Preparativos para un Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá III: ESTA, Seguro, Cambio de Divisas y Telefonía

Llegó marzo y aún estábamos con los preparativos del viaje. Ya habíamos cerrado algunas cosas los meses anteriores, pero aún nos quedaba decidir si comprábamos electrónicamente entradas a algunas atracciones y tarjetas de transporte, o bien nos esperábamos a destino. Y ganó la segunda opción. También nos faltaban un par de asuntos importantes que solucionamos en la recta final: la autorización de entrada a Estados Unidos y el seguro.

El Electronic System for Travel Authorization es la autorización que deben solicitar los ciudadanos de los países incluidos en el Programa Visa Waiver, como España. Se ha de tramitar vía electrónica (obviamente, de ahí lo de Electronic) y es recomendable hacerlo directamente en la web oficial y no mediante intermediarios para evitar sorpresas.

Es necesario para la entrada al país por aire o mar y tiene una validez de dos años (o en su defecto hasta que caduque el pasaporte). Sin embargo, la estancia máxima es de 90 días. Es decir, en un período de dos años se pueden realizar varios viajes. El pasaporte ha de ser biométrico y con una fecha de caducidad superior a 6 meses desde la fecha de vuelta del viaje. Por eso esperamos hasta marzo para sacarlo, porque cuanto más ajustado de tiempo (dentro de una franja no límite), más apuraríamos por si quisiéramos volver en 2019 o 2020 a pisar EEUU. Bien de destino final, bien de tránsito. Porque nunca se sabe.

El ESTA se puede tramitar individualmente o grupal, esta última más por ahorro de tiempo ya que el importe es el mismo de una forma que de otra. Una vez decidido este paso, hay que seguir las indicaciones de la web y completar los datos personales tales como nombre completo (tal y como aparece en el pasaporte), fecha de nacimiento, número de pasaporte, fecha de obtención y de caducidad del mismo, dirección de contacto en EEUU (con poner la del primer alojamiento, vale), nombre de los padres, teléfono de contacto, teléfono de emergencia, información sobre los vuelos (número, fecha), sobre profesión y empresa en la que trabajas.

Hay una segunda ronda de preguntas a las que hay que responder SÍ o NO del estilo de si te drogas, si tienes alguna enfermedad contagiosa, si has cometido algún delito o tienes pensado hacerlo en algún futuro… Básicamente consiste en responder a todo que NO (siempre que se corresponda con la realidad, claro). Este tipo de preguntas las hacen para que si luego cometes algún delito, no solo te imputen ese, sino el de haber mentido en tu declaración. Es todo un interrogatorio, aunque no tanto como el de la India.

Normalmente lo expiden casi al instante, aunque a veces puede tardar algo más en caso de que les salte alguna alarma por los apellidos. Hay que quedarse con el número de referencia y consultar, por ejemplo a las 24 horas, si está aprobado. En tal caso, generamos el pdf y nos lo guardamos por si nos lo solicitaran en el control del aeropuerto. Ojo que el ESTA también es necesario si solo se va a hacer escala en el país. Aún así, aunque se haya aprobado el ingreso en el país, la última palabra la tiene el funcionario de aduanas.

Por su parte, Canadá cuenta desde el 29 de septiembre de 2016 con la Autorización de Viaje Electrónica (AVE) o electronic Travel Authorisation (eTA), que es prácticamente lo mismo. La diferencia es que cuesta CAD$7 y es válida durante cinco años. Además, solo existe la opción individual. Por lo demás, se necesita la misma vigencia de pasaporte, se ha de sacar aunque sea para una escala y hay que rellenar una serie de preguntas sobre la información personal, así como si se ha padecido alguna enfermedad o cometido algún delito. No obstante, solo es aplicable si se va a entrar en el país por aire, no para cuando se hace por mar o, como era nuestro caso, por tierra.

Para el seguro finalmente nos decantamos por el Estrella Premium de IATI con 200.000€ de coberturas médicas e indemnización por robo y daño de equipaje a 2.500€ por persona. Comparar seguros también es un quebradero de cabeza, así que hay que cotejar bastante bien las coberturas. Además, conviene saber si en caso de consultas médicas adelantan el dinero o tienen un teléfono de contacto realmente accesible, puesto que en caso de necesitarlo, lo que quieres es que el problema se solucione lo antes posible, no estar además luchando por los reembolsos.

En Estados Unidos mejor no jugársela, ya que no cuenta cobertura universal y una simple consulta médica puede llegar incluso a mil dólares. Si bien es cierto que Obama llegó con su programa del Obamacare con una intención de un sistema de salud casi universal, con Trump se ha retrocedido de nuevo.

A última hora concretamos el tema monetario. En otras ocasiones cuando hemos viajado a EEUU hemos cambiado Dólares, pero esta vez decidimos combinar efectivo con tarjeta. Tanto EEUU como Canadá son países en los que se mueve prácticamente todo vía plástico, pero siempre hay excepciones, claro, así que, por si acaso, mejor llevar papel.

Cambiar no nos salía rentable ni con Euros ni con Libras; y aunque nuestro banco en retirada en cajero extranjero solo nos cobra 2€, independientemente de la cantidad, esta vez queríamos probar un nuevo método: las tarjetas monedero. Por un lado mi hermano se sacó un par de ellas la de Revolut y la de Monzo, por otro, yo elegí Revolut y Bnext.

La de Revolut es una tarjeta MasterCard Contactless permite comprar en más de 130 divisas sin comisiones. Para darse de alta tan solo hay que descargarse la App, crearse una cuenta y solicitar la tarjeta. Puede ser virtual o física. En este último caso cuesta unos 6€ y llega en unos 10 días (o 20€ si eliges el envío exprés en 3). Una vez recibida solamente hay que cargarle la cantidad deseada, activarla y a funcionar. No solo permite pagar en el extranjero, sino que además se puede retirar efectivo sin coste adicional en cajeros de todo el mundo; enviar transferencias tanto nacionales como internacionales de forma gratuita (ojo a esto) y recibir o intercambiar hasta 25 divisas al tipo interbancario (el mejor que hay) y sin comisiones.

Las condiciones pintaban bien, ya que nos podría servir tanto para pagar como para sacar en cajero. Aunque a priori tenía una pega, pues una vez que has sacado más de 200€ en un mismo mes (ojo que no es natural, sino que cuenta desde la fecha del alta), se aplica un 2% de comisión. Al ser un viaje largo, estimábamos que íbamos a sacar algo más, pero como al llevar dos, teníamos un poco de maniobra para disponer al menos de 400€ sin comisiones.

Por su parte, la de Monzo pertenece a un banco que solo opera en Reino Unido y aplica el cambio de MasterCard (cercano al de BCE, que es algo peor al de Revolut). Funciona de forma similar a la anterior, pero con la ventaja de que no cobra comisión alguna al sacar de cajero independientemente de la cantidad (aunque tiene una limitación de $325 diarios) y se puede usar en todo el mundo.

Bnext es una empresa española fundada por dos extrabajadores de BBVA e ING. En vez de MasterCard, es VISA (así que aplica su cambio, que es un poco peor que el interbancario).

Es muy similar a las anteriores y permite realizar un gasto máximo de 2.000€ al mes en comercios internacionales con divisa diferente al Euro, así como sacar hasta 500€ al mes sin comisiones (a partir de dicha cantidad aplican el 1.4%). También se pueden realizar transferencia con ellas y a diferencia de la de Revolut, su envío es gratuito. Así pues, esperábamos poder funcionar durante toda nuestra estancia con estas tres opciones .

Por último nos quedaba solucionar el asunto de las comunicaciones. Cuando viajas con coche es aconsejable llevar una tarifa de voz por lo que pudiera pasar, pero además, es casi imprescindible contar con una de datos, pues la tecnología hoy en día nos hace ahorrar mucho tiempo. En primer lugar teníamos la opción de contratar el servicio de Roaming con nuestras respectivas compañías. Para nada rentable y totalmente descartado.

En segundo lugar, comprar una tarjeta SIM de prepago en destino. En 2012 nos hicimos con una de $10 en San Francisco para poder comunicarnos con nuestra prima y por si necesitábamos contactar con algún alojamiento, modificar alguna reserva o por si pasara algo con el coche. En Escocia, cuando aún no se había eliminado el Roaming, elegimos GiffGaff, pues era mucho más rentable que cualquier tarifa aplicada a nuestras líneas. El problema es que esta vez visitábamos dos países, por lo que necesitaríamos una para Estados Unidos y otra para Canadá.

Nuestra tercera opción era una tarjeta prepago en España con Teleway. La compañía te manda dos números: uno del destino para que las llamadas sean locales y uno virtual para transferir las del número español. Tiene llamadas ilimitadas y 4Gb de datos. Sin embargo, esto solo es válido en Estados Unidos y el precio de la tarifa más barata eran 60€ por 10 días. Así que ni nos servía, porque había que considerar una segunda cuestión, y es que entre nuestra visita a Chicago y la vuelta a Boston pasarían esos 10 días, con lo que ya tendríamos que elegir una superior. Más cara, claro.

Nuestra cuarta alternativa era comprar una tarjeta prepago de Vodafone con la Tarifa Yuser de 10€. Pero seguíamos con el problema de que solo nos servía para Estados Unidos.

Además de las opciones de tarjeta, valoramos comprar un router con tarjeta prepago de datos, pero también quedó descartado ya que quedan fuera las llamadas.

Así pues, teníamos una gran indecisión al respecto. Pero tras mucho investigar, encontramos en Amazon una tarjeta de T-Mobile válida en Estados Unidos y con Roaming para Canadá y México.

Tampoco era especialmente barata, pues eran 40€ para 15 días, pero sin duda era la mejor opción. No solo incluía llamadas y SMS ilimitados, sino que además también datos ilimitados en EEUU y 5Gb de Roaming en Canadá. Así pues, por fin encontramos una alternativa que sirviera para ambos países. Y, aunque había una más barata (33€), tenía el límite de datos en 5Gb, algo que no jugaba a nuestro favor, pues pretendíamos hacer uso del Tethering y dar WiFi a varios dispositivos.

Y finalmente, con todo zanjado quedaba preparar las maletas. Esta vez no era tan fácil como en las escapadas anteriores que habíamos viajado ligeros de y con ropa de verano o entretiempo. Ya había llegado la primavera, sí, pero solo un par de semanas antes estaban teniendo temperaturas bastantes bajas, incluso con nieve.

Y es que el clima en Canadá puede ser frío a finales de abril y principios de mayo. Chicago por su parte tiene fama como la ciudad del viento, así que no podía faltar una buena chaqueta y un calzado que abrigaran bien. Además, parecía que estaba siendo el abril más frío en los últimos 137 años… Por lo demás, ropa cómoda para estar todo el día en la calle. Como siempre en estos viajes largos, opto por llevarme aquellas prendas que ya están algo más desgastadas o viejas por si tengo que ir liberando espacio. Y lo justo de productos de higiene, ya que para 17 días hay productos como la pasta de dientes que trae más a cuenta comprar en destino y compartir entre todos. Además, casi todos los hoteles y apartamentos hoy en día tienen gel y champú. Salvo que tengas unas necesidades específicas o una predilección por alguna marca en concreto, es preferible o usar el que te encuentras el alojamiento, o comprar un bote para compartir en lugar de ocupar espacio desde casa (y arriesgarte a que se pueda abrir en la maleta).

Por supuesto, no pueden faltar ordenador, cámara de fotos, tarjetas de memoria, cargadores, cables de carga…. y un adaptador. No hay que olvidar que tanto en Estados Unidos como en Canadá usan otro tipo de enchufes.

Y algo que es totalmente imprescindible: las ganas de viajar. ¡Allá vamos!

Preparativos para un Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá II: Alquiler de coche y Alojamientos

Durante el mes de noviembre, ya a la vuelta del crucero, nos centramos en concretar la ruta, valorar los días de coche, las paradas y en repartirnos la búsqueda de información. Recuerdo que así había quedado nuestro itinerario.

Ya en diciembre comenzamos a buscar alojamiento. Empezamos por Chicago, nuestra primera parada. Aunque comparamos la opción hotel vs apartamento, finalmente, para mayor comodidad, decidimos quedarnos con la segunda opción y así contar con cocina y más espacio para organizar el equipaje.

Asimismo reservamos una noche de hotel en London, una población próxima a las Cataratas del Niágara, pues ya con la planificación de la ruta vimos que ir de Chicago hasta Niágara del tirón en un mismo día (teniendo que pasar además los trámites de la frontera) iba a ser demasiado.

También en diciembre realizamos una comparativa entre diferentes empresas de alquiler de coche. Toda una odisea. No todas nos cubrían lo mismo, por lo que hubo que desgranar el tipo de seguro que ofrecían, el extra que cobraban por devolver en una ciudad diferente a la de la recogida, si nos incluía un segundo conductor en el contrato…

En el viaje por la Costa Oeste con el Jeep Compass fuimos un pelín justos de equipaje. Y aunque esta vez somos más experimentados y viajamos con menos trastos, al final nos íbamos a juntar al menos con una maleta grande, tres medianas, tres pequeñas y varias mochilas. Así pues, como la diferencia de precio de un SUV pequeño a uno grande no era mucha y sí que suponía un importante aumento de la capacidad del maletero, decidimos plantearnos el siguiente segmento: el Chevrolet Captiva o Ford Edge.

En determinado momento valoramos el alquilar uno de 7 plazas, porque salía incluso más barato. Pero suponía llevar un tanque y sin bandeja que tapara el maletero.

Ya en enero fuimos cerrando el resto de alojamientos. En algunas ciudades elegimos hotel con habitaciones cuádruples que, si te organizas, son una muy buena opción, pues salen muy bien de precio. Pero en otras tuvimos que buscar apartamentos, ya que era más económico y había más variedad donde elegir.

Lo más complejo fue Boston, ya que es extremadamente cara. No solo por ser una gran ciudad, sino porque el hecho de contar con 4 universidades hace que el alojamiento esté muy cotizado.

Al final, el resultado (sin buscarlo) fue una alternancia equilibrada de hoteles y apartamentos. En las grandes ciudades fue más sencillo encontrar apartamento, y en las pequeñas, hoteles:

– En Chicago, apartamento

– En London, hotel: Days Inn London, London

– En Toronto, apartamento

– En Ottawa, hotel: Econo Lodge Downtown

– En Montreal, apartamento

– En Merrimack, hotel: Quality Inn Nashua

– En Boston, apartamento

A la vez que buscábamos alojamiento, íbamos configurando nuestro itinerario, los puntos de interés en cada ciudad y la ruta que haríamos allí.

A principios de febrero cerramos por fin el tema del coche. Nos decantamos finalmente por el Ford Egde en Avis. Gracias al programa de partners de British Airways a mi hermano le salía mejor que directamente con Avis y además nos incluía un segundo conductor, algo que no ofertaba directamente la empresa de alquiler.

En nuestro anterior viaje no tuvimos problema con los conductores adicionales, ya que en el California está incluido, independientemente de que cambies de estado. En este caso habría que haberlo pagado aparte, aunque en el Estado de Illinois parece que el cónyuge o compañero residente en el mismo domicilio (supongo que para parejas homosexuales que no se pueden casar) están automáticamente incluidos en el alquiler como conductor adicional.

En el caso de extranjeros no sé muy bien cómo lo harán, porque una no va con el certificado de matrimonio traducido en la maleta. Y tampoco se cambia los apellidos… De hecho, según su lógica mi hermano y yo podríamos haber sido cónyuges al compartir apellidos. No sería la primera vez que nos han registrado mal en un hotel al ver los pasaportes.

El seguro de base, el LDW (Loss Damage Waiver) nos incluía los daños por accidente, los de los cristales, objetos robados (radio, batería, etc), vandalismo y robo del coche.

Para conducir en el extranjero es necesario llevar un permiso especial que emiten en la DGT. El permiso internacional de conducción ya nos lo sacamos en 2012 y no lo usamos, pero como nunca se sabe, yo preferí asegurar. Según me dijo el señor de la DGT, lo normal es que en la oficina de alquiler no te lo pidan, pero en caso de que te pare algún oficial, seguramente sí que te lo requieran.

El trámite no es muy complicado. Hay que pedir cita en una Jefatura de Tráfico (esto es lo más difícil de todo, pues están saturados) y acudir con el carnet de conducir, una fotografía actualizada, de 32 x 26 mm. en color, completar un formulario y pagar 10,20€. Sales con el libro ya puesto.

En caso de mandar a un autorizado, este ha de acudir con un documento oficial (DNI, carnet de conducir, pasaporte, o fotocopia de alguno de ellos compulsada) además de la fotografía y el formulario. Y pagar, claro. Que por cierto, solo se puede abonar por tarjeta o previamente por la web.

Es un libro con los datos personales del titular así como los permisos que posee pero con la información repetida en diferentes idiomas (español, alemán, inglés, francés, italiano, portugués, árabe y ruso). Tiene un año de validez desde la expedición y no se puede usar en España.

Así con este trámite, llegados a marzo, podríamos decir que estaba toda la planificación prácticamente completa. Tan solo nos quedaba preparar la documentación, las divisas y las telecomunicaciones.

Escape Room: ¿Vacaciones? Dale al coco

Era difícil volver a elegir una sala de escape después de La Entrevista, que se había posicionado como la mejor hasta el momento, pero había que seguir jugando. Así, tras cuadrar día e integrantes (repetiríamos los de la última vez salvo una baja) salió ¿Vacaciones? de Dale al Coco, que también estaba muy bien posicionada en los rankings y comentarios. ¿Estaría a la altura?

No tenemos muchas pistas sobre la temática de la sala. Solo que parece que nos vamos de vacaciones. O no.

Dale al Coco cierra por vacaciones. Qué maravilla. Por fin. Tiempo libre, buena compañía…

Tras un duro año de investigaciones, ¿qué mejor que una escapada con los colegas? Unos días para desconectar, buen rollo… Os lo merecéis, ¿qué puede salir mal?

Además, un equipo reputado como es el vuestro, curtido en mil batallas, preparado para cualquier situación… ¿o no?

¿Qué demonios os pasó en el viaje? ¿De verdad pensabais que ibais de vacaciones?

Llegamos puntuales, como nos pidieron, incluso unos minutillos antes. Pero nos hicieron esperar un poco, pues el grupo anterior había llegado tarde y ya les había retrasado. Pero no nos importó, fuimos guardando los abrigos y bolsos en las taquillas y pasando al baño mientras.

Cuando nuestro Game Master por fin pudo estar con nosotros, nos pasó la hoja de protección de datos y cuando estuvimos listos nos explicó brevemente las particularidades de la sala (sin entrar en spoilers, claro) y nos puso en situación. A partir de ahí, entramos en la sala con 75 minutos por delante. Sin embargo, esta introducción es solo el principio, pues nada más entrar todo dio un giro y de repente nos vimos inmersos en el juego. No puedo desvelar nada, claro, solo diré que la adrenalina nos subió de repente a todos.

No perdimos detalle y pasamos los primeros 5-10 minutos en estado de alerta. Pasado este subidón inicial nos centramos de lleno en el espacio en que nos encontrábamos para comenzar a buscar y resolver enigmas.

La ambientación es increíble, una de las mejores que hemos visto hasta la fecha. Los ideólogos han sido capaces de recrear un escape muy original y currado. Y no solo por la ambientación o por el hilo conductor, sino también por las pruebas. Es verdad que hay candados y algunos puzzles ya conocidos, pero hay otros acertijos que no habíamos visto. Sin duda se nota que Paula y Sebas, los creadores del juego, son aficionados a las salas de escape. El tiempo se pasó volando, llegamos a la última sala a falta de los últimos minutos, y es que a pesar de que no es una escape room difícil, sí que cuenta con muchas pruebas. Por ello, aunque es recomendado de 2 a 6 personas, creo que lo ideal es a partir de 4. De esa forma no se va a la carrera. Es verdad que sobre todo al principio hay tramos en los que no todo el mundo puede estar participando, pero hacia la mitad del juego se va complicando y requiere la colaboración de todo el equipo. Nosotros fuimos cinco y es de los pocas veces en las que todo el mundo sale con la sensación de haber aportado algo durante todo el juego.

Con el subidón del inicio entramos bastante enchufados y la primera parte la solventamos bastante bien salvo una resolución de un enigma que lo complicamos más de la cuenta y el Game Master nos tuvo que dar una pista para guiarnos. En esta parte nos dio además otra pista porque nos estábamos olvidando de un detalle del principio. Pero por lo demás, encontramos las cosas bastante rápido y fuimos avanzando. Incluso en algún momento encontramos una pista de algo que habíamos resuelto ya por deducción (o experiencia).

En el segundo tramo hubo un salto cuantitativo, como decía más arriba, y había mucho más espacio donde buscar y más cosas que solventar. Aquí el Game Master nos tuvo que hacer alguna corrección para que no nos desviáramos, pues estábamos descartando un objeto. Pero en general, entre unos y otros fuimos probando, colaborando y resolviendo. Y llegamos a la parte final totalmente metidos de lleno en la historia, abstraídos del tiempo y con una prueba que nos inventamos. Tal cual. Teníamos que haber sacado la solución con las pistas de la sala, pero pensando que había que toquetear para activar algo, lo resolvimos. Estábamos en los últimos minutos y aún parecía que quedaba bastante por hacer. Más pruebas, más mecanismos, más candados, más símbolos… Es un momento de trabajar en paralelo, por lo que cada uno se empleó en una tarea y poco a poco veíamos el final acercarse. Y eso que tuvimos un problema técnico porque un mecanismo no terminaba de funcionar bien. A lo que además hay que sumarle que hicimos trampa con un candado. El código había que sacarlo de una pista que nos habíamos saltado y sacamos las dos primeras cifras por lógica y la última girando el número hasta que abrió.

Logramos salir cuatro minutos antes de que sonara la bocina con tanta adrenalina como al principio y encantados con la experiencia. Es una sala que mantiene el ritmo durante todo el juego gracias a la ambientación, la cantidad de pruebas que hay que hacer y lo necesario de la colaboración entre miembros del equipo (el factor observación y comunicación es bastante importante). Es verdad que a pesar de su diseño que se sale de lo habitual, sí que hay un claro predominio de candados. Pero en ningún caso da la sensación de entrar en bucle, están bien distribuidos.

Después de salir volvimos a entrar con nuestro Game Master, que nos explicó un poco cómo nos había visto. En general dijo que muy bien y que por eso nos había dejado más o menos a nuestro rollo y sólo había intervenido cuando vio que nos habíamos atascado o estábamos descartando algo que sí que había que usar. También nos explicó cómo teníamos que haber resuelto las dos pruebas en las que hicimos trampa y si bien una de ellas era una llave que habíamos encontrado y pasado de ella pero sacamos el código por lógica salvo un número; la otra fue pura potra. Creo que si nos hubiéramos puesto a resolver el enigma, no habríamos salido porque habríamos perdido bastante tiempo en descubrirlo y solucionarlo. Por otra parte, le comentamos un mecanismo y unos objetos que estaban algo dañados para que tomaran nota y los cambien antes de que se estropeen.

Después llegó el momento de la foto de rigor y antes de despedirnos intercambiamos opiniones sobre la experiencia en otros escapes. Sin duda volveremos a Dale al coco, porque parecen tener muy buenas ideas. ¿Vacaciones? desde luego está muy bien montado y parece que van a abrir una sala nueva para 1-2 personas. ¿Qué estarán tramando?

De momento, nosotros pensando en el próximo, que será en breve.

Preparativos para un Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá: Itinerario y Vuelos

Si algo nos quedó claro en 2012 tras hacer el Road Trip por la Costa Oeste de Estados Unidos fue que la primera quincena de mayo es un filón para los que tenemos los festivos de Madrid. El 1 de Mayo es el Día del Trabajo, que se une al día 2, el de la Comunidad. Pero es que el 15 es San Isidro, fiesta local de Madrid Capital. Así pues, en el mejor de los casos, juntando ambos puentes podemos conseguir 17 días de vacaciones gastando tan solo 8.

Ese escenario se dio en 2017, cuando el 1 y el 15 cayeron el lunes. Si hubiéramos comenzado las vacaciones el sábado 29 de abril y terminado el 15 de mayo, habríamos tenido esos 17 días a los que me refiero. Sin embargo, al surgir el viaje Bombay a finales de marzo – principios de abril, la posibilidad de aprovechar esos días se pospuso a 2018. En este caso, en lugar de 8 días, gastábamos 9, pero también tendríamos 18 días de vacaciones en lugar de 17: del 28 de abril al 15 de mayo.

Y claro, cuando consigues tantos días de vacaciones, ¿dónde te vas? Pues a un destino que se tarde en llegar, de esos que quedan vetados cuando se dispone de una escapada más corta. En nuestro caso estaba sencillo, pues llevábamos 6 años con la idea de otro Road Trip por Norteamérica.

Al principio no teníamos fijada la ruta. Nos habíamos quedado con ganas de visitar Yellowstone, que se podría unir con las Rocosas, Seattle e incluso Vancouver. Pero también nos quedaba mucho por ver en la Costa Este. Incluso el sur con Texas, Luisiana y Misisipi. Pero con el pasar de los años se fue concretando algo más y se fue instalando la idea de recorrer la Costa Este de Canadá.

En el viaje de 2012 viajamos 4: mi hermano, mi prima, mi pareja y yo. Para esta nueva aventura todo apuntaba a que íbamos a repetir integrantes, pero sumando a mi cuñada y a dos primos más. Empezábamos a plantearnos el alquilar una furgoneta, porque si 4 fuimos un poco apretados con las maletas en un Jeep Compass, 7 personas más su equipaje se antojaba complicado aunque nos decantásemos por un todoterreno XL.

Pero como suele pasar en estos viajes, con el devenir de los meses los primos fueron descolgándose, sobre todo por la imposibilidad de pedir los días de vacaciones en esas fechas. Así que volvimos a ser 4, esta vez cambiando a prima por cuñada. Es decir, repetiríamos los mismos del viaje a Bombay.

Dado que ellos viven en Escocia y nosotros en Madrid, cada uno se buscó sus vuelos y nos uniríamos en nuestra primera parada. Para saber cuál iba a ser nuestro punto de partida y fin, como siempre, nos fijamos en los vuelos. Había que saber si nos interesaba volar lo más al oeste posible y terminar en el este. O al revés, empezar cerca de la costa y adentrarnos en el continente.

Y ganó ida a Chicago y vuelta a Boston. ¿Pero no íbamos a ir a Canadá? Pues sí, pero era más barato volar a Estados Unidos, y como no habíamos estado en ninguna de las dos ciudades, pues nos daba un poco igual. Así que después de varias deliberaciones sobre cuántos días dedicar a cada ciudad e intentar no comernos muchos kilómetros diarios con el coche, el itinerario quedó así:

28/04 Vuelo a Chicago
29/04 Chicago (Parte I, Parte II y Parte III)
30/04 Chicago (Parte I, Parte II, Parte III, Parte IV y Parte V)
01/05 Chicago – London
02/05 London – Niágara – Toronto (Parte IParte II y Parte III)
03/05 Toronto (Parte I y Parte II)
04/05 Toronto (Parte I, Parte II y Parte III)
05/05 Toronto – Ottawa (Parte I y Parte II)
06/05 Ottawa – Montreal  (Parte I y Parte II)
07/05 Montreal – Quebec (Parte I, Parte II y Parte III) – Montreal
08/05 Montreal (Parte I, Parte II, Parte III, Parte IV y Parte V)
09/05 Montreal – Merrimack
10/05 Merrimack – Boston (Visita a Harvard)
11/05 Boston (Parte I, Parte II, Parte III y Parte IV)
12/05 Boston
13/05 Boston
14/05 Vuelo desde Boston
15/05 Llegada a Madrid.

A finales de octubre, ocho días antes de irnos de crucero, compramos los vuelos (de nuevo programando un viaje sin haber empezado otro). Llevábamos tiempo haciendo un seguimiento a las diferentes posibilidades Madrid – Chicago y Boston – Madrid. Algunas directas, otras con escala.

En julio rondaban los 600-700€ con Iberia, Brussels Airlines, KLM y AirEuropa, y despuntaba uno por 523€ de Aer Lingus.

En septiembre el vuelo de Iberia (directo) estaba a 604€, es decir, aunque había ligeros movimientos, seguíamos en esa franja de 600-700€.

Por su parte, el vuelo de Aer Lingus (con escala) también se mantenía.

Para octubre cuando fuimos a comprar los vuelos, teníamos dos opciones:

1. Volar directos con Iberia por 650€ (En la ida salida 11:35 y llegada a las 14:00 y en la vuelta 17:35 y llegada a las 6:25).
2. Hacer escala en Dublín con Aer Lingus por 525€ (En la ida salida 10:35 y llegada a las 18:15 con una escala de 3h 30 y en la vuelta 15:50 y llegada a las 9:55).

Comparando horarios, el de ida de Iberia no estaba mal, pues suponía llegar a media tarde. Pero en realidad es engañoso, porque ese día lo pierdes igual entre el cansancio y el jet lag, así que aunque tengas la tarde por delante, no da mucho de sí. Además, nuestros compañeros escoceses tenían su vuelo de llegada a las 18:40, con lo que el de Aer Lingus parecía ser mejor opción.

Con la vuelta pasaba algo similar. Y es que aunque el de Iberia salía por la tarde, la mañana no se puede aprovechar realmente. En primer lugar porque el alojamiento seguramente ha de quedar libre entre las 10-12. Y por otro lado, porque para volar a las 17:35 habría que estar en el aeropuerto a las 15h como tarde. Además hay que tener en cuenta el tiempo que se tarda en llegar. Al final, día perdido. Y sí, llegaba antes a Madrid, pero recuerdo llegar de Nueva York a las 8 de la mañana y pasar una larga jornada en la que me dormía por las esquinas como consecuencia del jet lag.

El de Aer Lingus al salir después de comer, nos permitiría ir más de seguido. Esto es, abandonar el alojamiento, tomar el transporte al aeropuerto y llegar justo para facturar, comer, pasar controles y embarcar. Y en lugar de llegar a Madrid a las 6:25, ya serían casi las 10. No es mucha diferencia, pero ya te pones casi en media mañana y a la que tengas que hacer la compra y deshacer maletas, se te ha ido la tarde y vuelves ya al ciclo normal de sueño. Aunque tengas que acostarte un par de horas antes de lo normal.

Por otro lado estaba el tema económico. La elección radicaba en volar directos o hacer escala y ahorrarnos 125€ por persona (que no es poco).

Pero había un tercer factor que nos terminó de inclinar la balanza: la peculiaridad de la escala de Dublín. Resulta que este aeropuerto cuenta con instalaciones del US Custom and Border Protection (CBP o US Preclearance), por lo que se pueden realizar los trámites de inmigración, aduanas y agricultura antes de embarcar con destino Estados Unidos. Como consecuencia, al llegar a territorio estadounidense se hace como vuelo doméstico. Además, las maletas viajan directamente a destino, por lo que no te tienes que preocupar de recogerlas en la escala.

Así pues, aunque siempre parece más cómodo un vuelo directo, considerando estos tres factores, ganó la opción de Aer Lingus.

Y con el descanso de tener ya el itinerario concretado y los vuelos comprados, pasamos a la siguiente fase, que no era tampoco fácil y requería de su tiempo para una preparación adecuada.

De momento lo dejamos aquí (y nos fuimos de crucero).

Trucos Viajeros: Errores a evitar

En todas las facetas de la vida cometemos errores, y en los viajes la situación no iba a ser diferente. Da igual que seamos novatos o experimentados, siempre hay fallos en menor o mayor medida. Pero de todo se aprende, así que hay que detectarlos para no volver a cometerlos. Me he sentado a reflexionar y he sacado unos pocos. Unos los he cometido yo, otros sin embargo son prestados de amigos o conocidos. Unos son más típicos, otros no tanto, pero conviene tenerlos en cuenta.

Podemos empezar a tener un desacierto ya antes incluso de viajar, como por ejemplo descartando destinos por prejuicios. A veces las noticias nos hacen formarnos una opinión sobre un lugar que no tiene nada que ver con la realidad. O que al menos está algo exagerada. He oído muchas veces al volver de un viaje lo de ¿Y es seguro?  No digo que no se corran riesgos al viajar, pero también estamos expuestos en nuestro día a día. Quizá no lo percibimos del mismo modo por tratarse de lo conocido, pero los peligros existen en todos sitios. De una forma u otra. Obviamente no hablo de países en guerra, claro.

Por otro lado, un fallo común es el no crear un presupuesto. A veces incluso es más importante que tener el destino decidido. Cuando una necesita salir de viaje para desconectar, ver mundo y olvidarse de la rutina no siempre importa dónde. Así, es clave echar cuentas y decidir un presupuesto y ver hasta dónde se puede llegar. Pero de verdad, sin préstamos ni tarjetas de crédito que nos endeuden.

Un error que he visto cometer mucho es no planear con suficiente antelación. Me gusta sacar los vuelos al menos con seis meses de adelanto. No siempre se puede, claro, pero es algo que puede encarecer bastante el presupuesto si dejamos pasar el tiempo. Con los alojamientos o vehículos no es tan drástico a nivel económico, pero cuanto más se acerque la fecha y según en qué temporada, número de personas y lugar puede ir menguando la disponibilidad y quedarnos a dos velas. No es que haya que obsesionarse con un alojamiento en pleno centro de la ciudad, pues a veces es mucho más conveniente que esté bien comunicado con transporte y en una zona tranquila con lugares donde comer o comprar, a que esté en el meollo. Probablemente nos ahorraremos algo de dinero y como no todos los días nos vamos a desplazar a la misma zona, no importa que tengamos que tomar el transporte público.

Y a la hora de llevar a cabo estas reservas hay que tener en cuenta ciertos detalles. Por ejemplo, a la hora de sacar un vuelo al extranjero conviene no olvidarse de la vigencia y caducidad de nuestros documentos (pasaporte, carnet de conducir, tarjeta sanitaria, tarjetas bancarias…).Por ejemplo, para un buen número de países el pasaporte ha de tener una vigencia de mínimo seis meses, pero mejor confirmar antes de que no nos dejen subir al avión. Y además, verificar si necesitamos visados. Un mínimo de investigación sobre el destino nunca viene mal. No hay que cometer el error de no revisar si nuestro carnet de conducir es válido o necesitamos el internacional.

Importante también es no caer en la idea de que no merece la pena sacar un seguro de viaje si solo son unos días. No suelen subir excesivamente de precio y nunca sabemos lo que puede pasar. Un retraso, pérdida de maletas, pero sobre todo por el tema médico. Una tontería como una torcedura de tobillo puede salirnos tremendamente cara según donde nos encontremos. Invertir en seguridad y salud nunca es un error. Como tampoco lo es saber el tipo de sangre y alergias que tenemos.

Uno de los más nefastos sin embargo es la falta de información. No hace falta leerse toooooodos los blogs y páginas que haya sobre nuestro destino, verse listas y listas de reproducción de Youtube, pedir información a información y turismo y comprarse varias guías, pero un mínimo de documentación nunca viene mal. Sobre todo para no acabar en el Caribe en época de huracanes, en el sudeste asiático en la de tifones (no saldrás del hotel) o en ramadán en un país musulmán (estará todo cerrado). Hay que saber localizar el país en un mapa y conocer un poco sobre su cultura, climatología, si es necesario vacunarse o sacar visado, el idioma que se habla (no está de más aprender los saludos y gracias), moneda…

Yo este fallo no lo tengo. Más bien peco de lo contrario, de tener el síndrome de Diógenes pero en la versión digital. Me guardo todo lo que voy encontrando y al final tengo tanta información que no sé ni por dónde empezar. La solución es simplificar las fuentes de información según mis propios intereses (ya que no todos los viajeros tienen las mismas motivaciones, prioridades, gustos, tiempo o dinero) y según antigüedad (pues la vida pasa y cambian los precios, las normativas…).

A la hora de planificar se nos puede ir la mano (culpable) y montar rutas difíciles de cumplir. Con el tiempo me he relajado algo (algo) y ya no intento abarcar tanto, pero he cometido el error de querer cubrir todo sin considerar que pueden surgir imprevistos con el tiempo, el transporte o simplemente que en determinado lugar nos queramos parar más tiempo porque nos ha gustado más de lo que pensábamos. Así que, al igual que planteamos un presupuesto con un remanente para contingencias, es conveniente hacer lo mismo con la planificación de las rutas y dejar cierta flexibilidad.

Una gran equivocación es la de no preparar copias de los documentos importantes. La experiencia me dice que nunca sobra llevarlos en formato digital (además a ser posible en la nube con acceso sin conexión) y en formato físico. Parece una tontería, pero si ya de por sí un robo o pérdida en casa supone un trastorno, más aún cuando estás fuera.

Un error que quizá cada vez se cometa menos es el de no avisar a la familia de nuestro itinerario. Hoy ya estamos hiperconectados y seguramente mandemos fotos al embarcar con el número de vuelo al fondo, de nuestro alojamiento, de dónde comemos o en qué punto turístico nos encontramos; pero aún así, conviene dejar anotado el itinerario con números de vuelos, hoteles, o ciudades a la que se va a viajar para que, en caso de una hipotética emergencia, estemos localizables.

Sin embargo, sí que hay quien se olvida de informar al banco de que pretende usar las tarjetas en el extranjero. Esto varía según cada entidad, y normalmente por un pago puntual en un país europeo no hay problema, pero si se detectan varias localizaciones en poco tiempo, es probable que salte una alerta y nos las bloqueen. Después hay que esperar un par de días para que las reactiven, lo que puede causar grandes inconvenientes. En nuestro viaje a Seychelles, Bombay y París, yo avisé a mi banco para que no saltaran las alarmas y ellos me aconsejaron quitar la protección anti-robo temporalmente, pero a la vez, para mayor seguridad, que desde la aplicación las activara y desactivara cuando fuera a realizar una operación, para así tener el control yo. No obstante, cada banco tiene su operativa, por lo que mejor asegurarse. O llevar tarjetas monedero.

También relacionado con el aspecto económico, es usual cometer el error de no informarse del cambio de divisa y de las comisiones que aplicaría el banco tanto por cambio, por pago con tarjeta o por retirada de efectivo. Generalmente la mejor opción suele ser esta última, pero como siempre, depende de cada caso y de los porcentajes que apliquen. La pela es la pela y la banca nunca pierde, así que hay que buscar cuál es la mejor opción de todas para nosotros.

Donde también podemos cometer un desacierto es en el aspecto relacionado con la telefonía. El móvil se ha convertido en un elemento imprescindible en nuestras vidas y cuando vamos de viaje no puede faltar. De hecho, es una herramienta muy útil no solo como teléfono en sí o como almacenamiento o cámara, sino que nos sirve para ubicarnos en una ciudad gracias al gps y los mapas, y nos permite improvisar cambiando los planes sobre la marcha. Pero ojo, porque para la mayoría de estas utilidades necesitaremos tirar de internet y no a cualquier precio. Como decía más arriba, la información es importante, y antes de viajar es preciso confirmar en primer lugar si nuestro terminal va a funcionar en la red del destino, ya que las bandas de telefonía no son las mismas en todo el mundo.

Por otra parte, aunque en Europa se ha eliminado el roaming y mantenemos nuestra tarifa de datos, siempre hay unos límites, que también conviene saber. Además, no siempre nos sirven todas las redes disponibles, sino que generalmente nuestro operador tiene un acuerdo con uno del destino o necesitamos activar algo en nuestro terminal. Otro dato que hay conocer. Y por último, hay que asegurarse de que nos conectamos a una red de un país que esté incluido, no sea que estemos en Grecia y por equivocación naveguemos con una turca.

Y si no, siempre nos queda comprar una tarjeta local y olvidarnos de la nuestra temporalmente.

Uno de los fallos en los que intento no caer es dejar el equipaje para el último momento. Se corren demasiados riesgos, pues podemos olvidarnos algo importante como medicamentos que luego nos va a costar conseguir en destino o algún documento. Para evitar además esto, conviene tener una lista que se pueda reutilizar de un viaje a otro tan solo ajustando tipo de ropa y calzado. Así evitaremos despistes y viajar con exceso de peso por haber llenado la maleta de “por si acasos”.

Cuando viajamos en avión, es frecuente ver cómo hay gente que aún comete el error de no hacer el check-in electrónicamente. En algunos casos hasta es imprescindible si no se quiere pagar por ello, como en algunas low cost. Pero sobre todo es un error no hacerlo antes de llegar al aeropuerto porque nos ahorrará tiempo. Especialmente en aquellas ocasiones en las que no facturamos. Además, en ocasiones, podemos elegir ya el asiento, con lo que cuanto más tiempo de adelanto, más espacios disponibles donde escoger.

Y también es recomendable hacer el check-in online para hacer peticiones extras, como la comida, requerimiento de ayuda por reducción de movilidad o incluso cuando teníamos un billete sin maleta en bodega pero decidimos a última hora que la vamos a necesitar, pues sale más barato vía online que directamente en el aeropuerto. En definitiva, todo lo que nos podamos quitar antes de llegar allí, mejor. De esta forma luego irá todo más fluido.

Normalmente el viajero novato suele acudir con demasiado tiempo al aeropuerto y aunque, en general, con un par de horas es suficiente, tampoco hay que confiarse pues dependiendo de los controles que tengamos que pasar y las fechas en las que viajemos puede que necesitemos estar un poco antes. Sobre todo si hay que pasar por mostrador para facturar, después control de seguridad y por último el de pasaportes. A nada que tengamos que esperar un poco de cola iremos justos.

Puede que cometamos el error (o alguien delante de nosotros) de no medir el equipaje de mano y todo se ralentiza. Cada aerolínea tiene sus propias normas y algunas son más estrictas que otras, pero en general, el equipaje de mano debe caber en el compartimento superior de los asientos (o bajo el de delante si es una mochila). En cuanto al peso también varía entre los 5 y 10 kilos dependiendo de si es un vuelo corto o largo y de la compañía. En otros casos el descuido es no verificar cuántas maletas están incluidas en nuestro billete.

Pero peor que esperar en la cola de la aerolínea para facturar o conseguir el billete de embarque es hacerlo en la de seguridad porque alguien se ha olvidado de sacar los líquidos y aparatos electrónicos (o descalzarse cuando lleva botas) en el control. No hay que olvidar que tan solo se pueden llevar recipientes que no pasen de los 100 ml (y en total que no superen el litro) en una única bolsa transparente. En cuanto a la categoría de electrónica que hay que poner en la bandeja se encuentran las cámaras reflex, tabletas, portátiles y (a veces) libros electrónicos.

Tan importante es saber hacer bien una maleta facturada como la de mano. Hay quien comete el error de no empacar lo esencial en el equipaje de mano. Pero no está de más llevar en él una o dos mudas, los medicamentos, cargadores y artículos básicos de aseo (además de documentación o dinero/tarjetas, claro) por si se perdiera lo facturado o llegara con retraso. También es útil llevar un bolígrafo, pues a veces hay que rellenar formularios de inmigración y aduanas durante el vuelo.

Con las prisas y controles a veces vamos a la carrera y nos olvidamos de cotejar la información de los vuelos en las pantallas del aeropuerto. En ocasiones en el mostrador de facturación nos indican un número de puerta que luego cambia, y no comprobarlo puede incluso hacernos perder el vuelo.

Pero no solo cometemos errores cuando viajamos por aire, también por carretera. Como por ejemplo cuando no se revisa previamente el estado del vehículo o de las vías por las que vamos a pasar. Si vamos a viajar con nuestro coche, conviene hacer previamente una revisión para asegurarnos de que no nos vamos a quedar tirados. Y a la hora de salir, deberíamos consultar el tráfico por si tuviéramos que tomar alguna ruta alternativa.

Además, hay viajes excepcionales para los que hay que tomar más precauciones. No hay que olvidarse de tener en cuenta la climatología y la peculiaridad del trayecto. Por estas fechas vienen a la mente los viajes por carreteras secundarias con nieve. En los últimos años en España cuando ha nevado un poco más de la cuenta (es decir, cuando ha nevado) se han formado buenas aglomeraciones. Tanto que mucha gente tuvo que dormir en el coche en medio de la carretera nevada. Si vamos a hacer un viaje así, conviene llevar unas linternas, mantas y algo de comida. Y por supuesto el depósito lleno. Esto es algo que yo aprendí en el camino desde el Gran Cañón a Las Vegas. En este caso no había nevado, pero era un recorrido bastante yermo en cuanto a gasolineras se refiere y podríamos habernos quedado tirados en medio de la nada, con un sol de justicia y ninguna sombra.

Porque sí, pese a todos los errores que se pueden cometer antes de realizar un viaje, no nos libramos de caer en más durante. Por ejemplo, a pesar de haber hecho una planificación previa y haber consultado sobre el destino podemos pecar de seguir las guías de viaje al dedillo y pensar que lo caro o turístico es mejor. En muchos casos, sobre todo si nos hablan de locales de restauración, tiendas o alojamientos, hay empresas que han pagado por anunciarse. Así que, aunque no está de mal seguir ciertos consejos, hay que salirse del circuito y perderse entre los locales y sus costumbres. Tomar el transporte público local, pasearse por sus mercados y probar la gastronomía típica. Esto nos permitirá acercarnos más a la cultura local.

Obviamente, no se puede pensar que el riesgo cero no existe, y meternos por cualquier callejón. No hay que ignorar las recomendaciones de seguridad, pero más o menos habría que tomar las mismas precauciones que visitando nuestra ciudad (que en Madrid no son pocas).

Además, perderse en el universo local nos da otra perspectiva, pues no todo lo que es de pago es mejor. De hecho por ejemplo comer en lugares turísticos suele ser más caro y de peor calidad. Es una equivocación no aprovechar las actividades gratuitas, que las hay en todos sitios. Desde subir a una terraza de un hotel para disfrutar de las vistas a entrar en un museo un día determinado pasando por sentarse sin más en un parque a empaparse del ritmo del lugar o conectarse a redes WiFi para no gastar de tarifa de datos (aunque habría que tomar precauciones sobre si son seguras o sospechosas).

Aún así, siempre habrá que realizar ciertos pagos, aunque llevemos reservas hechas y el grueso está ya pagado. Por ello, es un error viajar sin efectivo y con una sola tarjeta. Es recomendable llevar algo de efectivo para pequeños gastos o por si nos encontráramos en un lugar aislado donde no hubiera cajeros cerca y no contasen con tpv. O incluso si estamos en plena civilización y fallara la tarjeta. Por eso mismo conviene no llevar solo una, sino al menos dos (y no guardadas juntas) como alternativa.

Es normal en un viaje comprar recuerdos, pero sin duda es un desacierto comprar todos los souvenirs al principio del viaje. Primero porque tendremos que cargar con ellos y si son delicados se pueden romper. Pero además porque nunca está de más comparar precios. A veces tras dar vueltas por una ciudad y salirnos de las calles principales encontramos mejores opciones. Cierto es que se corre el riesgo de ver algo y pensar que después lo encontraremos más barato y sin embargo acabamos perdiendo la oportunidad, pero suele ocurrir con objetos originales, no con las típicas figuritas de recuerdo o imanes.

Y lo de comparar precios no solo es aplicable a los souvenirs, sino a la hora de contratar servicios o incluso a la de sentarse a comer. En España no tenemos la costumbre de negociar los precios, pero no hay que olvidar que en algunos países no regatear es una ofensa. Así, hay que llegar a un acuerdo incluso para tomar un taxi, tuk-tuk o transporte similar.

Un error que siempre me hace girar la cabeza es el de estrenar calzado o no llevar la ropa adecuada. Cuando vas a estar pateando un lugar, lo suyo es llevar calzado que ya tengamos domado, que nos sea cómodo y que sea apropiado, que luego hay gente que se va a hacer la Ruta del Cares en chanclas… E igualmente ropa que nos dé movilidad y que se corresponda con la climatología, el lugar y con la cultura (no sea que nos saltemos algún código de conducta).

Pero sin duda, uno de los mayores que tenemos hoy en día es fotografiar más que observar y disfrutar del entorno. Y este es uno de los míos, lo reconozco. Vivimos tan pegados al móvil y las redes sociales, que fotografiamos todo. Unas veces para compartirlo, otras por inercia. Cuando además llevas cámara de fotos, quieres sacarlo todo desde todos los ángulos. En horizontal y vertical. Pero si añadimos el mantenimiento de un blog, ya quieres documentar cada detalle para que luego no se te olvide a la hora de escribir un post. Y al final, entre tanto mirar a través de una pantalla o un visor, dejamos de lado nuestra propia mirada. Tenemos que recordarnos que merece la pena pararse y observar detenidamente, quedarnos con pequeños detalles que no capta solo la vista, sino que están en la atmósfera del lugar.

Y a la vuelta, no queramos enseñar las tropocientas fotos a amigos a familiares. Sobre todo sin que hayan pasado un filtro previo, pues habrá cinco fotos prácticamente iguales desde diferentes ángulos o configuraciones. Pero bueno, esto se ha perdido un poco al compartir en las redes sociales, ya que ahí ya hacemos una selección.

Estos son los errores que me han venido al reflexionar, pero hay muchos más, claro. Seguro que seguimos cometiendo más, porque además, por muy experimentados que seamos, cada experiencia es única y nos aporta un nuevo aprendizaje. Lo importante es no tropezar dos veces en la misma piedra.

Obras en casa XIX: Dándole un lavado de cara al pasillo VIII

Hace unos meses comentaba que este invierno continuamos con la decoración de nuestro pasillo alegrando por fin la pared que había quedado vacía tras las obras. Pero nos quedaba otra: la que tenía la lámina del bosque. En este caso no había mucho debate en cuanto a cómo decorarla, la idea era crear continuidad con su opuesta, la de los cuadros de los viajes.

El único problema que nos ha dado es que sigue aún en construcción, por así decirlo. Cuando terminé la primera tanda de cuadros, quedaba claro que con un par de filas era suficiente. No queríamos saturar la pared y con el vinilo parecía ya estar bastante completa. Además, es una pared de paso, y probablemente acabáramos rozando los marcos de una tercera fila.

Sin embargo, la pared de la lámina hace como un metido, por lo que, aunque tiene el mismo tránsito, no nos pegamos tanto a ella. Así que queríamos llenarla más. Prácticamente el espacio que ocupaba el bosque. Como en 2017 no paramos de viajar y 2018 tampoco ha ido mal (pronto empezamos), teníamos contenido de sobra para más cuadros. Así pues, le dediqué algunos ratos a las manualidades y hemos comenzado a llenarla.

Y digo comenzado, porque aún nos quedan destinos por visitar y por tanto habrá más marcos. Habrá que ver si no nos quedamos sin paredes.

Esto va teniendo ya otro color.

Resumen viajero 2017

Con casi un año de retraso vamos a cerrar 2017. ¡En noviembre de 2018! Pero es que si bien 2016 fue un año relativamente tranquilo en cuanto a viajes, ya que solo visitamos Escocia en verano e hicimos una escapada en diciembre a Atenas y Sofía; 2017 rompió con todos los moldes. Incluso tiró el listón de 2015 cuando visitamos Japón, Viena, Praga, Budapest, Bratislava y Estambul. Se avecina post largo.

Retomamos la costumbre de hacer un viaje a principios de año. Aunque fue totalmente inesperado y no planeado. Una tarifa error tuvo la culpa y nos embarcamos en la aventura de visitar Bombay y de paso París, además de unas breves escalas en Mahé, en las Seychelles. Tres destinos totalmente diferentes.

Visitamos Mahé, la principal isla de este archipiélago paradisíaco, en dos ocasiones. Las dos veces que tuvimos que cambiar de avión. Una islita que a pesar de ser la más poblada, sigue conservando un gran área natural y paisajes salvajes. Mahé ofrece más de 65 playas paradisíacas, verdes bosques, el Parque Nacional Morne Seychellois con su montaña de 905 metros, plantaciones de té, selvas tropicales y una rica diversidad de flora y fauna.

En nuestra primera parada nos dirigimos en primer lugar a Victoria, la capital, que se encuentra a 7.810 km de Madrid y que es la única ciudad como tal de todo el país. Es la capital más pequeña del mundo, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta las dimensiones de las Islas Seychelles. En 1838, el día en que se coronaba a la Reina Victoria, se decidió cambiar el nombre de la ciudad en su honor. Aunque se ha convertido en el centro cultural y económico del país, ha conseguido conservar su encanto original con diversos ejemplos de la arquitectura tradicional de este país multicultural.

Recorrer Victoria no lleva mucho tiempo y sus monumentos se cuentan con los dedos de una mano: el Monumento al Bicentenario, que representa el origen étnico de la población de Seychelles: África, Europa y Asia; la Fontaine Jubilee, que aunque a veces se confunde con una virgen, en realidad es una imagen en honor a la Reina Victoria; y el Clock Tower, otro símbolo de la admiración de Reino Unido que copia el Big Ben londinense (salvando mucho las distancias).

En cuanto a construcciones importantes, podemos destacar la Catedral, el colorido templo hindú Arul Mihu Navasakthi Vinayagar y por supuesto el Slewyn-Clarke Market, un mercado de 1840 en el que se pueden encontrar productos tropicales, desde fruta y verduras, a especias, té local, recuerdos y souvenirs, pasando por pescado típico de las Seychelles. Fue interesante pasear por sus pasillos y observar los productos, muchos de ellos totalmente desconocidos para nuestros ojos. Otros sí eran conocidos, como las bananas, sandías o berenjenas, pero sorprendía su tamaño, ya que eran una versión mucho más pequeña de la que estamos acostumbrados en España. Por contra, las zanahorias eran bastante hermosas.

Tras abandonar Victoria emprendimos la ruta por la costa norte deteniéndonos en varias playas de arena blanca de diferente consistencia y aguas cristalinas. Aunque en muchos casos, bastante rocosas una vez que te adentrabas. Por no hablar de la temperatura del agua, casi tan sofocante como la del ambiente. A medio día acabamos dándonos un baño en Beau Vallon, la playa más popular y turística de la isla. Y también allí aprovechamos para comer. El resto de la tarde lo empleamos en seguir recorriendo la isla y parando en más playas, quedándonos hasta el atardecer, cuando regresamos de vuelta al aeropuerto.

En nuestra segunda escala en las Seychelles el tiempo acompañó algo más y no tuvimos que soportar tanto calor. Incluso nos acompañó la lluvia. Esa vez aunque seguimos recorriendo Mahé y parando en playas, llegamos también a la zona norte y al Parque Nacional Morne Seychellois, un parque que ocupa el 20% de la isla (unos 30 Km²) y que fue declarado Parque Nacional en 1979. En él se encuentran todas las plantas y aves endémicas de Mahé, así como la mayoría de los reptiles. También destaca el pico más alto del país, el Morne Seychellois de 905 metros. No teníamos tiempo para hacer una caminata, así que nos contentamos con subir al mirador, con visitar las ruinas de The Mission/Mission Lodge, el orfanato de los hijos de los esclavos y hacer una parada en la Tea Factory, la plantación y fábrica de té, donde además hicimos algunas compras.

Repetimos en el mismo restaurante de Beau Vallon y volvimos a Victoria, y para acabar el día seguimos parando en diferentes playas. Eso sí, en aquella ocasión no hubo baño.

En estas dos fugaces escalas pudimos comprobar que Seychelles es mucho más que un destino turístico de resort en el que no hay más que hacer que descansar en sus preciosas playas de aguas cristalinas con sol todo el año. Sí, es un lugar aislado, tranquilo que no tiene nada que ver con el frenético ritmo que podamos tener por ejemplo en Madrid; pero también es un lugar ideal para los amantes del verde y de los deportes acuáticos. Eso sí, le sobra calor.

Recorrer Bombay fue sin duda más complejo. Ya no por las precauciones y consejos sanitarios que llevábamos en mente, sino por la ciudad en sí. Gente por todos lados, caos circulatorio, contaminación acústica… Aún así, la visita mereció la pena.

La ciudad estuvo amurallada, pero con el paso del tiempo se derribaron los muros y se expandió. Bombay conserva algunos restos de su pasado portugués, por ejemplo en algunos barrios como Khotachi Wadi o Bandra. Sin embargo, de lo que sin duda hay huella es de la influencia británica durante los años en los que la India fue su colonia. Se aprecia no solo en la arquitectura o en el hecho de que conduzcan por la izquierda, sino en la educación, en algunas costumbres o incluso en los nombres de monumentos o edificios. No obstante, desde la independencia se ha rebautizado hasta la ciudad, dejando de ser Bombay para convertirse en Mumbai.

En nuestro primer día ya vimos ese aire colonial al recorrer Fort, el centro histórico de la ciudad donde se encuentran importantes edificios como la Central Telegraph Office, el Tribunal Supremo de Bombay, la Rajabai Clock Tower, la Universidad, el Elphinstone College, la Biblioteca David Sassoon, la estación Chhatrapati Shivaji Terminus o el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya. La gran parte de estas edificaciones se construyeron en el último cuarto del siglo XIX con intención de mostrar el poderío británico en la joya del Imperio.

Por supuesto, no podíamos omitir el monumento más famoso de la ciudad: la Puerta de la India, erigida en una zona estratégica, para que su silueta fuese lo primero que vieran los barcos desde el Mar Arábigo al aproximarse a la joya del Imperio Británico. Sin embargo, hoy se recuerda por ser el punto desde el que embarcaron los últimos representantes de la colonia en 1948.

Además de la parte más histórica de la ciudad, también paseamos por barrios menos turísticos como Bandra o Worli, que suponen un contraste con respecto a Fort o Nariman. En nuestro deambular nos encontramos con iglesias, templos de diferentes religiones y mezquitas. Aunque no todos igual de conservados.

Pero no todo son edificios, Bombay también tiene jardines y parques, como los Pherozeshah Mehta Gardens, el Kamala Nehru Park, el Horniman Circle Garden o el Oval Maiden. Y si aún así queremos más, tenemos el Mercado de las Flores, en donde hay mil puestos y te rodea un agradable perfume floral.

Y para compras, la ciudad cuenta con numerosos mercados, bien se trate de puestos callejeros, bien de grandes edificaciones como el Crawford Market, que cuenta con una superficie de 22.471 metros cuadrados, pero que además sus calles aledañas tienen una gran vida.

Para escapar un poco del caos urbano, hicimos una excursión a la Isla Elephanta, la sede de un ancestral templo hindú. El yacimiento arqueológico es un complejo de templos que ocupan un área de 5.600 m² dividido en dos grupos de cuevas: cinco hindúes y dos budistas. Aunque tan solo se pueden visitar las primeras. No se conservan muy bien, en parte porque los portugueses causaron grandes destrozos. Las inclemencias del tiempo y algo de dejadez hasta 1959 han hecho el resto.

La India no es un país fácil con la mentalidad occidental. El caos, el perpetuo sonido de miles de cláxones, los olores, la comida, las costumbres, tantísima gente en todos los rincones, edificios mal conservados…

Bombay es una ciudad de grandes desigualdades y contrastes. No es una ciudad para ir de turista, sino para ser viajero. Para observar, sentir, descubrir. Hay que llevar la mente abierta, sin prejuicios y dejarse fluir. Es un país extenuante y exigente para el viajero. Aún así, no deja indiferente. Me llevo una buena experiencia.

Por su parte, la visita a París supuso estar más en nuestra zona de confort, más próximos a lo conocido, al tipo de construcciones, de transporte, de clima…París es una ciudad que ha sido testigo de grandes acontecimientos históricos. Quizá uno de los más importantes sea la Toma de la Bastilla y la Revolución Francesa. De su relevancia se conservan importantes construcciones, pues a pesar de ser ocupada por los nazis en el pasado siglo, no quedó devastada como otras ciudades europeas. Además ha sido un centro cultural y artístico de vital importancia. Por ello, hay demasiado que ver y cualquier viaje se queda corto. París es todo un monumento en sí misma.

La capital francesa tiene mucho que ofrecer y es muy complicado elegir qué ver en una primera visita. Intentamos conocer los barrios más importantes buscando aquellos básicos de la ciudad como el Sacre Cœur, el Louvre, el Pompidou, las islas, caminar por las riberas del Sena viendo los numerosos puentes – cada uno de ellos diferente del anterior-, relajarse por los jardines importantes de la ciudad, recorrer los Campos Elíseos, subir a la Torre Eiffel

No obstante, nos faltó tiempo para subir al Arco del Triunfo, a la torre de Notre Dame, al mirador de Montparnasse y visitar las catacumbas. Aunque la Torre Eiffel parece un imprescindible en una primera visita a París, creo que nos quitó bastante tiempo del segundo día que podríamos haber aprovechado a pie de calle aprovechando que el clima acompañaba a estar en el exterior.

Esos tres días de París sirvieron como aperitivo, pues se quedaron cortos. Además de los lugares a los que no entramos por falta de tiempo, me da la sensación de que no observé con todo el detenimiento que se merece una ciudad con tanta historia en su pasado y una arquitectura tan rica. Supongo que no nos quedará otra que volver algún día.

Y es curioso, porque yo siempre había sido escéptica con respecto a París. No sé si por los franceses o por su fama como ciudad de los enamorados. Quizá por ambos motivos. En cualquier caso, me sorprendió gratamente. Encontré un París que me hubiera gustado recorrer con más calma para descubrir más rincones; para entrar a museos, a los diferentes monumentos; para sentarme en una de las sillas verdes típicas de los parques; para comer más crepes; para visitar las catacumbas; para subir a la Torre Montparnasse o para perderme entre las lápidas de los cementerios. Sin duda, habrá que volver.

El segundo viaje del año fue una escapada a Suiza y Liechtenstein. Realmente el Principado lo visitamos por sumar un país más a la lista más que por el hecho de tener mucho interés. Y realmente, tras una breve visita a su capital, puedo decir lo mismo que de Luxemburgo: se puede hacer una parada si pilla de paso, pero ir expresamente no parece tener mucho sentido. Sí, seguro que ambos países tienen mucho que ofrecer, pero a mí no me emocionaron sus capitales lo suficiente.

Suiza por el contrario sí que me ha gustado. No voy a decir que ha sido una sorpresa, porque realmente me esperaba esa similitud con sus hermanas Alemania y Austria. Esos cascos históricos en torno a una Marktplatz, esos ayuntamientos impresionantes, las iglesias que se erigen sobresaliendo por encima del resto de tejados, las callejuelas peatonales con fachadas coloridas y pintorescas, los ríos que tienen una gran presencia en la ciudad, las montañas al fondo…

Tanto Basilea como Zúrich resultan fácilmente abarcables a pie. No obstante, el transporte público funciona con puntualidad suiza y cuenta con una extensa red. En Basilea tuvimos ocasión de probarlo gracias a la Mobility Card, una tarjeta que facilita el alojamiento en que te hospedes para que puedas usar el transporte público durante tu estancia. Sin duda una gran iniciativa.

En Zúrich tan solo tomamos el histórico Polybahn y el barco para un recorrido circular por el Zürichsee. La mejor forma de conocer una ciudad es a pie, y Zúrich gracias a su política anticoches invita a ello.

Parece que en Suiza se toman muy en serio a los peatones y ponen la ciudad a su servicio. No lo digo solo por el transporte, sino también por la cantidad de fuentes de agua potable o los curiosos y gratuitos urinarios.

Además las plazas son lugares de encuentro. En las más grandes vimos que había sillas a disposición de la gente. Mucho más útiles que los bancos fijos.

De Basilea lo que más me gustó fue sin duda Grossbasel. Cierto es que desde Kleinbasel hay unas magníficas vistas y un agradable paseo, pero es en Grossbasel donde se concentran los monumentos más importantes de la ciudad como el mencionado Ayuntamiento o la Catedral con su peculiar claustro.

Por otro lado, de Zúrich es difícil elegir entre una zona, ya que es más extensa, pero destacan sobre todo la ribera del Limmat con sus casas gremiales y las torres de las principales iglesias sobresaliendo; el barrio de Lindenhof y las magníficas vistas; el impresionante Schweizerisches Landesmuseum que parece más un castillo; así como la plaza Münsterhof con sus coloridos edificios y su fuente central.

La subida a la Grossmünster es imprescindible, merece la pena la subida y los 4 CHF. Permite obtener unas las magníficas vistas 360º.

Zúrich combina a la perfección su casco histórico plagado de edificios peculiares (e incluso ruinas romanas) con una Bahnhofstrasse exclusiva y donde podemos encontrar construcciones del siglo pasado. Ha ido creciendo y adaptándose a las corrientes arquitectónicas.

Zúrich es una ciudad perfecta para perderse por sus callejuelas sin apenas pestañear, pues tanto los edificios como los comercios o restaurantes están hermosamente decorados haciendo que cada calle sea única.

Llegó nuestro viaje de verano y tras varios reajustes y cábalas, decidimos conocer Letonia, Lituania y Polonia. De las dos primeras solo sus capitales, mientras que en Polonia estuvimos algún día más.

Comenzamos nuestro viaje en Riga, la capital de Letonia y la ciudad más grande de los estados bálticos. Una ciudad de gran importancia, que es el mayor centro cultural, educativo, político, financiero, comercial e industrial de la región.

Su joya turística es el centro, Vecrïga, con sus calles adoquinadas y un trazado laberíntico al más puro estilo medieval. Este queda delimitado entre el Daugava y el Pilsetas kanals, limitando al norte con Krišjāņa Valdemāra iela y al sur con Janvāra iela.

En su vista panorámica destacan tres torres: la de la Catedral (Dome), la de San Jacobo y la de San Pedro.

Desde esta última se obtienen unas buenas vistas 360º de la ciudad.

De entre todos los lugares del centro, hay dos plazas que destacan por encima de las demás gracias a la huella hanseática: la Plaza Līvu y la Plaza del Ayuntamiento. Aquella próspera época nos ha dejado emblemáticas edificaciones como los palacios del Gran y Pequeño Gremio o la Casa de los Cabezas Negras.

Pero además de las casas e iglesias pertenecientes a la Edad Media podemos encontrar un número significativo de edificios de un marcado estilo Art Nouveau construidos entre 1904 y 1914, cuando Riga era una de las ciudades más importantes del Imperio Ruso. El Art Nouveau (francés) o Jugendstil (alemán) fue una corriente estética del siglo XIX que se inspiraba en la naturaleza. Suele incorporar materiales de la Revolución Industrial.

Riga no quedó tan devastada por las guerras como otras urbes europeas, así pues, conserva la mejor y más completa colección de arquitectura Art Nouveau de toda Europa, de hecho están considerados Patrimonio de la Humanidad. La mayoría se concentran en la Alberta iela, donde hay 8 protegidos (números 2, 2a, 4, 6, 8, 11, 12 y 13) y Elizabetes iela (6, 10a, 10b, 13, 23 y 33).

Nosotros no tuvimos tiempo de recorrer estas calles. La Elizabetes no nos pillaba muy lejos del hotel y pensamos recorrerla a la que volviéramos a por las mochilas, pero al final nos desviamos de la ruta y se nos quedó pendiente. Al final le dimos prioridad al centro, que también hay buenas muestras de edificios Art Nouveau.

Dado que fue una ciudad amurallada, sus puntos de interés quedan bastante próximos. Así pues, se puede recorrer cómodamente a pie. No obstante, la ciudad creció a mediados del siglo XIX cuando se echaron abajo las murallas, por lo que merece la pena también ir un poco más allá. Surgieron nuevos distritos como Mežaparks, un exclusivo barrio que nació para los alemanes acomodados o Centro (Centrs), donde predominan las grandes avenidas.

En el sureste se encuentra el barrio Moscú (Maskačka), un suburbio que ya existía en el siglo XIV y que se convirtió en guetto para judíos antes de la II Guerra Mundial. Poco queda de este pasado, pero se pueden ver los restos de la sinagoga coral.

También quedan algunas casas supervivientes de madera que contrastan con los edificios colindantes. Como la mole soviética.

El desarrollo urbanístico soviético influyó en el aspecto de la ciudad, en esas amplias calles, en esos edificios que son moles de cemento, en los monumentos que ensalzan la libertad, el pueblo… Y hoy lo que se encuentra el visitante es un contraste entre la influencia rusa, el pasado medieval, vestigios de la próspera época hanseática, la arquitectura Art Nouveau y una occidentalización de los últimos años.

Aunque a priori puede parecer una ciudad gris, lo cierto es que una vez que paseas por sus calles, te encuentras una ciudad con mucha historia, repleta de animadas plazas y donde abundan los parques y jardines que aportan ese toque de color.

Es esta riqueza cultural, artística y turística la que le da el sobrenombre de París del Este. Aunque ahí creo que las comparaciones son odiosas.

Y si no creo que Riga se pueda comparar con París, tampoco entiendo que muchos equiparen a Vilna, la capital de Lituania, con Praga (por sus edificios barrocos) o con Roma (por las siete colinas sobre las que se asienta).

Estoy de acuerdo en que tiene un casco histórico muy rico, Patrimonio de la Humanidad, además. Pero no encontré ese alma que puede tener Praga. Ni mucho menos. Vilna recuerda más a un pueblo que a una ciudad – cuanto menos una capital-. Así como Riga desde las alturas ofrece una buena estampa de sus edificios más importantes, Vilna por el contrario me dejó algo fría desde la colina Gediminas (ni siquiera es que la torre sea gran cosa) o desde las tres cruces.

Sin embargo, creo que gana a pie de calle y es una buena muestra de su historia. Lo primero que sorprende es la cantidad de iglesias que hay en la ciudad. En cada calle, cada esquina, cada rincón, de todas las confesiones. La mayoría de ellas barrocas, pero también góticas, neoclásicas o neobizantinas. Y es que Vilna al parecer es la ciudad con más iglesias por habitante de todo el mundo. Lituania, por su parte, es el país más católico del Este de Europa.

Algo curioso teniendo en cuenta que fue el último país en convertirse al cristianismo. Lo hicieron en el siglo XVI cuando los jesuitas españoles se trasladaron para liderar la lucha contra la Reforma de Lutero. Estos también fueron los artífices de la prestigiosa Universidad.

Pero no todo es cristianismo en Vilna, sino que era una ciudad en la que convivían varias confesiones. Históricamente estaba dividida en cuatro sectores: el de los católicos (formado por polacos y lituanos), el de los ortodoxos (rusos), el de los luteranos y calvinistas (alemanes) y el de los judíos.

Todos ellos convivieron en armonía hasta la llegada de los nazis. Los que más lo padecieron, por todos es conocido, fueron los judíos, y en Vilna había una gran comunidad (llegaron a tener más de cien sinagogas repartidas por la ciudad). Ya Napoleón la había dado el sobrenombre de la Jerusalén del Norte.

El Holocausto acabó no solo con los judíos de la ciudad, sino con sus barrios, y hoy apenas queda nada. Hay que ir con mil ojos para encontrar un busto, una placa, un cartel que relate la historia. Para recordar más aquellos trágicos acontecimientos habría que visitar el Museo del Holocausto.

Otro museo que recuerda el pasado de la capital lituana es el de las Víctimas del Genocidio, ubicado en el antiguo cuartel de la Gestapo y que más tarde serviría al KGB.

Vilna tiene además un punto bohemio en el barrio de Užupis, una república independiente no reconocida en la que predominan los talleres artesanos y los centros artísticos.

 

Desde que Lituania se convirtió en país independiente, Vilna se ha ido renovando, ha modernizado sus servicios e infraestructuras. Sin embargo, al igual que ocurría con Riga, aún tiene ese toque que recuerda su pasado medieval con huellas de su etapa comunista.

No es una capital que destaque especialmente por su belleza, pero si pilla de paso, bien merece un día (o dos si se quiere entrar en la Universidad y algún museo).

Polonia la recorrimos un poco más a fondo, no nos quedamos solamente con su capital, sino que visitamos algunas de sus ciudades más importantes. Comenzamos por el norte con Gdańsk, o Danzig, una ciudad portuaria que ha sido muy relevante en la historia de Polonia, de Europa y del Mundo.

Fue una ciudad hanseática y adquirió gran importancia en la época gracias a su puerto pesquero, el comercio de artesanías y ámbar. Sin embargo, en la historia más reciente tuvo su relevancia en el inicio de la II Guerra Mundial.

Aunque la contienda acabó con gran parte de la ciudad, gracias a reconstrucciones de finales de siglo, el visitante se encuentra con un casco histórico que muestra aquel poderío con edificios impresionantes y fachadas ricamente ornamentadas tanto en su calle principal como en el margen al río.

Incluso hasta las nuevas viviendas intentan copiar ese diseño arquitectónico para mantener el estilo de la ciudad y cierta armonía.

Desde Gdańsk nos acercamos a las vecinas Gdynia y Sopot, que juntas forman la Triciudad, y, aunque tienen su aquel, creo que nos deberíamos haber centrado solo en Gdańsk, pues la oscuridad se nos echó encima y no pudimos detenernos todo lo que merece una ciudad como esta.

El centro histórico está bastante concentrado en la Calle Larga, la Calle Mariacka y el río, pero tiene bastante que ver, muchos detalles que observar. Intentamos concentrarlo todo en apenas una tarde, cuando habríamos necesitado un par de días.

La segunda ciudad que visitamos fue Bydgoszcz, una parada técnica para no tragarnos muchas horas en tren hasta Poznań. Fundada en la Edad Media, se convirtió en un relevante puerto fluvial gracias a la ubicación próxima a varios ríos. Desde el siglo XIX es también punto ferroviario de importancia. Pero sobre todo es centro industrial que se ha especializado en la industria textil, maderera, química y metarlúrgica. Así, hoy es el principal centro económico de esta parte de Polonia y, aunque no es un destino turístico muy popular, guarda algunos monumentos históricos interesantes y joyas arquitectónicas de diferentes épocas.

Sobre todo destacan los graneros, el símbolo de la zona, que recuerda el origen agrícola y comercial de la ciudad. La mayoría se encuentran en la isla Wyspa Młyńska.

Poznań me sorprendió gratamente. La que se cree que fue la capital hasta el siglo X cuenta con un casco histórico memorable. Sobre todo su Plaza del Mercado. En ella destacan casas de estilo barroco, gótico y renacentista decoradas de diferentes colores y ornamentos en sus fachadas. Refleja un tiempo en el que residían las familias más pudientes de la ciudad.

En Ostrów Tumski nació el estado polaco, así que tampoco hay que pasarlo por alto.

Me parece una ciudad imprescindible en cualquier itinerario por Polonia.

Nuestra siguiente parada fue Wrocław, una ciudad que siempre guardaré en mi memoria por sus Krasnale, esos simpáticos enanitos.

 

También tiene una espectacular Plaza del Mercado que es su centro neurálgico. Wrocław perteneció a la Liga Hanseática y fue un importante centro comercial, así, era en ella donde confluían las principales rutas comerciales de Europa, entre ellas la Vía Regia y la Ruta del ámbar.

Esta plaza, que con sus dimensiones de 213 x 178 metros es una de las más grandes de Europa, sigue la misma tónica de las que estábamos viendo en el viaje. Está flanqueada por edificios de colores de diferentes estilos (renacentistas, góticos, barrocos…) y en su centro se erigen el ayuntamiento así como edificios de viviendas. No fue destruida durante la II Guerra Mundial, por lo que es una auténtica joya.

Al igual que Poznań, también tiene su Ostrów Tumski, el lugar en que nació la ciudad y que suponía el límite de la jurisdicción eclesiástica. En la zona se erigen iglesias monumentales, una iglesia gótica, las casas de los clérigos y el palacio arzobispal, de estilo neoclásico.

La penúltima parada del viaje fue Cracovia. Fue primero un importante centro comercial y después foco del cristianismo, por lo que no tardó en convertirse en capital y en comenzar a desarrollarse. De aquellos años data su catedral.

Por otro lado, cabe mencionar la importancia que adquirió en el siglo XIV cuando, tras las invasiones tártaras la ciudad tuvo que ser reconstruida y se fundó la Universidad (la segunda universidad más antigua de Europa por detrás de la de Praga).

Cuando en 1596 Segismundo III movió la capital a Varsovia, Cracovia perdió algo de importancia, pero seguía siendo el lugar donde se coronaba a sus monarcas. Y ahí se mantiene el castillo en la colina de Wawel. Imprescindible, sin duda.

Su Plaza del Mercado también es de las más notables del país, pero no me gustó tanto como las de Poznán o Wrocław, a pesar de tener unas impresionantes dimensiones y ser la plaza medieval más grande de Europa. La plaza está flanqueada por ornamentadas casas burguesas y palacios de origen medieval, pero sobre todo, en ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

Cracovia está repleta de trazos que componen su historia. El siglo XX la marcó especialmente. Durante la II Guerra Mundial quedó bajo dominio nazi y aunque no fue bombardeada, los alemanes se encargaron de borrar todo pasado polaco. No sólo de las calles, sino que expulsaron a los judíos y polacos de la ciudad.

Con el nacimiento de la República Popular de Polonia llegó la mayor planta siderúrgica del país, la fábrica Siderurgia Lenin, que convirtió a Cracovia en un importante centro industrial y favoreció el crecimiento de la población.

Hoy ya no es la capital, pero sigue siendo una de las ciudades más importantes de Polonia y la subestimé, pues nos quedaron muchas cosas por ver.

Finalizamos el viaje en Varsovia, que se convirtió en capital en el siglo XVI. El rey Segismundo III había realizado a cabo experimentos en el castillo de Cracovia con fatal desenlace, por lo que buscaba nueva residencia, y dado que la situación de Varsovia le permitía controlar mejor el territorio de la Polonia de aquel momento (era cuatro veces más grande que la extensión actual del país), decidió mudarse.

Es una ciudad que ha sabido renacer de sus cenizas, pues en 1944 prácticamente quedó destruida. Apenas quedaron en pie edificios. Los nazis acabaron con bibliotecas, museos, iglesias, palacios, el castillo, edificios institucionales… Tan solo se conservó el ferrocarril, porque a los alemanes les era útil. Pero con la llegada en 1945 de la República Popular Polaca Varsovia comenzó a reconstruirse siguiendo el modelo original. Este trabajo tan meticuloso hizo que para 1980 la UNESCO le diera el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad como “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo XIII hasta el siglo XX”​.

Su centro histórico se concentra en la Ruta Real, que transcurre desde la Plaza Zamkowy, en el centro histórico de la ciudad, hasta el Palacio de Wilanów, la residencia de verano. En el recorrido destacan impresionantes edificios, sobre todo a lo largo del tramo de la calle Nowy Świat, la que fuera la principal arteria comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial.

En Stare Miasto destacan el Castillo y la Plaza del Mercado, con sus recuperados edificios renacentistas y barrocos y el símbolo de Varsovia: la sirena (hermana de la de Copenhague).

 

Pero aunque ha recuperado su parte histórica, es una ciudad que ha ido modernizándose y se nota el contraste en sus calles. Se ha ido adaptando a nuevas épocas y nuevos espacios de ocio.

Polonia llevaba rondando nuestras cabezas desde hace tiempo, pero siempre lo íbamos posponiendo. Pero es un país imprescindible para conocer la historia de Europa, ya que tiene un pasado ligado a Alemania, a la Hansa, a las antiguas repúblicas soviéticas… Pero sobre todo nos recuerda que se ha visto envuelta en las dos guerras mundiales. Los daños de la Segunda quedan muy patentes con numerosos monumentos y placas que recuerdan a los caídos entre 1939 y 1945.

Está relativamente cerca, hay vuelos directos y además tiene buenas comunicaciones. Nos faltaron 2 ó 3 días más para haberla recorrido más a fondo, porque desde luego tiene mucho que ofrecer. Tanto en historia, como en cultura, ocio o gastronomía.

Dos meses más tarde volvimos a irnos de viaje. De nuevo a Europa, pero esta vez con un cambio de estilo. Dejamos atrás los buses y trenes y nos embarcamos en un crucero por el Mediterráneo. No era nuestra intención, pero dado que las opciones en el Caribe no nos convencían, pusimos las miras más cerca.

Por segunda vez en un año visitamos Francia, esta vez Marsella (Parte I y Parte II), el puerto más importante del país. El desarrollo de la ciudad siempre ha ido ligado al puerto, desde los inicios con los griegos, hasta el siglo pasado con la llegada de los ciudadanos de las excolonias. Ha sido lugar de paso y ha sido una urbe muy cosmopolita estando conectada con Grecia, Italia, España y el norte de África (Argelia, Marruecos y Túnez).

Tras un exhaustivo plan de renovación en los últimos años, el Puerto Viejo se ha convertido en el principal atractivo turístico. Además, su nueva disposición invita a caminar. Con su forma de U queda delimitado por los Fuertes de San Juan y San Nicolás.

Aunque las escalas de crucero a veces son algo atropelladas y cuentas con poco tiempo, lo cierto es que la recorrimos con calma y me sorprendió, pues por un lado me recordó a París, pero por otro tiene ese carácter de ciudad portuaria, multicultural y diversa.

Al ser la ciudad más antigua de Francia, tiene muchísima historia, y podemos encontrar edificios y monumentos de diferentes etapas, influencias y estilos.

También es la ciudad del Jabón de Marsella, una mezcla de aceite y sosa triturada a la que se le añade miel, esencias y perfumes. Nació en el siglo XII y con el paso del tiempo se convirtió en un producto muy valorado pasando de ser elaborado artesanalmente a en fábricas. Casi desapareció con la llegada de los detergentes, pero su consumo se ha recuperado en los últimos años gracias a una mayor conciencia por el Medio Ambiente.

¿Y qué hay más francés que la Marsellesa? El hoy himno nacional, era la canción que iban entonando los 500 voluntarios marselleses que marcharon a París para unirse a la causa del gobierno revolucionario.

Empezamos bien, me sorprendió gratamente la primera escala, sin embargo, después llegamos a Génova y el ánimo decayó. El tiempo no acompañó mucho, también es verdad, pero aún en seco, me habría parecido una ciudad en decadencia.

De sus años como gran potencia comercial y cultural han llegado magníficos palacios e iglesias, pues la aristocracia se pronto se mudó a Génova, punto de encuentro y de conocimiento.

Sin embargo, más que sus edificios históricos, lo que más me atrajo fue pasear por sus callejones estrechos. Aunque seguía sin tener el punto de Marsella.

En nuestra tercera escala tuvimos que decidir entre Nápoles y Pompeya, además con apenas 6 horas en tierra. Era arriesgado ir al yacimiento, pero así nos alejábamos un día del ritmo de ciudad, y además, nos parecía muy interesante la visita.

Y no decepcionó porque, aunque vimos una ínfima parte, nos permitió conocer cómo era una ciudad hace miles de años. Te hace darte cuenta de que como sociedad, poco hemos avanzado, pues ya por aquel año 79 a.C. en que el magma del Vesubio arrasó Pompeya, habían desarrollado el urbanismo con sus comercios, espacios de ocio, necrópolis…

 

La visita permite no solo hacerse una idea de cómo eran las clases sociales, de cómo eran las viviendas, los templos, las termas… Y es que por muchas excavaciones romanas que hayamos visto en otras ciudades, aquí la erupción ha hecho que lleguen hasta nuestros días frescos, mosaicos u objetos. Incluso se han podido reconstruir cuerpos.

La vuelta fue un poco accidentada y a la carrera, pero mereció la pena.

Sicilia por su parte me dejó una sensación agridulce. Por un lado Catania me decepcionó un poco, Taormina me encantó y Mesina me gustó pero sin llegarme a apasionar.

Catania es la segunda ciudad más grande de Sicilia y fue fundada en lo alto de una colina por los griegos en el año 729 a. C. Más tarde pasó a ser romana, bizantina, árabe, normanda, suava, germana, aragonesa y finalmente italiana. Así, conserva monumentos de diferentes etapas y pueblos (menos de los griegos, que apenas ha llegado nada) como el anfiteatro, la catedral, la universidad…

No obstante, mucho de lo que vemos hoy en día son reconstrucciones, ya que en 1693 quedó devastada por un terremoto cuando aún se estaba recuperando de la erupción del Etna en 1660. En la reconstrucción de la ciudad se planificaron unas amplias avenidas y plazas para así prevenir terremotos y se incorporó lava negra en los edificios.

Es Patrimonio de la Humanidad dentro de la categoría “Ciudades del barroco tardío de Val di Noto” por la UNESCO desde 2002 pero a mí salvo la Piazza Duomo, el resto no me atrajo en demasía.

Taormina es lo contrario. A unos 200 metros sobre el nivel del mar, en lo alto del Monte Tauro, se halla esta ciudad fundada en el año 358 a.C. por prófugos griegos. Se desarrolló como ciudad helena, aunque, al igual que en Catania, también llegaron los romanos, los bizantinos, los árabes y los aragoneses.

Es una pequeña urbe de apenas 10.000 habitantes, pero que atrae a un gran número de turistas desde hace un par de siglos gracias a sus playas y al encanto medieval de sus calles. El casco histórico queda delimitado entre Puerta Mesina y Puerta Catania (restos de las antiguas murallas), y de una a otra discurre la antigua vía romana Via Valeria hoy conocida como Corso Umberto I.

El edificio más importante es la Catedral de San Nicolás, del siglo XIII, con una fachada muy sencilla y una planta que recuerda a las catedrales normandas.

Pero sin duda, si hay algo que destaca en Taormina es su Teatro Griego del siglo III a.C. No solo por su valor artístico, sino también por su localización, puesto que se halla en lo más alto de la ciudad permitiendo tener unas magníficas vistas de la costa y del Etna.

Para acabar con Sicilia volvimos a Mesina, la principal entrada de la isla y a tan solo 3 kilómetros de la punta de la bota. Su puerto con forma de hoz ha sido relevante a lo largo de la historia, y no solo para lo bueno, ya que se cree que fue la entrada de la peste negra en Europa en la Edad Media. Hoy su importancia queda relegada al comercio y a la pesca. Además de ser escala para los cruceros.

Al contrario que Taormina, no conserva mucho de su pasado, ya que ha quedado destruida varias veces en su historia como consecuencia de su alta actividad sísmica.  El 28 de diciembre de 1908 un terremoto seguido de tsunami la arrasó y causó la muerte de 60.000 habitantes (de los 150.000 que tenía). Tras este trágico suceso la ciudad fue reconstruida, más moderna y funcional. Sin embargo, poco después sufrió los bombardeos de la II Guerra Mundial, por lo que tuvo que ser levantada de los escombros de nuevo.

Como reseñable sin duda lo principal es la Piazza del Duomo, dominada por la Catedral del siglo XI (aunque reconstruida, claro).

A su lado izquierdo se alza el campanario, que acoge el reloj astronómico más grande del mundo, fabricado en 1933 en Estrasburgo. En cada uno de sus cuadrantes hay diversas figuras animadas que indican las horas, los días, los meses, los planetas y las fiestas religiosas.

Para finalizar el crucero llegamos a la República de Malta, en concreto a la isla del mismo nombre. También estuvo habitada por griegos, romanos, árabes, normandos y aragoneses. Fue el hogar de la Orden de los Caballeros de San Juan, quienes consiguieron derrotar por primera vez a los turcos. Más tarde fue conquistada por Napoleón y finalmente acabó en manos británicas, de quien consiguió independizarse en 1964.

A pesar de ser una isla bastante pequeña ofrece tanto descanso en un lugar paradisíaco como una gran oferta de deportes acuáticos y de aventura. Pero no todo se reduce a hoteles lujosos, playas o extensa oferta de ocio, sino que además es un lugar lleno de historia y una visita a sus ciudades y pueblecitos históricos permite retroceder en el tiempo. Tal es el caso de Mdina y Rabat, a los que llegamos en transporte público.

Mdina nos encantó. La que fuera durante mucho tiempo el centro político y capital de Malta hoy tan solo acoge a unos 300 habitantes, pero no por ello ha perdido su encanto. Quizá por eso, por haberse quedado algo olvidada, se conservan sus calles medievales, callejuelas y rincones, en donde se pueden encontrar palacios, iglesias y edificaciones normandas y barrocas.

Rabat es otro estilo, pero tiene también mucho encanto con sus balcones coloridos, alguna iglesia y si se quieren visitar las catacumbas.

Y por supuesto, no pudo faltar la visita a la capital, a La Valeta, una ciudad que engaña, pues aunque parece pequeña, tiene mucho que ver.

Tras el asedio de los turcos a mediados del siglo XVI, La Valeta fue reconstruida en apenas 15 años prácticamente desde cero y con un diseño totalmente novedoso. Se planificó como un entramado cuadriculado de calles. Este plano favorecía el libre fluir del aire fresco desde ambos puertos a través de las estrechas calles.

La Valeta conserva más de 300 monumentos importantes entre sus murallas, sin embargo, su atractivo radica sobre todo en su conjunto. En pasear por sus calles empinadas, en descubrir mil iglesias, edificios de la Orden, los fuertes, el puerto… descubriendo así pedazos de su historia. Y también ¿por qué no? en perderse por las calles más comerciales y turísticas.

Aunque sin duda, lo mejor fue despedir el viaje (y el año) con la salida del puerto al atardecer.

Y con el crucero cerramos un año especialmente viajero en el que visitamos 3 continentes, 10 países, 22 ciudades y recorrimos 39.164 kilómetros. Y ahora, casi ya rozando diciembre, comenzamos con 2018, que también tiene tela que cortar.