Balcanes IX. Día 3: Recorriendo Liubliana

Llegamos puntuales a la estación de Liubliana y lo primero que hicimos fue buscar las taquillas. Y vaya taquillas. Cuánta tecnología. No era un sistema tradicional de puerta con llave, sino que había que ir a una máquina. Tras elegir el tamaño deseado y pagar (metimos 3 mochilas y nos costó 3€), la máquina nos asignó un cubículo y nos imprimió un recibo con código de barras que serviría después para abrir la puerta.

Más ligeros comenzamos nuestra ruta. Eran las nueve y media de la mañana, pero el sol ya comenzaba a apretar. No quedaba ni una de las nubes que habían descargado en el día anterior.

Tomamos la calle Miklošičeva cesta hacia el centro. En ella encontramos la colorida Vurnikova hiša,  construida en 1921 en estilo nacional esloveno.

Recibe el nombre por el arquitecto que la diseñó, Ivan Vurnik, y hoy en día pertenece al Cooperative Business Bank. Parece que su interior está ricamente decorado con frescos y murales obra de Helena, mujer del arquitecto, sin embargo, no se puede visitar, por lo que nos quedamos con su exterior.

Prácticamente enfrente se erige la Iglesia Franciscana de la Anunciación (Frančiškanska cerkev), una iglesia que aunque fue pintada casi de rojo (el color de la orden), con el tiempo ha ido perdiendo tonalidad y parece rosa.

Construida en 1669 en sustitución de un antiguo templo, tiene planta de basílica del barroco temprano. Junto a ella se encuentra el monasterio, famoso por su biblioteca que contiene más de 70.000 libros, muchos de ellos incunables y manuscritos medievales.

La fachada de la iglesia preside una de las principales plazas de la ciudad, la Plaza Prešeren.

La plaza se halla en una antigua encrucijada medieval que suponía la entrada a la ciudad amurallada. Hoy es uno de los puntos más animados y atractivos de Liubliana, como pudimos comprobar al llegar a ella. Además, nos dejó sorprendidos. Hasta el momento la ciudad ni fú ni fa. Aunque apenas habíamos empezado a recorrerla, todo hay que decirlo. Pero el caso es que no llevábamos muchas expectativas. Teníamos en mente quizá algo del estilo de Bratislava: una ciudad pequeña, cerca de otras capitales de mucho más renombre e interés. Sin embargo, vaya sorpresa llegar a la plaza y descubrir el diseño abierto, la arquitectura de los edificios y el bullicio.

Fue diseñada por el arquitecto Jože Plečnik, quien además fue el artífice de muchos de los edificios modernos de Liubliana y recibe el nombre del poeta France Prešeren, cuya estatua podemos encontrar en un lateral. Este escritor fue el primero en escribir en esloveno y su poema “Zdravljica / Brindis” llegó a ser himno nacional .

El monumento fue colocado en 1905 y además de representar al célebre poeta del Romanticismo, también cuenta con una musa que porta una rama de laureles en la mano. Parece ser que se colocó tras un árbol para que el arzobispo franciscano no se escandalizase de la desnudez de la escultura.

La iglesia y la estatua comparten protagonismo además con varios edificios modernistas que me recordaron a la Gran Vía de Madrid, sobre todo por aquello de que no hay que perder detalle y mirar a las azoteas.

Por la calle que habíamos entrado, en la acera opuesta al complejo religioso destaca el edificio de 1903 hoy convertido en la Galería Emporium, un centro comercial .

Justo al otro lado del monasterio llama la atención el pequeño edificio blanco y verde. Tanto por su forma como por su ornamentación.

En la plaza se abre el Triple Puente, un peculiar paso de tres puentes que sobre el río Ljubljanica conecta la Liubliana histórica de la moderna. El central (Tromostovje) fue construido en piedra en el año 1842 para reemplazar al Puente Inferior, un puente medieval realizado en madera de vital importancia, pues conectaba las tierras del noroeste de Europa con el sur de Europa y los Balcanes.

Entre 1929 y 1932, siguiendo las indicaciones del arquitecto Jože Plečnik, se construyeron dos puentes adicionales a los extremos, para así descongestionar la plaza y dar paso a los peatones (desde 2007 son los tres peatonales). Se sustituyeron las rejas de metal del puente central y se colocaron balaustradas a juego en los tres, además de lámparas. En 1992 fueron renovados.

Con los dos palacios neo-renacentistas, el Puente Triple nos conduce al casco antiguo, pero esa parte de la ciudad la dejaríamos para más adelante. De momento tomaríamos la calle Petkovškovo nabrežjem, que sale detrás de la estatua de Prešeren junto al edificio blanco de estilo clasicista.

Tomamos el margen del río, una animada zona plagada de terrazas de restaurantes entre las que se intercalan varios conjuntos de esculturas de animales.

El paseo permite asomarse al río y ver todo el margen opuesto, ocupado casi en su totalidad por el edificio blanco del Mercado Central (Trznica).

Diseñado también por Plečnik en la primera mitad del siglo XX, ocupa la mayor parte de la plaza. En él se pueden comprar los productos típicos de la gastronomía eslovena. Además también cuenta con bares y restaurantes.

Queda intercalado entre el Puente Triple y el Puente de los Carniceros (Mesarski most), una pasarela mucho más moderna que el primero con un suelo parcialmente de cristal y unos pasamanos con varias filas de cables de acero.

Este diseño permite la colocación de candados, por lo que hoy en día es conocido como el puente de los candados. Pero es que no solo están en las barandillas laterales, sino que incluso las esculturas que adornan el puente quedan ocultas y hay que intuir de qué se trata.

Parece que son ranas y peces, aunque el puente se llame de los carniceros. Y recibe este nombre porque es el lugar en que este gremio exponía sus mercancías.

Un poco más adelante llegamos al famoso Puente de los Dragones (Zmajski Most), que data de 1901 y supuso un gran avance arquitectónico para la época. Construido en hormigón armado, fue el primer puente de Liubliana levantado con este material (en lugar de usar piedra, que era más cara) y uno de los primeros en Europa.

En realidad, su nombre original era Jubiläumsbrücke o Puente del Jubileo, puesto estaba dedicado al cuadragésimo aniversario del gobierno del emperador Francisco José I de Habsburgo-Lorena. Sin embargo, pronto el nombre oficial cayó en el olvido y pasó a ser conocido popularmente como Puente de los Dragones por su ornamentación. En cada cabecera está presidido por las estatuas de dos dragones, símbolo de la ciudad a raíz de la leyenda de Jasón y los Argonautas. Según la fábula, Jasón, tras robar el Vellocino de Oro, cuando iba por el río Ljubljanica encontró a un dragón que tenía prisionera a una virgen. El héroe mató al monstruo y liberó a la chica.

Y no solo está en la entrada del puente, sino que hay una veintena de ellos distribuidos por toda su extensión.

Incluso hay unos pequeños en las bases de las lámparas de la balaustrada. Unas farolas que, en su día alimentadas por gas, son parte de la decoración original.

Hoy en día es considerado como uno de los puentes de Art Nouveau mejor conservados del mundo, así como uno de los símbolos de la ciudad.

Seguimos por la calle Kopitarjeva para dirigirnos al castillo, pero en el cruce con la calle Poljanska cesta nos sorprende un estrecho edificio conocido como Peglezen, construido a principios de la década de 1930.

Diseñado por el arquitecto Jože Plečnik fue declarado monumento cultural de importancia nacional. Tiene un diseño peculiar con una forma que recuerda a los flatiron, y ventanas diferentes en cada una de sus plantas. Mira a la plaza Krekov Trg, donde se encuentra la oficina de información turística.

Frente a él se erige el Teatro de Títeres, cuyo reloj cada hora en punto reproduce música a la vez que en la torre aparece con su yegua Martin Krpan, un popular héroe de los cuentos eslovenos.

Junto a su puerta hay una curiosa fuente de un canguro.

Pero no nos entretuvimos mucho, porque en el costado del edificio se encuentran las taquillas del funicular para subir al castillo y vimos que se acercaba un grupo de unos veinte italianos con su guía, así que apretamos el paso para que no nos tocara esperar mucho. El guía apretó también y por un momento pensamos que nos iba a adelantar, pero amablemente nos cedió el paso.

Se puede sacar billete de ida, de ida y vuelta, o de funicular + castillo. Nosotros dudamos si subir con el funicular y bajar andando, pero finalmente, por ahorrar tiempo y poder dedicárselo a la ciudad, sacamos el de ida y vuelta, que fueron 4€.

Cuenta con una cabina con capacidad para 33 personas. Afortunadamente no había aún mucha gente, por lo que solo nos tocó esperar a que se llenara uno. En el segundo ya nos metimos (con la mitad del grupo de los italianos). Apenas tarda un minuto en subir (lleva una velocidad de 3m/s) y es todo acristalado, por lo que permite tener unas vistas 360º.

Una vez arriba, podemos ver desde la cristalera la ciudad a nuestros pies.

Pero ya tendríamos ocasión de mirar hacia abajo. Dado que aún no había subido mucha gente, rápidamente nos dirigimos al interior para poder pasear por el patio del castillo sin tanta saturación. Lo primero que nos recibe es una especie de photocall con unas alas de dragón dibujadas donde te puedes hacer una foto como si fueras la Kahleesi.

El castillo de Liubliana es de origen medieval, aunque se ve claramente que ha sido restaurado recientemente. De hecho, hoy en día es incluso usado para eventos y convenciones. En verano por ejemplo en su terraza tienen lugar diversos acontecimientos culturales.

Fue construido entre los siglos XVI y XVII para defender el imperio de la invasión otomana y también de las revueltas campesinas.​ No obstante, los restos arqueológicos demuestran que el lugar ya fue habitado con anterioridad.  Es probable que la colina fuera usada como fortaleza por el ejército romano tras haberse asentado en ella los celtas e ilirios.

En los dos siglos posteriores fue reutilizado como arsenal y hospital militar y durante el XVIII pasó a ser prisión, función que siguió vigente hasta 1905 y retomada en la II Guerra Mundial.

La estructura del castillo se divide en la torre de los tiradores (usada como almacén de pólvora), la torre de Erasmo (que servía como prisión aristócrata y que recibe el nombre de Erasmo Jamski, quien consiguió escapar), la muralla de defensa (que conectaba las dos torres), la prisión, el Kasematten (donde se ubicaban los cañones), la capilla de San Jorge, la torre panorámica (en la que residía un guardia encargado de avisar si había un incendio), la galería S y la pequeña cisterna, la Sala de Armas (que también servía como establo, granero y vivienda de los soldados) y la Sala de Hribar (en honor al alcalde Ivan Hribar), la torre pentagonal (que funcionaba como entrada principal al patio del castillo), la Sala de Piedra y el patio.

Hay partes que son de acceso libre, mientras que para otras hay que sacar la entrada. Por ejemplo, pudimos visitar los pequeños calabozos, donde se conservan las puertas.

También pudimos acceder a la capilla dedicada a San Jorge.

De estilo gótico, fue consagrada en 1489, sin embargo, fue restaurada con posterioridad en estilo barroco y en 1747 se decoró con frescos. Es uno de los pocos ejemplos de lugar religioso que cuenta con imágenes profanas, porque no se añadieron santos o pasajes de la Biblia, sino los escudos de los gobernadores de la provincia.

Además de los 60 escudos de gobernadores provinciales también se hallan los de Carniola e Istria. En el centro del techo destaca el del condado esloveno y en el presbiterio el de cinco emperadores austriacos.

Para subir a la torre, donde se encuentra el museo virtual, sí que era necesaria entrada, por lo que dimos una vuelta al complejo, que no es excesivamente grande y salimos al exterior por la puerta principal, a la que se llega si se sube andando.

El acceso se hace a través de un puente que data del siglo XVII. Hubo un puente de madera que se mantuvo hasta comienzos del siglo XIX, cuando el foso fue rellenado. Después, con las remodelaciones del siglo pasado, se intentó recuperar el carácter medieval y se recuperó el puente conectando la arboleda con el castillo.

Precisamente por la arboleda dimos una vuelta, para asomarnos desde lo alto de la colina y disfrutar de las vistas, pues el día estaba tan despejado que se podían divisar hasta las nevadas cumbres de los Alpes.

La zona estaba tranquila y tan solo se oía a lo lejos un cortacésped. Así pues, nos dimos un paseo y volvimos al castillo, encontrándonos en el camino un monumento al levantamiento campesino de un estilo totalmente soviético.

De vuelta en el interior, recorrimos el patio por su perímetro para poder ver la ciudad a nuestros pies.

Y con ello dimos por concluida la visita, así que, tomamos de nuevo el funicular. En un minuto estaríamos de nuevo en las taquillas.

Y ya había algo de hambre, así que nos dirigimos a la Plaza Vodnik, donde tiene lugar el mercado. Lleva el nombre de Valentin Vodnik, sacerdote, periodista y poeta esloveno, cuya estatua podemos ver en un lateral.

El edificio del Mercado queda detrás, pero no nos adentramos más allá, sino que dimos la vuelta a la pequeña plaza en la que estaban los puestos de fruta.

Pues en realidad nuestra finalidad era comprar unas moras para hacer el almuerzo mientras nos adentrábamos en el casco antiguo.