Marruecos V. Día 3: De la Garganta del Dades a las Gargantas del Todra

En cuanto sonó el despertador y me vestí, no pude resistirme a salir al balcón y ver el entorno donde nos encontrábamos, sin embargo, aún no había amanecido. Un rato después, cuando ya estábamos listos los cuatro para bajar a desayunar nos sorprendió encontrarnos en medio de las montañas. Se respiraba aire puro, se respiraba tranquilidad. Ahora entendíamos que Mustapha dijera el día anterior que era una pena que tuviéramos que hacer el camino ya de noche pues nos estábamos perdiendo las vistas.

En el restaurante nos recibió el mismo camarero de la cena, que nos dio la bienvenida en bereber y luego nos preguntó si habíamos descansado. Y la verdad es que habíamos caído como benditos, pues estábamos cansados y las camas eran muy cómodas. Pero había que reponer pilas, y nos encontramos con un buffet muy variado aunque no sabíamos muy bien qué era cada cosa. Entre el camarero y una guía española que iba con un grupito latinoamericano nos pusieron al día. Había para elegir entre salado y dulce, aunque sobre todo dulce. La guía nos recomendó probar la crema de cacao bereber, hecha a base de cacahuetes en lugar de avellanas. Y la verdad es que estaba rica, pero era contundente también.

Además del buffet, nos sirvieron en la mesa el zumo de naranja natural, yogur y unas crepes. Desayunamos fuerte, la verdad.

Volvimos a la habitación a terminar de recoger y preparar el equipaje y volvimos a salir a la terraza para hacer tiempo hasta que llegara nuestro conductor. No sabíamos lo que nos deparaba el día, pero habíamos empezado con ánimos. Dejamos el hotel con un buen sabor de boca. Desde luego no podíamos poner queja alguna ni en la recepción, ni atención, ni habitación, ni comida y mucho menos de las vistas o el entorno. Quedamos encantados y queríamos más, así que cuando llegó Mustapha estábamos expectantes.

Y no nos defraudó, pues antes de llevarnos de vuelta por la garganta para recoger a los sevillanos, nos subió un poco más la montaña para que pudiéramos disfrutar de las vistas ya que no lo habíamos hecho la tarde anterior porque se nos había hecho de noche.

Espectacular.

Tras las fotos de rigor, seguimos por el valle del Dades deshaciendo el camino que habíamos recorrido por la noche y de nuevo hicimos una breve parada en las inmediaciones de Tamellalt para ver unas raras formaciones geológicas de arenisca roja conocidas como los “dedos de mono” (aunque también reciben el sobrenombre de “dedos de Dios” , “pies de Dios” o “cerebro del Atlas”.

Impresiona ver ante ti estas paredes rojizas de unos 200 metros de altura, aunque íbamos ya tarde para recoger a los andaluces, por lo que no pudimos detenernos tampoco mucho.

Con el grupo ya al completo, emprendimos nuestro viaje hacia las Gargantas del Todra. No obstante, de camino, paramos un par de veces para fotografiar el paisaje. Teníamos un día despejado y se podía otear el horizonte con facilidad.

Una de estas paradas, fue para poder ver desde las alturas el pueblo de Tinerhir, que viene a significar “la de la montaña”. Y es muy oportuno, ya que está enclavada entre altas montañas.

En el lado opuesto se extiende el palmeral, una verdadera explosión de verdor en medio de tanto tono rojizo en el valle.

Hace siglos Tinerhir no era más que uno de tantos ksur en el valle. Sin embargo, ganó relevancia y comenzó a crecer cuando la administración del protectorado francés la nombró centro administrativo de la región. En los últimos años este crecimiento ha seguido aumentando como consecuencia del turismo, y es que su enclave hace que sea lugar de paso en cualquier viaje hacia el sur. No obstante, a pesar de que se ha expandido en los últimos años y se han construido edificios modernos, aún conserva elementos de su pasado.

A un paso se hallan las Gargantas del Todra, un cañón que se ha formado por la erosión del río y la acción del viento a lo largo de millones de años.

Mustapha nos dejó al principio de la garganta y nos dijo que nos esperaba al final, por lo que pudimos pasear tranquilamente y admirar el paisaje. El río no llevaba mucho caudal, lo que nos permitió subirnos a alguna piedra en medio del cauce y alzar la mirada hacia las rocas.

Allí en medio del cañón una se siente minúscula. Es todo un paraíso para los escaladores, pues las paredes llegan a medir hasta 300 metros de alto. Entre ambas hay apenas unos 10 metros de ancho, por lo que resulta imposible tomar perspectiva suficiente para hacer una buena foto. Al menos con un objetivo modesto, claro.

Da un poco de miedo pensar que se puede desprender alguna roca desde lo más alto de la roca. De hecho, los dos hoteles que hay en plena garganta acabaron cerrando después de varios desprendimientos. Si es que a quién se le ocurre…

Vimos a varios nómadas en el río y es que al parecer el gobierno está favoreciendo que se asienten en esta zona que hasta hace poco se mantenía prácticamente deshabitada.

Cuando llegamos al final, allí estaba Mustapha esperándonos con la furgoneta ya orientada para salir y cuando estuvimos listos volvimos a la carretera. Era poco más de media mañana, pero paramos a comer. Y es que una vez que nos metiéramos ya más hacia el desierto, iba a ser complicado encontrar un restaurante.

Nos sentamos al aire libre, bajo una carpa y, aunque hacía calor, allí, a la sombra, se estaba bien. De nuevo teníamos menús contundentes y esta vez elegimos de primero dos ensaladas, una tortilla francesa y una tortilla bereber (que era ligeramente diferente a la del día anterior).

Para los segundos de nuevo lo hicimos fácil y escogimos cuatro distintos para así probar de todo: pollo al limón, pinchos, tajín de pollo con guisantes y las albóndigas, que nos habíamos quedado con ganas el día anterior.

Todo estaba muy rico, aunque el pollo al limón estaba algo más seco que el tajín con guisantes. Pero sin duda lo que más nos gustó fueron las albóndigas. Estaban jugosas y la salsa estaba para mojar y mojar. Tanto que tuvimos que pedir otra cesta de pan.

De postre teníamos dónde elegir, así que pedimos otro surtido: naranja con canela, surtido de pastas y una milhoja. Yo la verdad es que llegué a reventar y solo probé una de las pastas y comí algo de naranja. Pero al parecer la milhoja estaba muy rica y nada empalagosa.

Con el estómago lleno continuamos el camino, pues aún teníamos trecho que recorrer hasta llegar a Merzouga. Aunque teníamos una breve parada programada. Mustapha nos llevó a la tienda de unos amigos bereberes de que nos dejaron vestirnos con sus trajes típicos.

Además, una de las niñas hacía tatuajes de henna. Pero henna de verdad, de la que se queda color ocre y no negra. Nos explicaron que al parecer la de la plaza Jamaa el Fna está mezclada con otros ingredientes y de ahí su color. Estas mezclas a veces pueden provocar reacciones alérgicas, por lo que nos las desaconsejaron totalmente. Como había que hacer el pack completo, yo sí que me hice uno, pero no en la mano como es habitual, pues no quería llegar a Madrid y que se me viera. Son bonitos, sí, pero llaman la atención. Es como volver de Rivera Maya con las trencitas… No me gusta. Así que le pedí que me lo hiciera en el antebrazo y en cuestión de un par de minutos improvisó a pulso un dibujo que le quedó muy bien. Eso sí, después estuve media hora con el brazo apoyado en el coche bien lejos de mí para dejarlo secar y no borrarlo. Como decía nuestra compañera madrileña, es como esperar a que se te sequen las uñas…

Después de las fotos, los tatuajes y comprar algún detalle (nos regalaron incluso unas pulseras de cuero), volvimos a la furgoneta esta vez ya del tirón hasta el desierto.