Recorriendo Vilna – De Gedimino Prospektas a la colina de las Tres Cruces

Comenzamos un nuevo día. Si bien el hotel era minimalista, en la reserva teníamos incluido el desayuno, y bastante completo, de hecho. Había surtido de comida caliente (revueltos, setas, huevos cocinados de diferentes formas, salchichas, bacon…), comida fría (ensaladas, embutido, quesos…) y algo de galletas y bollería. Por supuesto también había cafés, tés, leche, zumos y cacao.

Tras desayunar seguimos el mismo planteamiento que en Riga y dejamos las mochilas en la consigna del hotel para poder pasear tranquilamente por la capital lituana.

Vilna es la capital y ciudad más poblada de Lituania, situada a unos 30 kilómetros de la frontera con Bielorrusia en el sureste de Lituania, prácticamente en el centro del continente. Aunque las tres repúblicas exsoviéticas son consideradas muchas veces como parte de Europa del Este, lo cierto es que en 1989 el Instituto Nacional de Geografía Francés publicó que el centro geográfico de Europa se encuentra en el pueblo Purnuškės (54°54′ de latitud norte y 25°19′ de longitud este 54°54′N 25°19′E), a 26 km de Vilna.

La hoy capital lituana tiene sus orígenes en las invasiones bálticas, eslavas, germanas y judías. Recibió el estatus de ciudad en 1387 cuando apenas era un fuerte sobre la cima de la colina.

Se mantuvo fortificada entre 1503 y 1522 con nueve puertas y tres torres. En 1544 Segismundo II de Polonia estableció su corte en la ciudad y fomentó la prosperidad en la ciudad. Esta expansión siguió creciendo en los siglos posteriores bajo la pertenencia la República de las Dos Naciones. Gracias a este desarrollo, Vilna adquirió un auge cultural y Esteban I de Polonia y jesuitas españoles promovieron la fundación en 1579 de una de las universidades más prestigiosas del momento.

Vilna continuó su crecimiento y prosperaron las artesanías, el comercio y la ciencia. Dada su relevancia, llegaron comunidades de polacos, bielorrusos, judíos, rusos, alemanes y ucranianos contribuyendo a la vida multicultural de la ciudad. No obstante, el crecimiento se frenó en 1655 cuando los rusos conquistaron y saquearon Vilna. Esto provocó que mucha población huyese al campo.

Más tarde, en 1812, la ciudad sufriría la invasión de Napoleón cuando este avanzaba hasta Moscú. Y un siglo después serían los alemanes quienes la ocuparan hasta que Lituania proclamara su independencia en 1918. Sin embargo, no duraría mucho el autogobierno, ya que enseguida pasarían a controlarla los bolcheviques en una pugna constante con los polacos.

El siglo XX fue convulso. El 20 de julio de 1920 Vilna fue reconocida como la capital de la República de Lituania, sin embargo, en octubre el ejército polaco ocupó de nuevo la ciudad proclamando el estado Lituania Central. No obstante, las autoridades lituanas no reconocieron esta distribución territorial y surgió un conflicto que acabó con las relaciones entre Lituania y Polonia, quedando Vilna en esta última (bajo el nombre de Wilno) y Kaunas como nueva capital lituana.

Durante la época polaca, la ciudad recuperó su esplendor gracias a las inversiones de polacos y judíos. Se reabrió la universidad, se mejoraron las calles e infraestructuras y se construyeron nuevos edificios. En 1931 Wilno era la quinta ciudad más importante del país. Por contra, en Lituania, que se había centrado en la agricultura, la economía no había crecido de la misma manera.

En 1938 Vilna fue ocupada por el Ejército Rojo y entregada a Lituania, aunque en principio pensaban convertirla en la capital de la República Socialista Soviética de Bielorrusia. Poco a poco se volvieron a transferir competencias de Kaunas a Vilna, aunque no se llegó a completar porque la Unión Soviética la invadió y convirtió en la capital de la República Socialista Soviética de Lituania.

Los alemanes en 1941 fueron recibidos con esperanza en Lituania. La llegada de los nazis acabó con gitanos, polacos, rusos, vagabundos y sobre todo judíos. Vilna, que era conocida como la Jerusalén del norte por la extensa población judía, vio cómo fueron perseguidos y trasladados a dos guetos en el casco antiguo. En ambos acabaron asesinados. En uno de ellos en 1941, y en otro dos años más tarde tras una revuelta. Esta aniquilación contó con el apoyo de la mayoría de la población lituana, ya que veían a la comunidad judía como la culpable de la deriva económica del país.

En 1944 se restauró la República Socialista Soviética de Lituania tras la llegada del ejército Krajowa y el Ejército Rojo  y Vilna volvió a ser la capital. La población disminuyó aún más tras la II Guerra Mundial, pues el gobierno soviético repatrió a todos aquellos ciudadanos que tenían origen polaco.

El 11 de marzo de 1990 Lituania proclamó su independencia y desde entonces la ciudad se ha ido modernizando. Se han restaurado palacios, edificios, se han construido carreteras, ferrocarriles y aeropuertos. Aunque por casos de corrupción algunos proyectos se han quedado inacabados.

Vilna cuenta con el 15% de la población del país (el 35% del PIB de Lituania), lo que la convierte en el principal centro económico, administrativo, social y cultural de la nación. Sin embargo, el turismo no es un sector tan potente como en las otras dos repúblicas bálticas. Vilna no es tan conocida, quizá por ser más interior, o por no tener el encanto medieval de Tallín o la arquitectura Art Nouveau de Riga. Sin embargo, en su casco histórico, bien conservado y reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994, se pueden encontrar edificios históricos barrocos, góticos, neoclásicos, renacentistas o incluso neobizantinos.

Es una ciudad pequeña que se puede recorrer cómodamente a pie. Aunque hay algún barrio un poco más alejado, lo importante queda bastante concentrado. Podríamos dividir Vilna en tres: Casco antiguo, La República Independiente de Užupis y Barrio Judío.

Nosotros comenzamos la visita dirigiéndonos hacia la arteria principal. Teníamos un buen tramo hasta allí, pero el clima acompañaba, así que fuimos caminando. El barrio en que se encontraba el hotel era de corte soviético, y se veía claramente en sus edificios.

A medida que nos íbamos alejando, sin embargo, la arquitectura iba variando, aunque no por ello quiere decir que los edificios estuvieran bien conservados. De hecho, había que tener cuidado con las terrazas, pues muchas tenían unas redes debajo para evitar que los cascotes cayeran a los viandantes.

Íbamos camino al centro cuando nos desviamos para acercarnos a ver la Iglesia Ortodoxa de San Constantino y San Miguel (Šv. Konstantino ir Michailo cerkvė). No la teníamos en la ruta, pero nos sorprendieron sus cúpulas.

También se la conoce como la Iglesia Romanov, ya que fue construida en 1913 con motivo del 300 aniversario de esta dinastía. El interior estaba pintado en estilo ruso, sin embargo, no se conserva. Tiene 13 campanas provenientes de Moscú.

Tras bordearla, retomamos nuestro rumbo. Nuestra siguiente parada, un poco antes de llegar a la Gedimino Prospektas, fue el Museo de las víctimas del Genocidio. El edificio tiene en su parte inferior tallados los nombres de muchas de las víctimas.

En su perímetro encontramos una exposición de dibujos infantiles que representaban la patria, la paz y la guerra.

El museo está dedicado a los lituanos que fueron deportados, asesinados o encarcelados por los soviéticos desde la II Guerra Mundial hasta la década de los 60. Este museo se localiza en la antigua sede del KGB y la GESTAPO en la ciudad, lo que permite que el propio edificio sirva de exposición pudiendo visitar el sótano y sus celdas o la sala de ejecución.

Bordeando el museo salimos a la Gedimino Prospektas, una avenida de casi dos kilómetros que une la Iglesia ortodoxa de la Aparición de la Santísima Virgen con la Catedral. En su recorrido se pueden observar elegantes edificios históricos.

También se encuentra el Teatro Nacional de Lituania, en cuya fachada se erigen las Tres Musas.

Al final de la avenida llegamos a la Catedral.

Se levanta en el lugar en que se construyó una en 1251 cuando el rey Mindaugas se convirtió al cristianismo. Sin embargo, tan solo 10 años después la iglesia se convirtió en lugar de celebración de ritos paganos. Un siglo después, cuando Lituania aceptó la fe cristiana (siendo el último país europeo en hacerlo) se volvió a levantar una nueva catedral que se convirtió en emblema nacional. En la época soviética se usó como galería fotográfica, pero recuperó su uso religioso en 1989.

Destaca su exterior de color blanco y el campanario separado en una antigua torre de las murallas de la ciudad. De estilo neoclásico, recuerda a La Madeleine de París, aunque mucho menos impresionante que la de la capital francesa.

En el interior están expuestas diversas obras de arte y una copia del Santo Sudario de Turín. La catedral cuenta con capillas laterales, entre la que sobresale la de San Casimiro, el patrón del país. Por lo demás, el interior es muy sobrio. Recuerda en cierta medida a la de Helsinki, también con un exterior neoclásico y un interior blanco, aunque aquella tenía menos decoración aún.

Bordeando la catedral se llega al Palacio Real, reconstruido recientemente tras haber quedado destruido a finales del siglo XVIII por los rusos. En él se pueden visitar exposiciones sobre la historia del país desde el siglo XII hasta la II Guerra Mundial. En su entrada se pueden divisar también los restos de unas ruinas.

Frente a él se encuentra la estatua ecuestre del ya mencionado Mindaugas, el único rey que ha tenido Lituania.

Detrás, se ve en lo alto de la colina la Torre Gediminas y hacia ella nos dirigimos.

En teoría se puede subir en funicular y por dos caminos: uno de ellos más empinado y corto, y otro que bordea más y por tanto es más largo. Sin embargo, solo tuvimos la última opción, ya que el funicular parecía estar cerrado y el camino corto estaba cortado por obras. Parece que estaban reacondicionando la falda de la colina. Aún así, la subida es cómoda y se hace en apenas 10 minutos atravesando un parque y siguiendo el margen del río.

La torre es lo único que se conserva del antiguo castillo del siglo XIII y es un icono de la ciudad y del país. Esperaba unas vistas espectaculares de Vilna, sin embargo, desde las alturas no parecía llamar mucho la atención. No destacaba ningún edificio en particular. Siempre hay una iglesia, una catedral, la plaza del ayuntamiento… pero en este caso la capital lituana no parecía ofrecer gran cosa. Me desilusionó un poco, la verdad. Acabábamos de empezar a recorrerla y no me estaba cautivando.

También se puede entrar a la torre. Es museo y mirador a la vez. Pero ya que las vistas no nos habían llamado mucho la atención, no pensamos que fuera a haber mucha diferencia.

Así pues, continuamos con nuestro recorrido. De colina a colina. Emprendimos la bajada y cruzamos el canal hacia el Parque Kalnų, donde se alzan tres cruces.

Aquí la subida es algo más cansada porque hay un tramo de escaleras de madera, después la subida es por un camino a través del bosque (porque eso ya no es un simple parque). Afortunadamente corría algo de aire y la temperatura no era muy alta, con lo que el ascenso fue llevadero.

Antes de llegar a las tres cruces, encontramos las originales tiradas en el suelo, tal y como quedaron cuando el gobierno soviético las destruyó en 1950. Estas cruces se habían colocado en 1916 para honrar a tres monjes que habían sido crucificados en aquel lugar.

En 1989, se volvieron a colocar unas nuevas, las que vemos hoy en día, que son mucho más grandes. Se han convertido en un símbolo patriótico, aunque, como muchos monumentos y edificios en Vilna, tenía desconchones y daba la sensación de dejadez.

A sus pies se observa la ciudad, pero como nos pasó en la torre, Vilna no tiene una panorámica majestuosa. No es que sea fea, pero no impresiona especialmente.

Pero aún nos quedaba mucho por recorrer, quizá aún nos sorprendiera.

7 comentarios en “Recorriendo Vilna – De Gedimino Prospektas a la colina de las Tres Cruces

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