Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 3: Universidad de Chicago y paso de frontera de Canadá

Tal y como habíamos planeado, nos levantamos el martes bien pronto para poder ducharnos, desayunar, recoger y poder salir pronto, pues nos esperaban unos 650 kilómetros por delante con un control de frontera y adelanto de hora de por medio. Mientras que ellos se fueron a recoger el coche, nosotras nos quedamos terminando de cerrar las maletas y dando un repaso a la casa para asegurarnos de que no nos dejábamos nada.

Como ya expliqué en el post dedicado a los preparativos, habíamos tenido dudas sobre qué segmento de vehículo nos convenía y, tras varias dudas, finalmente nos decantamos por un Ford Edge. Sin embargo, a la hora de la recogida no debían tener disponible (o les salía igual, porque había poca diferencia de precio) y nos entregaron el superior, el Ford Explorer.

Así que parecía que esta vez no íbamos a tener problema de espacio, pues el maletero, al bajar la última fila de asientos, era enorme. Para muestra, lo solitaria que queda la maleta en el espacio vacío.

En el viaje por la Costa Oeste llevábamos dos maletas grandes, dos medianas, dos pequeñas y una mochila. En este comenzamos con una grande, tres medianas, dos pequeñas y cuatro mochilas (aunque la mayoría iban a mano con nosotros). Sin embargo, incluso lleno, la diferencia era abismal. Nos sobraba hueco por todos sitios. También en parte porque las maletas podían ir de pie perfectamente y porque el coche cuenta con un montón de bolsillos y huecos. Lo único malo de esta parte trasera era la falta de bandeja. Aunque al menos las lunas estaban tintadas y no cantaba mucho el interior.

En general el coche que nos dieron estaba muy bien equipado. Es común cuando alquilas un vehículo que te lo den con lo básico. Este sin embargo tenía cámara trasera, bluetooth, varios puertos usb (tanto de carga como de conexión), cierre automático de portón, techo solar tanto delante como detrás (aunque este último no se abría por completo, solo subía un poco para airear), control de temperatura individualizada por sectores, control de velocidad, asistente de carril … Eso sí, era un tanque y consumía como tal.

Tras cargar el coche, revisar por última vez la casa y acomodarnos, pusimos rumbo a Canadá. Aunque para empezar íbamos a hacer una parada a las afueras de Chicago, en la Universidad. Está a unos 15 kilómetros de la ciudad y no nos suponía un gran desvío, ya que prácticamente había que pasar por allí en nuestra ruta por la costa.

Antes hicimos una breve parada en Promontory Point, una península artificial que se adentra en el Lago Míchigan. Fue construido en el Chicago Burnham Park a partir de un vertedero en 1937.

A aquellas horas de la mañana apenas había gente, un par de corredores nada más. Pero el espacio parece ser un buen lugar para momentos de ocio gracias a sus bancos, jardines, merenderos e incluso unos espacios habilitados para fogatas que automáticamente nos hicieron pensar en nubes de azúcar.

Además, en el parque hay una casa de campo que sirve como lugar de celebración de bodas y eventos.

El lago, que en la zona es poco profundo y con el fondo cubierto de arena, sirve como playa en los meses de verano. Incluso se habilitan áreas de natación en aguas abiertas. El revestimiento de piedra caliza sirve como plataforma de acceso al agua.

También como un buen lugar donde sentarse a contemplar el skyline de Chicago en la distancia.

En el lado opuesto se alcanza a ver el Museo de Ciencia e Industria de Chicago, que ocupa el antiguo Palacio de Bellas Artes de la Exposición Mundial de Colombia de 1893.

Este museo alberga más de 2000 objetos exhibidos en 75 salas principales. Entre ellos se encuentra el submarino alemán U-505 capturado durante la II Guerra Mundial, un modelo de ferrocarril de 330 m2, el módulo de comando del Apollo 8 y el primer motor diésel.

No teníamos tiempo para museos, así que volvimos al coche y nos dirigimos al campus de la universidad.

Fundada en 1890 gracias a la financiación de John D. Rockefeller, es una de las universidades de investigación más reconocidas y prestigiosas de todo el mundo. Cuenta con el mayor número de profesores, exalumnos e investigadores premiados con el Nobel, un total de 85. Es especialmente alabada en los campos de la física y la economía. Y es en esta última disciplina donde acumula 9 premios de la academia sueca.

Es el lugar en que se gestaron las teorías neoliberales que acabaron influyendo en las últimas décadas del siglo pasado. Y también es donde ejerció como catedrático de Derecho Constitucional Barack Obama.

El campus es enorme, siguiendo el modelo anglosajón de Cambridge y Oxford. Cuenta con grandes parques, mucho espacio verde, edificios de caliza con hiedras en los muros, muchos colleges… Sin embargo, nos fue imposible encontrar aparcamiento, así que, tras un par de vueltas decidimos hacer una panorámica desde el coche, como si de una excursión se tratara. Al menos pudimos ver los edificios más importantes.

Enfilamos la I-90 rumbo a Battle Creek, donde teníamos previsto parar a comer. La carretera sigue el margen del lago y pronto dejamos Illinois atrás y entramos en el Estado de Indiana. Eso sí, antes tuvimos que pasar por un peaje.

Nuestro coche contaba con un Vía-T, pero en avis no les habían explicado cómo funcionaba o si lo teníamos incluido, así que nos fuimos a una de las casetas de efectivo. No obstante, al pararnos, la chica nos dijo que podíamos continuar, que ya nos había leído el E-toll.

Y ya sí que pasamos a territorio indiano. Lo que nos hizo perder una hora, ya que mientras que Illionis está en el huso horario de la Zona Central, Indiana está ya en el de la Zona Este.

Unos kilómetros más adelante, sin embargo, nos encontramos con un nuevo peaje, y directamente nos colocamos en el carril para Vía T.

Sin embargo, la barrera no se levantaba. Parece ser que nuestro lector tan solo era válido para Chicago, y no servía en el resto de peajes, así que tuvimos que pedir ayuda y pagar con tarjeta los 90 centavos.

Por lo demás, el viaje fue tranquilo, aunque con unas carreteras un tanto deterioradas. No llegaban al nivel de Sicilia, pero sí que dejaban un tanto que desear con la calzada cuarteada, baches por todos lados y restos de neumáticos en los arcenes. Cambiamos a la I-94 y pisamos suelo de Michigan.

Sobre las dos de la tarde llegamos a Battle Creek, donde buscamos la oficina de Avis para recoger la tarjeta que nos permitía sacar el coche del país.

¿Y qué vemos en el pueblo allá por donde pasamos? Referencias a Kellogg’s en cada esquina. Resulta que Battle Creek es conocida como la ciudad del cereal y es donde se encuentra la sede central de la compañía Kellogg.

Curiosidades aparte, con la tarjeta del coche guardada, echamos gasolina y nos fuimos directos a comer. Lo hicimos en el Subway de dentro del Walmart y después nos dimos una vuelta por la tienda para comprar agua, picoteo y algo de desayuno para el día siguiente.

Aunque no era mi primera vez en Estados Unidos, no dejará de sorprenderme el tamaño de sus envases. Todo es enorme, de un tamaño para familias numerosos o como si hubiera que almacenar ante un holocausto zombi.

No es de extrañar que con la cantidad de comida basura que comen después necesiten hacer la compra en una silla motorizada.

Ante todo facilitemos la vida al cliente para que consuma más, claro.

Tras una hora y cuarto de receso, continuamos el camino por la I-69. Ya teníamos la frontera canadiense a apenas 100 kilómetros.

A unos 50 kilómetros paramos para echar gasolina y rellenar el tanque, ya que por lo que habíamos visto en internet, en Canadá la gasolina era más cara. A partir de ahí, ya comenzaba a aparecer Canadá en los paneles, por lo que no había mucha pérdida.

Pero antes, hay que pasar un nuevo peaje, el del Blue Water Bridge, $3 en moneda estadounidense, $3.75 en la canadiense. Y después ya sí que llega el control de pasaportes, que viene a ser la misma estructura que la del peaje, salvo que en la parte superior se puede leer Welcome to Canada / Bienvenue au Canada (comienzan los carteles en edición bilingüe) y ver cómo ondea al fondo la bandera rojiblanca.

Eran ya las 7 de la tarde y no había mucho tráfico tal y como íbamos siguiendo en internet (vía twitter y vía web). Imagino que tampoco es un paso fronterizo muy frecuentado. Así, nos colocamos tras la barrera y, sin bajarnos del coche, le dimos los cuatro pasaportes al señor policía. Se hizo un poco de lío con los apellidos, ya que automáticamente emparejó el mío con el de mi hermano y nos preguntó si éramos “esposos” (intentó chapurrear español). Aclarados los parentescos, nos preguntó que cuándo habíamos llegado a Estados Unidos, que cuándo y desde dónde nos íbamos, que qué íbamos a hacer en Canadá… Y poco más, la verdad, ya que al entrar por tierra no es necesaria ninguna documentación. De hecho, nos devolvió los pasaportes sin sellarlos. ¡YO QUERÍA MI SELLO!

Una vez pasada la barrera encontramos una oficina de cambio de divisas, un restaurante y un casino. Sin embargo, seguimos de largo, ya que nos quedaban unos 100 kilómetros hasta London, donde teníamos el alojamiento.

Además de encontrar banderas con la hoja de arce cada poco y el bilingüismo en los carteles, notamos que habíamos cambiado de país porque ya no teníamos las distancias en millas, sino en kilómetros y porque los números de las carreteras aparecían dentro de una corona.

También por el estado de las carreteras. Parecía que en Canadá se preocupaban más por sus infraestructuras.

Para cuando quisimos llegar al alojamiento en London eran las 20:30 de la noche, por lo que, tras hacer el check-in, nos fuimos directamente a por la cena. Justo al lado teníamos un japonés, así que estaba clara la decisión.

Lo que nos costó algo más fue decidir qué pedir. Finalmente nos acabamos decantando por un menú para tres, ya que el de cuatro nos parecía que traía excesiva comida.

El menú costaba $51,95, $ si pagábamos en efectivo. Acabábamos de cruzar la frontera, por lo que no teníamos dólares canadienses, pero, siguiendo el consejo de la camarera, sacamos dinero en un cajero pues, aunque aplicaba comisión, seguía siendo rentable pagar en efectivo.

Cuando desplegamos los platos en la mesa del hotel nos alegramos de haber elegido el menú para tres y no el de cuatro. Nos había parecido mucha comida sobre el papel, y viendo el tamaño de los recipientes, quizá lo más ajustado habría sido el de dos. Este era el menú:

– 6 California Roll
– 6 Dynamite Roll
– 6 gambas en Tempura
– 8 piezas de verdura en Tempura
– Costillas de Ternera
– Ternera Thai Curry
– Pollo Gereral Tao
– Arroz frito con pollo al estilo japonés

Y este fue el despliegue:

La verdad es que estaba todo muy rico, pero nos sobró arroz, ternera y pollo. Era demasiada comida.

Con el estómago lleno y cansados después de un día de mucho coche, no nos quedaba otra que acostarnos pronto para reponer fuerzas. Al día siguiente nos esperaban las Cataratas del Niágara.

8 comentarios en “Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 3: Universidad de Chicago y paso de frontera de Canadá

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