Crucero por el Mediterráneo. Día 4. Pompeya

Este día teníamos una escala rara. Normalmente el barco llegaba a puerto a las 8-9 de la mañana, sin embargo, a Nápoles la tenía programada a la 1, algo realmente tarde teniendo en cuenta que a las 17 ya estaba haciéndose de noche. No obstante, en el diario de a bordo se indicaba que llegaríamos a las 12, por lo que teníamos fe en poder aprovechar el día. Para empezar pudimos levantarnos un poco más tarde y descansar algo más que las noches anteriores, y además, mientras desayunábamos, vimos la llegada al puerto de Nápoles.

Seguíamos en Italia, pero cambiábamos de región. Esta vez llegábamos a Campania, la tercera más poblada del país por detrás de Lombardía y Lacio. Consta de cinco provincias: Nápoles, Salerno, Caserta, Benevento e Irpina y se divide claramente en dos zonas diferenciadas: por un lado el interior montañoso, y por otro, la costa. Cerca de la costa se hallan dos macizos volcánicos: el Vesubio y los Campos Flégreos. Además, también volcánicos son Roccamonfina y el monte Epomeo.

Campania tiene 350 kilómetros de costa y es conocida por sus golfos (el de Gaeta, el de Pozzuoli, el de Nápoles, el de Salerno y el de Policastro) y sus tres islas principales (Capri, Isquia y Prócida). En la Península de Sorrento destaca la Costa Almafitana, cuyos municipios de la costa son Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1997.

Esta región fue colonizada por los griegos y más tarde conquistada por los romanos, de quienes pasó a manos lombardas. Después llegaron los normandos, quienes crearon el Reino de Sicilia. Formó parte también de los Reinos de Nápoles y de España.

Mezcla de estas culturas, en Campania conviven cinco dialectos. Por un lado el napolitano, que se habla en la mayoría de la región; el cilentano (en Cilento); el beneventano (en el Samnio); el irpino (en Irpinia) y el arbëreshë que lo habla una comunidad en Greci (Avellino).

Los puertos más activos son Nápoles y Salerno, ya que en ellos es donde existe más movimiento de mercancías y pasajeros. Tras Nápoles, la zona más importante de Campania es Salerno, donde se encuentra Pompeya, la costa Almafitana y la de Sorrentina.

Campania, tras Apulia, es la región más industrializada del sur. Las industrias más importantes son la alimentaria, mecánica, siderúrgica, química y textil. Produce principalmente frutas y hortalizas, también la mitad de las nueces de Italia y los sabrosos limones de Sorrento. Además, tienen relevancia la producción de aceite y vino. Ya entre los siglos III y I a.C la región era conocida por la exportación de vino en ánforas. Hoy destacan Lacryma Christi, Fiano di Avellino, Aglianico, Greco di Tufo, Per”e Palummo, Ischitano, Taburno, Solopaca y Taurasi.

La cocina de Campania es muy variada, de hecho cuenta con 396 productos certificados por el Ministerio de Agricultura de Italia como “Producto Agrícola Tradicional”. En Nápoles predominan los productos del mar, mientras que en Caserta y Aversa lo hacen más hortalizas frescas y el queso. La de Sorrento mezcla tradiciones de Nápoles y Salerno. Entre los platos del mar destacan la insalata di mare, la zuppa di polpo (sopa de pulpo), la zuppa di cozze (sopa de mejillón), los frittelle di mare (buñuelos con algas), los triglie al cartoccio (salmonetes al cartucho) y alici marinate (anchoas frescas en aceite de oliva). En cuanto a los quesos los más usados son la mozzarella di bufala, fior di latte (“flor de leche”, una mozzarella hecha con leche de vaca), ricotta con leche de oveja o de búfala, provolone de leche de vaca, y caciotta hecha con leche de cabra.

Nuestra breve escala no nos permitiría sin embargo probar estas delicias. No tardamos en bajar a la planta 6 para colocarnos en la cola y así poder salir con rapidez, puesto que ya sabíamos por la experiencia del día anterior que se podría formar un buen jaleo. Aún así, los 45 minutos no nos los quitó nadie allí de pie esperando.

Al igual que en Génova, la estación marítima de Nápoles da a la ciudad y no hay que tomar transporte alguno como ocurría en Marsella. No obstante, no la visitaríamos, ya que con una escala tan corta o elegíamos Nápoles o Pompeya, y ganó esta segunda.

En la misma estación había un puesto de información, por lo que me acerqué a preguntarle a la chica cuál era la mejor opción para llegar hasta el yacimiento. Yo llevaba ya mirado que se podía llegar en tren, pero quería que me confirmara porque a veces hay actualizaciones de última hora que hay que tener en cuenta.

La chica me recomendó tomar un bus SITA, que está bordeando el puerto a tan solo unos minutos. Así que allá que nos dirigimos.

Eso sí, una vez en el punto marcado fue todo un poco confuso pues tan solo había un aparcamiento con varios autobuses sin marquesina ni identificativo alguno. Me acerqué a preguntar a los conductores que estaban de cháchara y uno de ellos me dijo que tenía que comprar los billetes en una oficina que había detrás y que me diera prisa que salía uno ya. Apenas nos dio tiempo a comprarlos (el sencillo costó 2.8€) y según salíamos ya estaba el bus en marcha y el conductor que me había indicado le hacía señas para que parara y nos dejara subir.

El trayecto fue bastante rápido, pues enseguida salió a la autopista. Con Google Maps controlamos nuestra posición para saber cuándo bajar. La parada se encuentra junto a la Porta di Stabia de Piazza Esedra y supimos que habíamos llegado porque había autocares, tiendas de souvenirs y restaurantes. Y también porque según lo comentábamos en alto la chica de detrás nos confirmó que esa era la parada de Pompeya.

No era la entrada principal, y quizá por eso no tuvimos que esperar mucha cola. La entrada costaba 13€ (también se puede comprar por internet), aunque había una combinada con 3 sitios arqueológicos que salía por 14€. Nosotros no íbamos a poder recorrer Pompeya siquiera, así que menos aún las otras.

En el folleto te recomiendan cómo realizar la visita en función de las horas disponibles.

Dado que cerraban a las 5 (y también nos quedaríamos sin luz), apenas contábamos con 3 horas, por lo que delimitamos lo que queríamos ver y comenzamos nuestra visita.

Pompeya nació entre finales del siglo VII a.C. y la primera mitad del siglo VI a.C. en un altiplano a 30 metros sobre el nivel del mar y pronto se convirtió en importante centro de comercio y transporte de mercancías gracias a su proximidad al puerto.

A finales del siglo IV a.C., tras varias campañas militares, Pompeya pasó a formar parte de Roma, y aunque en torno a los años 90-89 a.C., se rebeló, en el 80 a.C. capituló y se convirtió en colonia romana con el nombre de Cornelia Veneria Pompeianorum.

En el año 62 d.C. un violento terremoto sacudió toda la zona vesubiana. A pesar de que la reconstrucción comenzó inmediatamente después, los daños eran graves que llevó bastante tiempo. De hecho, cuando el Vesubio la cubrió de cenizas todavía estaba en plena reconstrucción. Recientemente se ha descubierto una inscripción hecha en carbono que apunta a que la erupción del Vesubio ocurrió el 24 de octubre del año 79 d. C. y no el 24 agosto como se pensaba por los documentos de Plinio (aunque ya se sospechaba que no parecía haber ocurrido en agosto, pues las víctimas vestían prendas de lana y se encontraron numerosas granadas, una fruta propia del otoño).

Fuese agosto u octubre, el volcán expulsó una nube piroclástica de 30 kilómetros de altura que, en apenas un minuto, sepultó Pompeya y otras poblaciones cercanas, como Herculano. Estas ciudades quedaron ocultas bajo la lava y olvidadas hasta finales del siglo XVI, cuando fueron descubiertas por un arquitecto. Aunque no les dio mucha importancia y las excavaciones no llegaron hasta el siglo XVIII. En 1709 un campesino de Herculano descubrió un trozo de mármol excavando un pozo y más tarde, en 1735 el rey de Nápoles Carlos III de Borbón ordenó una excavación en profundidad. En 1748 se descubrieron las de Pompeya y desde entonces se siguen realizando tareas de recuperación de edificios, esculturas, pinturas y mosaicos. No es raro encontrarse zonas valladas en las que están trabajando.

El área arqueológica de Pompeya abarca alrededor de 66 hectáreas, de las cuales tan solo unas 45 fueron excavadas (y solo se pueden visitar 12). Giuseppe Fiorelli en 1858 la subdividió en barrios y manzanas para poder orientarse mejor y así documentar sus estudios correctamente.

El nombre de las casas no siempre se conocía, por lo que fueron los excavadores las que las fueron renombrando según sus particularidades.

El yacimiento ha supuesto una importante fuente de información para arqueólogos e historiadores, ya que les permite estudiar cómo era la vida en el siglo I gracias a su excepcional estado de conservación. Normalmente, cuando se encuentran unas ruinas tan solo se puede acceder a una parte de ellas porque se han construido ciudades encima sobre las antiguas urbes (como por ejemplo vimos no hace mucho en Sofía). Sin embargo, aquí se ha mantenido prácticamente intacta en bajo las cenizas. Se conserva el desarrollo urbanístico, edificios, frescos, mosaicos… Incluso son de importante valor histórico las figuras humanas que se han podido realizar gracias a rellenar con yeso las huellas que dejaron los cuerpos antes de arder a 300º.

En nuestra visita pudimos hacernos una idea de cómo se estructuraba la ciudad. Han pasado siglos y sin embargo, sorprende descubrir un plano tan bien pensado y estructurado. Pompeya contaba con un esquema urbanístico ortogonal, al modo romano, con sus dos vías perpendiculares entre sí (cardo y decumano) de las que surgían el resto de calles. En el centro neurálgico se encontraba el foro, la principal plaza pública, pero además, la ciudad contaba con numerosos lugares de ocio (teatros, termas…) así como religiosos.

Pompeya no solo destacaba por su relevancia comercial o arquitectónica, sino que parece que sus ciudadanos estaban muy interesados en la cultura a tenor de la variedad de espacios destinados a dicho fin. A excepción del anfiteatro, los principales edificios de uso público se localizaban en el sector oeste de la ciudad, lo que parece indicar que se trata de la parte más antigua y que la zona oriental supone una expansión posterior.

Los negocios nos dicen mucho de cómo vivían los residentes, y parece que el pan era importante, no solo para Pompeya, sino para las ciudades próximas, ya que había un buen número de panaderías. También eran relevantes los textiles.

Las viviendas también nos aportan importantes datos. Por supuesto, las que más trascienden son las Domus, las de los propietarios más pudientes, unas casas articuladas alrededor de un patio central y con un interior ricamente decorado. La decoración y los murales constituyen una buena fuente de información sobre la vida, ocupación y extracto social de sus propietarios. Las más conocidas son la Casa del Fauno, la Casa de Pansa, la Casa de los Dioscuros, la Casa del Horno y la Casa del Cirujano.

Por su parte, las clases menos adineradas se agrupaban en pequeñas comunidades que se distribuían también en torno a un patio o huerto.

Además, en las afueras se encontraban las villas, que bien servían como casas de recreo o para explotaciones agroganaderas. Las que mejor se han podido recuperar son la Villa dei Misteri, la Villa de Diomedes, la Villa Imperiale o la Villa Giulia Felice.

Ya fuera del recinto de la ciudad encontramos las necrópolis con grandes mausoleos de familias importantes y adineradas.

Todo tenía un lugar según una concreta planificación. Pompeya contaba incluso con un sistema de canalización y alcantarillado que garantizaba unos niveles mínimos de salubridad. Aunque no había desagües, por lo que para cruzar las calles usaban una especie de piedras al modo de Humor Amarillo.

También contaba con numerosas fuentes públicas, con sus canales de alimentación y desagüe.

En fin, que Pompeya es inmensa y tiene muchas cosas interesantes que ver, pero nosotros tuvimos que delimitar nuestro recorrido por falta de tiempo.

De momento nos quedamos aquí.

Crucero por el Mediterráneo. Día 3. Génova II

Habíamos llegado al centro histórico, al barrio que es patrimonio de la UNESCO desde 2006. Emprendimos rumbo a la Via Garibaldi, una calle plagada de edificios históricos, sobre todo palacios.

Refleja esa época de esplendor de la República de Génova a mediados del siglo XVI cuando era toda una potencia financiera y marítima. Al igual que ocurrió en otras muchas ciudades europeas, se proyectó una nueva zona residencial para la clase noble, que quería un lugar más exclusivo para sus residencias. Así nació este distrito señorial con sus Strade Nuove y el sistema de los Palazzi dei Rolli.

Todos estos palacios y edificios importantes datan del siglo XVI y principios del XVII y son de estilo renacentista y barroco. En total son unas 42 construcciones incluidas en el patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Destacan el Palazzo Rosso, el Palazzo Bianco y el Palazzo Tursi. Una pena que no se pueden apreciar bien, porque la calle es demasiado estrecha como para poder alejarse y contemplarlos (ya no digo fotografiarlos con un objetivo 18-55mm) en todo su esplendor.

El primero que nos encontramos que nos llamó la atención por su fachada azul decorada fue el Palazzo Podestà o Nicolosio Lomellino.

Fue construido entre 1559 y 1565 para una familia que había conseguido un importante capital en la primera mitad del siglo XVI gracias a la pesca de coral en la isla de Tabarka (la de Túnez, no la de Alicante). A principios del XVII cambió de manos y la nueva familia llevó a cabo una reestructuración interna. Posteriormente pasó a Andrea Podestà (alcalde de Génova entre 1866 y 1895) de quien toma el nombre hoy en día.

Seguimos paseando bajo la lluvia y nos encontramos con el Municipio, que se halla desde 1848 en el Palazzio Doria-Tursiun palacio que se comenzó a construir en 1565 para Niccolò Grimaldi, un importante noble genovés. Después fue comprado por Giovanni Andrea Doria, quien se lo pasó a su hijo Carlo, duque de Tursi.

Ocupa tres parcelas y cuenta con una fachada que combina el blanco mármol de Carrara con el gris de la pizarra y el rosa de la piedra finale. En su portal de mármol resalta el emblema de Génova.

Además de ser la sede municipal, es parte del complejo del museo genovés y alberga la ampliación de la galería del Palazzo Bianco, al que está conectado. En sus salas se pueden encontrar obras de la pintura genovesa de los siglos XVII y XVIII, así como la colección numismática y de cerámica del municipio de Génova. También cuenta con salas monumentales en las que se exponen piezas famosas.

Las dos plantas del edificio quedan abiertas a un patio por medio de unas galerías con arcadas, que fue donde nos resguardamos a tomar el tentempié de media mañana.

Tras el parón, continuamos recorriendo la Via Garibaldi. En la acera opuesta encontramos el Palazzo Rosso, cuya fachada es obviamente roja.

Fue construido en 1671 para la familia Brignole-Sale, quien en 1874 lo cedió a la ciudad con toda su decoración. Hoy en día es un museo que expone una rica colección con esculturas clásicas, el Ecce Homo de Caravaggio, retratos de Van Dyck, obras de Tiziano, Durero y Tintoretto, muebles señoriales y cerámicas de Liguria.

Un poco más adelante, de nuevo cruzando de acera, se erige el Palazzo Bianco, también conocido como Palazzo Luca Grimaldi.

Fue construido entre 1530 y 1540 y reconstruido en 1711. En 1892 se abrió como museo y hoy alberga una importante colección de pintura italiana y europea del siglo XVI al XVIII. En él podemos encontrar obras de Rubens, Caravaggio, Van Dyck, Murillo, Zurbarán o José de Ribera.

Justo al lado se encuentra el Palazzo Grimaldi della Meridiana, construido por Gerolamo Grimaldi Oliva, un banquero y comerciante genovés.

En el momento de su construcción, la zona no estaba urbanizada, sino que era una parte de la colina de Castelletto bastante empinada. Aún no se habían levantado los palacios de la Strada Nuova. Fue en la época de su hijo Battista a mediados del siglo XVI cuando se trazó la calle y comenzaron a erigirse los edificios que hoy en día conforman uno de los principales atractivos de la ciudad.

Génova siguió urbanizándose y a finales del siglo XVIII se abrió la Strada Nuovissima (hoy vía Cairoli), que conectaba con la Strada Nuova. Se creó también la Piazza della Meridiana y la fachada sur del palacio fue renovada.

En el siglo XIX cambió varias veces de propietarios. En el siglo XX fue usado como Hospital Militar durante la I Guerra Mundial y después pasó al ayuntamiento de Génova en régimen de alquiler. El municipio lo convirtió en edificio público, por lo que lo reconstruyó y acondicionó.

En 2004 lo compró el Gruppo Viziano, que lo restauró y abrió al público.

Muy cerca se encuentra la Basílica de San Siro, una de las iglesias más antiguas de Génova y la primera catedral de la ciudad.

Fue construida en el siglo IV y, aunque recibió el nombre de los Doce Apóstoles, se le cambió por el del obispo Siro, que fue enterrado allí.

Hoy se encuentra en el centro histórico de la ciudad, sin embargo, cuando se levantó estaba a las afueras de las antiguas murallas de la época carolingia. Esta localización tan susceptible de ataques e invasiones influyó notablemente en el traspaso de la catedral.

En el siglo XI se erigió un nuevo templo de tres naves en el lugar de la iglesia original que fue consagrado en 1237 y dependía de los benedictinos. Cuando esta orden se marchó en 1575 pasó a los Padres Teatinos.

En 1580 el ala sur de la iglesia quedó arrasada por el fuego, por lo que hubo que reconstruir la iglesia en su totalidad. La restauración se llevó a cabo en un estilo barroco, aunque la fachada principal, construida en el XIX, es neoclásica.

En 1904, ante el peligro de derrumbamiento, se demolió el antiguo campanario románico de 50 metros de altura y ya no fue vuelto a construir. Más tarde, durante la II Guerra Mundial la iglesia quedó dañada como consecuencia de los bombardeos y tuvo que ser restaurada.

El interior está dividido en tres naves claramente barrocas. Este estilo siempre me abruma por la cantidad de detalles que tiene. Y no en el buen sentido, me resulta demasiado recargado.

El altar mayor está realizado en mármol negro y bronce por un artista marsellés, Pierre Puget. En el ábside destaca el grupo Pietà, que está inspirado en la famosa estatua de Miguel Ángel de la Basílica de San Pedro.

En los pasillos laterales se distribuyen seis capillas también extremadamente decoradas que llevan el nombre de las principales familias que contribuyeron a la decoración de la iglesia.

Tras el abrumador interior de la basílica, volvimos al exterior siguiendo nuestro paseo hacia la Chiesa di Santissima Annunziata del Vastato, una de las iglesias más representativas del arte genovés del Manierismo tardío y del Barroco de principios del siglo XVII.

Fue construida por los franciscanos en el lugar en que ya había desde 1228 un convento y la pequeña iglesia de Santa Marta del Prato. Las obras comenzaron en 1520 en gótico tardío siguiendo el estilo artístico de la Basílica de San Francisco de Asís, lo cual hizo que no tuviera mucho sentido con el resto de construcciones del momento.

Sin embargo, la construcción no se finalizó por razones económicas. También porque la fachada daba a la Piazza della Nunziata que no pertenecía a los frailes. En el siglo XVI tras el Concilio de Trento los monjes se vieron obligados a realizar una renovación casi total de la iglesia, sin embargo, para ello tuvieron que buscar financiación. Se encargaron de pagar las obras la familia de los Lomellini, quienes además la usaron como capilla familiar. En 1867 se construyó la fachada neoclásica con dos campanarios.

Con los bombardeos de la II Guerra Mundial la iglesia quedó dañada y se perdieron frescos de las capillas laterales, aunque la estructura y los pilares se mantuvieron en pie.

Continuamos por la Via Balbi, una calle del siglo XVII en la que se encuentra la Universidad y el Palazzo Reale. La Universidad, construida en cuatro niveles, data de 1634 y fue diseñada por Bartolomeo Bianco, el mismo que se encargó de casi toda la calle.

El Palazzo Reale también se conoce como el Palazzo Stefano Balbi y es uno de los edificios históricos más importantes de Génova.

Comenzó a construirse en 1618 por la familia Balbi. Una segunda fase se llevó a cabo entre 1643 y 1655, momento en que se planificó el cuerpo central del edificio y sus dos alas laterales. También se añadió el jardín y se renovó la planta interior.

En 1677 la familia Balbi se lo vendió a la familia Durazzo, que llevaron a cabo tareas de ampliación. En estas obras se modificaron varios aspectos arquitectónicos.

En 1823 pasó a los Saboya, quienes renovaron varias estancias para adecuarlo y convertirlo en su residencia oficial. En 1919 pasó finalmente al Estado.

Hoy, convertido en museo, constituye una de las principales colecciones de arte de la ciudad gracias a que conserva el mobiliario original desde mediados del siglo XVII hasta comienzos del XX, obras de arte (tanto pinturas como esculturas) y objetos cotidianos.

Frente al Palacio Real y junto al edificio de la Universidad se encuentra la Parrocchia dei Santi Vittore e Carlo, construida en el siglo XVII para los carmelitas descalzos. En 1798 los frailes la abandonaron y pasó a ser una iglesia parroquial.

En la II Guerra Mundial dos bombardeos la dañaron gravemente, así pues, tuvo que ser reconstruida.

La Via Balbi nos conduce al monumento a Colón, sito en la Piazza Acquaverde, frente a la estación Piazza Principe

La estación, también conocida como Génova Príncipe, es la estación central de la ciudad y data de 1860. Aunque ha sufrido varias modificaciones con el paso del tiempo, la fachada es la original.

Frente a la estación se erige el Hotel Colombia, el que fuera el hotel de los pasajeros de segunda y tercera clase de los Ocean Liners, aquellos que cruzaban el charco buscando un futuro.

Habíamos hecho una ruta circular y nos encontrábamos cerca del puerto. Aún nos quedaba alguna zona por recorrer, pero decidimos volver al barco, secarnos un poco, comer, y salir de nuevo después para otro corto paseo antes de zarpar.

Sin embargo, cuando terminamos de comer la lluvia se había vuelto más persistente y estábamos empapados al momento. No al nivel de Copenhague, pero sí que era incómoda, sobre todo para ir con la cámara y con un paraguas que no era capaz de rechazar tanta agua. Además, había que sumar el aire… Así que, después de llegar al Complejo de San Giovanni di Pré, decidimos volver al barco y dar por terminada la visita a una ciudad que de todas formas, no nos había gustado demasiado.

Nos cambiamos y montamos una estación de secado en el baño. Nos vino muy bien la cuerda de tender dentro de la ducha. Gracias a ella pudimos colgar los pantalones y el chubasquero. El calzado tardaría más en secarse y tendríamos que acabar recurriendo incluso al secador de pelo.

Ya cambiados, salimos a cubierta a despedirnos de Génova, aunque desistimos, pues hacía frío, estaba lloviendo y toda la cubierta encharcada.

Además, la salida – que estaba programada a las 6 – se estaba retrasando. Dado que no adelantábamos nada al descubierto, decidimos ponernos a resguardo y volver al pub.

Luego oímos por megafonía que estábamos esperando a que llegara un grupo de pasajeros para zarpar. Dado que el barco no espera nada más que a los viajeros que van en sus excursiones, pensamos que quizá aún no habían llegado los de la de Milán seguramente por el tráfico. Pero es mera especulación.

Siguiendo la rutina diaria, nos duchamos y preparamos para la cena. Esta vez teníamos para elegir de primero entre ceviche (entre la oferta gastronómica de Liguria no puede faltar el pesto, pero sobre todo el pescado), mozzarella con tomate, ensalada provenzal y sopa minestrone. Como llevábamos todo el día bajo el agua, nos decantamos por la sopa calentita.

Entre los segundos teníamos Mezzi paccheri con salsa de mar, risotto con alcachofas, filete de bacalao a la ligure (como no podía ser de otra forma estando en Liguria), pierna de ternera y estofado de legumbres. Aquí diferimos en nuestra elección y mientras que yo me decanté por el bacalao (que elegir pescado siempre era un acierto), él probó la ternera.

Los postres del día eran Tarta Ópera, Tarte Tatin (de manzana confitada), fruta fresca, postre sin azúcar o mousse ligera de frambuesa. Nos llamó la atención esta última.

La climatología se notaba también en la navegación, y durante la cena apreciamos cómo oscilaba ligeramente el barco. Era estable, pero había cierto vaivén, sobre todo en los extremos y en la cubierta, donde además se podía ver cómo se movía el agua de la piscina amenazando con salirse. Muy divertido, sobre todo para alguien a quien no le gustan demasiado los barcos.

Tras cenar nos fuimos al teatro, donde teníamos asiento reservado para Magic Friends. Y si el día antes la representación me había decepcionado, este me aburrió. Y es que no me gusta mucho la magia y este en concreto, aunque estaba amenizado por los bailarines, no dejaba de ser un espectáculo de magia. Empezaba a perder la fe en los show nocturnos.

Cuando finalizó, nos tomamos una copa. Esta vez elegimos el Edge Cocktail Bar, donde el mojito dejaba algo que desear.

Así que tras un rato nos dimos un paseo por la zona de animación, donde el tema de la noche era marinero y todo el equipo de animación estaba caracterizado como tal. También las pantallas del techo.

Pero tampoco nos quedamos mucho rato, pues ya rozábamos la medianoche y Nápoles nos esperaba a la mañana siguiente.

Nueva serie a la lista “para ver”: La casa de papel

Ya he comentado en otras ocasiones que no soy muy aficionada a las series españolas. Podría decir que se debe al maltrato que sufren en la emisión (no sabes si la van a cambiar de día para contraprogramar) y al hecho de que el prime time en este país comience a una hora en la que los que madrugamos al día siguiente ya deberíamos estar durmiendo; pero en realidad no me llaman la atención porque suelen ser familiares para abarcar al máximo posible de público y al final todas recurren a los mismos estereotipos y tienen la misma temática (familia, instituto, comunidad de vecinos, grupo de amigos…). Se salvó en su día el Ministerio del Tiempo, y desde entonces parece que el asunto va cambiando y poco a poco van saliendo series con mejor calidad y mayor variedad.

En mayo de 2017 Antena 3 estrenó La casa de papel y, como tantas otras series españolas, no entró en mi radar. Sin embargo, tras los 15 capítulos de la primera temporada, Netflix adquirió los derechos de distribución para una segunda y acabó convirtiéndose en la serie de habla no inglesa más vista en la historia de la plataforma. Fue entonces cuando mi hermano la descubrió y me la recomendó. Así pues, llegué tarde, pero aún estoy a tiempo de ponerme al día, pues la tercera temporada (a pesar de que se planteó como una serie cerrada de dos entregas) se estrenará en 2019.

La Casa de Papel comienza con el atraco a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Por medio de flashbacks y de la voz en off de Tokio, una atracadora de bancos, vamos conociendo cómo se organizó el plan y cada uno de los protagonistas. Aunque ella es quien nos guía en el relato, el ideólogo del atraco es un hombre misterioso apodado “El Profesor” (Álvaro Morte), que la salvó cuando iba a ser detenida.

Poco conocemos del plan, solo que lo tiene pensado y medido al detalle. Para ello ha reunido a los mejores atracadores del país, cada uno experto en un aspecto. Sabemos que les exige que no conozcan nada los unos de los otros, ni siquiera los nombres, y por eso usan como seudónimo el nombre de una ciudad: Nairobi (Alba Flores), Río (Miguel Herrán), Moscú (Paco Tous), Berlín (Pedro Alonso), Denver (Jaime Lorente), Helsinki (Darko Peric) y Oslo (Roberto García); y que en el atraco es importante que nadie salga herido.

No obstante, pronto ya vemos que Tokio y Río han entablado relación. Él se ha enamorado, pero ella aún guarda luto por el amor de su vida, que murió en un atraco anterior y tan solo busca sexo causal, nada de compromisos. Hay otra excepción: la de Moscú y Denver, que son padre e hijo. Pero por lo demás, entiendo que vamos a conocer tanto a los personajes principales como a los secundarios por medio de los flashbacks para así conformar mejor la historia.

Porque ante todo La casa de papel es una serie en la que lo importante son los personajes. Es una serie coral. En ella intervienen no solo los atracadores, sino que además hay rehenes (los trabajadores de la fábrica y unos estudiantes del Colegio Británico que estaban de excursión). Y claro, en esta especie de partida de ajedrez no puede faltar un adversario. Al otro lado está la policía, con la inspectora Raquel Murillo (Itziar Ituño) a la cabeza. Aunque esta no solo tendrá que lidiar con la misión, sino que también tendrá que enfrentarse con el subinspector y el clima de tensión que hay entre ambos.

Viendo solo el primer capítulo es complicado posicionarse de un bando u otro. Por supuesto ya hay personajes que caen bien y otros que no. Poco conocemos de ellos, porque enseguida entra en materia y tiene un ritmo vertiginoso, pero ya comenzamos a hacernos una idea de que Berlín, Arturo y el subinspector son unos auténticos capullos. Del resto de atracadores, a pesar de saber que están cometiendo un delito, hay un trasfondo antisistema que hace que el espectador baile entre dos aguas y en cierta manera empatice con ellos. Se juega con la ambigüedad moral. Al menos de momento.

Y esto es lo novedoso de La casa de papel con respecto a otras ficciones nacionales que dan la trama mascada desde el primer momento. En este caso, desde el piloto no hay descanso en acción, sin embargo, en cuanto al relato todo está bien medido para ajustar los 11 días del atraco a lo largo de la temporada. Tiene un inicio potente en el que prima la guerra psicológica y el misterio. Los pocos detalles que vamos conociendo sobre el cómo hemos llegado a este punto y adónde vamos, nos llegan por medio de los flashbacks que, además, sirven para aligerar la tensión de la trama. Los toques cómicos bien dosificados también contrastan con otros momentos de pura adrenalina.

Sin duda, parece que la forma de hacer televisión está cambiando y se van abriendo miras en cuanto a estructuras narrativas y recursos. Mucho tiene que ver el aporte económico, claro, pero desde luego el arranque de La casa de papel es prometedor y nada tiene que envidiar a otras producciones que nos llegan del otro lado del charco. Cuenta  además con una elegante fotografía y una cuidada banda sonora que han traspasado fronteras. Eso sí, aún queda mucho por mejorar en cuanto a la duración de los episodios y las temporadas (por no hablar del comienzo del prime time a horas intempestivas).

En su emisión original en Antena 3 los capítulos eran de 70 minutos, algo habitual en nuestra televisión. No obstante, más allá de nuestro territorio la duración suele ser de 40-50 minutos, por lo que Netflix tuvo que llevar a cabo varios ajustes. Para evitar recortar metraje (lo cual es de agradecer), lo que se hizo fue alargar la primera temporada de 9 episodios a 13 y la segunda de 6 a 9.

Una vez que no está en pantalla, toca verla en modo maratón, sin anuncios que corten el ritmo frenético y nos saquen de la trama. Desde luego el piloto promete. Nos ha presentado a los personajes y la historia pero nos deja con ganas de más. Los 80 minutos pasan volando y nos deja enganchados al golpe. Además, todo el furor que ha causado nacional e internacionalmente parece indicar que no deja indiferente y que no se desinfla. Hay todo un fenómeno fan a raíz de la serie. Incluso hay quien viene de visita a Madrid y busca la foto con el edificio de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre (aunque las imágenes exteriores se corresponden con la sede central del Consejo Superior de Investigaciones Científicas porque el de la fábrica está en una calle muy estrecha e inaccesible) y recientemente se anunció que el 6 de octubre se inaugurará una Escape Room basada en la serie.

Habrá que ponerse al día antes de que comience la tercera temporada.

Crucero por el Mediterráneo. Día 3. Génova

Nuestra visita partió de la Estación Marítima Ponte dei Mille (Stazione Marittima), no muy lejos del centro de la ciudad. Es la estación histórica de la que salían los grandes buques hacia América, aunque parece que el Meraviglia tiene unas dimensiones superiores, ya que se ve cómo sobresale tras el edificio.

A finales del siglo XIX las migraciones no dejaban de crecer, por lo que fue necesario crear un espacio con salas de pasajeros. Se construyó un edificio que constaba de salas de pasajeros, un comedor, una sala médica y un puesto policial en el interior, todo en el mismo piso. Tras la I Guerra Mundial se recuperó el proyecto y se amplió a tres edificios conectados entre sí. Eso sí, las salas de la planta baja eran para la tercera categoría, mientras que las de la primera planta lo eran para primera y segunda. Siempre ha habido clases.

A mí lo que más me impresionó fue su interior tan blanco y la gran cúpula sostenida gracias a varias columnas.

Con la llegada de los vuelos en los años sesenta, el tráfico marítimo había disminuido notablemente. Tras tareas de restauración en 2001, hoy, como digo, es la estación donde llegan los cruceros.

Nada más salir, hay un puesto de información, así que aprovechamos para hacernos con un mapa. Aunque con la lluvia y teniendo Google Maps, lo cierto es que no lo usamos mucho.

Pero antes de comenzar con la ruta, unos datos sobre Génova:

Delimitada entre la Riviera Poniente y la Riviera Levante, es la capital de Liguria, una de las regiones más pequeñas del país, y la cuarta en población.

Liguria perteneció a Francia en el siglo XVII y, aunque en 1746 fue ocupada por los austriacos, Napoleón la recuperó. Consiguió independizarse, pero el Congreso de Viena en 1815 estipuló que debía anexionarse al Reino de Cerdeña.

Tras una larga etapa de decadencia, en el siglo XX remontó gracias a los túneles ferroviarios, los astilleros, industrias petroquímicas y metalúrgicas. Fue entonces cuando se convirtió en región portuaria. No obstante, la II Guerra Mundial y la ocupación germana frenaron de golpe este desarrollo.

Génova es la sexta ciudad italiana en población (la primera en su región) y la cuarta por importancia económica. Por supuesto, su historia, tanto política como cultural, está ligada al mar y tiene un carácter multicultural gracias a la multitud de pueblos que han pasado por su territorio. Los cartagineses la destruyeron en el 209 a.C y fue reconstruida por los romanos. Tras la caída del Imperio Romano llegaron los bizantinos, más tarde los lombardos. En el año 935 fue saqueada por los sarracenos.

El apogeo de Génova comenzó en el siglo XII cuando venció a los sarracenos. A partir de ahí, fueron prosperando hasta conseguir establecer puestos comerciales en Oriente Medio gracias a las Cruzadas. En el siglo XVI Andrea Doria consolidó el papel de la ciudad.

Con el paso de los siglos se enfrentó a los aragoneses, Visconti y franceses. Además, disputó la hegemonía marítima con Pisa, Venecia y Almafi. Y es que los genoveses siempre se han echado al mar en busca de nuevas rutas comerciales ¿Suena un tal Cristóforo Colombo? Así fue cómo la República Genovesa tuvo colonias en Oriente Medio y en el Norte de África.

Su época dorada transcurrió entre los siglos XVI y XVII, sin embargo la decadencia llegó como consecuencia de la rivalidad entre los aristócratas gobernantes, los avances de los franceses en 1668 y de los austriacos en 1734. Poco a poco perdió importancia y territorios.

El puerto de Génova es el más importante del país y el segundo del Mediterráneo. El mar es el protagonista, así, no es de extrañar que la ciudad haya crecido en torno a él. Eso sí, de una forma desordenada y caótica. Sin embargo, no todo está a nivel del mar, sino que Génova se asienta sobre colinas, a las que se accede por medio de funiculares o elevadores.

El centro histórico queda bastante recogido y se puede recorrer tranquilamente a pie. De hecho, es la mejor forma de hacerlo, pues es complicado acceder de otra forma a su entramado de callejuelas, callejones, plazas, plazoletas, escaleras y túneles.

Fuera del casco histórico se encuentra una ciudad más renacentista, símbolo de una época en la que Génova destacaba en el comercio.

Nosotros, equipados con impermeables y paraguas, comenzamos nuestra caminata por la Via Alpini d’Italia, que nos lleva por el Porto Antico. Un puerto que fue renovado en 1992 y ha ido añadiendo atracciones turísticas como la Biosfera, la Ciudad de los Niños, el Museo de la Antártida, una biblioteca, un centro comercial, un gimnasio, cines, restaurantes y bares. Además del famoso Acuario, el segundo más importante de Europa por detrás del de Valencia. Es el más grande de Italia y cuenta con 70 tanques y 800 especies.

Cerca se halla el Museo del Mar (Galata Museo del Mare), inaugurado en 2004 con motivo de la capitalidad cultural europea de Génova. En sus 10.000 metros cuadrados se puede conocer la historia naval de la ciudad. Organizado en cuatro pisos, es el museo más grande del área mediterránea dedicado al mar.

El nombre nos recuerda a la torre de Estambul de mismo nombre, y es que, si recordamos, es en aquel barrio donde vivían los genoveses.

Y mientras, en la acera opuesta vamos viendo edificios coloridos que parecen tener historia, sin embargo, Génova no nos termina de emocionar. La ciudad parece gris, y no solo por la lluvia. Hay algo de decandencia, de dejadez en su paisaje urbano.

En este tramo solo destaca el Complejo de San Giovanni di Pré (Commenda di San Giovanni di Pré), un edificio de piedra negra de Promontorio de estilo románico que se abre al mar.

Fue mandado construir en 1180 por un monje perteneciente a los Caballeros de Jerusalén. Consta de dos iglesias sobrepuestas una sobre la otra y de la commenda, que tiene tres pisos y que servía como convento y hospedaje para caballeros, mercaderes y peregrinos que iban o volvían de Tierra Santa. Hoy es un Museo-Teatro dedicado a la historia medieval de la ciudad.

En esa misma acera, medio escondida, se encuentra la Porta dei Vacca.

Originalmente se llamaba Porta di Santa Fede, pues tomaba el nombre de la iglesia próxima, pero el dei Vacca se lo debe a la familia adinerada que residía tras cruzarla. Cuando los Vacca traicionaron a la República de Génova su vivienda fue demolida como castigo. En su lugar se levantó una fuente.

También se la llama Porta Sottana, como contraste de la Porta Soprana.

Esta puerta, que data de 1155, es considerada uno de los grandes monumentos de Génova y permite el acceso al recinto amurallado medieval. Consta de dos torres semicirculares y está incorporada a dos palacios, el de Marc’Aurelio Rebuffo y el de Lomellini-Serra.

En las tareas de restauración de 1960 salieron a la luz estructuras originales y modificaciones del siglo XVIII.

Un poco más adelante, dejamos el puerto para cruzar a la Piazza Caricamento.

Esta plaza de aproximadamente 9.000 metros cuadrados estuvo ocupada por muelles portuarios durante la Edad Media: Calvi (también llamado della Legna), Spinola, Reale (de pasajeros) y Mercanzia. En 1839 se construyó como terminal, para que sirviera de enlace vial con el puerto y, en 1854, con la inauguración de la línea ferroviaria Turín-Génova, se convirtió en la estación principal de carga y descarga de mercancías al permitir los traslados directamente desde los barcos hasta los trenes.

En 1963 se construyó una carretera elevada que cruza la plaza para que la aliviara de tráfico. Sin embargo, también la afea. En 1992, con motivo de las celebraciones del descubrimiento de América, se peatonalizó parcialmente y se abrió a la ciudad. Desde entonces sus funciones comerciales han desaparecido.

En el centro se alza la estatua de bronce de Raffaele Rubattino, considerado el primer armador italiano.

La plaza queda delimitada por el Palazzo San Giorgio, que antiguamente era conocido como Palazzo delle Compere di San Giorgio. Hoy es la sede de la Autoridad Portuaria.

La fachada está decorada con los San Jorge y el dragón y en su parte posterior aún se pueden ver rastros de la construcción medieval.

Y es en esta parte trasera donde parte la Via al Ponte Reale, que nos conduce al casco histórico de la ciudad, donde los callejones son tan estrechos que abriendo los brazos se pueden tocar ambos extremos y apenas entra luz entre los edificios.

Paramos en la Piazza Bianchi, donde se localiza la primera Bolsa de Italia, la Loggia dei Mercanti, construida en 1855. También en la plaza se alza la Iglesia de San Pietro in Banchi.

Es uno de los tres edificios religiosos (además de la catedral de San Lorenzo y de San Bernardo) que fueron construidos en la ciudad por el gobierno de la República de Génova. Esta iglesia se levantó a finales del siglo XVI en el lugar en que había habido ya un templo, pero que quedó reducido a escombros a finales del XIV.

Durante la II Guerra Mundial quedó gravemente dañada como consecuencia de un bombardeo aéreo. Tras la guerra fue restaurada siguiendo fotografías y grabados antiguos. La decoración de la fachada, que nunca se acabó, se sustituyó por frescos.

Siguiendo la Via San Pietro della Porta llegamos a la Via San Lorenzo, que nos conduce a la Catedral.

Imagino que normalmente es una calle muy transitada, sin embargo, con la lluvia, apenas había gente, salvo nuestros compañeros de crucero. Bueno, y las pinturas del suelo.

La Catedral de San Lorenzo fue construida gracias a los beneficios obtenidos en las Cruzadas y las obras se alargaron entre los siglos XII y XVI . Así, aunque comenzó a construirse en estilo románico, tiene elementos de varios estilos arquitectónicos como consecuencia del paso del tiempo. Lo primero que se construyó fue la fachada, y fue decorada con franjas de mármol horizontales blancas y negras, bastante común en Liguria (y que ya habíamos visto en Marsella). Por su parte, la mayoría de la estructura interior data del siglo XIV; mientras que el campanario y la cúpula son del XVI.

La entrada principal se encuentra flanqueada por efigies de los cuatro animales del apocalipsis y la representación de Jesús en actitud de bendecir. La parte superior queda rematada por un gran rosetón.

El interior queda dividido en tres naves: una central y dos laterales (donde se encuentran las capillas). Me sorprendió su edificio con la combinación de columnas y piedra, aunque lo que más llama la atención es la bomba de la II Mundial que lanzaron las tropas británicas pero que afortunadamente no explotó. Los católicos lo consideran una intervención de Dios y el obús se venera como una figura religiosa.

La catedral es uno de los principales monumentos de la ciudad y la sede episcopal católica. Cuando se erigió, favoreció la fusión de los tres núcleos de la ciudad antigua y se convirtió en el corazón de Génova. Y es que por aquel entonces, la plaza era el único espacio público de la ciudad.

Bajo el edificio se encuentra el Museo del Tesoro de San Lorenzo, que alberga una colección de joyería y platería desde el siglo IX a la actualidad.

Seguimos bajo la lluvia hacia la cercana Iglesia de Jesús (Chiesa del Gesú).

Data de la segunda mitad del siglo XVI y es de estilo barroco genovés. Destaca sobre todo su interior, donde alberga obras de Rubens.

Al lado se halla el Palazzo Ducale, uno de los símbolos más prestigiosos de la ciudad.

Se comenzó a construir en 1298, una época en la que Génova era una potencia en el Mediterráneo. Fue renovado en el siglo XVI, para darle una nueva apariencia más actualizada, tanto en su exterior, como en el interior.

A finales del siglo XVIII se le añadieron elementos neoclásicos durante la restauración posterior al incendio de 1777. Volvería a ser renovado de nuevo en el siglo XIX y a principios del XX.

Fue abierto al público en 1992 y ahora acoge grandes eventos y exhibiciones. Durante nuestra visita había una de Picasso.

Seguimos la Via di Porta Soprana que nos conduce, como no podía ser de otra forma, a la Porta Soprana, también conocida como Porta di Sant’Andrea ya que se encuentra en la cima del Piano di Sant’Andrea.

Esta puerta era uno de los antiguos accesos de la Génova Medieval. Fue construida en el siglo X para defenderse del imperio alemán. El aspecto actual sin embargo no es el original, sino que se corresponde con la restauración del siglo XII.

En el siglo XIV perdió su papel defensivo y con el desarrollo urbanístico se quedó integrada dentro del barrio de Ponticello. Sobre el arco de entrada, entre ambas torres, se construyó una casa en la que viviría el hijo del verdugo que había guillotinado a Luis XVI.

En el siglo XIX la casa fue ampliada y las torres se convirtieron en cárcel al igual que el cercano Claustro de San Andrea. Con la restauración de finales de siglo se incorporaron las águilas de los capiteles. La torre sur pasó por un lavado de cara en 1930 cuando se demolió el barrio de Ponticello.

Muy cerca, tomando el Vico dritto di Ponticello se encuentra la casa-museo de Cristobal Colón (o la que se cree que fue su casa), aunque nosotros no teníamos tiempo, por lo que continuamos por Via Dante, que nos lleva al centro neurálgico de la ciudad, a la Piazza de Ferrari.

Le debe su nombre a Raffaele De Ferrari, Duque de Galliera, que en 1875 donó una importante suma de dinero para la ampliación del puerto.

Proyectada en la segunda mitad del siglo XIX, es la plaza más espectacular de la ciudad, y una que al parecer concentra gran bullicio de tráfico y gente. Aunque con la lluvia estaba el ambiente bastante tranquilo.

Se encuentra dominada por la monumental fuente de bronce circular con saltos de agua y rodeada de impresionantes edificios históricos.

En su entorno se erigen sedes de bancos y aseguradoras así como edificios de oficinas, por lo que también se la conoce como el centro financiero de Génova y hay quien se refiere a ella como la “city”. Además hay varios palacios y el Teatro Carlo Felice.

El Palazzo della Nuova Borsa Valori destaca por su recargada decoración y su planta semicircular. Pero también encontramos el imponente Palazzo Ducale, la antigua sede de gobierno de la región de Liguria. Aunque es su cara lateral la que da a esta plaza. Su fachada principal ya la habíamos visto en la plaza Giacomo Matteotti.

El Teatro Carlo Felice es la principal ópera de la ciudad. También se usa para representaciones de ballet y música de orquesta.

Construido en 1827, es de estilo neoclásico. Aunque su aspecto se lo debe a una reconstrucción total tras haber quedado dañado como consecuencia de los bombardeos de la II Guerra Mundial.

Frente a él se halla la estatua ecuestre de Giuseppe Garibaldi, el militar y político italiano que promovió la unificación de Italia.

También en las proximidades está la Accademia Ligustica di Belle Arti, construida en el siglo XIX en el lugar en que se encontraba el convento de San Domenico.

Y de plaza a plaza. Nuestra siguiente parada fue la Piazza di San Matteo, una clara muestra del poder de una gran familia genovesa en la Edad Media: los Doria. Todos los edificios en la plaza pertenecían a esta familia.

Su lugar es estratégico: muy cerca de la Catedral, de la Piazza Soziglia y de  la Via Luccoli. Además, por aquel entonces suponía el límite de la ciudad, por lo que controlaban las salidas. En el siglo XII, con los nuevos muros, quedó dentro del recinto urbano.

En el centro se halla el templo que le da nombre, la Abazzia de San Matteo.

Esta pequeña iglesia data de 1125 y fue erigida en estilo románico, aunque en el siglo XIII fue renovada con toques góticos. El promotor de esta construcción fue el benedictino Martino Doria, que era recaudador de impuestos. Se la dedicó a San Matteo porque era el patrón de su profesión, y con ello se convirtió también en el de la familia. Hoy el templo sigue perteneciendo a los Doria, e incluso el nombramiento del Abad ha de ser aprobado por ellos.

En el siglo XIII la plaza fue renovada. Se construyeron los palacios de Branca Doria y Lamba Doria, y se echó abajo la iglesia para levantar una más grande (desplazada hacia arriba y atrás) y con un diseño más acorde a las nuevas edificaciones. Así, se actualizaron las fachadas y se diseñaron con las franjas de mármol y pizarra tan típicas en las construcciones de la Edad Media genovesa.

A mediados del siglo XVI se construyó la tumba de Andrea Doria en la cripta, bajo el altar mayor.

Otros palacio de la familia son el Palazzo Lamba Doria, con un pórtico con cuatro arcos y formado por dos edificios unidos por sus fachadas; el de Domenicaccio Doria, con tres arcos ojivales; o el Gnecco Quartara (antes conocido como Giorgio Doria, pero comprado en 1826 por Andrea De Ferrari, padre del futuro duque de Galliera, Raffaele De Ferrari), con el portal del siglo XV que representa San Jorge y el dragón. En 1486 se construyó el último de los palacios, el de Lazzaro Doria.

Todos los palacios de Doria albergan importantes colecciones de arte en su interior.

Tanto la plaza como las fachadas fueron renovadas en 1992 con motivo del aniversario del Descubrimiento de América, pero quizá ha llegado el momento de darles otro lavado de cara.

Tras intentar captar los detalles de la Piazza San Matteo y sus construcciones, volvimos sobre nuestros pasos hasta la Piazza di Ferrari para tomar allí la Via XX Settembre, una calle comercial de casi un kilómetro que conduce a la Piazza de la Vittoria, construida en tiempos del fascismo.

La Via XX Settembre es conocida por los locales también como Via Venti y además de tiendas, también predominan en ella oficinas, bares elegantes y algunos edificios históricos. Hasta los años 80 conservó salas de cine, hoy ya desaparecidas y trasladadas a los centros comerciales.

Para construir esta importante avenida hubo que demoler muchos edificios, con lo que no fue acogida con mucha expectación. Tras varias modificaciones, su desarrollo se llevó a cabo en dos fases y con problemas económicos.

 

Podríamos haber seguido mucho tramo, pero como no teníamos mucho tiempo, tomamos la calle Sofia Lomellini y llegamos hasta la Piazza Corvetto, llamada así por Luigi Emanuele Corvetto, un político genovés de la época napoleónica. Es una de las plazas más grandes de la ciudad y de ella salen varias calles importantes como la Via Roma, Via XII Ottobre, Via Serra o Via Assarotti. También la Galleria Nino Bixio sobre cuya balaustrada se erigen dos estatuas de personajes ilustres de la ciudad: el almirante Andrea Doria y Guglielmo Embriaco, héroe de las cruzadas.

En la Piazza Corvetto, destacan sus jardines y parterres, así como la estatua ecuestre de Víctor Manuel II de Saboya.

También desde la plaza se ve el Palazzo Doria – Spinola, que es Patrimonio de la Humanidad.

Fue construido entre 1541 y 1543 para el almirante Antonio Doria, pero en 1624 pasó a la familia Spinola, de ahí su nombre compuesto. En 1876 fue vendido al ayuntamiento, y más tarde fue transferido a la provincia, momento en que se realizaron tareas de reacondicionamiento para poder establecer las oficinas. Como consecuencia de la construcción de la Via Roma en 1877 perdió la esquina derecha, la galería y el jardín.

Alberga hoy en día la Galería Nacional, el principal museo de arte de la provincia. Su colección incluye desde muebles hasta pinturas y esculturas que la familia Spinola donó al Estado en 1958.

Siguiendo la calle nos adentramos en la parte más histórica de la ciudad, que merece entrada aparte.

Crucero por el Mediterráneo. Día 3. Aproximación a Italia

Amaneció un nuevo día con cambio de país. Llegábamos a Italia, país en el que habíamos estado brevemente en nuestra visita a Venecia en 2008 durante nuestro primer crucero. Aquella vez predominaba Grecia, esta vez, de seis paradas, tres eran italianas.

Hablar de Italia es complicado, casi tanto como hablar de Grecia. Es un país que ha heredado varias culturas antiguas como la de los etruscos, los griegos, los vénetos y los romanos; pero también ha sido cuna de diferentes artes en siglos más próximos (por ejemplo el Humanismo y el Renacimiento). Además, su capital es referencia religiosa, pues en Roma se encuentra el Vaticano, sede de la Iglesia Católica. Gracias a todo ello, Italia es el país que tiene mayor número de reconocimientos bajo el título Patrimonio de la Humanidad (51).

El nombre Italia proviene de los ítalos, un pueblo que residía en el centro de la península. Con el tiempo el nombre se fue extendiendo a medida que la República Romana fue conquistando tribus y unificando territorios.

Según los yacimientos arqueológicos, Italia ha estado habitada desde el Paleolítico, aunque las primeros pueblos estudiados son los ligures, que se asentaron en el norte de Italia, Suiza y el sur de Francia (Niza) y que tenían conocimientos de agricultura y navegación.

En esa época, también residían en el centro de la península (en la Toscana) los etruscos. No se conoce mucho de ellos, quizá venían de Asia Menor. Los frescos, joyas y cerámicas que se han hallado en sus tumbas muestran que tenían un alto nivel artístico y cultural. Gracias al comercio pronto avanzaron hacia el norte, alrededor del valle del río Po (hoy Lombardía). También se extendieron hacia el sur, donde se encontraron con la Magna Graecia. A partir del siglo VIII a. C. llegaron griegos que crearon colonias en el sureste de la península. Poco a poco fueron naciendo ciudades-estado.

Los etruscos eran destacados orfebres e innovadores constructores navales. Además, conocían técnicas militares superiores. Sin embargo, eso no impidió que hacia el siglo V a.C comenzara la decadencia de Etruria como consecuencia de las invasiones celtas así como ataques de griegos y cartagineses. Finalmentente hacia el 40 a. C. fue conquistada por los romanos.

En la Edad de Hierro habían llegado a Italia pueblos indoeuropeos (latinos, sabinos, oscos y umbros) que se fueron asentado sobre todo en el centro y norte de Italia.

En el 753 a. C. a orillas del río Tíber se fundó Roma, una ciudad que acabaría siendo clave en la historia de Italia y Europa durante siglos. Nació como una sociedad agrícola, pero fue creciendo y pasó de monarquía etrusca (21 de abril del 753 a. C. hasta el 510 a. C.) a república romana latina (509 a. C.- 27 a. C.) y finalmente acabó convirtiéndose en todo un Imperio gracias a su excelente organización militar y civil.

Roma se hizo con tierras desde el Rin en Germania hasta el norte de África, abarcaba toda la Península Ibérica así como los actuales territorios de Francia, Gran Bretaña, Europa Central y Oriente Medio hasta Armenia. Bajo el dominio de Augusto hubo unos años de paz, un período de esplendor conocido como Paz Romana.

El Imperio Romano fue relevante tanto cultural como científica o técnicamente. En la época del imperio la cultura romana, el arte, la literatura y filosofía se propagaron. Todo el imperio tenía la misma moneda, el mismo código legal, la misma religión, la misma lengua (que evolucionaría en las diferentes lenguas romances), el mismo ejército… Se construyeron calzadas romanas para facilitar las comunicaciones en todo el territorio, se explotaron minas en Hispania y Britania y se erigieron puentes y acueductos para llevar agua a las ciudades. Todo este desarrollo urbanístico favoreció el comercio y la economía. Nació así la Ruta de la Seda, que conectaba Occidente con el Imperio Chino y la India.

Durante el reinado de Trajano el Imperio Romano abarcaba unos 6,14 millones de km². Iba desde el Océano Atlántico hasta las orillas del mar Negro, el mar Rojo y el golfo Pérsico; y desde el desierto del Sáhara hasta las tierras boscosas a orillas de los ríos Rin y Danubio y la frontera con Caledonia. Pero llegó un momento en que era difícil de gobernar un territorio tan amplio. Además, el ejército comenzó a revelarse. En el año 476 las Invasiones Bárbaras pusieron fin al imperio, aunque ya venía debilitándose y fragmentándose.

La Edad Media estuvo marcada por diferentes pugnas de poder entre diferentes pueblos que querían hacerse con el control de los territorios. En el norte dominaba el Sacro Imperio, el Papa y el poder de las ciudades-estados y en el sur el Imperio Bizantino, los musulmanes, los normandos, los angevinos, los aragoneses y los Borbones…

Entre los siglos X y XII cuatro ciudades destacaban en el comercio marítimo: Amalfi, Pisa, Génova y Venecia. También tenían su independencia (gobierno autónomo con forma de república oligárquica, moneda, ejército, etc.) como consecuencia de la falta del poder central. Otras ciudades que consiguieron el autogobierno gracias al comercio y la artesanía fueron Gaeta, Ancona, y Noli.

A finales de la Edad Media había seis Estados principales: el ducado de Saboya, el de Milán, las repúblicas de Florencia y Venecia, los Estados Pontificios y el reino de Nápoles.

El norte se había desarrollado más gracias a las ciudades-estado y a la llegada de mercaderes durante el siglo XII y XIII. Esto conllevó al Renacimiento en el siglo XV, una época en la que resurgieron las artes y las ciencias. En un principio nació en la literatura, pero el mecenazgo favoreció otras disciplinas y áreas intelectuales. En este movimiento destacan artistas como Leonardo Da Vinci, Michalangelo Buonarotti, Sandro Botticelli, Dante Aligheieri y Francesco Petraca.

El movimiento comenzó en la Toscana, en las ciudades de Florencia y Siena, gracias a la influencia de los eruditos griegos. Pronto tuvo impacto en otras ciudades como Milán y Venecia. También el Papa quiso hacer cambios en edificios en Roma. Y después se extendió por el resto de Europa. Aún así, no hay que olvidar que los cambios estaban concentrados en las clases altas y que para la mayoría de la población no supuso gran diferencia esta etapa con la Edad Media.

Políticamente fue un período en el que diferentes países luchaban por hacerse con el poder. Así, el Renacimiento terminó a mediados del siglo XVI debido a las Guerras Italianas provocadas por la rivalidad entre Francia y España y las continuas sucesiones dinásticas. Las ciudades-estado perdieron su autonomía y quedaron bajo dominio extranjero.

La España de Carlos I pasó a controlar Milán, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, la parte sur de la Toscana y algunos estados pequeños del norte. Sin embargo, la decadencia del Imperio Español en el siglo XVIII por las numerosas guerras que tuvo que encarar arrastró también a los territorios italianos. La Guerra de Sucesión Española tras la muerte de Carlos II implicó casi a toda Europa. Y mientras en la Península Ibérica se libraban las batallas, el duque de Saboya y el de Austria se hicieron con las posesiones españolas en Italia.

Tras la guerra, Milán, Nápoles y Cerdeña pasaron a los Austrias, mientras que Sicilia pasó a la Casa de Saboya. Después Carlos III conquistó el Reino de las Dos Sicilias, que le pasaría a su hijo Fernando I. Tras la muerte de Carlos IV, su hija María Teresa I de Austria heredó la corona, pero no era reconocida por las potencias europeas, lo que desembocó en una guerra entre Prusia, Francia y España. Cuando María Teresa se casó con Francisco, la Toscana se incorporó a la casa Habsburgo-Lorena.

A finales de siglo XVIII llegó Napoleón, quien puso fin al dominio austriaco, reorganizó los territorios en repúblicas, abolió el poder de los papas y deportó a Pío VII a Savona. Después unió las diversas repúblicas en el Reino de Italia. Solo Sicilia y Cerdeña quedaron fuera de su dominio.

En 1814, con el Congreso de Viena, Italia quedó dividida en ocho partes, la mayoría bajo dominio extranjero. Tras la caída de Napoleón, comenzó a despertar un sentimiento revolucionario de carácter de independencia: El Risorgimento. Nació desde el odio hacia la dominación extranjera. Los patriotas se alzaron en 1848 contra los austriacos en Milán y Venecia, contra los Borbones en Sicilia y contra el Papa en Roma, donde se declaró la República.

Víctor Manuel II encabezó un movimiento que en apenas dos años se hizo con todo el territorio. Nombró a Camillo Benso Di Cavour presidente del consejo de ministros, quien consiguió crear el Reino de Italia, en el que solo el Véneto y Roma quedaban excluidos (tardarían una década en caer). Por su parte, Giuseppe Garibaldi unificó Nápoles y Sicilia, que en 1861 sirvió para que Cavour declarara un reino unificado. En 1866 se anexionó Véneto y, finalmente, en 1870 Roma, convirtiéndola en capital y confinando al Papa Pío IX en el Vaticano, ya que no quería entregar el poder. En 1871 Italia estaría unificada como monarquía parlamentaria constitucional.

El nuevo estado unificado sin embargo tenía sus problemas. Mientras que el norte se industrializaba rápidamente, por contra el sur (y zonas rurales del norte) estaban subdesarrolladas y sobrepobladas. Además, había un número alto de analfabetismo y grandes diferencias culturales. Ni siquiera había una lengua común. En cuanto a política exterior, comenzó una expansión colonialista: Eritrea, Somalia y Abisinia. Además, el nacionalismo italiano reclamaba las “Tierras italianas irredentas”, ciudades y regiones que consideraban propias, como algunas ciudades fronterizas de Croacia o Austria; Niza, Saboya, Córcega o Malta. Tras una guerra con Turquía entre 1911 y 1912 se hizo con territorios de Libia y algunas islas del Egeo.

Al estallar la I Guerra Mundial Italia se mantuvo neutral. Sin embargo, debido a presiones de sectores nacionalistas y de izquierdas, en 1915 acabó uniéndose a los Aliados y declarándole la guerra a Austria a cambio de varios territorios (Trento, Trieste, Istria, Dalmacia). Al fimar la paz recibió Trento, Trieste e Istria, no así Dalmacia que pasaría a Yugoslavia.

Tras la I Guerra Mundial hubo agitaciones socialistas inspiradas por la Revolución Rusa, sin embargo, tuvieron un resultado diferente, ya que provocaron una contrarrevolución. El Partido Nacional Fascista, liderado por Benito Mussolini, se convirtió en una importante fuerza política. Su reacción a las huelgas fue mejor aceptada que la del propio gobierno gracias al discurso del miedo. Fue ganando adeptos hasta que en octubre de 1922 los fascistas intentaron llevar a cabo un Golpe de Estado con la Marcha sobre Roma, pero fracasó. Aunque no del todo, ya que el Rey Víctor Manuel III convirtió a Mussolini en Primer Ministro.

Nació la dictadura fascista y en los años siguientes se prohibieron los partidos políticos, se controló a la prensa y a los sindicatos y se recortaron libertades personales para así “prevenir” nuevas revoluciones. En 1929 Mussolini pactó con la Iglesia Católica y les permitió crear el Estado del Vaticano. Mientras tanto, la política exterior se centró en las colonias. En 1936 invadió Etiopía y en 1937 se creó el Imperio Italiano de África Oriental. Además, Italia se unió a la Alemania nazi para apoyar a Franco en la Guerra Civil Española. Cuando Alemania se anexionó Austria e invadió Checoslovaquia, sin avisar a Mussolini, este decidió anexionarse Albania pese a la oposición del rey Víctor Manuel III.

Cuando comenzó la II Guerra Mundial, Italia también se mantuvo neutral, sin embargo, en 1940, cuando Francia estaba en horas bajas, decidió declarar la guerra esperando que así Gran Bretaña pediría la paz. Algo que no ocurrió. Hitler invadió Polonia, Francia y Dinamarca y Mussolini decidió hacer lo propio con Grecia atravesando Albania. Sin embargo, lo que él esperaba que fuera rápido, le llevó más tiempo y esfuerzo y al final tuvo que intervenir en 1941 Hitler en coalición con Bulgaria y Hungría. Entre 1941 y 1942 Italia consiguió extender su control en el área central del Mediterráneo.

Con la entrada de EEUU y la fallida invasión de la URSS, el Eje perdió poder. Además, en 1943 Italia fue derrotada en el norte de África y Sicilia fue invadida. El rey Victor Emmanuel III mandó arrestar a Mussolini y nombró Primer Ministro al mariscal Badoglio. Este nuevo gobierno comenzó a negociar el armnisticio con los aliados, algo que no gustó en Alemania, que envió tropas a Italia. Hitler se hizo con el norte de Italia, y tras la liberación de Mussolini, la zona se convirtió en la República Social Italiana. En aquel momento surgió la Resistencia Partisana, que se oponía al fascismo y al nazismo y consiguió desestabilizar su poder y expulsar a los nazis. La liberación italiana se llevó a cabo en abril de 1945 y Mussolini fue fusilado. Casi un millón de italianos murieron en la guerra y el país quedó sumido en la pobreza.

El 2 de junio de 1946 tuvo lugar un referéndum en el que por primera vez pudieron votar las mujeres (el sufragio universal masculino se aprobó en 1913). El rey, que había estado implicado en la II Guerra Mundial y en la dictadura, tuvo que abdicar al proclamarse la República.

El 1 de enero de 1948 entró en vigor la Constitución Republicana. En aquel momento Italia redibujó sus fronteras. La mayoría de la Venecia Julia pasó a Yugoslavia y Trieste quedó dividida entre los dos estados. También se perdieron todas las posesiones coloniales y se dio por acabado el Imperio Italiano. En las primeras elecciones en abril de 1948 hubo una pugna entre el partido apoyado por EEUU: el Partido Democracia Cristiana, y los respaldados por la URSS, el Partido Socialista Italiano y Partido Comunista Italiano. El miedo al comunismo le dio el triunfo al PDC, un partrido que ha estado muy presente en los gobiernos de Italia desde la guerra hasta la década de los 80.

En 1949 Italia se unió a la OTAN y en 1955 a las Naciones Unidas. Comenzó a remontar económicamente gracias al Plan Marshall. En 1957 fue miembro fundador de la Comunidad Económica Europea, antecesora de la Unión Europea.

Desde finales de los años 60 hasta finales de los 80 se vivieron los conocidos anni di piombo (años de plomo). La crisis del petróleo, la guerra fría y los gobiernos que duraban apenas unos días desembocaron en una crisis social. Esta insatisfacción se tradujo en revueltas callejeras. La violencia fue escalando hasta que en 1978 las Brigadas Rojas asesinaron al líder cristianodemócrata Aldo Moro. Los servicios secretos italianos intervinieron deteniendo a activistas de extrema izquierda. En 1980 tuvo lugar el brutal atentado en la estación de tren de Bolonia que dejó a 85 muertos. La masacre fue atribuida a Ordine Nuovo, un grupo terrorista de ultraderecha, pero nunca se llegó a aclarar.

En los años 80 se produjo una alternancia de gobierno. En 1981 consiguió llegar al gobierno Giovanni Spadolini (liberal) y en 1983 Bettino Craxi (socialista), aunque Democracia Cristiana siguió siendo el principal partido. Durante el gobierno socialista la economía se recuperó e Italia se convirtió en la quinta nación más industrializada, no obstante, la deuda se disparó como consecuencia de los gastos del gobierno.

En los años 90 Italia tuvo varios escándalos judiciales. Por un lado, el ex Primer Ministro democratacristiano Giulio Andreotti fue acusado de colaborar con la mafia. Por otro, salió a la luz la Operación Gladio, en la que los servicios secretos de la OTAN habían llevado a cabo actividades anticomunistas.

El 92 fue un año movido. Las elecciones reflejaron el hartazgo de la población y el castigo a los políticos que llevaban años de inmovilismo y acumulando deudas. Además, la Operación Manos Limpias había descubierto flagrantes casos de corrupción. Aunque estaban todos los partidos involucrados, especialmente era notable en Democracia Cristiana, que llevaba 50 años en el poder. Así, los partidos sufrieron una gran crisis y se reorganizaron. Por ejemplo, los comunistas se reconvirtieron en fuerza socialdemócrata. También fue el año en que la mafia asesinó al juez Giovanni Falcone.

En 1996 ganó las elecciones una coalición de centro izquierda, el Olivo, encabezada por Romano Prodi, pero las tensiones internas hicieron que tan solo dos años después hubiera nuevas elecciones. En 1998 se formó una coalición de centro-izquierda que incluía a los comunistas por primera vez en cincuenta años. A la cabeza estaba Massimo D’Alema, quien dimitiría en 2000 tras unos malos resultados en las elecciones regionales.

En 2001 ganó las elecciones Silvio Berlusconi. Este magnate de los medios de comunicación (es dueño de tres cadenas de televisión) aprovechó la crisis de los partidos tradicionales para formar el partido de centro-derecha Forza Italia. Gobernó en coalición con la separatista Liga Norte y otros partidos de corte neofascista como Alianza Nacional. La coalición de Berlusconi no consiguió renovar la presidencia en 2006 y Prodi volvió al poder con la alianza centroizquierdista L’Unione. Aunque volvió a haber alternancia en 2008, cuando Berlusconi volvió a ganar. Eso sí, fueron unos años de escándalos y de maniobras en los que el Primer Ministro intentó modificar las leyes en su propio beneficio. Tres años más tarde, atrapado entre juicios de corrupción y otros personales, tuvo que dejar la presidencia.

Le sucedió Mario Monti, que tampoco duró mucho y fue sustituido en 2013 por Enrico Letta, quien solo estuvo un año en el cargo. En 2014 Matteo Renzi asumió la presidencia, y tras dos años dimitió tras un referéndum fallido y le tomó el relevo su ministro de Exteriores Paolo Gentiloni, cuyo Gobierno fue el número 65 desde enero de 1946. Demasiados para tan poco tiempo, pero es la consecuencia del sistema electoral italiano. La Constitución favorece deliberadamente las coaliciones. Es algo que se tuvo en cuenta cuando se redactó, para que así se pudieran unir el norte y el sur y no llegara un gobernante demasiado poderoso (no querían repetir sus errores). De esta forma, el Primer Ministro necesita tener mayoría en ambas cámaras para poder gobernar. Y además mantenerlo, si no, tendrá que renunciar.

Así pues, si ya de por sí estas coaliciones tienen sus propias tensiones, además le unimos que los partidos no están unidos y las diferentes corrientes chocan entre sí, el resultado es la inestabilidad. A principios de los 90 se cambió la ley electoral para intentar favorecer gobiernos de mayoría y desde entonces los gobiernos duran el doble de lo que lo hacían antes de la modificación. Aún así, sigue habiendo problemas. En 2017 se aprobó la Rosatellum bis, una nueva ley electoral que ha resultado ser un caos a la hora de formar gobierno. El primer domingo de marzo de 2018 hubo elecciones y ninguna agrupación ni partido político ganó por mayoría absoluta. El “partido” más votado fue el Movimiento 5 Estrellas, liderado por Luigi Di Maio y la coalición de derechas ganó por mayoría simple en la Cámara de Diputados y en el Senado.

El 5 de marzo, Matteo Renzi anunció que su partido, el PD, estaría en la oposición durante la legislatura y que una vez se forme un nuevo gabinete, renunciaría como líder. Por su parte, Matteo Salvini reiteró la promesa que realizó durante la campaña de no formar coalición con el M5S. Sin embargo, el 1 de junio se convirtió en Vicepresidente y Ministro de Interior del Gobierno de Italia gracias al acuerdo de la Liga Norte con el Movimiento 5 Estrellas.

Se encontraron con alguna traba a la hora de formar gobierno, ya que Sergio Mattarella, Presidente de la República, rechazó la propuesta de Paolo Savona (euroescéptico) como Ministro de Economía. Parecía que aquello iba a conducir a unas nuevas elecciones tan solo 83 días de haber celebrado unas, pero finalmente salieron del bloqueo al proponer a Giovanni Tria, quien no defendía salir del Euro.

En el nuevo Gobierno el Movimiento 5 Estrellas (M5S), controla nueve ministerios, siendo Di Maio el responsable de Desarrollo Económico, Trabajo y Políticas Sociales. Los otros ocho son: Defensa, Infraestructuras y Transportes, Sanidad, Cultura y Turismo, Justicia, Sur, Relaciones con el Parlamento y Medio Ambiente. Por su parte la Liga ostenta ministerios clave. Sin ir más lejos, Salvini ocupa Interior y el rechazado Savona ha acabado en el Ministerio de Asuntos Europeos. Además cuentan con Agricultura, Educación, Discapacidad y Familia, Asuntos Regionales y Autonomías y Administración Pública.

El partido de ultraderecha con su lema “Los italianos primero” (que recuerda al America First de Trump) parece ganar cada vez más puntos en intención de voto (al poco de formarse el gobierno las encuestas le daban ya 14 más que lo que lograron en las elecciones). Italia, con sus políticas antiinmigración y antiEuropa está cada vez más cerca de Hungría, Polonia o Austria. El rumbo que está tomando Europa recuerda al siglo pasado.

Política aparte, el territorio italiano está organizado en veinte regiones administrativas divididas en cinco áreas:

Noroccidental: Liguria, Lombardía, Piamonte y Valle de Aosta.
Nororiental: Emilia-Romaña, Friuli-Venecia Julia, Trentino-Alto Adigio y Véneto.
Central: Lacio, Marcas, Toscana y Umbria.
Meridional: Molise, Abruzos, Apulia, Basilicata, Calabria y Campania
Insular: Cerdeña y Sicilia.

Aunque la mayor parte de su territorio se encuentra en Europa, Italia es un país bicontinental, ya que posee varias islas en el norte de África. Su territorio europeo lo conforman la Península Itálica, el valle del Po y dos grandes islas en el mar Mediterráneo: Sicilia y Cerdeña, mientras que el territorio africano lo conforman las islas de Lampedusa, Lampione y Pantelaria. En el norte está bordeado por los Alpes, donde limita con Francia, Suiza, Austria y Eslovenia. Los estados independientes de San Marino y Ciudad del Vaticano son enclaves dentro del territorio italiano. A su vez, Campione d’Italia es un municipio italiano que forma un pequeño enclave en territorio suizo.

La mayoría de la población se concentra en grandes ciudades, destacando Roma (la capital política) y Milán (la capital económica).

A pesar de ser un país pequeño, existen grandes diferencias entre las regiones. En el sur la gente es más tradicional y la estructura social está fuertemente influenciada por la religión católica. Así, se le da mucha importancia a los lazos familiares y a la familia tradicional.

También hay diferencias en cuanto al idioma. El oficial es el italiano, claro, pero también se hablan algunos dialectos, así como alemán y francés en las zonas fronterizas.

El italiano proviene de una variedad del toscano, y así se identificaba claramente hasta el siglo XVI. A partir de ese siglo, gracias a la expansión del Renacimiento y de su literatura, la lengua que hasta el momento era local, se extiende imponiéndose a otras.  Hacia 1550 se escribieron gramáticas y vocabularios italianos destinados a extranjeros para la comprensión de la cultura. Para finales de siglo las publicaciones en esta lengua habían superado por primera vez en Italia a las escritas en latín. En una época en la que aún no había unificación del país, por el contrario ya comenzaba a haberla del idioma. Eso sí, era una lengua elitista, claro. Tan solo hablaba este italiano aquella minoría que había cursado estudios superiores. El resto de la población seguía usando sus dialectos locales.

Con la unificación fue elevada a lengua oficial y comenzó la alfabetización de las masas. Así, nació un italiano estándar que en el siglo posterior se extendería más aún gracias a la difusión de los medios de comunicación. El italiano se convirtió en la lengua materna de toda la población y los dialectos quedaron en un segundo plano. No obstante, siguen presentes y varía mucho de unas regiones a otras la entonación, el vocabulario e incluso las formas verbales. Pero es lo mismo que ocurre con el castellano de Andalucía o el que se pueda hablar en Galicia. No todos hablamos igual.

Asimismo, la gastronomía refleja esta variedad cultural de sus regiones. Se la conoce por la pizza, la pasta o el rissotto, pero tiene mucho más. Es puramente mediterránea, con elementos griegos, turcos y árabes.

Italia está entre los 5 países más visitados en el mundo cada año. Atrae a millones de turistas gracias a la gastronomía, pero también por la historia y las artes. Y claro, no nos podemos olvidar del turismo religioso y del de relax y playa. Nosotros la playa, poco. No solo porque era noviembre, sino porque el día nos sorprendió lluvioso. Sin embargo, eso nos iba a frenar.

Desayunamos y tras prepararnos para afrontar la jornada, desembarcamos. Bueno, no fue tan rápido en realidad. En Marsella habíamos bajado tranquilamente porque no lo hicimos nada más atracar, sino que paramos previamente en el comedor para hacer el cambio de turno. Sin embargo, en Génova la apertura de puertas se retrasó un poco con respecto a la hora prevista y se formó una buena cola. O barullo, porque realmente parece que los italianos son poco dados a las filas y se intentan meter en cualquier hueco sin ningún tipo de pudor. Además, para más inri, al tratarse de un crucero que tiene embarque y desembarque en cada parada, había gente que se marchaba ese día e iba cargada hasta arriba de bultos, con lo que empujaban y golpeaban. Supongo que muchos tenían prisa por el transporte de enlace.

La verdad es que me parece un gran error que se habilite una única salida para los de desembarque y para el resto de viajeros que van a hacer excursión, bien contratada, bien por libre. O das prioridad a unos antes que a otros, o mejor habilita dos salidas. Pero claro, eso supondría poner el doble de tripulación destinada al desembarque.

En cualquier caso, nos pusimos a la cola armados de paciencia listos para descubrir Génova.

Escape Room: Dr. Green/Original, AdventureRooms

Tras el éxito en Alcatrax, repetimos equipos para hacer otro Roombate. Nos costó mucho decidirnos por una sala, pero finalmente elegimos Dr. Green/Original de AdventureRooms.

Esta sala es la primera de la empresa, de ahí su nombre (o no nombre). Gabriel Palacios Sánchez (Si el nombre no suena muy suizo esto es porque sus padres eran de Toledo y emigraron a Suiza en los años 70), profesor de física de instituto en Berna, lo ideó para que sus alumnos pusieran en práctica lo aprendido en clase. Cuando los chavales llegaron a casa contando la experiencia, los padres y amigos también quisieron participar, así que Gabriel, junto con su hermano, crearon una empresa para comercializar la sala que ahora está presente en más de treinta ciudades del mundo.

El juego nació sin temática, sin embargo, al lanzarlo al público en general le añadieron una historia para que tuviera cierto hilo conductor. Y de ahí le viene el sobrenombre, Dr Green. Este científico, el Doctor Jack Green, ha vivido obsesionado durante años investigando la mente del ser humano llevando a cabo en la clandestinidad métodos poco ortodoxos. Quería demostrar que la mente puede ser estimulada para ello encerraba a personas durante 60 minutos en una jaula. Los individuos tenían que conseguir abrir la puerta gracias al ingenio. De lo contrario, un gas acabaría con sus vidas.

Llegamos al local puntuales pero nos tuvieron esperando en la calle como cinco minutos. Había un game master dando las indicaciones a un grupo y el nuestro parece que estaba colocando las salas. Aprovechamos para hacer un repaso de los escaparates y de las paredes del local, pintadas de rojo y llenas de firmas y post-it con frases, fechas y tiempos. Tras rellenar la documentación y pagar, nos explicaron el funcionamiento de la sala. Íbamos a un duelo, pero no era como nuestra vez anterior, sino que aquí el juego consiste en atrapar en menor tiempo posible al otro grupo y ese a su vez escapar sin que sean atrapados. Para ello se cuenta con la mitad del tiempo: 30 minutos. Pasado ese lapso, se invierten los papeles.

Mi cara fue un poema. Yo esto no lo había leído en su web. Pensé que nos meterían en dos salas gemelas y que contaríamos con una hora para escapar y además hacerlo antes que el equipo rival. Pero eso de cambiar las tornas, ¿qué sentido tiene? Pues ninguno, realmente. Ya veremos porqué.

Éramos dos equipos de cuatro, unos científicos, otros cobayas. Tras la explicación entramos cada uno a nuestra sala. Mi equipo era el de los científicos, por lo que tengo un relato parcial de lo que ocurrió. A nosotros cuatro no se nos dio mal. Empezamos bastante bien y participamos todos. Al ser una sala antigua había mucho candado, aunque también había alguna cerradura y algún ejercicio de observación muy bien planteado. A medida que pasaban los minutos había pruebas más variadas de las que pensábamos de inicio e íbamos bastante enchufados, pues no necesitamos ninguna pista. Sin embargo, cuando nos quedaban dos enigmas por resolver y a falta de cuatro minutos para la media hora, las cobayas entraron en nuestra sala.

Reloj congelado y momento de cambiar posición. Salimos todos de la sala y el game master volvió a entrar, primero en una y luego en otra, a reorganizar todo. Nos cortó totalmente el ritmo del juego. Estuvimos esperando unos 10 minutos fácil, tiempo que empleamos en picarnos entre nosotros, dándonos supuestas pistas y dejando caer comentarios en clave para despistar.

Cuando finalmente nos dejó volver a entrar nos encontramos en una sala mucho más pequeña con poco que buscar. Contábamos con 34 minutos para no solo salir de nuestra sala, sino para atrapar a los contrincantes y, si aún no habían salido, ayudarles a terminar para escapar. Empezamos bien y encontramos varios objetos y claves para un par de candados. Solucionamos con cierta destreza una prueba de mecanismos y cuando el reloj marcaba el minuto 19 nos quedamos totalmente bloqueados. No había más objetos, ya habíamos usado varios y lo que nos quedaba por usar no nos daba ningún resultado.

Momento de pedir pista, pues. Pero el game master nos puso los grillos. Un par de minutos después nos aparecieron un par de pistas en la pantalla que no tenían mucho sentido, pero seguimos dando vueltas a la habitación a ver qué era lo que se nos estaba escapando. Pero nada. Nos quedaban 15 minutos y el game master seguía ignorándonos. Pedíamos pista y no nos escribía nada. Llegué a pensar que se había marchado al baño o que estaba de cháchara con algún compañero. Finalmente, cuando el reloj iba por el 13 nos hizo caso y nos puso la solución en la pantalla. El objeto en cuestión no funcionaba, no es que se nos hubiera escapado nada.

Resolvimos una prueba más, conseguimos la llave y pasamos a la sala de los científicos a falta de 9 minutos. Una pena, pues si hubiera funcionado correctamente o nos hubiera hecho algo más de caso y detectado que algo no iba bien, tendríamos fácilmente 15. Pero bueno, el otro equipo iba bastante avanzado y yo recordaba dos claves, así que enseguida nos pusimos a ayudarles. Nos faltaba la prueba final, para lo que, esta vez sí, el game master nos dio una pista y finalmente salimos todos juntos cuando nos sobraban unos 3-4 minutos.

En el post-juego comparamos nuestras experiencias. A nosotros nos había fallado un objeto, pero al equipo rival les falló un mecanismo y el game master tuvo que parar el tiempo y entrar. Un fallo es comprensible con tanto mecanismo, puzle y demás, pero dos… Ahí ya hay un problema de mantenimiento.  El tema de las pistas nos vino a decir algo así como que ante el vicio de pedir, la virtud de no dar. Que está muy bien dejar jugar y, si ves que el equipo va bien de tiempo, que le dé otra vuelta. Pero en otros casos que nos ha ocurrido siempre nos han respondido. Un “chicos, vais bien, aún no os puedo dar pista” aunque sea… Pero la falta de respuesta daba la sensación de abandono.

El escape si se hace de forma tradicional creo que está bastante bien. Guarda cierta coherencia, tiene sentido y ritmo. Aunque es una sala tradicional, tiene suficiente variedad incluso con la cantidad de candados que te encuentras. Además, casi todo es manipulable y el decorado interviene de una forma u otra en el juego. Sin embargo, el modo duelo no tiene sentido. Por un lado, por la espera para cambiar de sala. Si no puedes duplicar, no hagas esa chapuza. Por otro lado, las pantallas que muestran el tiempo y las pistas están sincronizadas, por lo que las pistas de un equipo se ven en la otra sala y viceversa. De ahí que viéramos unas pistas que no tenían sentido.

Pero lo principal es que normalmente la primera sala es mucho más corta. Normalmente están planificadas para unos 15 minutos. Si tiene dos más (como en este caso), suelen tener pautado media hora para la segunda y otro cuarto de hora para la final. Así, siempre va a pillar el equipo de cobayas al de científicos, pues tienen muchas menos pruebas que resolver. Que si está planteado para que los dos grupos se junten al final, perfecto, pero entonces no lo llames duelo, porque se convierte en colaboración.

En definitiva, una buena sala con algunos mecanismos por revisar y desde luego para hacer en el modo tradicional.

Crucero por el Mediterráneo. Día 2. Marsella II

Desde el Memorial de la Marsellesa seguimos dirección al puerto. Tomamos la Rue de Bir-Hakeim hasta el Palacio de la Bolsa. Inaugurado en 1862 por Napoleón III, alberga la Cámara de Comercio más antigua de Francia y también el Museo Marítimo y Económico de Marsella.

Fue el primer edificio que se erigió en el Segundo Imperio y supuso el punto de partida de una gran ola de construcción de edificios públicos en Marsella en la mitad de siglo XIX. En su día no tenían muy claro el lugar en que debería ubicarse, puesto que había partidarios de que se construyera cerca del ayuntamiento y otros de que se hiciera cerca de la plaza real. Finalmente se decidió que fuera frente a la Plaza de la República.

Al lado, encajonada entre edificios, se encuentra la Iglesia Saint Ferreol Les Augustins.

Se erige en el lugar en que un día hubo una capilla y ha sufrido muchos cambios a lo largo de los siglos. Del momento de su construcción tan solo se conservan las paredes principales y las capillas laterales. Su fachada, por su parte, data del siglo XIX.

La parte trasera no tiene mucho que ver con esta delantera de estilo neobarroco que mira al puerto.

Y aunque habíamos llegado de nuevo al agua, volvimos a adentrarnos, esta vez por la Rue de la Republique.

Originalmente llamada Calle Imperial, fue diseñada a mediados de siglo XIX dentro del nuevo plan urbanístico para unir el puerto viejo con el nuevo de mercancías. Tras tirar casi mil casas y unas obras que duraron 24 meses, finalmente se inauguró en 1864 con la presencia de Napoleón III.

La calle ha sido renovada a principios de este siglo y acoge muchas tiendas de renombre así como hoteles de cuatro estrellas.

Giramos a la izquierda en la Grand Rue, pues en el número 27 se encuentra la casa más antigua de Marsella que queda en pie, el Hôtel de Cabre.

Data de 1535 y tiene una combinación de estilos gótico y renacentista. Fue construida para el conde de Cabre, comerciante y regidor de Marsella.

Desde el siglo VI a.C. la Grand Rue ya era una de las calles más transitadas de la ciudad. Daba acceso a los edificios públicos y era usada para los mercados y las ventas de los artesanos.

En 1943 los alemanes acorralaron a la población y enviaron unos 25.000 habitantes a campos de concentración. Después bombardearon las áreas viejas destruyendo 1.924 edificios. Tan solo unos pocos se salvaron, y este edificio fue uno de los afortunados.

En 1954, cuando se reconstruyó la zona, la casa fue trasladada y girada 90º para que quedara alineada a la calle principal. De ahí que no coincida el nombre de la calle que figura en la placa con el que tenía tallado en su día.

Se aprovechó para rehabilitar también su fachada, que estaba dañada por las explosiones de los nazis. Y creo que va siendo hora de que le den un lavado, porque está muy ennegrecida.

Siguiendo la Grand Rue pasamos por el Intercontinental – Hotel Dieu, que data del siglo XVIII.

El primer Hotel Dieu en Francia surgió en el siglo VII, parece que como hospital de peregrinos. Sin embargo, poco a poco su función fue cambiando. Cuando la Cofradía del Espíritu Santo llegó a Marsella en 1166 se estableció aquí y fundó el Hospital del Espíritu Santo, un conjunto de casas que se comunicaban entre sí. En el siglo XIII pasó a ser municipal y en 1344 se fundó el Hospital de Santiago de Galicia, exclusivo para mujeres. En 1593 se unifican ambas instituciones como Hotel Dieu.

La población siguió creciendo con los siglos, a pesar de las epidemias, y el hospital se queda pequeño, con lo que se realizan diferentes ampliaciones en varios momentos de su historia. En 1865, por ejemplo, se le añadieron las dos alas laterales al edificio principal.

En 1993 cesó su actividad y se convirtió en un centro de enseñanza de enfermería. Sin embargo, duró poco, ya que en 2006 cerró y ya volvió a abrir como Hotel de 5 estrellas en 2013. Cuenta con 194 habitaciones, dos restaurantes, un bar, una terraza con capacidad para 160 personas, un spa y una piscina cubierta. Además, cuenta con unas vistas despejadas del puerto, ya que se encuentra en un alto y no tiene edificios delante, sino una plaza.

En ella se halla la Casa de diamantes, que recibe su nombre por su peculiar fachada.

Se cree que fue construida entre finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, así que es una de las más antiguas de la ciudad. Copia el estilo de los Medici en Italia y, aunque fue erigida a petición de ricos comerciantes italianos y españoles, ha sido residencia de familias importantes de Marsella.

Es Monumento Histórico desde 1925 y consiguió sobrevivir a la destrucción del barrio en 1943. Desde 1967 alberga colecciones del Museo de la Antigua Marsella.

Al lado se encuentran las oficinas del Ayuntamiento, uno de los pocos edificios que han sobrevivido a la guerra.

Es de estilo barroco provenzal con reminiscencias genovesas y los marselleses lo apodan “la logia”. Su fachada, como no podía ser de otra forma, mira al mar. Está construido en piedra rosa de la Corona, como muchos monumentos de Marsella del Antiguo Régimen.

Conserva la estructura de la época en la que los mercaderes y los concejales no se relacionaban. Así, los primeros estaban en la planta baja y los segundos en la primera sin ningún tipo de escalera que los comunicara. Hoy, si se quiere ir de una planta a otra, hay que atravesar el edificio trasero que lo conecta por medio de un puente.

En una de las paredes laterales hay una inscripción que reza:

Tous citoyens habitants de la même commune sont garants civilement des attentats sur le territoire de la commune soit envers les personnes soit contre les propriétés.

Esta inscripción data de finales del siglo XVIII y hace responsables a los propios habitantes del barrio de los ataques en el territorio de su propio municipio, ya sea a personas o bienes. De esta forma el Estado se lavaba las manos ante manifestaciones o revueltas en las que no podía comprobar quién había causado los daños.

Me llamaron la atención el león y el toro sostenidos por una especie de alzas en lugar de por un pedestal, aunque quizá eran temporales. No nos acercamos mucho, pues parece que había una boda y no quisimos molestar.

Muy cerca se encuentra el Musée des Docks Romains, un museo dedicado a la vida y actividad portuaria de Marsella entre los siglos VI a.C. y el IV d.C. Pero como no teníamos tiempo para entrar, seguimos hasta la Iglesia Notre Dame des Accoules.

Es una de las iglesias más antiguas de Marsella y lugar simbólico del barrio de Panier. Fue destruida durante la Revolución porque había albergado reuniones políticas y reconstruida en el siglo XIX. Hoy, sin embargo, solo se conserva el campanario.

A partir de aquí nos adentramos en el barrio histórico de Panier, el lugar en que nació la ciudad cuando se establecieron los griegos. El nombre se lo debe a un albergue del siglo XVII que se llamaba “Le Logis du panier”.

En el siglo XVIII se convirtió en el barrio obrero cuando los burgueses se mudaron a los nuevos barrios de la zona este. Un siglo más tarde era el distrito marinero y adquirió mala reputación como consecuencia de la prostitución y las mafias. En 1943 los alemanes también dinamitaron Le Panier y quedó prácticamente en ruinas. Tras su rehabilitación se convirtió en un barrio multicultural habitado por argelinos, magrebíes, vietnamitas… Poco a poco ha ido renaciendo gracias a sus locales y animadas callejuelas. Al igual que en la zona de Cours Julien predominan cafeterías, galerías de arte y locales de ocio. Las plazas se convierten en lugares de reunión y esparcimiento, por lo que merece la pena perderse por sus estrechas calles y conocer el Marsella más vivo.

En cierta medida recuerda a Montmartre, no solo por ser el barrio de los artesanos y artistas, sino porque también se encuentra en la zona alta de la ciudad. Y por los molinos. En la Plaza des Moulins, la parte más alta del barrio, había 40. Hoy tan solo quedan dos, uno de ellos convertido en vivienda.

Pero el monumento más representativo del barrio es la Vieille Charité.

El edificio fue construido entre 1671 y 1745 como hospicio para vagabundos, ancianos y huérfanos dentro del plan de “rehabilitación de la ciudad”. El ayuntamiento decidió confinar a los pobres en un espacio para que así no estuvieran en las calles.

Poco a poco fue perdiendo su función. En 1905 pasó a disposición del Ejército. Aún así, en 1922 sirvió para acoger a gente que había sido expulsada de sus casas cuando se demolieron algunos barrios. También en 1943 cuando los nazis volaron los barrios del Puerto Viejo. Sin embargo, quedó en abandono y en 1962 se desalojó a los que aún residían allí y se cerró el edificio.

Como consecuencia de estar abandonado y expuesto al aire del mar, fue degradándose hasta el punto de que se planteó su demolición. No obstante, se decidió llevar a cabo una exhausta restauración. Entre 1960 y 1980 se renovó y ahora se ha convertido en un centro de arte multidisciplinar que acoge además el Museo de Arqueología del Mediterráneo y el Museo de Artes Africanas Oceánicas y Amerindias.

Consta de cuatro alas dispuestas en forma de rectángulo. Cada edificio cuenta con tres pisos de galerías que se abren al patio interior de 82×45 metros.

En el centro se alza la capilla de estilo barroco italiano y cúpula elíptica. El pórtico, decorado con columnas corintias, es de estilo Segundo Imperio y evoca el tema de la Caridad dando la bienvenida a niños indigentes, rodeados por dos pelícanos que los alimentan.

Seguimos callejeando por el entramado laberíntico de Le Panier descubriendo más arte callejero y rincones pintorescos. Sin duda es el auténtico alma de la ciudad con sus tiendas de artesanía pero también con sus locales artesanales como panaderías y bollerías con productos típicos de la zona. Sobresale por encima de los demás el chocolate, área en la que destaca la Chocolatière du Panier, tienda de mayor prestigio en la ciudad.

 

Prácticamente al lado del puerto, en lo alto de un montículo al que da nombre se encuentra la Iglesia Saint Laurent, de estilo románico provenzal.

Construida en el siglo XIII en el lugar en que había una más pequeña, es la iglesia de los pescadores y la única que queda en la ciudad de esta etapa y de este estilo. Su torre es posterior, del siglo XVII, de cuando fue renovada. Adosada a la iglesia está la capilla de Santa Catalina.

En la Revolución fue convertida en almacén militar y no recuperó su función religiosa hasta 1801. En 1943 se salvó de la destrucción cuando se volaron los barrios del Puerto Viejo, pero sí que se vio afectada por las explosiones.

En la zona se han llevado a cabo excavaciones que han sacado a la luz restos de un asentamiento griego de la época de la fundación de la ciudad. También se sabe que cerca se encontraba el Castillo de Babon, construido en el 870 por el obispo Babon para proteger la ciudad y que no se volvieran a repetir las invasiones bárbaras.

Desde la plaza sale la pasarela que une el barrio del Panier con el Fuerte de San Juan, ubicado en un lugar en que se han encontrado vestigios griegos del siglo VI a.C.

Fue erigido entre los siglos XII y XIV para defender la puerta más antigua de la ciudad, la norte. Y en él fue donde se asentó la orden de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén (que sería después Orden de Malta) en el siglo XIII. De esta orden recibe su nombre.

Tras un saqueo aragonés en 1423, el rey René mandó construir la torre cuadrada. En 1664 se levantó el faro. Más tarde, Luis XIV amplió la fortificación y construyó un foso para que quedara aislada.

Fue convertida en prisión en la época de la Revolución Francesa y allí estuvieron encerrados algunos jacobinos. Los alemanes lo usaron como almacén de municiones durante la II Guerra Mundial y una explosión accidental acabó causando graves daños, no solo al fuerte, sino también a los alrededores.

Clasificado como Monumento Histórico desde 1964, es desde 2013 el símbolo de la regeneración del Puerto convertido en el Museo de las Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo (MuCEM).

Este museo es el primero dedicado a las culturas del Mediterráneo. Cuenta con unos 30.000 metros cuadrados y alberga diferentes tipos de exposiciones y colecciones que sobre las civilizaciones mediterráneas a lo largo de la historia desde el punto de vista de distintas disciplinas (antropología, arte, historia…).

El edificio es un alarde arquitectónico con su forma de cubo. Su moderna estructura combina hormigón con cristal y permite que los alrededores se reflejen.

Desde las terrazas se obtienen unas buenas vistas de la ciudad, no solo de los fuertes o el puerto, sino de la Catedral, de la Iglesia de Saint Laurent o de Notre Dame de la Garde.

Volvimos a cruzar la pasarela y apurando la tarde, nos dirigimos a nuestra última parada: la Catedral Santa María la Mayor.

Es un imponente edificio construido a mediados del siglo XIX en piedra rosa de la Corona y estilo románico-bizantino. Era una época de gran desarrollo económico, social y demográfico para Marsella, y fue cuando se construyeron también la Estación Saint Charles, el Palacio de la Bolsa, el Palacio Longchamps, el du Pharo, el de las Artes o la Basílica de Notre Dame de la Garde. Así, en este momento de expansión no podía faltar una catedral.

La construcción de la nueva catedral permitió sacar a la luz un baptisterio paleocristiano de más de 25 metros. Aunque no se puede ver.

Con un estilo similar a Santa Sofía de Constantinopla, es única en su estilo en todo el país. Es además la mayor catedral construida en Europa desde la Edad Media. Es tan grande que en ocasiones se la compara con la Basílica de San Pedro del Vaticano.

Está flanqueada por dos torres rematadas en cúpulas. La galería que las une está decorada por siete estatuas que representan a Cristo y los apóstoles Pedro y Pablo, Lázaro así como Marta, Maximin y, María Magdalena. Sobre la puerta de acceso está esculpida en mármol La Coronación de la Virgen y sobre ella hay tres arcos y un rosetón junto a la representación de Jerusalén y Belén. En las otras dos puertas están esculpidas El símbolo de la Resurrección y El Agnus Dei y la Fuente de la Vida.

Al entrar entendemos las referencias a Santa Sofía. Las comparaciones son odiosas, claro, pero impresiona la altura de sus naves, las bóvedas y cinco cúpulas sostenidas gracias a las abundantes columnas de mármol y pilares.

La catedral se compone de tres naves, una central y dos laterales. Destaca el altar mayor realizado en mármol de Carrara y ricamente decorado con mosaicos.  A su izquierda queda la capilla del Sagrado Corazón y a la derecha la de San Lázaro.

Pero sin duda lo que más me llamó la atención fue el suelo decorado con diferentes motivos.

Está recién renovada en 2017 y se nota, porque brilla en todo su esplendor.

Y ya casi rozando el atardecer, nos dirigimos a la parada de la Joliette para tomar el bus. No queda muy lejos de la catedral, así que la bordeamos previamente. Y nos sorprendió encontrarnos con un grupo de jóvenes jugando a la petanca. Es curioso, pero parece que en España es un juego de jubilados, pero ya habíamos visto en Suiza y ahora en Francia, que por aquellos lares lo practicaba gente de todas las edades.

Aún no se había hecho de noche, pero sabíamos el recorrido en bus nos llevaría un rato hasta llegar al puerto y después tendríamos que andar otros diez minutillos hasta el barco, así que no nos entretuvimos más. De todas formas, la escala resultó bastante provechosa y pudimos recorrer tranquilamente la ciudad ya que todo queda bastante cerca (a excepción de Notre Dame de la Garde).

Una vez en el barco, y dado que apenas habíamos picado algo a media mañana, nos acercamos al buffet a hacer una comida-merienda y después al camarote a descansar. Aunque la salida de puerto sabíamos que no iba a ser muy memorable, subimos para despedirnos de Marsella y, como aún era pronto, fuimos al Anchor Bar a tomar unas cervezas. No todas estaban incluidas en nuestro pack, pero había bastante donde elegir. Eso sí, echamos de menos unas tapas.

Volvimos al camarote para prepararnos para la cena, que cambiábamos de horario y de salón. En este predominaban las mesas redondas, tipo boda, aunque a nosotros nos asignaron una para dos de las cuadradas, que no abundaban tanto.

Para nuestro segundo día elegimos unos platos muy regionales. De primero la ensalada niçoise, típica de Niza, y la bouillabaisse, propia de la cocina marsellesa. El nombre de esta modesta sopa proviene de bouillir (hervir) y baisse (desechos) ya que era el recurso de los pescadores para aprovechar el pescado que no habían conseguido vender. Así, podía incorporar al menos una media docena de pescados diferentes, sobre todo los de roca (congrio, gallo o rape) que no tenían mucho público. Para su elaboración se cocían los diferentes pescados con hierbas aromáticas y verduras. Después se servía acompañada con picatostes.

Hoy en día ha evolucionado y se sustituyen aquellos pescados por marisco o langosta, sobre todo en los restaurantes de más renombre, por lo que ha perdido aquel carácter modesto.

De segundo nos pedimos la parrillada de pescado con pez espada, jibias y langostino.

De postre un baklava (delicioso) y una copa de helado y fruta de temporada.

De nuevo, estaba todo muy rico y el pescado muy jugoso. Por suerte, esta vez sí que terminamos con tiempo de llegar al espectáculo, así que parece que quince minutos de adelanto sí que supusieron una gran diferencia. Aunque también hay que decir que el servicio fue más rápido que en el otro salón.

El espectáculo elegido para esa noche (porque van alternando en días y horarios y tú decides qué ver) fue Meraviglioso Amor. Y empezamos mal, porque me decepcionó bastante. Entiendo que la naviera es italiana, pero creo que existen numerosas canciones italianas cuya temática es el amor y que son reconocidas mundialmente. Sin embargo, tan solo conocíamos un par de ellas, lo cual unido a las coreografías pobres y repetitivas y un vestuario que parecía de mala calidad y no muy bien confeccionado, hicieron que estuviera todo el tiempo desconcentrada pensando en cualquier cosa menos en la música. Eso sí, los cantantes eran muy buenos.

Ya casi rozando la media noche, subimos al bar de la planta 18, que está semi-descubierto y nos tomamos una copa. Esto es algo que eché de menos con respecto a otros cruceros que hemos hecho, y es que normalmente en el propio teatro te puedes tomar algo mientras ves el espectáculo. Aquí no. Pero bueno, como salíamos directos de la cena, los 45 minutos que solía durar el espectáculo nos servían para hacer un poco la digestión.

Después de una copa, pasamos por la cubierta 6, donde estaba la animación de la fiesta mediterránea y se veía una marea blanca que bailaba al son de la música latina. Nosotros sin embargo no estábamos para mucha danza y nos fuimos a dormir. Al día siguiente nos esperaba otra jornada completa y el atraque era tempranero.