Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 4: Cataratas del Niágara y Whirlpool Aero Car

Llegamos a las 10:30 de la mañana y ya había bastante gente, así que, para no entretenernos mucho, dejamos el coche en el aparcamiento de pago ($5 el día). Cogimos mochilas y cámaras y nos pusimos en marcha para ver uno de los espectáculos naturales más visitados del mundo.

Nada más acercarnos al paseo que sigue el cauce del río, encontramos la Horseshoe Waterfall, una catarata que mide de 54 a 58 metros de alto. Su ancho varía dependiendo desde dónde se tomen las medidas, de la temporada del año, de las condiciones del clima y de la cantidad de agua que permitan las compuertas.

Los Grandes Lagos dependen de las precipitaciones, lo que acaba afectando al caudal que circula desde el Lago Erie al río Niágara. Sin embargo, desde 1910 los niveles son regulados por una Comisión Internacional (conjunta de EEUU y Canadá) que establece que durante las horas de luz de la temporada turística (de 8 a 22 horas del 1 de abril al 15 de septiembre y de 8 a 20 desde el 16 de septiembre al 31 de octubre) el cauce del río no debe ser inferior a 2832 metros cúbicos por segundo. El resto del año no puede ser inferior a 1416.

En realidad, las Cataratas del Niágara quedan divididas en dos saltos con la Goat Island (Isla de la Cabra) en el centro. El primero de ellos es esta con forma de herradura, que se halla en el lado canadiense y es la más espectacular y famosa. El segundo salto se localiza en suelo estadounidense y es conocido como Rainbow Falls. Esta es la catarata frontal (y de menor altura) que intuíamos en la lejanía tras la neblina.

Además, junto a la catarata frontal, hay una tercera, la Bridal Veil Falls, mucho más estrecha y que parece pertenecer al conjunto anterior.

El puente que se ve al fondo de la imagen, fue construido en 1941 para reemplazar al Upper Steel Arch Bridge, de 1898 que había colapsado en 1938. Cuando se erigió era el puente de arco de acero más grande del mundo, algo que sin embargo no le protegía de las masas de hielo arrastradas desde los Grandes Lagos hasta el río Niágara. Una repentina tormenta de viento en el lago Erie envió una gran cantidad de hielo sobre las cataratas provocando que casi 30 metros de hielo presionaran contra el puente hasta que cedió.

Este nuevo puente con mejor asentamiento se llama Rainbow Bridge aunque también es conocido como Honeymoon Bridge, y sirve de paso fronterizo entre Canadá y Estados Unidos.

Al encontrarnos en este lado de la frontera podemos visualizar bien el conjunto, mientras que si estuviéramos en suelo estadounidense, lo tendríamos más complicado. Además, esta panorámica nos permite una visión global del río tanto antes como después de llegar al desnivel, algo que se hace más complicado desde el lado de Estados Unidos.

Las cataratas no han estado siempre en esta localización, sino que se han ido desplazando hacia el sur unos 11 kilómetros desde su posición original cerca de la ciudad de Queenston. El río Niágara viaja a 65 kilómetros por hora y esta velocidad, unida al gran volumen de agua que mueve, tiene un inmenso poder erosivo. En el siglo XX gracias a la ingeniería se ha conseguido reducir el ratio de erosión de tres metros por año a solo treinta centímetros cada 10.

No obstante, no pensábamos quedarnos ahí mirando desde la barandilla. La mayor atracción es montarse en un barco que acerca hasta la misma catarata. Desde Estados Unidos sale el Maid of the Mist, con su característico color azul, y de Canadá el Hornblower, el rojo. Ambos cruceros hacen prácticamente el mismo recorrido (partiendo y terminando cada uno en su orilla, claro), aunque lógicamente solo navegan desde finales de primavera a principios de otoño, porque el resto del año es peligroso acercarse pues puede haber caídas de bloques de hielo. De hecho, en las orillas aún quedaban restos de nieve.

Así pues, seguimos el paseo hasta las taquillas intentando no entretenernos mucho, pues no queríamos que se nos hiciera más tarde y nos tocara esperar mucho para montar en el barco. Los tickets también se pueden sacar por internet, pero no queríamos atarnos a una hora, así que lo habíamos dejado para in situ. Y menos mal, porque llegamos a las casetas y… vacías como el sol. Las taquillas cerradas, no había cola por ningún lado y un cartel de cerrado…

Todo parecía apuntar a que no íbamos a poder montar. Y así nos lo corroboró el personal de otras actividades. Al parecer una fuerte tormenta de la semana anterior se había cargado parte del muelle y estaban trabajando en su restauración. No volverían a circular los cruceros hasta un par de días más tarde. Demasiado para nosotros… Vaya decepción.

Así que mientras nos asomamos al mirador a observar las cataratas, debatimos sobre las opciones que teníamos.

La opción de cruzar al lado estadounidense la descartamos enseguida, ya que no solo nos suponía pasar una vez por el control de pasaportes, sino dos. Aparte de que ya era media mañana y seguramente habría buena cola en el puente. En definitiva, la duda era si dábamos por concluida la visita a las Cataratas del Niágara, o buscábamos otra alternativa en terreno canadiense.

Además de la experiencia en barco, hay más actividades que se pueden realizar, como por ejemplo el Journey Behind the Falls (que permite ver las cataratas desde detrás, así como los túneles), el White Water Walk (un recorrido por el cañón del Niágara), el Niagara’s Fury (una película en 4D), el Butterfly Conservatory (para ver mariposas) o el Bird Kingdom (un aviario). Se pueden comprar unos pases que incluyen varias y así abaratar costes. Todo depende del tiempo que se disponga y de los intereses. Lo del tiempo es importante, ya que, por ejemplo, las entradas por detrás de la cascada van por horas concertadas.

Además, se pueden contemplar las cataratas desde el cielo, ya que hay varias empresas de tours de helicópteros. También ofrece vistas aéreas la Torre Skylon, y con un precio más bajo que un viaje en helicóptero. Su espacio 360º a 158 metros de altura permite otear no solo las cataratas sino también los alrededores. Incluso hay una tirolina para los más aventureros.

Si se quiere explotar el lado consumista y no solo disfrutar de la naturaleza, también se pueden visitar los casinos o comprar en los outlets de la ciudad, ya que Niagara Falls se ha convertido en todo un parque temático al servicio del turista. Hay todo tipo de oferta de ocio para toda la familia. Incluso es sede permanente del Circo del Sol.

En nuestro caso las compras las teníamos programadas para más adelante, y entre el resto de alternativas optamos por el Journey Behind the Falls, que nos pareció la más interesante a falta del crucero. Las entradas se sacan en el edificio Castle Centre, al otro extremo del paseo (justo en la punta contraria del Hornblower), así que deshicimos el camino hasta el coche, aprovechamos para picotear algo de comida y nos fuimos para allá.

Tuvimos suerte y en apenas 5 minutos había ya una visita, por lo que nos pusimos el chubasquero (incluido con la entrada) rápidamente mientras avanzábamos a la entrada.

Antes de bajar podemos leer un poco sobre la historia de esta atracción.

El primer europeo en bajar tras la cascada fue M. Bonnefons en 1753, gracias a la ayuda de su guía nativo Crévecoeur. A principios de 1800 se aprovecharon árboles derribados para construir unas escaleras  y así poder acceder mejor.
Poco más tarde, en 1818 el empresario local William Forsyth se hizo una escalera privada desde su hotel.

En 1832 Thomas Barnett vio negocio y proyectó una en forma de espiral por la que cobraría $1 a cada visitante. Además, otro $1 por un certificado que acreditara la experiencia. En 1844 Saul Davis construyó la casa de Table Rock con su propia bajada y compró la de Thomas Barnett, cerrándola después.

En 1885 se creó la Comisión del Parque de las Cataratas del Niágara bajo el nombre de The Queen Victoria Niagara Falls Park Comission, que en 1887 se hace cargo de la casa de Table Rock y encarga construir un ascensor y una plataforma. La nueva atracción recibe el nombre de Behind the Sheet (detrás de la sábana). Un par de años más tarde se inauguró un túnel que llevaba a través de la roca hasta justo detrás de las Horseshoe Falls. Un guía con linterna se encargaba de conducir a los visitantes por el recorrido. Se renombró como Under the Falls (bajo las cascadas).

En 1892 se construyó una central hidroeléctrica para aprovechar los potentes saltos de agua que siguió en funcionamiento hasta 1932. Tras cesar la actividad quedó abandonada y acabó siendo demolida en 1985.  Uno de los principales asesores técnicos de la compañía Westinghouse fue el inventor, ingeniero mecánico, ingeniero eléctrico y físico Nikola Tesla. En el parque se le recuerda con un estatua que mira a las cataratas.

Tesla y Edison fueron los primeros inventores en aprovechar el potencial hidroeléctrico de las cataratas. Sin embargo, mientras que Edison creía en la corriente continua para obtener energía, Tesla lo hacía en la alterna.

En 1893 se comienza a dar por primera vez chubasqueros, sombreros y botas a la gente y, ante la demanda de fotografías familiares se concede el permiso a una empresa para establecer el negocio en Table Rock.

En 1902 se extiende el túnel y se vuelve a rebautizar la atracción. El nuevo nombre es Scenic Tunnels.

Entre 1925 y 1926 se construye un nuevo edificio en Table Rock.

En 1944 se detecta que el túnel no es seguro para los visitantes, ya que la pared tan solo tenía 1.7 metros de grosor. Así pues, se construye uno nuevo recubierto de cemento y ya con iluminación unos 18 metros más abajo del viejo. Este es el que se sigue usando hoy en día.

En 1980 se sustituyeron los pesados chubasqueros por unos ponchos amarillos.

En 1994 se llevaron a cabo tareas de rehabilitación en Table Rock y se modernizaron los ascensores de la atracción, renombrada por última vez como Journey behind the Falls.

Cuando salimos del ascensor solo teníamos ante nosotros una serie de túneles y galerías. Yo al principio iba un poco desilusionada, porque apenas se veía nada de interés. Hay algunas “ventanas” en la pared, pero no aportan gran cosa.

Había que tener sin embargo algo de paciencia. Lo interesante está en el mirador. En realidad es un balcón con dos alturas. Por un lado está la superior, desde la que el ruido atronador y el agua que salpica la cascada apenas permiten enterarse de nada. Aunque alejándose un poco, se atisba la catarata.

Y por otro lado, está el nivel inferior, construido en 1951, que es realmente el divertido. Permite acercarse a las cataratas y observarlas desde otro ángulo. Lo de observar es un decir, claro, ya que el agua cae con tal fuerza que en ocasiones es hasta complicado abrir los ojos. Es preferible por ello llevar gafas de sol que al menos sirvan de pantalla.

De vez en cuando venía un cambio de viento y el agua como si de una lluvia torrencial se tratara nos azotaba de lleno. Eso sí, los chubasqueros (que sustituyeron a los de 1989 y que después de su uso se reciclan para material urbano) son buenos y no calan. Claro que no te libran de llevar un calzado apropiado, pues los pies quedan al aire.

Sí que es verdad que las cataratas no son de las más altas del mundo (51 metros), pero impresiona ver con qué fuerza y velocidad caen las poderosas cortinas de agua sobre el precipicio. Abruma el ensordecedor rugido que acompaña a los millones de litros por segundo. Es un auténtico espectáculo de la naturaleza.

El recorrido lleva fácilmente de 30 a 45 minutos, dependiendo en gran medida del tiempo que se quiera dedicar a los miradores. Y aunque no es la idea que llevábamos pensada, al menos pudimos acercarnos de lleno a la cascada y captarla en todo su esplendor.

Con esto sí que dimos por concluida la visita. Nos despedimos de las famosas Cataratas del Niágara y volvimos a la carretera. Aunque antes de marchar a Toronto teníamos prevista una parada a tan solo 5 kilómetros de allí. En las proximidades del Lago Ontario, en una curva del río, se encuentra el Whirlpool, un pequeño remolino que se mueve a 48 kilómetros por hora sobre el que cuelga un funicular diseñado en 1916 por Leonardo Torres Quevedo.

Torres Quevedo fue un ingeniero y matemático cántabro que diseñó varios artilugios en la época muy vanguardistas que han contribuido notablemente a nuestro presente. En 1887 ya había construido su primer transbordador que salvaba un desnivel de 40 metros gracias a un par de bajas. Poco después, en 1907 puso en marcha en San Sebastián el primer transbordador de pasajeros que contaba con un complejo sistema de seguridad que aunque se rompiera uno de sus cables de soporte, podía seguir funcionando sin peligro.  Durante la I Guerra Mundial contribuyó en la aeronáutica con los dirigibles Astra-Torres, que mejoraban a los zepelines gracias a un armazón que dotaba al artilugio de más estabilidad y que permitía que se pudieran instalar motores pesados así como transportar más pasajeros.

También fue relevante en la el mundo de los ordenadores y videojuegos. Creó un par de máquinas algebraicas: el Ajedrecista (una máquina que jugaba sola) y un aritmómetro electromecánico (lo que podría considerarse como el primer ordenador). Estos aparatos son el preludio de la Inteligencia Artificial. También suyo fue el telekino, un artilugio que sentaría las bases de los mandos a distancia. El 8 de agosto de 1916 se realizó el primer viaje del Aero Car y hoy, 102 años después, aún sigue en funcionamiento, siendo el único que queda de su estilo.

Lamentablemente, los fuertes vientos del día suspendieron cualquier actividad, así que, por segunda vez en el día nos fallaron los planes.

En condiciones normales el Whirlpool Aero Car hace un recorrido de una orilla canadiense a otra, cruzando en cada trayecto cuatro veces la frontera entre Canadá y los Estados Unidos debido a los recodos que hace el río. La distancia que recorre entre la caseta y el Thompson’s Point es de 548,6 metros y lo hace a 4,2 kilómetros por hora.

Su cabina, con capacidad de 40 pasajeros (imagino que en función de sus dimensiones) está suspendida sobre 6 cables a una altura de 76,2 metros sobre el agua.

Opera de 10 a 17 y la entrada cuesta CAN$15 por un viaje de ida y vuelta, es decir, te montas y bajas en el mismo lugar. Pero como digo, nos quedamos con las ganas.

Eran las dos y media de la tarde y en principio pensábamos parar en el pequeño pueblo colonial de Niagara-on-the-Lake a unos 20 kilómetros, comer tranquilamente y acabar en Toronto ya por la tarde – noche sin prisa. Sin embargo, amenazaba tormenta para el día siguiente, por lo que volvimos a improvisar para al menos aprovechar la tarde. Teníamos por delante unos 150 kilómetros para llegar a Toronto, así que ni siquiera paramos para comer. Picamos algo en el coche por lo menos para calmar las tripas.