Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá: Rumbo a Chicago

La operación salida comenzó en Madrid el viernes. Ya desde buena mañana se notó en las carreteras. Nosotros sin embargo no salimos hasta el sábado. Eso sí, bien temprano, pues teníamos el vuelo a las 10:35, por lo que a las 8 ya estábamos en la T1. En el mostrador de facturación solo había una pareja delante de nosotros, así que enseguida nos atendieron. Facturamos nuestras dos maletas (de 19 y 12 Kg) y nos dimos un paseo.

Sin embargo, la terminal se ha quedado pequeña y apenas hay nada que hacer, por lo que cuando quedaba algo más de una hora para la salida de nuestro vuelo, pasamos el control.

Aunque el aeropuerto a esas horas ya tenía bastante movimiento, fue todo bastante rápido y en unos minutos estábamos junto a nuestra puerta de embarque. Teníamos asientos en la fila 8 y primero dejaron pasar a la parte trasera del avión, así que entramos de los últimos. Y no cabía ni un alma. El avión iba completo. Se notaba el puente.

Hasta la fecha habíamos volado tan solo una vez con Aer Lingus (en 2010), también a Dublín, pero no recordaba qué avión nos había tocado. Esta ocasión era uno muy al estilo low cost, con apenas espacio entre filas. Bueno, yo no suelo tener mucho problema con mi metro y medio. Pero si pasas del metro ochenta, te encuentras con que las rodillas te dan con el asiento de delante. Menos mal que el vuelo eran tan solo tres horas.

El viento debía ser de cola, pues llegamos una media hora antes a destino, lo cual estaba muy bien, porque teníamos un vuelo de conexión con los controles típicos y además el de Estados Unidos. Desembarcamos por escalera en medio de la pista y un autobús nos llevó a la terminal. Sin embargo, cuando íbamos a acceder a los pasillos de tránsito, una puerta automática estaba bloqueada y nos tuvieron diez minutos esperando. Como no consiguieron abrirla, volvieron a llamar a los buses, para que pudiéramos entrar por otra puerta. Fue uno de esos momentos en los que te das cuenta de que no estás en España y que no hay muchos españoles, pues todo el mundo se lo tomó de forma calmada, en silencio, esperando pacientemente. Y, reconozcámoslo, en ese sentido, nos falta un poco de educación.

Una vez en la terminal, el tránsito fue muy sencillo, ya que está muy bien indicado. Cada pocos metros encontramos carteles que señalaban por dónde había que ir a las conexiones, y prácticamente desde el principio aparecía el preclearance para Estados Unidos.

El preclearance es un centro administrativo de control homologado por el Departamento de Seguridad Nacional (Homeland Security) que facilita toda la tramitación de los vuelos internacionales transatlánticos. Es el mismo trámite que se realiza al ingresar en el país, pero fuera del territorio estadounidense, por lo que al aterrizar, ya te has quitado el trámite de en medio y estás en las llegadas de vuelos domésticos.

Primero tuvimos que pasar un control normal: electrónica y líquidos. Pero más adelante, ya después de la zona del Duty Free, llegamos al control estadounidense, que es algo más exhaustivo, pues además te tienes que descalzar. Eso sí, no hay arco. Muy rápidos ambos. Fue llegar, sacar las cosas y pasar. No había mucha gente.

Tampoco tuvimos que esperar mucho para pasar por el agente de aduanas. Había 14 puestos y había una persona (o grupos que iban juntos) pasando el control. Es decir, que en el momento en que uno se quedara libre, ya podíamos pasar. También es verdad que los estadounidenses usaban unos postes en los que podían leer el pasaporte, escanear las huellas y hacerse la foto. Así, al pasar por mostrador, era todo mucho más rápido.

En nuestro caso además de esos tres pasos, también nos tocó responder a algunas preguntas, pero son las habituales: adónde vas, cuánto tiempo, si te acompaña alguien más durante el viaje, si llevas algo de comida en el equipaje (habíamos aprendido de nuestros errores)… Además, nos preguntó que cuándo era la última vez que habíamos estado en Estados Unidos (supongo que o bien vio el sello en mi pasaporte, o en su sistema), pero era fácil de responder, llevamos 6 años esperando que el calendario volviera a alinear los dos puentes de mayo. También nos preguntó que en qué trabajábamos en España. Y poco más, no hubo que rellenar el documento azul que reparten en los vuelos con destino Estados Unidos. Eso sí, nos enseñó en pantalla unas fotos de nuestras maletas para que confirmáramos si eran realmente esas. Y listos, mientras nos hacía las preguntas fue escaneando los pasaportes y sellándolos, así que en apenas 5 minutos estábamos ya camino de nuestra puerta de embarque.

La localizamos enseguida, pues está muy cerca, así que seguimos paseando para ver qué nos ofrecía la terminal, pero poca cosa: un par de kioskos con refrigerios y snacks (y Guiness), así que nos hicimos con un sitio y nos sentamos a esperar que pudiéramos embarcar.

La verdad es que aunque es un poco rollo lo de hacer escala pudiendo hacer un vuelo directo, tampoco está mal ese impás para desconectar un poco y no estar continuamente encerrada. Además, esta parada técnica nos supuso un ahorro importante de tiempo en aduanas a la llegada. Y el estrés que supone cuando llegas con tantas horas de vuelo sobre tus hombros, con el cansancio haciendo mella y nada más que ganas de llegar al alojamiento a dormir.

Teníamos el segundo vuelo a las 15:50 hora de Dublín, y poco después de las 15 ya abrieron la puerta de embarque y rápidamente llenamos el avión. Salimos de hecho muy puntuales. El avión estaba configurado en tres filas de asientos distribuidos en 2-4-2, por lo que íbamos cómodamente los dos solos. Y esta vez con algo más de espacio. Además de contar con una almohada, una manta y unos cascos.

Mientras terminaba todo el mundo de acomodarse, trasteé con el sistema de entretenimiento, y la verdad es que no me atrajo mucho. Tenía un buen surtido de series y películas, pero nada que me llamara especialmente la atención. Sí, estaba The Handmaid’s Tale, pero era la primera temporada, no la segunda que se había estrenado apenas un par de días antes. Quizá lo único que destacaba de toda la oferta era algún programa de viajes. Me anoté el de Toronto y el de Quebec, pues eran muchas horas de vuelo.

En cuanto a la música, no encontré tampoco nada de mi estilo. Aunque he de reconocer que la irlandesa tiene su punto, pero claro, no para ocho horas de vuelo. Me sorprendió que hubiera varios discos de Britney Spears y Los Backstreet Boys. Quizá el sistema de entretenimiento está dirigido a los vuelos a Estados Unidos.

Eso sí, por lo menos me hice con el sistema y con mi asiento y sus múltiples opciones de carga (un puerto usb en el brazo y un enchufe compatible más abajo).

Despegamos puntuales y poco después de apagar la señal luminosa de los cinturones nos sirvieron una bolsita de pretzels y una bebida.

Y en apenas media hora más tarde ya estaban sirviendo la cena. Prácticamente repartieron los pretzels, pasaron con el carrito para recoger los desperdicios, y ya estaban de nuevo recorriendo el pasillo. Como además primero reparten las comidas especiales (los que han indicado necesidades especiales como celiaquía, diabetes, eres kosher, musulmán o vegetariano en la reserva del billete), para cuando nos llegó la bandeja, yo apenas me había sacudido las migas de los pretzels.

Nos sirvieron una mini ensalada, un chili con patatas cocidas, una rebanada de pan, mantequilla, un sobre con leche, agua y de postre una macedonia de fruta. Y aunque el chili a medida que seguía comiendo me picaba más y más (es cosa mía con la tolerancia del picante), lo cierto es que es una de las mejores comidas de avión que he probado.

Estaba muy rico, en su punto de sal (y yo tiendo a comer soso), la patata estaba bien cocida, y la combinación de verduras con legumbres casaba muy bien, sin desentonar ningún ingrediente.

Lo malo es que terminas de comer y en un avión tan grande aún están repartiendo las bandejas, por lo que te queda esperar con los restos a que hagan el camino de ida, más el tiempo que dejan para que la gente coma. Además del café o té. Lo que no esperamos para ser servidos, nos tocó esperarlo para la recogida, lógicamente. Pero bueno, siempre se puede comer más lento.

Después de que se llevaran las bandejas aproveché para ir al baño a refrescarme, y al poco de volver de nuevo repartieron comida. ¡Pero si me acababa de lavar los dientes! Esta vez fue una tarrina de helado de vainilla.

Para ese momento ya estábamos a mitad de camino y entramos en zona de turbulencias. No fue algo espectacular, pero sí intermitente y que se repitió durante el resto del viaje, instándonos por megafonía continuamente a volver a nuestros asientos y abrocharnos el cinturón. Entramos al continente por Canadá, así que no sé si esa zona del Mar de Labrador es espacio aéreo de corrientes, porque lo cierto estábamos a unas latitudes bastante septentrionales.

Casi una hora antes del aterrizaje nos volvieron a dar de comer, esta vez un wrap. Creo que el genérico era de pollo, el nuestro (el vegetariano) era de tomate y menta. No estaba malo, pero tenía demasiado sabor a cilantro. Tanto que casi me dieron arcadas.

Para haber dormido poco y llevar todo el día de viaje, el vuelo no se me hizo muy largo. No sé si por tantas comidas, porque ya me voy acostumbrando, o porque me supe entretener bien entre lectura y vídeos.

Nuestra llegada a tierras americanas estaba prevista para las 18:20, sin embargo, llegamos un cuarto de hora antes. En condiciones normales estaría muy bien, pero los escoceses cuya hora original de llegada era a las 18:45, venían con retraso, y además ellos sí que tenían que pasar control de aduanas, por lo que nos iba a tocar esperar fácilmente una hora.

No obstante, el tiempo se nos fue intentando encontrar la cinta de las maletas. Y es que hay que salir prácticamente del aeropuerto, algo que ya de por sí es raro (aunque contábamos con ello por la experiencia en nuestro anterior viaje), pero más lioso aún dado que además estaba escasamente indicado. Tras preguntar tres veces a personal de seguridad, por fin conseguimos llegar, y aún así nos tocó esperar a las maletas, que tardaron un cuarto de hora en salir.

No obstante, los escoceses todavía estaban con sus trámites, por lo que buscamos mientras tanto un cajero para sacar algo de efectivo, aunque desistí cuando vi que cobraba $1.5 por retirada. Craso error, ya que luego encontraríamos comisiones más altas. Y es que aunque tu banco no te aplique ningún cargo por retirada en extranjero, hay que tener en cuenta que el propietario del cajero puede que sí lo haga.

También aproveché para pasar al baño, momento en que fui realmente consciente de que estaba en Estados Unidos. Y es que una de las primeras cosas que me chocó en su día fueron esos inodoros rebosantes de agua o esas puertas que dejan una rendija y poca intimidad.

Con poco más que hacer en la terminal, nos situamos en la puerta para recibir al resto de los integrantes de nuestro viaje. Puerta, por cierto, amenizada con pantallas de televisión en la que se retransmitían deportes. Esto es Estados Unidos, amigos.

Y aunque pensábamos que iban a tardar más, la verdad es que en otros 10-15 minutos estábamos todos reunidos y listos para dirigirnos al apartamento. Pero antes teníamos que coger el metro. El aeropuerto queda conectado con el centro en unos 40 minutos gracias a la línea azul. Eso sí, para llegar a la parada hay que hacer algo de peregrinación y no está muy bien indicado, la verdad. Una vez fuera de la Terminal 3 hay que seguir la señalización con el icono de los trenes, pero nos conduce a un ascensor que lleva a un aparcamiento, así que puede despistar. Pero sí, hay que tomarlo y después sortear los coches arrastrando las maletas hasta encontrar el acceso al metro.

El trayecto desde el aeropuerto costaba $5, por lo que valoramos la idea de sacar algún pase de varios días para así ahorrar y no tener que pagar ese sablazo. Sin embargo, no nos interesaba ninguno. El de un día costaba $10 y el de 3 días 20, en ambos casos superior a lo que nos costaría la suma de los billetes sencillos. Así que no nos quedaba otra que pagar uno a uno cada viaje, con el inconveniente de que no llevábamos efectivo y después debíamos hacer un trasbordo a un bus (que solo aceptan importe exacto). Por tanto, lo que hicimos fue comprar una Ventra.

Esta tarjeta bien se puede recargar con billetes, pases o con dinero. Y el punto a su favor es que se puede usar hasta por 7 personas. La emisión cuesta $5, pero son integrados en el saldo al registrarla en la web. En este vídeo explican cómo obtenerla:

Ya con nuestra Ventra, tomamos el metro hasta el centro, donde haríamos trasbordo al bus. Justo en la parada había un Seven Eleven, así que como aún teníamos unos minutos de margen pasamos a comprar algo para cenar y desayuno del día siguiente. Bienvenidos a Estados Unidos, donde una botella de agua de litro y medio cuesta $3,74 mientras que una de 2L de refresco tan solo $3,39.

Tras tomar el bus, en apenas unos 5-10 minutos estábamos en nuestro apartamento, que era tal y como esperábamos: dos habitaciones de tamaño muy similar (y prácticamente misma distribución), un baño y un espacio para el salón y la cocina.

El día no daba para mucho más, así que picamos algo, sacamos lo básico de las maletas y a descansar en posición horizontal por fin.

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