Crucero por el Mediterráneo. Día 3. Aproximación a Italia

Amaneció un nuevo día con cambio de país. Llegábamos a Italia, país en el que habíamos estado brevemente en nuestra visita a Venecia en 2008 durante nuestro primer crucero. Aquella vez predominaba Grecia, esta vez, de seis paradas, tres eran italianas.

Hablar de Italia es complicado, casi tanto como hablar de Grecia. Es un país que ha heredado varias culturas antiguas como la de los etruscos, los griegos, los vénetos y los romanos; pero también ha sido cuna de diferentes artes en siglos más próximos (por ejemplo el Humanismo y el Renacimiento). Además, su capital es referencia religiosa, pues en Roma se encuentra el Vaticano, sede de la Iglesia Católica. Gracias a todo ello, Italia es el país que tiene mayor número de reconocimientos bajo el título Patrimonio de la Humanidad (51).

El nombre Italia proviene de los ítalos, un pueblo que residía en el centro de la península. Con el tiempo el nombre se fue extendiendo a medida que la República Romana fue conquistando tribus y unificando territorios.

Según los yacimientos arqueológicos, Italia ha estado habitada desde el Paleolítico, aunque las primeros pueblos estudiados son los ligures, que se asentaron en el norte de Italia, Suiza y el sur de Francia (Niza) y que tenían conocimientos de agricultura y navegación.

En esa época, también residían en el centro de la península (en la Toscana) los etruscos. No se conoce mucho de ellos, quizá venían de Asia Menor. Los frescos, joyas y cerámicas que se han hallado en sus tumbas muestran que tenían un alto nivel artístico y cultural. Gracias al comercio pronto avanzaron hacia el norte, alrededor del valle del río Po (hoy Lombardía). También se extendieron hacia el sur, donde se encontraron con la Magna Graecia. A partir del siglo VIII a. C. llegaron griegos que crearon colonias en el sureste de la península. Poco a poco fueron naciendo ciudades-estado.

Los etruscos eran destacados orfebres e innovadores constructores navales. Además, conocían técnicas militares superiores. Sin embargo, eso no impidió que hacia el siglo V a.C comenzara la decadencia de Etruria como consecuencia de las invasiones celtas así como ataques de griegos y cartagineses. Finalmentente hacia el 40 a. C. fue conquistada por los romanos.

En la Edad de Hierro habían llegado a Italia pueblos indoeuropeos (latinos, sabinos, oscos y umbros) que se fueron asentado sobre todo en el centro y norte de Italia.

En el 753 a. C. a orillas del río Tíber se fundó Roma, una ciudad que acabaría siendo clave en la historia de Italia y Europa durante siglos. Nació como una sociedad agrícola, pero fue creciendo y pasó de monarquía etrusca (21 de abril del 753 a. C. hasta el 510 a. C.) a república romana latina (509 a. C.- 27 a. C.) y finalmente acabó convirtiéndose en todo un Imperio gracias a su excelente organización militar y civil.

Roma se hizo con tierras desde el Rin en Germania hasta el norte de África, abarcaba toda la Península Ibérica así como los actuales territorios de Francia, Gran Bretaña, Europa Central y Oriente Medio hasta Armenia. Bajo el dominio de Augusto hubo unos años de paz, un período de esplendor conocido como Paz Romana.

El Imperio Romano fue relevante tanto cultural como científica o técnicamente. En la época del imperio la cultura romana, el arte, la literatura y filosofía se propagaron. Todo el imperio tenía la misma moneda, el mismo código legal, la misma religión, la misma lengua (que evolucionaría en las diferentes lenguas romances), el mismo ejército… Se construyeron calzadas romanas para facilitar las comunicaciones en todo el territorio, se explotaron minas en Hispania y Britania y se erigieron puentes y acueductos para llevar agua a las ciudades. Todo este desarrollo urbanístico favoreció el comercio y la economía. Nació así la Ruta de la Seda, que conectaba Occidente con el Imperio Chino y la India.

Durante el reinado de Trajano el Imperio Romano abarcaba unos 6,14 millones de km². Iba desde el Océano Atlántico hasta las orillas del mar Negro, el mar Rojo y el golfo Pérsico; y desde el desierto del Sáhara hasta las tierras boscosas a orillas de los ríos Rin y Danubio y la frontera con Caledonia. Pero llegó un momento en que era difícil de gobernar un territorio tan amplio. Además, el ejército comenzó a revelarse. En el año 476 las Invasiones Bárbaras pusieron fin al imperio, aunque ya venía debilitándose y fragmentándose.

La Edad Media estuvo marcada por diferentes pugnas de poder entre diferentes pueblos que querían hacerse con el control de los territorios. En el norte dominaba el Sacro Imperio, el Papa y el poder de las ciudades-estados y en el sur el Imperio Bizantino, los musulmanes, los normandos, los angevinos, los aragoneses y los Borbones…

Entre los siglos X y XII cuatro ciudades destacaban en el comercio marítimo: Amalfi, Pisa, Génova y Venecia. También tenían su independencia (gobierno autónomo con forma de república oligárquica, moneda, ejército, etc.) como consecuencia de la falta del poder central. Otras ciudades que consiguieron el autogobierno gracias al comercio y la artesanía fueron Gaeta, Ancona, y Noli.

A finales de la Edad Media había seis Estados principales: el ducado de Saboya, el de Milán, las repúblicas de Florencia y Venecia, los Estados Pontificios y el reino de Nápoles.

El norte se había desarrollado más gracias a las ciudades-estado y a la llegada de mercaderes durante el siglo XII y XIII. Esto conllevó al Renacimiento en el siglo XV, una época en la que resurgieron las artes y las ciencias. En un principio nació en la literatura, pero el mecenazgo favoreció otras disciplinas y áreas intelectuales. En este movimiento destacan artistas como Leonardo Da Vinci, Michalangelo Buonarotti, Sandro Botticelli, Dante Aligheieri y Francesco Petraca.

El movimiento comenzó en la Toscana, en las ciudades de Florencia y Siena, gracias a la influencia de los eruditos griegos. Pronto tuvo impacto en otras ciudades como Milán y Venecia. También el Papa quiso hacer cambios en edificios en Roma. Y después se extendió por el resto de Europa. Aún así, no hay que olvidar que los cambios estaban concentrados en las clases altas y que para la mayoría de la población no supuso gran diferencia esta etapa con la Edad Media.

Políticamente fue un período en el que diferentes países luchaban por hacerse con el poder. Así, el Renacimiento terminó a mediados del siglo XVI debido a las Guerras Italianas provocadas por la rivalidad entre Francia y España y las continuas sucesiones dinásticas. Las ciudades-estado perdieron su autonomía y quedaron bajo dominio extranjero.

La España de Carlos I pasó a controlar Milán, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, la parte sur de la Toscana y algunos estados pequeños del norte. Sin embargo, la decadencia del Imperio Español en el siglo XVIII por las numerosas guerras que tuvo que encarar arrastró también a los territorios italianos. La Guerra de Sucesión Española tras la muerte de Carlos II implicó casi a toda Europa. Y mientras en la Península Ibérica se libraban las batallas, el duque de Saboya y el de Austria se hicieron con las posesiones españolas en Italia.

Tras la guerra, Milán, Nápoles y Cerdeña pasaron a los Austrias, mientras que Sicilia pasó a la Casa de Saboya. Después Carlos III conquistó el Reino de las Dos Sicilias, que le pasaría a su hijo Fernando I. Tras la muerte de Carlos IV, su hija María Teresa I de Austria heredó la corona, pero no era reconocida por las potencias europeas, lo que desembocó en una guerra entre Prusia, Francia y España. Cuando María Teresa se casó con Francisco, la Toscana se incorporó a la casa Habsburgo-Lorena.

A finales de siglo XVIII llegó Napoleón, quien puso fin al dominio austriaco, reorganizó los territorios en repúblicas, abolió el poder de los papas y deportó a Pío VII a Savona. Después unió las diversas repúblicas en el Reino de Italia. Solo Sicilia y Cerdeña quedaron fuera de su dominio.

En 1814, con el Congreso de Viena, Italia quedó dividida en ocho partes, la mayoría bajo dominio extranjero. Tras la caída de Napoleón, comenzó a despertar un sentimiento revolucionario de carácter de independencia: El Risorgimento. Nació desde el odio hacia la dominación extranjera. Los patriotas se alzaron en 1848 contra los austriacos en Milán y Venecia, contra los Borbones en Sicilia y contra el Papa en Roma, donde se declaró la República.

Víctor Manuel II encabezó un movimiento que en apenas dos años se hizo con todo el territorio. Nombró a Camillo Benso Di Cavour presidente del consejo de ministros, quien consiguió crear el Reino de Italia, en el que solo el Véneto y Roma quedaban excluidos (tardarían una década en caer). Por su parte, Giuseppe Garibaldi unificó Nápoles y Sicilia, que en 1861 sirvió para que Cavour declarara un reino unificado. En 1866 se anexionó Véneto y, finalmente, en 1870 Roma, convirtiéndola en capital y confinando al Papa Pío IX en el Vaticano, ya que no quería entregar el poder. En 1871 Italia estaría unificada como monarquía parlamentaria constitucional.

El nuevo estado unificado sin embargo tenía sus problemas. Mientras que el norte se industrializaba rápidamente, por contra el sur (y zonas rurales del norte) estaban subdesarrolladas y sobrepobladas. Además, había un número alto de analfabetismo y grandes diferencias culturales. Ni siquiera había una lengua común. En cuanto a política exterior, comenzó una expansión colonialista: Eritrea, Somalia y Abisinia. Además, el nacionalismo italiano reclamaba las “Tierras italianas irredentas”, ciudades y regiones que consideraban propias, como algunas ciudades fronterizas de Croacia o Austria; Niza, Saboya, Córcega o Malta. Tras una guerra con Turquía entre 1911 y 1912 se hizo con territorios de Libia y algunas islas del Egeo.

Al estallar la I Guerra Mundial Italia se mantuvo neutral. Sin embargo, debido a presiones de sectores nacionalistas y de izquierdas, en 1915 acabó uniéndose a los Aliados y declarándole la guerra a Austria a cambio de varios territorios (Trento, Trieste, Istria, Dalmacia). Al fimar la paz recibió Trento, Trieste e Istria, no así Dalmacia que pasaría a Yugoslavia.

Tras la I Guerra Mundial hubo agitaciones socialistas inspiradas por la Revolución Rusa, sin embargo, tuvieron un resultado diferente, ya que provocaron una contrarrevolución. El Partido Nacional Fascista, liderado por Benito Mussolini, se convirtió en una importante fuerza política. Su reacción a las huelgas fue mejor aceptada que la del propio gobierno gracias al discurso del miedo. Fue ganando adeptos hasta que en octubre de 1922 los fascistas intentaron llevar a cabo un Golpe de Estado con la Marcha sobre Roma, pero fracasó. Aunque no del todo, ya que el Rey Víctor Manuel III convirtió a Mussolini en Primer Ministro.

Nació la dictadura fascista y en los años siguientes se prohibieron los partidos políticos, se controló a la prensa y a los sindicatos y se recortaron libertades personales para así “prevenir” nuevas revoluciones. En 1929 Mussolini pactó con la Iglesia Católica y les permitió crear el Estado del Vaticano. Mientras tanto, la política exterior se centró en las colonias. En 1936 invadió Etiopía y en 1937 se creó el Imperio Italiano de África Oriental. Además, Italia se unió a la Alemania nazi para apoyar a Franco en la Guerra Civil Española. Cuando Alemania se anexionó Austria e invadió Checoslovaquia, sin avisar a Mussolini, este decidió anexionarse Albania pese a la oposición del rey Víctor Manuel III.

Cuando comenzó la II Guerra Mundial, Italia también se mantuvo neutral, sin embargo, en 1940, cuando Francia estaba en horas bajas, decidió declarar la guerra esperando que así Gran Bretaña pediría la paz. Algo que no ocurrió. Hitler invadió Polonia, Francia y Dinamarca y Mussolini decidió hacer lo propio con Grecia atravesando Albania. Sin embargo, lo que él esperaba que fuera rápido, le llevó más tiempo y esfuerzo y al final tuvo que intervenir en 1941 Hitler en coalición con Bulgaria y Hungría. Entre 1941 y 1942 Italia consiguió extender su control en el área central del Mediterráneo.

Con la entrada de EEUU y la fallida invasión de la URSS, el Eje perdió poder. Además, en 1943 Italia fue derrotada en el norte de África y Sicilia fue invadida. El rey Victor Emmanuel III mandó arrestar a Mussolini y nombró Primer Ministro al mariscal Badoglio. Este nuevo gobierno comenzó a negociar el armnisticio con los aliados, algo que no gustó en Alemania, que envió tropas a Italia. Hitler se hizo con el norte de Italia, y tras la liberación de Mussolini, la zona se convirtió en la República Social Italiana. En aquel momento surgió la Resistencia Partisana, que se oponía al fascismo y al nazismo y consiguió desestabilizar su poder y expulsar a los nazis. La liberación italiana se llevó a cabo en abril de 1945 y Mussolini fue fusilado. Casi un millón de italianos murieron en la guerra y el país quedó sumido en la pobreza.

El 2 de junio de 1946 tuvo lugar un referéndum en el que por primera vez pudieron votar las mujeres (el sufragio universal masculino se aprobó en 1913). El rey, que había estado implicado en la II Guerra Mundial y en la dictadura, tuvo que abdicar al proclamarse la República.

El 1 de enero de 1948 entró en vigor la Constitución Republicana. En aquel momento Italia redibujó sus fronteras. La mayoría de la Venecia Julia pasó a Yugoslavia y Trieste quedó dividida entre los dos estados. También se perdieron todas las posesiones coloniales y se dio por acabado el Imperio Italiano. En las primeras elecciones en abril de 1948 hubo una pugna entre el partido apoyado por EEUU: el Partido Democracia Cristiana, y los respaldados por la URSS, el Partido Socialista Italiano y Partido Comunista Italiano. El miedo al comunismo le dio el triunfo al PDC, un partrido que ha estado muy presente en los gobiernos de Italia desde la guerra hasta la década de los 80.

En 1949 Italia se unió a la OTAN y en 1955 a las Naciones Unidas. Comenzó a remontar económicamente gracias al Plan Marshall. En 1957 fue miembro fundador de la Comunidad Económica Europea, antecesora de la Unión Europea.

Desde finales de los años 60 hasta finales de los 80 se vivieron los conocidos anni di piombo (años de plomo). La crisis del petróleo, la guerra fría y los gobiernos que duraban apenas unos días desembocaron en una crisis social. Esta insatisfacción se tradujo en revueltas callejeras. La violencia fue escalando hasta que en 1978 las Brigadas Rojas asesinaron al líder cristianodemócrata Aldo Moro. Los servicios secretos italianos intervinieron deteniendo a activistas de extrema izquierda. En 1980 tuvo lugar el brutal atentado en la estación de tren de Bolonia que dejó a 85 muertos. La masacre fue atribuida a Ordine Nuovo, un grupo terrorista de ultraderecha, pero nunca se llegó a aclarar.

En los años 80 se produjo una alternancia de gobierno. En 1981 consiguió llegar al gobierno Giovanni Spadolini (liberal) y en 1983 Bettino Craxi (socialista), aunque Democracia Cristiana siguió siendo el principal partido. Durante el gobierno socialista la economía se recuperó e Italia se convirtió en la quinta nación más industrializada, no obstante, la deuda se disparó como consecuencia de los gastos del gobierno.

En los años 90 Italia tuvo varios escándalos judiciales. Por un lado, el ex Primer Ministro democratacristiano Giulio Andreotti fue acusado de colaborar con la mafia. Por otro, salió a la luz la Operación Gladio, en la que los servicios secretos de la OTAN habían llevado a cabo actividades anticomunistas.

El 92 fue un año movido. Las elecciones reflejaron el hartazgo de la población y el castigo a los políticos que llevaban años de inmovilismo y acumulando deudas. Además, la Operación Manos Limpias había descubierto flagrantes casos de corrupción. Aunque estaban todos los partidos involucrados, especialmente era notable en Democracia Cristiana, que llevaba 50 años en el poder. Así, los partidos sufrieron una gran crisis y se reorganizaron. Por ejemplo, los comunistas se reconvirtieron en fuerza socialdemócrata. También fue el año en que la mafia asesinó al juez Giovanni Falcone.

En 1996 ganó las elecciones una coalición de centro izquierda, el Olivo, encabezada por Romano Prodi, pero las tensiones internas hicieron que tan solo dos años después hubiera nuevas elecciones. En 1998 se formó una coalición de centro-izquierda que incluía a los comunistas por primera vez en cincuenta años. A la cabeza estaba Massimo D’Alema, quien dimitiría en 2000 tras unos malos resultados en las elecciones regionales.

En 2001 ganó las elecciones Silvio Berlusconi. Este magnate de los medios de comunicación (es dueño de tres cadenas de televisión) aprovechó la crisis de los partidos tradicionales para formar el partido de centro-derecha Forza Italia. Gobernó en coalición con la separatista Liga Norte y otros partidos de corte neofascista como Alianza Nacional. La coalición de Berlusconi no consiguió renovar la presidencia en 2006 y Prodi volvió al poder con la alianza centroizquierdista L’Unione. Aunque volvió a haber alternancia en 2008, cuando Berlusconi volvió a ganar. Eso sí, fueron unos años de escándalos y de maniobras en los que el Primer Ministro intentó modificar las leyes en su propio beneficio. Tres años más tarde, atrapado entre juicios de corrupción y otros personales, tuvo que dejar la presidencia.

Le sucedió Mario Monti, que tampoco duró mucho y fue sustituido en 2013 por Enrico Letta, quien solo estuvo un año en el cargo. En 2014 Matteo Renzi asumió la presidencia, y tras dos años dimitió tras un referéndum fallido y le tomó el relevo su ministro de Exteriores Paolo Gentiloni, cuyo Gobierno fue el número 65 desde enero de 1946. Demasiados para tan poco tiempo, pero es la consecuencia del sistema electoral italiano. La Constitución favorece deliberadamente las coaliciones. Es algo que se tuvo en cuenta cuando se redactó, para que así se pudieran unir el norte y el sur y no llegara un gobernante demasiado poderoso (no querían repetir sus errores). De esta forma, el Primer Ministro necesita tener mayoría en ambas cámaras para poder gobernar. Y además mantenerlo, si no, tendrá que renunciar.

Así pues, si ya de por sí estas coaliciones tienen sus propias tensiones, además le unimos que los partidos no están unidos y las diferentes corrientes chocan entre sí, el resultado es la inestabilidad. A principios de los 90 se cambió la ley electoral para intentar favorecer gobiernos de mayoría y desde entonces los gobiernos duran el doble de lo que lo hacían antes de la modificación. Aún así, sigue habiendo problemas. En 2017 se aprobó la Rosatellum bis, una nueva ley electoral que ha resultado ser un caos a la hora de formar gobierno. El primer domingo de marzo de 2018 hubo elecciones y ninguna agrupación ni partido político ganó por mayoría absoluta. El “partido” más votado fue el Movimiento 5 Estrellas, liderado por Luigi Di Maio y la coalición de derechas ganó por mayoría simple en la Cámara de Diputados y en el Senado.

El 5 de marzo, Matteo Renzi anunció que su partido, el PD, estaría en la oposición durante la legislatura y que una vez se forme un nuevo gabinete, renunciaría como líder. Por su parte, Matteo Salvini reiteró la promesa que realizó durante la campaña de no formar coalición con el M5S. Sin embargo, el 1 de junio se convirtió en Vicepresidente y Ministro de Interior del Gobierno de Italia gracias al acuerdo de la Liga Norte con el Movimiento 5 Estrellas.

Se encontraron con alguna traba a la hora de formar gobierno, ya que Sergio Mattarella, Presidente de la República, rechazó la propuesta de Paolo Savona (euroescéptico) como Ministro de Economía. Parecía que aquello iba a conducir a unas nuevas elecciones tan solo 83 días de haber celebrado unas, pero finalmente salieron del bloqueo al proponer a Giovanni Tria, quien no defendía salir del Euro.

En el nuevo Gobierno el Movimiento 5 Estrellas (M5S), controla nueve ministerios, siendo Di Maio el responsable de Desarrollo Económico, Trabajo y Políticas Sociales. Los otros ocho son: Defensa, Infraestructuras y Transportes, Sanidad, Cultura y Turismo, Justicia, Sur, Relaciones con el Parlamento y Medio Ambiente. Por su parte la Liga ostenta ministerios clave. Sin ir más lejos, Salvini ocupa Interior y el rechazado Savona ha acabado en el Ministerio de Asuntos Europeos. Además cuentan con Agricultura, Educación, Discapacidad y Familia, Asuntos Regionales y Autonomías y Administración Pública.

El partido de ultraderecha con su lema “Los italianos primero” (que recuerda al America First de Trump) parece ganar cada vez más puntos en intención de voto (al poco de formarse el gobierno las encuestas le daban ya 14 más que lo que lograron en las elecciones). Italia, con sus políticas antiinmigración y antiEuropa está cada vez más cerca de Hungría, Polonia o Austria. El rumbo que está tomando Europa recuerda al siglo pasado.

Política aparte, el territorio italiano está organizado en veinte regiones administrativas divididas en cinco áreas:

Noroccidental: Liguria, Lombardía, Piamonte y Valle de Aosta.
Nororiental: Emilia-Romaña, Friuli-Venecia Julia, Trentino-Alto Adigio y Véneto.
Central: Lacio, Marcas, Toscana y Umbria.
Meridional: Molise, Abruzos, Apulia, Basilicata, Calabria y Campania
Insular: Cerdeña y Sicilia.

Aunque la mayor parte de su territorio se encuentra en Europa, Italia es un país bicontinental, ya que posee varias islas en el norte de África. Su territorio europeo lo conforman la Península Itálica, el valle del Po y dos grandes islas en el mar Mediterráneo: Sicilia y Cerdeña, mientras que el territorio africano lo conforman las islas de Lampedusa, Lampione y Pantelaria. En el norte está bordeado por los Alpes, donde limita con Francia, Suiza, Austria y Eslovenia. Los estados independientes de San Marino y Ciudad del Vaticano son enclaves dentro del territorio italiano. A su vez, Campione d’Italia es un municipio italiano que forma un pequeño enclave en territorio suizo.

La mayoría de la población se concentra en grandes ciudades, destacando Roma (la capital política) y Milán (la capital económica).

A pesar de ser un país pequeño, existen grandes diferencias entre las regiones. En el sur la gente es más tradicional y la estructura social está fuertemente influenciada por la religión católica. Así, se le da mucha importancia a los lazos familiares y a la familia tradicional.

También hay diferencias en cuanto al idioma. El oficial es el italiano, claro, pero también se hablan algunos dialectos, así como alemán y francés en las zonas fronterizas.

El italiano proviene de una variedad del toscano, y así se identificaba claramente hasta el siglo XVI. A partir de ese siglo, gracias a la expansión del Renacimiento y de su literatura, la lengua que hasta el momento era local, se extiende imponiéndose a otras.  Hacia 1550 se escribieron gramáticas y vocabularios italianos destinados a extranjeros para la comprensión de la cultura. Para finales de siglo las publicaciones en esta lengua habían superado por primera vez en Italia a las escritas en latín. En una época en la que aún no había unificación del país, por el contrario ya comenzaba a haberla del idioma. Eso sí, era una lengua elitista, claro. Tan solo hablaba este italiano aquella minoría que había cursado estudios superiores. El resto de la población seguía usando sus dialectos locales.

Con la unificación fue elevada a lengua oficial y comenzó la alfabetización de las masas. Así, nació un italiano estándar que en el siglo posterior se extendería más aún gracias a la difusión de los medios de comunicación. El italiano se convirtió en la lengua materna de toda la población y los dialectos quedaron en un segundo plano. No obstante, siguen presentes y varía mucho de unas regiones a otras la entonación, el vocabulario e incluso las formas verbales. Pero es lo mismo que ocurre con el castellano de Andalucía o el que se pueda hablar en Galicia. No todos hablamos igual.

Asimismo, la gastronomía refleja esta variedad cultural de sus regiones. Se la conoce por la pizza, la pasta o el rissotto, pero tiene mucho más. Es puramente mediterránea, con elementos griegos, turcos y árabes.

Italia está entre los 5 países más visitados en el mundo cada año. Atrae a millones de turistas gracias a la gastronomía, pero también por la historia y las artes. Y claro, no nos podemos olvidar del turismo religioso y del de relax y playa. Nosotros la playa, poco. No solo porque era noviembre, sino porque el día nos sorprendió lluvioso. Sin embargo, eso nos iba a frenar.

Desayunamos y tras prepararnos para afrontar la jornada, desembarcamos. Bueno, no fue tan rápido en realidad. En Marsella habíamos bajado tranquilamente porque no lo hicimos nada más atracar, sino que paramos previamente en el comedor para hacer el cambio de turno. Sin embargo, en Génova la apertura de puertas se retrasó un poco con respecto a la hora prevista y se formó una buena cola. O barullo, porque realmente parece que los italianos son poco dados a las filas y se intentan meter en cualquier hueco sin ningún tipo de pudor. Además, para más inri, al tratarse de un crucero que tiene embarque y desembarque en cada parada, había gente que se marchaba ese día e iba cargada hasta arriba de bultos, con lo que empujaban y golpeaban. Supongo que muchos tenían prisa por el transporte de enlace.

La verdad es que me parece un gran error que se habilite una única salida para los de desembarque y para el resto de viajeros que van a hacer excursión, bien contratada, bien por libre. O das prioridad a unos antes que a otros, o mejor habilita dos salidas. Pero claro, eso supondría poner el doble de tripulación destinada al desembarque.

En cualquier caso, nos pusimos a la cola armados de paciencia listos para descubrir Génova.

12 comentarios en “Crucero por el Mediterráneo. Día 3. Aproximación a Italia

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