Crucero por el Mediterráneo. Día 7. Navegación

Tras abandonar Malta, el crucero se acercaba a su fin, pero antes teníamos un día de navegación por el Mediterráneo de vuelta a Barcelona. Ese día aprovechamos para levantarnos relativamente tarde, desayunar con calma y dar un paseo por el barco, pues al final, entre tanta escala, realmente había rincones que no habíamos visto. Nos pasa siempre, pero más aún en un barco tan grande.

Lo malo del día de navegación es que está todo el mundo en el barco, así que por muy grande que sea este, gente vas a encontrar en todos los lugares. Incluso en el gimnasio.

Si el día de Génova a Nápoles el barco se movió ligeramente, el día de navegación lo hizo de manera notable. No es que diera bandazos de un lado a otro, pero sí que se apreciaba el viento y la borrasca que había en la zona.

A media mañana había una exhibición y degustación de mozzarella a cargo una eminencia, al parecer. Me sorprendió ver a los japoneses con tal devoción hacia el queso… Bueno, y en general a todo el mundo haciendo corrillo para probar algo que, por otra parte, había habido durante cada día en el buffet.

A las 11:30 asistimos a la charla de información sobre el desembarque.

Por un lado nos explicaron cómo realizar el desembarque de las maletas. Del mismo modo que al inicio no cargas con ellas, tampoco para la salida. Así, la noche anterior de abandonar al barco, antes de la 1 de la madrugada, has de dejar las maletas en la puerta del camarote, etiquetadas con las correspondientes tiras asignadas. El color indica la hora límite para bajar.

De esta forma, el personal del barco se pasa la madrugada recorriendo cada planta y agrupando las maletas por colores para, una vez llegados a puerto, descargarlas y llevarlas a la zona de recogida de equipaje. Básicamente es la misma metodología que cuando cogemos un avión. Eso sí, es importante tener en cuenta que deberemos dejarnos fuera el pijama, la ropa del día siguiente, así como los productos de higiene que vayamos a necesitar antes de irnos a dormir, y al despertar.

El segundo aspecto que nos explicaron fue cómo cerrar la cuenta. El primer día habíamos asignado nuestra tarjeta de crédito a nuestro camarote, así pues, nos tocaría revisar la factura para comprobar que todo estaba bien. Y si era así con una firma, todo listo.

Sin embargo, también existía la posibilidad de pagar con tarjeta de débito o efectivo. En este caso, el proceso era algo más complejo en caso de que el saldo fuera a favor del viajero, ya que la devolución del depósito se realizaba en efectivo, lo que suponía revisar la factura y después acudir con ella a recepción para cobrar. Y esperar cola, claro.

La verdad es que no había mucho que añadir con respecto a la charla, pues estaba todo claro. Sin embargo, sí me había quedado la duda de la hora del desembarque. Según nos habían explicado nos asignarían una hora según el color, pero nosotros teníamos el AVE a la 1, con lo que no teníamos especial prisa por abandonar el barco. Además, no queríamos hacerlo a la vez que los de la escala, que son quienes sí que necesitan todos los minutos posibles. Así que me acerqué a preguntar si la hora que nos marcasen sería obligatoria. Afortunadamente nos informaron de que se hace así para que el desembarque sea progresivo, pero que si queríamos quedarnos un rato más, podíamos hacerlo siempre que nos fuéramos con el último color, pues a partir de esa hora ya comenzaban a subir los nuevos cruceristas. No es que fuera muy tardía, pero nos daba al menos un par de horas más. Mejor esperar en el barco tranquilamente, a hacerlo dando vueltas por Barcelona con las maletas.

Aclarada la duda nos fuimos al teatro, donde se representaba MasterChef at Sea con el equipo de animación.

Bueno, en realidad no estaban cocinando, les dieron fruta y tenían que crear un plato y ponerle nombre…

Después nos fuimos a tomar una cerveza al pub.

Pero como no ponen tapa y en las anteriores ocasiones siempre había echado de menos picar algo, antes pasamos por el buffet a por unas patatas fritas.

Comimos y nos echamos una siesta. Y ya, a media hora de la tarde, hicimos las maletas a falta de la ropa que usaríamos por la noche y los productos de aseo.

Comprobamos la cuenta en la televisión y nos habían cargado unas fotos que nos habían dejado en el camarote pero cuyo recibo no habíamos firmado, así que, antes de ir a cenar nos tocó pasarnos a pedir el reembolso.

Una noche que sí era de gala. Y se notaba nada más poner un pie en el pasillo, pues iba todo el mundo engalonado. Destacaban sobre todo las japonesas con sus kimonos.

Y por supuesto, ese día sí que estaba el capitán listo para quien quisiera hacerse la foto con él.

Para la cena de la noche teníamos de nuevo la mesa engalanada, aunque esta vez el mantel era dorado y no plateado. En esta ocasión la oferta de platos era mayor y más variada. De entrantes teníamos para elegir entre Cóctel de vieiras, Carpaccio de bresaola, Crujientes rollitos de primavera, Ensalada César, Caldo de Buey y Sopa de espárragos.

De principal podíamos optar por Tortellini con tinta de sepia, Risotto con setas, Langostinos a la parrilla, Tajadas de solomillo y Strudel vegetariano.

Como se puede observar en la imagen, aunque ambos comimos los langostinos a la plancha, sí que diferimos en los primeros y mientras que yo me tomé la ensalada césar, él probo los rollitos.

La ensalada me pareció un poco pobre. Apenas era lechuga con picatoste y salsa. Los langostinos, sin embargo, eran grandecitos y estaban jugosos.

Entre las opciones de postre ambos elegimos la crema de vainilla francesa con salsa de frutas del bosque que, si bien estaba rica, la textura no me terminaba de convencer. Era demasiado líquida para mi gusto. Yo habría preferido algo más tipo mousse.

Después marchamos al espectáculo. Habíamos reservado Virtual. Y quizá fue el espectáculo que más me gustó de toda la semana. Versaba sobre un individuo que vivía pegado a su teléfono móvil y un día se convierte en parte de él, actuando como si fuera parte de una de las muchas aplicaciones instaladas en este.

Tanto la escenografía como la música y coreografías estaban muy bien elegidas y diseñadas. Fue interesante y entretenido. Incluso daba para reflexionar sobre la adicción a la tecnología.

Para terminar el día, y casi el crucero, subimos a tomarnos unas copas. Y si en las partes más bajas del barco se notaba el movimiento, en la popa arriba del todo mucho más. No hacía falta beber mucho para acabar mareado.

Nos retiramos pronto, pues había que dejar el camarote a las 7:30. En nuestra puerta ya nos esperaban nuestras etiquetas y las indicaciones para revisar la factura y cerrar la cuenta antes del desembarque.

Básicamente resumía lo que nos habían explicado en la reunión. Nuestra hora de desembarque era a las 9:10 y la última salida a las 12:30.

Nuestro crucero se acababa, solo nos quedaba dormir y poco más. Pero antes tuvimos que desplazar al elefante que nos habían dejado sobre nuestra cama.

Mi experiencia con Fitbit Charge 2

En 2016 Fitbit renovó sus modelos para no quedarse atrás en un mercado cada vez más competitivo. Yo lo hice en 2017 tras un par de fiascos con la Charge HR. En la segunda reclamación al servicio de atención al cliente me ofrecieron la posibilidad de sustituir mi pulsera por una idéntica o bien elegir un nuevo modelo con un 50% de descuento. Dada la experiencia con la que tenía, decidí cambiar y actualizarme a la Charge 2.

El mayor problema que tuve con la Charge HR fue su diseño. A los pocos meses la correa se separaba de la pantalla y incluso le salían unas horribles burbujas.

La Fitbit Charge 2 es una clara evolución de la Charge HR a nivel de funcionalidades, pero sobre todo, de diseño. No es para menos dadas las numerosas reclamaciones que han debido recibir a juzgar por sus comentarios en el foro oficial. La nueva versión tiene un cuerpo de acero inoxidable y plástico en negro y metal y pesa 24 gramos. En el lateral cuenta con un botón que permite ir alternando entre la información como en el caso de la Charge HR (y que siempre va en el mismo orden, no pudiendo retroceder). Los datos también se pueden consultar con un par de toques. Un gesto que no siempre funciona.

Sus correas de 2,13 centímetros se ajustan con una hebilla similar al de la Charge HR. En este aspecto no hay problema, ya que el agarre era bastante correcto. Además, son intercambiables. Se puede optar por la versión de elastomero flexible (más fina y maleable que la de su predecesora), pero también hay correas de piel o metal, que le dan un toque más elegante. Un punto a su favor, ya que cuando te acostumbras a llevarla como si fuera un reloj al uso y a contabilizar todos los datos del día a día, quieres llevarla siempre, independientemente del evento al que acudas, estés ejercitando o en tu tiempo de ocio. El fallo es que, aunque resiste salpicaduras, sigue sin ser resistente al agua, por lo que sí que hay que quitársela para la ducha o deportes acuáticos.

 

Eso sí, no son baratas, al menos vía web oficial, ya que en internet se puede encontrar de todo.

En cuanto a la pantalla, también se ha mejorado su diseño. Es quizás donde más se nota el cambio. En la Charge 2 la pantalla OLED ha ganado algo más de protagonismo y ahora no es una simple banda horizontal, sino que con sus dimensiones de 1,5″ ocupa prácticamente toda la parte superior de la muñeca. Así, permite mostrar más datos en la pantalla inicial que el reloj y la fecha. También se puede configurar para que muestre los datos del día. Además, se puede elegir entre diferentes tipos de reloj, incluyendo la versión analógica, no solo digital.

Más allá de la pantalla inicial, en el menú, con cada toque de botón, pasa por las pulsaciones, las calorías consumidas, la distancia, el tiempo de ejercicio, los pisos subidos, el tipo de ejercicio, el cronómetro, el modo relax y las alarmas silenciosas. Al igual que ocurría en la Charge HR, se puede configurar en la aplicación el orden de aparición. La pantalla inicial con el reloj no se queda activa de continuo, sino que ha de activarse, bien por el botón lateral ya mencionado, bien por los toques o incluso con el giro de muñeca.

La Charge 2 tiene un poco más de autonomía, llegando a los 5 días y se carga en apenas una hora. Como su predecesora vuelve a traer un cargador propio. No es el mismo, pero es exclusivo de Fitbit y de nuevo obliga a llevarlo a mano en lugar de poder usar un MicroUSB. Además, es un poco peculiar con ese sistema de pinza. Eso sí, parece que engancha mejor que el anterior y es un bastante más largo que el de la HR. Esta vez no hay pincho para el ordenador.

La Fitbit Charge 2 Viene equipada con un acelerómetro de tres ejes y altímetro. También mantiene el punto fuerte de la Charge HR: el sensor de ritmo cardíaco. Este sensor es el que permite optimizar el cálculo de las calorías, de los pasos y del sueño.

Sin embargo, incorpora una novedad, y es que analiza el consumo máximo de oxígeno (Nivel de capacidad aeróbica). Para calcularlo se sirve de la medición del ritmo cardíaco (reposo, media y pico), así como de los datos como la edad, peso y actividad diaria introducidos en el perfil. Es algo así como un pulsioxímetro de dedo. En base a la información recogida, da una puntuación que determina el estado físico. Es una forma más de motivación, aunque es muy complicado subir de puntuación, hay que trabajárselo.

Como ayuda a mejorar esta capacidad se puede practicar la respiración guiada (durante 2 o 5 minutos), otra novedad de esta pulsera. Este ejercicio está enfocado a rebajar estrés y lograr que las pulsaciones en reposo bajen.

En la parte inferior de la pantalla aparece una gráfica con el ritmo cardíaco. A medida que se inhala y exhala, la onda va variando, lo cual sirve como referencia de nuestro nivel de relajación. Mientras tanto, en el centro aparece un corazón con un círculo que se va ampliando a medida que tenemos que inspirar y se reduce en el momento de espirar. La verdad es que yo la he probado un par de veces, pero no le he encontrado gran utilidad.

En el apartado de la actividad física, la Charge 2 reconoce automáticamente gracias a SmartTrack ejercicios como caminar, correr, ejercicio aeróbico, elíptica, bicicleta en exteriores y deporte. Si no se quiere dejar al modo automático y se prefiere monitorizar un período concreto, hay que activar el modo cronómetro y presionar el botón lateral unos segundos. De este modo comienza el registro y durante el tiempo que se realiza el ejercicio el sistema muestra las estadísticas en tiempo real de los datos recogidos desde que se inició la actividad.

Esto ya era así en la Charge HR, sin embargo, aquí la principal novedad es que no hay un modo genérico de entrenamiento, sino que se puede elegir entre siete deportes diferentes de una lista en la que aparecen: entrenamiento, entrenamiento a intervalos, circuito de entrenamiento, bootcamp, máquina de escaleras, yoga, pilates, caminar, senderismo, correr, elíptica, carrera en cinta, artes marciales, kickboxing, pesas, tenis, golf, ciclismo y spinning. Estos favoritos se configuran por medio de la aplicación, seleccionando los que se quiere que aparezcan, así como su orden.

Algunos de estos deportes (correr, caminar, senderismo y ciclismo) se sirven del GPS del móvil para añadir la geolocalización a la actividad.

Para revisar los datos recogidos durante el entrenamiento o la actividad hay que consultar la aplicación o la web, ya que la Fitbit Charge 2 no muestra historial.

Gracias a la aplicación se obtiene una visión general de la información recogida por la pulsera o hacer uso del apartado FitStar. Sin embargo, uno de los puntos fuertes de Fitbit es el componente social. Así, el apartado motivador sigue teniendo su importancia con la posibilidad de competir con amigos (reales o virtuales) o con nosotros mismos para obtener insignias.

También hay unos foros o grupos de discusión a los que te puedes unir. Los hay de diferentes deportes, de nutrición, de pérdida de peso, de relajación…

Además, uno de los últimos apartados que se incluyeron en la aplicación es el reto Fitbit Aventuras, que propone el rutas por Yosemite o maratones de Nueva York. Al superar las diferentes pruebas se acumulan tesoros y recompensas. ¿Lo mejor? Las imágenes reales de fotógrafos profesionales.

Poco puedo añadir con respecto a las mediciones, ya que la aplicación es la misma y los algoritmos parece que también, puesto que siempre que me calcula más pasos que otras pulseras. El gráfico del sueño se complica un poco y en vez de ser un diagrama de barras es una línea con sus altibajos. Muestra el tiempo despierto, en fase REM, de sueño ligero y de sueño profundo. Sin embargo, las alarmas silenciosas siguen sin contemplar el despertar inteligente aprovechando las fases REM.

Las notificaciones en la Charge 2 siguen siendo básicas. Aunque a las llamadas le añade los mensajes de texto y aviso de calendario. Como novedad incorpora (solo para Android) la posibilidad de poder cambiar los SMS por el aviso de algún servicio de mensajería como WhatsApp o Hangouts. Cuando llega un mensaje de WhatsApp la pantalla se activa y muestra información del contacto o grupo y parte del mensaje. Eso sí, para responder hay que usar el teléfono.

Así, a priori, puede parecer que no hay grandes cambios entre la Fitbit Charge HR y la Charge 2, sin embargo, profundizando, se aprecian mejoras significativas. Sin duda, lo principal es el diseño,con una pantalla que ha crecido bastante y permite mostrar más información; una estética más cuidada con un abanico de posibilidades desde la versión más deportiva a la más formal y con el acierto de que las correas sean intercambiables.

No obstante, el material, aunque ciertamente mejor que el de la anterior, sigue teniendo sus deficiencias y después de un año ha empezado a tener también sus burbujas (más pequeñas, eso sí) y de nuevo he de abrir reclamación. Es verdad que la solución será más sencilla, pues ahora no hay que cambiar el monitor por completo, pero sigue siendo un fallo. Además, como punto negativo cabría señalar que no es tan discreta como un reloj al uso (porque su núcleo es un tanto grueso como consecuencia del sensor, aunque menos basta que la Charge HR) y que no tiene un modo que muestre la hora permanentemente.

Otra mejora es la batería, que suma días de autonomía. Aunque sigue teniendo un cable de carga propio. Y se nota mayor rapidez en la sincronización con la aplicación.

También incluye nuevos modos de deporte con consejos y ajustes para optimizar la actividad e incorpora las sesiones de respiración guiadas y la medición de la capacidad aeróbica. Sin embargo, esta última novedad aún podría mejorarse algo más con una gráfica que mostrara la evolución en el tiempo.

Aunque se ha mantenido, se han realizado innovaciones en el sistema PurePulse. La medición de la frecuencia cardíaca es algo más precisa, lo que, además de tener unos registros más reales sobre el ejercicio, permite un mejor cálculo de calorías quemadas, de los pasos y de la calidad del sueño.

Así pues, podríamos decir que el cambio ha sido satisfactorio a pesar de que aún quedan algunos aspectos en el aire como el hecho de que no incorpore GPS propio o sea resistente al agua. Para mí no supone un problema, ya que cuando he querido registrar datos de GPS me ha servido con el móvil. Tampoco realizo deportes acuáticos y el quitarme la pulsera para ducharme no me supone ninguna diferencia a cuando llevaba un reloj convencional.

La Fitbit Charge 2 es una pulsera pensada para un usuario no profesional que lo que busca es monitorizar la actividad diaria, incluido el sueño, y que quiere llevar un registro de los diferentes entrenamientos o deportes que realiza. Para un aficionado que busca un elemento más para llevar una vida activa y saludable, es una buena herramienta. Además, su aplicación, muy visual, intuitiva, motivadora y social, es fácil de usar y permite poder analizar todos los datos recogidos por la pulsera.

De momento he notado mejoría con el cambio y espero que dure bastante tiempo a pesar de la eventualidad de tener que cambiar las correas cada determinado tiempo.

Crucero por el Mediterráneo. Día 6. Malta III: La Valeta

Tras llegar de nuestra excursión de Mdina y Rabat, valoramos volver al barco a comer y después volver a salir, pero como el todos a bordo era a las 16:30, pensamos que aprovecharíamos mejor haciendo la visita del tirón y comiendo tarde. Apenas era la 1, por lo que era pronto para parar a comer, además de que luego da más pereza volver a ponerse en movimiento.

Capital de Malta y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1980, La Valeta es una ciudad amurallada de 3.000 años de antigüedad que conserva entre sus calles medievales más de 320 monumentos. Merece la pena más por su conjunto arquitectónico que por la belleza de estos monumentos individualmente.

La Valeta fue el centro político de Malta, y gracias a esta importancia es por lo que conserva tantas edificaciones de diferentes períodos y estilos en función de las civilizaciones que han pasado por ella. Aunque sobre todo predominan construcciones normandas y barrocas. En apenas un kilómetro cuadrado hay más de una veintena de iglesias de sendos estilos.

Se halla en lo alto del Monte Sceberras, el cual queda rodeado por los puertos naturales de Marsamxett y el Grand Harbour. Es este último el que se usa como tal desde hace siglos y que se ha ido mejorando con muelles y embarcaderos. Hoy es donde atracan los cruceros.

Junto al MSC Meraviglia se situó el Costa Faszinosa, que ya habíamos visto en otras escalas. De hecho, llegó poco después que nosotros y pudimos ver su entrada en el puerto y cómo oscilaba de un lado u otro mientras esquivaba los diferentes salientes.

Desde el puerto se ven Birgu (Vittoriosa), L-Isla (Senglea) y Bormla (Cospicua) cuyos astilleros fueron los más grandes de Europa. Desde ellas se puede obtener unas buenas vistas de La Valeta, sobre todo desde Birgu. Nosotros al estar en lo alto del inmenso Meraviglia, tampoco nos podíamos quejar de perspectiva al llegar.

La Valeta recibe su nombre en honor a Jean de la Valette, Gran Maestre de la Orden de los Caballeros de San Juan, que fue el que mandó reconstruir la ciudad tras expulsar a los turcos a mediados del XVI. Se comenzó a construir en 1566 y en apenas 15 años estaba concluida.

Laparelli, el encargado del diseño, planificó una ciudad totalmente novedosa. En aquel siglo las urbes se iban desarrollando según las necesidades del momento desde el asentamiento primitivo. Así, la mayoría de las ciudades europeas se articulan en torno a una plaza central en la que se encontraban la mayor parte de los “servicios” y no muy lejos encontramos un río, o cruce de caminos.

Sin embargo, La Valeta se planificó como un entramado cuadriculado de calles. Este plano favorecía el libre fluir del aire fresco desde ambos puertos a través de las estrechas calles. Además, Laparelli introdujo otro aspecto importante: el abastecimiento de agua potable y la destinada a servicios sanitarios mediante tuberías.

Pronto la gente de incluso otras islas quiso mudarse allí, y para finales del siglo XVI La Valeta se había convertido en una ciudad muy relevante y con proporciones considerables.

La II Guerra Mundial la dejó prácticamente destruida como consecuencia de los bombardeos, aunque consiguió salvar la Catedral. Tras la contienda se recuperó, no así su población, ya que ahora tiene menos habitantes que antes de la guerra (algo más de unas 7.000 personas).

A pesar de que Malta se independizó en 1974, en La Valeta aún se conservan las típicas cabinas rojas y los buzones de correos con el escudo real.

Es una ciudad para recorrerla a pie, aunque cuenta con angostas calles adoquinadas y empinadas cuestas.

Llegamos a la estación de autobuses, junto al bulevar en que se encuentra la Fuente Floriana y el Monumento a la Independencia.

Cerca se encuentra San Publio, construida en varias etapas entre los siglos XVIII y XX.

Las obras comenzaron en 1733, pero la sacristía no se completó hasta siete años más tarde. Por aquel entonces comenzó a dar servicio a los habitantes del suburbio de Floriana. Fue completada finalmente en 1768, momento en el que se trasladó la reliquia de San Publio. Tres años más tarde la fachada comenzó a reconstruirse y en 1780 se añadió la cúpula.

Entre 1856 y 1861 se construyeron las naves y un oratorio y a finales de siglo se volvió a renovar la fachada, se dio un lavado de cara al interior y se erigieron dos campanarios.

Parte de la fachada y la cúpula sufrieron daños por los bombardeos de la II Guerra Mundial y tuvo que ser reconstruida en la década de los 50. Se le volvió a dar otro repaso al interior, quedando concluida en los 90.

Su fachada destaca por su pórtico neoclásico coronado por un frontón triangular coronado por una estatua de Cristo Rey. A ambos lados se erigen sendos campanarios.

Desde allí nos dirigimos a la puerta de entrada de la ciudad, que nos lleva a la Plaza de la Libertad donde se erige la Casa del Parlamento.

Se halla en una zona que fue bombardeada en la II Guerra Mundial. Así, en los años sesenta se demolieron los restos de los edificios para este nuevo proyecto. Fue construido entre 2011 y 2015 como parte del proyecto City Gate, que también incluía una nueva puerta de la ciudad y la transformación las ruinas de la Ópera Real en un teatro al aire libre. Trajo controversia, ya que el coste de construcción fue bastante alto y se consideraba incluso innecesario, puesto que había otros edificios abandonados en la ciudad y que saldría más barato acondicionarlos a realizar uno nuevo. Además, no a todo el mundo le gustó el diseño modernista del edificio.

Entre 1921 y 1976 el Parlamento se reunía en la Cámara de los Tapices del Palacio del Gran Maestre. A partir de 1976 pasó a la antigua armería de este palacio, y finalmente se trasladó a este nuevo edificio en 2015 tras su inauguración. Se compone de dos bloques conectados entre sí por puentes. En uno de ellos se halla la cámara del Parlamento. Su estructura es de acero y la piedra caliza que lo recubre está tallada de forma que parezca que se ha erosionado naturalmente.

Es un edificio térmicamente ecológico que usa la masa de roca que tiene debajo para calentar el edificio. También se usa como sistema de refrigeración.

A su lado se encuentran las ruinas de la Ópera, que quedó destruida con los bombardeos de la II Guerra Mundial. Una lástima, porque debía ser majestuosa.

Frente a ellos se alza un edificio con los típicos balcones de colores en cuyos bajos hay comercios.

De allí sale la Calle de la República que, con su kilómetro y medio, es la principal. Recta y peatonal, atraviesa La Valeta de este a oeste y en ella se encentran bancos, los principales edificios de la administración pública de la ciudad, tiendas, cafés y restaurantes. Otra de las calles principales es Merchants Street.

En ella, y tras el edificio del Parlamento y de la Ópera, se halla la Iglesia de Santa Bárbara, mandada construir por los caballeros de Provenza en 1573.

Esta iglesia, de rito católico, fue construida en estilo barroco para los bombarderos, de ahí que la patrona sea Santa Bárbara, asociada a las profesiones de todos aquellos que manejan explosivos. Hoy es la iglesia parroquial de las comunidades de habla inglesa, francesa y alemana y es la única de Malta que ofrece misas en alemán y francés. Incluso los domingos hay una homilía en tagalo.

Fue restaurada en 1601 y prácticamente reconstruida en su totalidad en 1739. En su fachada, encima de la puerta, encontramos tapada la estatua dorada de la Inmaculada Concepción que fue colocada en 1904 para conmemorar el año jubileo. Imagino que estaba en restauración.

En la acera opuesta nos encontramos con otra iglesia, la de San Francisco de Asís.

 

Fue construida entre 1598 y 1607, sin embargo, con el paso del tiempo se descubrieron daños estructurales y tuvo que ser reconstruida en 1681. Las obras pudieron llevarse a cabo gracias a la aportación económica del Gran Maestre Gregorio Carafa, de ahí que su escudo de armas adorne la fachada.

Siguiendo por la Republic Street, a mano izquierda ocupa toda una manzana el Museo Arqueológico.

Inaugurado en 1959, se localiza en un antiguo albergue de la Orden de San Juan. En este museo se puede hallar una importante selección de objetos únicos de la isla, desde la llegada de los primeros habitantes en el 5200 a.C. hasta el año 2500 a. C. Acoge restos de yacimientos del Neolítico, así como restos funerarios, esculturas, cerámica o monedas de la cultura fenicia, romana y de la época de los caballeros

No contábamos con mucho tiempo, por lo que continuamos con nuestro camino. No muy lejos, en la Plaza Saint John, se erige la Concatedral de San Juan, anteriormente conocida como la Iglesia de los Caballeros. Está dedicada a San Juan Bautista y fue consagrada Concatedral en 1816 por el Papa Pío VII. Es Concatedral porque a pesar de ser catedral, comparte la sede o cátedra del obispo con otro templo catedralicio.

Cuando la Orden se asentó en la isla de Malta, su función era proteger la fe católica y Europa del Imperio Otomano (en los siglos anteriores no tenía esta función militar, sino que nació en el siglo XI para ayudar a los peregrinos a ir de Italia a Jerusalén). Así pues, construyeron una gran fortaleza para defenderla de las invasiones turcas. En una ciudad así no podía faltar una gran iglesia, por lo que se ordenó construir una entre los años 1572 y 1577.

De estilo barroco, cuenta con dos torres campanarios y una nave central dividida en dos partes. El altar ocupa la zona principal y alrededor de la nave se disponen ocho capillas, cada una dedicadas a las diferentes lenguas de la Orden: Aragón, Francia, Italia, etc. Aunque la fachada principal es bastante sobria, su interior es barroco y está extensamente decorado con ornamentaciones doradas (talladas in situ) en sus muros, así como con pinturas en las paredes, columnas y bóvedas. Este contraste se debe a que el interior se fue incorporando dos siglos después de su construcción.

En el suelo destaca la colección de lápidas de mármol que cubren las tumbas de los caballeros más importantes de la Orden (están enterrados casi todos los Grandes Maestres y unos 400 caballeros). Son todas distintas, y en cada una de ellas quedan inscritos hechos importantes, así como escudos de armas y datos del caballero al que pertenecen. Eso sí, hay que observarlas desde la distancia para no dañar la superficie.

También son reseñables las puertas de plata que fueron teñidas de negro para que Napoleón no se las llevara.

La Concatedral también alberga un museo en el que se expone una magnífica colección de tapices flamencos y dos cuadros de Caravaggio. El más importante de los dos es La Decapitación de San Juan Bautista.

En la plaza lateral se encuentra el Monumento a los Caídos en el Asedio de 1565.

Estas figuras de bronce en principio iban a representar a los caídos en el Gran Asedio en la defensa de Malta, sin embargo, acabó convirtiéndose en el símbolo de la Primera Constitución de Malta (1921). Así pues, encarna la identidad maltesa, su libertad y dignidad.

Frente a esta plaza se erige el Palacio de Justicia, que fue construido en estilo neoclásico entre 1965 y 1971 en el lugar en que se hallaba el antiguo Albergue de Auvernia que quedó destruido por la II Guerra Mundial.

Con los bombardeos de la II Guerra Mundial los tribunales se trasladaron, sin embargo, en 1943 volvieron al edificio, a una parte que aún quedaba en pie. Sin embargo, en 1956 las instalaciones se encontraban en un estado lamentable y el edificio se demolió para construir un nuevo juzgado.

El actual Palacio de Justicia se inauguró el 9 de enero de 1971 y dos días más tarde ya estaba funcionando con normalidad. En sus siete plantas también alberga el Registro de Tribunales Civiles, los Archivos del Tribunal, una comisaría de policía, unos calabozos y un aparcamiento.

En la siguiente plaza, en la de la República, centro neurálgico de la ciudad, se encuentra la Biblioteca Nacional.

Fue fundada en 1555 y acoge muchas colecciones personales de libros y documentos que pertenecieron a los caballeros de la Orden de Malta.

Frente a ella se erige una estatua de la Reina Victoria.

En el edificio anexo, ya adentrándonos en la Plaza San Jorge, se encuentra el Palacio del Gran Maestre, que alberga el Museo del Palacio, en el que se exponen más de 5000 armaduras de la Orden (había más, pero Napoleón las expolió), tapices, frescos y frisos.

En uno de los patios se erige la estatua al Dios Neptuno.

Fue construido entre 1570 y 1580 y además de museo fue también el Parlamento de Malta hasta 2015, cuando fue trasladado a la nueva Casa del Parlamento.

Frente al palacio está la sede de la Guardia Principal (originalmente llamada Guardia della Piazza), un edificio construido en 1603 para albergar el Regimiento di Guardia, los guardias personales del Gran Maestre de la Orden de San Juan.

En 1800 con la llegada de los británicos, dejó de usarse como cuartel general. En 1814 se le añadió el pórtico neoclásico, tiempo más tarde el escudo de armas británico y la siguiente inscripción en latín:

Es decir: El amor de los malteses y la voz de Europa asignó estas islas a la gran e invicta Gran Bretaña. AD 1814. Bueno, es un punto de vista…

En 1851 tanto el escudo original como la inscripción estaban muy deteriorados, por lo que tuvieron que ser reemplazados. En su lugar se colocó un escudo de armas del rey Jorge III y no de la reina vigente, Victoria.

En 1974, el edificio se convirtió en el Centro Cultural Libio, y el escudo de armas británico y la inscripción se cubrieron en una caja de zinc y madera contrachapada con una inscripción árabe. Este centro cultural se trasladó en 1987 tras el cambio de gobierno y de nuevo quedaron al descubierto el escudo y la inscripción. Actualmente alberga la Oficina del Fiscal General.

En la plaza también se halla el Monumento al 7 de Junio.

Se erigió en recuerdo del levantamiento del pueblo maltés del 7 de junio de 1919 contra mercaderes y el gobierno colonial británico. Cuatro personas resultaron muertas tras los disparos de las tropas británicas, lo que provocó mayor resistencia y apoyo a los partidos pro-italianos. Sería un paso más hacia la Independencia.

Tomando la Old Theatre Street el Teatro Manoel, el tercer teatro más antiguo de Europa que aún sigue en uso.

Fue inaugurado en 1732 y hoy se ha convertido en Teatro Nacional.

Un poco más adelante se halla la Iglesia de los Carmelitas, que aunque puede pasar desapercibida por su fachada, su cúpula ovalada de 42 metros domina la ciudad junto con la de San Pablo.

Esta iglesia católica es una de las más famosas de Valletta. Fue construida sobre 1570 dedicada a la Anunciación, sin embargo, en el siglo XVII pasó a mano de los Carmelitas. Es Basílica Menor desde 1895. Su fachada fue rediseñada en 1852 y la iglesia entera tuvo que ser reconstruida entre 1958 y 1981 dado que quedó gravemente dañada durante la II Guerra Mundial.

Entramos, pero parece ser que estaban de obras, por lo que estaba un poco desangelada.

Un poco más adelante, cruzando la West Street, encontramos otra iglesia, la Procatedral de San Pablo.

Es procatedral porque aunque tiene estatus de catedral, no es la principal. Destaca su chapitel de 60 metros realizado en piedra caliza maltesa y su estilo neoclásico. Fue construida en el siglo XIX para dar servicio a los anglicanos, ya que hasta la fecha no había ninguna en la isla y los servicios de esta confesión se llevaban a cabo en una habitación en el Gran Palacio del Maestre. Ocupa el lugar del Auberge d’Allemagne.

Volvimos sobre nuestros pasos hasta la Plaza de San Jorge y retomamos la Calle de la República hasta llegar al Fuerte de San Elmo.

Era una torre de vigilancia ya antes de la llegada de los Caballeros de la Orden en 1530. Se fortificó en 1533 para defender los dos puertos. Y fue de utilidad años más tarde cuando llegaron los otomanos. Sin embargo, pese a su resistencia inicial, la fortaleza no aguantó y los otomanos la destruyeron el 23 de junio de 1565. Se estima que murieron unos 1500 defensores y unos 4000 turcos. Después de este asedio la Orden se fortificó mejor y consiguieron aguantar hasta la llegada de los españoles que acudieron al rescate.

Hoy en día es la Academia de Policía y Museo Nacional de Guerra. Este está dedicado a las Guerras Mundiales y sobre todo al protagonismo que tuvo Malta. En él se conserva la Cruz de San Jorge original concedida por el rey británico.

A partir de aquí, tomamos la Calle Mediterráneo y bordeamos la costa. Un paseo muy agradable con unas vistas espectaculares.

La calle nos conduce al Siege Bell War Memorial, un monumento encargado para conmemorar el 50 aniversario de la entrega de la Cruz de San Jorge a Malta.

Delante de la campana, mirando al mar, se halla otro monumento y al fondo unas magníficas vistas que permiten alcanzar el Fuerte Ricasoli, Bighi Palace, Fuerte de San Ángel y las colinas Vittoriosa y Kalkara.

Al estar en un alto, también nos permite ver la costa que hemos ido dejando atrás y una parte del Fuerte de San Telmo.

A nuestra derecha nos quedan los Lower Barrakka Gardens. En los jardines se encuentra el Monumento a Sir Alexander Ball en forma de templo neoclásico.

Continuamos hasta la Plaza de Castilla, lugar en que se encuentra el Auberge de Castille.

Es uno de los siete albergues construidos por la Orden y que albergaba a Castilla, León y Portugal. Estos albergues eran residencias nacionales que pertenecían a las diferentes lenguas de la Orden. Cada una de ellas tenía un edificio en el que vivían los caballeros de menor grado. Asimismo, eran el lugar de encuentro para sus reuniones. Había 8 lenguas, sin embargo, solo 7 tenían albergue propio, todos construidos según el diseño del arquitecto maltés Gerolamo Cassar. No se conservan todos, y los que han llegado a nuestros días han cambiado un poco como consecuencia de las renovaciones llevadas a cabo entre los siglos XVII y XVIII.

El de Castille destaca por su espectacular fachada simétrica con elementos barrocos y renacentista. Quedó gravemente dañado como consecuencia del asedio francés y más tarde por la II Guerra Mundial. Hoy es la residencia oficial del Primer Ministro Maltés, por lo que no se puede visitar.

En la plaza que hay a la izquierda, la Plaza de Juan de la Valetta, se erige la Iglesia de Nuestra Señora de las Victorias, la primera que levantó la Orden de San Juan en 1567 para conmemorar el triunfo sobre los turcos durante el Gran Asedio.

Fue reformada a finales del siglo XVII y a mediados del XVIII.

Por supuesto, en la plaza no podía faltar una estatua en honor a Jean de la Valette, miembro de la Lengua de Provenza en la Orden de San Juan y Gran Maestre, fue quien dirigió a las tropas contra el Gran Asedio de los otomanos en 1565.

Junto a la estatua se encuentra la Iglesia de Santa Catalina de Italia, a la que acude la comunidad italiana en Malta.

Fue construida en 1576 por los caballeros italianos de la Orden de San Juan junto a su albergue. Fue ampliada en el siglo XVII, añadiendo una iglesia octogonal a la capilla ya existente. Pasó por una nueva restauración a comienzos de este siglo.

Volvimos de nuevo a la Plaza de Castilla, pues aún nos quedaba por ver el Monumento a Pawlu Boffa:, quien fuera Primer Ministro de Malta entre 1947 y 1950, justo después de que la autoridad colonial británica reinstaurara el autogobierno tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

Pertenecía al Partido Laborista y cuando este se separó fundó y dirigió el Partido de los Trabajadores de Malta (MWP). Fue de vital importancia en el reconocimiento del maltés en los tribunales de justicia, de la introducción de la educación primaria obligatoria, de las pensiones de vejez y del sufragio femenino.

Frente al Albergue de Castilla se halla el Banco de Malta.

Y en la muralla, junto al aparcamiento hay un monumento llamado La llama que nunca se extingue. Fue inaugurado el 7 de julio de 2017 en homenaje a todos aquellos malteses que lucharon por la libertad e independencia de la nación. A mí me recordaba a un árbol, pero qué se yo de arte.

Al otro lado de la plaza se erige el edificio de la Bolsa de Malta.

Nació en 1990 con la Ley de la Bolsa de Malta y comenzó sus operaciones el 8 de enero de 1992, pero no se mudó a este edificio hasta 1999, que había sido una antigua iglesia multiconfesional hasta 1950.

Tras este edificio se abren los Upper Barrakka Gardens. De hecho la trasera de la Bolsa da a los jardines.

Son el nivel superior del St. Peter & Paul Bastion. Gracias que es el punto más alto de la ciudad, permite unas magníficas vistas del puerto, de las Tres Ciudades, del astillero y de las partes inferiores. Incluso se veía el barco.

Fueron construidos en 1661 como jardines privados de la Orden de los Caballeros de San Juan y en ellos se encuentra el Saluting Battery, un cañón que es disparado cada día a las 12 del medio día como costumbre de otras épocas en las que no había relojes.

Se abrieron al público en 1824. Se vieron gravemente perjudicados durante la II Guerra Mundial.

En el parque hay varios monumentos y estatuas dedicados a personalidades importantes como Gerald Strickland, Sir Thomas Maitland y Sir Winston Churchill.

También podemos ver una réplica de la estatua Les Gavroches (Los chicos de la calle) del escultor maltés Antonio Sciortino.

Asimismo, se pueden ver diferentes placas que homenajean a aquellos que lucharon por Malta.

Incluso una dedicada a Einstein.

La arcada que bordea los jardines nos conduce al ascensor, que de bajada es gratuito. La entrada se encuentra justo detrás de la columna.

Una vez abajo, tan solo nos quedaba recorrer el Marina Waterfront, una calle plagada de las típicas terrazas de colores y varios locales comerciales enfocados al turismo.

Llegamos al barco a las 4 algo y nos encontramos con algo de cola. Tan solo había un chico en el control de rayos, así que se formó tapón. También porque la gente es poco colaborativa y después de llevar media hora de espera en la cola se olvidan de vaciarse los bolsillos o quitarse las chaquetas…

Aún no habían cerrado el buffet, por lo que comimos tranquilamente y subimos justo para ver la salida de puerto puntual a las 5. Fue la única escala que el barco salió a su hora, y creemos que se debía a las características del puerto de La Valeta, que requiere de toda la luz posible para poder esquivar los fuertes a babor y estribor. Es una buena forma de acabar con las escalas, ya que el atardecer sobre la muralla es espectacular.

Pero todavía nos quedaba mucho día por delante, así que nos dimos un paseo por el barco y nos tomamos algo en el pub antes de volver al camarote a prepararnos para la noche.

En el menú nos habían preparado de entrantes Bacalao cremoso, Rosbif de ternera, Ensalada rayo de sol, Sopa de lentejas y patatas. Ambos elegimos la ensalada, que era bastante normalita.

Como principal teníamos para elegir entre Lasaña a la boloñesa, Risotto con gambas pequeñas, Filete de salmón con mantequilla, Costilla de buey al horno, Falafel medioriental.

En este caso nos decantamos por el salmón y por el falafel. Qué menos que probar esta delicia en una tierra con tanta influencia árabe.

En los postres estaba floja la oferta: Pastel de cerezas de la Selva Negra, Delicia de chocolate blanco, fruta fresca.

Tampoco coincidimos en nuestra elección, él delicia de chocolate blanco, yo el pastel de cerezas.

Nada más terminar nos fuimos al teatro. Habíamos reservado Paz, un tributo a la música española, a Picasso… Pero resultó insípido y poco reseñable. La música elegida no tenía mucho que ver, la verdad. No entendí el propósito de la obra.

Y como de costumbre, subimos a tomarnos una copa. O dos, que al día siguiente estaríamos de navegación y no tendríamos prisa por amanecer.

Crucero por el Mediterráneo. Día 6. Malta II: Mdina y Rabat

Nada más bajarnos del bus nos encontramos con Mdina, la ciudad amurallada, cuya puerta se convirtió en el acceso a Desembarco del Rey en la serie Juego de Tronos. Y no es la única producción que ha rodado en Malta, ya que además del turismo, la industria cinematográfica es uno de los principales recursos.

Tras cruzar la puerta está la oficina de información, así que me acerqué a pedir un mapa. Por lo que me explicó la chica, era muy fácil de visitar, con la mayoría de los puntos en torno a una ruta circular. Así que seguimos su consejo.

Mdina se halla sobre un promontorio rocoso a 12 kilómetros al oeste de La Valeta, en el centro de Malta. Esta posición elevada permite unas amplias vistas de toda la isla.

El origen de Mdina se remonta a la época de los fenicios, en torno al año 700 a. C. y durante mucho tiempo fue el centro político y capital de Malta, ya que al estar alejada de la costa, era más fácil de proteger. Fue conocida como Città Notabile, ya que estaba habitada por la aristocracia maltesa.

En 1570 sin embargo, con la llegada de los caballeros, la capital se trasladó a La Valeta y con ello comenzó el declive de la pequeña ciudad amurallada. Los grandes maestres respetaron su autonomía y juraban sus fueros, pero la llamaban despectivamente Città Vecchia. También es conocida como la Ciudad del Silencio por la paz que se respira en sus calles.

Hoy tan solo viven en ella unos 300 habitantes, pero no por ello ha perdido su encanto. Quizá por eso, por haberse quedado algo olvidada, se conservan sus calles medievales, callejuelas y rincones, en donde se pueden encontrar palacios, iglesias y edificaciones normandas y barrocas.

Pero comencemos por el principio. El acceso a Mdina se hace a través de un puente de piedra que conduce a una puerta en la que está tallado el escudo de armas de la ciudad.

En la cara interior están representados los tres santos patronos de la ciudad: San Publio, San Pablo y Santa Ágata. Bajo ellos está esculpido el escudo de armas de los Inguanez, quienes fueron Gobernadores de Mdina durante una buena etapa.

Lo primero que encontramos tras cruzar la puerta, como decía, es la Oficina de Información y Turismo, que se ubica en la Torre dello Standardo.

Fue construida a principios del siglo XVIII para reemplazar a una más antigua del siglo XVI. Los dos escudos de armas de De Vilhena y de la ciudad de Mdina que se ven en la fachada fueron añadidos con posterioridad, en una remodelación. Esta edificación formaba parte de una cadena de torres en las localidades circundantes. Cuando en una de ellas se divisaba un peligro, se mandaba una señal de humo para avisar al resto.

En la misma plaza de San Publiuis, justo enfrente, se halla el Palazzo Vilhena, cuya puerta está también coronada por el escudo de la ciudad y dos leones.

Ya había una construcción en ese mismo lugar desde la Antigüedad. Sobre el siglo VIII parece que se levantó un fuerte bizantino que, en la Edad Media, se convirtió en castillo. Este quedó demolido en el siglo XV y a mediados del siglo XVI se reconstruyó como palacio.

Se llamó Palazzo Giuratale y albergaba el consejo administrativo civil conocido como Università. Sin embargo, quedó dañado con el terremoto de Sicilia de 1693. En 1722 el Gran Maestro recién elegido, António Manoel de Vilhena ordenó la restauración de Mdina y con ello también la demolición de los restos del antiguo palacio para construir uno nuevo. Las obras se llevaron a cabo entre 1726 y 1728 en estilo barroco francés.

En el siglo XIX fue utilizado como hospital para los militares británicos. A finales de siglo se cerró y fue empleado brevemente como cuartel. Se volvió a abrir durante un corto período para finalmente ser cerrado en 1907. Fue reabierto en 1909 como hospital para pacientes de tuberculosis bajo el nombre de Hospital Connaught (por el Duque de Connaught y Strathearn, quien había donado dinero para la compra de nuevos equipos).

Fue cerrado en 1956 y en 1973 reabrió convertido en el Museo Nacional de Historia Natural de Malta. Este museo recoge datos sobre la evolución humana, insectos, aves y hábitats así como ecosistemas marinos.

Seguimos por la calle Triq San Pawl donde se encuentra el Museo de la Catedral.

Este antiguo palacio del siglo XVIII alberga una colección que incluye objetos de arte, archivos de la Catedral, de la Inquisición y de la antigua Università.

Un poco más adelante llegamos a la plaza principal. Como no podía ser de otra forma, en ella se erige el edificio más importante de la ciudad, la Catedral de San Pablo.

Este templo católico fue construido entre 1697 y 1702 para sustituir a la catedral normanda del siglo XIII que quedó destruida por el terremoto de 1693. Tuvo que ser reconstruida siglo y medio más tarde, en 1839.

Su fachada tiene dos relojes. El de la derecha marca la hora y el de la izquierda un calendario, aunque el lugar de este hubo un segundo reloj que daba la hora errónea para despistar al diablo.

En su interior cuenta con una importante colección de platos y monedas de plata, así como algunas tallas de Antonio Durero.

Junto a ella podemos ver la Casa Gourgion y la bella casa neogótica victoriana que data de la época británica y contrasta con el resto de los edificios, aunque se integra gracias a su color.

Tomando la calle Triq Villegaignon nos encontramos con la Iglesia y el Convento de las Carmelitas.

En 1418 las Carmelitas Descalzas se trasladaron a Malta, cuando Margarita de Aragón, antes de fallecer, ofreció la capilla y los campos que la rodeaban a cualquier orden religiosa que aceptara las cláusulas de su testamento. La iglesia actual fue construida en 1659 y simboliza el inicio de la resistencia frente a los franceses en 1798. Estos estaban saqueando la isla, y fue cuando iban a subastar los tapices y otros objetos de esta iglesia cuando la gente se enfrentó a ellos.

Su interior está ricamente decorado, tanto, que me recordó a las ortodoxas cuyas paredes suelen estar completamente cubiertas de imágenes o detalles ornamentales.

Un poco más adelante teníamos ante nosotros una plaza desde la que se abre un mirador que permite ver las llanuras. Aunque quizá no es una vista tan grandiosa como me esperaba.

Cerca se halla el Palazzo Falson, de estilo normando. Construido en 1495 incorpora partes de un edificio ya existente del siglo XIII. A mediados del siglo XVI se fue ampliando añadiendo detalles de otros estilos. En el siglo XX fue comprado por Olof Frederick Gollcher, quien lo mandó restaurar. Desde 2007 está abierta al público y permite descubrir cómo se vivía en la época medieval en Malta. Asimismo, expone una amplia colección de antigüedades, armas, cerámica y obras pictóricas.

Llegados a ese punto ya solo nos quedaba emprender la vuelta, así que nos perdimos entre callejuelas descubriendo pasadizos, fachadas pintorescas y muchos edificios religiosos, y es que la cultura cristiana caló hondo en la historia de este pueblo.

Uno de estos templos religiosos es la capilla de Santa Águeda, que data de 1410, pero en 1693 sufrió daños por el terremoto y tuvo que ser reconstruida.

Con esto concluimos nuestra visita a Mdina y, como aún era pronto, nos acercamos a Rabat, la ciudad que se extiende alrededor de la muralla. Los árabes la denominaron Rabat, porque es el nombre que se suele usar para las zonas que se desarrollan en los suburbios.

Se encuentran separadas por el Parque Howard y el aparcamiento de los autobuses, donde también hay varios grupos escultóricos.

Rabat no es una ciudad muy grande, en ella viven unas 11.000 personas; pero merece la pena dar un paseo para descubrir sus balcones cerrados y coloridos.

Los principales atractivos de la ciudad son: la Iglesia de San Pablo, la Gruta de San Pablo, las Catacumbas de Santa Agatha, las Catacumbas de San Pablo y la Domus Romana.

Tomamos la calle Triq San Pawl que nos conduce a la Iglesia Ta’ Giezu.

Dedicada a Santa María de Jesús, fue construida en 1500 y ampliada en 1757. Pertenece a los frailes franciscanos y estaba cerrada porque en agosto de 2017 su techo se desplomó sobre el altar causando graves daños.

Más adelante, se halla la Plaza San Pawl, la principal plaza de Rabat. En ella se encuentra la entrada a las catacumbas, el Museo Wignacourt, los refugios de la Segunda Guerra Mundial y la Iglesia de San Pablo.

Este templo de estilo barroco se construyó en el siglo XVII sobre una gruta donde se dice que San Pablo pasó unos meses escondido tras su naufrágio.

La gruta se convirtió en un sitio popular de peregrinaje a principios del siglo XVII, y en 1610 fue confiada al ermitaño español Juan Benegas de Córdoba.

El Museo Wignacourt alberga una importante pinacoteca que cuenta con obras de algunos de los pintores malteses más importantes como Mattia Preti, Antoine Favray, Francesco Zahra. También acoge una sección de orfebrería que posee piezas italianas y maletesas, muebles de la época moderna, esculturas y objetos religiosos de la Orden de Malta.

Se ubica en la antigua residencia de Aloph de Wignacourt, uno de los primeros Grandes Maestres de la Orden de los Caballeros de Malta. El edificio, de estilo barroco, fue construido en 1749 para administrar la iglesia y la gruta. Tras la ocupación francesa en 1798 pasó a ser administrado por el Gobierno. Durante la II Guerra Mundial y en los años posteriores, fue usado como colegio, enfermería, parroquia y centro social. En 1961 pasó a la parroquia de Rabat y en 1981 se convirtió en museo.

Tanto Mdina como Rabat fueron construidas sobre una antigua ciudad romana, y uno de esos vestigios son las catacumbas de San Pablo y Santa Águeda, que eran usadas como cementerio en una época en la que Roma prohibía el cristianismo.

Para finalizar nuestra corta visita a Rabat volvimos sobre nuestros pasos hasta el parque, junto al que se encuentra la Domus Romana.

Esta antigua casa romana hoy alberga el Museo de la Antigüedad Romana. Fue construida hacia la primera mitad del siglo I A. C. para una familia acaudalada y se estima que estuvo en uso hasta el siglo I o II D. C. Fue descubierta accidentalmente en 1881 y tras excavaciones entre 1920 y 1924 se llevaron a cabo tareas de reconstrucción para conservar los mosaicos. Desde entonces se ha convertido en un lugar en que concentrar diversos hallazgos romanos encontrados en la isla. Se cerró brevemente durante la II Guerra Mundial y se reabrió en 1945.

Contiene mosaicos policromados, esculturas de mármol, elementos arquitectónicos decorativos, así como objetos de uso cotidiano de gran valor.

Antes de adentrarnos en las calles de Rabat nos habíamos acercado a la parada del autobús para saber los horarios a los que salían los siguientes y así optimizar el tiempo. Y es que, al contrario que en España, en la mayoría de sitios de Europa siempre está indicado el horario del transporte (que se cumple) y no la frecuencia.

Aún así, perdimos el bus que salía a las 12:20 (salió puntual puntual) y nos sentamos tranquilamente en un banco del parque a observar el paisaje y esperar al siguiente, el de las 12:40. Apenas 25 minutos después estábamos de regreso en La Valeta.

 

Morder la manzana, Leticia Dolera

Después de trabajar tanto en la pequeña como en la gran pantalla (tanto delante como detrás de las cámaras), Leticia Dolera debuta como escritora con Morder la manzana, un ensayo sobre feminismo.

El libro arranca con una escena familiar: un grupo de amigas tomando algo y charlando de la vida. De sus trabajos, de sus parejas o falta de ellas, de cómo les ha ido la semana, de sus preocupaciones y de alguna anécdota. En esta conversación una de ellas cuenta una desagradable escena en un taxi que desencadena en una revelación: todas han vivido algún tipo de situación de acoso o abuso (en mayor o menor medida) y les ha costado reaccionar, lo que después les ha llevado a una sensación de culpabilidad por no haberlo parado a tiempo. Así, lo que parecía anecdótico, algo excepcional o resultado de la mala suerte, se muestra como sistémico.

Y a partir de ahí Dolera intercala sus experiencias personales (y de su entorno) con referencias feministas con un lenguaje ágil y coloquial. Repasa nociones básicas de conceptos (como patriarcado o micromachismos), resume brevemente la historia del feminismo y hace referencia a otros aspectos tan enraizados en la sociedad como los roles de género, la falsa libertad sexual de la mujer ( o puta o monja), el canon de belleza que hipersexualiza el cuerpo de las mujeres, el mito del amor romántico (media naranja, celos, el amor todo lo puede), el miedo a no encontrar pareja o no ser madre, la rivalidad entre mujeres, la cultura de la violación o los piropos.

A la vez, mientras va combinando sus experiencias con la parte algo más teórica, reflexiona sobre sus propias contradicciones al intentar abandonar las pautas patriarcales estando dentro de una industria en la que estos roles están muy vivos (mujeres a las que se las valora por su físico o edad (cuanto menos, mejor) frente a hombres a los que se les tiene en cuenta la experiencia o aptitud para el trabajo).

El resultado es un libro accesible y básico. No pretende ser una obra teórica, sino de acercamiento, de iniciación. La misma autora explica que es el libro que le hubiera gustado leer a los 18 años, así que imagino que de ahí viene la redacción desenfadada y el vocabulario cercano sin entrar en demasiados tecnicismos. Busca empatizar con la lectora por medio de experiencias tan comunes como son las críticas a tener demasiado carácter, al cuerpo o a la sexualidad; el miedo a volver a casa de noche, a salir a correr por lugares desiertos, a quedarse a solas con un tipo que no conoces mucho…

Sin embargo, a pesar de que resulta fácil verse identificada en muchos pasajes, me ha resultado demasiado superficial. Sí, ya sé que es lo que pretendía la autora, pero comparado con Machismo: 8 pasos para quitárselo de encima, se queda muy corto. Barbijaputa también presenta un libro bastante ligero y sencillo, pero afrontado de otra manera, con una estructura que permite ir paso a paso afrontando definiciones de conceptos e historia del feminismo combinados con situaciones cotidianas. Aunque en honor a la verdad, Barbi es columnista y se encuentra más en su medio. En cualquier caso, bienvenido sea como un primer acercamiento al feminismo.

Crucero por el Mediterráneo. Día 6. Aproximación a Malta

Otro día más que madrugamos, pues la llegada era a las 8 de la mañana. Además diría que es el que más merece la pena, ya que permite ver la entrada a puerto y cómo se atraviesan los diferentes fuertes de La Valeta.

La vista que ofrece de la ciudad amurallada también es magnífica.

Tampoco encontramos mucho jaleo para bajar, ya que nos lo tomamos con calma en el desayuno y haciendo fotos desde el barco, ya que por la tarde no tendríamos tanta luz.

La República de Malta, al sur de Italia y al norte de Libia es un país mediterráneo formado por las islas de Comino, Cominotto, Delmarva, Filfla, Gozo, Halfa, Islas de San Pablo, Malta, Manoel, Tac-Cawl y Ta`Fraben (aunque la mayoría de ellas están deshabitadas). También pertenecen al territorio maltés la Roca Barbaganni, la Roca Fessej, la Roca Fungus, la Roca Għallis, las Rocas de la (de la Gran y de la Pequeña) Laguna Azul, la Roca Sala y la Roca Xrob l-Għaġin.

Los primeros pobladores, agricultores, llegaron a Malta en el 5200 a.C. En el 1000 a. C. fueron los mercaderes fenicios quienes se sirvieron de las islas como base de sus viajes comerciales por el Mediterráneo.

Hacia el 700 a.C. llegaron los griegos, de quien se cree que viene el nombre del país. Parece ser que Malta proviene de la palabra griega μέλι que significa miel. Los helenos la llamaron Melite (dulce como la miel). Y es que en Malta hay una gran producción de miel, e incluso abejas autóctonas.

En el 400 a. C. Malta quedó bajo el dominio de Cartago, y en el 218 a.C. de Roma, quienes le dieron la denominación de municipio. En el 870 fue conquistada por los árabes, quienes además de modificar la herencia romana, influyeron notablemente en el idioma.

El maltés se asemeja en fonética al árabe, pero mezcla palabras en italiano, francés e inglés. Muy muy extraño.

En 1090 llegaron los normandos y con ellos la cristianización e influencia de Sicilia. Muchos sicilianos se mudaron a Malta y apareció la nobleza maltesa, toda de origen italiano. De hecho, hoy en día aún se conservan 32 títulos nobiliarios. En los siguientes siglos las islas fueron alternando de manos como consecuencia de acuerdos matrimoniales, tratados y alianzas. En 1282, al igual que Sicilia, pasó a la Corona de Aragón y permaneció bajo su dominio durante dos siglos y medio.

En 1530 el rey Carlos I dejó a los Caballeros Hospitalarios que se mudaran a la isla de Malta tras haber sido expulsados de Rodas en 1522. Estos declararon lengua oficial el italiano, lo cual favoreció la llegada de más habitantes de Sicilia y Nápoles.

En 1565 los caballeros de la Orden de Malta se enfrentaron a soldados otomanos que pretendían anexionarse Malta y así conseguir un mayor control del Mediterráneo occidental. Gracias a la ayuda española la Orden consiguió salvar el territorio, de hecho, fueron los primeros que consiguieron derrotar a los turcos. Pero de aquello aprendieron y comenzaron a construir una ciudad fortificada: La Valeta, y así protegerse de futuros desembarcos y ataques.

Napoleón conquistó Malta en 1798 de camino a Egipto. Siguiendo su estilo, pidió permiso para atracar en el puerto, y una vez allí, pidió la rendición de los caballeros y se hizo con la ciudad. Abolió los derechos feudales, reformó los monasterios e igualó los derechos de todas las confesiones religiosas. Por supuesto, también saqueó sus arcas.

Los franceses tuvieron que rendirse en 1800 ante los ataques de los británicos, quienes fueron los siguientes en hacerse con el control de las islas. En 1814 Malta se convirtió oficialmente en parte del Imperio Británico siendo usada como escala en los viajes hacia la India y como cuartel general de la flota.

Durante la II Guerra Mundial fue sitiada, y su resistencia le valió la Cruz de San Jorge que le otorgó el rey Jorge VI.

Malta se independizó de Reino Unido el 21 de septiembre de 1964, aunque a los británicos les costó marcharse y seguían controlando los puertos, aeropuertos, correos y telecomunicaciones. Y es que con Gibraltar y Malta los británicos querían controlar todo el Mediterráneo.

La Reina Isabel II seguía siendo la soberana y un gobernador ejercía en su nombre. Sin embargo, el 13 de diciembre de 1974 finalmente se convirtió en república, aunque eso sí, dentro de la Commonwealth.

Los británicos abandonaron la isla el 31 de marzo de 1979 tras negarse a pagar una tasa por la presencia de sus tropas en el país. Como consecuencia del dominio británico, se conduce por la izquierda y el inglés es lengua oficial junto con el maltés.

También hay población que sabe italiano, ya que fue oficial hasta 1934 y a que desde los años sesenta del siglo pasado se recibe la televisión italiana.

Su cultura también mezcla las tradiciones y costumbres de los pueblos que han pasado por su territorio. Lo mismo ocurre con su cocina, que tiene una fusión de sabores propia del mediterráneo con influencias de recetas italianas, española y turca.

Malta forma parte de la UE desde el 1 de mayo de 2004 convirtiéndose en el país más pequeño de la unión (con una superficie cercana a la mitad de Menorca). Se incorporó al Euro el 1 de enero de 2008. Así que, no necesitamos cambiar moneda tampoco.

Nada más bajar del barco estábamos ya en la terminal de cruceros, donde hay una oficina de información y turismo en la que facilitan mapas. Por un lado tiene el mapa de La Valeta, y por otro el de transportes de la isla. Y este es el que nos interesaba de momento, pues queríamos acercarnos a Mdina y Rabat.

Pero para llegar a la estación de autobuses hay antes que llegar a la ciudad, y está en un alto, por lo que hay varias opciones: por un lado subir bordeando la muralla, por otro en ascensor que cuesta 1€, y por último por escaleras. Estas se encuentran junto al ascensor y fue la opción que elegimos. No por no pagar el euro, sino porque era absurdo esperar tal cola pudiendo hacer el ascenso de otro modo. Además, estábamos frescos y con la energía del desayuno. Y las escaleras eran descansadas, tampoco eran para tanto.

Una vez en la parte superior hay que llegar a la Plaza Castilla y bordearla hasta la fuente Tritón, que estaba en obras. Allí se encuentra el intercambiador de autobuses.

Hasta hace relativamente poco los autobuses eran de mediados del siglo pasado. Llamaban la atención por su característico color naranja amarillento. Hoy, sin embargo, se han renovado y los viejos se han quedado como reclamo turístico.

Siguiendo las indicaciones de los paneles llegamos a la dársena C1 donde paran los buses que empiezan por 50 y que son los que pasan por Mdina y Rabat. Llegamos justo un minuto antes de que saliera el bus y en apenas media hora habíamos llegado a nuestro destino.

Al igual que hicimos para Pompeya, llevábamos Google Maps para saber por dónde íbamos y así saber cuándo bajar. Y hablando de Pompeya, se nos acercó un señor que también viajaba con el MSC Meraviglia para preguntarnos por Mdina y Rabat, por si sabíamos cuál era la parada. Nos pusimos a hablar y nos comentó que iba con un poco de miedo porque al igual que nosotros, su grupo había tomado el bus en Nápoles para ir a Pompeya sin problema, pero a la vuelta, tras una hora en la marquesina bajo la lluvia, tuvieron que coger un taxi para volver al barco porque el bus no hizo acto de presencia. Así que, pese a que nos tocó correr entre el tráfico napolitano, parece que no nos equivocamos al volver en tren y no en bus como ellos.

El día en Malta lo esperábamos menos accidentado, pues parecía que el transporte funcionaba con un poco más de seriedad. Vamos a ver cómo se nos dio.

Crucero por el Mediterráneo. Día 5. Sicilia IV: Mesina

Volvimos a Mesina y, tras echar gasolina, devolvimos el coche en la oficina de alquiler. Teníamos la duda de si volver al barco a comer (pues habría que pasar por delante de la entrada a puerto) o directamente darnos el paseo. Pero como llevábamos algo de picoteo y no nos quedaba mucho tiempo de luz natural, decidimos optar por la segunda opción.

Mesina es la principal entrada de la isla y el punto de Sicilia que más cerca está de la punta de la bota, tan solo a unos 3 kilómetros de distancia. En 2006 se planteó la construcción de un puente colgante de seis carriles de tráfico que cruzara el estrecho y uniera la península con la isla. No obstante, el proyecto se abandonó en 2013 sin ni siquiera haberse empezado. En 2016 Matteo Renzi anunció que retomaría la idea, sin embargo, poco movimiento parece haber al respecto.

Mesina originalmente se llamaba Zancle (Ζάγκλη), que significaba “hoz”, en referencia a la forma natural de su puerto. Después pasó a llamarse Mesana (Μεσσήνη o Μεσσάνα).

En Mesina han ocurrido acontecimientos importantes gracias a haber sido un puerto estratégico. Su historia está ligada al estrecho y al mar, por donde llegaron griegos, romanos, bizantinos, normandos, españoles y franceses. También fue invadida por los cartagineses en la primera guerra púnica. Se cree que fue el puerto por el cual la peste negra entró en Europa en la Edad Media, traída por barcos genoveses que venían del mar Negro. En 1548, Ignacio de Loyola fundó aquí el primer colegio jesuita del mundo. Desde Mesina zarparon los barcos que ganaron en Lepanto y en su Gran Hospital se recuperó Miguel de Cervantes. El esplendor lo alcanzó a principios del XVII, bajo el dominio español, situándose entre las 10 ciudades más importantes de Europa.

En 1848 se rebeló contra los Borbones, lo que le causó represión. No sería liberada hasta 1860 por las tropas de Garibaldi. Seis años más tarde, una de las principales figuras de la unificación de Italia, Giuseppe Mazzini, fue elegido diputado en Mesina en las elecciones generales.

En la actualidad posee un importante puerto comercial y pesquero. Además de ser parada de cruceros y recibir miles de turistas cada día.

Mesina tiene mucha actividad sísmica, lo que ha provocado que quedara destruida varias veces en su historia y que no sea tan relevante como otras ciudades de la isla. El 28 de diciembre de 1908 un terremoto seguido de tsunami la arrasó y causó la muerte de 60.000 habitantes (de los 150.000 que tenía). Tras este trágico suceso la ciudad fue reconstruida, más moderna y funcional. Sin embargo, poco después sufrió los bombardeos de la II Guerra Mundial, por lo que tuvo que ser levantada de los escombros de nuevo.

A pesar de que tiene un diseño urbano moderno, aún se conservan huellas de su pasado. Podemos encontrar alguna iglesia interesante, algún palacio, fuentes ricamente ornamentadas, edificios majestuosos…

Nuestra primera parada fue la Iglesia de la Santa María de la Anunciación de los Catalanes, que viendo su trasera bien recuerda a una mezquita. Recibe este nombre por sus dueños, unos comerciantes catalanes que residían en Mesina.

Este templo fue construido en el siglo XII durante el reinado de los normandos en el lugar en que ya existía un templo dedicado a Neptuno. Fue remodelada en el siglo XIII, momento del que data su sencilla fachada. Es un gran ejemplo de mezcla entre estilos. En ella se pueden encontrar detalles bizantinos, románicos, árabes y normandos.

En el siglo XIV, durante la época de Luis II de Aragón, fue capilla real.

Su planta se podía apreciar bien desde el barco, pues la cubierta quedaba muy por encima.  Se veían claramente tanto su cúpula como sus ábsides.

Frente a ella se erige la estatua de Juan de Austria, a quien se considera vencedor de la batalla de Lepanto.

Y tomando la calle que recibe el nombre de dicha batalla, llegamos a la plaza más reseñable de la ciudad. La Piazza del Duomo, dominada por la Catedral.

Il Duomo comenzó a construirse a finales del siglo XI, una época en la que apenas había iglesias en la isla. Fue remodelada en los siglos XIV y XVI para recuperar las partes dañadas tras el incendio del siglo XIII. En estas tareas de recuperación se incorporaron cambios a su diseño original. En los siglos posteriores pasó por varios terremotos. Uno en el siglo XVII, otro en el XVIII y el último en 1908. Además, los bombardeos estadounidenses de la II Guerra Mundial casi la dejaron reducida a escombros.

Cuenta con una planta de basílica dividida en tres partes con tres portales que datan de los siglos XV y XVI. En su interior destaca el techo de madera, los 12 altares y un Juan Bautista. También es reseñable su tesoro, que alberga numerosos objetos de oro, plata y tejidos.

A su lado izquierdo se alza el campanario, que acoge el reloj astronómico más grande del mundo, fabricado en 1933 en Estrasburgo. La torre mide 65 metros y se puede subir a ella para divisar la ciudad, sin embargo, solo de 9:00 hasta las 13:00, por lo que llegábamos tarde. Aunque lo cierto es que el barco tenía una altura considerable y nos ofreció también una buena panorámica de Mesina.

Cada uno de sus cuatro cuadrantes está decorado con numerosas figuras animadas que indican las horas, los días, los meses, los planetas y las fiestas religiosas. Recuerda en cierta medida (salvando las distancias) al Reloj de Praga.

El león del cuarto piso mide 4 metros de altura y representa a la ciudad y su fortaleza. Para simbolizarlo, agita tres veces el asta con la bandera de Mesina, a la vez que mueve la cola y ruge.

Un piso más abajo, frente a las campanas, un gallo de 2,20 metros personifica la inteligencia y la laboriosidad. Bate tres veces las alas y canta. Lo flanquean las estatuas de Dina y Clarenza, dos heroínas que durante la revuelta de los Vespri salvaron la ciudad.

En el siguiente estadio podemos ver representadas cuatro escenas bíblicas que van cambiando según la etapa del año: la Navidad con los pastores; San José, María y la llegada de los Reyes magos; la Pascua de Resurrección y Pentecostés con los doce apóstoles y la paloma, símbolo del espíritu santo.

Finalmente, en el cuadrante inferior van rotando cada cuarto de hora las diferentes etapas de la vida: infancia, adolescencia, madurez y vejez. Mientras que las figuras van moviéndose, quedan observadas por la Muerte, quien sube y baja la guadaña.

Justo debajo quedan representados los días de la semana. Cada día es un dios el que tira de su carro, así Apolo simboliza el domingo; Diana, el lunes; Marte, el martes;  Mercurio, el miércoles; Júpiter, el jueves; Venus, el viernes y Saturno, el sábado.

En la cara sur una esfera simboliza la luna que se actualiza diariamente mostrando las diferentes fases lunares.

En el segundo piso hay un gran anillo de 3,50 metros que representa el sistema solar y los signos zodiacales.

Justo debajo, se representa el calendario perpetuo alrededor del sol. El ángel de su izquierda señala la fecha actual (día, mes y año). El 7 del 2017 empezaba ya a subir para dar el paso al 8.

A las 12 del mediodía se pueden ver en funcionamiento los mecanismos de la torre. Durante el espectáculo aparecen un león, un gallo, santos y ángeles y van desfilando en círculo. Lamentablemente eran más de las 4 de la tarde, así que nos lo perdimos.

Junto a la catedral se alza la Fuente de Orión, fundador mítico de Mesina.

Fue construida en 1551 para conmemorar la construcción del primer acueducto de la ciudad. El autor fue el escultor florentino Giovanni Angelo Montorsoli, ayudante de Miguel Ángel en la Capilla Médici. Se convirtió en la fuente más amplia y alta de Italia. Se alza sobre unos escalones en los que reposan ocho monstruos marinos realizados en piedra negra. En el centro se encuentra la pileta ricamente decorada con historias mitológicas relacionadas con el agua. Sobre ella descansan cuatro figuras que representan al Tíber, el Nilo, el Ebro (Hiberus) y elCamaro (de donde venía el agua de la fuente).

En lo alto del poste central se alza la estatua de Orión, con su perro Sirio. Bajo él varias figuras mitológicas y delfines que sostienen dos vasos más.

Muy cerca, en una zona ajardinada se halla un monumento al trabajo.

Abandonando la plaza de la catedral y saliendo al Corso Cavour, desde donde se alcanza a ver el Santuario de la Madonna di Montalto.

Girando a la derecha nos encontramos con varios edificios monumentales, el primero el Palazzo dei Leoni o Palazzo della Provincia.

Da a la Piazza Antonello, donde tenemos también la Galleria Vittorio Emanuele III y el edificio del Ayuntamiento de Mesina.

La galería fue construida entre 1924 y 1929 siguiendo el diseño de Camillo Puglisi Allegra. Se inauguró el 13 de agosto de 1929, a la vez que la reconstrucción de la catedral. Se estructura en tres alas confluentes. Su parte central con forma de hexágono está coronada por una bóveda acristalada.

En 2000 fue declarado activo histórico y artístico.

El Ayuntamiento, sito en el Palazzo Zanca es la sede del municipio de Mesina. Data del siglo XVII, aunque sufrió daños graves en el terremoto de 1783 y más tarde quedó destruido en el de 1908. Se reconstruyó entre 1914 y 1924. Es de estilo neoclásico y en su fachada quedan representadas figuras que simbolizan la ciudad. También hay placas que recuerdan efemérides.

Continuamos por Corso Cavour hasta la Chiesa di Sant’Antonio Abate, construida entre 1928 y 1930 en el lugar en que antes del terremoto de1908 se erigía la iglesia de la Anunciación dei Teatini, del siglo XVII.

Desde allí continuamos ascendiendo hasta llegar a la Iglesia de Cristo Rey, lo cual no es fácil, ya que se encuentra en un balcón y hay que rodear varias calles hasta llegar a su plaza. Así que, aunque hay un momento en que parece que la tienes cerca, realmente no es así.

Eso sí, una vez que consigues llegar, no solo tienes la iglesia frente a ti, sino que ves cómo se abre la ciudad y el puerto (y el MSC Meraviglia) a tus pies. En nuestro caso además estaba atardeciendo, con lo que el cielo empezaba a colorearse de tonos morados.

También se ven próximos el Santuario della Madonna del Montalto y restos de la muralla de Carlos V.

La iglesia se construyó en 1937 sobre las ruinas de un castillo fortificado de la época de los normandos. De aquella época se ha conservado una de las torres, que se ha incorporado a la base del templo. En ella hay una campana de 2,80 metros obtenida del bronce de los cañones enemigos de la I Guerra Mundial y que suena cada atardecer en memoria de los caídos en las guerras.

En la escalera de su entrada se erige una estatua de Cristo Rey y en el portal las alegorías de Europa y Mesina.

El santuario es de estilo barroco y cuenta con una planta octogonal irregular. Está coronado por una cúpula que queda rodeada por ocho estatuas que representan la Fe, la Esperanza, la Caridad, la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza, la Templanza y la Religión, que engloba a todas las anteriores. Sobre la cúpula se alza una linterna de seis metros de altura y una bola con un diámetro de un metro sobre la cual se eleva la cruz.

En el interior alberga los restos de 110 soldados caídos en la I Guerra Mundial, 1288 de la II Guerra Mundial y 161 personas desconocidas (la mayoría de los cuales fueron asesinados durante la defensa de Sicilia).

Con esto dimos por concluida nuestra visita a Mesina y a Sicilia y emprendimos la bajada al puerto. Esta vez no hubo que correr para el embarque.

Nada más pasar los controles del barco nos dirigimos al buffet para comer algo. Aunque solo estaba abierta la zona infantil y nos tuvimos que contentar con hamburguesa, perrito y patatas.

No es la mejor opción alimentaria, pero no había más. Y dentro de lo malo, la hamburguesa era aceptable, pues el filete no parecía una mole congelada, sino que sabía a carne. Tras comer nos volvimos al camarote para echarnos una siesta y así compensar el madrugón.

Para esa noche teníamos la cena elegante, las fotos con el capitán y el desfile de los oficiales. Sin embargo, a las 8 de la tarde nos comunicaron por la megafonía (incluso en los camarotes) que se había encendido un piloto en los controles del barco y como precaución íbamos a volver a puerto para que pudieran revisarlo antes de continuar con nuestra ruta. Que no era nada grave y que no alteraría nuestras escalas (nos recordó a la incidencia aérea en el vuelo a Basilea), pero que se pasaba la noche festiva al jueves.

Claro, realmente suspendieron las fotos con el capitán y demás actos, pero la gente de los primeros turnos ya estaba engalanada, así como los menús preparados y las mesas vestidas para la noche elegante, por lo que había un contraste peculiar con gente demasiado arreglada y otra muy informal.

El restaurante, como digo, estaba preparado para la noche elegante, tal y como se veía en la mesa y en el menú. Esta vez elegimos de primero una ensalada de langostinos y como segundo filete de dorada con eneldo y filete de buey asado.

Para los postres nos decantamos por una Tarta Royal y un Pudin de coco.

Todo delicioso, aunque, para mi gusto, la tarta de chocolate demasiado contundente.

Tras cenar, fuimos a ver el espectáculo Way. La música que nos hace felices.

Y la verdad es que el espectáculo de magia no me había gustado mucho, pero este desde luego me aburrió. Quizá la selección musical estaba hecha teniendo en cuenta otra franja de edad o incluso nacionalidad, pero yo desde luego no conocía la mitad de las canciones. Y más que hacerme felices, me dieron sueño. Por suerte no duró más de 40 minutos.

Nos dimos un paseo por el barco a ver qué tal la fiesta temática y después subimos al bar. De camino nos encontramos en la pista multiusos una exhibición de cómo hacer masa de pizza. Sin embargo, era muy lento y nos fuimos directamente al Attic Club.

Aún seguíamos en puerto y todos especulábamos con qué habría ocurrido y cuándo saldríamos; si nos darían más información y si perderíamos la escala de Malta. Sin embargo, a las 12 y media, cuando ya nos íbamos a dormir, nos asomamos a cubierta para ver el puerto y justo dejábamos tierra atrás. Así que parecía que sí que íbamos a llegar a La Valeta. Salvo que se diera la vuelta de nuevo.