Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 9 II: Quebec City: De la Ciudad Alta a Petit Champlain

Tras una breve parada para comer, continuamos por la Rue du Trésor, que sale justo enfrente de la catedral. Es una callejuela, en realidad y es toda una exposición de arte, pues es el lugar elegido para los artistas callejeros para dar a conocer sus obras. Hay quien lo comprara con Montmartre. No creo que sea para tanto.

Sí que es cierto que las calles aledañas están llenas de restaurantes, de tiendas de artesanía, que las calles están empedradas y hay casitas muy curiosas con tejados de pizarra… pero no llega a ser el barrio de la capital francesa.

Nos conduce a la Place d’Arms, una plaza de 5.000 metros cuadrados en cuyo centro se alza una estatua que simboliza la Fe. Erigido en 1915, conmemora el tricentenario de la llegada de los monjes recoletos.

La escultura que vemos en primer plano se instaló en el 50 aniversario de la declaración del Viejo Quebec como Sitio Patrimonial. Representa los anclajes intemporales de su historia e identidad.

La plaza se construyó entre 1640 y 1648 como lugar para el desarrollo del ejercicio militar. Después de que se construyera la ciudadela en 1830 perdió dicha función militar. En 1865 se convirtió en parque público.

Se encuentra flanqueada por edificios importantes. Por un lado el Château Frontenac al sur, y el antiguo Palacio de Justicia y la Catedral de la Santa Trinidad al oeste.

En la parte norte, además de restaurantes y de la oficina de turismo, podemos encontrar el Musée du Fort anexo al edificio de correos.

Al este de la plaza se abre la terraza sobre el Río San Lorenzo, y cómo no, nos da la bienvenida la estatua de Champlain, el fundador de Quebec.

Se cree que nació en 1570 en una familia protestante, aunque se convirtió después al catolicismo. Cruzó el Atlántico por primera vez en un viaje al Caribe. Primero navegó por Norteamérica en 1603 y fue teniente-gobernador de Nueva Francia hasta que murió en 1635. Fue testigo de las condiciones de los indígenas bajo el dominio español y temía que la diplomacia francesa había fallado en el pasado. Cuando se encontró por primera vez con los Primeros Habitantes decidió tratarlos como iguales. Así, ambas naciones formaron una alianza mutuamente beneficiosa que marcaría el futuro de la nueva colonia francesa. De hecho, los franceses se unieron a los Innu, Anishanabe, Wolastoquyik y los Wendat para luchar contra los Haudenosaunee o Iroquois, enemigos de los anteriores.

Entre 1599 y 1633 Champlain cruzó el Atlántico cerca de 30 veces y viajó miles de kilómetros por vías navegables. Gracias a sus observaciones, creó mapas detallados de la geografía y recopiló información que le dieron los aliados de los Primeros Pueblos. Champlain es conmemorado en muchos sitios (monumentos, carreteras, calles, edificios…) a lo largo de todo el país.

Esta estatua, inaugurada en 1898 en realidad no representa a Champlain, ya que no se conoce ningún retrato auténtico suyo. El escultor tomó como referencia a Michel D’Emery, el superintendente de finanzas de Luis XIII.

Para llegar al muelle de la Terraza Dufferin hay que bordear el inmenso Château Frontenac, la joya de la ciudad, el monumento más famoso. Construido en seis etapas entre 1892 y 1893, este edificio es un excelente ejemplo de hoteles de estilo castillo construido por las compañías ferroviarias de Canadá. Fue diseñado como lugar de prestigio en el que se pudieran alojar turistas de alto nivel adquisitivo. Aquel viajero de finales de siglo XIX que daba la vuelta al mundo en busca de nuevas experiencias.

Se ve ensalzado gracias a su ubicación sobre el Cabo Diamante, y evoca el romanticismo de los castillos del Valle del Loira de los siglos XIV y XV, pues los propietarios querían darle ese carácter francés, para que estuviera en sintonía con el resto de la ciudad. No obstante, aquí se abandona la clásica simetría a favor del pintoresco eclecticismo, tan popular a finales del siglo XIX. Se incorporaron torres y torretas, techos y buhardillas, altas chimeneas y techos altos. Aunque se han hecho adiciones entre 1897 y 1993, se ha intentado mantener la estructura original.

La Terraza Dufferin no solo es un buen lugar donde asomarse al río y a la parte baja de la ciudad, sino que también es un espacio para pasear, tomar algo o incluso disfrutar de actividades o eventos.

Durante muchos años este enclave fue un espacio solo accesible para unos pocos privilegiados. Champlain construyó su nueva residencia en la zona en 1620. Su sucesor, el gobernador Montmagny, la amplió creando un malecón para sus invitados. Durante todo el régimen francés, el paseo marítimo quedaba reservado para la residencia llamada Château Saint-Louis.

Con la llegada de los británicos el Château se convirtió en la residencia oficial de los gobernadores y el paseo siguió siendo privado hasta que quedó arrasado en un incendio en 1834. Cuatro años más tarde, Durham, el nuevo gobernador, mandó construir uno nuevo, ya público, sobre las ruinas.

Este paseo marítimo conocido como Durham Terrace medía 50 metros de largo por 15 de ancho y fue un éxito inmediato. Pronto se actualizó sustituyendo la tierra por tablones y se alargó 35 metros más en 1854. Además, se añadieron farolas y una barandilla de hierro.

Cuando en 1872 llegó Lord Dufferin para convertirse en gobernador general, quedó enamorado de la ciudad y la terraza se volvió a expandir. Y esta vez a lo grande. De 85 metros pasó a 430, se añadieron cinco glorietas con toldo verde y blanco y una para acoger a una banda de música. Gracias a esta importante renovación la terraza se reinauguró en 1879 renombrada en su honor.

En 1885 se encendieron las primeras farolas eléctricas en lugar público, no solo en la ciudad o en Canadá, sino en toda Norteamérica.

Desde entonces apenas ha cambiado su estética y se siguen conservando las glorietas. Sirven para resguardarse del sol (también de la lluvia siempre que no venga de lado) mientras se observa el panorama.

Alguna de ellas incluso tiene quiosco incorporado.

Y también sigue operativa una rampa que se colocó en 1884 y que con sus 60 metros de altura y sus 250 metros de longitud, permite alcanzar una velocidad de hasta 70 kilómetros por hora. Imagino que en invierno habrá importantes colas de quebequeses y visitantes esperando con los trineos su turno para lanzarse.

En la terraza se puede tomar el funicular para conectar con la zona baja. Se decidió construir en 1879 para facilitar la ascensión al Cabo Diamante. Y, aunque el proyecto se encontró con opositores, finalmente se inauguró en febrero de 1880 la parte bajo la terraza. A la salida del funicular los pasajeros debían atravesar un túnel bajo la terraza y luego subir una escalera. En su inauguración funcionaba por vapor y solo operaba seis meses al año. Supuso un importante enlace entre la ciudad alta y la baja para transportar a los pasajeros y cargas. Además, era una buena alternativa, más corta que moverse en caballo por la época.

La primera construcción consistía en un montacargas sobre raíles. Este fue sustituido por un sistema de contrapesos de agua. Para proteger a los pasajeros de la intemperie, se colocó un recinto de madera de 60 metros.

A comienzos del siglo XX se reconstruyó y desde entonces el funicular comenzó a funcionar con electricidad pasando a operar durante todo el año. En 1945 un incendio destruyó completamente el funicular y causó grandes daños en la casa de Louis Jolliet (célebre explorador que exploró el Misisipi), construida en 1683. El funicular fue reconstruido y se sustituyó la madera por metal.

Cuando se llevaron a cabo trabajos de revitalización del la Plaza Real y del barrio Petit Champlain, los propietarios del funicular modernizaron completamente el equipamiento y en 1977 instalaron cabinas panorámicas que ofrecían una buena vista del Cabo Diamante y del río San Lorenzo. Estas fueron sustituidas en 1998 por unas nuevas en la última reconstrucción completa del funicular.

Nosotros no lo cogimos, porque en el recorrido a pie había bastantes tiendas de artesanía. Merece la pena bajar las escaleras si el tiempo lo permite. Entiendo que en invierno con hielo o nieve puede ser un rompecuellos, que de hecho es como se la conoce, como la Escalier Casse-Cou, pero en temporadas de signo positivo en el termómetro, mejor ahorrarse los $3 del funicular.

Y en apenas un par de minutos (si no te paras a comprar) estás 60 metros más abajo en el barrio Petite Champlain.

A principios del siglo XIX los artesanos se mudaron a la Ciudad Alta huyendo de las epidemias que llevaban los inmigrantes provenientes de Europa. En la parte baja se asentaron los irlandeses y quedaron aislados por los deslizamientos de la tierra. Entre 1841 y 1889 hasta en cinco ocasiones se desprendieron partes del acantilado, provocando que unas 15 casas acabaran sepultadas y 86 personas fallecieran.

En el siglo XX la cosa no había mejorado y, mientras en el resto de la ciudad ya había calles pavimentadas, la calle Petit Champlain estaba cubierta por tablones de madera. Para mediados de siglo la miseria se había extendido hasta el punto en que se consideró derruir la zona y construir en su lugar un aparcamiento.

Afortunadamente llegaron Gerry Paris y Jacques de Blois en la década de los 70 con la idea de revitalizarlo al estilo europeo. Así, compraron un bloque de casas abandonadas y reclutaron a artistas y artesanos que quisieran vivir y trabajar allí. Poco a poco fueron restaurando las casas intentando conservar los materiales para mantener el carácter histórico. Después se las vendieron a la cooperativa de artesanos del Quartier Petit Champlain.

Para finales de siglo la Rue du Petit Champlain se había convertido en un centro social, artístico y de ocio.  SE ha revitalizado económicamente y ahora es uno de los mayores atractivos de la ciudad gracias a su valor histórico y cultural. Podemos pasear entre restaurantes, galerías, tiendecitas de artesanía, de ropa, de recuerdos…

Antes de seguir adentrándonos por el resto de las calles del barrio nos desviamos a BeaverTails/Queues de Castor para comprar el postre. Se trata de una pastelería que lleva abierta desde 1978 y que es famosa por su cola de castor (el nombre de la marca ya da una idea).

Este dulce con forma de cola de castor es una masa frita a la que se le puede echar por encima cualquier cosa que te apetezca. Tienen una variada oferta.

Luego ya depende de lo goloso que seas y del hambre que tengas. Dos nos decantamos por la nueve, que es muy similar a la clásica porque lleva canela y azúcar, pero además se le añade una rodajita de limón. La tercera fue la cinco (quizá la que tenía peor pinta) y la cuarta una seis con crema de cacao, crema de cacahuete y lacasitos. Todo por $25.98.

No sé muy bien qué esperaba del sabor, pero me sorprendió descubrir que se trata de una lechefrita pero a lo bestia. En mi familia se suele rebozar en azúcar y canela y la masa lleva ralladura de limón, por lo que al final el sabor era el mismo. Estaba muy rica, además calentita, pero yo no pude con la mía. Demasiado grande. Mucha masa y mucho azúcar.

Seguimos con nuestro paseo por las calles aledañas descubriendo fachadas pintorescas muy propias de instagram o pinterest.

Entramos en una tienda que nos llamó la atención, en La petite cabane à sucre. Tenían todo tipo de productos de la estrella de Canadá: el sirope de arce.

La hoja de arce es la que aparece en la bandera nacional y el sirope de arce es más que un simple dulce, es un símbolo del país, y de la región, ya que la provincia de Quebec es la principal productora con 20 millones de litros al año (cuatro veces más que EEUU).

El sirope de arce es un producto tradicional del este de Canadá ya desde la época de las Primeras Naciones. Aunque se puede usar cualquier arce, los mejores son el azucarero (Acer saccharum) y el negro (Acer nigrum) y además sus troncos deben tener un diámetro de al menos 25 centímetros en su parte media. Se obtiene en las últimas semanas del invierno (generalmente entre febrero y marzo), aunque normalmente las de mayor calidad son las producciones tempranas, gracias a un clima con temperaturas sobre cero, pero noches aún en negativo. El de fin de temporada al parecer es más oscuro con peor sabor.

Para fabricar el sirope se sigue un proceso tradicional que se ha convertido también en reclamo turístico y muchas granjas de la región ofrecen excursiones guidas. Se realizan perforaciones en los troncos de los arces y se coloca una boquilla de la que se cuelga un cubo para que vaya goteando la savia en él. El líquido obtenido se lleva a unas cabañas especiales con una abertura en la parte superior para evitar la condensación por la cocción. Y es que el exceso de calor puede dañar el sirope.

Cuando se han conseguido 40 litros de savia (más o menos la cantidad que produce un arce por temporada), se pone a cocer para obtener el jarabe. Aunque ojo, porque tan solo se obtiene un litro. El proceso se ha de hacer próximo a su extracción, ya que si se almacena la savia mucho tiempo puede llegar fermentar.

En Canadá se comercializan tres tipos de sirope: uno claro, otro oscuro y otro intermedio y no tienen nada que ver con los de Estados Unidos. Aunque al otro lado de la frontera también tienen su propia producción, la mayoría de los que se encuentran en el mercado son de imitación hechos con jarabe de maíz y otros azúcares y luego una esencia de sirope de arce para darle un poco de sabor. A estos productos los quebequenses los llaman sirop de poteau (sirope de poste). Se suele usar para acompañar tortitas o crepes en el desayuno, pero también en el té o café, en galletas, caramelos… Hay toda una industria. Y para los veganos es un buen sustituto de la miel.

Una de las variedades más peculiares son las tires d’erable. Se hierve el sirope y se extiende en forma de tira directamente en la nieve. Después se coloca un palo en un extremo y se comienza a enrollar sobre sí mismo. Al final se obtiene una piruleta que a mí me recuerda a la cera depilatoria. Se suele consumir antes de que se enfríe.

Además de usarse como dulce, en la cocina quebequesa también se usa para dar el contraste en platos salados. Incluso se lo incorporan a algunos embutidos…

Muy próximo a la tienda encontramos otro mural, el fresco del Petit Champlain.

Este fresco ilustra las actividades de la pesca y el comercio marítimo de la ciudad, así como los habitantes y visitantes históricos. Destacan por ejemplo el capitán Bernier, explorador del Polo Norte; Lord Nelson, un oficial británico; o el reparador de velas Gustave Guay. También podemos ver a la mujer de un marinero que le espera con preocupación. Además queda representado el incendio de 1682, los bombardeos de 1759, los deslizamientos de tierra de 1889 y otros desastres que marcaron la historia del barrio.

Seguimos, que aún nos queda Quebec por descubrir.

5 comentarios en “Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 9 II: Quebec City: De la Ciudad Alta a Petit Champlain

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