Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 8 II: Rumbo a Montreal

Dejamos atrás nuestro hotel de CSIabandonamos Ottawa continuando nuestra ruta hacia el oeste. Para este día teníamos un viaje corto, unos 200 kilómetros hasta llegar a Montreal, la ciudad más poblada de Quebec.

Esta provincia al este de Canadá, la segunda más extensa (detrás de Nuvanut), limita al noroeste y norte con la bahía de Hudson y el estrecho de Hudson, al noreste con Terranova y Labrador, al este con el golfo de San Lorenzo y Nuevo Brunswick, al sureste con el río San Lorenzo y al sur y suroeste con Ontario. Además, comparte frontera terrestre con los estados de Maine, Nuevo Hampshire, Nueva York y Vermont en Estados Unidos.

Es la segunda entidad más poblada (por detrás de Ontario) y la mayoría de sus habitantes son católicos, como consecuencia de la época colonial, en la que solo podían establecerse en la Nueva Francia. Ya desde aquel entonces se ha diferenciado del resto del territorio canadiense en sus instituciones, su cultura y su idioma. El francés es lengua cooficial del país junto al inglés desde 1968. Sin embargo, desde que en 1976 ganó las elecciones el nacionalista Partido Quebequés, el francés es la única lengua oficial de Quebec por la Ley 101. Y no solo eso, sino que además este idioma tiene protección legal con sus inspectores lingüísticos que revisan y controlan su uso.

Antes de la llegada de los franceses, Quebec estaba habitado por diferentes pueblos aborígenes, entre los cuales destacan los inuits (antiguos esquimales), los hurones, los algonquinos, los mohawks, los cree y los innus. El primer explorador francés en Quebec fue Jacques Cartier, que en 1534 estableció en Gaspé una gran cruz de madera con tres flores de lis, tomando posesión de aquellas tierras en nombre de Francia.

Cartier descubrió el río San Lorenzo y en 1535 llegó a la Isla de Montreal tras haber oído rumores de que allí había oro. Sin embargo, cuando llegó a la aldea iroquesa a los pies del Monte Royal no tardó en descubrir que aquello no pasaba de cuarzo o pirita.

En 1608 Samuel de Champlain creó un asentamiento en la orilla norte del río San Lorenzo, en un lugar que los indios llamaban “kebek” (estrecho). Ahí nació Quebec y Nueva Francia convirtiéndose en el punto de partida de las exploraciones francesas en el continente. Después de 1627, el rey de Francia Luis XIII concedió el monopolio de la colonización a los católicos. Aunque Nueva Francia no se convertiría colonia real hasta 1663, ya bajo el reinado de Luis XIV.

Un siglo más tarde, con el Tratado de París, Reino Unido se hizo con Nueva Francia. El rey Luis XV de Francia no lo consideraba un territorio muy importante y prefirió conservar Guadalupe, que le daba azúcar. Así pues, la mayoría de los aristócratas, sin nada que hacer al otro lado del Atlántico, volvieron a Francia.

En 1774 se aprobó la Ley de Quebec, mediante la cual Londres daba reconocimiento oficial al pueblo francés para que conservara su lengua, su religión y el uso del Derecho Romano en lugar del Jurisprudencial anglosajón.

A pesar de que los francófonos tenían su reconocimiento oficial desde el siglo XVIII, la realidad es que estaban excluidos económicamente. En 1960 el primer ministro Jean Lesage llevó a cabo varias reformas conocidas como la Revolución Tranquila. El gobierno puso interés en la economía de la provincia creando empresas y bancas nacionales y consiguiendo así cierta autonomía par ala provincia. Asimismo unió todas las empresas privadas de energía en una: Hydro-Québec. Cuando su partido fue reelegido fue más allá y esta se nacionalizó. Esta revolución transformó Quebec y sus relaciones con el resto de Canadá y el mundo. Sus diferencias se potenciaron más que nunca.

En este contexto, en 1967 el General Charles de Gaulle, que respaldaba este sentimiento nacionalista, realizó una visita la Exposición Universal de Montreal. Pero no fue directo, sino que antes hizo un recorrido por la provincia por todo lo alto. Desembarcó en la ciudad de Quebec en un barco de guerra, fue recibido con honores de héroe y viajó 300 kilómetros hasta Montreal. Allí, ante una multitud entusiasmada frente al ayuntamiento pronunció “Viva Quebec Libre”. Y la lió, claro.

En las décadas siguientes el movimiento independentista fue en aumento. René Lévesque abandonó el Partido Liberal de Quebec y en 1968 fundó el Parti Québécois. Pierre Elliott Trudeau, el líder del Partido Liberal de Canadá, llegó a Primer Ministro ese mismo año y se convirtió en su adversario implacable.

Poco tiempo después de tomar el poder, el Parti Québécois cambió la placa de las matrículas sustituyendo La belle province por Je me souviens (Me acuerdo) haciendo referencia a que no olvidan su pasado, su linaje, sus tradiciones.

Desde la década de los 80 Quebec lleva intentando independizarse de Canadá. Probó por primera vez en 1980, pero el resultado del referéndum fue negativo (60 % de votos en contra).

Una segunda consulta el 30 de octubre de 1995 volvió de nuevo a arrojar el mismo resultado, aunque el No tan solo obtuvo 34.434 votos más. A día de hoy sigue habiendo un movimiento independentista importante.

El 27 de noviembre de 2006, el parlamento canadiense reconoció a los quebequeses como “nación dentro de un Canadá unido”, una fórmula para intentar calmar los ánimos de los partidos secesionistas, aunque no deja de ser un reconocimiento cultural (que ya tenían) y legalmente sirve de poco.

Nuestra parada en la provincia iba a ser en Montreal. Y aunque íbamos a visitar también la ciudad de Quebec, lo haríamos en el día volviendo a dormir al apartamento de Montreal.

Montreal se halla en la isla del mismo nombre entre el río San Lorenzo y la Rivière des Prairies. El nombre de la ciudad lo toma del Monte Real, aunque conserva la versión Real del francés antiguo y no el Royal que se usaría en la actualidad. Fundada en 1642, Montreal fue una de las primeras ciudades de Canadá. Desde entonces, y hasta la década de 1960, fue el principal centro financiero e industrial de Canadá, así como la mayor ciudad del país. Era considerada la capital económica del país y una de las ciudades más importantes del mundo, sin embargo, durante la década de 1970, la anglófona Toronto le arrebató el puesto de capital financiera e industrial del país.

Su bandera mezcla símbolos de Francia, de Inglaterra, Escocia e Irlanda para representar su procedencia. Así, cuenta con la flor de lis de la Casa de Borbón, la rosa de la Casa de Lancaster, el cardo escocés y el trébol irlandés. Además, desde septiembre de 2017 incluye en el centro, sobre la cruz roja un pino blanco, un árbol de paz muy representativo para las Primeras Naciones.

El lugar donde se asienta la ciudad de Montreal estuvo habitado por nativos algonquinos, hurones e iroqueses durante miles de años antes de la llegada de los primeros europeos. Los ríos y lagos de la región además de ser una importante fuente de alimentos, eran eficientes rutas de transporte. Un siglo después de la llegada de Cartier, en 1642, los franceses enviaron a un grupo de 50 misioneros cristianos para evangelizar a los nativos. Al llegar construyeron un fuerte, estableciendo la Villa María de Montreal (Ville Marie de Montréal). Los iroqueses, que intentaban acabar con el comercio de pieles de los franceses con los algonquinos y hurones, atacaron en numerosas ocasiones dicho fuerte. Sin embargo, Montreal siguió prosperando.

A comienzos del siglo XVIII fue cuando la pequeña Ville-Marie pasó a ser llamada Montreal. Tenía por aquel entonces una población de aproximadamente 3.500 habitantes. En 1763 pasó a manos británicas y en 1776 fue ocupada brevemente durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos.

Para principios del XIX Montreal contaba con 9.000 habitantes, pero pronto llegaron inmigrantes escoceses que comenzaron a instalarse en la ciudad. Estos nuevos residentes, aunque eran pocos, fueron relevantes en la construcción del Canal de Lachine en 1825, que permitió la navegación de grandes barcos por el río y convirtió a Montreal en uno de los principales puertos de América del Norte. También construyeron el primer puente que conectaba la isla al continente, el primer centro comercial de la ciudad, vías férreas y el Banco de Montreal, el primer banco de Canadá.

Entre 1844 y 1849 fue la capital de la provincia colonial del Canadá y adquirió relevancia económica. Esto atrajo a nuevos inmigrantes, primero de lengua inglesa (que incluso comenzaron a ser mayoría) y después franceses. En apenas 25 años la ciudad pasó de tener 16.000 habitantes a 50.000 y a finales de la década de los 60 ya contaba con 100.000. Esta mezcla de orígenes en su población hizo poco a poco cada vez más patente la división entre clase, cultura e idioma.

Montreal siguió prosperando aún más cuando se construyó la primera vía férrea transcontinental, que la enlazaba con Vancouver y otras ciudades importantes en el interior. A finales de siglo había alcanzado los 270.000 habitantes.

En la I Guerra Mundial Canadá se incorporó al bando de la Triple Entente y Estados Unidos. El alistamiento obligado dividió a la población y condujo a varias revueltas entre los francófonos, que no estaban a favor de entrar en guerra, y los anglófonos, que apoyaban al gobierno.

Tras la Guerra, cuando se prohibieron las bebidas alcohólicas en Estados Unidos, Montreal se convirtió en un paraíso para los ciudadanos estadounidenses en busca de alcohol. Se la llegó a conocer como Sin City (Ciudad del Pecado) debido a su desinhibida vida nocturna.

Para mediados de siglo alcanzó el millón de habitantes y en 1967, en el centenario de la independencia, se convirtió en sede de la Exposición Universal (Cuando de Gaulle se vino arriba). Además, en aquellos años se comenzó a construir el metro, se expandió la bahía portuaria y se inauguró el canal navegable del río San Lorenzo. La ciudad estaba prosperando a buen ritmo y cada vez se levantaban más edificios de oficinas en el centro de Montreal.

En 1976 fue sede de los Juegos Olímpicos y desde ahí la ciudad cayó en picado. Los juegos la endeudaron profundamente, como suele ocurrir, como consecuencia de la corrupción. Los gastos se dispararon y tuvo que asumir una deuda tan alta que no consiguió saldar hasta 2006.

Pero los juegos no fueron el único lastre. Como en la década de los 60 Montreal estaba experimentando tal auge económico acogiendo importantes eventos internacionales y se esperaban las Olimpiadas, el gobierno federal de Canadá exigió que la ciudad sirviera como base de conexión para los vuelos transatlánticos con Europa, puesto que dada la baja autonomía de combustible de los aviones por aquella época venía bien una ciudad tan al este del continente. El aeropuerto de Dorval (hoy Montreal Pierre Elliot Trudeau) estaba experimentando un crecimiento de pasajeros entre un 15 y un 20% anual, así que echaron la cuenta de la lechera y planificaron un aeropuerto mastodóntico para asumir todo el tráfico que esperaban recibir. Parece que lo de construir aeropuertos como si no hubiera mañana no lo hemos inventado en España…

El proyecto del nuevo aeropuerto Mirabel abarcaba más de 39.600 hectáreas (como referencia, el Charles de Gaulle de París con lo inmenso que es ocupa sólo 3.200 hectáreas), más de la extensión de la propia Montreal (36.500 hectáreas). Una auténtica locura. Pretendían construir siete terminales y seis pistas que dieran servicio a 40 millones de pasajeros al año. La realidad fue que en el mejor de los años solo recibieron 3. Se inauguró en 1975 y comenzó a funcionar a pleno rendimiento para los Juegos Olímpicos, pero ya comenzaron a verse los primeros fallos. Mirabel quedó como aeropuerto internacional y Dorval para los vuelos de Canadá y Estados Unidos (durante 22 años quedó prohibido que operaran vuelos internacionales). En la teoría suena muy bien, pero era poco práctico, ya que suponía que quien quisiera usarlo como escala para unirlo con un vuelo nacional (o al revés), tenía que cambiar de aeropuerto y la comunicación entre ambos era horrible. También lo era con el centro de la ciudad, pues aunque se planificó un ferrocarril de alta velocidad que salvara los 50 kilómetros de distancia, al final no se llevó a cabo.

Se había elegido esta ubicación para evitar estar cerca de zonas residenciales por la contaminación acústica. Pero la tecnología avanza a pasos agigantados y pronto los aviones no solo fueron menos ruidosos sino que además tenían más autonomía de combustible, por lo que los transatlánticos no necesitaban hacer escala en Montreal si el destino final era la costa oeste del país. Así, fue perdiendo poco a poco tráfico en favor de Toronto y el aeropuerto de referencia de Montreal volvió a ser Dorval, mucho más céntrico. En 2004 tuvo lugar el último vuelo de pasajeros desde Mirabel y hoy está dedicado a transporte de carga, servicio médico y circuito de carreras de coches. La terminal de pasajeros está abandonada y se usa para rodajes. Allí se grabó la mayor parte de la película La Terminal, protagonizada por Tom Hanks.

El error de cálculo fue grave y fantasioso. Era imposible que el crecimiento de los 50 y 60 fuera a continuar durante mucho tiempo. Además se juntó con un contexto en el que Francia perdió poder y lo ganó Estados Unidos. En aquel momento Nueva York se convirtió en la referencia económica mundial y Detroit destacaba como capital mundial del automóvil. En este sentido Toronto quedaba mucho mejor comunicada con ambas, además de con Chicago. También Vancouver fue ganando cada vez más peso. A todo ello hay que sumarle el clima gélido y la estructura de la propia Montreal, cuyo centro histórico había que preservar y que por tanto impedía la creación de un distrito financiero tal y como se desarrollaba en otras grandes urbes norteamericanas.

Pero aún hay un aspecto más: el nacionalismo. La aprobación de la Ley 101 en 1977 en Quebec que exigía a cualquier establecimiento y empresa con más de 50 empleados a mantener el francés en el área de trabajo, además de que fuera la lengua vehicular en política y medios de comunicación provocó que muchas empresas se trasladaran a Toronto y que llegaran menos inmigrantes.

Así, en la actualidad ha quedado relegada a un segundo puesto en términos generales. Sigue estando entre los principales centros financieros de América, aunque sobre todo para compañías francesas que quieren trabajar en el continente. Se ha convertido en el segundo centro económico de lengua francesa en el mundo. Montreal cuenta con varias refinerías de petróleo y es centro de la industria farmacéutica, textil y de alta tecnología. Y, aunque su aeropuerto es el tercero del país en importancia, Montreal sigue siendo un importante nudo de comunicaciones, tanto vial como ferroviaria como portuaria.

Turísticamente también queda por detrás de Vancouver y Toronto, pero en varias ocasiones ha sido considerada como la Capital Cultural del país gracias a una interesante escena artística y numerosos museos.

Entre Ottawa y Montreal apenas hay 200 kilómetros y como habíamos salido a las 11 de la mañana, llegamos demasiado pronto para entrar en el apartamento. Por tanto, decidimos hacer tiempo visitando el Parque OIímpico, que queda algo alejado del centro.

Toca descubrir Montreal.

Nueva Serie para ver: Good Girls

Good Girls es una comedia que nos presenta a tres amigas que, hartas de sus problemas económicos, deciden atracar el supermercado en el que trabaja una de ellas para hacerse con un botín de 30.000 $ con el que pagar sus deudas. Sin embargo, sus planes de seguir adelante con sus vidas como si este episodio delictivo no hubiera ocurrido, no es tan sencillo.

En primer lugar tenemos a Beth, la típica Bree Van de Kamp madre de 4 hijos. Mujer blanca, de cuarentaitantos, alta, delgada, residente en las afueras, con una gran casa y un marido que dirige un concesionario. Ella es la perfecta esposa hacendosa y amorosa hasta que descubre que su marido le es infiel con una aspirante a actriz y además le ha estado ocultando que llevan varias letras sin pagar de la hipoteca.

La segunda protagonista, Annie, es la hermana de Beth, una madre soltera en su treintena que vive con su hija adolescente Sadie. El padre de la criatura no ha hecho acto de presencia hasta ahora, que va a casarse y se plantea solicitar la custodia junto con su nueva mujer. Annie, que ya de por sí lo tiene difícil para mantener a ambas con su sueldo de cajera, soportando además el acoso de su jefe, necesitará dinero si quiere enfrentarse en la batalla por la custodia.

Por último, Ruby es una mujer de mediana edad, negra, felizmente casada y con dos hijos. Su hija tiene un problema de salud y necesita un caro tratamiento médico que no se pueden permitir. Es el mercado, amigo, que hace que la sanidad en EEUU sea un negocio y la clase trabajadora muera porque no puede pagarse una cura. O que acabe en bancarrota tras pagar todas las costosas facturas.

De primeras parece que solo tienen en común su maternidad y los problemas financieros, pero les une algo más: el hartazgo de ser comparsas, de depender de terceros y aguantar que las ninguneen o no las tomen en serio por el hecho de ser mujeres. Así, esta necesidad económica sirve como punto de inflexión que les lleva a tomar las riendas de sus vidas.

Eso no quiere decir que se conviertan en heroínas, más bien en todo lo contrario. Son el perfecto ejemplo de la antiheroína, una figura que hasta ahora habíamos visto mucho en pantalla y en la literatura pero generalmente interpretados por hombres. Son unos personajes moralmente corruptos, aunque tengan en principio un buen fondo y lo hagan por un buen fin. Porque además, aunque este plan parezca sencillo, rápido e indoloro (pues perjudica a una empresa que tendrá un seguro), enseguida se complica cuando son descubiertas y entran en una espiral de extorsión.

A mí el piloto me supo a poco. Me sirvió para conocer a los protagonistas y secundarios así como el planteamiento de la serie, pero deja con muchas ganas de más. La trama tiene mucho potencial, se intuye una dualidad entre intentar salir de este nuevo mundo de actividades ilegales en que las tres protagonistas se han metido sin querer mientras ejercen como cabezas de familia. Sin duda, esta doble vida será lo que dará vida a la serie que, tras los 10 episodios iniciales de la primera temporada, ya ha renovado por una segunda.

Me gustó el tono en el que no sabes dónde acaba la tragedia y dónde empieza la comedia. Y es que hay un punto cómico en las desgracias, y un regusto amargo en la comedia. También ayuda la química de las protagonistas, esa mezcla de locura, sensatez y gamberrismo. Se agradece ver un trío protagonista que no compite, sino que se apoya y celebra la amistad.

Además de tocar la sororidad y el empoderamiento femenino, Good Girls introduce la cuestión de la identidad de género en el personaje de la hija de Annie, de 11 años, que no viste según los estereotipos de niña de su edad. Me recordó al hijo de Mary en House of lies. En ambos casos los progenitores respetan el espacio de sus hijos y dejan que exploren libremente su identidad en una etapa tan difícil de sus vidas. Es un personaje secundario, pero es importante la visibilización como normalización.

Tiene un argumento interesante, un buen trío protagonista, un tono ácido, un mensaje de fondo y además es ágil y divertida. Sin duda en la lista de series “para ver” para saber cómo evoluciona.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 8. Recorriendo Ottawa: Colina del Parlamento, Downtown y Universidad

Después de todo, no dormimos mal en el hotel de CSI, además tenía desayuno incluido, por lo que tras la rutina de duchas y de dejar todo medio recogido, nos fuimos al buffet.

No era un gran buffet, pero había bebidas calientes, zumos, yogures, mantequilla, mermeladas, sirope de arce, huevos cocidos (envasados al vacío – muy raro el detalle -), algo de fruta, bollería, tostadas y, por supuesto, máquina de gofres.

Teníamos que abandonar el hotel a las 11 y aún nos quedaba algo por ver de Ottawa, así que teníamos la opción de recoger y entregar la llave y volver tranquilamente a por el coche, o recoger, pero cargar el coche y devolver las llaves después. Y esto último fue lo que hicimos, algo que nos lastró un poco y nos hizo ir a la carrera. Error mío que calculé mal las distancias.

Nos dirigimos hacia la colina del Parlamento y nos encontramos de camino muchas calles cortadas y mucha presencia policial. Después descubrimos que había una carrera ciclista.

Una de las calles que estaba cortada era el Bulevar Confederación, una avenida que se usa para eventos y ceremonias. En ella se encuentran muchas instituciones canadienses. Desde finales del siglo XIX transitan esta ruta los gobernadores de Canadá así como las personalidades extranjeras relacionadas con la política que visitan la ciudad, ya que transcurre entre la Colina del Parlamento y Rideau Hall, la residencia del gobernador.

Además, vimos mucho uniforme militar y bandas de música. Al parecer era la conmemoración de la Batalla del Atlántico, la campaña militar continua más larga de la II Guerra Mundial. Incluso vimos algún veterano con muy buen sentido del humor.

Siguiendo el curso de la calle Rideau llegamos al Fairmont Château Laurier, un conocido hotel de cinco estrellas.

Construido en 1912, ha alojado a numerosos políticos y ha sido lugar de encuentro para reuniones relevantes debido a que se encuentra muy próximo al parlamento. Por esto a veces se lo conoce como tercera cámara.

El hotel se asoma al Canal Rideau, Patrimonio de la Humanidad desde 2007, que divide la ciudad de Ottawa en dos.

Se construyó con fines militares cuando Estados Unidos y Gran Bretaña se enfrentaban por el control de la zona. Gracias a un sistema de más de 80 esclusas los británicos salvaban el desnivel entre el río Ottawa y el lago Ontario y conseguían unir Ottawa con Kingston. En aquel momento supuso una obra de gran envergadura tanto en tiempo, como en coste y personal. Sin embargo, aunque el uso original iba a ser militar, lo cierto es que nunca se usó como sistema defensivo. Hoy sigue operativo y se puede navegar (de mayo a septiembre solo, ya que en invierno se convierte en una inmensa pista de hielo). Por su parte, las esclusas se pueden visitar de forma gratuita.

Dando la espalda al canal, enfrente tenemos la Confederation Square, el segundo centro de ceremonias más importante de la capital después de la colina del Parlamento. En el centro de esta planta circular se erige el Memorial Nacional de Guerra y en su perímetro el Memorial de los Valientes. Su relevancia no se debe solo a la ubicación en el centro de Ottawa, sino también porque está rodeada por importantes edificios.

En 1938 se demolieron la antigua oficina de correos y la iglesia presbiteriana Knox para poder construir la plaza dentro de la planificación del arquitecto francés Jacques Gréber. El Primer Ministro William Lyon Mackenzie King quería que Elgin Street se ensanchara para así darle más presencia al parlamento y que en la plaza hubiera un memorial de la guerra. Este fue inaugurado en mayo de 1939 por el rey Jorge VI.

En la plaza también se encuentra la Tumba al Soldado Desconocido.

El Monumento a los Valientes por su parte en realidad consiste en nueve bustos y cinco estatuas que representan a sendas figuras de la historia militar del país. Los hay de diferentes períodos. Por ejemplo, del régimen francés (1534-1763) podemos encontrar a Frontenac y a Pierre Le Moyne d’Iberville; de la revolución americana (1775-1783) Joseph Brant Thayendanegea y John Butler; de la guerra de 1812 a Sir Isaac Brock, a Charles de Salaberry y Laura Secord ; de la I Guerra Mundial a Georgina Pope, el General Sir Arthur Currie  y el Cabo Joseph Kaeble; de la II Guerra Mundial al Teniente Robert Hampton Gray, al Capitán John Wallace Thomas, al Mayor Paul Triquet y al piloto Andrew Mynarski.

La plaza nos conduce a la Colina del Parlamento, un recinto de una extensión de 112.360 metros cuadrados en el que se erigen los edificios del Parlamento. Es aquí donde se celebran los actos del 1 de Julio, el día de Canadá. El primer edificio que nos encontramos es el East Block, uno de los tres que conforman el Parlamento.

Construido entre 1859 y 1866 como los otros dos, es una estructura asimétrica construida en el estilo gótico victoriano. En el momento de su inauguración era un edificio muy moderno, que incluía tecnología de vanguardia, sin embargo, pronto quedó desactualizado y se llegó a considerar su demolición. Finalmente en 1966 se llevaron a cabo tareas de restauración en su interior y una segunda vez en 1981. Se ha intentado conservar la decoración original, pero se ha reorganizado el espacio para que albergue las oficinas de los ministros, parlamentarios, senadores y personal administrativo.

Durante nuestra visita se estaba estabilizando la estructura y renovando los exteriores reemplazando secciones del tejado así como elementos ornamentales. En su alrededor se encuentran las estatuas de Laurier, el primer Primer Ministro francófono de Canadá desde 1896 hasta 1911, y una conmemorativa de la guerra de 1812, inaugurado para el 200 aniversario del conflicto.

Las siete figuras de bronce representan a los combatientes clave que se unieron para derrotar la invasión estadounidense: un luchador Métis disparando un cañón, una mujer que venda el brazo de un Voltigeur (un combatiente francés), un marinero de la Marina Real tirando de una cuerda, un guerrero de las Primeras Naciones que señala en la distancia, un miliciano canadiense levantando su brazo en señal de triunfo y un miembro del regimiento Royal Newfoundland del ejército británico disparando un mosquete.

Siguiendo por el gran espacio verde llegamos al centro del recinto, donde está el Centennial Flame, un monumento conmemorativo de los 100 años de la Confederación Canadiense. Se encendió por primera vez el 31 de diciembre de 1966 por el Primer Ministro Pearson dentro de los actos del aniversario. En principio iba a ser temporal, pero gracias al apoyo popular, se decidió mantener. El 13 de diciembre de 2017 Justin Trudeau volvió a encender la llama en un acto conmemorativo de los 150 años.

Se trata de una fuente circular con los escudos de las provincias y territorios de Canadá así como la fecha en que se incorporaron a la Confederación. En el centro hay una llama que suele estar encendida, salvo cuando hace mal tiempo. Y el calor que genera hace que el agua no se congele.

Tras el monumento se erige el Edificio central, construido entre 1865 y 1865. Alberga la Casa de los Comunes y el Senado.

Con sus 92 metros de altura destaca la Torre de la Paz, también conocida como la Torre de la Victoria y la Paz. Concebida como un memorial de la I Guerra Mundial, en su interior se grabaron los nombres de hombres y mujeres que murieron en la contienda.  Está compuesta por un carillón que cuenta con 53 campanas.

Tanto de lejos como de cerca se puede apreciar claramente que son edificios de clara influencia arquitectónica británica, llenos de pequeños detalles y esculturas. Incluso podemos ver leones y unicornios. Y aunque el Parlamento ardió completamente el 3 de febrero de 1916 y tan solo se salvó la biblioteca de las llamas, las restauraciones posteriores han intentado recuperar el diseño original.

Se puede hacer un tour por el interior del Parlamento de forma gratuita. Pero hay que sacar un ticket antes, por lo que hay que madrugar, ya que se asignan por orden de llegada completando los grupos con 25-30 personas. La visita dura 45 minutos y depende de la actividad parlamentaria.

Por último, el West Block, también terminado en 1865 en estilo gótico victoriano destaca por sus tres torres: la Torre Mackenzie (añadida en 1878), la Torre Laurier (agregada en 1906) y la Torre Suroeste.

El edificio ha tenido que ser ampliado un par de veces, pues a medida que crecía el personal parlamentario y administrativo se necesitaba más espacio. A diferencia de los otros dos, este no se puede visitar.

La ubicación del Parlamento junto al río permite su visualización desde casi cualquier punto de la ciudad. Además, permite asomarse y obtener unas buenas vistas de Gatineau, de la basílica o de la estructura acristalada de la galería.

Como no contábamos con tiempo para visitarlo por dentro ni para asistir al cambio de guardia, continuamos rodeando el edificio central. En su perímetro nos encontramos con estatuas de personajes importantes en la historia canadienses cada pocos pasos. No puede faltar por supuesto la reina Isabel II. La estatua ecuestre se inauguró en 1992 dentro de las celebraciones del 125 aniversario del país.

John Alexander Macdonald, quien fuera el primer Primer Ministro de Canadá y uno de los padres de la Confederación.

También está George Brown, otro de los padres de la Confederación además de editor de periódico (fundó el The Globe de Toronto).

En la base reza la frase: “El gobierno para la gente, instituciones libres, libertad e igualdad religiosa, unidad  y progreso de la Confederación”.

Más adelante están Robert Baldwin y Sir Louis-Hippolyte Lafontaine, quienes allanaron el camino para la independencia democrática pacífica de Canadá.

A continuación está Alexander Mackenzie, quien supervisó el establecimiento de la Corte Suprema de Canadá y la Oficina del Auditor General de Canadá durante sus cinco años como primer ministro. También introdujo cambios a las leyes electorales, como por ejemplo el derecho al voto secreto y el sufragio universal masculino.

En la base del monumento se puede leer “El deber era su ley y la conciencia su maestro”.

Importantes para el país también fueron las Mujeres Sufragistas, por lo que en el año 2000 se inauguró este conjunto escultórico en el que cinco mujeres celebran su importante victoria legal.

La pelea por el sufragio femenino comenzó a finales del siglo XIX. La WCTU (Woman’s Christian Temepreance Union) fue la mayor organización de mujeres en Canadá a finales del siglo XIX y principios del XX.  En 1916 las sufragistas canadienses hicieron campaña manifestándose, organizando actos, lecturas y peticiones. El movimiento tenía varias reivindicaciones que afectaban a las mujeres, aunque sin duda consideraban que conseguir el voto era lo más significativo de esta reforma.

Durante años las mujeres quisieron acceder al Senado. Varios grupos presentaron a la jueza Emily Murphy (la primera mujer magistrada en el Imperio Británico entre otros cargos) como su candidata; sin embargo, cinco sucesivos gobiernos federales sostenían que las mujeres no podían ser elegidas por no ser “personas cualificadas”, según la sección 24 del Acta de la Norteamérica Británica de 1867.

En 1927 la jueza invitó a cuatro mujeres de Alberta a que se unieran a ella en la petición al gobierno para la reinterpretación de ese “personas”. Estas mujeres eran: Henrietta Muyr Edwards, periodista que fundó la Asociación de Niñas Trabajadoras en 1875 (precursora de la YWCA);  Louise McKinney, presidenta de la Dominion Women’s Christian Union; Nellie McClung, novelista, periodista y miembro de la legislatura de Alberta (la única mujer en el Consejo de guerra de Dominion y la primera mujer en la junta de gobernadores de la Canadian Broadcasting Corporation (CBC)); e Irene Parlby, política elegida presidenta de la rama femenina de United Farmers of Alberta en 1916 y miembro de la legislatura de Alberta en 1921.

En 1928 el Tribunal Supremo dictó que según al acta, las mujeres no estaban cualificadas por el Senado. Así, las cinco mujeres persuadieron al Primer Ministro para que apelara dicha decisión ante el Comité Judicial del Consejo Privado de Gran Bretaña, la corte final de apelación de Canadá hasta 1949.

El 18 de octubre de 1929 este consejo revocó la decisión del Tribunal Supremo indicando que la palabra “personas” englobaba tanto a hombres como a mujeres, y que por tanto las mujeres podían ser candidatas al Senado.

Aunque ninguna de estas cinco mujeres llegó a ocupar un cargo en la cámara, supuso un gran avance.

Aunque la zona estaba en obras y había vallas por todos lados, merece la pena ver el edificio principal por detrás.

Allí se halla la campana que se cayó de la torre durante el incendio de 1916. Fue restaurada y se decidió colocar en el recinto como recuerdo de aquel trágico suceso. Eso sí, se mantiene inclinada intentando dejarla tal y como se encontró.

Un poco más adelante sorprende encontrar una construcción de madera. Se trata del Pabellón de Verano.

Originalmente construido en 1877, fue demolido en 1958 y reconstruido en 1993 para dedicárselo a los policías nacionales caídos en servicio.

Después de darle la vuelta al edificio del Parlamento, continuamos dirección al centro, a la parte peatonal de la ciudad, en torno a la calle Elgin y a la Sparks. Sin embargo, era muy pronto para un domingo y no había mucho movimiento. Todos los locales estaban cerrados, tan solo había uniformados y muchas estatuas.

Así, emprendimos el regreso hacia el hotel. De camino pasamos por el ayuntamiento, el Ottawa City Hall, un complejo que se compone de dos edificios conectados. Por un lado un ala moderna que da a la avenida Laurier y que es la entrada principal; y por otro una del siglo XIX, donde se encuentran las oficinas del Alcalde y de los miembros del Consejo, además de salas de comités, que da a la calle Elgin.

El ala moderna, que además es la sección principal, fue construida en 1990. Alberga la cámara del Consejo, un gran atrio y varias oficinas y servicios públicos.

La plaza frente a él acoge conciertos, festivales y otros eventos comunitarios. En los jardines hay una fuente y una plataforma donde se puede patinar sobre hielo.

Al lado del edificio moderno se encuentra el monumento dedicado a los veteranos de la Guerra de Corea. También hay un monumento dedicado a los bomberos.

Cruzando el río nos adentramos en el campus universitario.

La Universidad de Ottawa es una de las más antiguas del país. Fue fundada en 1848 como College of Bytown por el Missionary Oblates of Mary Immaculate. Hoy en día cuenta con unos 30.000 estudiantes y las clases se imparten mayoritariamente en inglés (68%).

Paseando por el campus podemos ver las residencias universitarias. Algunas son bloques de apartamentos, pero también hay casas al estilo de de fraternidades.

Destaca la casa victoriana Laurier House, donde residieron dos famosos primeros ministros canadienses: sir Wilfrid Laurier y William Lyon Mackenzie King. Por ella también han pasado importantes invitados como Charles de Gaulle, Roosevelt, Franklin o el rey Jorge VI.

Fue construida en 1878, aunque ha pasado por varias reformas con el paso del tiempo. Se puede realizar una visita guiada por su interior por $4.

Cerca se encuentra también la casa del Viceministro de Finanzas J. M. Courtney, una construcción con un cuidado porche y un tejado rematado con ornamentación en la parte correspondiente a la fachada.

El campus cuenta incluso con varias iglesias, una de ellas es la Centretown United Church, construida en 1906 en estilo gótico.

Ya de vuelta en el hotel rozando la hora límite, cargamos el coche, dejamos la llave en recepción y pusimos rumbo a Montreal.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 7 II: Recorriendo Ottawa

Apenas tardamos nada en llegar desde el museo hasta nuestro hotel, el Econo Lodge, un típico motel de carretera de las películas. Tan típico que al abrir la habitación parecía que estábamos en un capítulo de CSI. Pero bueno, era para una noche, mejor no pensar en cadáveres. Lo cierto es que no había sido muy sencillo encontrar hotel en la ciudad, pues o eran muy caros, o los de gama media eran de menor calidad que en otras ciudades. Sin duda el de London estaba bastante mejor.

Teníamos el aparcamiento prácticamente para nosotros, por lo que pudimos descargar cómodamente, algo que además fue mucho más sencillo al tratarse también de una planta baja.

Como en London habíamos cogido una habitación cuádruple en la que además contábamos con nevera, microondas y escritorio. Lo bueno es que tenía un armario estilo vestidor que nos permitía dejar guardadas las maletas y trastos.

Como ya digo, nos rugía el estómago, así que sin entretenernos mucho, decidimos comer justo enfrente del alojamiento en el japonés/coreano GO GI YA. Pedimos de entrante unas edadame y unas Kyoza.

Como plato principal yo recuerdo coger unos fideos de boniato con vegetales fritos (abajo a la izquierda) que estaban muy ricos. Sin embargo, a los cinco minutos estaba saturadísima del sabor tan tan tan dulce. Quizá debería llevar más verduras y menos fideos para que no resulte tan cargante. Bueno, y que el bol era bastante grande. Al final mi plato acabaron repartiéndoselo.

Con el estómago lleno y la tarde cayendo, nos pusimos en marcha para intentar ver al menos una parte de la ciudad antes de que se hiciera de noche. Nos dirigimos hacia el Byward Market, una zona muy animada llena de mercados, tiendas y restaurantes. Nosotros acabábamos de comer, pero se respiraba ambiente de tomarse algo en una terracita. Aunque mucha gente parecía ya preparada directamente para cenar. Era sábado, así que había bastante ambiente.

Las calles más animadas son Clarence, York y las perpendiculares que las cruzan.

En realidad, el mercado que le da nombre a la zona es un edificio de color rojo en cuyo interior alberga puestos de comida internacional y algunas tiendas. En su exterior, alrededor de su perímetro, hay varios puestos donde se pueden encontrar productos típicos así como artesanía.

Ideado por John By e inaugurado en 1826, es uno de los más grandes del país.

Continuamos por la calle York donde nos encontramos con las letras de OTTAWA. Es complicado sacar una foto sin gente en la era de instagram…

Tras ellas vimos una pequeña fuente, la Fuente del Milenio.

A mediados del siglo XIX era complicado obtener agua potable en Ottawa y la gente tenía que desplazarse para conseguirla. Como la demanda fue creciendo, el ayuntamiento colocó varias fuentes públicas en la ciudad, tanto para animales como para personas. Se diseñaron en hierro o piedra y se integraron en la decoración de la ciudad.

En 1874 el agua potable comenzó a llegar a los edificios y también se instalaron bocas de riego por toda la ciudad, así que poco a poco fueron perdiendo relevancia y muchas se fueron retirando. Algunas sin embargo se dejaron para los caballos.

Esta fue construida inspirada en una que hubo hasta finales del siglo XIX en el cruce de las calles George y Sussex.

Seguimos hasta la Basílica Catedral de Notre Dame, la iglesia católica más famosa de la ciudad.

De estilo gótico y torres plateadas, se erige en el mismo lugar en que se hallaba la iglesia de madera de St. Jacques, construida en 1832. Este pequeño templo fue derrumbado en 1841 para levantar uno más grande. Fue terminada en 1846 y un año más tarde designada como Catedral de Bytown. Hoy ofrece sus servicios en edición bilingüe.

Frente a ella se encuentra el National Gallery of Canada, uno de los museos más importantes de la ciudad. Alberga una variada colección de punturas, dibujos, esculturas y fotografía. Sobre todo está centrado en arte canadiense, pero también cuenta con otras secciones como arte europeo o asiático y un área de arte contemporáneo internacional.

Entre su colección nacional se pueden encontrar desde obras muy antiguas de los indígenas hasta otras de los años 70 del siglo pasado.

El primer edificio que acogió el museo fue el del Tribunal Supremo en Parliament Hill en 1882. En 1911 se trasladó al Victoria Memorial Museum y cinco décadas más tarde, en 1962, se volvió a mover, esta vez a un edificio de oficinas en la calle Elgin. Finalmente ocupó la actual ubicación en 1988.

Su exterior destaca por su estructura de cristal y por la escultura de su fachada. Esta araña de bronce, acero inoxidable y mármol fue realizada por la artista Louise Bourgeois. Mide casi 10 metros de alto y se llama Maman, el nombre coloquial para mamá en francés. Al parecer esta obra es en honor a su madre, una mujer que reparaba tapices en un taller de París y que murió cuando ella tenía 21 años. Ha realizado nueve esculturas de arácnidos y están repartidas a lo largo del mundo. Por ejemplo, se pueden encontrar en la Tate Gallery de Londres,  en el Museo Guggenheim de Bilbao, en el Samsung Museum of Art de Seúl o en el MoriArtCenter de Tokio.

Entre St. Patrick Street y Murray Street, en el centro de la intersección donde se encuentran con Mackenzie Avenue y Sussex Drive se halla Reconciliación, un monumento que conmemora el papel de Canadá en el mantenimiento de la paz internacional y honra a los soldados que han participado y participan actualmente, tanto vivos como muertos.

Representa a tres soldados (dos hombres y una mujer) de pie entre los restos de la guerra simbolizando la resolución que trae el mantenimiento de la paz. O eso pretendía el artista.

En los muros inferiores se pueden leer los nombres de varios batallones o intervenciones.

En 1995 se emitió una edición especial de las monedas de $1 y llevaban una representación del monumento.

En una glorieta próxima llama la atención la escultura Los tres vigilantes.

Realizada en bronce representa a unas figuras que suelen colocarse en lo alto de los totems delante de las casas en las aldeas de Haida en Haida Gwaii. Se cree que así protegen al pueblo y avisan en caso de que llegue una amenaza.

Se nos estaba haciendo de noche y queríamos ver cómo caía el atardecer, así que cruzamos al Major´s Hill Park, frente a la galería. Es uno de los parques más antiguos de la ciudad y estaba muy animado lleno de gente disfrutando de la fresca tarde-noche.

Este parque ofrece unas buenas vistas del Río Ottawa, del hotel Fairmont Chateau Laurier y de los edificios del Parlamento. Además, al fondo, se llega a ver bien Gatineau, al otro lado del río. Hay muchas estatuas de soldados alrededor del Parque.

Este parque ocupa el lugar en que se asentaron los constructores del canal y se pueden ver varias placas conmemorativas de aquel momento, así como una estatua del teniente coronel Major Bolton y sus diferentes sucesores.

También hay una estatua de un Anishinaabe.

Volvimos a cruzar hasta la galería, pues a los pies del puente Alexandra hay un mirador. En el centro se erige la estatua de Samuel de Champlain, el padre de Nueva Francia.

Ayudó a colonizar Acadia y, en 1608, fundó un asentamiento en Quebec que se convirtió en el centro de la colonia. Forjó importantes alianzas con los aborígenes y expandió la espera de influencia francesa viajando por el Río Ottawa hasta los Grandes Lagos. Exploró y realizó mapas de grandes áreas del continente y en sus diarios de viaje dejó reflejados datos valiosísimos de su era para las siguientes generaciones.

El mirador ofrece aún mejores vistas que desde el parque, la pena es que el sol se oculta por el lado de Gatineau y no por el del Parlamento, lo que mejoraría mucho más la panorámica.

Nos quedamos un rato observando el atardecer viendo cómo el cielo alternaba entre amarillos, naranjas y morados por detrás del Museo Canadiense de Historia.

Cuando el sol terminó de ocultarse y las farolas iluminaban nuestro camino, volvimos al hotel. La verdad es que nos encontramos una ciudad muy decadente, con mucha mendicidad y desde luego que no tenía ese aire de capital.

Ya en el hotel picoteamos algo de los restos que aún nos quedaban de salsas y nos fuimos a dormir, que al día siguiente queríamos madrugar para ver lo que aún nos quedaba de Ottawa antes de salir para Montreal.

La Magia del Orden, Marie Kondo

Marie Kondo se ha puesto de moda recientemente gracias a su serie de Netflix (ya llegaremos a ella), pero esta japonesa – que ya desde niña tenía obsesión por el orden-  lleva ya unos años dando consejos con su método KonMari. Yo la conocí por su libro La Magia del Orden, donde aborda la organización como una especie de terapia y cambio de vida.

Aunque suene todo muy zen y muy japo, lo cierto es que razón no le falta. Como bien dice, cuando tenemos un espacio desorganizado, tendemos a vaciarlo, limpiarlo y reorganizarlo después con algún elemento de almacenaje. Pero claro, los trastos siguen ahí, lo único que hacemos es quitarlos de la vista y con el tiempo se irá llenando más, se volverá a desorganizar y vuelta a empezar, lo que supone una pérdida de tiempo. Por el contrario, ella plantea un método más definitivo, y de ahí lo del cambio de vida, porque nos lleva a replantearnos cómo queremos vivir, qué queremos mantener en nuestra casa, a qué le queremos dedicar el tiempo (y es que limpiar y organizar nos consume horas de vida. Y también en buscar algo que no sabemos dónde está).

Así, tras dar el primer paso y comprometernos a ser ordenados y pensar en nuestro objetivo, toca remangarse y ponerse manos a la obra.

En primer lugar, antes de organizar hay que eliminar. Sí, toca descartar. Yo lo veo como si fuera a hacer una mudanza: es más lógico hacer una limpia antes de empaquetar, pues así tendremos menos que mover de una casa a otra. Pues en este proceso igual. Fuera cosas innecesarias, rotas, que llevan años sin ser usadas. Marie Kondo le da un punto más místico y nos aconseja que nos quedemos solo con aquello que nos haga felices. Yo preferiría hablar de objetos que cumplen una función, pues eso de los bienes materiales nos produzcan felicidad me chirría un poco. Pero bueno, tiene más que ver con su cultura japonesa. Este proceso de desechar puede ser complejo al principio, pero poco a poco se va haciendo más fácil. Y no solo aligera la casa, sino que también deja la mente un poco más despejada.

¿Y por dónde empezamos a hacer esta criba? Pues según el Método KonMari mejor hacerlo por categoría y no por almacenamiento. Se trata de un proceso que ha de servir como cambio de mentalidad, por lo que recomienda hacerlo de golpe. Es una purga que ha de hacerse del tirón, nada de poco a poco en limpiezas de primavera u otoño. Y a ser preferible solos, pues la familia puede interferir más que ayudar.

Como decía al principio, solemos abrir un espacio, vaciarlo, limpiarlo, reorganizarlo y listo. Sin embargo, esto tiene un problema y es que no nos hacemos a la idea del volumen de posesiones que tenemos o incluso de que guardamos objetos repetidos guardados en varias habitaciones. Así, Kondo propone hacer limpia por categoría y agrupar todo lo que haya repartido en varias estancias para tomar consciencia.

Y sugiere empezar primero por la ropa, después con los libros, los papeles, miscelánea y finalmente con los objetos que tienen un valor sentimental. Aconseja seguir este orden porque iremos de más fácil a más difícil, de forma que cuando lleguemos a lo sentimental ya iremos en velocidad de crucero y estaremos más sueltos a la hora de filtrar lo que sí y lo que no nos vamos a quedar (donar, regalar, vender o tirar).

La ropa sería lo más sencillo según Kondo porque así a simple vista ya nos vienen a la mente prendas que no nos valen, que no nos sientan bien, que han pasado de moda o están ya viejas (no está para nada a favor de que la ropa vieja pase a ropa de estar por casa). Ahí tenemos medio camino hecho.

Con los libros quizá no sea tan fácil reducir la biblioteca a tan solo 30 como sugiere, aunque es verdad que hoy en día con los formatos digitales quizá no guardamos tantos. En cuanto a los papeles y revistas siempre hay contratos o facturas que fiscalmente ya no sería necesario guardar y por tanto ahí también ya tenemos un pequeño paso hacia el filtrado. En concreto ella recomienda mantener dos subcategorías: lo que hay que conservar (contratos de servicios, la hipoteca…) y lo que requiere una gestión (facturas que hay que pagar, por ejemplo).

Así, según el método con cada una de las categorías debemos agrupar todo en un espacio amplio e ir tomando cada objeto y hacernos la misma pregunta: ¿Me produce alegría? Si no somos tan místicos, pues podemos preguntarnos si nos aporta algo tener ese objeto en nuestras vidas. En función de si la respuesta es afirmativa o negativa, iremos haciendo montones. Uno para lo que se queda, otro para lo que se va (a lo que le daremos las gracias por su servicio prestado. Sí, muy oriental).

Una vez que hemos hecho ese filtro y hemos reducido nuestras posesiones toca recolocar de forma eficiente. Pues bien, la japonesa nos recomienda reutilizar cajas de zapatos vacías u otros recipientes que ya tengamos. Nada de lanzarse a la tienda y volverse loco con productos de almacenaje. Además, se supone que como el volumen de objetos se habrá visto reducido, nos sobrará espacio de sobra. Las cajas permiten que los objetos no queden desperdigados (imaginemos por ejemplo un cajón del baño con los productos de aseo o maquillaje, o una despensa donde podamos agrupar todas las especias o los utensilios de repostería que usamos de vez en cuando). Lo importante es organizar todo de forma que quede a la vista y accesible. De ese modo nos será más sencillo saber qué tenemos y podremos llegar a ello sin problema. Esto sirve tanto para la ropa, como para los papeles o la despensa de la cocina.

En el caso de la ropa recomienda crear subcategorías y guardar por un lado las camisetas, por otro los pijamas, por otro la ropa interior y calcetines, por otro los accesorios… Además, no es muy amiga de colgar demasiadas prendas, solo blusas o chaquetas. Propone guardar la ropa doblada en vertical para que así sea más visible todo el cajón. Y he de reconocer que es muy útil. Para baldas quizá da un poco igual porque sí que ves las prendas, pero en un cajón tan solo veríamos la de arriba del todo, y como tenga mucho fondo, habrá algunas que quedarán olvidadas atrás.

Para las pocas prendas que vayan a ser colgadas, recomienda organizarlas según tonalidad de color (como si eso fuera un Pimkie) quedando las más ligeras a la derecha y las más fuertes a la izquierda. Yo esto lo haría al revés, pero porque mi puerta corredera primero me deja a la vista el lado izquierdo.

Tampoco comparto su idea de tener toda la ropa en el armario y no guardar la de fuera de temporada. Quizá le funcione en Japón, pero con el clima de Madrid en que en invierno tenemos máximas de 10 y mínimas bajo cero y veranos cuyas temperaturas no bajan de 20º y fácilmente llegan a los 40º, pues me va a perdorar la señora Kondo, pero no le veo sentido a tener las camisetas de tirantes junto a las de manga larga o los jerseys de cuello vuelto junto a los pantalones cortos.

En otro aspecto en el que difiero con la japonesa es en lo de vaciar el bolso cada día. Lo veo innecesario y puede causar más problemas que ventajas. No termino de ver tampoco lo de guardar los bolsos uno dentro de otro. Sí, está muy bien cuando son de gran tamaño y de asa, pero para otro tipo de modelos seguro que me olvidaría de los que tengo, pues solo vería los de fuera.

Por lo demás, salvando las distancias culturales, es un método que no deja indiferente y del que se puede sacar una buena inspiración. No veo factible lo de hacer esa limpieza de toda la casa de golpe, porque puede resultar abrumador, pero quizá una categoría cada semana o cada 15 días sí que sirva como empujón para darle un nuevo aire a la vida. Y es que este proceso que propone Marie Kondo nos empuja a un diálogo interior sobre qué esperar de nosotros mismos y sobre cómo queremos vivir. No se trata de un proceso únicamente material, sino que conlleva una retrospectiva.

Tras esta purga y reorganización hay que cambiar el chip y conseguir mantenerlo. Así, guardar cada cosa en su lugar (por ejemplo guardar el abrigo y bolso al llegar a casa) y no volver a comprar compulsivamente para no volver a almacenar innecesariamente. Además, uno empieza por la ropa, sigue con los libros, papeles, revistas, revisa objetos sentimentales, se deshace de trastos y lo siguiente que va detrás es reducir el número de muebles, ya que a menos cosas que guardar, menos almacenaje se necesita. Sobrarán cachivaches decorativos y nos acercaremos más al minimalismo, que siempre es una buena idea. No solo por reducir el consumismo, sino porque el orden reduce el estrés y ahorra tiempo. Y de tiempo vamos siempre escasos.

Tras La Magia del orden, libro del que se han vendido más de cinco millones de ejemplares y que se ha traducido a más de treinta idiomas, Kondo publicó una continuación, La felicidad después del orden, una guía ilustrada de su método. Además, tiene un tercer libro, La magia del día a día (La magia del orden): Diario (Cuerpo y mente), que sirve de acompañamiento de La magia del orden con frases inspiracionales. Muy Mr Wonderful todo.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 7: Llegada a Ottawa y Museo Canadiense de Historia

Después de haber dejado todo preparado la noche anterior, nos levantamos, desayunamos y cargamos el coche. Teníamos unos 450 kilómetros a nuestro siguiente destino, Ottawa, la capital de Canadá y cuarta ciudad más grande del país. De momento seguiríamos en Ontario, aunque justo en el límite con la provincia de Quebec, ya que el río Ottawa sirve de frontera natural.

Para ser una capital, sorprende que no llegue al millón de habitantes. Aunque tiene sentido, ya que no se ganó la capitalidad por su relevancia como ciudad, sino como el compromiso entre Quebec y Ontario para que la nueva capital no fuera ni la francófona Montreal, ni la anglófona Toronto. Así, Ottawa tiene una mezcla de esas dos realidades, con una mezcla de cultura inglesa y francesa. Y, aunque el idioma habitual es el inglés, casi todo el mundo habla también francés.

Antes de la llegada de los exploradores europeos, habitaban en la región los nativos algonquinos. De su lengua, en concreto de la palabra Odawa (al comercio), viene el nombre “Ottawa”. Estos nativos llamaban al río Ottawa “Kichesippi” (el Gran Río) y a sí mismos “Kichesippirini” (Gente del Gran Río). Este río era muy importante por la abundante pesca, así como medio de desplazamiento. Los comerciantes de pieles franceses lo llamaron “Ottawa” por la tribu de los Ottawa (en francés Outaouais), aunque solo residieron en la zona unos pocos años.

En 1613, el francés Samuel de Champlain pasó por la región​ y a partir de entonces, cazadores y comerciantes de piel usarían el río Ottawa como ruta hacia el oeste canadiense.

Con el fin de Nueva Francia en 1759, el área de Ottawa pasó a control británico y los colonos procedentes de Estados Unidos comenzaron a ocupar esas tierras. Luego, con el éxito comercial conseguido, otros colonos comenzaron a asentarse la región. Ira Honeywell fue la primera persona de ascendencia europea en colonizar la margen sur del río Ottawa, en 1811.

Tras la guerra de 1812 los británicos, temiendo otra invasión estadounidense contra Canadá, construyeron el Canal Rideau para así conectar el río San Lorenzo con el río Ottawa. De esta forma podrían transportar materiales y armas al interior de Canadá sin tener que hacer uso del San Lorenzo después de Kingston, ya que esta ciudad está muy próxima a Estados Unidos y era vulnerable a posibles ataques.

El asentamiento construido para albergar a los trabajadores se llamó Bytown en honor al coronel John By y tras finalizar el canal, Bytown comenzó a crecer y prosperar gracias a la industria maderera. En 1850 fue elevado a estatuto de ciudad ya con más de 10.000 habitantes y se cambió el nombre por Ottawa.

Tras la fusión en 1840 del Alto y Bajo Canadá faltaba por decidir una capital y mientras tanto fueron temporales Kingston, Montreal, Quebec y Toronto. Finalmente, en 1857 la Reina Victoria escogió Ottawa por estar relativamente lejos de EEUU, por tanto más segura que otras ciudades; por la localización de la ciudad entre el Alto y Bajo Canadá; y por la belleza de la región. Para 1867, cuando Canadá ya se había independizado, seguía siendo capital y tenía una población de 18.000 habitantes.

En 1900, un incendio destruyó buena parte de la ciudad. Y aunque 14.000 ciudadanos se quedaron sin hogar, sólo murieron siete personas. La ciudad fue reconstruida lentamente, hasta 1912, cuando había alcanzado 90.000 habitantes.

En 1937, el entonces primer ministro de Canadá, William Lyon Mackenzie King, encomendó a Jacques Gréber (famoso urbanista francés, responsable de la revitalización urbana de París) para que rediseñase la ciudad. Pero con el inicio de la II Guerra Mundial, los planes no se llevaron a cabo y Jacques Gréber volvió a Francia.

Tras la guerra continuaron los planes de una mejor planificación urbana, con Jacques Gréber de nuevo en Canadá. El plan del urbanista hizo que se eliminaran 51 kilómetros de vías férreas y que la estación central de tren se desplazara a una región más alejada del centro urbano, al este. ​También se construyeron muchos parques y zonas verdes alrededor de la ciudad, así como un gigantesco parque, de 36 km², ​el llamado Parc de la Gatineau. Además contemplaba que los edificios gubernamentales deberían construirse no sólo concentrados en un área, sino también en los límites de la ciudad. Este plan continuaría a lo largo de las década de 1960 y de 1970, con la creación de más playas y más parques.

Llegamos a la una y media de la tarde, y antes de conocer la ciudad queríamos visitar el Museo Canadiense de Historia, que cerraba a las 5. Habíamos picado algo por el camino para así poder retrasar la comida.

El museo realmente no está en Ottawa, sino que se encuentra en la otra orilla del río, en Gatineau, una ciudad de unos 60.000 habitantes que ya pertenece a Quebec. Para llegar allí desde Ottawa hay que cruzar el Puente Alexandra, una peculiar pasarela con el suelo de madera y una estructura metálica que vibra cuando lo transitas. Mide unos 565 metros de largo y unos 18 de ancho.

Fue creado para los trenes, pero con el tiempo fue adaptado también para otro tipo de vehículos y peatones.

Muy cerca se halla la estatua de Maurice Richard, un jugador leyenda del hockey hielo canadiense, que falleció en el año 2000 con 79 años.

Intentamos aparcar pero parecía complicado, por lo que directamente metimos el coche en el aparcamiento subterráneo, pues tampoco podíamos perder mucho tiempo. Tras dejar el coche, sacamos las entradas ($23 por persona) y comenzamos nuestra visita.

El Museo Canadiense de Historia está dividido en 4 niveles:

  • Primera Planta: está dedicada a los Primeros Habitantes del país, la prehistoria así como tesoros de la biblioteca y de los archivos de Canadá.
  • Segunda Planta: en ella se encuentran las exhibiciones especiales, el cine, el teatro, el museo infantil y la tienda.
  • Tercera Planta: está centrada en los primeros tiempos de Canadá así como en la época colonial.
  • Cuarta Planta: hace un seguimiento de la Canadá moderna.

Contábamos con tres horas, pero íbamos a intentarlo, pues nos parecía interesante conocer la historia del país, más allá de lo que pudiéramos haber leído. Comenzamos por la planta baja, accediendo directamente al Gran Salón, el punto focal desde el punto de vista arquitectónico. Acoge la mayor colección de totems del país.

En esta planta se puede conocer la historia de los Primeros Habitantes en el noroeste del Pacífico, visitando las casas tradicionales así como los objetos de estos pueblos. Las comunidades aborígenes de la costa noroeste compartían similares entornos y muchas experiencias históricas comunes, aunque cada una mantenía su propia lengua, su estilo en el arte y sus prácticas culturales.

Lo primero que nos encontramos es una estructura de seis casas que fue recreada gracias a fotografías históricas y relatos orales. Construida en la forma de una villa tradicional que mira al agua, estas casas ilustran la diversidad cultural de la región. Fueron construidas e instaladas para la apertura del museo en 1989.

La mayoría de los totems y esculturas datan del siglo XIX y principios del XX. Aunque también hay trabajos de artistas contemporáneos.

Estos Primeros Habitantes contaban con un entorno rico. Las importantes lluvias y la temperatura del océano les proveía de comida y materiales suficientes como para garantizar sus subsistencia durante siglos. Cada generación ha desarrollado y transmitido conocimiento especializado, herramientas y tecnologías para recolectar, preservar y almacenar lo que necesitaban.

Pero no todo tenía un fin práctico, sino que también desarrollaron una extraordinaria cultura en cuanto a expresión artística se refiere. No solo aprendieron a usar la madera para tallarla, sino que han creado materiales que podían usar para pintar usando los recursos naturales que les rodeaban.

Durante el recorrido podemos conocer todo tipo de objetos de estas comunidades, incluso joyas.

Tras visitar esta estructura de viviendas seguimos nuestro recorrido subiendo de planta, obviando la zona infantil, eso sí.

Impresionante la cúpula del edificio.

La tercera planta es muy interesante con más de 1500 utensilios y trajes de la historia del país desde la llegada de los primeros europeos hasta el siglo XX pasando por todos sus conflictos, independencia…

La llegada de los europeos a finales del siglo XVIII trajo cambios fundamentales que influenciaron en la forma tradicional de vida de los aborígenes. Incorporaron nuevas formas de trabajo, llegaron bienes manufacturados, adoptaron economías de estilo occidental y comerciaron con el salmón, cedro y objetos artesanales que eran bien valorados por la destreza del artista. Hoy en día, estas comunidades viven intentando equilibrar un modo de vida que aúna el trabajo pagado y el vivir de la tierra. Uno de los cambios más visibles en la cultura durante el siglo XIX fue la transición de las grandes casas comunales a las construcciones unifamiliares. Sin embargo, su singular arquitectura no se perdió, ya que incluso hoy en día las comunidades construyen los centros culturales, las oficinas tribales y los colegios empleando estos estilos tradicionales.

También cambió la forma de relacionarse que tenían entre ellos. Cada sociedad aborigen contaba con su propio nombre, uno que usaron durante siglos. Sin embargo, cuando llegaron los europeos renombraron tanto localizaciones como la forma de referirse hacia estos nativos. Hoy estas denominaciones se están intentando recuperar y eliminar las palabras sustitutas en inglés o francés.

Y no solo arrasaron con el idioma, sino que los europeos llevaron consigo enfermedades, lo que mermó considerablemente la población autóctona. Entre los siglos XVII y principios del XX hubo varios brotes de sarampión, viruela, tos ferina y escarlatina por todo el territorio de Canadá.

En la exhibición podemos asistir a varios vídeos en los que miembros de las comunidades nativas relatan cómo a medida que los europeos fueron asentándose, los indios fueron perdiendo el acceso a la tierra. El precio de los minerales, de la caza, pesca y otros recursos comenzó a subir como consecuencia de la economía del mercado y los aborígenes no podían acceder a esos precios. Además, la industrialización y la producción en masa redujo la venta de ropa de pieles, el mimbre e incluso el calzado de nieve por lo que muchas comunidades menguaron gradualmente a medida que se veían forzados a abandonar sus tierras pero tampoco podían sobrevivir en el mundo occidental porque no podían acceder a créditos o hipotecas.

También para las mujeres fue un retroceso, pues mientras que en muchas culturas aborígenes tenían importantes roles de liderazgo y derechos de propiedad, en el siglo XIX estos roles tradicionales les fueron arrebatados y su estatus se asimiló al de las mujeres de la sociedad victoriana y eduardiana.

Uno de los objetos interesantes que se puede visitar en el museo es la Nishga Girl, una de las más de 200 embarcaciones pesqueras construidas por el maestro constructor de barcos japonés-canadiense Judo “Jack” Tasaka. Construida en 1967 mide más de 10 metros de largo, 3 metros de alto, aproximadamente 3 metros de ancho y pesa varias toneladas.

Hay una historia detrás de este barco. Tiene una gran importancia simbólica para los japoneses-canadienses, pues durante la II Guerra Mundial más de 1.000 embarcaciones similares fueron confiscadas por el gobierno a los pescadores japoneses-canadienses.

Finalmente en la última planta encontramos un repaso general de la historia de Canadá desde la llegada de los europeos hasta la más reciente: la participación en las dos guerras mundiales, el referéndum de Quebec, las relaciones internacionales, la situación de la mujer, del colectivo LGTBI, los compromisos con el medioambiente….

Esta parte es quizás la más seria, pues, aunque cuenta con alguna vitrina y algún juego interactivo, en su mayoría se trata de paneles informativos.

Prácticamente nos echaron del museo. Aprovechamos la visita hasta el final intentando entender el pasado del país. Y antes de dirigirnos al hotel, nos acercamos al parque que hay junto al río, pues ofrece unas buenas vistas del Puente Alexandra, del museo entero con sus líneas curvas, así como de Ottawa y su Parlamento.

En el parque también hay un monumento en honor a Tessouat, jefe Anishinabe que controlaba el tráfico del Kichi Zibi (Río Ottawa) y el comercio desde la isla de Morrison.

La estatua fue instalada el 9 de noviembre de 2017 para recordar a este líder indiscutible y un fiero guerrero que se implicó en la mayor alianza entre las Primeras Naciones y los Europeos.

Siguió independiente y defendió el modo de vida de su gente hasta su muerte en 1636.

Con bastante hambre, volvimos al coche para dirigirnos al hotel. Aún nos quedaba tarde por aprovechar.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 6 III: Recorriendo Toronto: Union Station, Air Canada Centre e Islas de Toronto

Dejando atrás el John Street Roundhouse seguimos hasta Front Street, donde destacan dos imponentes edificios de finales de los años 20 del siglo pasado. Por un lado está el hotel The Fairmont Royal York y enfrente la Union Station.

El hotel The Fairmont Royal York, con su estilo château, fue el edificio más alto de Toronto cuando se construyó en 1929 y está considerado como edificio histórico de la ciudad además de ser la residencia elegida por la Reina Isabel II cuando visita la ciudad.

Para la época era muy vanguardista. Contaba por ejemplo con diez ascensores que comunicaban las 28 plantas. Además todas sus habitaciones contaban con radios, duchas y bañeras privadas. En sus instalaciones albergaba un banco, un campo de golf e incluso una sala de conciertos. Entre 1930 y 1936 acogió también una estación de radio desde el hotel, la CPRY (Canadian Pacific Royal York), que emitía desde la Imperial Room.​ Este espacio también se usaba como club nocturno, llegando a acoger a importantes artistas como Marlene Dietrich, Tony Bennett, Peggy Lee, Ray Charles o Tina Turner.

Amplió sus habitaciones pasando de 1048 a 1600 entre 1956 y 1957 al construir el ala este. En las décadas posteriores ha pasado por varias renovaciones. Una a principios de los 70 para actualizarlo; otra desde 1988 hasta 1993 en la que se añadió un gimnasio, una piscina olímpica, varios restaurantes  y el primer American Express Travel Service Centre y una tercera en 2014 para reorganizar sus espacios.

Union Station es la principal estación ferroviaria de la ciudad. Es cabecera de 6 líneas en superficie (dos de tranvía y cuatro de autobús), aunque no están conectadas con la estación de metro o con la de trenes.

Fue construida entre 1913 y 1927 e inaugurada por el Príncipe Eduardo, Príncipe de Gales. Se estructura en tres partes que en total llegan a alcanzar los 229 metros de extensión cuya fachada de piedra caliza cuenta con una hilera de 22 columnas toscanas romanas. Aunque en general su diseño es el de prácticamente una mole de líneas rectas.

La puerta de entrada se abre al Gran Salón, que recorre toda la sección principal. Mide 76 metros de largo por 27 de alto y destacan materiales de gran calidad como la piedra caliza, el mármol, azulejos, vidrio y bronce.

Bajo la cornisa que rodea el Gran Salón están tallados los nombres de todos los destinos de Canadá, del este al oeste. En el lado izquierdo además ondean las banderas de las provincias canadienses y al final la del país.

En este área también se encuentran los mostradores de información y taquillas de Via Rail.

En la pared opuesta hay varias tiendas y restaurantes además del panel de salidas. Eran más de las dos de la tarde, así que buscamos un sitio donde comer. En la calle Front encontramos el restaurante mejicano Chipotle y mientras que ellos se pidieron unos burritos, yo que decanté por una ensalada que parecía ser lo único que no picaba. Pero al final me tuve que dejar la mitad porque los labios empezaban palpitar. No es mi tipo de comida.

Los tres burritos, la ensalada y dos bebidas (como tienen refill cogimos dos tipos diferentes de refresco y compartimos) nos costaron $49,27.

La Union Station conecta también con el Air Canada Centre, sede de los partidos de hockey de los Maple Leafs y de baloncesto de los Raptors.

Las obras comenzaron en 1997 y fue inaugurado dos años más tarde y, aunque se pensó para hockey sobre hielo y para baloncesto, ha acogido infinidad de eventos, espectáculos y conciertos de música como por ejemplo los de Justin Bieber, Spice Girls, Avril Lavigne, Christina Aguilera, Madonna, Britney Spears, Hilary Duff, Selena Gomez, Lady Gaga, Kiss, Aerosmith, Bon Jovi, Guns N’ Roses, Depeche Mode, David Bowie, Coldplay, U2, Paul McCartney, Radiohead, The Rolling Stones, Elton John, Oasis, Metallica, Iron Maiden, Red Hot Chili Peppers, Kylie Minogue, o Shawn Mendes.

Está construido en el lugar que anteriormente ocupaba el Canada Post Delivery Building , un edificio de correos. Los muros este y sur de estilo Art Decó aún se conservan y se han integrado en la estructura del pabellón actual. Se restauró la piedra, los bajorrelieves y los perfiles históricos de las ventanas y, gracias a fotos y varios paneles informativos, se puede conocer la historia de aquel edificio.

El edificio de correos fue construido entre 1939 y 1941 en estilo Art Decó usando cemento y acero y con decoraciones de granito rosa enmarcando las ventanas. Asimismo, quedaba ornamentado con esculturas que representaban temas como la comunicación o el transporte. Además, incorporaba símbolos de Canadá realizados en bronce. No podían faltar la hoja de arce, castores o alces.

Durante la década de los 30 Toronto experimentó un importante aumento de la población, por tanto hubo que incrementar el servicio postal para cubrir la demanda. Esta construcción sin embargo no fue concebida como oficina, sino como almacén. La planta principal servía para descargar las furgonetas y los vagones de tren, que entraban por la parte este de la fachada y salían por la oeste. El correo recibido se subía a la planta de arriba, donde se clasificaba clasificada por tamaño y destino para finalmente volver a bajar a la planta principal y ser cargada en el vehículo de reparto correspondiente.

En 1988 Canada Post decidió no actualizar el edificio y en su lugar mudarse a otro almacén más moderno.  Poco a poco fue deteriorándose y no parecía haber interés en darle un nuevo uso. En diciembre de 1994 los Toronto Raptors se interesaron por él  y tras un acuerdo de conservación de los dos muros mencionados, se contruyó el estadio en su lugar.

Parece que había partido, pues se estaban preparando los arcos detectores de metales en las puertas y había cierto movimiento del personal. No nos entretuvimos mucho, la verdad, echamos un vistazo a la tienda oficial ver qué tal las rebajas, pero aún así los precios eran demasiado altos para nuestros bolsillos teniendo además en cuenta que son deportes que ni siquiera seguimos (o entendemos).

El estado cambió su nombre el 1 de Julio de 2018 y ahora se llama Scotiabank Arena después de que dicho banco firmara un contrato por 20 años y $800 millones. Ahí es nada.

En uno de los laterales del estadio hay un monumento que representa a varios jugadores de hockey sobre hielo, un deporte surgió en 1850 y que es todo un estilo de vida en Canadá.

Comenzó a levantarse un aire bastante fuerte, pero aún no llovía, por lo que, sin más dilación, nos dirigimos al puerto para coger el ferry que nos llevaría a las islas antes de que se nos echaran encima las nubes. Estas islas en su día estaban conectadas con la costa, pero una gran tormenta ocurrida en 1858 se cargó la conexión creando en su lugar un canal que en invierno se congela y sobre el que se puede caminar.

De camino pasamos por un edificio histórico, el Toronto Harbour Commision.

Fue construido en 1917 para la Comisión del Puerto y hoy en día sigue perteneciendo a la autoridad portuaria de Toronto, PortsToronto. Antes estaba en el paseo “marítimo”, hoy como se ha ido ganando terreno al lago, ha quedado entre la carretera y los grandes rascacielos.

Para cuando quisimos llegar al puerto había un aviso en las taquillas indicando que nos ferris no salían porque con el viento, el mar estaba bastante picado (otro barco fallido). Aunque el caso es que sí que vimos alguno navegando, quizá era el último y a partir de ahí vieron que la cosa se complicaba.

De todas formas, no nos podíamos arriesgar a poder ir y no volver, pues nos tendríamos que quedar a hacer noche allí, así que, con media tarde por delante y un tiempo un tanto revuelto decidimos que una buena opción era recorrer el Path, al que aún no habíamos accedido.

El Path es un camino subterráneo de 30 kilómetros concebido para recorrer la ciudad sin salir a la superficie cuando el tiempo no acompaña (bien porque hace mucho calor o porque está todo nevado. O porque el viento te lleva volando, como era nuestro caso). Suena mucho más exótico de lo que es, en realidad, pues hoy en día vemos este tipo de pasajes en muchas conexiones de transporte en grandes ciudades. Claro, que quizá no son tan largos, pero el concepto es el mismo. Y después de haber estado en Japón, menos sorpresa aún.

Accedimos por un edificio de oficinas en el que habían deshabilitado las puertas giratorias después que una de ellas se rompiera por el efecto del viento. No lo había visto en mi vida, pero da una idea de la fuerza del aire.

El Path comunica no solo grandes estaciones de transporte, sino hoteles, cines, restaurantes, centros comerciales, tiendas, locales y edificios de oficinas como este y, aunque hay mapas e indicaciones, resulta todo un laberinto. Sobre todo cuando no te conoces la ciudad y no te orientas. Tiene un sistema por el que cada letra tiene un color que se corresponde con los puntos cardenales. La referencia es P (rojo para el sur), A (naranja para el oeste), T (azul para el norte) y H (amarillo para el este)

Esta red de pasadizos comenzó a construirse en 1900 cuando los grandes almacenes de Eaton construyeron un túnel para que los clientes pudieran circular entre la tienda principal y la anexa. Por otro lado, en 1927 se trazó otro para conectar Union Station con el Royal York Hotel.

No fue, sin embargo, hasta la década de los 60 cuando se empezó a expandir realmente. Las aceras estaban muy transitadas y las torres de oficinas no ayudaban, ya que generaban más tránsito, sobre todo en las horas en torno a la entrada y salida del trabajo. Los primeros en incluir pasajes comerciales subterráneos fueron los diseñadores del Toronto-Dominion Center, algo que tuvo sus detractores, pues había ciudadanos que consideraban que se iba a perder vida activa en la calle, algo que influiría en gran medida a los pequeños comerciantes favoreciendo a los grandes centros comerciales. Sin embargo, el sistema siguió creciendo y cada vez que se proyectaba un nuevo edificio se pensaba en cómo unirlo al Path.

Realmente atractivo turístico no tiene, es más una peculiaridad de la vida de la ciudad. Al final, no deja de ser una especie de centro comercial subterráneo.

Salimos en la Nathan Philips Square, que esta vez sí que tenía las fuentes encendidas.

Sin embargo, el aire era tan incómodo, que no nos quedamos mucho tiempo parados. Los golosos querían merendar, así que hicimos una parada en Fugo Desserts.

Este local tiene donuts y helados artesanos, de hecho, se puede ver cómo fríen las rosquillas en una peculiar máquina que les da la vuelta y todo.

Mucho nombre y mucho colorido, pero a mí la verdad es que no me entraron por los ojos, me producían cierta saturación al ver tanto aceite. Por el contrario, los helados no tenían mala pinta. Eso sí, eran demasiado grandes, por lo que yo no me atreví. Ellos sí: dos cookie monster y un s’mores on s’mores, los tres por $31,92.

Ya eran las seis de la tarde y decidimos que era hora de volver al apartamento, ya que al día siguiente salíamos para Ottawa y teníamos que hacer las maletas y medio recoger nuestros trastos. Así pues, tomamos la Queen Street de vuelta a nuestro barrio.

Y esta fue nuestra última parte de la etapa:

Paramos en una licorería a comprar unas cervezas, ya que el alcohol no se vende en cualquier sitio y después entramos en el supermercado Loblaws. Por la mañana, mientras estábamos recorriendo la ciudad nos habíamos encontrado con un chico que repartía tortillas mejicanas. En un principio no las íbamos a coger, pero después pensamos que quizá nos podría medio apañar la cena. Así que con las tortillas en mente (en las mochilas, en realidad), buscamos entre los lineales algo que nos pudiera servir.

Como siempre, todo tenía un tamaño familiar (de familia de 8 miembos), pero encontramos un pack de falafel que traía unas 8-10 bolas que, si lo mezclábamos con lechuga y alguna salsa, nos podía funcionar. Y la verdad es que acabamos haciendo una compra bastante saludable por $27,73.

Ya en el apartamento dejamos todo más o menos recogido para no perder mucho tiempo en la salida al día siguiente y, mientras revisamos nuestra ruta, nos tomamos unas cervezas. En los tres días que estuvimos en Toronto fuimos probando diferentes marcas: Hopsta la Vista (Indian Pale Ale), Steam Whistle (Pilsner), Rockwell (Pilsner), Losr Crat (Ale), Downhill (Pale Ale), Cruiser all day (Pale Ale), Muskoka cream (Ale), Muskoka (Craft Lager), Ace Hill (Light Lager), Mill St White Space (Wheat), Ace Hill (Pilsner) y Sweetgrass Golden (Ale). Parece que las que más gustaron fueron las Lager y las que menos las Pilsner.

Concluimos el día con la cena tan rica que nos habíamos montado despidiéndonos así de Toronto.