Trucos Viajeros: Viajar en Crucero

En los últimos años se han popularizado los viajes en crucero y ya no es elegido solo para lunas de miel, celebración de bodas de plata/oro o para jubilados. El sector ha cambiado y las compañías se han abierto a todo tipo de perfiles, desde solteros a parejas pasando por familias con hijos pequeños o adolescentes e incluso a familias completas que van desde los abuelos hasta los nietos.

Sí que es verdad que el público varía en función del destino. En primer lugar porque no cuesta lo mismo un crucero por el Mediterráneo que por Alaska; pero también por el destino en sí, pues es más frecuente ver familias con hijos en zonas más de sol y playa que en Fiordos.

Pero empecemos por el principio. ¿Qué consideraciones habría que tener en cuenta a la hora de elegir un crucero si no sabemos ni por dónde empezar? Pues tenemos varios factores: duración, fechas, destino, itinerario, naviera/barco y precio total.

En primer lugar hay que saber de cuántos días disponemos o queremos disponer. Podemos encontrar cruceros desde 3 noches (sobre todos los fluviales) hasta más de 3 meses (los de vuelta al mundo). Algo intermedio (y lo más frecuente) oscila entre la semana y los 10 días.

El punto anterior en parte casi va de la mano con el área geográfica. Si queremos viajar a una zona próxima como el Mediterráneo solo necesitaremos un día o dos más que los propios del crucero, sobre todo tras volver, porque son agotadores. Pero si cruzamos el charco, precisaremos de más días por una cuestión de cuadrar horarios de vuelos con la salida del crucero (y desembarque – vuelta). Y es que no siempre está el vuelo incluido, por lo que hay que buscarlo aparte, lo que convierte la planificación en un encaje de bolillos.

Además, el destino que queramos elegir nos condicionará las fechas, ya que los barcos se mueven por temporadas. Así, entre junio y agosto será temporada alta para Alaska, Bermudas y Norte de Europa; si abarcamos un poco más (entre mayo y septiembre) encontramos la del Mediterráneo; con el cambio de otoño llega la de Canadá, que es entre septiembre y octubre; y finalmente de diciembre a febrero es la época óptima para Sudamérica y Hawaii. Caribe suele tener cruceros casi todo el año y su temporada alta suele estar condicionada por las vacaciones de los estadounidenses. Así, tiene varios picos, por un lado de junio a agosto, por otro navidades y finalmente de febrero a abril.

Por tanto, deberíamos considerar las variables cuántos días tengo, en qué época y adónde quiero ir casi paralelamente. Generalmente una de ellas está clara y condiciona al resto. A veces es la época del año y hay que valorar qué destinos nos quedan disponibles, y otras veces nos hemos empeñado en un destino.

Claro que eso no es todo, pues en base a ese filtro hay que ver qué itinerario nos interesa más. A mí personalmente me gusta que el día de navegación esté al final, para así tener tiempo para preparar la maleta y descansar antes de volver a la rutina del día a día. Hay quien, sin embargo, lo prefiere al principio para así conocer el barco. Va en gustos, como todo. En cualquier caso, también es importante valorar el inicio y el fin, pues en muchos casos la escala del primer día se va y no da tiempo para nada. Otras veces sin embargo hace noche y no sale hasta el segundo día. Lo mismo para el desembarque, suele ser tan temprano que mejor olvidarse de ver nada.

Más allá, hay que estudiar no solo las escalas que realiza (que sean de nuestro interés) sino el tiempo que permanece en cada puerto (y en qué horario, pues en invierno puede ser de noche a las 5 de la tarde en según qué lugares). De este modo podremos planificar las excursiones con anterioridad. Hay que tener en cuenta que en muchas ocasiones suele desembarcar en primer lugar la gente con excursión de la naviera y después los que van por libre, así que fácilmente hay que restar tiempo útil. Y lo mismo a la hora límite, pues siempre hay que estar media hora antes de la hora de salida.

Otro factor que puede inclinar la balanza es la naviera y el tipo de barco. Cada compañía de cruceros es diferente y, aunque suelen intentar abarcar un amplio abanico de viajeros, las hay que están enfocadas a un ambiente más familiar, otras a un público más juvenil y algunas se centran en personas mayores. Esto lógicamente influirá en la oferta de ocio, por lo que conviene informarse un poco al respecto. Tampoco el idioma o los idiomas empleados a bordo son los mismos. Con Pullmantur por ejemplo nos encontramos que se usaba únicamente el español mientras que MSC alternaba hasta 5 ó 6 lenguas.

Lógicamente los barcos también difieren. Y no solo entre navieras, sino dentro de la misma compañía. Al igual que los hoteles, los buques se dividen por categoría (desde las 3 hasta las 6 estrellas) y esta va relacionada con la calidad y el precio. Pero además, no es lo mismo un barco de principios de los 2000, que uno recién construido, como el MSC Meraviglia. No solo por el aspecto o los extras que pueda incluir en la oferta de ocio (véase parque acuático con tobogán, bolera o simulador de F1), sino por avances técnicos que hacen que la navegación sea más estable y confortable.

Eso sí, para un crucerista novato quizá sea buena idea empezar por uno cuanto más pequeño, mejor. Sobre todo para no sentirse abrumado con tamaña cantidad de gente.

El siguiente paso es elegir el camarote. Ya lo he comentado en varias ocasiones: prefiero un camarote interior sin ventana. Cierto es que suelo dormir normalmente totalmente a oscuras, pero es que además me parece absurdo pagar más cuando solo voy a estar en él para dormir o ducharme. Como siempre, todo depende del tipo de viajero que uno sea, pues si se va con intención de aprovechar las escalas, se pisa poco. Si por el contrario se va para disfrutar del barco o de los trayectos, entonces la mejor opción es directamente balcón. Y me salto los de ventana porque en la mayoría de los casos son pequeñas y/o acaban mojadas/empañadas, por lo que su visibilidad es escasa.

Básicamente podríamos hablar de cuatro tipos de camarotes:

  • Interiores: Sin ventana.
  • Exteriores: Con ventana u ojo de buey. En esta categoría se incluyen aquellos que tienen la vista parcialmente obstruida, generalmente porque tienen los botes salvavidas justo delante (esto hace que su precio sea ligeramente inferior porque impide disfrutar del paisaje, pero algo de luz entra).
  • Exteriores con balcón: Se encuentran en la cubierta principal y cuentan con un balcón privado. Únicamente lo elegiría en un crucero tipo Fiordos, en el que bien merece sentarse a disfrutar el recorrido de un puerto a otro. En otros como por el Mediterráneo solo se ve agua…
  • Suites: La versión más lujosa del barco y también la más limitada.

Una vez que se tienen claras las necesidades de cada uno, hay que elegir qué camarote queremos en función de la categoría elegida. La ubicación y orientación determinarán la calidad y el confort del viaje. Así pues, es de vital importancia revisar los planos de las cubiertas del barco y seleccionar uno alejado de ascensores, discotecas, teatros, casino, zonas de tripulación o máquinas… y además, que no esté justo debajo de la piscina ni del circuito de paseo/running. Para los mareos suelen aconsejar que esté lo más centrado posible tanto en vertical (a ser posible lo más cercano a la línea de flotación del barco) como en horizontal (ni muy cerca de proa, ni de popa). Es decir, que esté lo más cerca posible del centro de gravedad para así notar el movimiento lo menos posible.

Además de elegir camarote, toca elegir turno de cena. En los barcos pequeños suele haber un par, de forma que el turno A primero cena y luego ve el espectáculo y el turno B al revés. De esta forma se alternan para no saturar los espacios. Aunque obviamente no hay obligatoriedad de cenar en el restaurante, sino que se puede ir al buffet. Sin embargo, los cruceros más grandes cuentan con más de un restaurante y cada comedor tiene diferentes turnos. Los espectáculos van rotando y para que todo el mundo pueda acudir al teatro, se ha de reservar previamente la sesión. No obstante, a pesar de elegir un turno concreto en la reserva, una vez allí, se puede solicitar el cambio si no parece encajar con el ritmo de las escalas.

Por último, necesitamos revisar la letra pequeña del contrato para saber si en el precio final están incluidas las bebidas, tasas de embarque y propinas (además de los vuelos en caso de que corresponda).

Salvo Pullmantur que ofrecía Todo Incluido, el resto de navieras con las que hemos viajado ofertaban Pensión Completa, excluyendo las bebidas. Sin embargo, se puede contratar el extra de Todo incluido o Paquete de bebida, que puede resultar muy conveniente. Tan solo hay que echar números para ver si nos compensa. Yo suelo echar un cálculo rápido: agua/refresco en las comidas, cerveza de media tarde tras el todos a bordo y copa en el espectáculo o discoteca. Además de contar con el día de navegación que se está todo el día en el barco. A partir de ahí, ver cuánto sube pasar de PC a TI y si merece realmente la pena.

En cuanto a las propinas, no me he encontrado (en ninguno de los cuatro cruceros) que estén incluidas. Simplemente al final del viaje cargan unos 10€ por persona en la tarjeta de crédito asociada (o lo descuentan del efectivo dejado como fianza) en concepto de “cuota de servicio”.

Con todo esto claro y la reserva del crucero en marcha, no hay que olvidarse del seguro. No es obligatorio, claro, pero sí conveniente. Ya no solo por la pérdida de equipaje o retrasos, sino porque no hay tarjeta sanitaria que valga en la consulta médica de un barco. Y más aún si hay un percance que requiera de hospitalización y que impida terminar el viaje. Y ojo porque no vale cualquier seguro, en muchos casos hay que añadir el plus de crucero, como ocurre con los deportes de aventura.

Cuando se ha cerrado todo lo anterior llega el punto de considerar qué hacer en cada escala. ¿Contratar excursión o ir por libre?

Habrá que valorar las circunstancias para decidir qué es lo que más interesa. Por un lado hay que tener en cuenta el bolsillo. Y es que las excursiones de la naviera no son precisamente baratas y sumando cada escala puede salir por un pico. Por contra, viajando por libre se puede ajustar un poco más económicamente. Aunque también existe la opción intermedia, que es contratar una excursión de una empresa externa. Eso sí, el barco no espera salvo a la excursión propia, quizá por esto mucha gente prefiere asegurar y contratar directamente con la naviera.

Otro punto que hay que considerar es que a veces barco llega a la misma ciudad y se ve cómodamente en un paseo sin necesidad de transporte o guía. Además, en el caso de Europa el transporte funciona bastante bien, por lo que si los desplazamientos dependen de un tranvía, bus o metro, no suele conllevar mucho trastorno. Menos aún si es de la zona Euro que ni hay que cambiar moneda.

En otros sin embargo la visita es más compleja bien porque hay que desplazarse, porque se cuenta con poco tiempo, o por cuestión de visados. En cuatro cruceros tan solo he viajado con excursión en el caso de San Petersburgo y fue por una cuestión práctica, pues la excursión nos tramitaba el visado y nos llevaba de ruta nocturna y a las afueras (algo que por nuestra cuenta no habríamos podido hacer).

Particularmente yo soy fiel defensora de las visitas por libre, de esta forma no voy condicionada por el ritmo de un grupo, únicamente por la hora de regreso al barco. Pero como todo, va en gusto del consumidor.

Y llegamos al punto de preparar la maleta. ¿Qué llevar a un crucero? Pues depende. Como cualquier otro viaje depende de la climatología y de las actividades a realizar. Pero básicamente podríamos decir que serán necesarios dos tipos de ropa: ropa de día y ropa de noche.

Para las visitas diurnas lo adecuado es llevar ropa y calzado cómodos siempre teniendo en cuenta el terreno por el que nos vamos a mover y las condiciones metereológicas. Una vestimenta de sport, vaya. Por la noche sin embargo es momento de vestirse algo más elegante, aunque con excepción de la noche de gala en la que sí se entiende algo más de etiqueta, el resto de las noches no es imprescindible acudir de punta en blanco, solo suele exigirse cierta formalidad. Aunque todo siempre dependiendo del crucero, ya que no es lo mismo uno de 3 estrellas que de 6.

Además, no viene mal un bañador para hacer uso de las piscinas y jacuzzis del barco (la toalla por el contrario es facilitada en el camarote) y en caso de deportistas, ropa para el gimnasio.

Por lo demás, una maleta estándar: cargador/adaptador, cables de carga, batería externa, cámara de fotos, documentación, tarjetas de débito/crédito, un pequeño botiquín, protector solar, gorro/a, chubasquero… Eso sí, las planchas (tanto de ropa como de pelo) suelen estar prohibidas, al igual que lógicamente armas, drogas, bebida o comida (para evitar efecto contaminante de agentes externos).

Además del equipaje principal, conviene llevar una maleta o mochila de mano con una muda, productos de higiene, medicamentos y documentación. Es decir, con lo realmente importante, por si la maleta tardase algo en llegar al camarote (o se perdiera). Y es que la maleta se entrega en el proceso de embarque y aparece “misteriosamente” en la puerta de nuestro camarote horas después. En caso de que el paquete incluya vuelo, se entrega en el aeropuerto; mientras que si es en puerto, se hace antes de hacer el check-in, pero en ningún caso es el viajero quien sube su maleta. De esta forma se agiliza el trámite moviendo el equipaje por el área de tripulación y se evitan barullos con todos los pasajeros arrastrando sus bultos mientras buscan su camarote.

La naviera facilita unas etiquetas en las que se indicará nombre, apellidos y número de camarote, para así poder llevar a cabo el reparto. Pero, como siempre, no está de más tener unas maletas claramente identificables, así como una foto de ellas que sirva como prueba en caso de que hubiera que reclamar una pérdida.

Y mientras el equipaje sigue su rumbo, el crucerista ha de registrarse. Hoy en día va todo muy informatizado y en cuestión de minutos nos darán nuestra tarjeta y nos harán una foto. Esta tarjeta es imprescindible tanto como control de quién entra o sale del barco, como para la evacuación de emergencia, pero además para el día a día a la hora de cargar compras o bebidas a nuestra cuenta.

Tras el check-in es momento de comprobar el camarote, situarse en el barco (suele costar un par de idas y venidas) y registrar la tarjeta de crédito (o pagar en efectivo) para los futuribles cargos durante el crucero. Y por supuesto, es hora de perderse por las instalaciones y descubrir cada rincón (aunque siempre quedan para el último día).

Lo siguiente en la orden del día suele ser el simulacro de emergencia, de obligado cumplimiento. No dura mucho, unos 15 minutos. En ese tiempo la tripulación explicará el uso del chaleco así como el punto de encuentro en caso de emergencia, que viene determinado por la zona en que se encuentre el camarote.

A partir de ahí, el tiempo es para disfrutar, y no solo fuera del barco con las visitas en cada escala, sino también dentro. Un crucero ofrece una variada oferta gastronómica y de animación. Siempre hay algo que hacer. Aunque sea tumbarse en una hamaca y mirar el mar. Es un momento de desconexión, además en toda regla, porque los precios por paquetes de datos de internet son prohibitivos. Es curioso que mientras que el WiFi en los hoteles se ha convertido en algo imprescindible, llegues a un barco y sea de pago. Pero claro, es el mercado, amigo.

Por último, lo que hay que saber de un crucero es el funcionamiento del triste momento del desembarque. El día anterior suele haber una charla informativa en el que nos darán las indicaciones. En primer lugar está la cuestión económica. Es hora del cierre de cuenta, momento en el que comprobaremos los cargos que se nos han hecho y si corresponden con nuestras consumiciones/compras. En caso de haber dado al inicio una tarjeta de crédito, tan solo hay que firmar. Sin embargo, si hemos adelantado efectivo y sobra dinero, tendremos que hacer cola en recepción para recuperarlo.

Por otra parte, es el momento de hacer las maletas. En función de si tenemos paquete con vuelo asociado o de si nos quedamos en puerto (por ejemplo para coger luego el coche o el AVE), nos asignarán un color y una hora de salida. Además, al igual que en el embarque, no nos encargaremos de nuestro equipaje, sino que tendremos que dejarlo preparado la noche anterior, por lo que habrá que dejarse fuera la ropa del último día así como los productos de higiene, documentación y demás.

Y una vez en tierra es momento de pensar en el próximo crucero. Porque una vez que lo pruebas, repites. Y lo digo yo que no soy amiga de los barcos, pero que reconozco que tiene sus ventajas. Por ejemplo, permite despertarse cada mañana en un puerto diferente sin tener que hacer ni deshacer las maletas; además, es una semana en la que se vive a tope, conociendo sitios nuevos, comiendo, asistiendo a espectáculos y sobre todo desconectando del día a día. Lo malo es que pasa factura y después necesito otra semana para recuperar los biorritmos y la rutina. También tiene sus puntos negativos, como que en ocasiones puede saturar que haya tanta gente en un espacio “reducido” o que según los destinos haya que visitar todo demasiado a la carrera; pero en cualquier caso, es toda una experiencia.

Un comentario en “Trucos Viajeros: Viajar en Crucero

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