Crucero por el Mediterráneo. Día 1. Embarque

A las 9 y media comenzaba nuestro viaje. En realidad un poco antes, pues a esa hora es a la que salía el AVE de Atocha y teníamos que llegar hasta allí.

El trayecto a Barcelona dura unas tres horas y es bastante cómodo. Aburrido, eso sí, porque el paisaje es algo árido y la película que tocó era la de los Pitufos. Una vez en Sants, salimos al vestíbulo principal y seguimos las indicaciones del metro para dirigirnos a la línea 3. Sacamos el billete sencillo (muy caro, por cierto) y nos pusimos en marcha en busca del andén, que está a un trecho.

Acostumbrada al metro de Madrid, he de decir que el de Barcelona necesita una revisión de su climatización y renovación de aire. Es increíble el calor que hace en los túneles y andenes y lo viciado que está el ambiente.

Nos bajamos en Drassanes y salimos al exterior, justo a las Ramblas. Esperaba el azote de la humedad típico de las zonas costeras, pero aparte de más calor que en Madrid (que estaba nublado cuando salimos y amenazaba tormenta por fin), no era un tiempo agobiante. Bordeamos la glorieta de Colón por la izquierda y después, a la derecha de las Golondrinas, tomamos el bus que nos llevaba al crucero.

La línea antes se llamaba T3 Portbus, pero ahora se llama directamente Cruise Bus. Nos costó 3€ el billete individual y en unos 25 minutos estábamos en nuestra zona de embarque.

Era la 1 y algo y esperaba algo más de jaleo, sin embargo, al ser un crucero circular en el que hay embarque y desembarque en varios puertos, la cosa es mucho más fluida que en los que habíamos hecho con anterioridad. En la reserva nos informaban que podríamos hacer el check in a partir de las 11 y hay quien intenta estar allí a primera hora. Nos entregaron sin embargo el número 21, por lo que parece que no había habido mucho tránsito.

Pusimos nuestras etiquetas en las maletas mientras hacíamos la cola, y enseguida nos las recogieron y nos mandaron a los mostradores de check in. Tras entregar nuestros pasaportes y documentación del viaje, nos dieron nuestra tarjeta y nos invitaron a subir al barco. El acceso lo hicimos por medio de un finger y tras la foto de rigor (que después intentan cobrarte), estábamos dentro.

Si por fuera impresiona, ya por dentro alucinas. Aún olía a nuevo, como los coches recién sacados del concesionario.

Nuestras maletas aún tardarían en subir, así que fuimos en busca de nuestro camarote para dejar la mochila de mano y refrescarnos antes de marchar a comer. Ya teníamos claro que no nos daría tiempo a ver la ciudad, pero como Barcelona ya la conocíamos y la tenemos tan cerca, no nos importó. Además, con todo el proceso independentista, la aplicación del artículo 155 de la Constitución y el encarcelamiento el día anterior de Junqueras y otros 8 consellers, había concentraciones y manifestaciones en la ciudad y la Diagonal estaba cortada. Por tanto, no teníamos otro objetivo para el primer día que acomodarnos y descansar para así empezar el crucero con las pilas cargadas.

Nos costó encontrar el camarote entre tanto pasillo y, como suele ocurrir, al final era mucho más fácil de localizar. Pero el barco tiene muchos recovecos y a veces parece un laberinto.

Como en casos anteriores habíamos elegido una cabina interior sin ventana, ya que en el camarote es donde menos tiempo se pasa durante un crucero. En esta categoría suelen ser bastante justos, como una habitación de un easyhotel, sin embargo, nos sorprendió encontrar un espacio bastante amplio, con una cama grande, escritorio (con enchufes europeos, americanos y toma usb), armario (con caja fuerte) y televisión.

Del mismo modo, el baño no era un zulo en el que apenas te puedes duchar y estaba muy bien distribuido y con espacio de almacenamiento para los productos de aseo. La verdad es que se notaba que todo estaba muy nuevo y con un diseño más moderno.

La temperatura se podía regular mediante un control en la pared. También había un par de pulsadores para indicar al camarista si podía limpiar el camarote o no querías que te molestara. Según el que estuviese marcado, así se encendía una luz en el exterior.

Ya que no teníamos las maletas y no podíamos colocar nada, nos fuimos a buscar el comedor. De nuevo alucinamos. El comedor principal, de estilo bufet y que está abierto prácticamente todo el día, cuenta con numerosos puestos, cada uno de ellos dedicado. Por ejemplo, había un espacio para la pizza, otro para panes y quesos, otro para la pasta, otro para ensaladas, una zona mediterránea, otra de carne, otra de cocina étnica, la infantil (que básicamente consistía en perritos, patatas fritas, hamburguesa y pasta), la de la fruta y la de los postres, además de algún espacio variado.

La bebida había que pedirla bien a los camareros que iban con un carro, bien a otros que estaban en un puesto fijo dispuestos a lo largo del comedor. Había que enseñar la tarjeta o bien entregar los vales, en función de lo que se tuviera contratado.

Aunque es un comedor grande, el barco tiene capacidad para tantos pasajeros, que se llena y es difícil encontrar sitio. Y más aún cuando vuelves con la comida tras dar mil vueltas. Con los días descubriríamos que en la parte de popa solía haber menos gente. Pero era el primer día y pecamos de novatos. Estábamos aún haciéndonos al barco.

Me gustó el detalle de que los platos fueran como bandejas (de plástico duro), por lo que resultaba muy práctico para hacer un plato combinado y no llenar la mesa de vajilla. El descubrimiento del día fue el pan de ajo. Riquísimo.

Otro detalle que me gustó fue que justo antes de entrar al comedor, en cada una de sus puertas había dispuestos varios lavabos. Muy bien pensado. Así te puedes limpiar tanto antes como después de comer.

Después del almuerzo, para darle tiempo a las maletas y aprovechando que aún había gente de escala y el barco no estaba muy lleno, nos fuimos a recorrer las zonas comunes.

En el exterior descubrimos la piscina principal con algunos valientes a remojo e intentamos no perder detalle del barco: los jacuzzis, el carril para corredores (y los que hacen marcha rápida), la inmensa pantalla de plasma, el trozo del parque acuático que sobresale desde las alturas, los bares, los ascensores, las zonas de fumadores, la piscina de popa…

Continuamos por el interior, planta a planta: localizamos los comedores, los teatros, los diferentes bares, los restaurantes temáticos, las tiendas, el gimnasio, los recreativos, la bolera, la pista multiusos, el casino, las discotecas, el cine 3D, las zonas infantiles… y es que este barco tiene de todo. Hasta el desembarque descubrí rincones nuevos.

Volvimos al camarote a ver si estaban ya listas nuestras maletas y sí, allí nos estaban esperando, pero no las deshicimos, pues a las 16:30 teníamos la charla inicial y después el simulacro. Así que las pasamos al interior y nos dirigimos a la charla informativa.

En realidad la única intención es venderte las excursiones de la naviera. Pero bueno, teníamos tiempo y no habíamos viajado con MSC hasta la fecha, por lo que acudimos para ver si se contaba algo nuevo. No nos aportó mucho, salvo algún dato sobre cómo había que gestionar las compras o los cambios de turnos de comidas además de conocer el Teatro Broadway.

Al finalizar la aburridísima charla, comenzó el simulacro de emergencia. En los tres cruceros anteriores siempre teníamos el chaleco en el camarote y había que hacer el paripé por todo el barco hasta el punto de encuentro. En este caso, por el contrario, se parecía más a la explicación de los aviones: póngase el chaleco por la cabeza y áteselo bien a la cintura. Tiene un silbato, y una luz que se enciende en contacto con el agua.

Después todos de paseo al punto de encuentro para tenerlo localizado y listo. A nosotros nos tocó el casino.

Este método resulta mucho más rápido y práctico, pues los chalecos quedan a buen recaudo almacenados en el barco y no en cada camarote. Además, me parece muy acertado que se escanee la tarjeta a cada persona que acude a su punto de encuentro, para comprobar que todo el mundo ha prestado atención. Si detectan que te has saltado el simulacro, te dejan un aviso en el camarote para que lo hagas al día siguiente.

Libres de obligaciones fuimos a vincular la tarjeta de crédito para el depósito. Se puede hacer en las máquinas que están dispuestas alrededor de la recepción.

Son muy sencillas de usar y en apenas un par de pasos queda el trámite hecho.

Aprovechamos también para reservar el espectáculo de la noche en una de las pantallas que hay en los vestíbulos del barco (luego descubriríamos que se podía hacer desde la propia televisión del camarote). Y como aún quedaba un rato para la salida, nos fuimos a deshacer las maletas.

Después, subimos a cubierta, aunque lo cierto es que el puerto de Barcelona no ofrece grandes vistas.

El barco estaba atracado bastante lejos de la ciudad, y aunque se podía ver el teleférico y algún pico, lo cierto es que lo que más veíamos eran muelles de carga.

Yo esperaba ver al menos el atardecer en la costa al comenzar a navegar, pero el práctico tardó bastante en llegar y salimos con bastante retraso, con lo que ya se había hecho de noche.

Con el barco ya en movimiento, volvimos al camarote para prepararnos para la cena. En la asignación de la reserva nos pusieron en el segundo turno. Hasta ahora siempre habíamos elegido el primero, pero en este caso nos dijeron que era a las 19:45. Dado que nos parecía excesivamente pronto, decidimos elegir esta vez la otra opción. Sin embargo, una vez en el barco, resultó que había tres restaurantes y 7 horarios diferentes. No todo era 19:45 o 21:45 como creíamos.

  • Waves Restaurant: 17:45, 19:45 y 21:45
  • Panorama Restaurant: 18:30 y 21:00
  • L’Olivo d’Oro: 19:00 y 21:30

Y no solo es que el inicio fuera tarde, sino que cuando nos quisieron empezar a servir eran ya las 22:20, por lo que nos perdimos el espectáculo, ya que cuando quisimos salir, eran más de las 23:30.

El menú no ofrecía excesivas opciones, pero había para todos los gustos: sopa/crema, ensalada, entrantes; y en los segundos: carne, pescado, arroz, algo de pasta… y siempre con opción vegetariana. Además, todos los días se podía pedir pescado al vapor o pechuga de pollo a la plancha. Está permitido repetir las veces que se quiera, e incluso pedir varios primeros si los segundos no convencen (y viceversa). Así que no es tan limitado como puede parecer en un principio, pues hay bastante libertad para combinar. El pan cambiaba cada día. El camarero pasaba con una canasta y 3 ó 4 tipos diferentes donde elegir.

Este primer día nos decantamos por los mejillones a la marinera y la ensalada Vesubio, y de segundo risotto a la pescadora y dorada a la parrilla. Lo rematamos con una tarta de pistacho y un Apfelstrudel. La verdad es que estaba todo muy rico, una pena que el servicio fuera tan lento, porque casi hicimos la digestión entre plato y plato.

Prácticamente el día no daba para más. Era casi media noche, habíamos dormido poco el día anterior y para el día siguiente había que madrugar. Así pues, aunque había animación con la fiesta de los años 70, nos dimos un paseo por las zonas centrales, pero enseguida nos fuimos a dormir. Demasiadas emociones para un día.

4 comentarios en “Crucero por el Mediterráneo. Día 1. Embarque

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