Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 5: Recorriendo Toronto: Casa Loma, Museum y Universidad

Amaneció un nuevo día en Toronto y por el momento era seco. Si bien es cierto que estaba nublado y que parecía que se iban a cumplir las previsiones de lluvia. Sabíamos que nos podía pasar, puesto que las precipitaciones se distribuyen a lo largo del año de forma bastante regular. El clima de Toronto comparado con los estándares canadienses es bastante suave gracias a su localización dentro del país y a la proximidad al Lago Ontario, no obstante, veníamos de un invierno frío en el que en lugar de la media de -10ºC habían llegado a registrar hasta -20,6. Y eso en termómetro, ya que que la sensación térmica es inferior debido al viento. Es curioso, porque sin embargo en los veranos se llegan a alcanzar incluso los 35º. Así que sin duda lo mejor es primavera u otoño para no estar en ninguno de los extremos.

Nuestro plan del día consistía en comenzar por lo más lejano y de ahí ir aproximándonos al centro, donde, si llovía, podríamos resguardarnos en algún centro comercial, mercado, museo… Y el primer punto de nuestra ruta estaba a unos 4,5 kilómetros, así que tocaba coger transporte público.

El TTC (Toronto Transit Comission) cuenta con metro, buses, tranvías y trenes. Lo que mejor nos venía para nuestro destino era el metro, que, inaugurado en 1954, fue el primer sistema de metro de Canadá. Tiene una extensión de 70 kilómetros de vía repartidos en cuatro líneas que operan entre las 06:00 y la 1:30 de la madrugada. El sistema de transporte público de la ciudad es el tercero con mayor uso en América del Norte, sólo por detrás de los de Nueva York y Ciudad de México.

En este caso no nos convenía ningún tipo de pase diario o semanal (que funciona similar al de San Francisco con su cartulina y su rasca y gana), pues prácticamente nos íbamos a mover a pie. Así que directamente fuimos a por los billetes sencillos, un sistema muy parecido al de San Petersburgo, ya que funciona con tokens.

Estas pequeñas fichas de aluminio se compran en máquinas automáticas (sólo con dinero en efectivo) o en las taquillas del metro. Se venden en múltiplos de tres (algo muy peculiar) por $9 y no tienen fecha de vencimiento.  En lugar de pasar por los tornos, has de pasar al lado de la ventanilla, ya que es ahí donde tienen una especie urna de metracrilato y donde hay que depositarlos.

Al tener este sistema, si después al salir quieres hacer trasbordo, no tienes nada que acredite la hora de entrada (de hecho no sé cómo lo harán los revisores del metro, lo mismo ni hay), así pues, nada más pasar los tornos hay que coger un ticket de unas máquinas rojas que sirve como justificante durante una hora desde que se obtiene. Nosotros lo cogimos por si acaso y nos dirigimos al metro.

El metro de Toronto cuenta con 3 líneas. La línea amarilla es quizá la más útil para el visitante, ya que conecta el norte de la ciudad con el centro con paradas en la mayoría de los puntos de interés de la ciudad: CN Tower, el Rogers Centre y el Ripley’s Aquarium, el St. Lawrence Market y el Hockey Hall of Fame, Dundas Square, CF Toronto Eaton Centre, City Hall y Nathan Phillips Square, el Royal Ontario Museum o Casa Loma.

Ya había pasado la hora punta, por lo que no iba muy lleno.

Lo tomamos en dirección norte. Nuestra parada era St. Clair West, en pleno barrio de Wychwood Park. Este distrito destaca por ser una de las primeras comunidades que se asentaron en Toronto. En 1985 quedó protegido dentro de la Ontario Heritage Conservation gracias a su arquitectura.

Atravesamos el parque y nos dirigimos hacia Casa Loma, una casa señorial que más bien parece un castillo.

Fue construida en 1914 por el multimillonario Henry Mill Pellatt, fundador de la Compañía de Luz Eléctrica de Toronto. Parece que le sobraba el dinero e intentó copiar el castillo de Balmoral en Escocia. De hecho en sus torreones se pueden ver tanto el león (símbolo inglés) como el unicornio (escocés).

Pellatt le dio este nombre en español precisamente porque se encuentra en una loma a 140 metros sobre el nivel del mar. Cuenta con 6011 m² y 98 habitaciones, lo que la hizo convertirse en aquella época en la mayor residencia de Canadá. Y precisamente, estas dimensiones desorbitadas llevaron al dueño a la ruina en 1924, ya que era incapaz de asumir los altísimos gastos de mantenimiento. Ya lo dijo Aguirre, cuesta luego mucho poner la calefacción… Finalmente en 1933 pasó a manos del Ayuntamiento y en 1937 fue abierta como museo.

Casa Loma se divide en cuatro plantas. En la planta inferior se encuentra el acceso al túnel que conecta la casa con otras dependencias, la piscina, la tienda de recuerdos (que en su día estaba pensada como bolera), la cafetería (proyectada como sala de ejercicios) y una bodega. En la planta principal se halla en el centro el Gran Salón, que junto con la biblioteca tienen salida a la terraza del jardín. Además podemos encontrar el comedor, una sala para servir la comida, el estudio del señor Pellatt, la sala de fumadores (solo para hombres, claro) así como el billar.

En el segundo piso estaba dedicado para las habitaciones, tanto la del marido como la de la mujer, así como sus respectivos baños. Además, tenían un dormitorio para invitados. Finalmente en la última planta se puede visitar la armería, ya que el señor Pellatt era militar, algún dormitorio más, las habitaciones del servicio y la torre.

Casa Loma pasó por importantes tareas de restauración en su exterior entre 1997 y 2012.

Lo primero que se construyó fue The Hunting Lodge, las dependencias del servicio, un edificio con 407 m² y dos pisos separada del edificio principal. La casa, el Hunting Lodge y los establos quedan conectados mediante un túnel subterráneo.

Los establos ya de por sí son impresionantes, son otro castillo más.

Durante la II Guerra Mundial los establos se usaron para ocultar la investigación y producción de dispositivos sonar. Gracias a que se colocó un letrero de obras, las instalaciones pasaron desapercibidas.

Junto a Casa Loma se hallan los Baldwin Steps, que salvan el desnivel de 23 metros de altura que una vez fueron los acantilados del Gran Lago glacial Iroquois. A partir de aquí, todo lo que se extiende Toronto estuvo alguna vez bajo el agua. En 1915 en estos escarpados acantilados se construyó una escalera por la calle Spadina para reemplazar una de madera anterior. Las que vemos hoy en día de piedra y hormigón datan de 1987.

A finales del siglo pasado se vieron amenazadas por la planificación de la autopista y un túnel, sin embargo, los vecinos consiguieron parar el proyecto en 1971. Poco después, en 1980, se construyó la línea de metro bajo ellas. Desde 1984, y durante 99 años, la provincia de Ontario se las ha cedido a Toronto.

Llevan el nombre de la familia Baldwin, que incluía al exprimer ministro de Ontario Robert Baldwin, los primeros terratenientes del área.

En sí no es que llamen mucho la atención, es más lo que significan y las vistas que ofrecen de la ciudad, ya que se alcanza a ver parte de Toronto con la CN Tower tomando protagonismo.

Tomamos la Calle Spadina en dirección al metro y me llamaron la atención las inscripciones en la acera cada veinte metros bajo las farolas. Se trata de la cronología de la historia natural y cultural de Toronto.

Hay siete palabras escritas en bronce: Iroquois, Furrow, Survey, Avenue, Power, Dairy y Archive.

Tomamos el metro en Dupont aunque realmente nos bajaríamos en la siguiente estación, en Museum. Y es que esta estación, aparte de por su localización, nos interesaba por su decoración bajo tierra.

Inaugurada el 28 de febrero de 1963, fue renovada en 2008 añadiendo unas columnas inspiradas en las Primeras Naciones de Canadá, el Antiguo Egipto, la cultura tolteca de México, la cultura tradicional de China y la Antigua Grecia. Según The Guardian es una de las diez estaciones de metro más bellas del mundo (donde no puede faltar San Petersburgo). También se añadió el panel metálico con inscripciones de jeroglíficos incrustados como el que podemos ver sobre estas líneas.

La salida de la estación nos conduce al Royal Ontario Museum (ROM), el mayor museo de Historia Natural del país y que sirve como referencia cultural de la ciudad. Fue fundado en 1912 e inaugurado en 1914 y perteneció a la universidad hasta 1968. Hoy es independiente, aunque ambas instituciones realizan proyectos juntos.

Cuenta con más de 40 galerías en las que se exponen unos seis millones de objetos. Contiene una importante colección de dinosaurios, arte africano y de Oriente Próximo, arte de Asia oriental, Historia Europea y de Canadá. También tiene meteoritos y minerales así como una colección de fósiles de más de 150.000 especímenes.

Pronto el edificio se quedó pequeño, por lo que tuvo que ser ampliado en 1933. En 1964 se añadió un planetario y en 1975 un atrio de varios niveles. Tres años más tarde se comenzaron las obras para unas nuevas galerías con forma de terraza y un nuevo centro de interpretación que acabarían inaugurándose en 1984. Finalmente, entre 2005 y 2007 se completó el último anexo. Y claro, de ahí la variedad de estilos. En primer lugar tenemos una construcción de neo-románica en piedra con sus cristaleras y un pórtico.

Hasta aquí bien. Más o menos lo que esperarías de un museo: un edificio historicista, robusto… Sin embargo, cuando giramos la esquina nos encontramos con el añadido modernista que hace abrir grandemente los ojos.

Estamos en el siglo XXI y además del contenido, importa el continente. Parece que los museos no tienen que destacar solo por sus exhibiciones, sino también por su propio edificio. Y cuanto más extravagante, mejor. Así, en 2002 se propuso un concurso que ganó el arquitecto Daniel Libeskind.

Esta estructura conocida como Crystal está realizada en acero sobre el que hay un 75% de aluminio y un 25% es cristal.

Frente al museo, en la intersección de Bloor Street y Avenue Road, se alza la Iglesia del Redentor, un templo de estilo neogótico y de rito anglicano fundado en 1871 cuando la zona aún se encontraba al margen de la ciudad.

Seguimos tomando la calle Bloor bordeando el museo, pues junto a la estructura acristalada se encuentran las Alexandra Gates unas puertas que conducen al Paseo de los Filósofos en el Campus de la Universidad.

Precisamente estas puertas se construyeron en 1901 en la esquina en que se halla la iglesia. Se levantaron para conmemorar la visita del Príncipe George, Duque de Cornualles (más tarde el Rey Jorge V), y María, Duquesa de Cornualles (más tarde Reina María). Fueron colocadas en el lugar actual en 1960, cuando Avenue Road fue ampliada.

Fueron renovadas en 2009 gracias a las aportaciones del TD Bank Financial Group como parte de la iniciativa de recuperar el Paseo de los Filósofos como un espacio verde para la comunidad y para complementar los esfuerzos de revitalización del Conservatorio Real de Música y el ROM.

El Paseo de los Filósifos no es más que un camino que discurre entre varios lugares emblemáticos de Toronto como el Museo Real de Ontario, el Conservatorio Real de Música, el Trinity College y la Facultad de Derecho de la Universidad de Toronto. Sirve como unión entre el campus y el barrio de The Annex, donde residen un buen número de los estudiantes y profesores de la universidad.

Una parte de la arboleda sirve como memorial en recuerdo de la masacre de la Escuela Politécnica de Montreal del 6 de diciembre de 1989 en Montreal.

Marc Lépine, un joven de 25 años, entró en una de las clases de la universidad y separó a hombres y mujeres. Después, tras proclamar que estaba “luchando contra el feminismo”, disparó con su rifle semi-automático a nueve mujeres. Mató a 6 de ellas. Luego se paseó por los pasillos, la cafetería y más aulas y volvió a seleccionar a más mujeres a las que disparar. Acabó matando a 14 e hiriendo a 10 más. Al final acabó suicidándose.

Desde entonces en el día de la masacre se conmemora el día nacional del recuerdo por las víctimas de la violencia contra la mujer. En el Paseo de los Filósofos se plantaron 14 árboles, uno por cada estudiante asesinada.

Más adelante llegamos al Anfiteatro, un lugar de reunión para los estudiantes de la universidad y ciudadanos de Toronto. Construido en piedra caliza, es ideal acústicamente para lecturas informales, clases fuera de las aulas y espectáculos en vivo. Cuando no se usa sirve como un tranquilo oasis para la contemplación en el corazón de una vibrante ciudad.

Antes de que los europeos llegaran, el espacio que hoy ocupa el paseo era un lugar que los Anishinaabe usaban para reunirse. Durante la primavera el Taddle Creek, el arroyo que una vez pasó por allí, servía de lugar sagrado, un sitio en el que sentir a los espíritus.

En el otro extremo del camino se encuentra el Trinity College, que, con su estilo gótico, me recordó bastante a la universidad de Old Aberdeen.

Fue fundada en 1851 por el obispo John Strachan como una institución privada basada en fuertes líneas anglicanas después de que la Universidad de Toronto rompiera sus lazos con la Iglesia de Inglaterra. En octubre de 1904 se integró dentro de la Universidad de Toronto y hoy forma parte de la Escuela de Teología de Toronto.

Su patio ha sido relevante en la vida estudiantil. Sin ir más lejos acogió el mayor festival al aire libre de Shakespeare del país.

Abandonamos el paseo por las Bennett Gates y bordeamos Queens Park, parque inaugurado en 1860 por el Príncipe de Gales, aunque cuyo nombre es en honor a la Reina Victoria. La parte norte pertenece a la universidad, y es justo en esa sección donde se llevan a cabo los actos del Día de la Victoria, del Día de Canadá y del Día del Recuerdo.

En el lateral del parque se halla la Hart House, un centro de actividades estudiantiles de la Universidad.

Fue financiado por Vincent Massey, ex alumno y benefactor de la universidad, y el nombre se lo debe a su abuelo, Hart Massey. Fue construido en 1919 como lugar para funciones culturales, intelectuales y recreativas. Cuenta en sus instalaciones con auditorios, un teatro, galería de arte, biblioteca, salas de lectura y de estar, salas de música, salas de conferencia y estudio, salones y áreas de recepción, oficinas, restaurante, un gimnasio, piscina y un campo de tiro.

Anexa al edificio se erige la Soldiers tower, un campanario de 43,6 metros de altura que conmemora a los miembros de la universidad que sirvieron en las Guerras Mundiales. De estilo gótico, alberga un carillón de 51 campanas que se hacen sonar en ocasiones especiales, lo que convierte a la universidad a la única canadiense con un carillón en funcionamiento.

Junto a la Hart House, en un parque, podemos ver un par de cañones históricos de Louisbourg, en Nova Scotia.

Pertenecen a la batalla de 1758 en la que los británicos conquistaron Louisbourg, capital y mayor asentamiento de la colonia francesa en la isla de Cabo Bretón. Tres de los barcos franceses fueron incendiados por un único proyectil. Cuatro días después, los dos buques restantes fueron capturados en el puerto. Después de la caída de Quebec en 1759 y Montreal en 1760, y con Louisbourg finalmente sometida, terminó la presencia militar y colonial francesa en Norte América.

En la batalla más de 100 cañones se perdieron, sin embargo, en 1899 se encontró una veintena de ellas y A. E. Shipley cedió estos dos a la universidad como monumentos históricos.

Fueron restaurados entre 1993 y 1994.

En el centro del parque frente a la Hart House se encuentra el edificio del Sindicato de Estudiantes de la Universidad de Toronto ( UTSU ).

Es el segundo sindicato de estudiantes más grande de Canadá y el tercero más grande de América del Norte.

En el siguiente cuadrante en torno a un césped circular encontramos más edificios que nos recuerdan a los colleges británicos.

Destaca con su cúpula verde el Convocation Hall, espacio que acoge funciones académicas en las que acude un gran número de espectadores. Con capacidad para 1.731 espectadores cuenta con cuatro pisos, de los cuales dos cuentan con butacas.

Se construyó a principios del siglo XX después de que la universidad detectara que necesitaba un auditorio más grande que el que tenían. Tiene esta forma circular para simbolizar ser el centro de la Universidad.

Finalmente la lluvia, tal y como anunciaba la previsión meteorológica, hizo su aparición. No obstante, seguimos con nuestro paseo.

Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos

Un día como ayer, 27 de enero, pero en 1945, el Ejército Rojo entró en Auschwitz liberando así a unas 7.000 personas del mayor y más letal campo de concentración y exterminio nazi. Lamentablemente llegaron tarde para más de un millón de personas que ya habían sido asesinadas entre sus alambradas en el transcurso de cinco años.

Dos años más tarde, en 1947, el Gobierno de Polonia creó el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, un espacio de 191 hectáreas que sería reconocido en 1979 como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y que hoy en día recibe cada año una media de millón y medio de visitantes (en 2016 y 2017 superó los 2 millones).

Con motivo del 70 aniversario y con la doble tarea de recoger fondos y a la vez de difundir los terribles acontecimientos, el museo ha cedido a una exposición itinerante de carácter internacional unas 600 piezas originales que hasta la fecha no habían salido de la ciudad polaca de Oświęcim. Madrid se convirtió en la primera ciudad en la que que pararía Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos que recorrerá 14 países durante 7 años.

Esta muestra, en la que también colaboran unos veinte museos e instituciones internacionales (la Biblioteca Wiener de Londres, el National Hideout Museum de Aalten de Holanda o el Memorial del Holocausto de Washington), se inauguró el 1 de diciembre de 2017 en el Centro de Exposiciones Arte Canal y desde su apertura ha tenido una acogida tan buena que se ha llegado a prorrogar hasta dos veces. Primero hasta el 7 de octubre de 2018 y después hasta el 3 de febrero de 2019. Está a punto de cerrar sus puertas y de continuar su gira mundial.

En 2017, cuando viajamos a Polonia nos planteamos hacer una parada entre Wroclaw y Cracovia y así visitar el campo. Sin embargo, el limitado horario de los trenes y con una ruta tan ajustada, al final se quedó fuera de la planificación. Hace unos meses unas amigas comentaron la segunda prórroga de la exposición y sin dudarlo buscamos un día disponible para ir juntas. Ese día fue el sábado. Pensé que ya no habría tanta gente, sin embargo, a nuestra llegada había incluso cola para entrar.  La exposición comienza incluso antes de acceder al interior, puesto que junto a las taquillas encontramos un vagón que perteneció a la Deutsche Reichsbahn. Uno de tantos de aquellos en los que eran transportados los prisioneros a los campos de concentración nazis.

Ya dentro, con nuestro plano en la mano y la audioguía al cuello, comenzamos el recorrido por los 25 espacios distribuidos en 2.500 metros cuadrados. Ahí es nada. Pero es que la muestra no es simplemente una exposición sobre el campo de concentración, sino que cubre el antes, el durante y el después. Así, lo primero que nos encontramos es la historia de Oświęcim, un pueblo ducal que Alemania devolvió a Polonia tras la I Guerra Mundial y cuya importancia radicaba básicamente en su ubicación geográfica, pues era un importante nudo de comunicaciones.

Los barracones que se habían construido para alojar a aquellos que iban a partir para Estados Unidos acabaron convirtiéndose en un complejo campo de concentración y exterminio con la llegada de la II Guerra Mundial y la ocupación polaca por parte de los nazis.

Pero antes de llegar ahí, la exposición nos sirve para recordar el contexto histórico y las circunstancias geopolíticas de la primera mitad del siglo XX. Tras la derrota alemana en la I Guerra Mundial, en 1919 se funda el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán con un Hitler a la cabeza que comienza a llegar a la gente con un lenguaje sencillo y directo (y populista) envuelto en una cuidada puesta en escena. En la exposición podemos ver la propaganda que usaba el partido, así como algún que otro vídeo de estos discursos.

Alemania estaba sumida en la pobreza, con una moneda devaluada y con una alta tasa de desempleo en parte como consecuencia por el Tratado de Versalles, un pacto que imponía al país unas duras indemnizaciones. Esto, sumado al crac del 29, que desembocó en una crisis económica a nivel mundial que castigó aún más a Alemania, supuso el caldo de cultivo perfecto para que el pueblo comprara el discurso del partido nazi en el que prometían devolver a Alemania a tiempos de bonanza y limpiar el país de enemigos. Para Hitler estos enemigos eran los comunistas, los judíos (a quienes consideraba los culpables de la crisis económica mundial) y los seres inferiores o Untermeschen (categoría en la que se incluían aquellos que no fueran de raza aria, pero también los homosexuales o discapacitados – a quienes consideraban personas con “tara”-).

La ciudadanía, cegada por la promesa de puestos de trabajo, obvió este discurso del odio y respaldó al NSPD con sus votos en las elecciones del 33. Hitler llegó al poder y pensaba cumplir sus promesas. Así, se construyeron por todo el país campos de concentración a los que se mandaba a los opositores del régimen a cumplir trabajos forzosos. Poco después, durante la II Guerra Mundial, esta metodología se fue extendiendo. Por tanto, territorio ocupado, territorio en el que se construían campos donde se deportaba a los opositores.

En 1935 se redactaron las Leyes de Núremberg. Estas prohibían los matrimonios entre judíos y alemanes “puros”, así como las relaciones extramatrimoniales entre judíos y alemanes.

Sin embargo, no se quedaban ahí, también establecían disposiciones que impedían que los judíos contrataran a ciudadanos alemanes o que mostraran signos nacionales. quedaron privados de la ciudadanía alemana y sus derechos, lo cual conllevó que no pudieran ejercer determinadas profesiones (abogados o profesores) u ocupar cargos públicos, por lo que muchos perdieron su sustento y no pudieron mantener su casa.

El horror subió un peldaño cuando en enero de 1942 se acordó la “Solución Final” en la Conferencia de Wannsee. Una solución que consistía en explotar al pueblo hebreo hasta aniquilarlo. Sin más. Eichmann, el encargado de la organización del Holocausto, hablaba de selección natural. Con esta institucionalización del antisemitismo los judíos fueron perseguidos, marcados, marginados y recluidos en guetos. Después se pasó a fusilamientos masivos. Y finalmente se encontró una medida más económica y eficaz: los campos de exterminio.

Auschwitz, como decía al principio, fue el mayor de todos ellos, el más complejo y en el que más personas fueron asesinadas. Algunos eran de concentración, otros de trabajos forzados y otros de exterminio. Auschwitz sin embargo aunaba 3 en 1 en un territorio de 40 kilómetros cuadrados. Por un lado, Auschwitz I, que era de concentración, por otro Auschwitz II – Birkenau que era de exterminio, y finalmente Auschwitz III, de trabajos forzados.

Tras esta primera parte de la exposición, entramos de lleno en cómo funcionaba Auschwitz-Birkenau. Además de poder ver una maqueta o planos de las dimensiones y las diferentes dependencias, la muestra nos lleva por el recorrido que seguían los prisioneros. Unos prisioneros que llegaban engañados con la promesa de que eran trasladados a un lugar mejor en el que iban a poder desempeñar sus profesiones y ser valiosos. Sin embargo, empezaban a sospechar cuando eran empujados a subir a vagones apestosos que se venían empleando para transportar ganado y con tan solo dos cubos (uno con agua y otro para deposiciones) para las miles de personas allí hacinadas. En aquel viaje de varios días hasta Auschwitz algunos morían de inanición. Y los que llegaban vivos, lo hacían desfallecidos.

Una vez en el campo eran privados de sus posesiones (que serían revisadas, clasificadas y enviadas a Alemania para su venta) y tenían que pasar por una selección en la que miembros de las SS decidían su destino. Se les preguntaba su edad y profesión y se les valoraba el estado de salud. Si eran considerados aptos para trabajar, pasaban la criba. En este caso eran llevados a unas instalaciones en las que eran despojados de sus prendas, así como joyas, eran desinfectados, rapados y tatuados con un número que se convertiría en su nombre desde ese momento. Se les entregaba el ya conocido pijama de rayas así como unos zuecos de madera que les acompañarían durante todo su calvario.

Y es que aunque sobrevivieran al viaje, la mitad morían en las primeras semanas debido a las condiciones infrahumanas a las que se enfrentaban. Por un lado se encontraban con escasez de comida y los trabajos forzados tremendamente exigentes que les dejaban exhaustos, por otro se enfrentaban a las temperaturas extremas de los inviernos en Oświęcima con aquellos pijamas. Por no hablar de las torturas y castigos. No era de extrañar que las enfermedades contagiosas rápidamente se extendieran teniendo en cuenta las instalaciones en las que eran hacinados y su delicada salud.

Por otro lado, los que no pasaban el corte, sobre todo niños, ancianos, discapacitados, madres con hijos pequeños o cualquiera que pareciera especialmente débil (más que los demás al menos) pasaban a ser ejecutados inmediatamente en las cámaras de gas engañados con la promesa de una ducha caliente. Aunque fueron deportadas aproximadamente 1.3 millones de personas, en realidad prácticamente 900.000 fueron gaseados nada más llegar.

Es estremecedor leer las palabras de Rudolf Höß, el primer Kommandant de Auschwitz, quien decía que no le había impresionado la primera ejecución con gas. Ese era el nivel. Según él matarlos no era el problema, ya que era lo que menos tiempo llevaba, siendo aniquiladas unas 2.000 personas en apenas media hora. El verdadero inconveniente era la incineración, que exigía más tiempo porque no cabían tantos en los crematorios. Además de que había que transportarlos.

Cuando los cuerpos se quedaban sin vida apilados en las cámaras de gas había que retirarlos y llevarlos a los crematorios y esa tarea le correspondía para más inri a los propios reclusos, los conocidos como Sonderkommando (comandos especiales). También eran ellos los que tenían que recuperar los dientes de oro de los cadáveres para después fundir el metal. Y mientras tanto, el señor Höß relata que vivía tan feliz en Auschwitz, pues tanto su mujer como sus cinco hijos disfrutaban de la vida en el campo.

En aquella criba inicial había una tercera opción, la de aquellos que se convertían en cobayas de ensayos mal llamados científicos. Estos prisioneros fueron víctimas de los más macabros experimentos de los médicos de las SS (como intentar cambiar el color de los ojos por medio de químicos). Muchos fallecían durante los terribles ensayos. Los que sobrevivían eran finalmente también asesinados para así poder hacerles la autopsia. Entre los médicos destaca Josef Mengele, quien sentía predilección por los gemelos porque así podía experimentar con uno de los dos y después al practicar las autopsias ver las diferencias entre las anatomías de ambos hermanos. En la exhibición se puede ver expuesto parte de su instrumental.

Cuando a finales de 1944 los nazis vieron que estaban cada vez más acorralados por el Ejército Rojo, comenzaron a destruir documentación e instalaciones. Poco después, entre el 17 y el 21 de enero de 1945 los prisioneros fueron movilizados a otras partes del Reich. Sin embargo, esta vez no fueron trasladados en tren, sino que fueron obligados a caminar. Las conocidas como marchas de la muerte suponían día tras día, kilómetro tras kilómetro a pie. Muchos se quedaron en el camino como consecuencia del hambre, del cansancio y/o del frío. El que se caía sin fuerzas era disparado por los miembros de las SS y dejado atrás.

Cuando llegaron los soviéticos se encontraron no obstante con algunos documentos y pruebas que no habían sido destruidos, así como cadáveres sin enterrar/incinerar, ropa y objetos que habían sido expropiados a la llegada de los prisioneros o kilos de cabello humano para vender. Y también 7.000 personas que no sabían si estos recién llegados venían a ayudarles o la cosa iba a empeorar aún más. Lamentablemente la mayoría de ellos murió en los días posteriores a la liberación. Poco pudieron hacer los médicos ante una salud tan deteriorada.

Y la exposición deja una reflexión final, la de los supervivientes. Esa gente que era libre pero no tenía un lugar donde volver. Personas que no solo habían perdido a su familia, sino que no tenían un hogar donde volver. No solo porque la guerra hubiera devastado el país, sino porque les habían arrebatado todo antes de eso. Como titulaba una pintora, Was bleibt, nichts. Lo que queda, nada.

Y aunque el 20 de noviembre de 1945 tuvieron lugar los Juicios de Núremberg y muchos nazis fueron sentenciados a muerte (Hitler ya se había suicidado), no hay forma alguna de reparar el daño que hicieron. Dos tercios de los judíos europeos desaparecieron para siempre, como queda reflejado en el último vídeo de la exhibición.

Se trata de una exposición muy completa que nos llevó casi 4 horas. Yo me la esperaba quizá algo más truculenta, supongo que por haber visitado ya Dachau y Sachsenhausen. Claro que no es lo mismo visitar una exposición que un campo en sí donde se puede entrar a las cámaras de gas, ver los crematorios, los barracones llenos de literas, las enfermerías… En el campo sientes la atmósfera, el frío de las instalaciones, incluso el olor. Obviamente es una visita más impactante. En esta muestra se pretende más hacer una labor informativa y didáctica que deje un poso de reflexión sin caer en imágenes cruentas ni morbosas.

El recorrido siguiendo el orden cronológico me parece muy apropiado y en general está muy bien estructurada intercalando mapas con fotografías, explicaciones, objetos expuestos en vitrinas (o sin ellas, como una parte de la alambrada, un barracón o el vagón de la entrada) y testimonios de los supervivientes.

Algunas informaciones ya las hemos leído o visto en películas y/o documentales; sin embargo recoge algunos aspectos no tan conocidos. Por ejemplo me sorprendió el juego de mesa Juden raus! que se comercializaba como un “juego para toda la familia extraordinariamente divertido y muy actual” y que consistía en expulsar a los judíos del tablero de juego que simbolizaba la ciudad. Así, cada jugador contaba con un policía y tenía que conseguir que su ficha cayera en las casillas marcadas como negocio judío para así apresar a un judío y llevarlo extramuros.

En el tablero puede leerse en alemán “¡Tira bien los dados para apresar muchos judíos!” y “¡Si consigues expulsar a seis judíos, serás el vencedor indiscutible!” Abajo a la derecha se puede leer también “¡A Palestina!”

Lo peor es que el supuesto juego no fue propaganda nazi, sino que se le ocurrió a la compañía alemana de juguetes Günther and Co. Tremendo adoctrinamiento en el odio.

La exhibición plantea más preguntas que respuestas, ya que la teoría de que hay que aprender de la historia para no repetirla en realidad parece no ser efectiva. Aquí estamos, un siglo después del nacimiento del NSPD y parece que se está repitiendo todo: la crisis económica, las guerras por religión o territorio, el ascenso de la ultraderecha…

Incluso con las pruebas, los documentos y los relatos de los supervivientes (que cada vez quedan menos) hoy en día se pone en tela de juicio el Holocausto y hay quien habla de montaje. Por no hablar del daño que ha hecho Hollywood tergiversando el final de la II Guerra Mundial y la derrota de los nazis (como publicaba http://www.les-crises.fr).

Pero incluso ahora que nos horrorizamos con aquel capítulo oscuro de nuestra historia reciente, hacinamos a refugiados en campamentos en condiciones infrahumanas. O los dejamos morir en el Mediterráneo. Nos llamamos sociedad avanzada, civilizada,Primer Mundo, pero en realidad no hemos dado muchos pasos adelante al respecto y mientras miramos para otro lado somos igual de cómplices que aquellos alemanes que no se preguntaban adónde llevaban a sus vecinos judíos. Podremos decir mucho Nie wieder (nunca más), pero lo cierto es que se está poniendo un siglo XXI que parece un calco del XX.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 4 IV: Recorriendo Toronto III: Subida a la CN Tower

Llegamos a la CN Tower a las 8 de la tarde, cuando ya estaba atardeciendo, por lo que apenas nos paramos ni en las letras luminosas de que forman Canadá, ni en las del nombre de la torre. Lo principal era sacar las entradas y subir antes de que se hiciera completamente de noche.

La CN Tower es el principal símbolo de la ciudad y atrae a unos 2 millones de visitantes al año. Construida en hormigón armado, mide 553 metros y pesa 130.000 toneladas.

La idea de erigir una torre des estas características nació a finales de los años 60 porque los rascacielos no paraban de crecer y hacía falta un edificio más alto que los evitara. En aquella época las torres de TV se convirtieron en las referencias de las ciudades. En un principio el plan inicial consistía en 3 torres conectadas por un puente, pero no convenció a los inversores.

Las obras de la cabeza de la torre comenzaron en agosto de 1974. Primero se creó el suelo y después se alzó con gatos hidráulicos. Las 44 piezas de la antena tuvieron que ser transportadas con un helicóptero de la armada estadounidense. Finalmente, la última pieza se colocó el 2 de abril de 1975. Iba a tener 522 metros de altura, sin embargo, los contratistas cambiaron los planes sobre la marcha para que fuera la más alta del mundo y llegó hasta los 553,33. Durante muchos años fue la torre más alta del mundo, hoy ocupa el quinto lugar tras el Burj Khalifa, el Tokyo Sky Tree, la Torre de TV de Cantón y el Makkah Royal Clock Tower Hotel.

Se llama CN porque fue construida por la Canadian National Railway, aunque las siglas también se corresponden con su nombre actual: Canada’s National Tower.

Para llegar a la parte superior hay que tomar un ascensor que sube a una velocidad de 6,11 metros/segundo y una vez arriba permite unas vistas 360º de la ciudad. La entrada no tiene hora límite, por lo que pensábamos aprovechar al máximo el par de horas que quedaban hasta el cierre.

La visita a la torre tiene varias opciones. En primer lugar el LookOut level, el mirador, que se encuentra a 346 metros de altura. La entrada a este nivel cuesta 38$ y permite observar la ciudad y el Lago Ontario a través de unas cristaleras. Aquí también está el 360Restaurant. Por otro lado, por 53$ se puede acceder además al Skypod, a 447 metros, desde donde dicen que en días buenos se pueden ver hasta las Cataratas del Niágara. En principio nosotros pensábamos subir tan solo al primer nivel, sin embargo, estaban de obras y una parte se encontraba cerrada, por lo que, en su lugar, permitían subir al siguiente por el mismo precio.

Además, hay una atracción para los más valientes, el Edge Walk, que permite andar por la cornisa del edificio sujeto tan solo con un arnés. El guía acompaña al grupo durante el recorrido e insta a los participantes a dejarse caer hacia delante y hacia atrás e incluso soltar las manos. Es para mayores de 13 años y cuesta 225$.

Como decía, nosotros nos quedamos con la admisión general, que en este caso incluía los dos niveles interiores. El primero nos permitía un recorrido de unos 180º en el que veíamos el distrito financiero, el Lago Ontario con las islas y la zona del Old Toronto. Quedaba tapada sin embargo la parte norte de la ciudad.

En este primer nivel de ventanales hay además en el centro de la cabeza de la torre un suelo de cristal similar al de la Torre Eiffel que permite ver la base y la cúpula del acuario.

Después de la Torre Willis en Chicago, aquello no era nada.

Subimos al segundo nivel y la verdad es que me decepcionó un poco. Sí que es cierto que pudimos ver la parte que no conseguimos ver más abajo, pero no muy bien, la verdad. Está cubierto por unas rejas que apenas dejan ver bien la ciudad y además comenzó la iluminación nocturna, con lo que llamaba más a la vista el primer plano que el fondo. Desde luego, porque la entrada lo incluía, si no, no merece la pena pagar ese extra.

Ni por lo que se ve, ni por la cola que hay que esperar después para bajar. Creo que tardamos más en la fila para montar en el ascensor que en dar la vuelta completa al perímetro. Eso sí, la bajada de noche tiene su aquel.

Para cuando quisimos salir ya eran más de las 21:30 de la noche y las luces en las que no nos habíamos podido detener a la llegada destacaban más, pues ahora la iluminación se veía en todo su esplendor.

Tampoco nos entretuvimos mucho, pues estábamos cansados y había hambre, así que nos volvimos al apartamento pensando antes en qué queríamos cenar. Como nuestro barrio estaba plagado de locales fuimos echando un ojo a ver qué nos llamaba la atención y finalmente nos decidimos por unas hamburguesas en una cadena local, A&W.

Nos lo llevamos a casa y allí tranquilamente nos sentamos a comer tras un largo día en el que nos habíamos metido una buena paliza y con alguna decepción.

Dos elegimos hamburguesa, mientras que otros dos se decantaron por unos wraps. Para compartir pedimos unos aros de cebolla (bien contundentes) y boniato frito. Todo ello por 39,5$. Después del trajín del día y del picoteo intermitente, sentó bien hacer una comida sentados antes de irnos a dormir para reponer fuerzas para un día que no sabíamos cómo iba a amanecer, pues la tormenta se acercaba.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 4 III: Recorriendo Toronto II: Old Toronto

Dejando atrás el Graffiti Alley salimos a una de las calles principales, la Queen Street. En todo este tramo conocido como Queen West abundan las tiendas de ropa (tanto de marcas conocidas como de otras más alternativas), de antigüedades, bares, cafeterías, clubes nocturnos los locales de música, de artes visuales, de tatuajes, peluquerías, e incluso de hierba. Porque sí, Toronto huele a porro.

Aunque la legalización de la Marihuana se aprobó en junio de 2018 (faltaba mes y medio para ello aún), ya desde noviembre de 2017 en Ontario se permitía su venta. Eso sí, en las OCS (Ontario Cannabis Store), unas tiendas oficiales contra las que claman otras locales como la de la imagen porque no deja de ser un monopolio. Esta ley era una de las promesas del Primer Ministro Justin Trudeau, y pretende que, al quedar en manos del Estado, no esté al alcance de los menores y que el crimen organizado no se lucre con su producción y venta.

Volviendo a la Queen Street, esta calle no siembre se ha llamado así. Durante sus primeros sesenta años muchos tramos se conocían como Lot Street, fue en 1837 cuando se le cambió el nombre en honor a la Reina Victoria.

A lo largo de la calle nacen diferentes barrios que en origen fueron asentamientos de grupos étnicos o nacionalidades. Por ejemplo, a mediados del siglo XIX en la zona entre Queen Street West y Bathurst Street se mudaron los irlandeses; entre 1890 y 1930 llegaron los judíos a los aledaños de donde se encuentra la Universidad; en el cruce con Bay Street se desarrolló en la década de los 30 un barrio chino, también llegaron polacos y ucranianos y entre 1950 y 1970 portugueses. En las últimas décadas sin embargo, la zona se ha revalorizado debido a su ambiente alternativo y muchos residentes se han ido mudando a las afueras por los precios prohibitivos de los alquileres.

Ya en el cruce con John Street va dejándose ver en la distancia la CN Tower, como junto a la sede de Bell Media, desde donde operan canales de televisión como la CTV.

En el cruce con la University Avenue nos encontramos con la Campbell House, una casa construida en 1822 para el presidente del Tribunal Supremo de Canadá, Sir William Campbell, y su mujer Hannah. Hoy convertida en museo, es uno de los escasos ejemplos que han llegado hasta el presente de la arquitectura georgiana en Toronto.

Originalmente no se encontraba en esta ubicación, sino en lo que ahora es la intersección de las calles Adelaide y Frederick. Tras la muerte de los dueños, fue subastada y pasó por diferentes propietarios, pero siempre como residencia privada hasta finales del siglo XX, cuando se convirtió en espacio de oficinas y fábrica. En 1972 la empresa dueña de la propiedad, la Coutts-Hallmark Greeting Cards Company quiso demolerla para ampliar su aparcamiento, pero la asociación Advocates Society lanzó una campaña para salvarla y fue entonces cuando se trasladó al actual emplazamiento junto al edificio Canada Life. Fue inaugurada tras su restauración el 1 de abril de 1972 por la Reina Madre.

En el bulevar que discurre entre ambos sentidos de la University Avenue y frente al edificio de la Canada Life, se erige el South African War Memorial, un monumento conmemorativo de la participación de Canadá (entre 6000 y 8000 canadienses se ofrecieron voluntarios para luchar por Gran Bretaña contra los Afrikaners) en la Guerra Boer (1899 – 1902).

Consta de una columna de granito coronada por una figura alada realizada en bronce que sostiene una corona de oro y representa a Gran Bretaña. A sus pies tiene otro conjunto de estatuas que simbolizan los soldados canadienses.

Dejamos atrás la Queen Street y atravesamos entre los juzgados y el Osgoode Hall, el lugar en que se encontraban las armerías de la universidad entre 1891 y 1963, cuando fueron finalmente demolidas. Fue donde se entrenaron miles de voluntarios que lucharon en las guerras de Suráfrica, Corea así como las dos mundiales.

Nos encontramos con un grupo escultórico bien significativo donado por la Asociación de Abogados de Toronto en la celebración del 125 aniversario de su fundación en 1885. Por un lado tenemos la Carta Canadiense de Derechos y Libertades.

Queda simbolizada por dos libros, uno tumbado y otro de pie, en cuyo lomo reza en inglés y francés “La prioridad de la Ley es un reflejo de todos nosotros”. Esta carta garantiza, como libertad fundamental, que todo el mundo tiene la libertad de pensamiento, credo, opinión y expresión.

Así, junto a esta escultura se hallan otras dos enfrentadas que representan la Libertad de Expresión y de Religión. La Libertad de Expresión está representada por una mujer que, con unos papeles en su mano izquierda, parece estar dirigiéndose a una multitud.

Por otro lado, la Libertad de Religión es un hombre que porta en lo alto una esfera en la que se reflejan los símbolos de las principales religiones del mundo.

Más adelante, junto al Palacio de Justicia de Ontario, se halla otro monumento relacionado con las leyes, se trata de la estatua Equal Before The Law (Igualdad ante la Ley).

Se trata de una tabla en cuyos extremos se sitúan un león y un cordero. Aunque el primero es más grande y más pesado que el segundo, la tabla balanza está equilibrada simbolizando que todos somos iguales ante la justicia, que independientemente del poder o la debilidad de uno u otro, la ley tratará a ambos por igual.

El texto que aparece en la base tanto en francés como en inglés se corresponde con una frase de la Carta Canadiense de Derechos y Libertades.

Enfrente se halla el Churchill Memorial, un espacio dedicado al político británico del partido conservador. Se trata de una estatua del Primer Ministro en su pose más recordada y alrededor una serie de paneles en la que se relatan datos de su vida. Por supuesto desde un punto de vista bastante ensalzador, ya que se trata de una donación de la Sociedad Internacional de Churchill.

Detrás hay otro pequeño monumento, el de la Peace Through Valor (La paz gracias al valor).

La escultura conmemora a los 93.000 soldados canadienses que participaron en la campaña italiana de la II Guerra Mundial. Hace referencia a la batalla de 1943 en la que las Fuerzas Canadienses consiguieron liberar la ciudad de Ortona de la Alemania nazi.

Fue donada por la comunidad italo-canadiense y representa en un mapa 3D las secuelas que dejó la guerra en la ciudad italiana tras la batalla. En cada una de sus esquinas se erige vigilante un soldado canadiense.

No es muy alta para que se pueda visualizar bien desde arriba.

Seguimos con nuestro paseo hasta Nathan Phillips Square, que con un área de 4,85 hectáreas es la plaza más grande de Canadá. Fue inaugurada en 1965 en honor al que fuera alcalde de Toronto de 1955 a 1962.

Se construyó en un área que había formado parte del barrio en el que se habían asentado los inmigrantes llegados entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX. Para ello se expropiaron y demolieron casas, tiendas y restaurantes en la década de los 50.

Fue concebida como un gran ágora donde conviviera la vida política y pública de la ciudad, con un concepto de espacio abierto del que pudieran disponer los ciudadanos. Así, a lo largo de todo el año acoge conciertos, muestras de arte, el mercado semanal de agricultores, el festival de luces de invierno, la fiesta de fin de año y otros eventos públicos, incluidos mítines y manifestaciones, pues es donde se erige el Ayuntamiento.  Además, en ella se encuentra un estanque que en los meses de invierno se convierte en una pista de patinaje sobre hielo, el Jardín de la Paz (como recuerdo al bombardeo de Hiroshima), un escenario permanente y varias esculturas.

El estanque (que encontramos vacío) queda encuadrado bajo tres arcos de hormigón conocidos como los Freedom Arches. Fueron colocados en 1989 para conmemorar a aquellos que lucharon para obtener o defender la libertad.

Junto a él se alza el cartel iluminado con las letras de Toronto. Fue instalado durante los Juegos Panamericanos de 2015 y se pensaba reubicar a finales de año, tras la celebración. Sin embargo, gustó tanto a locales y a turistas que se decidió que se mantuviera en el lugar.

Tras las letras se erige el rascacielos del Toronto City Hall, la sede del ayuntamiento de Toronto. De estilo modernista, es el cuarto ayuntamiento de la ciudad. Nació de la necesidad de albergar el creciente gobierno municipal de la década de los 40. Para elegir el diseño se llevó a cabo un concurso internacional en el que participaron arquitectos de 42 países. Finalmente fue seleccionado el del finlandés Viljo Revell, quien murió antes de que estuviera terminado.

La base del edificio es rectangular y cuenta con dos torres curvas que se elevan a diferentes alturas: una de ellas mide casi 100 metros y cuenta con 27 plantas mientras que la otra se alza hasta los 80 y tiene 20 pisos. Entre ambas se encuentra la cámara del consejo, que tiene forma de platillo, algo que no gustó en el momento de la inauguración, ya que se consideraba demasiado futurista. Supongo que por recordar a un ovni.

El ayuntamiento al que sustituyó es el que se encuentra tras los arcos del estanque. Sirvió como sede municipal entre 1899 y 1965. Actualmente acoge las Cortes Judiciales municipales de Toronto.

La plaza fue renovada en 2014, momento en que se aprovechó para añadir una terraza en la azotea, un restaurante con comedor en la terraza, un pabellón de información turística de cristal, un escenario bajo un techo acristalado, el paisajismo que enmarca el perímetro… También se renovó el Jardín de la Paz y se añadió la llama eterna y el estanque.

Se aprovecharon las obras para hacerla además más sostenible. Así, se mejoró el suelo para la plantación de árboles, se renovó el entorno peatonal, se creó una estación ciclista y se rediseñó el control de luces para que fuera más eficiente energéticamente.

Y de plaza a plaza, ya que abandonamos la Nathan Phillips para dirigirnos a la Dundas Square.

Vendría a ser como el Times Square de Nueva York o Piccadilly Circus en Londres. Una pequeña plaza rodeada de tiendas, centros comerciales, llamativos carteles publicitarios y enormes pantallas de televisión.

Fue concebida en 1997 como parte de la revitalización del cruce Yonge-Dundas y se finalizó en 2002. Desde entonces ha acogido numerosos eventos públicos, espectáculos y muestras de arte y se ha establecido como uno de los puntos de referencia y una de las principales atracciones turísticas de la ciudad. Al parecer es la intersección más activa de todo Canadá, aunque a mí no me pareció para tanto, la verdad. Sí que había actividad, pero no era Sol en Navidades.

En uno de los laterales de la plaza hay una serie de fuentes. En concreto se trata de dos filas de diez fuentes que fueron diseñadas para interaccionar con ellas. Los 600 chorros están programados para ir cambiando cada poco tiempo. Suelen funcionar las 24 horas al día desde mediados de abril hasta finales de octubre.

Alrededor de la plaza podemos encontrar el edificio Citytv, una torre de medios, unos cines o el Toronto Eaton Center, el principal centro comercial de Toronto y uno de los más grandes y famosos del mundo.

Estaba atardeciendo y aún nos quedaban cosas por ver, por lo que seguimos dirección a la Basílica Catedral de San Miguel, una de las iglesias más antiguas de la ciudad.

Comenzó a construirse en 1845 gracias sobre todo a la financiación de inmigrantes irlandeses que residían en la zona. Sigue un estilo gótico siglo XIII o XIV, aunque está simplificada y no cuenta con arbotantes o bóvedas de crucería. Asimismo, tampoco tiene la típica forma de cruz de la mayoría de las catedrales góticas medievales. Cuenta con una torre de unos 80 metros coronada por una gran aguja de hierro que fue construida entre 1865 y 1867.

El interior de la catedral está diseñado para crear 5 espacios designados: un vestíbulo, un balcón, un pasillo central, un pasillo a la izquierda y un pasillo a la derecha. Sin embargo, no pudimos entrar porque estaba en obras.

Y de una iglesia a otra, pues la Metropolitan United Church está muy cerca de la anterior.

Mientras que la Catedral de San Miguel es católica, esta pertenece a la Iglesia Unida de Canadá que incluye a los metodistas, presbiterianos y congregacionalistas. Fue construida en 1872 y su servicio inaugural tuvo lugar en 1874.

En 1928 casi acaba reducida a cenizas por el fuego. Gracias a las donaciones de la familia metodista Massey se reconstruyó rápidamente manteniendo el mismo diseño.

Destaca su torre de 54 campanas. En un principio contaba con 23 campanas que Chester D. Massey dedicó a su mujer. Así, tienen grabada la inscripción  “Que el espíritu del Señor llegue al corazón de todos allá donde se escuche el sonido de estas campanas”. En 1960 Charles W. Drury y su esposa donaron doce campanas más pequeñas y en 1971 fue cuando alcanzó el número actual.

Parece ser que es una iglesia progresista y que colabora activamente con la comunidad LGTBI de Toronto.

Y no hay dos sin tres. Casi en un tres en raya tenemos el tercer edificio religioso. En la intersección de Church con Adelaide se erige la Catedral de St. James, anglicana.

Fue construida entre 1850 y 1853 en estilo neogótico. Aunque ya en 1797 se estableció una parroquia en el entonces pueblo de York. En 1807 se levantó la primera iglesia de madera y en 1818 se amplió añadiéndole además un campanario. En 1833 se derribó la estructura de madera y en su lugar se construyó una de piedra en estilo neoclásico que acabó incendiándose en 1839. Tuvo que ser reconstruida y cuando volvió a abrir lo hizo ya como catedral. En 1849 quedó destruida en el primer Gran Incendio de Toronto  y tras un concurso fue finalmente cuando se erigió la que vemos hoy en día.

Al menos lo que es la estructura, ya que hasta 1873-1874 no fueron completados la torre y la aguja, los transeptos y los pináculos así como los remates. Se convirtió entonces en el edificio más alto de Canadá y era lo primero que veían los inmigrantes cuando llegaban en tren a la antigua Union Station.

La torre y la aguja con sus 93 metros han permanecido como las más altas de Canadá y las segundas más altas de América del Norte después de la Catedral de San Patricio en Nueva York.

Prácticamente enfrente se halla el St Lawrence Market, un mercado que tiene 200 años de antigüedad y que tiene la fama de ser uno de los mejores y más completos mercados de alimentos del mundo. Sin embargo, la luz seguía bajando y se nos hacía tarde. Como al día siguiente amenazaba lluvia, pasamos de largo y lo dejamos para un momento en que no pudiéramos estar en exteriores.

Continuamos entonces por la Wellington Street, una calle llena de locales de venta autorizada de alcohol, bares, pubs y restaurantes hasta el Gooderham Building.

Este histórico edificio de oficinas también es conocido como Flatiron Building. Construido en 1892 con ladrillos rojos destaca sobre el resto de rascacielos del distrito financiero que se intuyen tras de él, incluida la CN Tower.

Fue diseñado por el arquitecto David Roberts, Jr para el destilador George Gooderham Sr., hijo de William Gooderham, fundador de la destilería Gooderham and Worts. Fue la oficina de la destilería hasta 1952. La familia lo vendió cinco años más tarde y tras pasar por varios propietarios hoy está administrado por The Commercial Realty Group.

En su parte trasera, más ancha, esconde un curioso mural que se puede ver desde el Berczy Park, un parque que lleva el nombre de William Berczy, arquitecto y topógrafo, que trabajó con John Graves Simcoe en la fundación de York. Fue inaugurado en 1980 ocupando el lugar que previamente era un aparcamiento.

En 2015 se renovó plantando más árboles y reemplazando la fuente original por una más grande que consta de dos niveles e incorpora 28 esculturas (27 perros y 1 gato). Mientras que los perros miran hacia un gran hueso en lo alto de la fuente, el gato sigue la pista a dos pájaros posados en una barra de la  farola que está detrás de la fuente (hay un segundo gato encaramado en una caja eléctrica en la esquina suroeste del parque).

Por la época que era se encontraba apagada, pero cuando está en funcionamiento brota agua de la boca de cada perro. Además, a ras de suelo tiene un canal que proporciona agua potable a los perros de verdad y en un extremo de la plaza hay un arenero para que hagan sus necesidades.

Seguimos dirigiéndonos hacia la zona financiera. En la manzana de Front, Wellington y Yonge nos encontramos el Hall of Fame, un museo y salón de la fama de la historia del hockey sobre hielo, uno de los deportes estrella de Canadá.

Hicimos una última parada en el Toronto Dominion Centre, un complejo de edificios que alberga entre ellos el Toronto-Dominion Bank. También conocido como TD fue proyectado por el arquitecto Ludwig Mies van der Rohe (el mismo del Federal Centre de Chicago) y consta de seis torres revestidas en cristal tintado de color bronce y acero negro.

La mayor atracción es, sin embargo, que si te posicionas bien, puedes ver la CN Tower entre los edificios de la plaza.

Y hacia allá que nos dirigimos.

Aprendiendo fotografía: El triángulo de la luz I

Cuando se planteó el dilema de cambiar de cámara compacta a una reflex, lo primero sobre lo que me mentalicé (entre muchas más cosas) es que tenía que aprender algo de fotografía. Porque, ¿para qué quieres una cámara con tantas opciones si luego vas a usar el modo automático o los predefinidos como en una compacta? No parece tener mucho sentido. Pero claro, meterse de lleno en un modo manual me parecía un mundo, así que tomé el camino del medio: los modos semimanuales. Ahora bien, ¿cuál uso? Pues ahí estaba la primera lección que tenía que aprender: el triángulo de la luz.

Empecemos como el principio, como buena novata.

El triángulo de la luz está compuesto por tres elementos interrelacionados entre sí: la apertura del diafragma, la velocidad de obturación y la ISO. Cualquier cambio en uno de los tres factores, afecta a los otros dos, por lo que hay que tener cuidado a la hora de elegir los parámetros. Para que el asunto no sea tan complicado, la cámara nos permite elegir un modo semimanual, como comentaba más arriba. Así, podemos centrarnos en uno de los tres y dejar a la máquina que compense los otros dos.

De esta forma, si giramos la ruleta al modo A (en una nikon), controlaremos la Apertura del diafragma, el primer factor del triángulo.

El diafragma funciona similar al iris del ojo, por lo que a mayor diámetro (cuanto más abierto esté), más luz entrará. Hasta ahí todo bastante claro y sencillo. Sin embargo, a la hora de elegir el valor, me costaba entenderlo y lo que realmente me ayudaba era ver que en la cámara, cuando me movía entre las opciones, a medida que variaba la cifra, también iba abriéndose o cerrándose el objetivo. Es decir, no me fijaba en los números. Y es que el valor de apertura se mide en f/, y cuanto más bajo sea dicho número que lo acompaña, más luz entrará.

Después, a medida que me he ido familiarizando con la cámara, también lo he hecho con el la escala. Podríamos decir que sigue el siguiente patrón “estándar”: f/1, f/2, f/4, f/8, f/16, f/32, etc. y se calcula dividiendo entre dos la cantidad de luz que entra a través del objetivo (f/8 en realidad sería 1/8). Por eso f/1 es abierto y a medida que aumentan los números, se va cerrando. Ahora parece obvio, claro.

Sin embargo, ahí no queda la cosa, pues además de estos pasos enteros “estándar”, también hay unos intermedios no universales (f/1.4, f/2.8, f/5.6, f/11, f/22, etc.) que también van dividiendo entre dos el valor anterior y se incorporaron con el tiempo a medida que el mundo de la fotografía ha ido evolucionando.

Este rango de valores (tanto los enteros como los intermedios) no va a venir determinado por la cámara, sino por la luminosidad del objetivo, que es donde está el diafragma. Y normalmente las lentes fijas suelen ser más luminosas que las zoom. Por ejemplo, si comparamos el 18-55mm que venía con la cámara (ese que los profesionales llaman el “pisapapeles” pero que hace el apaño cuando eres principiante) con el 50mm, vemos que cada uno tiene unos valores sobreimpresos diferentes.

Por un lado en el zoom podemos leer 18-55mm 1:3.5-5.6, lo que quiere decir que su apertura máxima dependerá de si estamos en 18mm o 50mm. Esto es, en los 18 será de f/3.5, mientras que en los 50 lo será de f/5.6.

Por su parte, en el 50mm figura 1:1.8, lo que significa que su valor máximo es f/1.8.

Así, comparando ambos, comprobamos el objetivo fijo es más luminoso que el zoom, ya que f/1.8 significa una mayor apertura de diafragma que f/3.5 (en su mejor caso). Este valor no solo sirve para comparar lentes de diferente focal, sino incluso para comparar aquellas que son de un mismo rango.

Una vez claro el concepto y el rango de apertura que nos permite el objetivo en cuestión, podemos comprender cómo jugar con la profundidad de campo, un concepto estrechamente relacionado con la apertura del diafragma. Y es que a medida que la apertura sea mayor (f/pequeño), menor profundidad habrá. Es decir, la imagen resultará enfocada en un primer plano, pero se irá difuminando en la lejanía. Yo esto lo entendí claro a la inversa: cuanto menor sea la apertura, mayor distancia de enfoque. Cualquier miope sabe que sin gafas enfoca mejor achinando los ojos.

Así, no solo elegiremos el f/x en función de la luz que queramos que entre, sino también según el tipo de fotografía que estemos realizando. Es decir, no será lo mismo un retrato en el que lo que pretendemos es focalizarnos en la persona, que un paisaje, donde lo que queremos es algo más general. No obstante, aunque la profundidad de campo depende en gran medida de la apertura del diafragma, también lo hace de otras dos variables: la distancia focal (las dioptrías de la lente) y la distancia con respecto a lo que estamos fotografiando (no es lo mismo situarse a dos metros del sujeto a fotografiar que a dos centímetros).

Es lo complicado de la fotografía, que todo está interrelacionado y hay que asimilar conceptos para entender cómo influyen unos en otros. En próximas entradas conoceremos la velocidad de obturación y la ISO.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 4 II: Recorriendo Toronto: Graffiti Alley

Llegamos a las 16:30 al apartamento, descargamos y nos ubicamos. Al igual que en Chicago habíamos elegido un apartamento de dos habitaciones. Este tenía una distribución algo más extraña, ya que estaba en la planta superior de un edificio, como si fuera una única vivienda dividida en dos. No obstante, nos servía para nuestra estancia.

Contábamos con una amplia cocina y una buena mesa equipada con grandes y pequeños electrodomésticos (teníamos por ejemplo cafetera, tostadora y calentador de agua) e incluso nos habían dejado café, leche y tes. Además, el piso tenía un espacioso baño y dos habitaciones.

Uno de los dormitorios contaba con cama, y otra con sofá cama. Lo que no teníamos era salón (de ahí lo que comentaba que parecía una división de una misma casa junto con otras plantas) y la televisión estaba en el dormitorio principal.

Tras acomodar las maletas y refrescarnos, salimos a recorrer Toronto, la capital de Ontario (que no de Canadá) y la ciudad más grande del país además de ser su centro financiero.

Cuenta con una extensión de norte a sur de 21 km y de este a oeste de 43 km  y está rodeada por lagos. Geográficamente, se encuentra en un lugar estratégico a pocos kilómetros en coche de Estados Unidos. Buffalo (perteneciente al estado de Nueva York) está a menos de dos horas; la misma Nueva York a menos de diez y Detroit, antigua capital de automóvil, a sólo cuatro horas. Y desde allí no queda tan lejos Chicago.

Está considerada como una de las mejores ciudades del mundo para vivir, gracias a su bajo índice de criminalidad (a pesar del misógino Incel que mató a 10 personas apenas una semana antes de irnos), su alto nivel de vida y el cuidado hacia el Medio Ambiente (muy concienciados con respecto al reciclaje, el uso del transporte público, de la bicicleta y con espacios destinados para huertos).

El origen y el significado del nombre de la ciudad no está claro hoy en día. Parece que proviene de la palabra hurona “toran-ten” (lugar de encuentro), pero también hay quien cree que ha derivado de “tkaronto”, la palabra que usaban los indios mohawk para referirse al lago y que significa donde los árboles se yerguen sobre el agua.

Como ya hemos visto antes, los primeros europeos en explorar la región fueron franceses. En 1750 fundaron Fort Rouillé, pero lo abandonaron 9 años más tarde. Después, durante la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos, la región recibió una afluencia de colonos británicos leales al Imperio británico que escapaban a tierras sin colonizar al norte del Lago Ontario.

En 1793 John Graves Simcoe estableció en la ciudad de York la capitalidad del Alto Canadá, creyendo que la nueva ubicación sería menos vulnerable a los ataques de los estadounidenses.​ Fort York se construyó en la entrada del puerto natural de la ciudad, protegido por una larga franja de arena.

En 1813, como parte de la guerra de 1812, la Batalla de York se saldó con la captura de la ciudad y el saqueo de ésta por parte de las fuerzas estadounidenses.​ Los soldados estadounidenses destruyeron gran parte de Fort York y prendieron fuego a los edificios del parlamento durante los cinco días de la ocupación. Los canadienses como respuesta atacaron la Casa Blanca (que era rosa por aquel entonces) incendiándola. Al pintarla, lo hicieron de blanco.

York fue incorporada a la ciudad de Toronto el 6 de marzo de 1834 lo que hizo que se recuperara su nombre nativo original. La población entonces era de 9.000 habitantes, aunque los esclavos afroamericanos estaban excluidos de este censo. El político reformista William Lyon Mackenzie se convirtió en el primer alcalde de Toronto e intentó en 1837, sin éxito, rebelarse contra el gobierno colonial británico.

La ciudad creció rápidamente durante el resto del siglo XIX gracias a la llegada de inmigrantes. Su mayor grupo étnico fue el irlandés, que llegó entre 1846 y 1849 huyendo de la Gran Hambruna. En aquellos momentos (desde 1849 a 1852) Toronto acogió la capitalidad del país como consecuencia de los disturbios en Montreal, y de nuevo entre 1856 y 1858. Después pasó a Quebec, que lo fue hasta 1866, un año antes de que finalmente se le otorgara a Ottawa.

Fue en este siglo cuando también se mejoraron los servicios de la ciudad. Por un lado se trazó el sistema de alcantarillado, por otro, la iluminación de las calles con gas se volvió regular. Además,  se construyeron varias líneas de ferrocarril de larga distancia, lo que facilitó el comercio y la llegada de inmigrantes.

Este progreso se vio levemente frenado en 1904 cuando el Gran Incendio destruyó una gran parte del centro de Toronto. Rápidamente se volvió a construir, eso sí, con nuevas leyes de seguridad contra incendios más estrictas.

A finales de siglo la ciudad recibió nuevas olas de inmigrantes, sobre todo alemanes, italianos y judíos. Más tarde les siguieron chinos, rusos, polacos y varios grupos de otras naciones de Europa oriental. En el siglo XX, tras la II Guerra Mundial fueron refugiados europeos y chinos sin medios económicos, al igual que un buen número de trabajadores de la construcción (sobre todo italianos y portugueses) los que se asentaron en Toronto. La población continuó creciendo y en la década de los años 80 Toronto ya superaba a Montreal como ciudad más habitada de Canadá. Además, se convirtió en el principal centro económico del país gracias al descubrimiento de grandes yacimientos en la provincia, a la potente industria automovilística y a la inauguración del Canal de San Lorenzo, que hizo de Toronto un importante centro portuario al servir de conexión entre el océano Atlántico y los Grandes Lagos.

Con esta acogida de inmigrantes de los últimos siglos, hoy Toronto es una de las ciudades con mayor diversidad étnica de Canadá. Su población es muy cosmopolita e internacional, de hecho, es la ciudad del mundo con el porcentaje más alto de residentes no nacidos en el propio país (alrededor de un 49%).

En total, la ciudad tiene más de 150 grupos étnicos que hablan más de 100 idiomas. Sobre todo predominan los de ascendencia inglesa, escocesa e irlandesa. Pero también cuenta con una comunidad en crecimiento de caribeños, hispanoamericanos, brasileños, africanos y provenientes del sureste Asiático.

Como es lógico, este crisol de culturas hace que, aunque el idioma predominante en la ciudad sea el inglés, también se puede oír por sus calles francés, italiano (tiene más hablantes de italiano que cualquier otra ciudad fuera de Italia), español, chino, portugués, panyabí, tagalo o hindi. Así, el teléfono de emergencias de Toronto está preparado para atender en 150 lenguas diferentes. Además, Toronto es una ciudad joven, donde aproximadamente un 54% de su población es menor de 35 años.

Nada más salir a la calle sí que notamos ese aire juvenil, quizá también por el barrio en el que estábamos, justo al lado de la Graffiti Alley, nuestra primera parada.

Se trata de un callejón de aproximadamente un kilómetro que comienza en Rush Lane y que hace unos años se llenó de graffitis gracias al evento Style in Progress en el que se permitía pintar las paredes durante 24 horas. Hoy en día se renuevan los dibujos, pero ha de pedir permiso al dueño del local.

Pero este arte callejero no es único de esta calle, sino que en la ciudad existe el StreetARToronto, un programa que pretende apoyar y promover el arte callejero como un elemento más de los barrios. Permite poner en contacto a propietarios locales que quieren decorar sus fachadas y a artistas del spray. Como los grafitteros se respetan entre sí, hay menos probabilidades de que le dañen la fachada si ya tiene un trabajo encargado. Además, ese mural quedará recogido como arte callejero y no será limpiado por el ayuntamiento.

A lo largo del paseo se pueden ver muchos graffitis, aunque no todos tienen la misma calidad, claro. Algunos están muy bien hechos. Son coloridos y detallistas. Otros son una firma o alguna simbología y están menos desarrollados.

Destacan artistas como Uber5000, Elicser, Poser, Skam o Spud. Al primero parecen gustarle los pollos amarillos/naranjas, los podemos ver en diferentes situaciones, como montando en coche o practicando hockey sobre patines.

También junto a  esta imagen de la cantante y compositora, Nellie McKay.

Hace referencia a la siguiente canción:

Frente a ella encontramos uno que me impresionó, pues decora todo el edificio. En una de sus fachadas hay una especie de collage de Toronto, y las restantes conforman un paisaje marino.

Como curiosidad, es en el Graffiti Alley donde se encuentra el piso de Félix, el hermano de Sarah en Orphan Black. Sin duda un lugar perfecto para un artista del pincel como él.

Al final de la calle llegamos a la Avenida Spadina, y tomando Queen Street, la paralela al Graffiti Alley, seguimos con nuestro paseo. Esta calle se extiende hacia el este hasta Yonge Street, donde nace el centro histórico de Toronto. Nos metemos de lleno en la vida torontiana.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 4: Cataratas del Niágara y Whirlpool Aero Car

Llegamos a las 10:30 de la mañana y ya había bastante gente, así que, para no entretenernos mucho, dejamos el coche en el aparcamiento de pago ($5 el día). Cogimos mochilas y cámaras y nos pusimos en marcha para ver uno de los espectáculos naturales más visitados del mundo.

Nada más acercarnos al paseo que sigue el cauce del río, encontramos la Horseshoe Waterfall, una catarata que mide de 54 a 58 metros de alto. Su ancho varía dependiendo desde dónde se tomen las medidas, de la temporada del año, de las condiciones del clima y de la cantidad de agua que permitan las compuertas.

Los Grandes Lagos dependen de las precipitaciones, lo que acaba afectando al caudal que circula desde el Lago Erie al río Niágara. Sin embargo, desde 1910 los niveles son regulados por una Comisión Internacional (conjunta de EEUU y Canadá) que establece que durante las horas de luz de la temporada turística (de 8 a 22 horas del 1 de abril al 15 de septiembre y de 8 a 20 desde el 16 de septiembre al 31 de octubre) el cauce del río no debe ser inferior a 2832 metros cúbicos por segundo. El resto del año no puede ser inferior a 1416.

En realidad, las Cataratas del Niágara quedan divididas en dos saltos con la Goat Island (Isla de la Cabra) en el centro. El primero de ellos es esta con forma de herradura, que se halla en el lado canadiense y es la más espectacular y famosa. El segundo salto se localiza en suelo estadounidense y es conocido como Rainbow Falls. Esta es la catarata frontal (y de menor altura) que intuíamos en la lejanía tras la neblina.

Además, junto a la catarata frontal, hay una tercera, la Bridal Veil Falls, mucho más estrecha y que parece pertenecer al conjunto anterior.

El puente que se ve al fondo de la imagen, fue construido en 1941 para reemplazar al Upper Steel Arch Bridge, de 1898 que había colapsado en 1938. Cuando se erigió era el puente de arco de acero más grande del mundo, algo que sin embargo no le protegía de las masas de hielo arrastradas desde los Grandes Lagos hasta el río Niágara. Una repentina tormenta de viento en el lago Erie envió una gran cantidad de hielo sobre las cataratas provocando que casi 30 metros de hielo presionaran contra el puente hasta que cedió.

Este nuevo puente con mejor asentamiento se llama Rainbow Bridge aunque también es conocido como Honeymoon Bridge, y sirve de paso fronterizo entre Canadá y Estados Unidos.

Al encontrarnos en este lado de la frontera podemos visualizar bien el conjunto, mientras que si estuviéramos en suelo estadounidense, lo tendríamos más complicado. Además, esta panorámica nos permite una visión global del río tanto antes como después de llegar al desnivel, algo que se hace más complicado desde el lado de Estados Unidos.

Las cataratas no han estado siempre en esta localización, sino que se han ido desplazando hacia el sur unos 11 kilómetros desde su posición original cerca de la ciudad de Queenston. El río Niágara viaja a 65 kilómetros por hora y esta velocidad, unida al gran volumen de agua que mueve, tiene un inmenso poder erosivo. En el siglo XX gracias a la ingeniería se ha conseguido reducir el ratio de erosión de tres metros por año a solo treinta centímetros cada 10.

No obstante, no pensábamos quedarnos ahí mirando desde la barandilla. La mayor atracción es montarse en un barco que acerca hasta la misma catarata. Desde Estados Unidos sale el Maid of the Mist, con su característico color azul, y de Canadá el Hornblower, el rojo. Ambos cruceros hacen prácticamente el mismo recorrido (partiendo y terminando cada uno en su orilla, claro), aunque lógicamente solo navegan desde finales de primavera a principios de otoño, porque el resto del año es peligroso acercarse pues puede haber caídas de bloques de hielo. De hecho, en las orillas aún quedaban restos de nieve.

Así pues, seguimos el paseo hasta las taquillas intentando no entretenernos mucho, pues no queríamos que se nos hiciera más tarde y nos tocara esperar mucho para montar en el barco. Los tickets también se pueden sacar por internet, pero no queríamos atarnos a una hora, así que lo habíamos dejado para in situ. Y menos mal, porque llegamos a las casetas y… vacías como el sol. Las taquillas cerradas, no había cola por ningún lado y un cartel de cerrado…

Todo parecía apuntar a que no íbamos a poder montar. Y así nos lo corroboró el personal de otras actividades. Al parecer una fuerte tormenta de la semana anterior se había cargado parte del muelle y estaban trabajando en su restauración. No volverían a circular los cruceros hasta un par de días más tarde. Demasiado para nosotros… Vaya decepción.

Así que mientras nos asomamos al mirador a observar las cataratas, debatimos sobre las opciones que teníamos.

La opción de cruzar al lado estadounidense la descartamos enseguida, ya que no solo nos suponía pasar una vez por el control de pasaportes, sino dos. Aparte de que ya era media mañana y seguramente habría buena cola en el puente. En definitiva, la duda era si dábamos por concluida la visita a las Cataratas del Niágara, o buscábamos otra alternativa en terreno canadiense.

Además de la experiencia en barco, hay más actividades que se pueden realizar, como por ejemplo el Journey Behind the Falls (que permite ver las cataratas desde detrás, así como los túneles), el White Water Walk (un recorrido por el cañón del Niágara), el Niagara’s Fury (una película en 4D), el Butterfly Conservatory (para ver mariposas) o el Bird Kingdom (un aviario). Se pueden comprar unos pases que incluyen varias y así abaratar costes. Todo depende del tiempo que se disponga y de los intereses. Lo del tiempo es importante, ya que, por ejemplo, las entradas por detrás de la cascada van por horas concertadas.

Además, se pueden contemplar las cataratas desde el cielo, ya que hay varias empresas de tours de helicópteros. También ofrece vistas aéreas la Torre Skylon, y con un precio más bajo que un viaje en helicóptero. Su espacio 360º a 158 metros de altura permite otear no solo las cataratas sino también los alrededores. Incluso hay una tirolina para los más aventureros.

Si se quiere explotar el lado consumista y no solo disfrutar de la naturaleza, también se pueden visitar los casinos o comprar en los outlets de la ciudad, ya que Niagara Falls se ha convertido en todo un parque temático al servicio del turista. Hay todo tipo de oferta de ocio para toda la familia. Incluso es sede permanente del Circo del Sol.

En nuestro caso las compras las teníamos programadas para más adelante, y entre el resto de alternativas optamos por el Journey Behind the Falls, que nos pareció la más interesante a falta del crucero. Las entradas se sacan en el edificio Castle Centre, al otro extremo del paseo (justo en la punta contraria del Hornblower), así que deshicimos el camino hasta el coche, aprovechamos para picotear algo de comida y nos fuimos para allá.

Tuvimos suerte y en apenas 5 minutos había ya una visita, por lo que nos pusimos el chubasquero (incluido con la entrada) rápidamente mientras avanzábamos a la entrada.

Antes de bajar podemos leer un poco sobre la historia de esta atracción.

El primer europeo en bajar tras la cascada fue M. Bonnefons en 1753, gracias a la ayuda de su guía nativo Crévecoeur. A principios de 1800 se aprovecharon árboles derribados para construir unas escaleras  y así poder acceder mejor.
Poco más tarde, en 1818 el empresario local William Forsyth se hizo una escalera privada desde su hotel.

En 1832 Thomas Barnett vio negocio y proyectó una en forma de espiral por la que cobraría $1 a cada visitante. Además, otro $1 por un certificado que acreditara la experiencia. En 1844 Saul Davis construyó la casa de Table Rock con su propia bajada y compró la de Thomas Barnett, cerrándola después.

En 1885 se creó la Comisión del Parque de las Cataratas del Niágara bajo el nombre de The Queen Victoria Niagara Falls Park Comission, que en 1887 se hace cargo de la casa de Table Rock y encarga construir un ascensor y una plataforma. La nueva atracción recibe el nombre de Behind the Sheet (detrás de la sábana). Un par de años más tarde se inauguró un túnel que llevaba a través de la roca hasta justo detrás de las Horseshoe Falls. Un guía con linterna se encargaba de conducir a los visitantes por el recorrido. Se renombró como Under the Falls (bajo las cascadas).

En 1892 se construyó una central hidroeléctrica para aprovechar los potentes saltos de agua que siguió en funcionamiento hasta 1932. Tras cesar la actividad quedó abandonada y acabó siendo demolida en 1985.  Uno de los principales asesores técnicos de la compañía Westinghouse fue el inventor, ingeniero mecánico, ingeniero eléctrico y físico Nikola Tesla. En el parque se le recuerda con un estatua que mira a las cataratas.

Tesla y Edison fueron los primeros inventores en aprovechar el potencial hidroeléctrico de las cataratas. Sin embargo, mientras que Edison creía en la corriente continua para obtener energía, Tesla lo hacía en la alterna.

En 1893 se comienza a dar por primera vez chubasqueros, sombreros y botas a la gente y, ante la demanda de fotografías familiares se concede el permiso a una empresa para establecer el negocio en Table Rock.

En 1902 se extiende el túnel y se vuelve a rebautizar la atracción. El nuevo nombre es Scenic Tunnels.

Entre 1925 y 1926 se construye un nuevo edificio en Table Rock.

En 1944 se detecta que el túnel no es seguro para los visitantes, ya que la pared tan solo tenía 1.7 metros de grosor. Así pues, se construye uno nuevo recubierto de cemento y ya con iluminación unos 18 metros más abajo del viejo. Este es el que se sigue usando hoy en día.

En 1980 se sustituyeron los pesados chubasqueros por unos ponchos amarillos.

En 1994 se llevaron a cabo tareas de rehabilitación en Table Rock y se modernizaron los ascensores de la atracción, renombrada por última vez como Journey behind the Falls.

Cuando salimos del ascensor solo teníamos ante nosotros una serie de túneles y galerías. Yo al principio iba un poco desilusionada, porque apenas se veía nada de interés. Hay algunas “ventanas” en la pared, pero no aportan gran cosa.

Había que tener sin embargo algo de paciencia. Lo interesante está en el mirador. En realidad es un balcón con dos alturas. Por un lado está la superior, desde la que el ruido atronador y el agua que salpica la cascada apenas permiten enterarse de nada. Aunque alejándose un poco, se atisba la catarata.

Y por otro lado, está el nivel inferior, construido en 1951, que es realmente el divertido. Permite acercarse a las cataratas y observarlas desde otro ángulo. Lo de observar es un decir, claro, ya que el agua cae con tal fuerza que en ocasiones es hasta complicado abrir los ojos. Es preferible por ello llevar gafas de sol que al menos sirvan de pantalla.

De vez en cuando venía un cambio de viento y el agua como si de una lluvia torrencial se tratara nos azotaba de lleno. Eso sí, los chubasqueros (que sustituyeron a los de 1989 y que después de su uso se reciclan para material urbano) son buenos y no calan. Claro que no te libran de llevar un calzado apropiado, pues los pies quedan al aire.

Sí que es verdad que las cataratas no son de las más altas del mundo (51 metros), pero impresiona ver con qué fuerza y velocidad caen las poderosas cortinas de agua sobre el precipicio. Abruma el ensordecedor rugido que acompaña a los millones de litros por segundo. Es un auténtico espectáculo de la naturaleza.

El recorrido lleva fácilmente de 30 a 45 minutos, dependiendo en gran medida del tiempo que se quiera dedicar a los miradores. Y aunque no es la idea que llevábamos pensada, al menos pudimos acercarnos de lleno a la cascada y captarla en todo su esplendor.

Con esto sí que dimos por concluida la visita. Nos despedimos de las famosas Cataratas del Niágara y volvimos a la carretera. Aunque antes de marchar a Toronto teníamos prevista una parada a tan solo 5 kilómetros de allí. En las proximidades del Lago Ontario, en una curva del río, se encuentra el Whirlpool, un pequeño remolino que se mueve a 48 kilómetros por hora sobre el que cuelga un funicular diseñado en 1916 por Leonardo Torres Quevedo.

Torres Quevedo fue un ingeniero y matemático cántabro que diseñó varios artilugios en la época muy vanguardistas que han contribuido notablemente a nuestro presente. En 1887 ya había construido su primer transbordador que salvaba un desnivel de 40 metros gracias a un par de bajas. Poco después, en 1907 puso en marcha en San Sebastián el primer transbordador de pasajeros que contaba con un complejo sistema de seguridad que aunque se rompiera uno de sus cables de soporte, podía seguir funcionando sin peligro.  Durante la I Guerra Mundial contribuyó en la aeronáutica con los dirigibles Astra-Torres, que mejoraban a los zepelines gracias a un armazón que dotaba al artilugio de más estabilidad y que permitía que se pudieran instalar motores pesados así como transportar más pasajeros.

También fue relevante en la el mundo de los ordenadores y videojuegos. Creó un par de máquinas algebraicas: el Ajedrecista (una máquina que jugaba sola) y un aritmómetro electromecánico (lo que podría considerarse como el primer ordenador). Estos aparatos son el preludio de la Inteligencia Artificial. También suyo fue el telekino, un artilugio que sentaría las bases de los mandos a distancia. El 8 de agosto de 1916 se realizó el primer viaje del Aero Car y hoy, 102 años después, aún sigue en funcionamiento, siendo el único que queda de su estilo.

Lamentablemente, los fuertes vientos del día suspendieron cualquier actividad, así que, por segunda vez en el día nos fallaron los planes.

En condiciones normales el Whirlpool Aero Car hace un recorrido de una orilla canadiense a otra, cruzando en cada trayecto cuatro veces la frontera entre Canadá y los Estados Unidos debido a los recodos que hace el río. La distancia que recorre entre la caseta y el Thompson’s Point es de 548,6 metros y lo hace a 4,2 kilómetros por hora.

Su cabina, con capacidad de 40 pasajeros (imagino que en función de sus dimensiones) está suspendida sobre 6 cables a una altura de 76,2 metros sobre el agua.

Opera de 10 a 17 y la entrada cuesta CAN$15 por un viaje de ida y vuelta, es decir, te montas y bajas en el mismo lugar. Pero como digo, nos quedamos con las ganas.

Eran las dos y media de la tarde y en principio pensábamos parar en el pequeño pueblo colonial de Niagara-on-the-Lake a unos 20 kilómetros, comer tranquilamente y acabar en Toronto ya por la tarde – noche sin prisa. Sin embargo, amenazaba tormenta para el día siguiente, por lo que volvimos a improvisar para al menos aprovechar la tarde. Teníamos por delante unos 150 kilómetros para llegar a Toronto, así que ni siquiera paramos para comer. Picamos algo en el coche por lo menos para calmar las tripas.