No soy un hombre fácil

Hace poco oí a Leticia Dolera en una entrevista decir que cuando da clases de guion recomienda a sus alumnos que, para hacer una revisión de sus textos y ver si están siendo sexistas, cambien de género los personajes y comprueben si el argumento y los diálogos siguen funcionando o, por el contrario, chirrían.

Y esta idea me vino a la mente cuando vi No soy un hombre fácil, de Eleonore Pourrait, actriz, escritora y directora francesa.

Todo empieza como cualquier comedia romántica. El protagonista es un hombre bien posicionado laboralmente (en este caso como publicista), atractivo y seguro de sí mismo. Tanto sus amigos como sus compañeros le ríen sus gracias mientras que sus compañeras tienen que soportar sus insinuaciones, miradas o comentarios sexuales. El estereotipo clásico del triunfador, vaya.

Sin embargo, su mundo se desmorona cuando se da un golpe con una farola y despierta en una distopía en que los roles de género se han intercambiado. En esta realidad paralela son los hombres quienes están oprimidos. Lo femenino sigue considerado inferior, pero ahora es una cualidad de los varones, no de las mujeres. Los tornos han cambiado.

Ahora es él quien tiene que soportar el acoso callejero o que sus compañeras hagan comentarios sobre su físico; en su trabajo sus ideas antes alabadas ahora no son escuchadas; es rechazado por una mujer en el momento en que esta descubre que no está depilado; su amigo ha quedado relegado al hogar y al cuidado de los niños… Las mujeres son quienes ocupan los puestos de liderazgo y deciden qué es lo relevante, mientras que los hombres quedan a segundo plano y él ve cómo su vida se desmorona. Todo lo que daba por sentado ha desaparecido y tiene que empezar de nuevo.

Sus privilegios se han desvanecido y ahora siente por todos lados la presión de la sociedad. Lo vemos en la actitud de sus padres cuando insisten en que se le va a pasar el arroz, pero también por supuesto cuando comienza a depilarse, maquillarse, a vestir con ropa más ajustada, con pantalones cortos para enseñar las piernas… Es una transición de un mundo en que lo tenía todo y nadie le cuestionaba, a otro en el que todo el mundo le dice lo que tiene que hacer, como si estuviese tutelado).

Sin su puesto de publicista sustituye a su amigo (de baja paternal) como secretario de una escritora exitosa (aunque endeudada), que va de amante en amante. Como si de cualquier comedia romántica se tratara, él se enamora de ella, pero ella por su parte lo utiliza y manipula. Los papeles tradicionales han quedado invertidos y ahora es ella quien lleva la voz dominante, la egoísta, conquistadora y arrogante, mientras que él es el que va detrás dejándose pisotear porque está enamorado.

El argumento no tiene más miga. No hay mucha más historia y la que hay es bastante previsible porque lo realmente importante es el ejercicio de reflexión sobre los roles impuestos y el comportamiento de ambos sexos al asumirlos y normalizarlos. Y qué mejor ejemplo que proponerlo a través de la típica comedia romántica que tanto perpetua estas construcciones arbitrarias. No se trata tanto de una crítica al machismo como de una ridiculización de los roles de géneros.

No soy un hombre fácil intenta plasmar la cantidad de actitudes sexistas que tenemos normalizadas y que si intercambiáramos los géneros, resultarían situaciones de lo más absurdas y surrealistas. Así que, parece que Leticia Dolera tenía razón: si no sabes si la situación es sexista, dale la vuelta.

 

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