Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 9 III: Quebec City: Place Royale, Vieux Port y Ciudad Alta

Tras nuestra breve parada en la tienda de sirope de arce seguimos callejeando por el Petit Champlain dirigiéndonos a la Place Royale, donde nació nueva Francia.

Fue en este lugar donde el explorador Champlain fundó el primer asentamiento permanente. Cuando llegó a Quebec en 1608 construyó una casa de madera que posteriormente sería reemplazada entre 1624 y 1626 por un nuevo edificio de piedra flanqueado por torrecillas. Parcialmente destruido en el incendio de la Ciudad Baja en 1682, su fachada norte apareció cinco años más tarde cuando se construyó la iglesia próxima.

En el siglo XVII la plaza se había convertido en un importante centro de negocios. En ella vivían los comerciantes más ricos de la ciudad y fue el lugar en el que abrieron sus tiendas. También era el sitio elegido para que el pregonero realizara sus anuncios o se hicieran públicas las ordenanzas municipales. Además, allí se celebraba el mercado público semanal.

Como consecuencia del incendio de 1682 las autoridades exigieron que las casas se reconstruyeran en piedra, estilo que se ha mantenido hasta nuestros días.

En 1686 el Intendente Champigny decidió que este ajetreado lugar era ideal para crear una plaza según los deseos de Luis XIV. Para rematarla, pretendía poner un busto del rey en el centro, algo que a los comerciantes no gustó mucho, ya que lo veían un incordio para el tráfico, así que se descartó en el proyecto. En 1725 pasó a ser conocida como Place du Marché, ya que seguía siendo el lugar de referencia de la ciudad para hacer negocios.

Con el asedio de Quebec quedó prácticamente en ruinas y tuvo que ser reconstruida, aunque mantuvieron el mismo estilo y enseguida la plaza recuperó su vida ajetreada.

A mediados de siglo XIX, a medida que la población siguió creciendo, aparecieron nuevas zonas de negocios en la ciudad. Tenía que competir con dos nuevos mercados. Esto sumado a que muchos propietarios acomodados se mudaron a la Ciudad Alta escapando de las epidemias que traían los inmigrantes de Europa hizo que fuera perdiendo cierta importante.

A finales del siglo se construyó en la zona, pero sin respetar el aspecto histórico. La plaza no tenía nada que ver con épocas de esplendor pasadas hasta que a mediados del siglo XX se llevó a cabo un proyecto para recuperarla. Así, se restauraron los edificios, todos en piedra, entre 1960 y 1980. Hoy podemos transportarnos al siglo XVIII y apreciar las diferencias de las construcciones con aires de Nueva Francia y las que reflejan influencias británicas. No obstante, también hay recientes estructuras del siglo XXI. Queda rodeada de tiendas de artesanía local, restaurantes y centros de interpretación.

En el centro se erige el busto de Luis XIV instalado en la década de los años 30.

En uno de sus extremos se encuentra la iglesia Notre-Dame-des-Victoires, un templo que comenzó a construirse en 1688 por orden de François de Laval.

A los comerciantes no les hizo mucha gracia, porque les estaba quitando terreno, así que la obra se vio frenada varias veces por sus demandas. En el momento de su construcción no había mucha población en la ciudad, ni siquiera llegaba a 1.000 habitantes, pero Laval quería dar un lugar de culto a los residentes en la Ciudad Baja. Se concibió con un estilo austero que nada tenía que ver con los cánones del momento en Francia, que buscaban iglesias mucho más monumentales.

Se dedicó al Niño Jesús, pero fue rebautizada como Notre Dame des Victoires después de la victoria de 1690. Adoptó el nombre definitivo en 1711 después del hundimiento de la flota inglesa a 480 kilómetros de Quebec.

Fue destruida por los bombardeos británicos en agosto de 1759. Fue reconstruida minuciosamente intentando mantener sus características, sin embargo, pronto quedó devastada por el fuego. La segunda renovación por el contrario se llevó a cabo con prisas y el resultado no fue el esperado. Y en 1816 se tuvo que retomar el proyecto de nuevo siendo rediseñada según el estilo del siglo XIX.

Cincuenta años más tarde estuvo a punto de ser demolida. De nuevo los mercaderes se quejaban del espacio que les quitaba. Sin embargo, los feligreses lucharon por su conservación y en 1929 acabó siendo declarada como monumento histórico. En la década de los 70 volvió a pasar por tareas de restauración dentro del proyecto de revitalización de la plaza. Fue entonces cuando salieron a la luz los restos arqueológicos de la vivienda de Champlain.

El extremo opuesto de la plaza nos conduce al Fresco de los Quebequois, un trampantojo que recorre la historia y la cultura de la ciudad de Quebec en 420 metros cuadrados. Aunque habíamos visto ya alguno en nuestro paseo, en realidad este fue el primero que se completó en 1999.

Aparecen representados personajes como Jacques Cartier, Jean Talon, Louis de Buade, Samuel de Champlain o Louis Joseph Papineau. Y también quedan reflejados monumentos notables o casas históricas de la ciudad.

Abandonamos el centro y tomando la Rue de la Barricade tomamos rumbo hacia el puerto. En esta calle fue donde en 1775 consiguieron frenar los avances de los estadounidenses. En ella se encuentra el Museo de la Civilización, uno de los más visitados de Canadá.

Abrió en 1988 y está dedicado a explorar todas las facetas del ser humano, desde cómo funciona el cuerpo hasta cómo lo hace la sociedad. Abarca desde la historia de Quebec hasta la historia del mundo.

La calle de la Barricada nos conduce al Puerto Viejo, donde se ubica el Marché du Vieux Port, un mercado en el que podemos encontrar frutas y verduras, carne y pescado, huevos, vinos y quesos, jarabe de arce y productos de pastelería.

Hasta principios del siglo XX la gente hacía la compra a los productores locales que montaban puestos en las plazas. A medida que los productos comenzaron a llegar también en barco o ferrocarril, fueron naciendo mercados. Tenía sentido entonces que se ubicaran cerca de la estación o del puerto. Requisito que cumple este a medio camino de ambos.

A unos minutos andando se halla la Gare du Palais, una impresionante estación ferroviaria.

Fue construida en 1916 para reemplazar a tres terminales que se habían quedado obsoletas. Gracias a su ubicación se usaría para enviar mercancías a todo el país. Su estructura y aspecto es similar a Château Frontenac, y es que corría también a cargo de las compañías ferroviarias. Así que del mismo modo que el hotel, está inspirado en los castillos del Valle del Loira.

Con planta en forma de L facilitó que varios trenes pudieran llegar al mismo tiempo. Por dentro parecía un palacio renacentista y contaba con las instalaciones sanitarias más modernas y la última tecnología telegráfica y telefónica de la época.

La estación fue renovada en 1998 para el 390 aniversario de la ciudad. En las obras se encontraron con los restos de un antiguo astillero naval real que databa de la época de la Nueva Francia, así como un naufragio del siglo XVII y los cimientos del mercado Saint-Paul.

Frente a la estación hay un parque que acoge dos obras de arte. Por un lado la fuente Éclatement II, de Charles Daudelin que combina movimiento, volumen y materia. Por otro Rêver le Nouveau Monde, de Michel Goulet, un conjunto de cuarenta sillas domésticas grabadas con las palabras de autores quebequenses desde el siglo XIX hasta nuestros días. Estas palabras evocarían los sueños, la identidad y la historia de Quebec.

Se inauguró el 14 junio de 2008 con motivo del 400 aniversario de la fundación de la ciudad de Quebec. El artista pretendía simbolizar el acto de compartir, la comunidad y la fugacidad. “La silla es tuya mientras la necesites, después pasa a otra persona”.

Tomando la calle Côte du Palais llegamos al Hôtel-Dieu, el primer hospital permanente en Nueva Francia, fundado por las monjas agustinas en 1644.

Las monjas llegaron a Quebec gracias a la financiación de la duquesa de Aiguillon, una mujer noble francesa interesada en convertir a los nativos al catolicismo. En su labor, desarrollaron habilidades como boticarias, puesto que así se evitaban de depender de la medicina importada. Así, cultivaron plantas medicinales en su jardín y dominaron rápidamente la ciencia de los medicamentos.

Al finalizar el Régimen Francés el Hôtel-Dieu consistía en un complejo que seguía el planteamiento de los conventos en Europa. Después se añadieron una capilla y dos alas flanqueando un patio interior. Todo ello quedaba rodeado por un muro, ya que la orden agustina es de clausura. Todo ello quedó destruido en un incendio en 1755. Poco después se reconstruyó.

En 1962 el Hôtel-Dieu pasó al gobierno puesto que era quien tenía la competencia en salud.

Paseando por la Rue Mcmahon nos encontramos con una típica cruz celta, que nos recuerda (junto con el nombre de la calle) lo importante que fue la comunidad irlandesa. La primera ola llegó en 1815, con una mayoría de gente de negocios y artesanos. En 1830 hubo otra ola. En este caso, al contrario que en el anterior, muchos de ellos eran católicos. Les costó más integrarse, ya que no les servían las iglesias anglicanas porque a pesar de entender el idioma, no eran de su culto; y las católicas que había eran en francés. Así que, pronto establecieron una para su comunidad.

Llegaron más a mediados del siglo XIX, muchos de ellos enfermos. Para 1871 representaban el 20% de la población (unos 12.500) y se habían concentrado cerca del puerto y en el distrito de Saint-Louis. A finales de siglo la población irlandesa descendió, pues había colapsado la construcción naval y el comercio de la madera, por lo que se mudaron de ciudad en busca de trabajo. Los que quedaron se trasladaron a De Salaberry, Grande Allée, De la Tour y De Maisonneuve.

Progresivamente se fueron integrando en la comunidad francocanadiense, gracias en parte a tener en común la religión. Así, a comienzos del siglo XX comenzaron a ser cada vez más frecuentes los matrimonios mixtos. El bilingüismo en estas familias favoreció la movilidad a barrios y negocios dominados por británicos.

Hoy ya no queda una comunidad tan importante, pero desde la iglesia de San Patricio en la Avenue De Salaberry sigue saliendo el desfile en honor al patrón irlandés cada 17 de marzo.

Seguimos de vuelta al coche atravesando el Parque de la Artillería, construido por los franceses para defender la ciudad.

Después el regimiento de la Real Artillería Británica establecería allí sus cuarteles, convirtiéndolo a finales de siglo XIX en fábrica de municiones para el Ejército Canadiense.

Cerró en 1964 y hoy alberga un centro de interpretación que sirve como testigo de más de 250 años de historia militar francesa, británica y canadiense.

El parque nos conduce a la Puerta Saint Jean. Tanto que nos lleva a sus escaleras y nos permite subirnos a ella y otear la ciudad.

Siguiendo la Rue d’Auteuil muy próxima a la anterior está la Puerta Kent.

Esta última fue abierta a finales siglo XIX para permitir el paso del tráfico. Además, se añadió un paseo peatonal por la parte superior.

Junto a ella se encuentra la Capilla de los Jesuitas, una pequeña y austera iglesia católica construida entre 1818 y 1820 en los terrenos del antiguo colegio jesuita.

Una vez al otro lado de las murallas, nos hallamos frente al Parque de la Esplanada, a un paso de nuestro aparcamiento. Nuestro coche estaba casi solo ya a aquellas horas. Y tras pagar los $18 pusimos rumbo a Montreal. Acababa así nuestra visita a Quebec.

Para volver a Montreal teníamos la opción autopista como a la ida, o una ruta panorámica y más lenta por el Camino del Rey. Estábamos cansados y decidimos tomar el camino rápido, pero también suena interesante la ruta histórica.

A principios del siglo XVIII la red de carreteras ocupaba solo una pequeña parte del vasto territorio de Nueva Francia, además, el extremo clima no favorecía las comunicaciones. Continuamente había cortes por inundaciones, tormentas, heladas o nieve. Además, en realidad hablamos de que tan solo había caminos sueltos. Quebec y Montreal no estaban conectadas. Así pues, en 1706 el Consejo Superior decidió construir una carretera junto al río. Cuando finalizaron las obras en 1737 había 280 kilómetros de carreteras. Supuso un gran avance, ya que facilitó las comunicaciones no solo del transporte privado (carruajes y diligencias), sino también del postal, pues fue usado por correos hasta que llegó el ferrocarril a mediados del siglo XIX (antes era transportado por el río). A lo largo del camino había señoríos en los que podían hacer paradas para descansar y en apenas dos días habían cubierto la distancia entre ambas ciudades. Se convirtió en la carretera más larga al norte del Río Grande, ya que Estados Unidos tardaría casi un siglo en construir la Wheel Road.

Hoy, la ruta ofrece la posibilidad de hacer las paradas en los señoríos e ir descubriendo cómo se vivía a un ritmo mucho más pausado en aquellos siglos. La verdad es que por la hora no nos hubiera dado tiempo a parar mucho, porque eran más de las seis de la tarde. Así que, para llegar al apartamento directos a cenar, paramos en un Walmart a la salida de Quebec y compramos los ingredientes necesarios para preparar unos perritos caseros. Nos habíamos quedado en Toronto con las ganas de comer uno en un puesto callejero, así que había que sacarse la espinita.

Además, probamos algunas cervezas locales, como la Labatt Bleue, la Downhill Pale Ale, la Lager Molson Canadian, la Ace Hill light y la Labatt 50 Ale. Ninguna especialmente reseñable.

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