateral de la plaza destaca el monumento dedicado a 3 fusileros letones. Representa a los luchadores de tres guerras importantes para Letonia: la I Guerra Mundial, la Guerra de la Independencia y la Guerra Civil Rusa.

El monumento, de claro corte soviético que recuerda a las estatuas que vimos en el Museo de Arte Soviético de Sofía, se construyó en 1970.

Y en esa misma plaza, se encuentra el Museo de la Ocupación de Letonia. Contrasta su arquitectura con el resto de edificios que tiene en las proximidades, pero es que se construyó en el período soviético.

También se construyó para honrar a los fusileros letones, esa unidad del ejército ruso que nació en 1915 para defender a la patria de los alemanes. Sin embargo, desde 1993 recoge información de las diferentes invasiones que sufrió el país en el siglo XX por parte de nazis y soviéticos, homenajea a los fallecidos, perseguidos o deportados.

Aún nos quedaba Riga por ver, pero de momento paramos aquí.

Recorriendo Riga II – Vecrīga

Continuamos adentrándonos en el casco histórico desde la iglesia anglicana. Muy cerca se encuentran tres casas que son todo un símbolo de Riga: los tres hermanos (Trīs brāļi). Reciben este nombre porque la leyenda cuenta que fueron construidas por tres hombres de la misma familia. Se encuentran en los números 17, 19 y 21 de la calle Mazā Pils y aunque cada una de ellas pertenece a una época diferente, conforman el complejo residencial más antiguo de la ciudad. Recuerdan al pasado hanseático de Riga.

La primera en construirse es la del nº 17, que data de finales del siglo XV. Su fachada inclinada tiene detalles de estilos gótico y renacentista y aún conserva casi todos los elementos originales. Según los registros fue panadería a finales del siglo XVII, y se puede ver, de hecho, que junto a la puerta hay unas piedras decoradas con espigas de trigo.

La que ocupa el número 19 es la más bonita de las tres. Se construyó en 1646 en estilo manierista holandés, aunque fue reformada en el siglo XVIII. En su puerta destaca la inscripción de 1746 que reza “Soli Deo Gloria”.

La tercera casa, en el 21, es de finales del XVII. De estilo barroco y color verde, es la más estrecha de las tres. En su fachada se puede observar una máscara que se cree que protege el edificio del mal.

Los tres edificios están unidos en el interior, donde se encuentra la sede de la Inspección Estatal para la Protección del Patrimonio y el Museo Letón de Arquitectura (Latvijas Arhitektūras muzejs).

Frente a ellos se alza la Catedral de San Jacobo o Santiago (Sveta Jekoba katedrale), una catedral gótica que fue construida a principios del siglo XIII como lugar de culto para las aldeas próximas, pues quedaba fuera de la ciudad amurallada.

Nació como iglesia católica. Después, en el siglo XVI como consecuencia de la Reforma Protestante pasó a ser luterana. No obstante, volvería a ser católica con la Contrarreforma y de nuevo luterana desde 1621 hasta 1812. Con la llegada de Napoleón dejó de cumplir su función religiosa para convertirse en almacén de cocina. Ya en 1923 se recuperó como catedral católica.

Su torre es cuadrada y cuenta con la peculiaridad de que su campana no estaba en el chapitel, sino que colgaba por el exterior. Hoy ya no se ve, aunque sí el soporte del que se suspendía. Tañía para anunciar las ejecuciones, aunque las leyendas dicen que también sonaba cuando pasaban mujeres infieles bajo ella.

Seguimos hasta las antiguas murallas de la ciudad. Para llegar a ellas caminamos por la calle Troksnu, una de las callejuelas más bonitas de la ciudad. Quizá por eso había un grupito de chicas (que creímos que era una despedida de soltera) acompañadas por un fotógrafo. La supuesta novia posaba en diferentes posturas con un puñado de globos mientras las amigas la jaleaban y se ponían finas a cava.

En realidad poco queda en pie de las defensas que se levantaron en el siglo XIII, y lo que queda, se aprecia claramente que es una reconstrucción bastante reciente.

De las ocho puertas que había en la ciudad, tan solo se conserva una, la conocida como Puerta Sueca (Zviedru varti), que recibe este nombre porque se construyó bajo el dominio de los suecos en 1698.

Se localiza en la calle Torņa, en la planta baja del número 11. Según la leyenda fue abierta de forma ilegal por un rico comerciante para poder acceder a su almacén. Aunque es más probable que la realidad sea que se construyó para los soldados que se encontraban en los Barracones de San Jacobo. En la actualidad sirve como paso entre las calles Torņa y Aldaru. Se dice que da buena suerte a los recién casados, por lo que suelen incluirla en su recorrido por la ciudad.

Cruzando la puerta se llega a los Barracones de San Jacobo (Jēkaba kazarmas), levantados en el siglo XVII para dar cobijo a los soldados suecos. Hoy en día estos edificios amarillos albergan tiendas y restaurantes.

La Torņa iela nos conduce a la Torre de la Pólvora (Pulvertornis) es una de las 18 torres que formaban parte de las antiguas defensas. Sus cimientos datan del siglo XIV, pero el resto es una reconstrucción de 1650, después de que el ejército sueco la echara abajo en 1621. Se llamaba la Torre de la Arena hasta que en el siglo XVII se cambiara su función.

Hoy este polvorín cilíndrico de más de 25 metros de altura alberga, junto con el edificio anexo construido entre 1937 y 1940, el Museo de la Guerra de Letonia. Está dedicado a la independencia y a las diferentes guerras que han sacudido al país a lo largo de los siglos, como por ejemplo a la Guerra de la Liberación (1918-1920) frente a los soviéticos y alemanes, a la I Guerra Mundial, a la II Guerra Mundial en la que voluntarios letones sirvieron en las SS y a la ocupación soviética.

Muy cerca está el Bastejkalna parks, un parque que divide Riga en dos. Creado a mediados del siglo XIX, se asienta en el montículo de un bastión del siglo XVII. En él hay muchos pequeños puentes cargados de candados, mantos de flores y un montón de caminos y bancos para sentarse a observar el canal.

Además, hay varias piedras cortadas a la mitad que representan que la vida es muy corta y sus marcas rojas simbolizan lágrimas de sangre. Son monumentos en recuerdo de la noche del 20 de enero de 1991 cuando las tropas OMON (Escuadrón policial para Propósitos Especiales de la URSS) intentaron tomar los edificios gubernamentales.

En los disturbios murieron cuatro personas: Gvido Zvaigne y Andris Slapins (dos cámaras), Vladimir Gomanovič (político), Edijs Riekstiņš (estudiante) y Sergejs Kononenko (teniente coronel de la milicia).

En el centro del parque, en el camino que lleva al casco antiguo, se alza el Monumento a la Libertad (Brīvības piemineklis). Se trata de un monolito de más de 40 metros de altura en cuya base de granito destacan relieves y esculturas que hacen referencia al trabajo, la familia, la patria, la vida espiritual y héroes letones. Tiene grabado el lema Tevzemei un brivibai (Por la patria y la libertad). Lamentablemente nos lo encontramos cubierto por andamios y prácticamente no se veían estos detalles.

En lo alto se erige la estatua de Milda que simboliza la libertad, independencia y soberanía de Letonia. Esta figura femenina sostiene tres estrellas doradas una por cada región cultural del país: Kurzeme, Vidzeme y Latgale. En la época soviética sin embargo representaban a Estonia, Letonia y Lituania.

El monumento se construyó en 1935 en el lugar en que se encontraba una estatua de Pedro el Grande. Esta se había levantado en honor a los soldados fallecidos en la Guerra de la Independencia de Letonia a principios del siglo XX.

Dejando el parque a nuestras espaldas, un poco antes del cruce que nos conduce al casco histórico, vemos el reloj de Laima (Laimas pulkstenis). Se colocó en 1924 para que los ciudadanos de Riga llegaran en hora al trabajo. Con el tiempo se ha convertido en un punto de encuentro.

Este reloj amarillo y marrón recibe el nombre de Laima, la figura mitológica letona de la suerte y la felicidad, porque es la marca de chocolate que anuncia desde la década de los años 30.

Justo en la acera de enfrente, en el bajo de un hotel, hay una tienda de la famosa marca de chocolate.