Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 7: Llegada a Ottawa y Museo Canadiense de Historia

Después de haber dejado todo preparado la noche anterior, nos levantamos, desayunamos y cargamos el coche. Teníamos unos 450 kilómetros a nuestro siguiente destino, Ottawa, la capital de Canadá y cuarta ciudad más grande del país. De momento seguiríamos en Ontario, aunque justo en el límite con la provincia de Quebec, ya que el río Ottawa sirve de frontera natural.

Para ser una capital, sorprende que no llegue al millón de habitantes. Aunque tiene sentido, ya que no se ganó la capitalidad por su relevancia como ciudad, sino como el compromiso entre Quebec y Ontario para que la nueva capital no fuera ni la francófona Montreal, ni la anglófona Toronto. Así, Ottawa tiene una mezcla de esas dos realidades, con una mezcla de cultura inglesa y francesa. Y, aunque el idioma habitual es el inglés, casi todo el mundo habla también francés.

Antes de la llegada de los exploradores europeos, habitaban en la región los nativos algonquinos. De su lengua, en concreto de la palabra Odawa (al comercio), viene el nombre “Ottawa”. Estos nativos llamaban al río Ottawa “Kichesippi” (el Gran Río) y a sí mismos “Kichesippirini” (Gente del Gran Río). Este río era muy importante por la abundante pesca, así como medio de desplazamiento. Los comerciantes de pieles franceses lo llamaron “Ottawa” por la tribu de los Ottawa (en francés Outaouais), aunque solo residieron en la zona unos pocos años.

En 1613, el francés Samuel de Champlain pasó por la región​ y a partir de entonces, cazadores y comerciantes de piel usarían el río Ottawa como ruta hacia el oeste canadiense.

Con el fin de Nueva Francia en 1759, el área de Ottawa pasó a control británico y los colonos procedentes de Estados Unidos comenzaron a ocupar esas tierras. Luego, con el éxito comercial conseguido, otros colonos comenzaron a asentarse la región. Ira Honeywell fue la primera persona de ascendencia europea en colonizar la margen sur del río Ottawa, en 1811.

Tras la guerra de 1812 los británicos, temiendo otra invasión estadounidense contra Canadá, construyeron el Canal Rideau para así conectar el río San Lorenzo con el río Ottawa. De esta forma podrían transportar materiales y armas al interior de Canadá sin tener que hacer uso del San Lorenzo después de Kingston, ya que esta ciudad está muy próxima a Estados Unidos y era vulnerable a posibles ataques.

El asentamiento construido para albergar a los trabajadores se llamó Bytown en honor al coronel John By y tras finalizar el canal, Bytown comenzó a crecer y prosperar gracias a la industria maderera. En 1850 fue elevado a estatuto de ciudad ya con más de 10.000 habitantes y se cambió el nombre por Ottawa.

Tras la fusión en 1840 del Alto y Bajo Canadá faltaba por decidir una capital y mientras tanto fueron temporales Kingston, Montreal, Quebec y Toronto. Finalmente, en 1857 la Reina Victoria escogió Ottawa por estar relativamente lejos de EEUU, por tanto más segura que otras ciudades; por la localización de la ciudad entre el Alto y Bajo Canadá; y por la belleza de la región. Para 1867, cuando Canadá ya se había independizado, seguía siendo capital y tenía una población de 18.000 habitantes.

En 1900, un incendio destruyó buena parte de la ciudad. Y aunque 14.000 ciudadanos se quedaron sin hogar, sólo murieron siete personas. La ciudad fue reconstruida lentamente, hasta 1912, cuando había alcanzado 90.000 habitantes.

En 1937, el entonces primer ministro de Canadá, William Lyon Mackenzie King, encomendó a Jacques Gréber (famoso urbanista francés, responsable de la revitalización urbana de París) para que rediseñase la ciudad. Pero con el inicio de la II Guerra Mundial, los planes no se llevaron a cabo y Jacques Gréber volvió a Francia.

Tras la guerra continuaron los planes de una mejor planificación urbana, con Jacques Gréber de nuevo en Canadá. El plan del urbanista hizo que se eliminaran 51 kilómetros de vías férreas y que la estación central de tren se desplazara a una región más alejada del centro urbano, al este. ​También se construyeron muchos parques y zonas verdes alrededor de la ciudad, así como un gigantesco parque, de 36 km², ​el llamado Parc de la Gatineau. Además contemplaba que los edificios gubernamentales deberían construirse no sólo concentrados en un área, sino también en los límites de la ciudad. Este plan continuaría a lo largo de las década de 1960 y de 1970, con la creación de más playas y más parques.

Llegamos a la una y media de la tarde, y antes de conocer la ciudad queríamos visitar el Museo Canadiense de Historia, que cerraba a las 5. Habíamos picado algo por el camino para así poder retrasar la comida.

El museo realmente no está en Ottawa, sino que se encuentra en la otra orilla del río, en Gatineau, una ciudad de unos 60.000 habitantes que ya pertenece a Quebec. Para llegar allí desde Ottawa hay que cruzar el Puente Alexandra, una peculiar pasarela con el suelo de madera y una estructura metálica que vibra cuando lo transitas. Mide unos 565 metros de largo y unos 18 de ancho.

Fue creado para los trenes, pero con el tiempo fue adaptado también para otro tipo de vehículos y peatones.

Muy cerca se halla la estatua de Maurice Richard, un jugador leyenda del hockey hielo canadiense, que falleció en el año 2000 con 79 años.

Intentamos aparcar pero parecía complicado, por lo que directamente metimos el coche en el aparcamiento subterráneo, pues tampoco podíamos perder mucho tiempo. Tras dejar el coche, sacamos las entradas ($23 por persona) y comenzamos nuestra visita.

El Museo Canadiense de Historia está dividido en 4 niveles:

  • Primera Planta: está dedicada a los Primeros Habitantes del país, la prehistoria así como tesoros de la biblioteca y de los archivos de Canadá.
  • Segunda Planta: en ella se encuentran las exhibiciones especiales, el cine, el teatro, el museo infantil y la tienda.
  • Tercera Planta: está centrada en los primeros tiempos de Canadá así como en la época colonial.
  • Cuarta Planta: hace un seguimiento de la Canadá moderna.

Contábamos con tres horas, pero íbamos a intentarlo, pues nos parecía interesante conocer la historia del país, más allá de lo que pudiéramos haber leído. Comenzamos por la planta baja, accediendo directamente al Gran Salón, el punto focal desde el punto de vista arquitectónico. Acoge la mayor colección de totems del país.

En esta planta se puede conocer la historia de los Primeros Habitantes en el noroeste del Pacífico, visitando las casas tradicionales así como los objetos de estos pueblos. Las comunidades aborígenes de la costa noroeste compartían similares entornos y muchas experiencias históricas comunes, aunque cada una mantenía su propia lengua, su estilo en el arte y sus prácticas culturales.

Lo primero que nos encontramos es una estructura de seis casas que fue recreada gracias a fotografías históricas y relatos orales. Construida en la forma de una villa tradicional que mira al agua, estas casas ilustran la diversidad cultural de la región. Fueron construidas e instaladas para la apertura del museo en 1989.

La mayoría de los totems y esculturas datan del siglo XIX y principios del XX. Aunque también hay trabajos de artistas contemporáneos.

Estos Primeros Habitantes contaban con un entorno rico. Las importantes lluvias y la temperatura del océano les proveía de comida y materiales suficientes como para garantizar sus subsistencia durante siglos. Cada generación ha desarrollado y transmitido conocimiento especializado, herramientas y tecnologías para recolectar, preservar y almacenar lo que necesitaban.

Pero no todo tenía un fin práctico, sino que también desarrollaron una extraordinaria cultura en cuanto a expresión artística se refiere. No solo aprendieron a usar la madera para tallarla, sino que han creado materiales que podían usar para pintar usando los recursos naturales que les rodeaban.

Durante el recorrido podemos conocer todo tipo de objetos de estas comunidades, incluso joyas.

Tras visitar esta estructura de viviendas seguimos nuestro recorrido subiendo de planta, obviando la zona infantil, eso sí.

Impresionante la cúpula del edificio.

La tercera planta es muy interesante con más de 1500 utensilios y trajes de la historia del país desde la llegada de los primeros europeos hasta el siglo XX pasando por todos sus conflictos, independencia…

La llegada de los europeos a finales del siglo XVIII trajo cambios fundamentales que influenciaron en la forma tradicional de vida de los aborígenes. Incorporaron nuevas formas de trabajo, llegaron bienes manufacturados, adoptaron economías de estilo occidental y comerciaron con el salmón, cedro y objetos artesanales que eran bien valorados por la destreza del artista. Hoy en día, estas comunidades viven intentando equilibrar un modo de vida que aúna el trabajo pagado y el vivir de la tierra. Uno de los cambios más visibles en la cultura durante el siglo XIX fue la transición de las grandes casas comunales a las construcciones unifamiliares. Sin embargo, su singular arquitectura no se perdió, ya que incluso hoy en día las comunidades construyen los centros culturales, las oficinas tribales y los colegios empleando estos estilos tradicionales.

También cambió la forma de relacionarse que tenían entre ellos. Cada sociedad aborigen contaba con su propio nombre, uno que usaron durante siglos. Sin embargo, cuando llegaron los europeos renombraron tanto localizaciones como la forma de referirse hacia estos nativos. Hoy estas denominaciones se están intentando recuperar y eliminar las palabras sustitutas en inglés o francés.

Y no solo arrasaron con el idioma, sino que los europeos llevaron consigo enfermedades, lo que mermó considerablemente la población autóctona. Entre los siglos XVII y principios del XX hubo varios brotes de sarampión, viruela, tos ferina y escarlatina por todo el territorio de Canadá.

En la exhibición podemos asistir a varios vídeos en los que miembros de las comunidades nativas relatan cómo a medida que los europeos fueron asentándose, los indios fueron perdiendo el acceso a la tierra. El precio de los minerales, de la caza, pesca y otros recursos comenzó a subir como consecuencia de la economía del mercado y los aborígenes no podían acceder a esos precios. Además, la industrialización y la producción en masa redujo la venta de ropa de pieles, el mimbre e incluso el calzado de nieve por lo que muchas comunidades menguaron gradualmente a medida que se veían forzados a abandonar sus tierras pero tampoco podían sobrevivir en el mundo occidental porque no podían acceder a créditos o hipotecas.

También para las mujeres fue un retroceso, pues mientras que en muchas culturas aborígenes tenían importantes roles de liderazgo y derechos de propiedad, en el siglo XIX estos roles tradicionales les fueron arrebatados y su estatus se asimiló al de las mujeres de la sociedad victoriana y eduardiana.

Uno de los objetos interesantes que se puede visitar en el museo es la Nishga Girl, una de las más de 200 embarcaciones pesqueras construidas por el maestro constructor de barcos japonés-canadiense Judo “Jack” Tasaka. Construida en 1967 mide más de 10 metros de largo, 3 metros de alto, aproximadamente 3 metros de ancho y pesa varias toneladas.

Hay una historia detrás de este barco. Tiene una gran importancia simbólica para los japoneses-canadienses, pues durante la II Guerra Mundial más de 1.000 embarcaciones similares fueron confiscadas por el gobierno a los pescadores japoneses-canadienses.

Finalmente en la última planta encontramos un repaso general de la historia de Canadá desde la llegada de los europeos hasta la más reciente: la participación en las dos guerras mundiales, el referéndum de Quebec, las relaciones internacionales, la situación de la mujer, del colectivo LGTBI, los compromisos con el medioambiente….

Esta parte es quizás la más seria, pues, aunque cuenta con alguna vitrina y algún juego interactivo, en su mayoría se trata de paneles informativos.

Prácticamente nos echaron del museo. Aprovechamos la visita hasta el final intentando entender el pasado del país. Y antes de dirigirnos al hotel, nos acercamos al parque que hay junto al río, pues ofrece unas buenas vistas del Puente Alexandra, del museo entero con sus líneas curvas, así como de Ottawa y su Parlamento.

En el parque también hay un monumento en honor a Tessouat, jefe Anishinabe que controlaba el tráfico del Kichi Zibi (Río Ottawa) y el comercio desde la isla de Morrison.

La estatua fue instalada el 9 de noviembre de 2017 para recordar a este líder indiscutible y un fiero guerrero que se implicó en la mayor alianza entre las Primeras Naciones y los Europeos.

Siguió independiente y defendió el modo de vida de su gente hasta su muerte en 1636.

Con bastante hambre, volvimos al coche para dirigirnos al hotel. Aún nos quedaba tarde por aprovechar.